El Ángel Caído — Harold Bloom / Fallen Angels by Harold Bloom

Un magnífico breve libro, “Un ángel caído” es un ángel que ha sido expulsado del cielo por rebelarse o desobedecer a los mandatos de Dios. El texto de Bloom está acompañado por una docena de acuarelas originales del galardonado artista Marc Podwal, artista que expone regularmente en el Metropolitan Museum of Art. Todo ángel es aterrador, sostiene Bloom, ya que afirma que todos los ángeles son ángeles caídos. La imagen de Satanás, el mayor de los ángeles caídos, fascina y asusta a la vez. Bloom cree que todos los seres humanos tenemos algo de ángeles, de ángeles caídos. A lo largo de la literatura universal, los ángeles siempre han servido como metáfora de la muerte.

Durante tres mil años nos han obsesionado las imágenes de ángeles. Esta larga tradición literaria se originó en la antigua Persia y continuó en el judaísmo, el cristianismo, el Islam y las diferentes religiones americanas. Con la llegada del milenio, aumentó nuestra obsesión por ellos. Sin embargo, esos ángeles tan populares eran benignos, más bien, banales, incluso insípidos. En la década de 1990 se publicaron numerosos libros sobre ángeles —sobre cómo contactar y comunicarse con los ángeles guardianes, sobre la intervención, curación y medicina angélica, sobre números y oráculos angélicos—.
En su maravillosa sátira La visión del juicio, Byron hizo un atractivo retrato de Satanás:
Cerrando esta espectacular comitiva
un espíritu de aspecto diferente agitaba
sus alas como nubarrones sobre una costa
cuya árida playa se cubre con naufragios.
Su frente era como el piélago agitado
con la tempestad; pensamientos
feroces e insondables tallaban
una cólera eterna sobre su rostro
inmortal y donde él miraba
la niebla invadía el espacio.
Es ésta una descripción de un ser bastante sombrío, aunque no indecoroso y, como la mayoría de las representaciones de Satanás que aparecen en las obras de Byron, se trata del propio Byron.

Los ángeles caídos son claramente políglotas, y en ocasiones se han transformado en seres humanos. Sabemos que Enoc empezó siendo un mortal y que después se metamorfoseó en el gran ángel Metatrón, que en las tradiciones gnósticas y cabalísticas era conocido como el Yahvé menor, que era más que un ángel y codirigía junto a Dios. Nuestro padre Jacob se convirtió en Uriel, el ángel favorito de Emerson, y más tarde en el ángel Israel. El temible profeta Elias subió al cielo en un carro de fuego, y cuando llegó se transformó en el ángel Sandalphon. Los franciscanos disidentes proclamaron que su gran fundador, Francisco de Asís, no sólo era un santo sino también el ángel Rhamiel. El proceso va en ambas direcciones y nos lleva siempre a Adán, posiblemente superior a los ángeles cuando empezó, pero con toda certeza inferior a los ángeles cuando cayó. Sin embargo, ¿qué posición ocupa con respecto a los ángeles caídos. Sin duda el ángel caído por excelencia es Adán.

En la Biblia hebrea no hay ángeles caídos puesto que éstos no son una idea judaica. El Satanás del libro de Job es un fiscal, un funcionario de Dios que goza de buena reputación. En Isaías 14,12-14, cuando el profeta canta la caída de la estrella de la mañana, se refiere al rey de Babilonia, y no a un ángel caído. En Ezequiel 28,12-19 hay también una mala interpretación cristiana similar cuando el príncipe de Tiro cae de su posición de «querubín protector», o guardián del Edén y es expulsado por Dios.
Los ángeles no eran una invención judía, sino que más bien regresaron de Babilonia con los judíos. Los ángeles, finalmente zoroástricos, surgen de una visión que ve la realidad como una guerra incesante entre el bien y el mal. La visión de Shakespeare, mucho más sutil, contempla a cada uno de nosotros como su propio peor enemigo, por razones que tienen poco o nada que ver con el bien y el mal.

Nuestras imágenes actuales de los ángeles están mezcladas con apariciones de alienígenas, ya sea en la benigna fantasía Encuentros en la tercera fase o en la fantasía autodestructiva del culto de la Puerta del Cielo. Nuestra cultura popular está poblada de imágenes de una cierta trascendencia perdida. En ocasiones esta nostalgia me sorprende porque somos una nación obsesionada por la religión, y si creyéramos realmente lo que profesamos, no buscaríamos con tanto empeño las pruebas materiales de un mundo espiritual. Pero entonces me recuerdo a mí mismo mi formulación preferida, que es que en Norteamérica la religión no es el opio sino la poesía del pueblo. El angelicismo es una poesía populista, y quizá pueda ser en parte redimida por su sentimentalismo y su propia decepción si podemos encontrar nuestras propias versiones de la «lucha para el ángel». Al llamarnos ángeles caídos, estoy intentando proponer una aproximación a una de estas versiones.
Creo que la actual obsesión norteamericana postmilenaria por lo que denominamos ángeles es principalmente una máscara para evadirnos del principio de realidad, es decir, de la necesidad de morir. Hay una diferencia muy pequeña entre las denominadas experiencias cercanas a la muerte y el culto popular por los ángeles. Tanto las experiencias cercanas a la muerte como el angelicismo han sido comercializados con éxito y siguen siendo industrias en expansión.
Llámenlo Yeziat, «salid», Abraham de Ur, Moisés de Egipto, o Jacob hacia Israel, la Tierra Prometida de Yahvé.

A magnificent short book, “A fallen angel” is an angel who has been expelled from heaven for rebelling or disobeying God’s commands.The text of Bloom is accompanied by a dozen original watercolors by award-winning artist Marc Podwal, an artist who exhibits regularly at the Metropolitan Museum of Art. Every angel is frightening, Bloom says, since he affirms that all angels are fallen angels.The image of Satan, the greatest of the fallen angels, fascinates and frightens at the same time. human beings have something of angels, of fallen angels Throughout universal literature, angels have always served as a metaphor for death.

For three thousand years we have been obsessed with images of angels. This long literary tradition originated in ancient Persia and continued in Judaism, Christianity, Islam and the different American religions. With the arrival of the millennium, our obsession with them increased. However, these popular angels were benign, rather, banal, even insipid. In the decade of 1990 numerous books on angels were published – on how to contact and communicate with the guardian angels, on the intervention, healing and angelic medicine, on numbers and angelic oracles.
In his wonderful satire The Vision of Judgment, Byron made an attractive portrait of Satan:
Closing this spectacular retinue
a different-looking spirit waved
its wings like clouds on a coast
whose arid beach is covered with shipwrecks.
His forehead was like the shaking sea
with the storm; thoughts
fierce and unfathomable carved
an eternal anger on his face
immortal and where he looked
the fog invaded the space.
This is a description of a very somber, though not indecent, being and, like most of the representations of Satan that appear in Byron’s works, it is Byron himself.

Fallen angels are clearly polyglots, and have sometimes become human beings. We know that Enoch began as a mortal and later metamorphosed into the great angel Metatron, who in the Gnostic and Kabbalistic traditions was known as the lesser Yahweh, who was more than an angel and co-leader with God. Our father Jacob became Uriel, the favorite angel of Emerson, and later in the angel Israel. The fearsome prophet Elijah went up to heaven in a chariot of fire, and when he arrived he became the angel Sandalphon. The dissenting Franciscans proclaimed that their great founder, Francis of Assisi, was not only a saint but also the angel Rhamiel. The process goes in both directions and always brings us to Adam, possibly superior to the angels when he started, but certainly less than the angels when he fell. However, what position does he occupy with respect to fallen angels? Without a doubt, the fallen angel par excellence is Adam.

In the Hebrew Bible there are no fallen angels since these are not a Jewish idea. The Satan of the book of Job is a prosecutor, an official of God who enjoys a good reputation. In Isaiah 14,12-14, when the prophet sings the fall of the morning star, it refers to the king of Babylon, and not to a fallen angel. In Ezekiel 28, 12-19 there is also a similar Christian misinterpretation when the prince of Tire falls from his position of “protective cherub,” or guardian of Eden and is expelled by God.
The angels were not a Jewish invention, but rather returned from Babylon with the Jews. The angels, finally Zoroastrians, emerge from a vision that sees reality as an incessant war between good and evil. Shakespeare’s vision, much more subtle, contemplates each one of us as his own worst enemy, for reasons that have little or nothing to do with good and evil.

Our current images of angels are mixed with apparitions of aliens, either in the benign fantasy Encounters in the third phase or in the self-destructive fantasy of the Gate of Heaven cult. Our popular culture is populated with images of a certain lost transcendence. Sometimes this nostalgia surprises me because we are a nation obsessed with religion, and if we really believed what we profess, we would not look so hard for the material tests of a spiritual world. But then I remind myself of my favorite formulation, which is that in North America religion is not the opium but the poetry of the people. Angelicism is a populist poetry, and perhaps it can be partly redeemed by its sentimentality and its own disappointment if we can find our own versions of the “fight for the angel.” By calling us fallen angels, I am trying to propose an approach to one of these versions.
I believe that the current post-millennial American obsession with what we call angels is mainly a mask to evade the reality principle, that is, the need to die. There is a very small difference between the so-called near-death experiences and the popular cult for the angels. Both near-death experiences and angelicism have been successfully commercialized and continue to be expanding industries.
Call it Yeziat, “go out,” Abraham of Ur, Moses of Egypt, or Jacob to Israel, the Promised Land of Yahweh.

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