Oh América — Marcella Olschki

Es una obra de carácter autobiográfico, breve y muy interesante. Creo que la autora solo tiene dos obras, narrando “Oh, América” su vida en Estados Unidos, a donde llegó en 1946 para encontrarse con su marido, un oficial estadounidense con el que contrajo matrimonio al final de la Segunda Guerra Mundial. Marcella era una mujer curiosa y culta que emprendió el viaje en un barco con otras mujeres en su misma situación. Un viaje marcado por la esperanza y la ilusión. Sin embargo, a su llegada Marcella se da cuenta de que su futuro no iba a ser tan feliz y placentero como esperaba. El relato de Olschki, que comienza de manera muy positiva, pronto empieza a estar marcado por la incertidumbre y lleno de claroscuros. De cualquier forma, buena parte del discurso está marcado por la nostalgia. La autora habla de todo lo vivido en las diferentes partes del país en las que vivió – Nueva York y San Francisco principalmente – incidiendo en las particularidades de cada lugar, la forma de vida, cultura, etc. Una lectura llena de encanto.
Decir que la descripción de los italoamericanos que con el paso del tiempo van ganando posiciones en la sociedad estadounidense es un logro a valorar porque en un principio no tenían gran aprecio por los italianos, a todo ello nos narra su aventura en un barco (Vulcania) desde Italia y personajes muy interesantes como Renzino, el jazz y el gusto por las ondas radiofónicas de nuestra protagonista y el cansancio de Nueva York e irse por EE.UU. entre máquinas tragaperras, San Francisco más allá de estar devastada, un cowboy, California, Hawaii… Berkeley y que nostalgia al ir viendo secas las orquídeas secas que a uno le regalaron, más allá de las tradicionales danzas…”luau”.

La primera vez que había visto Nueva York surgía triunfante al sol, yo estaba llena de esperanzas, amaba a mi marido, me entusiasmaba la idea de iniciar mi verdadera vida de mujer en un país nuevo, rico, libre de los fantasmas horrorosos del odio, del hambre, de la muerte. Un país que no olía a guerra, a pólvora y a sangre, una tierra intacta, donde todo aquello se conocía sólo de oídas, donde nada había sido devastado, excepto el corazón de quien había perdido a un ser querido, pero muy lejos, en una realidad desconocida y ni siquiera imaginada.
En aquella tierra yo había vivido durante casi un año y medio y había conocido la soledad y la desesperación, había llorado y sufrido, había observado en mí la rendición total y el renacimiento, había maldecido mi suerte y había ensalzado mi fortuna, había encontrado amigos y amores. ¿Cómo podía ahora juzgar a aquel país, cuando las experiencias que deberían haber sido de una vida entera se habían visto constreñidas al breve transcurso de tan sólo un año y medio? Me habría gustado sacar algunas conclusiones al dejar aquel continente que me había rechazado y luego acogido.
América no era mi patria, y a menudo había criticado su mentalidad y no había comprendido su cultura, pero muchas personas me habían abierto sus brazos en los momentos difíciles, así que había encontrado ayuda y consuelo. Dejaba América con añoranza.

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