Hermana Muerte — Thomas Wolfe / Death the Proud Brother–A Story by Thomas Wolfe

Esta es otra magnífica breve obra, es corto y muy poético, una pequeña joya y es verdaderamente difícil acometer este tema en esta época de una manera amable y peculiar ya que hoy día se escamotean estos temas por un mal entendido pudor donde la protagonista absoluta es la ciudad que nos habla de manera cruel por momentos. No soy ni amable, ni cruel, ni amorosa, ni vengativa. Todos vosotros me resultáis indiferentes, pues sé bien que otros vendrán cuando hayáis desaparecido, sé bien que otros nacerán cuando estéis muertos, millones se levantarán cuando os hayáis caído. Y sé también que la Ciudad, la ciudad eterna, se erigirá para siempre como una ola gigantesca sobre la faz de la tierra.»
Así me habló la ciudad aquella primera vez, cuando la vi matar a un hombre.
Aquellas tres primeras muertes, a diferencia de la cuarta, es esto: las tres muertes se produjeron por causas violentas, y todos los testigos, gente de la ciudad, una vez que hubo pasado el primer momento de sorpresa, reaccionaron aceptando con calma esa misma violencia casi como una consecuencia natural de la vida cotidiana.
Pero en la cuarta oportunidad que me encontré con la muerte, la gente de la ciudad quedó aterrorizada como no lo había estado jamás; y ello a pesar de que la muerte llegó en esta ocasión de una manera tan silenciosa, sencilla y natural que uno creería que hasta un niño se habría enfrentado a ello sin asomo de terror o sorpresa.

La ciudad siempre pasa por encima de nosotros y no nos detenemos, Hermana Muerte, que te posas solemnemente en el ceño de los hombres humildes, oh, Orgullosa Muerte, a quien he visto en la oscuridad tantas veces, siempre al acecho de hombrecillos anónimos, ¿acaso hay algo que no hayas tocado con amor y piedad? Dondequiera que he visto tu rostro, siempre has acudido con misericordia, amor y piedad y nos has traído a todos tus compasivas frases de perdón y de alivio. ¿Pues acaso no has recuperado del exilio las vidas desesperadas de aquellos hombres que nunca pudieron volver a casa? ¿Acaso no nos has abierto tu oscura puerta a todos los que todavía no hemos hallado una puerta en la que entrar, y acaso no nos has proporcionado un lugar a quienes, carentes de vivienda, de puerta, de alicientes, nos hemos visto empujados a vagabundear por las calles de la vida? ¿Acaso no nos has ofrecido tu austero forraje con el cual aplacar un hambre que al cabo se hizo locura gracias a la comida de la que se alimentó? ¿Acaso no nos diste a todos una meta que buscamos pero nunca encontramos, la certidumbre, la paz por la que luchan nuestros corazones atribulados? ¿Y acaso no pusiste en tu oscura casa un final para toda la tortuosa errancia y la inquietud que desde siempre nos fustiga?
Orgullosa Muerte, Muerte Orgullosa, te alabo no por la gloria que añadiste a la gloria de los reyes, no por el honor que impusiste sobre las dignidades de los grandes hombres, no por la magia final que has proporcionado a los labios de los genios, sino porque acudes a nosotros con generosidad, a nosotros, que no conocemos la gloria, a nosotros, cuyas vidas son anónimas y oscuras, y nos das a todos —átomos sin nombre, sin rostro y sin voz— el crisma sagrado de tu grandeza.

Querido lector tú eres compañero de su hermana la soledad, sin duda otra obra magnífica de uno de los grandes narradores norteamericanos del s.XX.

This is another magnificent short work, it is short and very poetic, a little jewel and it is really difficult to tackle this theme in this time in a kind and peculiar way since nowadays these themes are shunned by a poorly understood modesty where the absolute protagonist is the city that speaks to us in a cruel way at times. I am neither kind, nor cruel, nor loving, nor vengeful. All of you I am indifferent, because I know well that others will come when you have disappeared, I know that others will be born when you are dead, millions will rise when you have fallen. And I also know that the City, the eternal city, will be erected forever like a gigantic wave on the face of the earth. ”
That’s how the city told me that first time, when I saw her kill a man.
Those three first deaths, unlike the fourth, is this: the three deaths were caused by violent causes, and all the witnesses, people of the city, once they had passed the first moment of surprise, reacted calmly accepting that same violence almost as a natural consequence of everyday life.
But on the fourth chance I encountered death, the people of the city were terrified as I had never been; and this despite the fact that death came on this occasion in such a silent, simple and natural way that one would believe that even a child would have faced it without a hint of terror or surprise.

The city always passes over us and we do not stop, Sister Death, who stands solemnly in the frown of humble men, oh, Proud Death, whom I have seen in the darkness so many times, always on the lookout for anonymous men, Is there anything that you have not touched with love and piety? Wherever I have seen your face, you have always come with mercy, love and mercy and you have brought us all your compassionate words of forgiveness and relief. Why have not you recovered from exile the desperate lives of those men who could never return home? Have you not opened your dark door to all of us who have not yet found a door to enter, and perhaps you have not given us a place to those who, lacking in housing, doors, incentives, have been pushed to wander the streets of life? Have you not offered us your austere fodder with which to appease a hunger that at last became madness thanks to the food from which it was fed? Did you not give us all a goal that we seek but never find, the certainty, the peace for which our troubled hearts fight? And did not you put in your dark house an end to all the tortuous wandering and the restlessness that always lashes out at us?
Proud Death, Proud Death, I praise you not for the glory you added to the glory of the kings, not for the honor you imposed on the dignities of great men, not for the final magic you have provided to the lips of geniuses, but because you come to us with generosity, to us, who do not know the glory, to us, whose lives are anonymous and obscure, and you give us all -less nameless, faceless and voiceless- the sacred chrism of your greatness.

Dear reader, you are your sister’s companion, the solitude, without doubt another magnificent work of one of the great North American storytellers of the 20th century.

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