Butcher’s Crossing — John Williams

Sin duda este escritor americano es de lo mejorcito y esta obra es quizás mejor que su obra maestra “Stoner” ya comentada en el blog, un western de antaño.
“Butcher’s Crossing” es una novela además de aventuras porque lo que su joven protagonista busca es el encuentro con “lo salvaje” al que en aquella época (los años setenta del siglo XIX) todavía se podía aspirar. Siguiéndolo en su periplo recorremos el auténtico “Far West” o más bien el auténtico “Middle West” en este caso porque la acción comienza en Butcher’s Crossing, un pequeño asentamiento de pioneros de Kansas, un cruce de dos calles con una tienda, una taberna, un hotel y decenas de cabañas precarias habitadas por cazadores de bisontes. Todo lo que John Williams cuenta acerca de Butcher’s Crossing se aleja de la estética habitual de los escenarios del western en novelas y películas para aproximarse, creo yo, a lo que debía de ser un lugar de este tipo en realidad. A partir de ahí viviremos ese mítico encuentro con “lo salvaje” que para mí se resume en este diálogo:

“-¿Y una vez en Colorado? –preguntó Andrews.
Miller sonrió ligeramente y meneó la cabeza.
-Allí no hay sendas. Viajaremos por el campo”

Efectivamente ya casi no hay lugares sin caminos en nuestro mundo actual, y mucho menos en los Estados Unidos, así que ese simple “allí no hay sendas, viajaremos por el campo” representa la incursión de los aventureros en el terreno virgen y desconocido, el escenario de la aventura.
Por otra parte, como aficionado a las historias de aventuras agradezco de verdad que John Williams sea realista acerca de situaciones habitualmente obviadas en este tipo de literatura como los efectos de la carencia de agua en personas y animales, el aburrimiento de la humilde comida de los viajeros a base de judías y panceta, o los verdaderos efectos de una ventisca o una fuerte nevada.
No creo desvelar nada importante si digo que al final del viaje, el protagonista habrá vivido una experiencia iniciática de esas que hacen madurar y que sirven de entrada a la vida adulta.

La grandeza de este autor es que el autor nos invita a reflexionar sobre la verdadera razón de nuestra existencia, sólo que esta vez el escenario de fondo son las grandes praderas norteamericanas. Que pensará nuestro amigo de Boston (Andrews) en la pradera americana pues querido lector si no lo lees pierdes un gran libro y no por perderte a todo tipo de truhanes… incluso alemanes (Scheneider) preparando los fusiles para las pieles en la senda del gran bisonte y en los malos momentos siempre estará Francine, las chicas de ese alterne en la gran rendición nocturna. Amada naturaleza. Sin duda el sonido de la nieve como se pega en los pantalones, los inicios de congelación de los dedos… Smoky Hill y más allá de Butcher’s Crossing la llanura se extendía abierta y diáfana a la nítida luz gris que crecía por levante. En la costa Este, el sol estaba ya alto y sacaba destellos a las rocas que delimitaban el litoral del norte; se reflejaba en las alas de las gaviotas que revoloteaban en el aire salobre; iluminaba ya las desiertas calles de Boston y brillaba sobre los campanarios de las iglesias desiertas, tanto en Boylston Street como en Saint James Avenue, en Arlington como en Berkeley y Clarendon; sus rayos se colaban por los ventanales de la casa de su padre, iluminando estancias en las que nadie se movía… Siempre es bueno cabalgar aunque sea sin rumbo fijo.

No doubt this American writer is the best and this work is perhaps better than his masterpiece “Stoner” already commented on the blog, a western of yesteryear.
“Butcher’s Crossing” is a novel as well as adventures because what its young protagonist seeks is the encounter with “the wild” that at that time (the seventies of the nineteenth century) could still aspire. Following him on his journey we travel the authentic “Far West” or rather the authentic “Middle West” in this case because the action begins in Butcher’s Crossing, a small settlement of pioneers in Kansas, a crossroads of two streets with a store, a tavern , a hotel and dozens of precarious huts inhabited by bison hunters. Everything that John Williams tells about Butcher’s Crossing moves away from the usual aesthetics of western scenarios in novels and films to approximate, I think, what must have been such a place in reality. From there we will live that mythical encounter with “the wild” that for me is summarized in this dialogue:

“-And once in Colorado? Andrews asked.
Miller smiled slightly and shook his head.
-There are no paths. We will travel through the countryside ”

Indeed, there are almost no roadless places in our present world, much less in the United States, so that simple “there are no paths, we will travel through the countryside” represents the incursion of the adventurers into the virgin and unknown terrain, the adventure scenario.
On the other hand, as a fan of adventure stories, I really appreciate that John Williams is realistic about situations usually overlooked in this type of literature, such as the effects of the lack of water in people and animals, the boredom of the humble food of the travelers based on beans and bacon, or the true effects of a blizzard or heavy snowfall.
I do not think to reveal anything important if I say that at the end of the trip, the protagonist will have lived an initiatory experience of those that make them mature and that serve as an entrance to adult life.

The greatness of this author is that the author invites us to reflect on the real reason for our existence, only this time the background scenario is the great North American grasslands. What will our Boston friend (Andrews) think in the American prairie, dear reader, if you do not read it, you lose a great book and not lose yourself to all sorts of rascals … even Germans (Scheneider) preparing the rifles for the skins on the path of the great bison and in the bad moments will always be Francine, the girls of that alterne in the great night surrender. Beloved nature No doubt the sound of snow as it sticks in the pants, the freezing of the fingers … Smoky Hill and beyond Butcher’s Crossing the plain stretched open and diaphanous to the clear gray light that grew from the east. On the east coast, the sun was already high and flashed to the rocks that delimited the north coast; it reflected on the wings of seagulls that fluttered in the brackish air; it already illuminated the deserted streets of Boston and shone on the steeples of the desert churches, as much in Boylston Street as in Saint James Avenue, in Arlington as in Berkeley and Clarendon; his rays were filtered through the windows of his father’s house, illuminating rooms in which no one moved … It is always good to ride even if it is aimlessly fixed.

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