Anatomía De Un Instante — Javier Cercas / The Anatomy of a Moment: Thirty-Five Minutes in History and Imagination by Javier Cercas

Otro magnífico libro de este escritor, releído, decir que el golpe del 23-F fue televisado. Excelente libro sobre los hechos del famoso golpe de estado del 23 de febrero de 1981 y quizá sirva de homenaje póstumo para intentar entender a su padre. Basándose en la mítica escena de la entrada del Tte Crnl Tejero en el congreso y las actuaciones de Adolfo Suarez y del Tte Gnrl Gutierrez Mellado, el autor teje toda la historia a partir de cada uno de estos tres personajes para explicar la situación política/militar de España en la transición y de los papeles que jugaron en ella los principales protagonistas; así mismo se analizan las razones que pudo tener cada uno tanto para haber entrado en el congreso a tiros, como para haber permanecido en pie ante los golpistas.
Creo que un libro donde hay tantísimos personajes históricos de la historia reciente de este país y se narran hechos tan importantes y documentados, es indispensable que incluya fotografías de los protagonistas. Desgraciadamente hay mucha gente que cuando se les habla de determinadas figuras políticas/militares de esos años, no saben de quién se les habla y este libro busca complementar esas carencias.
Un gran libro para entender (o intentarlo al menos) el final definitivo de la transición.

A finales de 1989, cuando la carrera política de Adolfo Suárez tocaba a su fin, Hans Magnus Enzensberger celebró en un ensayo el nacimiento de una nueva clase de héroes: los héroes de la retirada. Según Enzensberger, frente al héroe clásico, que es el héroe del triunfo y la conquista, las dictaduras del siglo XX han alumbrado el héroe moderno, que es el héroe de la renuncia, el derribo y el desmontaje: el primero es un idealista de principios nítidos e inamovibles; el segundo, un dudoso profesional del apaño y la negociación; el primero alcanza su plenitud imponiendo sus posiciones; el segundo, abandonándolas, socavándose a sí mismo. Por eso el héroe de la retirada no es sólo un héroe político: también es un héroe moral. Tres ejemplos de esta figura novísima aducía Enzensberger: uno era Mijaíl Gorbachov, que por aquellas fechas trataba de desmontar la Unión Soviética; otro, Wojciech Jaruzelski, que en 1981 había impedido la invasión soviética de Polonia; otro, Adolfo Suárez, que había desmontado el franquismo. ¿Adolfo Suárez un héroe? ¿Y un héroe moral, y no sólo político? Tanto para la derecha como para la izquierda era un sapo difícil de tragar.
El gesto de Suárez no es el gesto poderoso de un hombre que enfrenta la adversidad con la plenitud de sus fuerzas, sino el gesto de un hombre políticamente acabado y personalmente roto, que desde hace meses siente que la clase política en pleno conspira contra él y que quizá ahora siente también que la entrada intempestiva de los guardias civiles rebeldes en el hemiciclo del Congreso es el resultado de aquella confabulación universal.

El primer sentimiento es bastante acertado; el segundo no tanto. Es verdad que durante el otoño y el invierno de 1980 la clase dirigente española se ha entregado a una serie de extrañas maniobras políticas con el objetivo de derribar del gobierno a Adolfo Suárez, pero sólo es verdad en parte que el asalto al Congreso y el golpe militar sean el resultado de esa confabulación universal. En el golpe del 23 de febrero se engarzan dos cosas distintas: una es una serie de operaciones políticas contra Adolfo Suárez, pero no contra la democracia, o no en principio; otra es una operación militar contra Adolfo Suárez y también contra la democracia. Ambas cosas no son del todo independientes; pero tampoco son del todo solidarias: las operaciones políticas fueron el contexto que propició la operación militar; fueron la placenta del golpe, no el golpe: el matiz es capital para entender el golpe.
Conspiran contra Suárez (o Suárez siente que conspiran contra él) los periodistas. Por supuesto, conspiran los periodistas de ultraderecha, que atacan a diario a Suárez porque juzgan que destruirlo equivale a destruir la democracia. Es cierto que no son muchos, pero son importantes porque sus periódicos y revistas —El Alcázar, El Imparcial, Heraldo Español, Fuerza Nueva, Reconquista— son casi los únicos que entran en los cuarteles, persuadiendo a los militares de que la situación es todavía peor de lo que es y de que, a menos que por irresponsabilidad, por egoísmo o por cobardía acepten ser cómplices de una clase política indigna que está conduciendo España al despeñadero, más temprano que tarde tendrán que intervenir para salvar a la patria en peligro. Las exhortaciones al golpe son constantes desde el inicio de la democracia, pero desde el verano de 1980 ya no son sibilinas: el número del 7 de agosto del semanario Heraldo Español exhibía en portada un enorme caballo encabritado y un titular a toda página: «¿Quién montará este caballo? Se busca un general»; en las páginas interiores un artículo firmado con seudónimo por el periodista Fernando Latorre.
Anson era un veterano valedor de la causa monárquica a quien Suárez había ayudado en los años sesenta, cuando creyó que iba a ser procesado por ofensas a Franco a raíz de un artículo publicado en ABC; luego, a mediados de los setenta, fue Anson quien ayudó a Suárez: animado por el futuro Rey, el periodista azuzó la carrera política de Suárez mientras dirigía la revista Blanco y Negro, impulsó su candidatura a la presidencia del gobierno y celebró su nombramiento en Gaceta Ilustrada con un entusiasmo insólito en la prensa reformista; finalmente fue Suárez quien volvió a ayudar a Anson: apenas dos meses después de llegar a la presidencia nombró al periodista director de la agencia estatal de noticias EFE. Aunque Anson permaneció al frente de la agencia hasta 1982, este mutuo intercambio de favores se truncó pocos meses más tarde, cuando el periodista empezó a sentir que Suárez era un político débil y acomplejado por su pasado falangista y que estaba entregando el poder de la nueva democracia a la izquierda, momento a partir del cual se convirtió en un detractor implacable de la política del presidente; implacable y público: Anson reunía periódicamente en el comedor de la agencia EFE a políticos, periodistas, financieros, eclesiásticos y militares, y en esos encuentros agitó desde muy pronto el descontento contra su antiguo patrocinado; también, según Francisco Medina, discutió desde el otoño de 1977 un plan rectificador de la democracia —en realidad un golpe de estado encubierto—.
Por el flanco de la Iglesia Suárez quedaba también de este modo desguarnecido; más que desguarnecido: es un hecho que tanto la nunciatura como miembros de la Conferencia Episcopal alentaron las operaciones contra Suárez organizadas por los democristianos de su partido, y es muy probable que el nuncio y algunos obispos fueran informados en los días previos al golpe de que era inminente un recorte o una rectificación de la democracia con el aval del Rey. Cuesta trabajo creer que todo esto sea ajeno al comportamiento de la Iglesia el 23 de febrero. Aquella tarde la asamblea plenaria de la Conferencia Episcopal se hallaba reunida en la Casa de Ejercicios del Pinar de Chamartín, en Madrid, con el fin de elegir al sustituto del cardenal Tarancón; al conocerse la noticia del asalto al Congreso la asamblea se disolvió sin pronunciar una sola palabra en favor de la democracia ni hacer un solo gesto de condena o de protesta por aquel atropello contra la libertad. Ni una sola palabra. Ni un solo gesto. Nada. Es cierto: como casi todo el mundo.

Pero quien sobre todo conspira contra Suárez (quien Suárez siente sobre todo que conspira contra él) es su propio partido: Unión de Centro Democrático. La palabra partido es inexacta; en realidad, UCD no es un partido sino un cóctel laborioso de grupos de ideologías dispares —desde los liberales y democristianos a los socialdemócratas, pasando por los llamados azules, procedentes como Suárez de las entrañas mismas del aparato franquista—, un sello electoral improvisado en la primavera de 1977 para concurrir a los primeros comicios libres en cuarenta años con el reclamo de Adolfo Suárez, quien según la previsión unánime los ganará gracias al éxito de su trayectoria como presidente del gobierno, durante la que ha conseguido desarmar en menos de un año el armazón institucional del franquismo y convocar las primeras elecciones democráticas. Finalmente los pronósticos se cumplen, Suárez consigue la victoria y a lo largo de los dos años siguientes UCD permanece unida por el pegamento del poder, por el liderazgo indiscutido de Suárez y por la urgencia histórica de construir un sistema de libertades. La primavera de 1979 conoce el momento estelar de Suárez, la cima de su dominio y también del de su partido.

Igual que el gesto de Adolfo Suárez permaneciendo sentado en su escaño mientras las balas zumbaban a su alrededor en el hemiciclo, el gesto del general Gutiérrez Mellado enfrentándose furiosamente a los militares golpistas es un gesto de coraje, un gesto de gracia, un gesto de rebeldía, un gesto soberano de libertad. Tal vez sea también, por así decir, un gesto póstumo, el gesto de un hombre que sabe que va a morir o que ya está muerto, porque, con la excepción de Adolfo Suárez, desde el inicio de la democracia nadie había acaparado tanto odio militar como el general Gutiérrez Mellado, quien apenas se desató el tiroteo quizá sintió como casi todos los presentes que sólo podía saldarse con una masacre y que, suponiendo que él la sobreviviera, los golpistas no tardarían en eliminarlo. No creo que sea, en cambio, un gesto histriónico: aunque desde hacía cinco años ejerciese la política, el general Gutiérrez Mellado nunca fue esencialmente un político; fue siempre un militar, y por eso, porque siempre fue un militar, su gesto de aquella tarde fue antes que nada un gesto militar y por eso fue también de algún modo un gesto lógico, obligado, casi fatal: Gutiérrez Mellado era el único militar presente en el hemiciclo y, como cualquier militar, llevaba en los genes el imperativo de la disciplina y no podía tolerar que unos militares se insubordinaran contra él.
A principios de septiembre de 1976, cuando ocupaba la jefatura del Estado Mayor del ejército y faltaban sólo unos días para que Adolfo Suárez lo metiera en política nombrándolo vicepresidente de su primer gobierno, el general Gutiérrez Mellado era uno de los militares más respetados por sus compañeros de armas; sólo unos meses más tarde era el más odiado. No falta quien atribuye este cambio fulminante a los errores de la política militar de Gutiérrez Mellado; es muy probable que los errores existieran, pero es indudable que, de no haber existido, el resultado hubiera sido el mismo: para el ejército —para la mayoría del ejército, pétreamente instalada en la mentalidad del franquismo— el error de Gutiérrez Mellado fue su apoyo sin condiciones a las reformas democráticas de Adolfo Suárez y su papel de aval militar y de pararrayos castrense del presidente. Ambas cosas las pagó caras: Gutiérrez Mellado vivió los últimos años de su vida entre el desprecio de sus compañeros de armas, tratando en vano de digerir su defección colectiva.

El golpe definitivo se lo dio el Rey. Quizá era el único que podía dárselo: el Rey le había entregado el poder a Suárez y quizá sólo el Rey se lo podía arrebatar; lo hizo: le arrebató el poder, o como mínimo no escatimó esfuerzos para que Suárez lo entregara. Esto significa que, igual que gran parte de la clase política española, en el otoño y el invierno de 1980 el Rey también conspiraba a su modo contra el presidente del gobierno; esto significa que Gutiérrez Mellado se equivocaba: el Rey tampoco estaba con ellos.
El Rey había conocido a Suárez en enero de 1969, durante un viaje de vacaciones a Segovia en compañía de un cortejo que incluía a su secretario personal y líder futuro del 23 de febrero: el general Armada. Por entonces Suárez era gobernador civil de la provincia y el Rey un príncipe en precario a quien todavía faltaban unos meses para jurar ante las Cortes franquistas como sucesor de Franco, pero cuyo futuro de Rey ni siquiera estaba del todo claro para el propio Franco, porque pendía de una delicada telaraña de equilibrios que podía romperse después de su muerte. Los dos hombres simpatizaron en seguida; en seguida intuyeron que se necesitaban mutuamente: Suárez no era monárquico, pero se hizo de inmediato monárquico, sin duda porque sabía que, pese a los equilibrios y las incertidumbres, el futuro más verosímil de España era la monarquía y él no quería por nada del mundo perderse el futuro; en cuanto al Rey, hostigado y ninguneado por sectores muy influyentes del franquismo —empezando por la propia familia Franco—, necesitaba con urgencia aliados, y aquel joven sólo seis años mayor que él, discreto, prometedor, diligente, servicial y dicharachero, tuvo que parecerle a simple vista un buen aliado.
Suárez les dijo a sus más allegados que abandonaba la presidencia del gobierno. El día 27 se lo dijo al Rey en su despacho de la Zarzuela. El Rey no fingió: no le pidió que le explicara las razones de su dimisión, no hizo el menor amago protocolario de rechazarla ni le preguntó protocolariamente si la había meditado bien, tampoco tuvo una palabra de gratitud para el presidente que le había ayudado a conservar la Corona; se limitó a llamar a su secretario, el general Sabino Fernández Campo, y a decirle en cuanto entró en el despacho, mirándole a él pero señalando a Suárez con un dedo sin caridad: Éste se va.

¿Conspiraban contra el sistema democrático los servicios de inteligencia en el otoño y el invierno de 1980? ¿Participó el CESID en el golpe de estado? La hipótesis no es sólo literariamente irresistible, sino históricamente verosímil, y de ahí en parte que éste siga siendo uno de los puntos más controvertidos del 23 de febrero. La hipótesis es verosímil porque no es infrecuente que en períodos de cambio de régimen político los servicios de inteligencia —liberados de sus antiguos patronos y aún no controlados del todo por los nuevos, o descontentos con sus antiguos patronos por promover la desaparición del antiguo régimen— tiendan a operar de forma autónoma y a constituir focos de resistencia al cambio, organizando o participando en maniobras destinadas a hacerlo fracasar.

El tercer gesto; un gesto diáfano, como los dos anteriores, pero también un gesto doble, reiterado: cuando los golpistas interrumpen la sesión de investidura Carrillo desobedece la orden genérica de tumbarse y permanece en su escaño mientras los guardias civiles disparan sobre el hemiciclo, y dos minutos más tarde desobedece la orden concreta de uno de los secuestradores y permanece en su escaño mientras finge tumbarse. Como el de Suárez, como el de Gutiérrez Mellado, el de Carrillo no es un gesto azaroso ni irreflexivo: con perfecta deliberación Carrillo se niega a obedecer a los golpistas; como el de Suárez y el de Gutiérrez Mellado, el gesto de Carrillo es un gesto que contiene muchos gestos. Es un gesto de coraje, un gesto de gracia, un gesto de rebeldía, un gesto soberano de libertad. También es, como el de Suárez y el de Gutiérrez Mellado, un gesto por así decir póstumo, el gesto de un hombre que sabe que va a morir o que ya está muerto.
Después del golpe de estado la estrella política de Santiago Carrillo se eclipsó con rapidez. Había construido la democracia y se había jugado el tipo por ella en la tarde del 23 de febrero, pero la democracia había dejado de necesitarlo o ya no quería saber nada de él; su propio partido tampoco. A lo largo de 1981 el PCE continuó debatiéndose en la maraña de conflictos intestinos que lo desgarraban desde que cuatro años atrás su secretario general anunciara el abandono de las esencias leninistas del partido; aferrado a su cargo y a su vieja y autoritaria concepción del poder, Carrillo trató de conservar la unidad de los comunistas bajo su mando a base de purgas, sanciones y expedientes disciplinarios. El resultado de este ensayo de catarsis fue lamentable: los expedientes, sanciones y purgas provocaron más purgas, más sanciones y más expedientes, y hacia el verano de 1982 el PCE era un partido en trance de desmoronarse, con menos de la mitad de los militantes con que contaba apenas cinco años atrás y con una presencia social cada vez más reducida y precaria.

Armada era el Elefante Blanco y el militar anunciado en el Congreso y el líder de la operación, pero quienes la ejecutaron fueron el general Milans y el teniente coronel Tejero. Los tres urdieron la trama del golpe. ¿Había una trama detrás de la trama? También desde el mismo día del golpe se empezó a especular con la existencia de una trama civil escondida tras la trama militar, una trama al parecer integrada por un grupo de ex ministros de Franco, magnates y periodistas radicales que habría manejado en la sombra a los militares y los habría inspirado y financiado. El hecho de que el tribunal que juzgó el 23 de febrero sólo procesara a un civil acabó de convertir esa trama oculta en otro de los enigmas oficiales del golpe.
La especulación no carecía de base, pero en lo fundamental era falsa. Hay una regla que raramente se incumple: cuando se dispone a dar un golpe de estado, el ejército se cierra en sí mismo, porque a la hora de la verdad los militares sólo se fían de los militares; en este caso la regla no se incumplió, y el enigma de la llamada trama civil tampoco es un enigma: si se exceptúa la intervención de algún civil concreto como Juan García Carrés.
Armada, Milans y Tejero. Fueron los tres protagonistas del golpe; entre ellos urdieron la trama: Armada fue el jefe político; Milans fue el jefe militar; Tejero fue el jefe operativo del detonante del golpe, el asalto al Congreso. Pese a sus similitudes, eran tres hombres dispares que se lanzaron al golpe guiados por motivaciones políticas y personales dispares; puede que las últimas no sean menos importantes que las primeras: aunque la historia no se rija por motivaciones personales, detrás de cada acontecimiento histórico hay siempre motivaciones personales. Las similitudes entre Armada, Milans y Tejero no explican el golpe; tampoco lo explican sus diferencias. Pero sin entender sus similitudes es imposible entender por qué organizaron el golpe, y sin entender sus diferencias es imposible entender por qué fracasó.
Armada era el más complejo de los tres, quizá porque mucho antes que un militar era un cortesano; un cortesano a la vieja usanza.
El golpe del 23 de febrero fue un golpe exclusivamente militar, liderado por el general Armada, tramado por el propio general Armada, por el general Milans y por el teniente coronel Tejero, alentado por la ultraderecha franquista y facilitado por una serie de maniobras políticas mediante las cuales gran parte de la clase dirigente del país pretendía terminar con la presidencia de Adolfo Suárez.
El general salió del Congreso exactamente a la una y veinticinco minutos de la madrugada; cinco minutos antes la televisión había emitido el mensaje grabado por el Rey en la Zarzuela, un mensaje que hacía ya varias horas que diversos medios anunciaban y en el que el Rey había proclamado que estaba con la Constitución y con la democracia. Los dos hechos resultaron determinantes para el desenlace del golpe, pero el segundo fue considerado por la mayor parte del país como el signo seguro de que el golpe había fracasado; no era verdad: la verdad es que el fracaso de Armada en el Congreso y la emisión del mensaje televisado del Rey sólo significaban que, tal y como había sido concebido originalmente, el golpe había fracasado: el golpe ya no podía ser el golpe de Armada y de Milans, pero sí podía ser todavía el golpe de Tejero (y Armada y Milans aún podían incorporarse a él); el golpe ya no podía ser un golpe blando: tenía que ser un golpe duro; el golpe ya no podía ser con el Rey o con la coartada fraudulenta del Rey: tenía que ser un golpe contra el Rey. Esto lo volvía más peligroso.

Así es como acaba la grabación: en un perfecto desorden sin sentido, igual que si el documento esencial sobre el 23 de febrero no fuera el fruto azaroso de una cámara que permanece inadvertidamente conectada durante los primeros minutos del secuestro, sino el resultado de la inteligencia compositiva de un realizador que decide concluir su obra con una metáfora plausible del golpe de estado; también, con una vindicación de Adolfo Suárez como presidente del gobierno. Suárez no fue un buen presidente del gobierno durante sus dos últimos años en el poder, cuando la democracia parecía empezar a estabilizarse en España, pero quizá era el mejor presidente con que afrontar un golpe de estado, porque ningún político español del momento sabía manejarse mejor que él en circunstancias extremas ni poseía su sentido dramático, su fe de converso en el valor de la democracia, su concepto mitificado de la dignidad de un presidente del gobierno, su conocimiento del ejército y su valentía para oponerse a los militares rebeldes.

Los principales responsables del 23 de febrero tardaron más tiempo en salir de prisión; algunos de ellos han muerto. El último en obtener la libertad fue el teniente coronel Tejero, quien un año después del golpe intentó en vano presentarse a las elecciones con un efímero partido llamado Solidaridad Española cuyo eslogan de campaña rezaba: «Mete a Tejero en el Congreso con tu voto»; como muchos de sus compañeros, durante sus años de reclusión llevó una vida confortable, agasajado por algunos de los directores de las cárceles donde cumplió condena y convertido en un icono de la ultraderecha, pero cuando en 1996 salió de prisión ya no era un icono de nada o sólo era un icono pop, y sus únicas actividades conocidas desde entonces son pintar cuadros que nadie compra y mandar a los diarios cartas al director que nadie lee, además de celebrar cada mes de febrero el aniversario de su gesta. Milans murió en julio de 1997 en Madrid; fue enterrado en la cripta del Alcázar de Toledo.
En la madrugada del 14 de junio de 1982, mes y pico después de que se conociera la sentencia del Tribunal de Justicia Militar que absolvía al comandante de inteligencia, cuatro potentes cargas explosivas hicieron saltar por los aires las cuatro sedes secretas de la AOME. Las bombas estallaron casi al mismo tiempo, en una operación sincronizada que no produjo víctimas, y al día siguiente los medios de comunicación atribuyeron el ataque a una nueva ofensiva terrorista de ETA. Era falso: ETA jamás reivindicó la acción, que llevaba la firma de la guardia civil y que sólo pudo realizarse contando con informes procedentes de miembros de la AOME. Todavía bajo el efecto de la tremenda tensión militar provocada por el consejo de guerra multitudinario y por la condena de algunos de los jefes más prestigiosos del ejército, hubo quien interpretó el cuádruple atentado como un signo de que estaba en marcha un nuevo golpe militar y como un aviso al CESID para que esta vez no se interpusiera en el camino de sus organizadores; lo más probable es que fuese un aviso más personal: muchos militares y guardias civiles estaban furiosos con el CESID porque el 23 de febrero no se había puesto del lado del golpe y había hecho lo posible por pararlo, pero aún estaban más furiosos con Cortina, que según ellos había lanzado a los golpistas a la aventura, los había abandonado a mitad del recorrido y había logrado pese a todo salir indemne del juicio. Este ominoso precedente y una cierta coincidencia de fechas y lugares explican las dudas que suscitó un episodio ocurrido un año más tarde, el 27 de julio de 1983. Ese día, sólo unos meses después de que el Tribunal Supremo dictase sentencia definitiva multiplicando por dos la pena de la mayoría de los condenados por el 23 de febrero, el padre de Cortina murió calcinado en un incendio que se declaró en su domicilio; el hecho de que el lugar fuera el mismo donde según Tejero se celebró su entrevista con el comandante en los días previos al golpe, por no hablar de las circunstancias en que se produjo el siniestro —a las cuatro de la tarde y mientras el progenitor de Cortina dormía—, terminó de reforzar la hipótesis de una venganza.

Another magnificent book by this writer, reread, to say that the coup of 23-F was televised. Excellent book on the facts of the famous coup of February 23, 1981 and perhaps serve as a posthumous tribute to try to understand his father. Based on the mythical scene of the entrance of Tte Crnl Tejero in the congress and the performances of Adolfo Suarez and Tte Gnrl Gutierrez Mellado, the author weaves the whole story from each of these three characters to explain the political / military situation of Spain in the transition and of the roles played by the main protagonists; Likewise, the reasons that each one could have both for having entered the congress with shots, as well as for having remained standing before the coup plotters are analyzed.
I believe that a book in which there are so many historical figures of the recent history of this country and narrated such important and documented facts, it is indispensable that it includes photographs of the protagonists. Unfortunately, there are many people who, when they are told about certain political / military figures of those years, do not know who they are talking about and this book seeks to complement those deficiencies.
A great book to understand (or at least try) the final end of the transition.

At the end of 1989, when the political career of Adolfo Suárez was coming to an end, Hans Magnus Enzensberger celebrated in an essay the birth of a new class of heroes: the heroes of the retreat. According to Enzensberger, in front of the classic hero, who is the hero of triumph and conquest, the dictatorships of the 20th century have illuminated the modern hero, who is the hero of renunciation, demolition and dismantling: the first is an idealist of principles sharp and immovable; the second, a doubtful professional of the solution and the negotiation; the first reaches its fullness by imposing its positions; the second, abandoning them, undermining himself. That is why the hero of the retreat is not only a political hero: he is also a moral hero. Three examples of this most recent figure was claimed by Enzensberger: one was Mikhail Gorbachev, who at that time was trying to dismantle the Soviet Union; another, Wojciech Jaruzelski, who in 1981 had prevented the Soviet invasion of Poland; another, Adolfo Suárez, who had dismantled the Franco regime. Adolfo Suarez a hero? And a moral hero, and not just a politician? Both for the right and for the left was a toad difficult to swallow.
Suarez’s gesture is not the powerful gesture of a man facing adversity with the fullness of his strength, but the gesture of a politically finished and personally broken man, who for months feels that the political class in full conspires against him and who perhaps now also feels that the untimely entry of the rebellious civil guards into the Congress Chamber is the result of that universal conspiracy.

The first feeling is quite successful; the second not so much. It is true that during the autumn and winter of 1980 the Spanish ruling class has given itself to a series of strange political maneuvers with the aim of overthrowing the government of Adolfo Suarez, but it is only partly true that the assault on Congress and the coup military are the result of this universal conspiracy. In the coup of February 23, two different things are linked: one is a series of political operations against Adolfo Suárez, but not against democracy, or not in principle; another is a military operation against Adolfo Suárez and also against democracy. Both things are not entirely independent; but they are not completely supportive either: political operations were the context that led to the military operation; they were the placenta of the blow, not the blow: the nuance is the capital to understand the blow.
They conspire against Suarez (or Suarez feels they conspire against him) journalists. Of course, right-wing journalists conspire, who daily attack Suarez because they judge that destroying it is tantamount to destroying democracy. It is true that there are not many, but they are important because their newspapers and magazines -El Alcázar, El Imparcial, Spanish Herald, Fuerza Nueva, Reconquista- are almost the only ones that enter the barracks, persuading the military that the situation is still worse than it is and that, unless by irresponsibility, selfishness or cowardice accept to be accomplices of an unworthy political class that is leading Spain to the precipice, sooner or later they will have to intervene to save the country in danger. The exhortations to the coup are constant since the beginning of democracy, but since the summer of 1980 they are no longer sibylline: the August 7 issue of the weekly Heraldo Español featured on the front page a huge rearing horse and a full-page headline: ” Who will ride this horse? A general is wanted »; on the inside pages an article signed with a pseudonym by the journalist Fernando Latorre.
Anson was a veteran champion of the monarchist cause whom Suarez had helped in the 1960s, when he believed he was going to be prosecuted for offenses against Franco following an article published on ABC; Then, in the mid-seventies, it was Anson who helped Suarez: encouraged by the future King, the journalist stirred Suárez’s political career while he directed the magazine Blanco y Negro, promoted his candidacy for the presidency of the government and celebrated his appointment in Gazette Illustrated with an unusual enthusiasm in the reformist press; finally it was Suárez who returned to help Anson: just two months after arriving at the presidency he named the journalist director of the state news agency EFE. Although Anson remained in charge of the agency until 1982, this mutual exchange of favors was cut short a few months later, when the journalist began to feel that Suarez was a weak politician and self-conscious about his Falangist past and that he was handing over the power of the new democracy to the left, moment from which it became an implacable detractor of the president’s policy; implacable and public: Anson met periodically in the dining room of the EFE agency politicians, journalists, financiers, ecclesiastics and military, and in those meetings he agitated very soon the discontent against his former patron; also, according to Francisco Medina, discussed since the autumn of 1977 a rectifying plan for democracy – actually a hidden coup d’état.
On the flank of the Suarez Church it was also thus unguarded; more than unguarded: it is a fact that both the nunciature and members of the Episcopal Conference encouraged the operations against Suarez organized by the Christian Democrats of his party, and it is very likely that the nuncio and some bishops were informed in the days before the coup that a cut or a rectification of democracy was imminent with the endorsement of the King. It is hard to believe that all this is alien to the behavior of the Church on February 23. That afternoon the plenary assembly of the Episcopal Conference was gathered in the Retreat House of the Pinar de Chamartín, in Madrid, in order to elect the substitute of Cardinal Tarancón; Upon hearing the news of the assault on Congress, the assembly dissolved without uttering a single word in favor of democracy or making a single gesture of condemnation or protest against that outrage against freedom. Not a single word. Not a single gesture. Nothing. It’s true: like almost everyone.

But who especially conspires against Suarez (who Suarez feels above all who conspires against him) is his own party: Unión de Centro Democrático. The word match is inaccurate; In reality, UCD is not a party but a laborious cocktail of groups of disparate ideologies -from liberals and Christian Democrats to social democrats, passing through the so-called blue, coming as Suarez from the very heart of the Francoist apparatus-, an improvised electoral stamp on the spring of 1977 to attend the first free elections in forty years with the claim of Adolfo Suárez, who according to the unanimous forecast will win thanks to the success of his career as president of the government, during which he has managed to disarm in less than a year the institutional framework of Francoism and call the first democratic elections. Finally the forecasts are fulfilled, Suárez gets the victory and over the next two years UCD remains united by the glue of power, by the undisputed leadership of Suarez and the historical urgency of building a system of freedoms. The spring of 1979 knows the stellar moment of Suárez, the peak of his dominion and also that of his party.

Like the gesture of Adolfo Suarez sitting in his seat while the bullets buzzed around him in the hemicycle, the gesture of General Gutiérrez Mellado furiously confronting the military coup is a gesture of courage, a gesture of grace, a gesture of rebellion , a sovereign gesture of freedom. Perhaps it is also, so to speak, a posthumous gesture, the gesture of a man who knows he is going to die or who is already dead, because, with the exception of Adolfo Suárez, since the beginning of democracy nobody had monopolized so much hate Military as General Gutiérrez Mellado, who barely sparked the shooting may have felt like almost everyone present that he could only pay for a massacre and, assuming he survived, the coup plotters would soon eliminate him. I do not think it is, on the other hand, a histrionic gesture: although for five years he had exercised politics, General Gutiérrez Mellado was never essentially a politician; He was always a military man, and because of that, because he was always a military man, his gesture that afternoon was first of all a military gesture and for that reason it was also a logical, forced, almost fatal gesture: Gutiérrez Mellado was the only military man present in the hemicycle and, like any military man, he carried in his genes the imperative of discipline and he could not tolerate the military insubordination against him.
At the beginning of September of 1976, when he occupied the headquarters of the General Staff of the army and only a few days were needed for Adolfo Suárez to put him in politics, naming him vice-president of his first government, General Gutiérrez Mellado was one of the military men most respected by his comrades. of weapons; only a few months later he was the most hated. There is no shortage who attributes this sudden change to the errors of Gutiérrez Mellado’s military policy; it is very probable that the errors existed, but it is certain that, had it not existed, the result would have been the same: for the army -for the majority of the army, stonyly installed in the Francoist mentality- Gutiérrez Mellado’s error was his I support without conditions the democratic reforms of Adolfo Suárez and his role as military and military lightning conductor of the president. Both things paid them faces: Gutiérrez Mellado lived the last years of his life between the contempt of his comrades in arms, trying in vain to digest their collective defection.

The final blow was given by the King. Perhaps he was the only one who could give it to him: the King had given power to Suarez, and perhaps only the King could take it from him; He did it: he snatched the power, or at least he spared no effort for Suarez to hand it over. This means that, like much of the Spanish political class, in the autumn and winter of 1980 the King also conspired in his own way against the president of the government; This means that Gutiérrez Mellado was wrong: the King was not with them either.
The King had met Suárez in January 1969, during a vacation trip to Segovia in the company of a cortege that included his personal secretary and future leader of February 23: General Armada. By then Suarez was civil governor of the province and the King a precarious prince who still had a few months to swear before the Francoist Cortes as successor to Franco, but whose future as a King was not even clear to Franco himself, because It hung from a delicate web of equilibria that could be broken after his death. The two men sympathized immediately; they immediately sensed that they needed each other: Suarez was not a monarchist, but he immediately became a monarchist, no doubt because he knew that, despite the equilibriums and uncertainties, the most plausible future of Spain was the monarchy and he did not want the world miss the future; As for the King, harassed and ignored by very influential sectors of the Franco regime – starting with the Franco family – he urgently needed allies, and that young man, only six years older than him, discreet, promising, diligent, helpful and witty, had to look like a good ally at first sight.
Suarez told his closest associates that he was leaving the government presidency. On the 27th he told the King in his office in La Zarzuela. The King did not pretend: he did not ask her to explain the reasons for his resignation, he did not make the slightest protocol to reject her or formally asked her if he had meditated it well, nor did he have a word of gratitude for the president who had helped him to keep the crown; he just called his secretary, General Sabino Fernandez Campo, and told him as soon as he entered the office, looking at him but pointing to Suarez with a finger without charity: This one goes away.

Did the intelligence services conspire against the democratic system in the autumn and winter of 1980? Did the CESID participate in the coup? The hypothesis is not only literally irresistible, but historically credible, and hence in part that this remains one of the most controversial points of February 23. The hypothesis is plausible because it is not uncommon that in periods of political regime change the intelligence services – liberated from their former employers and not yet fully controlled by the new ones, or dissatisfied with their former employers to promote the demise of the old regime – tend to operate autonomously and to constitute foci of resistance to change, organizing or participating in maneuvers destined to make it fail.

The third gesture; a diaphanous gesture, like the previous two, but also a double gesture, reiterated: when the coup plotters interrupt the investiture session Carrillo disobeys the generic order to lie down and remains in his seat while the civil guards shoot on the floor, and two more minutes Later he disobeys the concrete order of one of the kidnappers and remains in his seat while pretending to lie down. Like Suarez’s, like Gutiérrez Mellado’s, Carrillo’s is not a haphazard or thoughtless gesture: with perfect deliberation Carrillo refuses to obey the coup plotters; As the Suarez and Gutierrez Mellado, the gesture of Carrillo is a gesture that contains many gestures. It is a gesture of courage, a gesture of grace, a gesture of rebellion, a sovereign gesture of freedom. It is also, like that of Suárez and Gutiérrez Mellado, a posthumous gesture, the gesture of a man who knows he is going to die or who is already dead.
After the coup d’etat the political star of Santiago Carrillo quickly eclipsed. He had built democracy and he had played the guy for her on the afternoon of February 23, but democracy had stopped needing him or wanted nothing to do with him; his own party either. Throughout 1981 the PCE continued debating in the tangle of internal conflicts that were tearing him since four years ago his secretary general announced the abandonment of the Leninist essence of the party; clinging to his position and to his old and authoritarian conception of power, Carrillo tried to preserve the unity of the communists under his command based on purges, sanctions and disciplinary records. The result of this trial of catharsis was lamentable: the files, sanctions and purges provoked more purges, more sanctions and more expedients, and towards the summer of 1982 the PCE was a party in the throes of falling apart, with less than half of the militants with just five years ago and with a social presence increasingly reduced and precarious.

Armed was the White Elephant and the soldier announced in Congress and the leader of the operation, but those who executed it were General Milans and Lieutenant Colonel Tejero. The three hatched the plot of the coup. Was there a plot behind the plot? Also from the very day of the coup began to speculate on the existence of a civil plot hidden behind the military plot, a plot apparently composed of a group of former ministers of Franco, magnates and radical journalists who would have driven in the shade to the military and would have inspired and financed them. The fact that the court that tried on February 23 to only prosecute a civilian ended up turning that hidden plot into another of the official enigmas of the coup.
The speculation was not without foundation, but in the main it was false. There is a rule that is rarely breached: when it is ready to give a coup d’état, the army closes in on itself, because at the moment of truth the military only relies on the military; in this case the rule was not breached, and the enigma of the so-called civil plot is not an enigma either: if the intervention of a specific civilian like Juan García Carrés is excepted.
Armada, Milans and Tejero. They were the three protagonists of the coup; among them they plotted the plot: Armada was the political chief; Milans was the military chief; Tejero was the operational chief of the detonator of the coup, the assault on Congress. Despite their similarities, they were three disparate men who took to the coup guided by disparate personal and political motivations; the latter may not be less important than the first: although history is not governed by personal motivations, behind every historical event there are always personal motivations. The similarities between Armada, Milans and Tejero do not explain the coup; neither do their differences explain it. But without understanding their similarities it is impossible to understand why they organized the coup, and without understanding their differences it is impossible to understand why it failed.
Armada was the most complex of the three, perhaps because long before a military man was a courtier; an old-fashioned courtier.
The coup of February 23 was an exclusively military coup, led by General Armada, plotted by General Armada himself, by General Milans and by Lieutenant Colonel Tejero, encouraged by the Francoist extreme right and facilitated by a series of political maneuvers through which great part of the ruling class of the country tried to end with the presidency of Adolfo Suárez.
The general left the Congress exactly at one and twenty-five minutes of the dawn; Five minutes before the television had broadcast the message recorded by the King in the Zarzuela, a message that several hours ago that various media announced and in which the King had proclaimed that he was with the Constitution and democracy. The two facts were decisive for the outcome of the coup, but the second was considered by most of the country as the sure sign that the coup had failed; it was not true: the truth is that the failure of Armada in Congress and the broadcast of the King’s televised message only meant that, as it had been originally conceived, the coup had failed: the coup could no longer be the coup of Armada and of Milans, but it could still be Tejero’s coup (and Armada and Milans could still join him); the blow could no longer be a soft punch: it had to be a hard blow; the blow could no longer be with the King or with the fraudulent alibi of the King: it had to be a blow against the King. This made it more dangerous.

This is how the recording ends: in a perfect senseless disorder, just as if the essential document on February 23 was not the random result of a camera that remains inadvertently connected during the first minutes of the kidnapping, but the result of intelligence composition of a filmmaker who decides to conclude his work with a plausible metaphor of the coup d’état; also, with a vindication of Adolfo Suárez as president of the government. Suarez was not a good president of the government during his last two years in power, when democracy seemed to begin to stabilize in Spain, but perhaps was the best president to face a coup, because no Spanish politician at the time knew how to manage better that he, in extreme circumstances, did not possess his dramatic sense, his faith as a convert in the value of democracy, his mythologized concept of the dignity of a president of the government, his knowledge of the army and his courage to oppose the rebel military.

The main people responsible for February 23 took longer to get out of prison; some of them have died. The last to obtain freedom was Lieutenant Colonel Tejero, who a year after the coup tried in vain to stand for election with an ephemeral party called Spanish Solidarity whose campaign slogan read: “Go to Tejero in Congress with your vote”; Like many of his companions, during his years of imprisonment he led a comfortable life, feted by some of the directors of the jails where he served his sentence and became an icon of the far right, but when in 1996 he left prison he was no longer an icon of nothing or just a pop icon, and his only known activities since then are to paint paintings that nobody buys and send to the newspapers letters to the director that nobody reads, besides celebrating each February the anniversary of his deed. Milans died in July 1997 in Madrid; He was buried in the crypt of the Alcázar de Toledo.
At dawn on June 14, 1982, a month and a half after the ruling of the Military Justice Court acquitted the intelligence commander, four powerful explosive charges blew up the four secret AOM headquarters. The bombs exploded almost at the same time, in a synchronized operation that produced no casualties, and the next day the media attributed the attack to a new ETA terrorist offensive. It was false: ETA never claimed responsibility for the action, which was signed by the Civil Guard and could only be carried out with reports from members of the AOME. Still under the effect of the tremendous military tension provoked by the multitudinous military council and by the condemnation of some of the most prestigious army chiefs, there were those who interpreted the quadruple attack as a sign that a new military coup was underway and as a warning to the CESID so that this time it did not get in the way of its organizers; most likely it was a more personal warning: many soldiers and civil guards were furious with CESID because on February 23 he had not sided with the coup and had done his best to stop it, but they were even more angry with Cortina, that according to them he had thrown the coup plotters into the affair, he had abandoned them halfway and had managed, nevertheless, to emerge unscathed from the trial. This ominous precedent and a certain coincidence of dates and places explain the doubts raised by an episode that occurred a year later, on July 27, 1983. That day, only a few months after the Supreme Court issued a definitive sentence multiplying by two the penalty of the majority of those convicted by February 23, Cortina’s father died burned in a fire that was declared in his home; the fact that the place was the same one where, according to Tejero, his interview with the commander was held in the days prior to the coup, not to mention the circumstances in which the incident occurred – at four in the afternoon and while the father of Cortina was asleep-, he finished reinforcing the hypothesis of a revenge.

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