La Gran Transformación. Los Orígenes Políticos Y Económicos De Nuestro Tiempo — Karl Polanyi / The Great Transformation: The Political and Economic Origins of Our Time by Karl Polanyi

Una auténtica joya que no pierde un ápice de rigor. Las doctrinas populares de la economía del goteo —según las cuales todos, incluso los pobres, se benefician del crecimiento— tienen poco sustento histórico. También aclara el rejuego entre ideologías e intereses particulares: la forma en que la ideología del libre mercado fue el pretexto de nuevos intereses industriales. Hay un consenso general sobre la importancia, por ejemplo, de la normatividad gubernamental de los mercados financieros, pero no sobre la manera en que ésta deba aplicarse.
Hay asimismo abundantes evidencias en la era moderna que apoyan la experiencia histórica: el crecimiento puede generar un aumento de la pobreza. Pero sabemos también que el crecimiento conlleva enormes beneficios para la mayoría de los segmentos de la sociedad, como es el caso de algunos de los países industriales más avanzados.
Polanyi destaca la interrelación de las doctrinas de los mercados laborales libres, el libre comercio y el mecanismo monetario autorregulado del patrón oro. Su obra es así precursora del enfoque sistémico predominante hoy en día.
Polanyi vio el mercado como parte de una economía más amplia, y ésta como parte de una sociedad aún más amplia. Vio la economía de mercado no como un fin en sí misma, sino como un medio para fines más fundamentales. Demasiado a menudo se ha señalado a la privatización, la liberalización e incluso la macroestabilización como objetivos de reforma. Se llevan las puntuaciones de la rapidez con que diversos países privatizan —sin importar que la privatización es en realidad sencilla: todo lo que hay que hacer es regalar los activos a los amigos, y esperar favores a cambio—. Pero demasiado a menudo se olvida llevar la puntuación de la cantidad de individuos a quienes se les empuja a la pobreza, o de los empleos perdidos respecto de los que se crean, o del incremento de la violencia, o del aumento de la sensación de inseguridad o el sentimiento de impotencia. Polanyi habló acerca de valores básicos. La disyuntiva entre estos valores básicos y la ideología del mercado autorregulado es tan clara hoy en día como lo era en el momento en que escribió.

La gran transformación es la crítica más aguda hasta ahora del liberalismo de mercado, de la creencia de que tanto las sociedades nacionales como la economía global pueden y deben organizarse mediante mercados autorregulados. Desde los años ochenta, y en particular con el final de la Guerra Fría a principios de los noventa, esta doctrina del liberalismo de mercado —con las etiquetas de thatcherismo, reaganismo, neoliberalismo y el «consenso de Washington»— llegó a dominar la política global. Pero poco después de publicarse la obra por primera vez, en 1944, se intensificó la Guerra Fría entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, y oscureció la importancia de la contribución de Polanyi.
Los Rothschild no estaban sujetos a un gobierno; como una familia, incorporaban el principio abstracto del internacionalismo; su lealtad se entregaba a una firma, cuyo crédito se había convertido en la única conexión supranacional entre el gobierno político y el esfuerzo industrial en una economía mundial que crecía con rapidez. En última instancia, su independencia derivaba de las necesidades de la época que exigían un agente soberano que contara con la confianza de los estadistas nacionales y de los inversionistas internacionales; era a esta necesidad vital que la extraterritorialidad metafísica de una dinastía de banqueros judíos domiciliada en las capitales de Europa proveía una solución casi perfecta. Tales banqueros no tenían nada de pacifistas; habían hecho su fortuna en el financiamiento de las guerras; eran impermeables a toda consideración moral; no tenían ninguna objeción contra cualquier número de guerras menores, breves o localizadas. Pero sus negocios se perjudicarían si una guerra general entre las grandes potencias interfiriera con los fundamentos monetarios del sistema. Por la lógica de los hechos, les correspondía el mantenimiento de los requisitos de la paz general en medio de la transformación revolucionaria a la que estaban sujetos los pueblos del planeta.
Por lo que se refiere a la organización, la haute finance era el núcleo de una de las instituciones más complejas que ha producido la historia humana. Aunque era transitoria, se comparaba en universalidad, en la profusión de formas e instrumentos, sólo con el total de las actividades humanas en los campos de la industria y el comercio del que se convirtió en una especie de espejo y contrapartida.
La haute finance no estaba diseñada como un instrumento de la paz; esta función le llegó por accidente, como dirían los historiadores, mientras que el sociólogo preferiría hablar aquí de la ley de la disponibilidad. La motivación de la haute finance era la ganancia; para lograrla, había necesidad de mantenerse en contacto con los gobiernos cuya finalidad era el poder y la conquista. En esta etapa podríamos pasar por alto la distinción existente entre el poder político y el poder económico, entre los propósitos económicos y políticos de los gobiernos; en efecto, los Estados nacionales de este periodo se caracterizaban por el hecho de que tal distinción tenía escasa realidad: cualesquiera que fuesen sus objetivos, los gobiernos trataban de alcanzarlos mediante el uso y el incremento del poder nacional. Por su parte, la organización y el personal de la haute finance eran internacionales, pero no por ello enteramente independientes de la organización nacional.
La capacidad de la haute finance para impedir la difusión de las guerras disminuía con rapidez. La paz subsistió durante otros siete años, pero era inevitable que la disolución de la organización económica del siglo XIX terminara con la Paz de los cien años.
En tal virtud, la verdadera naturaleza de la organización económica muy artificial en la que se basaba la paz cobra extrema importancia para el historiador.

El derrumbe del patrón oro internacional fue el lazo invisible entre la desintegración de la economía mundial desde principios del siglo y la transformación de toda una civilización en los años treinta. Si no se advierte la importancia vital de este factor, no podrán evaluarse correctamente el mecanismo que empujó a Europa hacia la catástrofe ni las circunstancias que explicaban el hecho asombroso de que las formas y los contenidos de una civilización dependieran de cimientos tan precarios.
La verdadera naturaleza del sistema internacional en el que estábamos viviendo sólo se advirtió cuando se derrumbó.
La «fuga de capital» era un novum. Ni en 1848 ni en 1866, ni siquiera en 1871 se registró tal evento. Y sin embargo, era patente su papel vital en el derrocamiento de los gobiernos liberales de Francia en 1925, y de nuevo en 1938, así como en el desarrollo de un movimiento fascista en Alemania en 1930.
La moneda se había convertido en el pivote de la política nacional. Bajo una economía monetaria moderna, nadie podía dejar de experimental a diario la contracción o expansión de la vara financiera, las poblaciones se hicieron conscientes de la moneda; el efecto de la inflación sobre el ingreso real era descontado por adelantado por las masas; hombres y mujeres de todas partes parecían considerar al dinero estable como la necesidad suprema de la sociedad humana. Pero tal conciencia era inseparable del reconocimiento de que los fundamentos de la moneda podrían depender de factores políticos ubicados fuera de las fronteras nacionales.

La filosofía liberal no ha fallado en nada tan conspicuamente como en su entendimiento del problema del cambio. Por el fuego de una fe emocional en la espontaneidad, se descartó la actitud de sentido común hacia el cambio en favor de una disposición mística a aceptar las consecuencias del mejoramiento económico, cualesquiera que fuesen. Primero se desacreditaron y luego se olvidaron las verdades elementales de la ciencia política y la administración estatal. No hay necesidad de insistir en que un proceso de cambio sin dirección, cuyo ritmo se considera demasiado rápido, debiera frenarse, si ello es posible, para salvaguardar el bienestar de la comunidad.
A partir del siglo XVI, los mercados eran numerosos e importantes. Bajo el sistema mercantilista, se volvieron en efecto la preocupación principal del gobierno; pero todavía no había señales del futuro control de los mercados sobre la sociedad humana. Por el contrario, la regulación y la regimentación eran más estrictas que nunca; la idea misma de un mercado autorregulado estaba ausente. Para comprender el cambio repentino a un tipo de economía totalmente nuevo, en el siglo XIX debemos ocupamos ahora de la historia del mercado, una institución que prácticamente olvidamos en nuestra reseña de los sistemas económicos del pasado.
Llegamos a la conclusión de que, mientras que las comunidades humanas no parecen haber renunciado jamás por entero al comercio exterior, tal comercio no involucraba necesariamente a los mercados. Originalmente, el comercio exterior tiene más de aventura, exploración, cacería, piratería y guerra que de trueque. Puede implicar tan poca paz como bilateralidad, y aun cuando implique a ambos, se organiza de ordinario de acuerdo con el principio de la reciprocidad, no del trueque.
La transición al trueque pacífico puede rastrearse en dos direcciones: la del trueque y la de la paz. Como antes vimos, una expedición tribal podría tener que satisfacer las condiciones establecidas por los poderosos locales, quienes podrían extraer cierta contrapartida de los extranjeros; este tipo de relación no es enteramente pacífica, pero podría dar lugar al trueque.
La etapa siguiente de la historia de la humanidad contempló un intento de establecimiento de un gran mercado autorregulado. No había en el mercantilismo, esa política distintiva del Estado-nación occidental, nada que presagiara tal desarrollo singular. La «liberación» del comercio realizada por el mercantilismo sólo liberó al comercio del particularismo, pero al mismo tiempo extendió el alcance de la regulación. El sistema económico se sumergió en las relaciones sociales generales; los mercados eran sólo una característica accesoria de un ambiente institucional controlado y regulado más que nunca por la autoridad social.

Antes de nuestra época los mercados no fueron jamás otra cosa que accesorios de la vida económica. Por regla general, el sistema económico quedaba absorbido en el sistema social, y cualquiera que fuese el principio de comportamiento que predominara en la economía, la presencia del patrón de mercados resultaba compatible con el sistema social. El principio del trueque o el intercambio que se encuentra detrás de este patrón no revelaba ninguna tendencia hacia la expansión a expensas del resto. Allí donde los mercados estaban más desarrollados, como ocurría bajo el sistema mercantilista, prosperaban bajo el control de una administración centralizada que promovía la autarquía de las unidades familiares campesinas y de la vida nacional. En efecto, la regulación y los mercados crecieron juntos. No se conocía el mercado autorregulado; en efecto, el surgimiento de la idea de la autorregulación invertía por completo la tendencia del desarrollo. Los extraordinarios supuestos en que se basa una economía de mercado sólo pueden comprenderse plenamente a la luz de estos hechos.
Una economía de mercado es un sistema económico controlado, regulado y dirigido sólo por los precios del mercado; el orden en la producción y distribución de bienes se encomienda a este mecanismo autorregulado. Una economía de esta clase deriva de la expectativa de que los seres humanos se comporten de tal manera que alcancen las máximas ganancias monetarias. Tal economía supone la existencia de mercados donde la oferta de bienes (incluidos los servicios) disponibles a un precio dado será igual a la demanda a ese precio. Supone la presencia del dinero, que funciona como un poder de compra en manos de sus propietarios. La producción estará controlada entonces por los precios, ya que los beneficios de quienes dirigen la producción dependerán de ellos; la distribución de los bienes dependerá también de los precios, ya que los precios forman ingresos.
La historia social del siglo XIX fue así el resultado de un movimiento doble: la extensión de la organización del mercado en lo referente a las mercancías genuinas se vio acompañada por su restricción en lo referente a las mercancías ficticias. Mientras que los mercados se difundieron por toda la faz del globo y la cantidad de los bienes involucrados creció hasta alcanzar proporciones increíbles, una red de medidas y políticas se integraba en instituciones poderosas, destinadas a frenar la acción del mercado en relación con la mano de obra, la tierra y el dinero. Mientras que la organización de los mercados mundiales de mercancías, los mercados mundiales de capital y los mercados mundiales de dinero daba un impulso nunca antes visto al mecanismo de los mercados bajo la égida del patrón oro, surgía al mismo tiempo un movimiento profundamente arraigado para resistir los perniciosos efectos de una economía controlada por el mercado. La sociedad se protegía contra los peligros inherentes a un sistema de mercado autorregulado: éste fue el aspecto comprensivo en la historia de la época.

El sistema de Speenhamland no fue originalmente más que un artificio. Sin embargo, pocas instituciones han forjado el destino de toda una civilización de manera más decisiva que ésta, la que debía descartarse antes de que pudiera iniciarse la nueva época. Era el producto característico de una época de transformación y merece la atención de todo estudioso de los asuntos humanos en la actualidad.
Bajo el sistema mercantilista, la organización laboral de Inglaterra descansaba en la Ley de pobres y el Estatuto de artífices. La Ley de pobres, aplicada a las leyes de 1536 a 1601, es sin duda un nombre inadecuado; estas leyes, y las enmiendas subsecuentes, formaban en efecto la mitad del código laboral de Inglaterra; la otra mitad era el Estatuto de artífices de 1563. Este último se ocupaba de los empleados; la Ley de pobres se ocupaba de lo que llamaríamos los desempleados y los inempleables (aparte de los ancianos y los niños).
El aspecto más alocado del sistema era su economía propiamente dicha. Prácticamente no podía contestarse a este interrogante: «¿Quién pagaba por Speenhamland?». Directamente, la carga principal recaía, por supuesto, en los contribuyentes. Pero los agricultores se veían parcialmente compensados por los bajos salarios que debían pagar a sus jornaleros, como resultado directo del sistema de Speenhamland. Además, al agricultor se le perdonaba con frecuencia una parte de sus contribuciones, si estaba dispuesto a emplear a un aldeano que de otro modo tendría que ser subsidiado. El hacinamiento consiguiente de la cocina y los patios de los agricultores con manos innecesarias, algunas de ellas no demasiado dispuestas a trabajar, debía anotarse del lado del debe.
En 1834 estaba listo el capitalismo industrial para iniciar su marcha, y se lanzó la Reforma de la Ley de pobres. La Ley de Speenhamland, que había protegido a la Inglaterra rural, y por ende a la población trabajadora en general, contra la fuerza aplastante del mecanismo del mercado, estaba devorando el meollo de la sociedad. En el momento de su derogación, masas enormes de la población trabajadora parecían espectros de pesadilla antes que seres humanos. Pero si los trabajadores estaban físicamente deshumanizados, las clases propietarias estaban moralmente degradadas. La unidad tradicional de una sociedad cristiana estaba siendo sustituida por una negación de la responsabilidad por parte de los ricos, en relación con las condiciones de sus semejantes. Las «Dos naciones» se estaban forjando. Para desconcierto de las mentes pensantes, al desconocimiento de la riqueza se unía de manera inseparable el desconocimiento de la pobreza. Los académicos proclamaban al unísono que se había descubierto una ciencia que dejaba fuera de toda duda a las leyes gobernantes del mundo del hombre. Fue en aras de estas leyes que se eliminó la compasión de los corazones, y que una determinación estoica de renunciar a la solidaridad humana en nombre de la mayor felicidad del mayor número obtuvo la dignidad de una religión secular.
El mecanismo del mercado se estaba afirmando y reclamando su terminación: el trabajo humano debía convertirse en una mercancía. El paternalismo reaccionario había tratado en vano de resistirse a esta necesidad. Saliendo de los horrores de Speenhamland, los hombres corrían ciegamente en busca del abrigo de una economía de mercado utópica.

Los peligros para el hombre y para la naturaleza no pueden separarse nítidamente. Las reacciones de la clase trabajadora y del campesinado ante la economía de mercado condujeron al proteccionismo, la primera principalmente bajo la forma de una legislación social y de leyes fabriles; la segunda en los aranceles agrarios y las leyes aplicables a la tierra. Pero había esta diferencia importante: en una emergencia, los agricultores y los campesinos de Europa defendían al sistema de mercado, al que ponían en peligro las políticas de la clase trabajadora. Mientras que la crisis del sistema inherentemente inestable se generaba por la acción de las dos alas del movimiento proteccionista, los estratos sociales conectados con la tierra se inclinaban a transar con el sistema de mercado, mientras que la amplia clase laboral no temía romper sus reglas y desafiarlo, francamente no hubo nada comparable al abandono del patrón oro hecho por Gran Bretaña el 21 de septiembre de 1931; ni siquiera el evento subsidiario de la acción similar estadunidense en junio de 1933. Para ese momento, la Gran Depresión iniciada en 1929 había destruido la mayor parte del comercio mundial, pero esto no significaba ningún cambio en los métodos, ni afectaba las ideas vigentes. En cambio, el fracaso final del patrón oro era el fracaso final de la economía de mercado.
El liberalismo económico se había iniciado 100 años atrás, y había sido afrontado por un contraataque proteccionista que ahora asaltaba al último bastión de la economía de mercado. Un nuevo conjunto de ideas gobernantes sustituía al mundo del mercado autorregulado. Ante la estupefacción de la gran mayoría de los contemporáneos, surgieron fuerzas insospechadas del liderazgo carismático y el aislacionismo autárquico que fusionaron a las sociedades en formas nuevas.

En el medio siglo transcurrido entre 1879 y 1929, las sociedades occidentales se convirtieron en unidades estrechamente unidas en las que estaban latentes poderosas tensiones destructivas. La fuente más inmediata de esta evolución era el debilitamiento de la autorregulación de la economía de mercado. En virtud de que la sociedad debía conformarse a las necesidades del mecanismo de mercado, las imperfecciones existentes en el funcionamiento de ese mecanismo creaban tensiones acumulativas en el organismo social.
El debilitamiento de la autorregulación era un efecto del proteccionismo. Por supuesto, hay un sentido en el que los mercados son siempre autorregulados, ya que tienden a producir un precio que los vacía; pero esto se aplica a todos los mercados, ya sean libres o no. Pero como hemos demostrado antes, un sistema de mercado autorregulado implica algo muy diferente, a saber: mercados para los elementos de la producción, el trabajo, la tierra y el dinero. Dado que el funcionamiento de tales mercados amenaza con la destrucción de la sociedad, la acción de autopreservación de la comunidad trataba de impedir su establecimiento o de interferir con su libre funcionamiento una vez establecidos.
La desintegración de la economía mundial agudizaba la tensión sobre las soluciones artificiosas de la cuestión agraria en Rusia y apresuraba el advenimiento del koljoz. La incapacidad del sistema político tradicional de Europa para proveer tranquilidad y seguridad operaba en la misma dirección, ya que inducía la necesidad de armamentos, incrementando así las cargas de la industrialización de alta presión. La ausencia del sistema de balance de poder del siglo XIX, así como la incapacidad del mercado mundial para absorber la producción agrícola de Rusia, la empujaban contra su voluntad hacia la autosuficiencia. El socialismo en un país se generó por la incapacidad de la economía de mercado para proveer una conexión entre todos los países; lo que aparecía como la autarquía rusa era simplemente la desaparición del internacionalismo capitalista.
El derrumbe del sistema internacional liberó las energías de la historia: los rieles fueron fijados por las tendencias inherentes a una sociedad de mercado.

Invocamos lo que consideramos tres hechos constitutivos de la conciencia del hombre occidental; el conocimiento de la muerte, el conocimiento de la libertad, el conocimiento de la sociedad. El primero se reveló en la historia del Antiguo Testamento, de acuerdo con la leyenda judía. El segundo se reveló mediante el descubrimiento de la singularidad de la persona en las enseñanzas de Jesús registradas en el Nuevo Testamento. La tercera revelación nos llegó por el hecho de vivir en una sociedad industrial. Ningún gran nombre se asocia a este último conocimiento; es posible que Robert Owen haya estado más cerca de convertirse en su vehículo. Es el elemento constitutivo de la conciencia del hombre moderno.
La respuesta fascista al reconocimiento de la realidad de la sociedad es el rechazo del postulado de la libertad. El fascismo niega el descubrimiento cristiano de la singularidad del individuo y de la humanidad. Aquí se encuentra la raíz de su inclinación degenerativa.
Robert Owen fue el primero en advertir que los Evangelios omitían la realidad de la sociedad. Llamó a esto la «individualización» del hombre por parte del cristianismo, y parecía creer que sólo en una mancomunidad cooperativa podría dejar de separarse del hombre podría dejar de separarse del hombre «todo lo que es verdaderamente valioso en el cristianismo».
El descubrimiento de la sociedad es así el final o el renacimiento de la libertad. Mientras que el fascista renuncia a la libertad y glorifica al poder que es la realidad de la sociedad, el socialista se resigna a esa realidad y mantiene el derecho a la libertad, a pesar de ello. El hombre madura y puede existir como ser humano en una sociedad compleja. Citemos de nuevo las inspiradas palabras de Robert Owen: «Si algunas causas del mal no pudieran ser erradicadas por los nuevos poderes que los hombres están a punto de adquirir, éstos sabrían que son males necesarios e inevitables; y ya no se formularían lamentaciones infantiles, inútiles».
La resignación fue siempre la fuente del vigor y la nueva esperanza del hombre. El hombre aceptó la realidad de la muerte y construyó sobre ella el significado de su vida material. Se resignó a la verdad de que tenía un alma que perder y que eso era peor que la muerte, y fundó su libertad sobre ella. Se resigna, en nuestra época, a la realidad de la sociedad que significa el final de esa libertad. Pero de nuevo surge la vida de la resignación final. La aceptación tranquila de la realidad de la sociedad provee al hombre de un valor indomable y del vigor necesario para eliminar toda la injusticia y la falta de libertad eliminables. Mientras permanezca fiel a su tarea de crear una libertad más abundante para todos, no tendrá que temer que el poder o la planeación se vuelvan en su contra y destruyan la libertad que está construyendo con sus instrumentos. Éste es el significado de la libertad en una sociedad compleja, el que nos da toda la certeza que necesitamos.

An authentic jewel that does not lose a bit of rigor. The popular doctrines of the trickle-down economy – according to which everyone, including the poor, benefit from growth – have little historical sustenance. It also clarifies the interplay between ideologies and particular interests: the way in which the ideology of the free market was the pretext for new industrial interests. There is a general consensus on the importance, for example, of the governmental regulations of the financial markets, but not on the way in which this should be applied.
There is also abundant evidence in the modern era that supports historical experience: growth can generate an increase in poverty. But we also know that growth brings huge benefits for most segments of society, as is the case in some of the more advanced industrial countries.
Polanyi highlights the interrelation of the doctrines of free labor markets, free trade and the self-regulated monetary mechanism of the gold standard. His work is thus a precursor of the predominant systemic approach nowadays.
Polanyi saw the market as part of a broader economy, and this as part of an even broader society. He saw market economics not as an end in itself, but as a means to more fundamental ends. Too often privatization, liberalization and even macro-stabilization have been singled out as reform targets. Scores are taken of how quickly various countries privatize – regardless of whether privatization is really simple: all you have to do is give the assets to friends, and expect favors in return. But all too often, it is forgotten to take the score of the number of individuals who are pushed into poverty, or of the jobs lost compared to those created, or of the increase in violence, or of the increase in the feeling of insecurity or the feeling of helplessness. Polanyi spoke about basic values. The trade-off between these basic values ​​and the self-regulated market ideology is as clear today as it was at the time he wrote.

The great transformation is the sharpest criticism so far of market liberalism, of the belief that both national societies and the global economy can and should be organized through self-regulated markets. Since the 1980s, and particularly with the end of the Cold War in the early 1990s, this doctrine of market liberalism – with the labels of Thatcherism, Reaganism, neoliberalism and the “Washington consensus” – came to dominate politics global. But shortly after the work was published for the first time, in 1944, the Cold War between the United States and the Soviet Union intensified, obscuring the importance of Polanyi’s contribution.
The Rothschilds were not subject to a government; as a family, they incorporated the abstract principle of internationalism; his loyalty was given to a firm, whose credit had become the only supranational connection between political government and industrial effort in a rapidly growing world economy. Ultimately, its independence derived from the needs of the time that demanded a sovereign agent that counted on the confidence of national statesmen and international investors; It was to this vital need that the metaphysical extraterritoriality of a dynasty of Jewish bankers domiciled in the capitals of Europe provided an almost perfect solution. Such bankers had nothing of pacifists; they had made their fortune in financing the wars; they were impervious to all moral consideration; they had no objection against any number of minor, brief or localized wars. But their business would be damaged if a general war between the great powers interfered with the monetary foundations of the system. By the logic of the facts, it corresponded to them to maintain the requirements of the general peace in the midst of the revolutionary transformation to which the peoples of the planet were subject.
As far as the organization is concerned, haute finance was the nucleus of one of the most complex institutions that human history has produced. Although it was transitory, it was compared in universality, in the profusion of forms and instruments, only to the totality of human activities in the fields of industry and commerce of which it became a kind of mirror and counterpart.
Haute finance was not designed as an instrument of peace; this function came to him by accident, as historians would say, while the sociologist would prefer to speak here of the law of availability. The motivation of haute finance was profit; to achieve it, there was a need to keep in touch with governments whose purpose was power and conquest. At this stage we could overlook the distinction between political power and economic power, between the economic and political purposes of governments; in effect, the national states of this period were characterized by the fact that such a distinction had little reality: whatever their objectives, governments tried to achieve them through the use and increase of national power. For its part, the organization and staff of haute finance were international, but not entirely independent of the national organization.
The ability of haute finance to prevent the spread of wars was rapidly diminishing. The peace subsisted for another seven years, but it was inevitable that the dissolution of the nineteenth-century economic organization would end with the Peace of One Hundred Years.
In such a virtue, the true nature of the very artificial economic organization on which peace was based becomes extremely important for the historian.

The collapse of the international gold standard was the invisible link between the disintegration of the world economy since the beginning of the century and the transformation of an entire civilization in the 1930s. If the vital importance of this factor is not realized, the mechanism that drove Europe towards catastrophe and the circumstances that explained the astonishing fact that the forms and contents of a civilization depend on such precarious foundations can not be properly assessed.
The true nature of the international system in which we were living was only noticed when it collapsed.
The “capital flight” was a novum. Neither in 1848 nor in 1866, not even in 1871, was such an event recorded. And yet his vital role in the overthrow of the liberal governments of France in 1925, and again in 1938, as well as in the development of a fascist movement in Germany in 1930 was patent.
The currency had become the pivot of national politics. Under a modern monetary economy, no one could stop experimentally the contraction or expansion of the financial stick every day, the populations became aware of the currency; the effect of inflation on real income was discounted in advance by the masses; men and women everywhere seemed to regard stable money as the supreme necessity of human society. But such awareness was inseparable from the recognition that the fundamentals of the currency could depend on political factors located beyond national borders.

Liberal philosophy has not failed in anything as conspicuously as in its understanding of the problem of change. Through the fire of an emotional faith in spontaneity, the attitude of common sense towards change was discarded in favor of a mystical disposition to accept the consequences of economic improvement, whatever they might be. First they were discredited and then the elementary truths of political science and state administration were forgotten. There is no need to insist that a process of change without direction, whose pace is considered too fast, should be stopped, if possible, to safeguard the well-being of the community.
From the sixteenth century, markets were numerous and important. Under the mercantilist system, they became in effect the main concern of the government; but there was still no sign of the future control of markets over human society. On the contrary, regulation and regimentation were stricter than ever; the very idea of ​​a self-regulated market was absent. To understand the sudden change to a totally new type of economy, in the nineteenth century we must now deal with the history of the market, an institution that we practically forget in our review of the economic systems of the past.
We conclude that, while human communities do not seem to have ever completely renounced foreign trade, such trade did not necessarily involve markets. Originally, foreign trade has more adventure, exploration, hunting, piracy and war than barter. It can involve as little peace as bilaterality, and even when it involves both, it is organized in accordance with the principle of reciprocity, not barter.
The transition to peaceful barter can be traced in two directions: barter and peace. As we saw earlier, a tribal expedition might have to satisfy the conditions established by the powerful locals, who could extract some counterpart from foreigners; This type of relationship is not entirely peaceful, but could lead to barter.
The next stage in the history of humanity contemplated an attempt to establish a large self-regulated market. There was nothing in mercantilism, that distinctive policy of the Western nation-state, that foreshadowed such a singular development. The “liberation” of trade by mercantilism only freed trade from particularism, but at the same time extended the scope of regulation. The economic system was immersed in general social relations; the markets were only an accessory characteristic of an institutional environment controlled and regulated more than ever by the social authority.

Before our time the markets were never anything other than accessories of economic life. As a rule, the economic system was absorbed in the social system, and whatever the principle of behavior that prevailed in the economy, the presence of the pattern of markets was compatible with the social system. The principle of barter or exchange behind this pattern revealed no tendency toward expansion at the expense of the rest. Where markets were more developed, as was the case under the mercantilist system, they thrived under the control of a centralized administration that promoted the autarky of peasant family units and national life. In effect, regulation and markets grew together. The self-regulated market was not known; indeed, the emergence of the idea of ​​self-regulation completely reversed the trend of development. The extraordinary assumptions on which a market economy is based can only be fully understood in the light of these facts.
A market economy is an economic system controlled, regulated and directed only by market prices; the order in the production and distribution of goods is entrusted to this self-regulated mechanism. An economy of this kind derives from the expectation that human beings behave in such a way that they achieve the maximum monetary gains. Such an economy implies the existence of markets where the supply of goods (including services) available at a given price will be equal to the demand at that price. It supposes the presence of money, which functions as a purchasing power in the hands of its owners. Production will then be controlled by prices, since the profits of those who direct production will depend on them; The distribution of goods will also depend on prices, since prices form an income.
The social history of the nineteenth century was thus the result of a double movement: the extension of the organization of the market in relation to genuine merchandise was accompanied by its restriction in relation to fictitious merchandise. While the markets spread across the face of the globe and the amount of goods involved grew to incredible proportions, a network of measures and policies was integrated into powerful institutions, designed to curb market action in relation to the hand of work, land and money. While the organization of world merchandise markets, global capital markets and world money markets gave an unprecedented momentum to the mechanism of markets under the gold standard, there was at the same time a deeply rooted movement to resist the pernicious effects of a market-controlled economy. Society protected itself against the dangers inherent in a self-regulated market system: this was the comprehensive aspect in the history of the time.

The Speenhamland system was originally nothing more than an artifice. However, few institutions have forged the fate of a whole civilization in a more decisive way than this, which should be discarded before the new era could begin. It was the characteristic product of a time of transformation and deserves the attention of every scholar of human affairs today.
Under the mercantilista system, the labor organization of England rested in the Law of poor men and the Statute of artificers. The Law of the Poor, applied to the laws of 1536 to 1601, is undoubtedly an inadequate name; these laws, and the subsequent amendments, in effect formed half of England’s labor code; the other half was the Statute of Artificers of 1563. The latter dealt with the employees; the Poor Law dealt with what we would call the unemployed and the unemployable (apart from the elderly and children).
The most crazy aspect of the system was its economy proper. He could hardly answer this question: “Who paid for Speenhamland?” Directly, the main burden fell, of course, on the taxpayers. But farmers were partially compensated by the low wages they had to pay their day laborers, as a direct result of the Speenhamland system. In addition, the farmer was often forgiven a portion of his contributions, if he was willing to employ a villager who would otherwise have to be subsidized. The consequent overcrowding of the kitchen and the patios of the farmers with unnecessary hands, some of them not too willing to work, should be noted on the side of the debit.
In 1834, industrial capitalism was ready to begin its march, and the Reform of the Poor Law was launched. The Law of Speenhamland, which had protected rural England, and therefore the working population in general, against the crushing force of the market mechanism, was devouring the core of society. At the time of its repeal, huge masses of the working population looked like nightmare specters before human beings. But if the workers were physically dehumanized, the propertied classes were morally degraded. The traditional unity of a Christian society was being replaced by a denial of responsibility on the part of the rich, in relation to the conditions of their peers. The “Two Nations” were being forged. To the bewilderment of the thinking minds, ignorance of wealth inseparably linked the ignorance of poverty. Academics proclaimed in unison that a science had been discovered that left beyond any doubt the ruling laws of the world of man. It was in the interest of these laws that the compassion of hearts was eliminated, and that a stoic determination to renounce human solidarity in the name of the greatest happiness of the greatest number gained the dignity of a secular religion.
The market mechanism was asserting itself and demanding its termination: human labor had to become a commodity. The reactionary paternalism had tried in vain to resist this necessity. Out of the horrors of Speenhamland, men ran blindly in search of the shelter of a utopian market economy.

The dangers for man and for nature can not be clearly separated. The reactions of the working class and the peasantry to the market economy led to protectionism, the first mainly in the form of social legislation and manufacturing laws; the second in agricultural tariffs and the laws applicable to land. But there was this important difference: in an emergency, farmers and peasants in Europe defended the market system, which endangered the policies of the working class. While the crisis of the inherently unstable system was generated by the action of the two wings of the protectionist movement, the social strata connected with the earth were inclined to trade with the market system, while the broad labor class was not afraid to break its rules and to challenge him, frankly there was nothing comparable to the abandonment of the gold standard made by Great Britain on September 21, 1931; not even the subsidiary event of the similar US action in June 1933. By that time, the Great Depression begun in 1929 had destroyed most of the world trade, but this did not mean any change in methods, nor did it affect the ideas in force. In contrast, the final failure of the gold standard was the final failure of the market economy.
Economic liberalism had begun 100 years ago, and had been confronted by a protectionist counter-attack that now assailed the last bastion of the market economy. A new set of governing ideas replaced the world of the self-regulated market. In the face of the stupefaction of the great majority of the contemporaries, unsuspected forces arose from the charismatic leadership and self-sufficient isolationism that fused societies in new ways.

In the half century between 1879 and 1929, Western societies became closely united units in which powerful destructive tensions were latent. The most immediate source of this evolution was the weakening of the self-regulation of the market economy. Because society had to conform to the needs of the market mechanism, the imperfections in the operation of this mechanism created cumulative tensions in the social organism.
The weakening of self-regulation was an effect of protectionism. Of course, there is a sense in which markets are always self-regulated, since they tend to produce a price that empties them; But this applies to all markets, whether they are free or not. But as we have shown before, a self-regulated market system implies something very different, namely: markets for the elements of production, labor, land and money. Since the operation of such markets threatens the destruction of society, the action of self-preservation of the community tried to prevent its establishment or to interfere with its free functioning once established.
The disintegration of the world economy sharpened the tension over the artificial solutions of the agrarian question in Russia and hastened the advent of the koljoz. The incapacity of the traditional political system of Europe to provide tranquility and security operated in the same direction, since it induced the need for armaments, thus increasing the burdens of high-pressure industrialization. The absence of the nineteenth-century balance-of-power system, as well as the inability of the world market to absorb Russia’s agricultural production, pushed her against her will toward self-sufficiency. Socialism in a country was generated by the inability of the market economy to provide a connection between all countries; what appeared as the Russian autarchy was simply the disappearance of capitalist internationalism.
The collapse of the international system freed the energies of history: the rails were fixed by the tendencies inherent in a market society.

We invoke what we consider three facts constitutive of the conscience of Western man; the knowledge of death, the knowledge of freedom, the knowledge of society. The first was revealed in the history of the Old Testament, according to the Jewish legend. The second was revealed through the discovery of the uniqueness of the person in the teachings of Jesus recorded in the New Testament. The third revelation came from the fact of living in an industrial society. No great name is associated with this last knowledge; it is possible that Robert Owen was closer to becoming his vehicle. It is the constituent element of the conscience of modern man.
The fascist response to the recognition of the reality of society is the rejection of the postulate of freedom. Fascism denies the Christian discovery of the uniqueness of the individual and of humanity. Here is the root of his degenerative inclination.
Robert Owen was the first to notice that the Gospels omitted the reality of society. He called this the “individualization” of man by Christianity, and he seemed to believe that only in a cooperative commonwealth could he stop separating from man could he stop separating from man “all that is truly valuable in Christianity.”

The discovery of society is thus the end or the rebirth of freedom. While the fascist renounces freedom and glorifies the power that is the reality of society, the socialist resigns himself to that reality and maintains the right to freedom, in spite of it. The mature man and can exist as a human being in a complex society. Let us quote again the inspired words of Robert Owen: “If some causes of evil could not be eradicated by the new powers that men are about to acquire, they would know that they are necessary and unavoidable evils; and there would be no more infantile, useless lamentations ».
Resignation was always the source of man’s vigor and new hope. Man accepted the reality of death and built upon it the meaning of his material life. He resigned himself to the truth that he had a soul to lose and that it was worse than death, and he founded his freedom on it. Resigned, in our time, to the reality of society that means the end of that freedom. But again the life of final resignation arises. The calm acceptance of the reality of society provides man with an indomitable courage and the necessary vigor to eliminate all the injustice and the lack of freedom that can be eliminated. As long as you remain faithful to your task of creating more abundant freedom for all, you will not have to fear that power or planning will turn against you and destroy the freedom you are building with your instruments. This is the meaning of freedom in a complex society, which gives us all the certainty we need.

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