La Gran Transformación. Los Orígenes Políticos Y Económicos De Nuestro Tiempo — Karl Polanyi

Una auténtica joya que no pierde un ápice de rigor. Las doctrinas populares de la economía del goteo —según las cuales todos, incluso los pobres, se benefician del crecimiento— tienen poco sustento histórico. También aclara el rejuego entre ideologías e intereses particulares: la forma en que la ideología del libre mercado fue el pretexto de nuevos intereses industriales. Hay un consenso general sobre la importancia, por ejemplo, de la normatividad gubernamental de los mercados financieros, pero no sobre la manera en que ésta deba aplicarse.
Hay asimismo abundantes evidencias en la era moderna que apoyan la experiencia histórica: el crecimiento puede generar un aumento de la pobreza. Pero sabemos también que el crecimiento conlleva enormes beneficios para la mayoría de los segmentos de la sociedad, como es el caso de algunos de los países industriales más avanzados.
Polanyi destaca la interrelación de las doctrinas de los mercados laborales libres, el libre comercio y el mecanismo monetario autorregulado del patrón oro. Su obra es así precursora del enfoque sistémico predominante hoy en día.
Polanyi vio el mercado como parte de una economía más amplia, y ésta como parte de una sociedad aún más amplia. Vio la economía de mercado no como un fin en sí misma, sino como un medio para fines más fundamentales. Demasiado a menudo se ha señalado a la privatización, la liberalización e incluso la macroestabilización como objetivos de reforma. Se llevan las puntuaciones de la rapidez con que diversos países privatizan —sin importar que la privatización es en realidad sencilla: todo lo que hay que hacer es regalar los activos a los amigos, y esperar favores a cambio—. Pero demasiado a menudo se olvida llevar la puntuación de la cantidad de individuos a quienes se les empuja a la pobreza, o de los empleos perdidos respecto de los que se crean, o del incremento de la violencia, o del aumento de la sensación de inseguridad o el sentimiento de impotencia. Polanyi habló acerca de valores básicos. La disyuntiva entre estos valores básicos y la ideología del mercado autorregulado es tan clara hoy en día como lo era en el momento en que escribió.

La gran transformación es la crítica más aguda hasta ahora del liberalismo de mercado, de la creencia de que tanto las sociedades nacionales como la economía global pueden y deben organizarse mediante mercados autorregulados. Desde los años ochenta, y en particular con el final de la Guerra Fría a principios de los noventa, esta doctrina del liberalismo de mercado —con las etiquetas de thatcherismo, reaganismo, neoliberalismo y el «consenso de Washington»— llegó a dominar la política global. Pero poco después de publicarse la obra por primera vez, en 1944, se intensificó la Guerra Fría entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, y oscureció la importancia de la contribución de Polanyi.
Los Rothschild no estaban sujetos a un gobierno; como una familia, incorporaban el principio abstracto del internacionalismo; su lealtad se entregaba a una firma, cuyo crédito se había convertido en la única conexión supranacional entre el gobierno político y el esfuerzo industrial en una economía mundial que crecía con rapidez. En última instancia, su independencia derivaba de las necesidades de la época que exigían un agente soberano que contara con la confianza de los estadistas nacionales y de los inversionistas internacionales; era a esta necesidad vital que la extraterritorialidad metafísica de una dinastía de banqueros judíos domiciliada en las capitales de Europa proveía una solución casi perfecta. Tales banqueros no tenían nada de pacifistas; habían hecho su fortuna en el financiamiento de las guerras; eran impermeables a toda consideración moral; no tenían ninguna objeción contra cualquier número de guerras menores, breves o localizadas. Pero sus negocios se perjudicarían si una guerra general entre las grandes potencias interfiriera con los fundamentos monetarios del sistema. Por la lógica de los hechos, les correspondía el mantenimiento de los requisitos de la paz general en medio de la transformación revolucionaria a la que estaban sujetos los pueblos del planeta.
Por lo que se refiere a la organización, la haute finance era el núcleo de una de las instituciones más complejas que ha producido la historia humana. Aunque era transitoria, se comparaba en universalidad, en la profusión de formas e instrumentos, sólo con el total de las actividades humanas en los campos de la industria y el comercio del que se convirtió en una especie de espejo y contrapartida.
La haute finance no estaba diseñada como un instrumento de la paz; esta función le llegó por accidente, como dirían los historiadores, mientras que el sociólogo preferiría hablar aquí de la ley de la disponibilidad. La motivación de la haute finance era la ganancia; para lograrla, había necesidad de mantenerse en contacto con los gobiernos cuya finalidad era el poder y la conquista. En esta etapa podríamos pasar por alto la distinción existente entre el poder político y el poder económico, entre los propósitos económicos y políticos de los gobiernos; en efecto, los Estados nacionales de este periodo se caracterizaban por el hecho de que tal distinción tenía escasa realidad: cualesquiera que fuesen sus objetivos, los gobiernos trataban de alcanzarlos mediante el uso y el incremento del poder nacional. Por su parte, la organización y el personal de la haute finance eran internacionales, pero no por ello enteramente independientes de la organización nacional.
La capacidad de la haute finance para impedir la difusión de las guerras disminuía con rapidez. La paz subsistió durante otros siete años, pero era inevitable que la disolución de la organización económica del siglo XIX terminara con la Paz de los cien años.
En tal virtud, la verdadera naturaleza de la organización económica muy artificial en la que se basaba la paz cobra extrema importancia para el historiador.

El derrumbe del patrón oro internacional fue el lazo invisible entre la desintegración de la economía mundial desde principios del siglo y la transformación de toda una civilización en los años treinta. Si no se advierte la importancia vital de este factor, no podrán evaluarse correctamente el mecanismo que empujó a Europa hacia la catástrofe ni las circunstancias que explicaban el hecho asombroso de que las formas y los contenidos de una civilización dependieran de cimientos tan precarios.
La verdadera naturaleza del sistema internacional en el que estábamos viviendo sólo se advirtió cuando se derrumbó.
La «fuga de capital» era un novum. Ni en 1848 ni en 1866, ni siquiera en 1871 se registró tal evento. Y sin embargo, era patente su papel vital en el derrocamiento de los gobiernos liberales de Francia en 1925, y de nuevo en 1938, así como en el desarrollo de un movimiento fascista en Alemania en 1930.
La moneda se había convertido en el pivote de la política nacional. Bajo una economía monetaria moderna, nadie podía dejar de experimental a diario la contracción o expansión de la vara financiera, las poblaciones se hicieron conscientes de la moneda; el efecto de la inflación sobre el ingreso real era descontado por adelantado por las masas; hombres y mujeres de todas partes parecían considerar al dinero estable como la necesidad suprema de la sociedad humana. Pero tal conciencia era inseparable del reconocimiento de que los fundamentos de la moneda podrían depender de factores políticos ubicados fuera de las fronteras nacionales.

La filosofía liberal no ha fallado en nada tan conspicuamente como en su entendimiento del problema del cambio. Por el fuego de una fe emocional en la espontaneidad, se descartó la actitud de sentido común hacia el cambio en favor de una disposición mística a aceptar las consecuencias del mejoramiento económico, cualesquiera que fuesen. Primero se desacreditaron y luego se olvidaron las verdades elementales de la ciencia política y la administración estatal. No hay necesidad de insistir en que un proceso de cambio sin dirección, cuyo ritmo se considera demasiado rápido, debiera frenarse, si ello es posible, para salvaguardar el bienestar de la comunidad.
A partir del siglo XVI, los mercados eran numerosos e importantes. Bajo el sistema mercantilista, se volvieron en efecto la preocupación principal del gobierno; pero todavía no había señales del futuro control de los mercados sobre la sociedad humana. Por el contrario, la regulación y la regimentación eran más estrictas que nunca; la idea misma de un mercado autorregulado estaba ausente. Para comprender el cambio repentino a un tipo de economía totalmente nuevo, en el siglo XIX debemos ocupamos ahora de la historia del mercado, una institución que prácticamente olvidamos en nuestra reseña de los sistemas económicos del pasado.
Llegamos a la conclusión de que, mientras que las comunidades humanas no parecen haber renunciado jamás por entero al comercio exterior, tal comercio no involucraba necesariamente a los mercados. Originalmente, el comercio exterior tiene más de aventura, exploración, cacería, piratería y guerra que de trueque. Puede implicar tan poca paz como bilateralidad, y aun cuando implique a ambos, se organiza de ordinario de acuerdo con el principio de la reciprocidad, no del trueque.
La transición al trueque pacífico puede rastrearse en dos direcciones: la del trueque y la de la paz. Como antes vimos, una expedición tribal podría tener que satisfacer las condiciones establecidas por los poderosos locales, quienes podrían extraer cierta contrapartida de los extranjeros; este tipo de relación no es enteramente pacífica, pero podría dar lugar al trueque.
La etapa siguiente de la historia de la humanidad contempló un intento de establecimiento de un gran mercado autorregulado. No había en el mercantilismo, esa política distintiva del Estado-nación occidental, nada que presagiara tal desarrollo singular. La «liberación» del comercio realizada por el mercantilismo sólo liberó al comercio del particularismo, pero al mismo tiempo extendió el alcance de la regulación. El sistema económico se sumergió en las relaciones sociales generales; los mercados eran sólo una característica accesoria de un ambiente institucional controlado y regulado más que nunca por la autoridad social.

Antes de nuestra época los mercados no fueron jamás otra cosa que accesorios de la vida económica. Por regla general, el sistema económico quedaba absorbido en el sistema social, y cualquiera que fuese el principio de comportamiento que predominara en la economía, la presencia del patrón de mercados resultaba compatible con el sistema social. El principio del trueque o el intercambio que se encuentra detrás de este patrón no revelaba ninguna tendencia hacia la expansión a expensas del resto. Allí donde los mercados estaban más desarrollados, como ocurría bajo el sistema mercantilista, prosperaban bajo el control de una administración centralizada que promovía la autarquía de las unidades familiares campesinas y de la vida nacional. En efecto, la regulación y los mercados crecieron juntos. No se conocía el mercado autorregulado; en efecto, el surgimiento de la idea de la autorregulación invertía por completo la tendencia del desarrollo. Los extraordinarios supuestos en que se basa una economía de mercado sólo pueden comprenderse plenamente a la luz de estos hechos.
Una economía de mercado es un sistema económico controlado, regulado y dirigido sólo por los precios del mercado; el orden en la producción y distribución de bienes se encomienda a este mecanismo autorregulado. Una economía de esta clase deriva de la expectativa de que los seres humanos se comporten de tal manera que alcancen las máximas ganancias monetarias. Tal economía supone la existencia de mercados donde la oferta de bienes (incluidos los servicios) disponibles a un precio dado será igual a la demanda a ese precio. Supone la presencia del dinero, que funciona como un poder de compra en manos de sus propietarios. La producción estará controlada entonces por los precios, ya que los beneficios de quienes dirigen la producción dependerán de ellos; la distribución de los bienes dependerá también de los precios, ya que los precios forman ingresos.
La historia social del siglo XIX fue así el resultado de un movimiento doble: la extensión de la organización del mercado en lo referente a las mercancías genuinas se vio acompañada por su restricción en lo referente a las mercancías ficticias. Mientras que los mercados se difundieron por toda la faz del globo y la cantidad de los bienes involucrados creció hasta alcanzar proporciones increíbles, una red de medidas y políticas se integraba en instituciones poderosas, destinadas a frenar la acción del mercado en relación con la mano de obra, la tierra y el dinero. Mientras que la organización de los mercados mundiales de mercancías, los mercados mundiales de capital y los mercados mundiales de dinero daba un impulso nunca antes visto al mecanismo de los mercados bajo la égida del patrón oro, surgía al mismo tiempo un movimiento profundamente arraigado para resistir los perniciosos efectos de una economía controlada por el mercado. La sociedad se protegía contra los peligros inherentes a un sistema de mercado autorregulado: éste fue el aspecto comprensivo en la historia de la época.

El sistema de Speenhamland no fue originalmente más que un artificio. Sin embargo, pocas instituciones han forjado el destino de toda una civilización de manera más decisiva que ésta, la que debía descartarse antes de que pudiera iniciarse la nueva época. Era el producto característico de una época de transformación y merece la atención de todo estudioso de los asuntos humanos en la actualidad.
Bajo el sistema mercantilista, la organización laboral de Inglaterra descansaba en la Ley de pobres y el Estatuto de artífices. La Ley de pobres, aplicada a las leyes de 1536 a 1601, es sin duda un nombre inadecuado; estas leyes, y las enmiendas subsecuentes, formaban en efecto la mitad del código laboral de Inglaterra; la otra mitad era el Estatuto de artífices de 1563. Este último se ocupaba de los empleados; la Ley de pobres se ocupaba de lo que llamaríamos los desempleados y los inempleables (aparte de los ancianos y los niños).
El aspecto más alocado del sistema era su economía propiamente dicha. Prácticamente no podía contestarse a este interrogante: «¿Quién pagaba por Speenhamland?». Directamente, la carga principal recaía, por supuesto, en los contribuyentes. Pero los agricultores se veían parcialmente compensados por los bajos salarios que debían pagar a sus jornaleros, como resultado directo del sistema de Speenhamland. Además, al agricultor se le perdonaba con frecuencia una parte de sus contribuciones, si estaba dispuesto a emplear a un aldeano que de otro modo tendría que ser subsidiado. El hacinamiento consiguiente de la cocina y los patios de los agricultores con manos innecesarias, algunas de ellas no demasiado dispuestas a trabajar, debía anotarse del lado del debe.
En 1834 estaba listo el capitalismo industrial para iniciar su marcha, y se lanzó la Reforma de la Ley de pobres. La Ley de Speenhamland, que había protegido a la Inglaterra rural, y por ende a la población trabajadora en general, contra la fuerza aplastante del mecanismo del mercado, estaba devorando el meollo de la sociedad. En el momento de su derogación, masas enormes de la población trabajadora parecían espectros de pesadilla antes que seres humanos. Pero si los trabajadores estaban físicamente deshumanizados, las clases propietarias estaban moralmente degradadas. La unidad tradicional de una sociedad cristiana estaba siendo sustituida por una negación de la responsabilidad por parte de los ricos, en relación con las condiciones de sus semejantes. Las «Dos naciones» se estaban forjando. Para desconcierto de las mentes pensantes, al desconocimiento de la riqueza se unía de manera inseparable el desconocimiento de la pobreza. Los académicos proclamaban al unísono que se había descubierto una ciencia que dejaba fuera de toda duda a las leyes gobernantes del mundo del hombre. Fue en aras de estas leyes que se eliminó la compasión de los corazones, y que una determinación estoica de renunciar a la solidaridad humana en nombre de la mayor felicidad del mayor número obtuvo la dignidad de una religión secular.
El mecanismo del mercado se estaba afirmando y reclamando su terminación: el trabajo humano debía convertirse en una mercancía. El paternalismo reaccionario había tratado en vano de resistirse a esta necesidad. Saliendo de los horrores de Speenhamland, los hombres corrían ciegamente en busca del abrigo de una economía de mercado utópica.

Los peligros para el hombre y para la naturaleza no pueden separarse nítidamente. Las reacciones de la clase trabajadora y del campesinado ante la economía de mercado condujeron al proteccionismo, la primera principalmente bajo la forma de una legislación social y de leyes fabriles; la segunda en los aranceles agrarios y las leyes aplicables a la tierra. Pero había esta diferencia importante: en una emergencia, los agricultores y los campesinos de Europa defendían al sistema de mercado, al que ponían en peligro las políticas de la clase trabajadora. Mientras que la crisis del sistema inherentemente inestable se generaba por la acción de las dos alas del movimiento proteccionista, los estratos sociales conectados con la tierra se inclinaban a transar con el sistema de mercado, mientras que la amplia clase laboral no temía romper sus reglas y desafiarlo, francamente no hubo nada comparable al abandono del patrón oro hecho por Gran Bretaña el 21 de septiembre de 1931; ni siquiera el evento subsidiario de la acción similar estadunidense en junio de 1933. Para ese momento, la Gran Depresión iniciada en 1929 había destruido la mayor parte del comercio mundial, pero esto no significaba ningún cambio en los métodos, ni afectaba las ideas vigentes. En cambio, el fracaso final del patrón oro era el fracaso final de la economía de mercado.
El liberalismo económico se había iniciado 100 años atrás, y había sido afrontado por un contraataque proteccionista que ahora asaltaba al último bastión de la economía de mercado. Un nuevo conjunto de ideas gobernantes sustituía al mundo del mercado autorregulado. Ante la estupefacción de la gran mayoría de los contemporáneos, surgieron fuerzas insospechadas del liderazgo carismático y el aislacionismo autárquico que fusionaron a las sociedades en formas nuevas.

En el medio siglo transcurrido entre 1879 y 1929, las sociedades occidentales se convirtieron en unidades estrechamente unidas en las que estaban latentes poderosas tensiones destructivas. La fuente más inmediata de esta evolución era el debilitamiento de la autorregulación de la economía de mercado. En virtud de que la sociedad debía conformarse a las necesidades del mecanismo de mercado, las imperfecciones existentes en el funcionamiento de ese mecanismo creaban tensiones acumulativas en el organismo social.
El debilitamiento de la autorregulación era un efecto del proteccionismo. Por supuesto, hay un sentido en el que los mercados son siempre autorregulados, ya que tienden a producir un precio que los vacía; pero esto se aplica a todos los mercados, ya sean libres o no. Pero como hemos demostrado antes, un sistema de mercado autorregulado implica algo muy diferente, a saber: mercados para los elementos de la producción, el trabajo, la tierra y el dinero. Dado que el funcionamiento de tales mercados amenaza con la destrucción de la sociedad, la acción de autopreservación de la comunidad trataba de impedir su establecimiento o de interferir con su libre funcionamiento una vez establecidos.
La desintegración de la economía mundial agudizaba la tensión sobre las soluciones artificiosas de la cuestión agraria en Rusia y apresuraba el advenimiento del koljoz. La incapacidad del sistema político tradicional de Europa para proveer tranquilidad y seguridad operaba en la misma dirección, ya que inducía la necesidad de armamentos, incrementando así las cargas de la industrialización de alta presión. La ausencia del sistema de balance de poder del siglo XIX, así como la incapacidad del mercado mundial para absorber la producción agrícola de Rusia, la empujaban contra su voluntad hacia la autosuficiencia. El socialismo en un país se generó por la incapacidad de la economía de mercado para proveer una conexión entre todos los países; lo que aparecía como la autarquía rusa era simplemente la desaparición del internacionalismo capitalista.
El derrumbe del sistema internacional liberó las energías de la historia: los rieles fueron fijados por las tendencias inherentes a una sociedad de mercado.

Invocamos lo que consideramos tres hechos constitutivos de la conciencia del hombre occidental; el conocimiento de la muerte, el conocimiento de la libertad, el conocimiento de la sociedad. El primero se reveló en la historia del Antiguo Testamento, de acuerdo con la leyenda judía. El segundo se reveló mediante el descubrimiento de la singularidad de la persona en las enseñanzas de Jesús registradas en el Nuevo Testamento. La tercera revelación nos llegó por el hecho de vivir en una sociedad industrial. Ningún gran nombre se asocia a este último conocimiento; es posible que Robert Owen haya estado más cerca de convertirse en su vehículo. Es el elemento constitutivo de la conciencia del hombre moderno.
La respuesta fascista al reconocimiento de la realidad de la sociedad es el rechazo del postulado de la libertad. El fascismo niega el descubrimiento cristiano de la singularidad del individuo y de la humanidad. Aquí se encuentra la raíz de su inclinación degenerativa.
Robert Owen fue el primero en advertir que los Evangelios omitían la realidad de la sociedad. Llamó a esto la «individualización» del hombre por parte del cristianismo, y parecía creer que sólo en una mancomunidad cooperativa podría dejar de separarse del hombre podría dejar de separarse del hombre «todo lo que es verdaderamente valioso en el cristianismo».
El descubrimiento de la sociedad es así el final o el renacimiento de la libertad. Mientras que el fascista renuncia a la libertad y glorifica al poder que es la realidad de la sociedad, el socialista se resigna a esa realidad y mantiene el derecho a la libertad, a pesar de ello. El hombre madura y puede existir como ser humano en una sociedad compleja. Citemos de nuevo las inspiradas palabras de Robert Owen: «Si algunas causas del mal no pudieran ser erradicadas por los nuevos poderes que los hombres están a punto de adquirir, éstos sabrían que son males necesarios e inevitables; y ya no se formularían lamentaciones infantiles, inútiles».
La resignación fue siempre la fuente del vigor y la nueva esperanza del hombre. El hombre aceptó la realidad de la muerte y construyó sobre ella el significado de su vida material. Se resignó a la verdad de que tenía un alma que perder y que eso era peor que la muerte, y fundó su libertad sobre ella. Se resigna, en nuestra época, a la realidad de la sociedad que significa el final de esa libertad. Pero de nuevo surge la vida de la resignación final. La aceptación tranquila de la realidad de la sociedad provee al hombre de un valor indomable y del vigor necesario para eliminar toda la injusticia y la falta de libertad eliminables. Mientras permanezca fiel a su tarea de crear una libertad más abundante para todos, no tendrá que temer que el poder o la planeación se vuelvan en su contra y destruyan la libertad que está construyendo con sus instrumentos. Éste es el significado de la libertad en una sociedad compleja, el que nos da toda la certeza que necesitamos.

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