El Malestar En La Globalización — Joseph Stiglitz / Globalization and Its Discontents by Joseph E. Stiglitz

Esté es un breve libro que pone el acento sobre la mala praxis del FMI y BM, lo cual es de destacar, donde el bárbaro atentado del 11 de septiembre ha aclarado con toda nitidez que todos compartimos un único planeta. Constituimos una comunidad global y como todas las comunidades debemos cumplir una serie de reglas para convivir. Estas reglas deben ser —y deben parecer— equitativas y justas, deben atender a los pobres y a los poderosos, y reflejar un sentimiento básico de decencia y justicia social. En el mundo de hoy, dichas reglas deben ser el desenlace de procesos democráticos; las reglas bajo las que operan las autoridades y cuerpos gubernativos deben asegurar que escuchen y respondan a los deseos y necesidades de los afectados por políticas y decisiones adoptadas en lugares distantes.

La austeridad fiscal, la privatización y la liberalización de los mercados fueron los tres pilares aconsejados por el Consenso de Washington durante los años ochenta y noventa. Las políticas del consenso de Washington fueron diseñadas para responder a problemas muy reales de América Latina, y tenían mucho sentido. En los años ochenta los Gobiernos de dichos países habían tenido a menudo grandes déficits. Las pérdidas en las ineficientes empresas públicas contribuyeron a dichos déficits. Aisladas de la competencia gracias a medidas proteccionistas, las empresas privadas ineficientes forzaron a los consumidores a pagar precios elevados. La política monetaria laxa hizo que la inflación se descontrolara. Los países no pueden mantener déficits abultados y el crecimiento sostenido no es posible con hiperinflación. Se necesita algún grado de disciplina fiscal. La mayoría de los países mejorarían si los Gobiernos se concentraran más en proveer servicios públicos esenciales que en administrar empresas que funcionarían mejor en el sector privado, y por eso la privatización a menudo es correcta. Cuando la liberalización comercial —la reducción de aranceles y la eliminación de otras trabas proteccionistas— se hace bien y al ritmo adecuado, de modo que se creen nuevos empleos a medida que se destruyen los empleos ineficientes, se pueden lograr significativas ganancias de eficiencia.
El problema radicó en que muchas de esas políticas se transformaron en fines en sí mismas, más que en medios para un crecimiento equitativo y sostenible. Así, las políticas fueron llevadas demasiado lejos y demasiado rápido, y excluyeron otras políticas que eran necesarias.
Los resultados han sido muy diferentes a los buscados. La austeridad fiscal exagerada, bajo circunstancias inadecuadas, puede inducir recesiones, y los altos tipos de interés ahogar a los empresarios incipientes. El FMI propició enérgicamente la privatización y la liberalización, a un ritmo que a menudo impuso costes apreciables sobre países que no estaban en condiciones de afrontarlos.
El FMI y el Banco Mundial (BM) han abordado los problemas con una perspectiva estrechamente ideológica: la privatización debía ser concretada rápidamente. En la clasificación de los países que emprendían la transición del comunismo al mercado, los que privatizaban más deprisa obtenían las mejores calificaciones. Como consecuencia, la privatización muchas veces no logró los beneficios augurados. Las dificultades derivadas de esos fracasos han suscitado antipatía hacia la idea misma de la privatización.

La más grave preocupación con la privatización, tal como ha sido aplicada muchas veces, es la corrupción. La retórica del fundamentalismo del mercado afirma que la privatización reducirá lo que los economistas denominan la «búsqueda de rentas» por parte de los funcionarios, que o bien se quedan con parte de los beneficios de las empresas públicas o conceden contratos y empleos a sus amigos. Pero, al contrario de lo que supuestamente iba a lograr, la privatización ha empeorado las cosas tanto que en muchos países se la denomina irónicamente «sobornización». Si una Administración es corrupta, hay escasas evidencias de que las privatizaciones resolverán el problema. Después de todo, el mismo Gobierno corrupto que manejó mal la empresa es el que va a gestionar la privatización. En un país tras otro, los funcionarios se han percatado de que las privatizaciones significan que ya no tienen por qué limitarse a la apropiación anual de los beneficios.

Las consecuencias —la recesión económica— de las crisis bancarias desencadenadas por la desregulación de los mercados de capitales, dolorosas para los países desarrollados, fueron mucho más graves para los subdesarrollados. Los países pobres carecen de red de seguridad para mitigar el impacto de la recesión. Asimismo, la competencia limitada en los mercados financieros significaba que la liberalización no siempre acarreaba el beneficio prometido de unos tipos de interés más bajos. En vez de ellos, los agricultores comprobaban en ocasiones que debían pagar tipos más altos, lo que dificultaba sus compras de semillas y fertilizantes necesarios para alcanzar a duras penas la subsistencia.
Cuando el FMI defendía la liberalización de los mercados de capitales recurría a un razonamiento simplista: los mercados libres son más eficientes, la mayor eficiencia se traduce en mayor crecimiento.
De todos los desatinos del FMI, los que han sido objeto de más atención han sido los relativos a las secuencias y los ritmos, y su falta de sensibilidad ante los grandes contextos sociales —el forzar la liberalización antes de instalar redes de seguridad, antes de que hubiera un marco regulador adecuado, antes de que los países pudieran resistir las consecuencias adversas de los cambios súbitos en las impresiones del mercado que son parte esencial del capitalismo moderno; el forzar políticas que destruían empleos antes de sentar las bases para la creación de puestos de trabajo; el forzar la privatización antes de la existencia de marcos adecuados de competencia y regulación—. Muchos de los errores en las secuencias reflejaron confusiones básicas tanto de los procesos económicos como políticos, confusiones particularmente asociadas con los seguidores del fundamentalismo del mercado.

En ocasiones el FMI y el Banco Mundial han sido injustamente acusados por los mensajes que lanzan —a nadie le gusta que le adviertan que debe vivir conforme a los medios que tiene—. Pero la crítica de las instituciones económicas internacionales es más profunda: había mucho de bueno en su agenda del desarrollo, pero incluso las reformas que son deseables a largo plazo tienen que ser aplicadas con precaución. Hoy es ampliamente aceptado que los ritmos y las secuencias no pueden ser desdeñados. Más importante aún: en el desarrollo hay más de lo que sugieren estas lecciones. Existen estrategias alternativas, estrategias que difieren no sólo en énfasis sino también en el plano político, por ejemplo: estrategias que incluyen la reforma agraria pero no incluyen la liberalización del mercado de capitales, que plantean políticas de competencia antes de la privatización, que aseguran que la creación de puestos de trabajo acompañe la liberalización comercial.
Tales alternativas recurrieron al mercado pero reconocieron que hay un papel relevante para el Estado; admitieron la importancia de reformar, pero con ritmo y secuencia.

Cada tiempo y cada país son diferentes. La tarea de las instituciones económicas internacionales debería ser —debería haber sido— aportar a los países los recursos para adoptar, por sí mismos, decisiones informadas, comprendiendo las consecuencias y riesgos de cada opción. La esencia de la libertad es el derecho a elegir —y a aceptar la responsabilidad correspondiente—.

This is a short book that emphasizes the malpractice of the IMF and WB, which is noteworthy, where the barbaric attack of September 11 has made it clear that we all share a single planet. We constitute a global community and like all communities we must comply with a series of rules to live together. These rules must be – and must seem – fair and just, must serve the poor and the powerful, and reflect a basic sense of decency and social justice. In today’s world, these rules must be the outcome of democratic processes; the rules under which the authorities and governing bodies operate must ensure that they listen and respond to the wishes and needs of those affected by policies and decisions adopted in distant places.

Fiscal austerity, privatization and market liberalization were the three pillars advised by the Washington Consensus during the eighties and nineties. The Washington consensus policies were designed to respond to very real problems in Latin America, and they made a lot of sense. In the 1980s, the governments of these countries had often had large deficits. The losses in the inefficient public companies contributed to these deficits. Isolated from the competition thanks to protectionist measures, inefficient private companies forced consumers to pay high prices. The loose monetary policy caused inflation to get out of control. Countries can not maintain bulky deficits and sustained growth is not possible with hyperinflation. Some degree of fiscal discipline is needed. Most countries would improve if governments focused more on providing essential public services than on managing companies that would work better in the private sector, and that is why privatization is often correct. When trade liberalization – the reduction of tariffs and the removal of other protectionist barriers – is done well and at the right pace, so that new jobs are created as inefficient jobs are destroyed, significant efficiency gains can be achieved.
The problem was that many of these policies became ends in themselves, rather than in means for equitable and sustainable growth. Thus, policies were taken too far and too fast, and they excluded other policies that were necessary.
The results have been very different from those sought. Excessive fiscal austerity, under inadequate circumstances, can induce recessions, and high interest rates stifle incipient entrepreneurs. The IMF strongly encouraged privatization and liberalization, at a pace that often imposed appreciable costs on countries that were not in a position to cope.
The IMF and the World Bank (WB) have approached the problems with a narrowly ideological perspective: privatization should be quickly realized. In the classification of the countries that were making the transition from communism to the market, those that privatized most rapidly obtained the best ratings. As a result, privatization often did not achieve the augured benefits. The difficulties derived from these failures have provoked antipathy towards the very idea of ​​privatization.

The most serious concern with privatization, as it has been applied many times, is corruption. The rhetoric of market fundamentalism asserts that privatization will reduce what economists call the “rent seeking” by officials, who either take part of the profits of public companies or award contracts and jobs to their friends. . But, contrary to what it was supposed to achieve, privatization has made things worse so much that in many countries it is ironically called “bribery”. If an Administration is corrupt, there is scant evidence that privatizations will solve the problem. After all, the same corrupt government that mismanaged the company is the one that will manage the privatization. In one country after another, officials have realized that privatizations mean they no longer have to limit themselves to the annual appropriation of benefits.

The consequences – the economic recession – of the banking crises triggered by the deregulation of the capital markets, painful for the developed countries, were much more serious for the underdeveloped ones. Poor countries lack a safety net to mitigate the impact of the recession. Also, limited competition in financial markets meant that liberalization did not always bring the promised benefit of lower interest rates. Instead of them, farmers sometimes checked that they had to pay higher rates, which made it difficult for them to buy the seeds and fertilizers needed to barely make ends meet.
When the IMF defended the liberalization of capital markets it resorted to a simplistic reasoning: free markets are more efficient, greater efficiency translates into greater growth.
Of all the follies of the IMF, those that have been the subject of more attention have been those related to sequences and rhythms, and their lack of sensitivity to large social contexts -forcing liberalization before installing safety nets, before that there was an adequate regulatory framework, before countries could resist the adverse consequences of the sudden changes in market impressions that are an essential part of modern capitalism; forcing policies that destroyed jobs before laying the foundations for the creation of jobs; to force privatization before the existence of adequate frameworks of competition and regulation. Many of the errors in the sequences reflected basic confusions of both economic and political processes, confusions particularly associated with the followers of market fundamentalism.

Sometimes the IMF and the World Bank have been unjustly accused by the messages they send – nobody likes to be warned that they must live according to the means they have. But the criticism of international economic institutions is deeper: there was much good in their development agenda, but even the reforms that are desirable in the long term have to be applied with caution. Today it is widely accepted that rhythms and sequences can not be disregarded. More importantly: in development there is more than these lessons suggest. There are alternative strategies, strategies that differ not only in emphasis but also on the political level, for example: strategies that include agrarian reform but do not include the liberalization of the capital market, which raise competition policies before privatization, which ensure that the creation of jobs accompany trade liberalization.
Such alternatives resorted to the market but recognized that there is a relevant role for the State; They admitted the importance of reforming, but with rhythm and sequence.

Each time and each country are different. The task of international economic institutions should be – it should have been – to provide countries with the resources to adopt, by themselves, informed decisions, understanding the consequences and risks of each option. The essence of freedom is the right to choose – and to accept the corresponding responsibility.

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5 pensamientos en “El Malestar En La Globalización — Joseph Stiglitz / Globalization and Its Discontents by Joseph E. Stiglitz

  1. Los tiempos han cambiado mucho como las políticas han cambiado. Ya no mires por el interés de su gente y miran más cómo pueden traer más dinero así mismo. Cuando llega el momento de votar que son nuestras opciones “un ladron” oh un “mentiroso”. Cualquier que votemos es el 👿 Para nuestro país.

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