La Primera Piedra (Mi Rebelión Contra la Iglesia) — Krzystof Charamsa

Un libro muy interesante. Te “atrapa” ya en en la primera pagina. Es un libro duro y crudo en algunas de sus partes, pero ahi radica su atractivo, porque esta escrito en primera persona y relata con dolor y horror el sufrimiento de un ser humano, que tuvo que doblegar y ocultar su personalidad, por miedo a las represalias de las altas jerarquias eclesiásticas.
Sin embargo, el tema de la homosexualidad del clero de la Iglesia, tema hasta hace poco tiempo considerado como poco menos que secreto, comienza a tomar cuerpo en la actualidad. El autor, que ha salido del armario muy recientemente, todavía no ha asimilado su situación actual y en cierto aspecto fantasea sobre una Iglesia Católica en la que los LGBT puedan se tratados con humanidad y en la puedan encontrar su sitio. En mi opinión la Iglesia es un monolito montado sobre dogmas y afirmaciones – en muchos casos falsas de toda falsedad – pero que ha creado un cuerpo de doctrina totalmente coherente y que es difícil de desmontar sin que el monolito se caiga. En casos como el control de la Natalidad, tema importante en los 60’s, a la vista de que los fieles han hecho lo que han considerado oportuno (¡bien hecho!) los curas ‘pasan de esta historias y se dedican a otras elucubraciones. Tampoco hablan de gays.

No puedes amar al otro, si no te amas de manera sana y equilibrada a ti mismo, si antes no te aceptas a ti mismo, si no te conoces a ti mismo. Si te odias a ti mismo, si te mientes a ti mismo, nunca podrás amar al otro. No se necesita el cristianismo para entender que esta es la clave de las relaciones humanas. El cristianismo se jacta de enseñar estos principios, o al menos de compartirlos, pero en realidad lo hace solo en teoría, deteniéndose en devotos e insignificantes auspicios. Y la verdad que cuenta, la decisiva, está en la vida, no en las teorías. Mi experiencia en la Iglesia me había convertido en un perfecto teorético, que debía saber explicarlo todo al tiempo que se negaba la verdadera vida.
No fue fácil liberarme de la opresión ideologizante de la Iglesia. Era como una prisión insoportable, que había impregnado cada una de mis fibras. Era como una prepotente forma mentis, una manera de pensar y de actuar, que me era tan ajena como indispensable. Se basaba en el miedo y la mentira; uno se acostumbra a todo y sorprendentemente se le coge el gusto, ya no se

Corría el año 1972: la palabra que denuncia el miedo y el odio hacia los homosexuales nunca debía ser pronunciada. El deseo homosexual nunca debía ser revelado. ¿Tampoco yo habría debido nacer? Sin embargo, nací. El deseo homosexual fue valerosamente afirmado. Y, gracias a Dios, un científico finalmente definió el odio hacia los gais.
Nací en un tiempo y en un espacio en que los gais oficialmente no existían. Representaban el tabú perfecto. La verdad es que aún hoy, si la homosexualidad sale a la luz, es preciso hacer cualquier cosa para volver al tabú impuesto: esa tendencia vergonzosa, enferma, indecible, perversa, pecaminosa y diabólica… oficialmente no existe. Eso que te vuelve leproso no debe tener ni siquiera un nombre. Es preciso silenciarla con vergüenza.
¡Sí! Yo era gay. Lo soy desde que mis padres me dieron la vida. Pero no fueron ellos, ni ningún otro, quienes me infundieron mi homosexualidad. No son un padre ni una madre los que transmiten a su hijo la homosexualidad o la heterosexualidad; en cambio, se puede volcar en el otro la homofobia, el miedo y el odio hacia los gais y el propio hecho de ser gay. De los otros se hereda la homofobia; la homosexualidad es dada. Es el don para un homosexual tal como lo es la heterosexualidad para un heterosexual. Es el don de mi Dios, el don de la naturaleza, el don de la vida. Es la buena energía que se entrega a todo ser humano. La energía buena solo puede ser contaminada por la homo­fobia.

La lección de esta Iglesia: la hipocresía de una fraternidad solo aparente que en realidad apoya la disposición de atacar al otro por la espalda, utilizando el arma del formalismo. El santo oficio se reía de la ingenuidad de la fraternidad y de la atención a la razón y a la realidad: la Iglesia debía gobernarse con leyes y normas que debían respetarse con los ojos cerrados y sin confrontarse con la realidad. Obedece ciegamente o estás fuera.
Y he aquí que acabo de desvelar que fui un alto funcionario de la Iglesia católica, en el Vaticano.
Si la Iglesia decide no actualizar la propia interpretación sobre la orientación homosexual, solo debería imponer sus irracionales vetos a sus feligreses, a quienes decidan serle fiel, a nadie más. No tiene derecho a interferir en otra parte, y en consecuencia influir tan gravemente en la sociedad, las naciones y los estados libres. En cambio, su odio ilimitado ha superado los límites, ha invadido capilarmente la sociedad con una fuerza bestial, quizá nunca conocida antes en la historia. La Iglesia ejercita una presión injustificada, a la que los estados y las comunidades internacionales tienen la obligación de oponerse, porque no deben someterse al oscurantismo de la actual interpretación católica de una ambigua página bíblica.
La hipocresía es el sistema que domina esta Iglesia de fariseos. Tampoco el papa Francisco puede hacer mucho. La Iglesia es así desde hace siglos y punto. La corporación del clero no sabría vivir de otra manera. Esta es su fuerza.

El mundo plasmado por la moral católica no era tan inocente como consideraba la Iglesia, que solo tendría derecho a analizar la propia historia y pedir perdón, pero no a criticar la libertad sexual, conquistada incluso con las luchas sobrehumanas de mis valerosos amigos gais durante décadas. Solo tiene el deber de hacer un análisis crítico sobre lo que ella ha producido durante siglos en el misterio de las conciencias, instilando el veneno de sus imposiciones. Esta respetada y secular Iglesia católica ya no tiene derecho a criticar.
Solo tendría derecho a tomar una bocanada de aire, conmoverse y empezar a convertirse a la humildad, pidiendo perdón por los propios pecados contra la libertad y la identidad sexual de las personas.
El futuro no existe sin ese instante de libertad, sin ese paso de liberación, esa indispensable salida del armario, sin asomarse a la luz del sol con uno mismo. El futuro no existe sin haber demolido el paralizador muro del terror. El futuro no existe sin la victoria sobre el miedo al qué dirán aquellos que encuentras por la calle. El futuro no exist­e sin haber eliminado el temor de cómo la Iglesia denigrará tu nombre, solo porque has tenido la audacia de ser tú mismo.
El futuro no existe sin esa primera piedra de tu libertad.

El nuevo manifiesto de liberación gay
Vaticano, 3 de octubre de 2015
1. Abandono de la homofobia y de la discriminación de las personas homosexuales.
2. Condena de la penalización de las personas por su orientación sexual y de las terapias correctivas de la homosexualidad.
Exigimos que la Iglesia se exprese clara e inequívocamente contra la penalización, la persecución violenta, la encarcelación, la pena de muerte y cualquier forma de discriminación de las personas a causa de su orientación sexual, y contra las terapias «reparadoras» de las personas pertenecientes a las minorías sexuales.
3. No injerencia de la Iglesia en el reconocimiento de los derechos humanos de los homosexuales por parte de los estados democráticos.
4. Anulación de documentos ofensivos hacia las personas homosexuales en el ámbito de la enseñanza católica.
Exigimos que el papa revise el catecismo y elimine todos los documentos inexactos, ofensivos y violentos sobre las personas homosexuales, en particular los de la congregación de la doctrina de la fe, heredera de la oscura memoria de la santa inquisición.
5. Inmediata eliminación de la instrucción discriminatoria sobre la no admisión de las personas homosexuales en el sacerdocio católico.
6. Inicio de una seria reflexión interdisciplinar sobre la moralidad de la sexualidad humana.
7. Revisión de la interpretación ecclesiale de los textos bíblicos relativos a la cuestión homosexual.
8. Inicio de un diálogo ecuménico serio con los hermanos evangélicos y anglicanos sobre la homosexualidad.
9. Necesidad de pedir perdón de las culpas pasadas y presentes de la Iglesia en relación con las personas homosexuales.
10.Respeto por los homosexuales creyentes y reparación de la inhumana propuesta eclesial para su vida cristiana.

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