Anatomía De Un Instante — Javier Cercas

Otro magnífico libro de este escritor, releído, decir que el golpe del 23-F fue televisado. Excelente libro sobre los hechos del famoso golpe de estado del 23 de febrero de 1981 y quizá sirva de homenaje póstumo para intentar entender a su padre. Basándose en la mítica escena de la entrada del Tte Crnl Tejero en el congreso y las actuaciones de Adolfo Suarez y del Tte Gnrl Gutierrez Mellado, el autor teje toda la historia a partir de cada uno de estos tres personajes para explicar la situación política/militar de España en la transición y de los papeles que jugaron en ella los principales protagonistas; así mismo se analizan las razones que pudo tener cada uno tanto para haber entrado en el congreso a tiros, como para haber permanecido en pie ante los golpistas.
Creo que un libro donde hay tantísimos personajes históricos de la historia reciente de este país y se narran hechos tan importantes y documentados, es indispensable que incluya fotografías de los protagonistas. Desgraciadamente hay mucha gente que cuando se les habla de determinadas figuras políticas/militares de esos años, no saben de quién se les habla y este libro busca complementar esas carencias.
Un gran libro para entender (o intentarlo al menos) el final definitivo de la transición.

A finales de 1989, cuando la carrera política de Adolfo Suárez tocaba a su fin, Hans Magnus Enzensberger celebró en un ensayo el nacimiento de una nueva clase de héroes: los héroes de la retirada. Según Enzensberger, frente al héroe clásico, que es el héroe del triunfo y la conquista, las dictaduras del siglo XX han alumbrado el héroe moderno, que es el héroe de la renuncia, el derribo y el desmontaje: el primero es un idealista de principios nítidos e inamovibles; el segundo, un dudoso profesional del apaño y la negociación; el primero alcanza su plenitud imponiendo sus posiciones; el segundo, abandonándolas, socavándose a sí mismo. Por eso el héroe de la retirada no es sólo un héroe político: también es un héroe moral. Tres ejemplos de esta figura novísima aducía Enzensberger: uno era Mijaíl Gorbachov, que por aquellas fechas trataba de desmontar la Unión Soviética; otro, Wojciech Jaruzelski, que en 1981 había impedido la invasión soviética de Polonia; otro, Adolfo Suárez, que había desmontado el franquismo. ¿Adolfo Suárez un héroe? ¿Y un héroe moral, y no sólo político? Tanto para la derecha como para la izquierda era un sapo difícil de tragar.
El gesto de Suárez no es el gesto poderoso de un hombre que enfrenta la adversidad con la plenitud de sus fuerzas, sino el gesto de un hombre políticamente acabado y personalmente roto, que desde hace meses siente que la clase política en pleno conspira contra él y que quizá ahora siente también que la entrada intempestiva de los guardias civiles rebeldes en el hemiciclo del Congreso es el resultado de aquella confabulación universal.

El primer sentimiento es bastante acertado; el segundo no tanto. Es verdad que durante el otoño y el invierno de 1980 la clase dirigente española se ha entregado a una serie de extrañas maniobras políticas con el objetivo de derribar del gobierno a Adolfo Suárez, pero sólo es verdad en parte que el asalto al Congreso y el golpe militar sean el resultado de esa confabulación universal. En el golpe del 23 de febrero se engarzan dos cosas distintas: una es una serie de operaciones políticas contra Adolfo Suárez, pero no contra la democracia, o no en principio; otra es una operación militar contra Adolfo Suárez y también contra la democracia. Ambas cosas no son del todo independientes; pero tampoco son del todo solidarias: las operaciones políticas fueron el contexto que propició la operación militar; fueron la placenta del golpe, no el golpe: el matiz es capital para entender el golpe.
Conspiran contra Suárez (o Suárez siente que conspiran contra él) los periodistas. Por supuesto, conspiran los periodistas de ultraderecha, que atacan a diario a Suárez porque juzgan que destruirlo equivale a destruir la democracia. Es cierto que no son muchos, pero son importantes porque sus periódicos y revistas —El Alcázar, El Imparcial, Heraldo Español, Fuerza Nueva, Reconquista— son casi los únicos que entran en los cuarteles, persuadiendo a los militares de que la situación es todavía peor de lo que es y de que, a menos que por irresponsabilidad, por egoísmo o por cobardía acepten ser cómplices de una clase política indigna que está conduciendo España al despeñadero, más temprano que tarde tendrán que intervenir para salvar a la patria en peligro. Las exhortaciones al golpe son constantes desde el inicio de la democracia, pero desde el verano de 1980 ya no son sibilinas: el número del 7 de agosto del semanario Heraldo Español exhibía en portada un enorme caballo encabritado y un titular a toda página: «¿Quién montará este caballo? Se busca un general»; en las páginas interiores un artículo firmado con seudónimo por el periodista Fernando Latorre.
Anson era un veterano valedor de la causa monárquica a quien Suárez había ayudado en los años sesenta, cuando creyó que iba a ser procesado por ofensas a Franco a raíz de un artículo publicado en ABC; luego, a mediados de los setenta, fue Anson quien ayudó a Suárez: animado por el futuro Rey, el periodista azuzó la carrera política de Suárez mientras dirigía la revista Blanco y Negro, impulsó su candidatura a la presidencia del gobierno y celebró su nombramiento en Gaceta Ilustrada con un entusiasmo insólito en la prensa reformista; finalmente fue Suárez quien volvió a ayudar a Anson: apenas dos meses después de llegar a la presidencia nombró al periodista director de la agencia estatal de noticias EFE. Aunque Anson permaneció al frente de la agencia hasta 1982, este mutuo intercambio de favores se truncó pocos meses más tarde, cuando el periodista empezó a sentir que Suárez era un político débil y acomplejado por su pasado falangista y que estaba entregando el poder de la nueva democracia a la izquierda, momento a partir del cual se convirtió en un detractor implacable de la política del presidente; implacable y público: Anson reunía periódicamente en el comedor de la agencia EFE a políticos, periodistas, financieros, eclesiásticos y militares, y en esos encuentros agitó desde muy pronto el descontento contra su antiguo patrocinado; también, según Francisco Medina, discutió desde el otoño de 1977 un plan rectificador de la democracia —en realidad un golpe de estado encubierto—.
Por el flanco de la Iglesia Suárez quedaba también de este modo desguarnecido; más que desguarnecido: es un hecho que tanto la nunciatura como miembros de la Conferencia Episcopal alentaron las operaciones contra Suárez organizadas por los democristianos de su partido, y es muy probable que el nuncio y algunos obispos fueran informados en los días previos al golpe de que era inminente un recorte o una rectificación de la democracia con el aval del Rey. Cuesta trabajo creer que todo esto sea ajeno al comportamiento de la Iglesia el 23 de febrero. Aquella tarde la asamblea plenaria de la Conferencia Episcopal se hallaba reunida en la Casa de Ejercicios del Pinar de Chamartín, en Madrid, con el fin de elegir al sustituto del cardenal Tarancón; al conocerse la noticia del asalto al Congreso la asamblea se disolvió sin pronunciar una sola palabra en favor de la democracia ni hacer un solo gesto de condena o de protesta por aquel atropello contra la libertad. Ni una sola palabra. Ni un solo gesto. Nada. Es cierto: como casi todo el mundo.

Pero quien sobre todo conspira contra Suárez (quien Suárez siente sobre todo que conspira contra él) es su propio partido: Unión de Centro Democrático. La palabra partido es inexacta; en realidad, UCD no es un partido sino un cóctel laborioso de grupos de ideologías dispares —desde los liberales y democristianos a los socialdemócratas, pasando por los llamados azules, procedentes como Suárez de las entrañas mismas del aparato franquista—, un sello electoral improvisado en la primavera de 1977 para concurrir a los primeros comicios libres en cuarenta años con el reclamo de Adolfo Suárez, quien según la previsión unánime los ganará gracias al éxito de su trayectoria como presidente del gobierno, durante la que ha conseguido desarmar en menos de un año el armazón institucional del franquismo y convocar las primeras elecciones democráticas. Finalmente los pronósticos se cumplen, Suárez consigue la victoria y a lo largo de los dos años siguientes UCD permanece unida por el pegamento del poder, por el liderazgo indiscutido de Suárez y por la urgencia histórica de construir un sistema de libertades. La primavera de 1979 conoce el momento estelar de Suárez, la cima de su dominio y también del de su partido.

Igual que el gesto de Adolfo Suárez permaneciendo sentado en su escaño mientras las balas zumbaban a su alrededor en el hemiciclo, el gesto del general Gutiérrez Mellado enfrentándose furiosamente a los militares golpistas es un gesto de coraje, un gesto de gracia, un gesto de rebeldía, un gesto soberano de libertad. Tal vez sea también, por así decir, un gesto póstumo, el gesto de un hombre que sabe que va a morir o que ya está muerto, porque, con la excepción de Adolfo Suárez, desde el inicio de la democracia nadie había acaparado tanto odio militar como el general Gutiérrez Mellado, quien apenas se desató el tiroteo quizá sintió como casi todos los presentes que sólo podía saldarse con una masacre y que, suponiendo que él la sobreviviera, los golpistas no tardarían en eliminarlo. No creo que sea, en cambio, un gesto histriónico: aunque desde hacía cinco años ejerciese la política, el general Gutiérrez Mellado nunca fue esencialmente un político; fue siempre un militar, y por eso, porque siempre fue un militar, su gesto de aquella tarde fue antes que nada un gesto militar y por eso fue también de algún modo un gesto lógico, obligado, casi fatal: Gutiérrez Mellado era el único militar presente en el hemiciclo y, como cualquier militar, llevaba en los genes el imperativo de la disciplina y no podía tolerar que unos militares se insubordinaran contra él.
A principios de septiembre de 1976, cuando ocupaba la jefatura del Estado Mayor del ejército y faltaban sólo unos días para que Adolfo Suárez lo metiera en política nombrándolo vicepresidente de su primer gobierno, el general Gutiérrez Mellado era uno de los militares más respetados por sus compañeros de armas; sólo unos meses más tarde era el más odiado. No falta quien atribuye este cambio fulminante a los errores de la política militar de Gutiérrez Mellado; es muy probable que los errores existieran, pero es indudable que, de no haber existido, el resultado hubiera sido el mismo: para el ejército —para la mayoría del ejército, pétreamente instalada en la mentalidad del franquismo— el error de Gutiérrez Mellado fue su apoyo sin condiciones a las reformas democráticas de Adolfo Suárez y su papel de aval militar y de pararrayos castrense del presidente. Ambas cosas las pagó caras: Gutiérrez Mellado vivió los últimos años de su vida entre el desprecio de sus compañeros de armas, tratando en vano de digerir su defección colectiva.

El golpe definitivo se lo dio el Rey. Quizá era el único que podía dárselo: el Rey le había entregado el poder a Suárez y quizá sólo el Rey se lo podía arrebatar; lo hizo: le arrebató el poder, o como mínimo no escatimó esfuerzos para que Suárez lo entregara. Esto significa que, igual que gran parte de la clase política española, en el otoño y el invierno de 1980 el Rey también conspiraba a su modo contra el presidente del gobierno; esto significa que Gutiérrez Mellado se equivocaba: el Rey tampoco estaba con ellos.
El Rey había conocido a Suárez en enero de 1969, durante un viaje de vacaciones a Segovia en compañía de un cortejo que incluía a su secretario personal y líder futuro del 23 de febrero: el general Armada. Por entonces Suárez era gobernador civil de la provincia y el Rey un príncipe en precario a quien todavía faltaban unos meses para jurar ante las Cortes franquistas como sucesor de Franco, pero cuyo futuro de Rey ni siquiera estaba del todo claro para el propio Franco, porque pendía de una delicada telaraña de equilibrios que podía romperse después de su muerte. Los dos hombres simpatizaron en seguida; en seguida intuyeron que se necesitaban mutuamente: Suárez no era monárquico, pero se hizo de inmediato monárquico, sin duda porque sabía que, pese a los equilibrios y las incertidumbres, el futuro más verosímil de España era la monarquía y él no quería por nada del mundo perderse el futuro; en cuanto al Rey, hostigado y ninguneado por sectores muy influyentes del franquismo —empezando por la propia familia Franco—, necesitaba con urgencia aliados, y aquel joven sólo seis años mayor que él, discreto, prometedor, diligente, servicial y dicharachero, tuvo que parecerle a simple vista un buen aliado.
Suárez les dijo a sus más allegados que abandonaba la presidencia del gobierno. El día 27 se lo dijo al Rey en su despacho de la Zarzuela. El Rey no fingió: no le pidió que le explicara las razones de su dimisión, no hizo el menor amago protocolario de rechazarla ni le preguntó protocolariamente si la había meditado bien, tampoco tuvo una palabra de gratitud para el presidente que le había ayudado a conservar la Corona; se limitó a llamar a su secretario, el general Sabino Fernández Campo, y a decirle en cuanto entró en el despacho, mirándole a él pero señalando a Suárez con un dedo sin caridad: Éste se va.

¿Conspiraban contra el sistema democrático los servicios de inteligencia en el otoño y el invierno de 1980? ¿Participó el CESID en el golpe de estado? La hipótesis no es sólo literariamente irresistible, sino históricamente verosímil, y de ahí en parte que éste siga siendo uno de los puntos más controvertidos del 23 de febrero. La hipótesis es verosímil porque no es infrecuente que en períodos de cambio de régimen político los servicios de inteligencia —liberados de sus antiguos patronos y aún no controlados del todo por los nuevos, o descontentos con sus antiguos patronos por promover la desaparición del antiguo régimen— tiendan a operar de forma autónoma y a constituir focos de resistencia al cambio, organizando o participando en maniobras destinadas a hacerlo fracasar.

El tercer gesto; un gesto diáfano, como los dos anteriores, pero también un gesto doble, reiterado: cuando los golpistas interrumpen la sesión de investidura Carrillo desobedece la orden genérica de tumbarse y permanece en su escaño mientras los guardias civiles disparan sobre el hemiciclo, y dos minutos más tarde desobedece la orden concreta de uno de los secuestradores y permanece en su escaño mientras finge tumbarse. Como el de Suárez, como el de Gutiérrez Mellado, el de Carrillo no es un gesto azaroso ni irreflexivo: con perfecta deliberación Carrillo se niega a obedecer a los golpistas; como el de Suárez y el de Gutiérrez Mellado, el gesto de Carrillo es un gesto que contiene muchos gestos. Es un gesto de coraje, un gesto de gracia, un gesto de rebeldía, un gesto soberano de libertad. También es, como el de Suárez y el de Gutiérrez Mellado, un gesto por así decir póstumo, el gesto de un hombre que sabe que va a morir o que ya está muerto.
Después del golpe de estado la estrella política de Santiago Carrillo se eclipsó con rapidez. Había construido la democracia y se había jugado el tipo por ella en la tarde del 23 de febrero, pero la democracia había dejado de necesitarlo o ya no quería saber nada de él; su propio partido tampoco. A lo largo de 1981 el PCE continuó debatiéndose en la maraña de conflictos intestinos que lo desgarraban desde que cuatro años atrás su secretario general anunciara el abandono de las esencias leninistas del partido; aferrado a su cargo y a su vieja y autoritaria concepción del poder, Carrillo trató de conservar la unidad de los comunistas bajo su mando a base de purgas, sanciones y expedientes disciplinarios. El resultado de este ensayo de catarsis fue lamentable: los expedientes, sanciones y purgas provocaron más purgas, más sanciones y más expedientes, y hacia el verano de 1982 el PCE era un partido en trance de desmoronarse, con menos de la mitad de los militantes con que contaba apenas cinco años atrás y con una presencia social cada vez más reducida y precaria.

Armada era el Elefante Blanco y el militar anunciado en el Congreso y el líder de la operación, pero quienes la ejecutaron fueron el general Milans y el teniente coronel Tejero. Los tres urdieron la trama del golpe. ¿Había una trama detrás de la trama? También desde el mismo día del golpe se empezó a especular con la existencia de una trama civil escondida tras la trama militar, una trama al parecer integrada por un grupo de ex ministros de Franco, magnates y periodistas radicales que habría manejado en la sombra a los militares y los habría inspirado y financiado. El hecho de que el tribunal que juzgó el 23 de febrero sólo procesara a un civil acabó de convertir esa trama oculta en otro de los enigmas oficiales del golpe.
La especulación no carecía de base, pero en lo fundamental era falsa. Hay una regla que raramente se incumple: cuando se dispone a dar un golpe de estado, el ejército se cierra en sí mismo, porque a la hora de la verdad los militares sólo se fían de los militares; en este caso la regla no se incumplió, y el enigma de la llamada trama civil tampoco es un enigma: si se exceptúa la intervención de algún civil concreto como Juan García Carrés.
Armada, Milans y Tejero. Fueron los tres protagonistas del golpe; entre ellos urdieron la trama: Armada fue el jefe político; Milans fue el jefe militar; Tejero fue el jefe operativo del detonante del golpe, el asalto al Congreso. Pese a sus similitudes, eran tres hombres dispares que se lanzaron al golpe guiados por motivaciones políticas y personales dispares; puede que las últimas no sean menos importantes que las primeras: aunque la historia no se rija por motivaciones personales, detrás de cada acontecimiento histórico hay siempre motivaciones personales. Las similitudes entre Armada, Milans y Tejero no explican el golpe; tampoco lo explican sus diferencias. Pero sin entender sus similitudes es imposible entender por qué organizaron el golpe, y sin entender sus diferencias es imposible entender por qué fracasó.
Armada era el más complejo de los tres, quizá porque mucho antes que un militar era un cortesano; un cortesano a la vieja usanza.
El golpe del 23 de febrero fue un golpe exclusivamente militar, liderado por el general Armada, tramado por el propio general Armada, por el general Milans y por el teniente coronel Tejero, alentado por la ultraderecha franquista y facilitado por una serie de maniobras políticas mediante las cuales gran parte de la clase dirigente del país pretendía terminar con la presidencia de Adolfo Suárez.
El general salió del Congreso exactamente a la una y veinticinco minutos de la madrugada; cinco minutos antes la televisión había emitido el mensaje grabado por el Rey en la Zarzuela, un mensaje que hacía ya varias horas que diversos medios anunciaban y en el que el Rey había proclamado que estaba con la Constitución y con la democracia. Los dos hechos resultaron determinantes para el desenlace del golpe, pero el segundo fue considerado por la mayor parte del país como el signo seguro de que el golpe había fracasado; no era verdad: la verdad es que el fracaso de Armada en el Congreso y la emisión del mensaje televisado del Rey sólo significaban que, tal y como había sido concebido originalmente, el golpe había fracasado: el golpe ya no podía ser el golpe de Armada y de Milans, pero sí podía ser todavía el golpe de Tejero (y Armada y Milans aún podían incorporarse a él); el golpe ya no podía ser un golpe blando: tenía que ser un golpe duro; el golpe ya no podía ser con el Rey o con la coartada fraudulenta del Rey: tenía que ser un golpe contra el Rey. Esto lo volvía más peligroso.

Así es como acaba la grabación: en un perfecto desorden sin sentido, igual que si el documento esencial sobre el 23 de febrero no fuera el fruto azaroso de una cámara que permanece inadvertidamente conectada durante los primeros minutos del secuestro, sino el resultado de la inteligencia compositiva de un realizador que decide concluir su obra con una metáfora plausible del golpe de estado; también, con una vindicación de Adolfo Suárez como presidente del gobierno. Suárez no fue un buen presidente del gobierno durante sus dos últimos años en el poder, cuando la democracia parecía empezar a estabilizarse en España, pero quizá era el mejor presidente con que afrontar un golpe de estado, porque ningún político español del momento sabía manejarse mejor que él en circunstancias extremas ni poseía su sentido dramático, su fe de converso en el valor de la democracia, su concepto mitificado de la dignidad de un presidente del gobierno, su conocimiento del ejército y su valentía para oponerse a los militares rebeldes.

Los principales responsables del 23 de febrero tardaron más tiempo en salir de prisión; algunos de ellos han muerto. El último en obtener la libertad fue el teniente coronel Tejero, quien un año después del golpe intentó en vano presentarse a las elecciones con un efímero partido llamado Solidaridad Española cuyo eslogan de campaña rezaba: «Mete a Tejero en el Congreso con tu voto»; como muchos de sus compañeros, durante sus años de reclusión llevó una vida confortable, agasajado por algunos de los directores de las cárceles donde cumplió condena y convertido en un icono de la ultraderecha, pero cuando en 1996 salió de prisión ya no era un icono de nada o sólo era un icono pop, y sus únicas actividades conocidas desde entonces son pintar cuadros que nadie compra y mandar a los diarios cartas al director que nadie lee, además de celebrar cada mes de febrero el aniversario de su gesta. Milans murió en julio de 1997 en Madrid; fue enterrado en la cripta del Alcázar de Toledo.
En la madrugada del 14 de junio de 1982, mes y pico después de que se conociera la sentencia del Tribunal de Justicia Militar que absolvía al comandante de inteligencia, cuatro potentes cargas explosivas hicieron saltar por los aires las cuatro sedes secretas de la AOME. Las bombas estallaron casi al mismo tiempo, en una operación sincronizada que no produjo víctimas, y al día siguiente los medios de comunicación atribuyeron el ataque a una nueva ofensiva terrorista de ETA. Era falso: ETA jamás reivindicó la acción, que llevaba la firma de la guardia civil y que sólo pudo realizarse contando con informes procedentes de miembros de la AOME. Todavía bajo el efecto de la tremenda tensión militar provocada por el consejo de guerra multitudinario y por la condena de algunos de los jefes más prestigiosos del ejército, hubo quien interpretó el cuádruple atentado como un signo de que estaba en marcha un nuevo golpe militar y como un aviso al CESID para que esta vez no se interpusiera en el camino de sus organizadores; lo más probable es que fuese un aviso más personal: muchos militares y guardias civiles estaban furiosos con el CESID porque el 23 de febrero no se había puesto del lado del golpe y había hecho lo posible por pararlo, pero aún estaban más furiosos con Cortina, que según ellos había lanzado a los golpistas a la aventura, los había abandonado a mitad del recorrido y había logrado pese a todo salir indemne del juicio. Este ominoso precedente y una cierta coincidencia de fechas y lugares explican las dudas que suscitó un episodio ocurrido un año más tarde, el 27 de julio de 1983. Ese día, sólo unos meses después de que el Tribunal Supremo dictase sentencia definitiva multiplicando por dos la pena de la mayoría de los condenados por el 23 de febrero, el padre de Cortina murió calcinado en un incendio que se declaró en su domicilio; el hecho de que el lugar fuera el mismo donde según Tejero se celebró su entrevista con el comandante en los días previos al golpe, por no hablar de las circunstancias en que se produjo el siniestro —a las cuatro de la tarde y mientras el progenitor de Cortina dormía—, terminó de reforzar la hipótesis de una venganza.

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