La Desfachatez Intelectual —Ignacio Sánchez-Cuenca

Muy interesante breve libro. Valoro sobre todo la valentía de Ignacio Sánchez Cuenca para desenmascarar a intelectuales y escritores de reconocido prestigio en us profesiones, que se permiten el lujo de opinar sobre cualquier asunto publico, sin argumentar suficientemente sus puntos de vista. Sánchez-Cuenca pone los puntos sobre las ies y las tildes sobre la tes sobre lo fuera de lugar de los comentarios críticas y juicios que hacen a diarios muchos de los denominados intelectuales de nuestro país. Además, como bien dice, son los mismos desde hace muchos años y su trayectoria intelectual, moral y política, en muchos casos, por lo general, ha derivado desde la extrema izquierda a la extrema derecha en la que se sitúan casi todos.
Hay muchos nombres que a todos nos suenan y nos machacan a diario, pero sobre todo destacan los de Vargas Llosa, Fernando Savater, Azúa, Garicano (el inefable político del momento). Echo en falta el de algunos políticos impresentables que también se declaran intelectuales o, lo que pretende ser lo mismo…

El problema se agrava porque estos intelectuales consagrados, muchos de ellos consumidos por la vanidad de los personajes que han creado, aceptan muy mal la crítica. Cualquier desacuerdo, por muy razonado que esté, lo entienden como un ataque personal, como un intento de desprestigiarlos, fruto de la envidia y el rencor.
En España los escritores intervienen demasiado en los asuntos públicos, mucho más, por ejemplo, que en los países anglosajones, y que esa sobreabundancia de literatos es en última instancia reveladora sobre cómo se concibe el debate público en España, lleno de apelaciones ideológicas muy genéricas, de exhibicionismo moral, de afirmación del subjetivismo más ramplón y con poco gusto por el detalle y el rigor analítico. Yo no me quejaría tanto sobre la omnipresencia de los literatos si el nivel de sus intervenciones fuera más elevado. Pero, por desgracia, hay innumerables ejemplos de cómo opinan sin haberse informado suficientemente. No se molestan en averiguar lo que se sabe sobre ciertos temas ni lo que se opina fuera de nuestras fronteras.
En nuestro país hay mucha gente con preparación suficiente y ganas de renovar y mejorar el nivel de nuestro debate público sobre la política. Sin embargo, las editoriales, los grandes grupos de comunicación y, por qué no decirlo, gran parte del público siguen prefiriendo al intelectual clásico que además de una escritura eficaz y elegante, con fuerte voluntad de estilo, ofrece juicios apodícticos y temerarios sobre temas complejos. El debate, en lugar de convertirse en un intercambio iluminador de argumentos y datos, se queda en un pase de modelos, en una feria de vanidades, en la que cada uno considera que la prioridad consiste en reafirmar su personalidad rodeándose de un conjunto de opiniones característico, que marque un estilo propio. Los excesos, las burradas, las extravagancias no solo no debilitan al intelectual, sino que incluso contribuyen a marcar aún más su idiosincrasia en el mundo de las letras.

Uno de los aspectos más llamativos del debate público en España es la presencia protagonista de los literatos. Y no para hablar precisamente de literatura, sino de cuanto asunto se les ponga a tiro, ya sea político, económico, histórico o cultural. Que los escritores hablaran de literatura sería comprensible, pero si llamo la atención sobre su ubicuidad en los medios es por su tendencia irrefrenable a esparcir opiniones sobre los temas más variados. Basta echar un vistazo a los periódicos, en papel o digital, de izquierdas o de derechas, para confirmar esta apreciación. El País es el que tiene una mayor saturación de escritores: colaboran de forma regular (o lo han hecho en el pasado) autores como Juan José Millás, Félix de Azúa, Javier Marías, Antonio Muñoz Molina, Fernando Savater, Rosa Montero, Almudena Grandes, Mario Vargas Llosa, Manuel Rivas, Julio Llamazares, Elvira Lindo, el propio Javier Cercas y muchos otros. Por supuesto, si abrimos la búsqueda a colaboradores esporádicos que contribuyen con artículos de opinión, entonces la lista se hace interminable. En los otros medios la presencia no es tan agobiante, pero en las páginas de El Mundo puede encontrarse a Antonio Gala, Fernando Sánchez Dragó, Luis Antonio de Villena y Eduardo Mendicutti. En ABC, a Juan Manuel de Prada y Gabriel Albiac. En La Razón, a Ángela Vallvey y Francisco Nieva. En la prensa de izquierdas también hay escritores: en el diario.es, Antonio Orejudo, Rafael Reig, Isaac Rosa y Suso del Toro; en infoLibre, Luis García Montero y Benjamín Prado.
Una diferencia importante con España (o con los países de tradición latina) es que en los países anglosajones las fronteras entre la academia y el periodismo son más porosas: hay muchos periodistas que son verdaderos expertos en ciertos temas y que pueden escribir libros tan profundos y rigurosos como los académicos (y, en ocasiones, más que ellos). Abundan los ejemplos. Uno de ellos es Martin Wolf, quien escribe sobre economía desde las páginas del Financial Times y ha publicado recientemente un libro fundamental sobre la crisis económica, comentado en mi blog.
En el mundo anglosajón, además de estos periodistas de primera línea, hay un número importante de personas que andan a medio camino entre el periodismo, la política y la universidad. Son gente que trabaja en think-tanks, fundaciones, ONG, institutos, etc., combinando ciertos conocimientos prácticos, teóricos y, sobre todo, una perspectiva no exclusivamente centrada en la coyuntura.
En un país tan literario como el nuestro hay más periodistas que aspiran a escribir novelas que a escribir buena crónica política o ensayo periodístico. Así, son muchos los periodistas que se han atrevido con la novela, hasta Hermann Tertsch, Isabel San Sebastián y José María Carrascal lo han hecho; algunos periodistas han acabado incluso convirtiéndose en escritores profesionales (Julia Navarro, Arturo Pérez-Reverte, Rosa Montero). En los últimos tiempos, se ha puesto especialmente de moda que periodistas de televisión den el paso de publicar novela (casi siempre sentimental), con buena acogida entre el público lector.
En España sobran figurones y santones. El perfil del escritor que colabora con los medios enviando artículos de opinión en los que expresa puntos de vista políticos poco razonados, sin haberse informado suficientemente sobre el tema, debería haberse superado hace tiempo. Hay demasiadas voces haciendo ruido con posturas superficiales y cargadas de moralismo. Por muy exitosa que sea la carrera literaria del escritor, no estaría de más que en algún momento este se cuestione si sus artículos políticos tienen algún valor añadido, si suponen una aportación significativa y valiosa a la esfera pública y si son de mayor calidad que los que podrían elaborar gentes más preparadas, aunque menos conocidas.

Se acusa al proyecto independentista de despreciar “el pluralismo social y político”, pero dentro de un Estado catalán podría haber tanto pluralismo social y político como en el resto de España: bastaría para ello con que se respetasen los procedimientos de la democracia y el Estado de derecho en el nuevo Estado. Añade el texto que la independencia “arrincona como extranjeros en su propio país a un abrumador número de ciudadanos”, lo que resulta un poco exagerado, pues dichos “extranjeros” gozarían de los mismos derechos que el resto de catalanes; si la extranjería se refiere más bien a los sentimientos identitarios, a quienes se sintieran españoles y no catalanes, entonces habrá que conceder que lo mismo sucede en la actualidad con aquellos que se sienten exclusivamente catalanes y no españoles y están condenados a vivir como ciudadanos españoles. No veo por qué una “opresión” deba pesar más que la otra, salvo que demos un peso injustificado al statu quo.
El fenómeno de la derechización es especialmente agudo entre intelectuales que hoy tienen más de 60 años. En este grupo, muchos fueron en su juventud ardorosos revolucionarios; abrazaron el marxismo y sus variantes, el trotskismo, el maoísmo o las corrientes anarquizantes de la autonomía; despreciaron la democracia burguesa y consideraron odioso el capitalismo. Nacieron entre 1930 y 1955, por poner unos límites cronológicos, de forma que llegaron a la juventud en la segunda mitad del franquismo o incluso en sus postrimerías, en los sesenta o principios de los setenta. Eran años de radicalismo ideológico.
El contraste entre las posiciones de Savater en los años 1979-1981 y las que luego adoptó es tan fuerte que no cabe hablar de una evolución intelectual o de una profundización de ciertos elementos argumentales; más bien se trata de una inversión completa, realizada además a la contra de la historia, ya que mientras podía tener sentido reclamar la ilegalización de Batasuna cuando esta daba plena cobertura a la actividad militar de ETA, causante de decenas de muertos al año allá por 1980, resulta más cuestionable la sobreactuación en contra de la izquierda abertzale cuando ETA estaba en una evidente decadencia y era dicha izquierda, capitaneada por Arnaldo Otegi.

-La cuestión catalana-
El nacionalismo como condición necesaria para el surgimiento de la violencia nacionalista a la tesis del nacionalismo como condición suficiente de dicha violencia, la solución lógica al terrorismo consiste en acabar con el nacionalismo: eliminando el nacionalismo, la tentación terrorista desaparecerá. Los nacionalistas, según el argumento, deben entender que la igualdad política es el valor supremo sobre el que debe organizarse la vida política. Esto significa que si hay democracia y Estado de derecho, es decir, si hay un sistema de reglas e instituciones que garantizan unos derechos comunes a todos los ciudadanos, la reivindicación nacionalista resulta inaceptable. Desde este punto de vista, no está justificado reclamar un ámbito propio de decisión por cuestión identitaria o nacional cuando la democracia y el Estado de derecho rigen en un país.
La consecuencia de este razonamiento es que no hay una justificación moral o política para una demanda de secesión en un orden democrático en el que los ciudadanos tienen garantizados sus derechos fundamentales.
-En primer lugar, se insiste en que no existe el derecho de autodeterminación en el caso de Cataluña. Puesto que el derecho de autodeterminación solo se contempla en el derecho internacional para casos de invasión, guerra, dominación colonial u opresión grave y ninguna de estas condiciones se da en Cataluña, a esta comunidad no le asiste derecho alguno para decidir si quiere ser un Estado o no. Este argumento es correcto, pero tiene muy poca relevancia: se puede plantear la secesión no como el ejercicio de un derecho, sino como un proyecto político con legitimidad democrática.
-En segundo lugar, se dedica amplio espacio a denunciar las falsedades e inventos del nacionalismo, tanto con respecto a la historia como a las relaciones económicas entre Cataluña y el resto de España. Los historiadores que no son nacionalistas catalanes se han dedicado a desvelar las mistificaciones y deformaciones que, con intención política, se han propagado desde ámbitos nacionalistas catalanes. Asimismo, hay una fuerte controversia sobre el alcance de la solidaridad interterritorial, el déficit de inversiones…no afectan al núcleo de la cuestión.
-En tercer lugar, se alega que en Cataluña no se dan las condiciones democráticas necesarias para resolver la cuestión de la independencia mediante procedimientos democráticos. Según esta tesis, en Cataluña se ha ido estableciendo una “espiral de silencio” en virtud de la cual todos aquellos que no son partícipes del anhelo independentista callan en la sociedad para no ser estigmatizados o repudiados. Resulta difícil imaginar que no haya un cierto nivel de presión social y que en algunos lugares esa presión pueda excepcionalmente llegar a ser opresiva, pero debe recordarse que el movimiento independentista ha seguido hasta el momento un modelo pacífico y cívico para defender sus objetivos.
-En cuarto lugar, se añade que el proyecto independentista es un invento de las elites, las cuales habrían manipulado a la ciudadanía. Las elites son más nacionalistas que la sociedad civil y, sobre todo, los políticos con responsabilidad de gobierno han encontrado un chivo expiatorio en España para no tener que rendir cuentas ni por sus políticas de ajuste ni por los escándalos de corrupción. El independentismo sería una cortina de humo para tapar estos asuntos. Las respuestas posibles a este tipo de argumento son varias. La primera, que es la menos interesante por ser ad hominem, señalaría que muchos de quienes expresan su preocupación por la falta de coincidencia entre elites y ciudadanía en la cuestión catalana no se caracterizan precisamente por hacer oír sus voces cuando se produce esa misma ruptura a propósito de asuntos económicos en el conjunto de España.
-En quinto lugar, se dice que la secesión marcha contra el curso de la historia, pues el Estado-nación como forma política ha quedado superado por las fuerzas de la globalización. La soberanía nacional es hoy más que nunca una quimera, continúa la tesis, especialmente en el seno de la Unión Europea. En un mundo donde la tendencia es a unirse por arriba, vienen ahora unos políticos localistas a pedir la división por abajo. Aderécese el argumento con un toque de cosmopolitismo (ciudadano del mundo, etc.) y ya ha quedado en perfecto ridículo la demanda independentista. Los problemas de este planteamiento son varios. Por un lado, todavía no se ha inventado una forma política alternativa al Estado-nación. De hecho, nunca antes como ahora un porcentaje tan elevado de la humanidad había vivido en el seno de Estados-nación, ni nunca había habido tantos Estados como hoy: la tendencia histórica sigue siendo que aumente el número de Estados con el paso del tiempo. La UE, que suele ponerse como contraejemplo, es todavía poco más que un experimento y sería precipitado afirmar que se trata de un caso de éxito: el federalismo político a escala continental y la disolución de los demos nacionales en un gran demos europeo parecen en estos momentos resultados muy lejanos, si no inalcanzables.
-En sexto lugar, se recuerda machaconamente que Cataluña es una sociedad plural y por lo tanto no debería ensayarse la vía secesionista. Pero el conflicto entre pluralidad e independencia solo llega a surgir si el proyecto independentista se basa en la voluntad de construir un Estado nacionalmente homogéneo que suprima la diversidad existente. En caso de no ser así, la pluralidad interna de Cataluña no es una razón ni a favor ni en contra de la separación. La misma pluralidad puede haber en un Estado catalán que en la comunidad autónoma catalana. A menudo se afirma, para mostrar la insensatez del proyecto independentista, que en Cataluña son mayoría quienes tienen identidades duales, es decir, quienes se sienten tan catalanes como españoles, más catalanes que españoles o más españoles que catalanes, siendo la identidad unívoca (sentirse solo catalán o solo español) minoritaria. Esto es indudablemente así, como prueban infinidad de encuestas. Sin embargo, debe recordarse que un eventual referéndum versaría sobre la forma de Estado, no sobre los sentimientos identitarios de la gente.
-En séptimo lugar, se apela al corazón de todos aquellos que, sintiéndose de izquierdas, apoyan la secesión: los demás pueden apoyar el nacionalismo secesionista, pero la persona de izquierdas no debería hacerlo, pues tiene un compromiso firme con el internacionalismo. Este argumento, especialmente en boca de antiguos izquierdistas que han evolucionado hacia posiciones conservadoras, tiene mucho de impostado. Primero, porque no resulta creíble que quienes han abandonado todo compromiso con las causas que defiende la izquierda se acuerden ahora de su olvidada ideología para desempolvar el internacionalismo.

Los argumentos que utilizan estos intelectuales son especialmente resbaladizos, cuando no chapuceros. En lugar de abordar la cuestión de cuáles deben ser las exigencias y procedimientos democráticos a la hora de procesar un conflicto secesionista, los autores mencionados prefieren dedicarse al sarcasmo, la descalificación sumaria y la repetición de lugares comunes. He analizado muchos de esos lugares comunes y, francamente, creo que tienen un fundamento más bien endeble.
Los intelectuales más furiosamente antinacionalistas han acusado siempre a los políticos nacionalistas de ser sectarios y dogmáticos, de contar milongas a sus seguidores, de apelar a los sentimientos más primitivos, primando la emoción sobre la razón. Y parte de razón tienen, qué duda cabe. Pero viendo cómo estos intelectuales se jalean entre sí, se publican unos a otros, se prestan unos a otros argumentos prefabricados, se ríen las gracias y se callan siempre ante los excesos que los más bocazas entre los suyos cometen, me temo que en la carrera del sectarismo intelectual no se distancian tanto de sus detestados nacionalistas. Van tan cargados de razón y tienen siempre tanto campo abierto en los medios de comunicación y casas editoriales que se les olvida argumentar con el rigor que sería exigible.

-La crisis económica-
La falsa bonanza, el economista y exministro de Industria Miguel Sebastián ha analizado las bases económicas de la burbuja. En un tono autocrítico, que llega a ser duro en ocasiones, reconoce que gran parte de los profesionales de la economía no supieron o no quisieron fijarse en aquellos indicadores que lanzaban señales de alarma sobre la fragilidad del modelo de crecimiento. Cita tres de estas señales: el excesivo endeudamiento privado, el aumento insostenible del déficit comercial y el nulo crecimiento de la productividad (son los tres “mitos” de los que hablaba José Carlos Díez). A su juicio, la dificultad principal para reconocer la existencia de la burbuja no era el debate sobre la memoria histórica, ni el clima de crispación política, sino que hubiera tantos sectores que se beneficiaban de dicha burbuja (el sector de la construcción, el financiero, el energético, la industria auxiliar, etc.) y tantos hogares que contemplaban con entusiasmo cómo su propiedad se revalorizaba.
El contraste entre la visión de Sebastián y la de Muñoz Molina (Todo lo que era sólido) no puede ser mayor: Muñoz Molina habla de oídas, no tiene en cuenta lo sucedido en otros países y no parece entender los rudimentos mínimos del funcionamiento de la economía. La cosa, sin embargo, no acaba aquí: sentada la base de que la ceguera sobre la crisis tiene su causa en nuestro debate de la memoria histórica, Muñoz Molina va metiéndose en líos cada vez mayores. En su explicación de la crisis española, el escritor alude a dos factores. El primero tiene que ver con los cimientos culturales del país: el régimen democrático, según él, se ha construido sobre el desprecio de la ley.
En general, Todo lo que era sólido adopta el tono doliente de una larga tradición de ensayismo sobre los males de la patria. Recupera la prosa quejumbrosa, el lamento profundo por el fracaso de España, que hunde sus raíces en el noventayochismo. El libro está escrito con tenebrismo. Todo se hizo mal. No hay hueco para los avances del país en los años del boom. Sí, se cometieron muchos errores, hubo una arrogancia fatal por parte de políticos, empresarios y nuevos ricos, se destrozó la costa mediterránea, en fin, la relación de desgracias es bien conocida, pero también hubo aspectos positivos que el autor no menciona ni de pasada: la fuerte internacionalización de nuestras empresas, el aumento espectacular de la tasa de actividad femenina, la entrada de inmigrantes sin que se produjeran problemas serios de convivencia y xenofobia, la fuerte expansión de la inversión en I+D, el progreso en materia social y de derechos civiles, el final del terrorismo, la fuerte penetración de Internet en los hogares, etc.

-En primer lugar, cuando Molinas habla de “burbujas” en plural, ¿de cuántas está hablando? En el libro menciona la inmobiliaria, la de las energías renovables y la de las “infraestructuras innecesarias”. Pero ¿realmente los huertos solares y las infraestructuras inútiles (tipo aeropuerto de Castellón, autopistas radiales de Madrid y Ciudad de la Cultura en Santiago) son “burbujas”? Una burbuja consiste en que el precio de un activo aumenta ante la expectativa de que dicho precio continúe subiendo. Tiene, pues, un elemento de reflexividad o de profecía autocumplida (las burbujas funcionan en última instancia como un esquema Ponzi, los últimos en llegar son quienes más pierden). Si el precio de la vivienda se eleva como consecuencia del encarecimiento de los materiales de construcción, o de una fuerte demanda derivada de la presión demográfica, no decimos que haya una burbuja en el mercado. Hablamos de burbuja cuando la subida de precios no guarda relación con las magnitudes fundamentales relacionadas con el bien en cuestión. Mientras que es evidente que en España ha habido una burbuja inmobiliaria, resulta muy forzado aplicar el concepto a las energías renovables o a las infraestructuras. En el caso de las energías renovables, no hubo aumentos de precios. El problema, más bien, tuvo que ver con un desafortunado Real Decreto, el 661/2007, que estableció un sistema de primas defectuoso.
-En segundo lugar, Molinas afirma con la contundencia hispánica habitual que la causa por la que existen las burbujas es que los políticos españoles orientan su gestión a la captura de rentas. Cojamos las energías renovables y el sistema de primas: según Molinas, “estas primas generan muchas rentas y prebendas capturadas por la clase política, no nos justifica cuales son.
-En tercer lugar, merece cuestionarse la tesis de que los responsables principales de la burbuja son los políticos. Si pensamos en la burbuja inmobiliaria, no hay duda de que las responsabilidades están algo más compartidas. Los sucesivos gobiernos podrían haber suprimido la desgravación fiscal por compra de vivienda y podrían haber tomado medidas más enérgicas para evitar la expansión del ladrillo. Pero recordemos que el principal instrumento para enfriar la economía, la fijación del tipo de interés, estaba en manos del Banco Central Europeo y que este siguió una política monetaria demasiado laxa para España, pero que en aquellos momentos convenía a Alemania, la economía más grande de la eurozona. Con tipos reales de interés negativos, como los que llegó a tener España, los incentivos de los hogares para comprar vivienda eran grandes. El crédito, también como consecuencia de nuestra entrada en la zona euro, fluía sin cesar: el exceso de ahorro de las economías del Norte servía para financiar el modelo de crecimiento del Sur basado en el consumo. El Banco de España, por su parte, podía haber endurecido las condiciones para la concesión de préstamos, pero esta institución se negó en repetidas ocasiones a reconocer que hubiera una burbuja.
-Finalmente, y este es el punto más importante en tanto que revela el provincianismo intelectual de algunos de nuestros analistas, la burbuja inmobiliaria no fue solo un fenómeno español protagonizado por nuestra carpetovetónica elite extractiva. Hubo burbujas en otros lugares: en Estados Unidos, en Gran Bretaña, en Irlanda, en Rumanía, en Croacia y en otros países. ¿Está Molinas dispuesto a concluir que los políticos británicos o estadounidenses son también “elites extractivas”? ¿O que de todas las burbujas inmobiliarias la única causada por un problema de elites extractivas fue la española? Estaría bien que nuestros economistas liberales, de rocosas convicciones institucionalistas, reflexionaran sobre el hecho de que haya habido burbujas con sistemas institucionales radicalmente diferentes: un sistema presidencial en Estados Unidos, un sistema parlamentario en Gran Bretaña, sistemas electorales mayoritarios en estos dos países frente a un sistema proporcional en España, etc.

El libro de Molinas no es más que una versión muy estirada del famoso artículo “Una teoría de la clase política española”, publicado por El País el domingo 10 de septiembre de 2012 con gran fanfarria. El artículo cosechó un resonante éxito de público, con más de 40.000 likes en Facebook y casi 14.000 menciones en Twitter. Para muchos, Molinas había dado en el clavo: el origen de todos los problemas radicaba en una clase política que se había adueñado de las instituciones del país y las ponía al servicio de la extracción de rentas en detrimento del interés general. Ya estaba señalado el culpable. En lugar de hablar de la “casta” (Pablo Iglesias aún no había irrumpido en los medios), se refería a una “elite extractiva” que nos impedía crecer como país. El concepto de elites extractivas se inspira libremente en la distinción que hicieron Daron Acemoglu y James Robinson entre instituciones inclusivas y extractivas en su ya célebre libro. Según Acemoglu y Robinson, las instituciones inclusivas se corresponden con las que se dan en los países desarrollados y democráticos, es decir, órdenes políticos pluralistas en los que se protegen los derechos de propiedad y el Estado.

No pretendo defender la tesis de que ninguna de estas reformas sea necesaria. Al revés, me encantaría que muchas de ellas se llevaran a la práctica y tuvieran éxito. Pero da que pensar el hecho de que, en circunstancias y momentos muy distintos, la literatura reformista o regeneracionista siempre ande con las mismas propuestas. Mi principal crítica, en cualquier caso, ha consistido en mostrar que la mayor parte de las propuestas se formulan sin haber realizado un estudio previo sobre la cuestión, careciendo, por tanto, de soporte empírico, y, sobre todo, sin pararse a pensar en los factores que impiden que el país cambie en la dirección que sus autores propugnan. Suponer que son las “elites extractivas”, la transición o el bipartidismo lo que impide que España tenga un sistema educativo excelente y una política limpia y eficaz resulta, según he intentado argumentar en estas páginas, infundado. Nuestros reformistas proporcionan unos diagnósticos simplistas, que no tienen en cuenta ni los aspectos distributivos y de justicia social que toda reforma requiere para ser puesta en práctica con un mínimo de consenso social ni los aspectos sociales y de largo plazo que pueden acabar neutralizándola. Súmese a todo esto un enfoque un enfoque muy insular, en el que España es el principio y final de todas las preocupaciones, sin que se preste mayor atención a la perspectiva comparada, y ya tenemos todos los elementos que configuran el tipo de análisis sobre la crisis que ha dominado en nuestro país durante estos años. Merecemos algo mejor.

Si en nuestra esfera pública hubiera un compromiso más firme con el conocimiento y la investigación, los argumentos políticos que circulan por la sociedad tendrían un mayor grado de refinamiento y coherencia interna. Parece imprescindible que quien se lance a opinar sobre las reformas políticas que necesita España, o sobre la naturaleza del nacionalismo, o sobre el estado de nuestro sistema educativo, ya sea escritor o no, ya tenga una formación u otra, estudie un poco, intente averiguar lo que se sabe al respecto y sea consciente del valor que su aportación puede tener en relación con lo ya sabido. Unas precauciones tan sencillas como estas tendrían consecuencias enormes en nuestro debate, pues acabarían con lugares comunes que se extienden sin freno y se terminan asimilando como conocimiento cierto a base de repetirse en todas partes.
Igualmente, un ejercicio más intenso y honesto de la crítica produciría efectos muy saludables.”
Frente a los figurones de siempre, con su ego hinchado y su opinión tajante e idiosincrásica, van surgiendo aquí y allá autores mejor preparados y más especializados, menos visibles, pero más numerosos, con menor sello personal, pero mayores dosis de análisis y reflexión, menos brillantes, pero más rigurosos. Tal vez sus personalidades no resulten tan arrolladoras, pero tienen más recursos intelectuales.
Nuestra conversación colectiva sobre política debería ser más abierta e inclusiva y estar más inspirada por los ideales que rigen la investigación. Para ello, para acercarnos a ese modelo, creo necesario criticar la desfachatez con la que opinan tantos escritores e intelectuales en España.

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