Vida De Una Geisha — Mineko Iwasaki / Geisha, A Life by Mineko Iwasaki

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Este es un magnífico libro que nos habla realmente de las geishas que para nada es lo idílico que nos parece y ese sin duda es el gran acierto del libro. Su familia un padre acomodado y jugar hermano y recibir los castigos de su padre, además mientras que Kissinger se interesó por todo cuando estaba de visita oficial sin embargo la reina de Inglaterra apenas probó bocado y estaba en sus menesteres…

En Gion Kobu no nos referimos a nosotras mismas como geishas (que significa «artistas»), sino que usamos un término más específico: geiko o «mujer del arte». Una clase de geiko, famosa en el mundo entero como símbolo de Kioto, es la joven bailarina conocida como maiko o «mujer de la danza».
A los veinte años «me cambié el cuello», cumpliendo así con el ritual de transición que simboliza el paso de maiko a geiko. A pesar de todo, a medida que iba consolidándome en la profesión, me sentía cada vez más decepcionada por la intolerancia de nuestro arcaico sistema. Por ello traté de impulsar reformas tendientes a promover las oportunidades educativas, la independencia económica y los derechos laborales de las mujeres de la comunidad, pero mi incapacidad para cambiar las cosas me desalentó hasta el extremo de que, al final, decidí retirarme.
Las maiko y las geiko al inicio de su carrera viven y se forman en un establecimiento denominado okiya, que significa «posada» aunque casi siempre se traduce por «casa de geishas». Siguen un rigidísimo programa de clases y ensayos, tan intenso como el de una primera bailarina, una concertista de piano o una cantante de ópera en Occidente. La propietaria de una okiya apoya de manera condicional a la geiko en sus esfuerzos para convertirse en profesional y, una vez que ésta ha debutado, la ayuda a organizar sus actividades. La joven geiko vive en la okiya durante un período estipulado —entre cinco y siete años, por lo general— y en ese tiempo la resarce de cuanto ha invertido en ella. A partir de ese momento se independiza y se instala por su cuenta, aunque continúa manteniendo una relación comercial con la okiya que la apadrinó.
La única excepción a esta regla es la geiko a quien se ha designado atotori, es decir, heredera de la casa y sucesora, que lleva el apellido de la okiya, ya sea por nacimiento o por adopción, y vive en ella durante toda su carrera profesional. Las maiko y las geiko desarrollan su actividad en exclusivos salones para banquetes conocidos como ochaya, una palabra que a menudo se traduce literalmente por «salón de té».

La educación de una geiko en Gion Kobu es un sistema cerrado. Sólo las chicas que viven en una okiya de Gion Kobu están autorizadas para aprender las disciplinas necesarias en las escuelas acreditadas, y nadie salvo ellas son capaces de soportar las exigencias del agotador programa. Es imposible convertirse en geiko si una vive fuera del karyukai.
Mi padre, a quien el inesperado giro de los acontecimientos había desconcertado de manera evidente, no respondió de inmediato.
La industria del quimono es una de las más importantes de Japón. Puede que yo estuviese en condiciones de comprar más ropa que otras geiko, pero todas necesitábamos una provisión constante. Imaginen cuántos quimonos encargan al año las maiko y las geiko de Gion Kobu y de los otros cuatro karyukai. El sustento de miles de artesanos —desde los que tiñen la seda hasta los diseñadores de los accesorios para el cabello— depende de estos pedidos. Aunque no sean los clientes que frecuentan Gion Kobu los que compran estas prendas, sí es cierto que un importante porcentaje del dinero que gastan sirve para mantener esta actividad. Por tal motivo, yo siempre tuve la impresión de que éramos imprescindibles para mantener viva esta industria tradicional.
No pensaba en los quimonos en términos económicos, sino que los veía tan sólo como un componente esencial de mi oficio y sabía que cuanto mayor fuera su calidad, mejor cumpliría yo con mi trabajo. Los clientes van a Gion Kobu para deleitarse con las habilidades artísticas de las maiko y las geiko, pero también con su estética. Y por mucho talento que tengan, sus esfuerzos serán en vano si no lucen las prendas adecuadas…

Qué decir de Toshiba que va a verla durante 3 años y entonces se busca la posibilidad de matrimonio y de nuevas vidas. En junio de 1972 regreso a la okiya. Había aprendido que era capaz de ser independiente, pero también que no necesitaba serlo. Además, Toshio y yo teníamos medios suficientes para hospedarnos en un hotel cuando quisiéramos, cosa que hacíamos con frecuencia. Yo era una adulta, una geiko hecha y derecha.
Ya sabia moverme por el mundo, manejar dinero y hacer compras.
Y estaba enamorada.
Por otra parte, me alegré de haber regresado a la okiya, pues así pude pasar junto a Gran John los últimos meses de su vida. Mi perro murió el 6 de octubre de 1972.
De todos mis hijos tú eres la única que me ha escuchado, Masako. Nunca renunciaste a tu orgullo y me has hecho muy feliz. Sé que has trabajado mucho y que te ha costado lo tuyo, y quiero darte algo. Abre el tercer cajón de mi cómoda. Saca el obi de shibori. Sí, ése. Lo hice yo mismo y es mi favorito. Deseo que se lo des al hombre de tus sueños, cuando lo encuentres.
—Lo haré, papá, te lo prometo.
Saqué el obi de la cómoda de mi padre y me lo llevé. Lo guardé hasta que conocí a mí marido. Todavía lo usa.
Mi padre murió tres días después, el 9 de mayo.
Además emprendedora, abrí mi establecimiento, al que llamé Club Malvarrosa, en junio de 1977. Tenía un socio que supervisaba el negocio cuando yo no me encontraba en él, pero no podía evitar acercarme allí cada tarde a trabajar, para cerciorarme de que todo estaba en orden. Y todas las noches, cuando salía de los ozashiki, regresaba al club y permanecía allí hasta la hora de cierre.
El club nocturno era sólo una medida temporal, pues mi verdadero sueño era crear un negocio para embellecer a las mujeres. Sí, quería ser propietaria de un salón de belleza y desarrollé una estrategia para lograr que fuese realidad.
Lo primero que necesitaba era un lugar y para conseguirlo debía convencer a mamá Masako de que me permitiese construir un edificio en el solar de la okiya. Había planeado que tuviese cinco plantas: ubicaría el club en la planta baja, un salón de belleza y una peluquería en la primera y la segunda, y dividiría los pisos más altos entre nuestra vivienda y habitaciones de alquiler. De este modo, conseguiría unos ingresos complementarios que nos ayudarían a mantener la casa.
A continuación, debía resolver el futuro de las geiko y del resto del personal de la okiya. Mi idea era servir de mediadora a las mujeres que querían casarse y procurar que las demás encontrasen otro puesto o, con mi apoyo, abriesen su propio negocio.

Tal como esperaba, mi retiro causó un profundo impacto en el sistema. Pero no el que yo había previsto, pues los poderes fácticos nada cambiaron. Aunque en los tres meses siguientes otras setenta geiko abandonaron su puesto. Aprecié este gesto, a pesar de que era un poco tarde para demostraciones de solidaridad.
Yo ya no era joven, y deseaba tener hijos y experimentar la vida de casada. Por otra parte, Jin era tan agradable… No había nada censurable en él.
Así que, una vez más, decidí empezar de cero. Y la siguiente ocasión que me lo propuso, y era la cuarta, acepté con una condición: le hice prometer que me concedería el divorcio si al cabo de tres meses no me sentía feliz.
Nos casamos el 2 de diciembre, veintitrés días después de conocernos.
Esto daría al traste con su salón de belleza y cuidaría de su familia e hijos, la vida tiene estos designios. El futuro de la sociedad japonesa es un misterio, pero creo que no me equivoco al afirmar que ya no quedan tantos individuos ricos, personas con el tiempo libre y los medios necesarios para mantener el «mundo de la flor y el sauce».
Me temo que la cultura tradicional de Gion Kobu y los demás karyukai tiene los días contados. Me entristece pensar que el legado de esta gloriosa tradición quedará reducido a poco más que sus manifestaciones superficiales.

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This is a magnificent book that really speaks to us about the geishas that is not idyllic at all, and that is without a doubt the great success of the book. His family a well-to-do father and play brother and receive the punishments of his father, in addition while Kissinger was interested in everything when he was on official visit however the Queen of England hardly tried bite and was in their necessities …

In Gion Kobu we do not refer to ourselves as geishas (meaning «artists»), but we use a more specific term: geiko or «woman of art». A kind of geiko, famous throughout the world as a symbol of Kyoto, is the young dancer known as maiko or «woman of dance».
At the age of twenty «I changed my neck», thus fulfilling the transition ritual that symbolizes the passage from maiko to geiko. In spite of everything, as I consolidated my profession, I felt more and more disappointed by the intolerance of our archaic system. That is why I tried to promote reforms aimed at promoting educational opportunities, economic independence and labor rights for women in the community, but my inability to change things discouraged me to the extent that, in the end, I decided to retire.
The maiko and the geiko at the beginning of their career live and form in an establishment called okiya, which means «inn» although it is almost always translated as «geisha house». They follow a rigid program of classes and rehearsals, as intense as that of a first dancer, a concert pianist or an opera singer in the West. The owner of an okiya conditionally supports the geiko in its efforts to become a professional and, once it has debuted, helps organize its activities. The young geiko lives in the okiya for a stipulated period – between five and seven years, usually – and in that time she compensates for what she has invested in it. From that moment on, she becomes independent and settles on her own, although she continues to maintain a commercial relationship with the okiya that sponsored her.
The only exception to this rule is the geiko who has been designated atotori, that is, heiress of the house and successor, who bears the surname of the okiya, either by birth or adoption, and lives in it throughout his career professional. The maiko and the geiko develop their activity in exclusive banquet halls known as ochaya, a word that is often translated literally by «tea room».

The education of a geiko in Gion Kobu is a closed system. Only the girls who live in an okiya of Gion Kobu are authorized to learn the necessary disciplines in the accredited schools, and nobody but they are able to support the demands of the exhausting program. It is impossible to become geiko if one lives outside the karyukai.
My father, whom the unexpected turn of events had obviously baffled, did not respond immediately.
The kimono industry is one of the most important in Japan. I might be able to buy more clothes than other geiko, but we all needed a constant supply. Imagine how many kimonos are ordered each year by the maiko and the geiko of Gion Kobu and the other four karyukai. The livelihood of thousands of artisans – from those who dye silk to designers of hair accessories – depends on these requests. Although it is not the clients who frequent Gion Kobu who buy these garments, it is true that a significant percentage of the money they spend serves to maintain this activity. For this reason, I always had the impression that we were essential to keep this traditional industry alive.
I did not think about the kimonos in economic terms, but I saw them only as an essential component of my trade and I knew that the higher their quality, the better I would comply with my work. The clients go to Gion Kobu to enjoy the artistic skills of the maiko and the geiko, but also with their aesthetics. And no matter how talented they are, their efforts will be in vain if they do not wear the right clothes …

What about Toshiba who will see it for 3 years and then seek the possibility of marriage and new lives. In June of 1972 I return to the okiya. He had learned that he was capable of being independent, but also that he did not need to be independent. In addition, Toshio and I had sufficient means to stay at a hotel whenever we wanted, which we did frequently. I was an adult, a geiko made and right.
I already knew how to move around the world, manage money and make purchases.
And I was in love.
On the other hand, I was glad to have returned to the okiya, so I was able to spend with Gran John the last months of his life. My dog ​​died on October 6, 1972.
Of all my children you are the only one who has heard me, Masako. You never gave up your pride and you’ve made me very happy. I know that you have worked hard and that it has cost you yours, and I want to give you something. Open the third drawer of my dresser. Take out the shibori obi. Yes, that. I did it myself and it’s my favorite. I want you to give it to the man of your dreams, when you find it.
-I’ll do it, dad, I promise.
I took out the obi from my father’s dresser and took it with me. I kept it until I met my husband. He still uses it.
My father died three days later, on May 9.
In addition entrepreneur, I opened my establishment, which I called Club Malvarrosa, in June 1977. I had a partner who supervised the business when I was not in it, but I could not avoid approaching there every evening to work, to make sure that everything was in order. And every night, when he left the ozashiki, he returned to the club and stayed there until closing time.
The nightclub was only a temporary measure, because my real dream was to create a business to beautify women. Yes, I wanted to own a beauty salon and I developed a strategy to make it a reality.
The first thing I needed was a place and to get it I had to convince Mama Masako to let me build a building on the okiya site. I had planned to have five floors: I would place the club on the ground floor, a beauty salon and a hairdresser on the first and second floor, and I would divide the upper floors between our home and rental rooms. In this way, he would get additional income that would help us maintain the house.
Next, he had to solve the future of the geiko and the rest of the okiya staff. My idea was to serve as a mediator to the women who wanted to get married and try to get the others to find another position or, with my support, to open their own business.

As I expected, my retirement had a profound impact on the system. But not the one I had foreseen, since the powers that be changed nothing. Although in the following three months other seventy geiko abandoned their position. I appreciated this gesture, even though it was a little late for demonstrations of solidarity.
I was not young anymore, and I wanted to have children and experience married life. On the other hand, Jin was so nice … There was nothing reprehensible about him.
So, once again, I decided to start from scratch. And the next time he proposed it to me, and it was the fourth, I accepted on one condition: I made him promise that he would grant me a divorce if I did not feel happy after three months.
We got married on December 2, twenty-three days after meeting.
This would ruin your beauty salon and take care of your family and children, life has these designs. The future of Japanese society is a mystery, but I think I am not wrong to say that there are not many rich individuals left, people with free time and the necessary means to maintain the «world of the flower and the willow».
I am afraid that the traditional culture of Gion Kobu and the other Karyukai has its days numbered. It saddens me to think that the legacy of this glorious tradition will be reduced to little more than its superficial manifestations.

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