Legado De Cenizas: La Historia De La CIA — Tim Weiner / Legacy of Ashes: The History of the CIA by Tim Weiner

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Un libro recomendable porque cuenta la desastrosa formación de la CIA y ayuda a entender muchas de las cosas que ocurren hoy día. Es increíble lo que EEUU ha hecho en tantos países, y este libro lo narra perfectamente de manera entretenida. Imprescindible!. Por momentos es un retrato descarnado de la organización.

La agencia había sangrado a los soviéticos invirtiendo miles de millones de dólares en Afganistán para ayudar a combatir a las fuerzas ocupantes del Ejército Rojo. Ese fue un éxito de proporciones épicas. Pero fue incapaz de ver que los guerreros islámicos a los que apoyaba no tardarían en poner su mira en Estados Unidos, y cuando se enteró de ello, la agencia no fue capaz de actuar en consecuencia. Ese fue un fracaso que hizo época.
La percepción de tener un objetivo concreto que mantuvo a la CIA unida durante la guerra fría se deshizo en la década de 1990, bajo el mandato del presidente Clinton. La agencia contaba todavía con gente que se esforzaba en conocer el mundo, pero sus filas se hallaban ahora demasiado menguadas. Seguía habiendo hábiles agentes consagrados a servir a Estados Unidos en el extranjero, pero su número era demasiado escaso. Así, por ejemplo, el FBI tenía más agentes solo en Nueva York que la CIA en todos los países extranjeros. A finales de siglo la agencia ya no era un servicio de inteligencia independiente y a pleno rendimiento. Se estaba convirtiendo más bien en una especie de filial del Pentágono, sopesando tácticas para batallas que nunca se producían, en lugar de estrategias para la lucha que se avecinaba. Fue incapaz, pues, de evitar el segundo Pearl Harbor.
Tras los atentados de Nueva York y Washington, la agencia envió a un pequeño grupo de agentes expertos en operaciones encubiertas a Afganistán y Pakistán con la misión de dar caza a los líderes de al-Qae- da. Después perdió su papel como fuente fiable de información secreta al entregar a la Casa Blanca informes falsos sobre la existencia de armas de destrucción masiva en Irak, proporcionando una tonelada de informes basados apenas en unos gramos de inteligencia. Por su parte, el presidente Bush hijo, junto con su administración, hizo un mal uso de la agencia que antaño dirigiera orgullosamente su padre, convirtiéndola en una fuerza policial paramilitar en el extranjero y en una burocracia paralizada en su sede central.
Bush pronunció de manera despreocupada la sentencia de muerte política de la CIA en 2004, cuando dijo que la agencia solo tenía «meras suposiciones» sobre el curso de la guerra en Irak. Ningún presidente estadounidense había desdeñado jamás públicamente a la CIA de ese modo. Su papel esencial en el gobierno de Estados Unidos terminó con la disolución del cargo de director de la central de inteligencia en 2005. Ahora la CIA debe reconstruirse si pretende sobrevivir.

Se debe recordar que el término inglés intelligence no tiene exactamente las mismas acepciones que el español «inteligencia». Uno de los significados de intelligence es el de «información de valor político o militar» (Oxford) o «información relativa a un enemigo o posible enemigo» (Merriam-Webster), mientras que ningún diccionario registra una acepción equivalente para el español «inteligencia», lo que obligaría quizá a traducir intelligence simplemente por «información» o, tal vez, «información secreta», términos que no reflejan fielmente el significado del original. Sí existe, en cambio, paralelismo entre la acepción inglesa creado la Oficina de Servicios Estratégicos (Office of Stretegic Services, OSS).

El presidente Roosevelt siempre tuvo sus dudas con respecto a Donovan. Ya a principios de 1945 había ordenado a su principal asistente militar en la Casa Blanca, el coronel Richard Park Jr., que realizara una investigación secreta sobre las operaciones de la OSS durante la guerra. Cuando Park inició su labor, las filtraciones desde la Casa Blanca dieron lugar a diversos titulares en Nueva York, Chicago y Washington, donde se advertía de que Donovan pretendía crearuna «Gestapo americana». Cuando se publicó la noticia, el presidente instó a Donovan a meter sus planes bajo la alfombra; y el 6 de marzo de 1945, la Junta de Jefes del Estado Mayor les dio el carpetazo oficial. Estos querían un nuevo servicio de espionaje que sirviera al Pentágono no al presidente.
El 10 de junio de 1946, el general Hoyt Vandenberg se convirtió en el segundo director de la central de inteligencia. Vandenberg, un apuesto piloto que había coordinado la guerra aérea táctica de Eisenhower en Europa, pasaba a dirigir ahora una organización clandestina establecida en un complejo de discretos edificios de ladrillo, en un extremo del barrio washingtoniano de Foggy Bottom, sobre un pequeño risco a orillas del Potomac. Su puesto de mando se hallaba en el número 2430 de la Calle E, el antiguo cuartel general de la OSS, junto a una fábrica de gas abandonada, una fábrica de cerveza y una pista de patinaje.
Vandenberg carecía de tres herramientas esenciales: dinero, poder y personal. El Grupo Central de Inteligencia seguía siendo ilegal, al menos en opinión de Lawrence Houston, asesor jurídico general de la central de inteligencia de 1946 a 1972. Legalmente, el presidente no podía crear una agencia federal de la nada. Y sin el consentimiento del Congreso, la central de inteligencia tampoco podía gastar dinero legalmente. Y la ausencia de dinero se traducía en ausencia de poder. Vandenberg se dispuso a volver a meter a Estados Unidos en el negocio de la inteligencia.
El 12 de marzo de 1947 Truman pronunció el discurso, advirtiendo ante una sesión plenaria del Congreso de que el mundo se enfrentaba al desastre a menos que Estados Unidos combatiera al comunismo en el extranjero. Había que destinar cientos de millones de dólares a apoyar a Grecia, ahora «amenazada por las actividades terroristas de varios miles de hombres armados», según sus palabras. Sin la ayuda estadounidense, «podría extenderse el desorden por todo
Oriente Medio», se agravaría la desesperación de los países europeos, y todo el mundo libre podría quedar sumido en las tinieblas. Su credo representaba algo nuevo: «Creo que la política de Estados Unidos debe consistir en apoyar a los pueblos libres que se resisten a los intentos de subyugación por parte de minorías armadas o de presiones extranjeras». Cualquier ataque de un enemigo de la nación estadounidense a cualquier país del mundo era un ataque a Estados Unidos. Era la que se conocería como Doctrina Truman. El Congreso en pleno se
puso en pie y prorrumpió en una ovación. Un río de millones de dólares empezó a fluir hacia Grecia, junto con barcos
de guerra, soldados, cañones, munición, napalm y espías. Atenas no tardó en convertirse en gran beneficiado.

La CIA se convertiría entonces en «una organización de inteligencia entre pobre y mediocre prácticamente a perpetuidad». Esos mismos mensajes podrían haberse escrito medio siglo después, ya que describían de manera precisa los infortunios de la agencia en la década posterior a la caída del comunismo soviético. Escaseaban en sus filas los estadounidenses capacitados, mientras que el número de agentes extranjeros de talento era casi nulo. Pero las capacidades de la CIA no eran el único problema; las presiones de la guerra fría estaban quebrantando asimismo a los nuevos líderes del estamento de la seguridad nacional.
James Forrestal y George Kennan habían sido los creadores y responsables de las operaciones encubiertas de la CIA. Pero se habían revelado incapaces de controlar la maquinaria que ellos mismos habían puesto en marcha.

En noviembre de 1961, en medio del mayor de los secretismos, John y Bobby Kennedy crearon una nueva célula de planificación de acción encubierta, denominada esta vez Grupo Especial (Aumentado). Era idea de Robert y tenía una misión concreta: eliminar a Castro. La noche del 20 de noviembre, nueve días antes de que jurara su cargo de director. Los Kennedy tenían nuevas ideas sobre el modo en que él y la CIA habían de servir a los intereses estadounidenses. El día en que juró su cargo ante el presidente Kennedy, descubrió que él, junto con Robert Kennedy y el empalagoso general Lansdale, pasaban a encargarse de Castro.
La Casa Blanca de Kennedy había ordenado en dos ocasiones a la CIA que creara un escuadrón de asesinos. En 1975, sometido a un meticuloso interrogatorio por parte de los investigadores del Senado y de una comisión presidencial, Richard Bissell declararía que aquellas órdenes procedían del asesor de seguridad nacional, McGeorge Bundy, y de su ayudante, Walt Rostow, y que los hombres del presidente «no habrían alentado tal cosa a menos que confiaran en que gozaba de la aprobación presidencial». Bissell le había transmitido la orden a Bill Harvey, que hizo lo que se le dijo.
En febrero de 1962, Harvey creó un programa de «acción ejecutiva», con el nombre clave de «Rifle», y contrató los servicios de un agente extranjero, un hombre que residía en Luxemburgo pero que era apátrida, para que trabajara en la División D. Harvey tenía la intención de utilizarlo para matar a Fidel Castro.
En abril de 1962, y según muestran los archivos de la CIA, Harvey adoptó un nuevo enfoque. Primero se reunió con el gánster John Rosselli en Nueva York.
Luego recogió un nuevo lote de pildoras venenosas, destinadas a ser deslizadas en el café o el té de Castro, de manos del doctor Edward Gunn, jefe de la división de operaciones de la Oficina de Servicios Médicos de la CIA. Después se dirigió a Miami y se las entregó a Rosselli, junto con un camión lleno de armas.
El 7 de mayo de 1962, el fiscal general fue informado plenamente sobre el Proyecto Rifle por el asesor jurídico general de la CIA, Lawrence Houston.
Red White, el director ejecutivo de la CIA—. Se bebía una bañera de martinis.» White recordaría haberse reunido en el despacho de Helms con Des FitzGerald y Jim Angleton en la última semana de mayo de 1967. El tema había sido qué hacer con Harvey. Lo sacaron de la agencia con el mayor cuidado y trataron de asegurarse de que tuviera una jubilación tranquila. El director de seguridad de la CIA, Howard Osbom, se llevó al desmejorado agente a comer y luego informó de «su extremada amargura con respecto a la agencia y el director», y su predisposición a chantajearles a ambos si le acorralaban. Antes de morir, Harvey reaparecería para atormentar a la agencia.

Henry Kissinger iba a ser el próximo asesor de seguridad nacional ganara quien ganara la
carrera electoral, ya que Kissinger había sido a la vez asesor confidencial de Nixon y de Humphrey, Ninguno de los dos hombres consideró a ningún otro candidato para el puesto.
El informe secreto del Grupo de Estudio de Operaciones Encubiertas se fechó el primero de diciembre de 1968. Una de sus recomendaciones agradó especialmente a Kissinger; aconsejaba que el nuevo presidente otorgara a un alto funcionario de la Casa Blanca la responsabilidad de supervisar todas las operaciones encubiertas. Pero Kissinger no se limitaría a supervisarlas, sino que las dirigiría.
La misión de Cushman consistía en espiar a los espías estadounidenses para el presidente de Estados Unidos. Ansiosa por ganarse el favor del nuevo presidente, la CIA enviaba a Nixon los mismos resúmenes diarios de inteligencia que había recibido Lyndon Johnson. Pero estos se amontonaban sin que nadie los leyera en la caja fuerte de la suite de Nixon en el piso treinta y nueve del hotel Pierre de Nueva York. El montón siguió creciendo durante un mes, hasta que Kissinger avisó en diciembre de que Nixon no se los miraba, y dejó claro que a partir de entonces
cualquier cosa que la agencia quisiera comunicarle al presidente habría de pasar a el.
Desde el primer momento, Kissinger ejerció un control cada vez más férreo sobre las operaciones de la CIA. En 1967 y 1968, los supervisores de la agencia en el Comité 303 habían sostenido vividos debates sobre el rumbo de la acción encubierta. Aquellos tiempos habían pasado. Kissinger dominaba ahora a todos los demás miembros del comité: Helms, el fiscal general John Mitchell y los funcionarios número dos del Departamento de Estado y el Pentágono. Aquello se convirtió en un monólogo; durante un período de treinta y dos meses, el comité aprobó técnicamente casi cuarenta operaciones encubiertas, pero en realidad no llegó a reunirse ni una sola vez. En total, más de las tres cuartas partes de los programas de acción encubierta de la administración Nixon no llegaron a ser oficialmente considerados por el comité. Las operaciones «en negro» de Estados Unidos fueron aprobadas por Henry Kissinger.
En 1969, como es bien sabido, el presidente puso escuchas telefónicas a ciudadanos particulares para interrumpir las filtraciones de noticias y controlar el flujo de información producida en el seno del gobierno. Su asesor de seguridad nacional fue aún más allá; Kissinger utilizó también a la CIA para espiar a los estadounidenses, un hecho que hasta ahora ha escapado a la atención de la historia.
Nixon y Kissinger operaban en un nivel de clandestinidad que iba más lejos aún que el de la CIA. Cuando trataban con los enemigos de Estados Unidos —negociando en secreto con los soviéticos, los chinos o los norvietnamitas—, la CIA sabía poco o nada de ello. Había una razón: la Casa Blanca no se creía una gran parte de lo que decían los expertos de la CIA sobre las fuerzas del comunismo, especialmente las estimaciones de la agencia con respecto a la potencia militar de la Unión Soviética.
«No pretendo decir que mientan con respecto a la información de inteligencia o que la distorsionen, pero quiero que sean ustedes muy cuidadosos a la hora de separar los hechos de las opiniones», le dijo Nixon a Helms en una reunión del Consejo de Seguridad Nacional celebrada el 18 de junio de 1969.

A lo largo de 1969 y 1970, Nixon y Kissinger concentraron los esfuerzos de la CIA en la extensión secreta de la guerra en el sudeste asiático.27 Ordenaron a la agencia que entregara 725.000 dólares en sobornos políticos al presidente survietnamita Thieu, que manipulara los medios de comunicación de Saigón, que amañara las elecciones en Tailandia y que incrementara los ataques de comandos encubiertos en Vietnam del Norte, Camboya y Laos.
En un crudo despacho enviado la víspera de un viaje que llevaría a Nixon por todo el sudeste asiático, Helms le habló al presidente de la larga guerra de la CIA en Laos. La agencia —-le recordaba Nixon— «mantenía una fuerza irregular encubierta de un total de 39.000 hombres que han llevado una parte importante de la lucha activa» contra los comunistas.
En agosto de 1969, la agencia pidió otros 2,5 millones de dólares para apoyar a los insurgentes tibetanos durante el año siguiente, calificando al grupo paramilitar de mil ochocientos hombres como «una fuerza que podría emplearse plenamente en el caso de hostilidades» contra China. «¿Tiene eso algún beneficio directo para nosotros?», preguntó Kissinger. Y él mismo respondió:
aunque se mantuvo la subvención de la CIA al dalái lama, se abandonó el apoyo a la resistencia tibetana.
Luego Kissinger dio al traste con lo que quedaba de los veinte años deesfuerzos de la CIA para realizar operaciones clandestinas contra China.
En la Casa Blanca estaban furiosos por el fracaso de la agencia a la hora de detener a Allende. El presidente y sus hombres creían que dentro de la CIA existía un contubernio progresista que había saboteado la acción encubierta en Chile. Alexander Haig, ahora general e indispensable mano derecha de Kissinger, dijo que la operación había fracasado debido a que los agentes de la CIA habían dejado que sus sentimientos políticos «impregnaran sus evaluaciones definitivas y sus propuestas de acción correctiva en el ámbito encubierto».

Tras denunciar públicamente todo lo que representaba Jimmy Cárter, Reagan y Casey suscribieron siete grandes programas de acción encubierta que él había iniciado. Los envíos de armas a Afganistán y los programas de guerra política para respaldar a los disidentes de la Unión Soviética, Polonia y Checoslovaquia se contarían entre las operaciones de la CIA más importantes durante la guerra fría. Pero Casey estaba más interesado en una verdadera guerra que se libraba en el «patio trasero» de Estados Unidos.

A excepción de un círculo muy pequeño en la CIA y la Casa Blanca, nadie sabía lo que estaba haciendo en Irán. North había solucionado la parte dineraria del trueque de armas por rehenes. El Pentágono transferiría varios miles de misiles TOW a la CIA. El coste para la agencia era una ganga, solo 3.469 dólares por misil, un hecho crucial que muy pocas personas conocían. Secord, en nombre de la CIA, pagaría 10.000 dólares la unidad, generando 6.531 dólares de beneficios brutos; tras embolsarse su parte, luego transfería el importe neto a la Contra nicaragüense. Por su parte Ghorbanifar cubriría el coste de 10.000 dólares y algo más de propina subiendo de nuevo el precio de los misiles a la hora de vendérselos a los iraníes. En función del número de armas que Estados Unidos pudiera venderle a Teherán, la Contra podía llegar a obtener millones de dólares.
A finales de enero, el secretario de Defensa Weinberger ordenó a su principal asesor, el futuro secretario de Estado Colín Powell, que transfiriera un millar de misiles TOW de un almacén del Pentágono poniéndolos bajo la custodia de la CIA. En febrero, los misiles llegaban a Irán de la mano de Richard Secord y Manucher Ghorbanifar. El intermediario iraní aumentó generosamente el precio antes de que las armas llegaran a Teherán. Cuando llegó el dinero, la CIA reembolsó al Pentágono utilizando una técnica muy familiar para todos los blanqueadores de dinero: dividir las cantidades en cheques de 999.999,99 dólares, dado que las transferencias de la CIA de un millón de dólares o más requerían una notificación legal rutinaria al Congreso. Secord recibió 10 millones de dólares de manos de Ghorbanifar por los mil misiles. La mayor parte de los beneficios obtenidos se destinaron a la Contra.

¿Cuál es la mayor amenaza a la que hoy nos enfrentamos? —se preguntaba recientemente Colín Powell—. La gente dirá que es el terrorismo. Pero ¿hay algún terrorista en el mundo que pueda cambiar el modo de vida o el sistema político de Estados Unidos? No. ¿Puede echar abajo un edificio? Sí. ¿Puede matar a alguien? Sí. Pero ¿puede cambiarnos? No. Solo nosotros podemos cambiarnos … Lo único que de verdad puede destruirnos somos nosotros mismos. Pero no debemos hacernos eso, ni debemos utilizar el temor con fines políticos, asustando de muerte a la gente para que te vote, o asustando de muerte a la gente para que podamos crear un complejo industrial-de terror.»
El nuevo presidente deberá prestar una atención inmediata y sostenida al corazón y al alma de la CIA, a los espías de su servicio clandestino y a los analistas de su dirección de inteligencia. Aunque la agencia tiene un historial casi perfecto de resistencia frente a los cambios fundamentales sugeridos por las comisiones presidenciales y los grupos de expertos, tratará de satisfacer los requerimientos del presidente.
Y hasta ahora la CIA no se la ha proporcionado. Lo que le ha proporcionado, en cambio, quedaba muy bien descrito en la comisión presidencial de 2005 sobre la inteligencia estadounidense y el fiasco de Irak, cuyos miembros pudieron leer todas las copias relevantes del denominado «Resumen Diario para el Presidente» (RDP), así como de su informe complementario de más amplia distribución, el llamado «Resumen de Inteligencia para Altos Cargos» (RIAC).
«Esos informes diarios —concluía la comisión, como ya hemos apuntado— resultaban, en el mejor de los casos, más alarmistas y menos comedidos» que el resto de los informes de la CIA. «No era que la información de inteligencia fuera marcadamente distinta, sino más bien que los RDP y los RIAC, con sus titulares orientados a llamar la atención y sus machaconas repeticiones, daban la impresión de que había muchos informes corroborativos cuando lo cierto era que existían muy pocas fuentes … De maneras a veces sutiles y otras no tan sutiles, los informes diarios parecían estar «vendiendo» la información de inteligencia a fin de mantener interesados a sus clientes, o al menos a su Primer Cliente.»
Pero el presidente Bush y el Pentágono no compraron lo que la CIA decía…

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A recommended book because it tells the disastrous formation of the CIA and helps to understand many of the things that happen today. It’s amazing what the US has done in so many countries, and this book tells it perfectly in an entertaining way. Essential!. At times it is a stark portrait of the organization.

The agency had bled the Soviets by investing billions of dollars in Afghanistan to help fight the occupying forces of the Red Army. That was a success of epic proportions. But he was unable to see that the Islamic warriors he supported would soon take their sights on the United States, and when he found out about it, the agency was not able to act on it. That was a failure that made epoch.
The perception of having a concrete goal that kept the CIA together during the Cold War was undone in the 1990s, under President Clinton. The agency still had people struggling to get to know the world, but their ranks were now too small. There were still skilled agents devoted to serving the United States abroad, but their number was too small. Thus, for example, the FBI had more agents only in New York than the CIA in all foreign countries. At the end of the century the agency was no longer an independent intelligence service and at full capacity. It was becoming more of a kind of Pentagon branch, weighing tactics for battles that never happened, rather than strategies for the coming struggle. He was unable, then, to avoid the second Pearl Harbor.
After the attacks in New York and Washington, the agency sent a small group of covert operative agents to Afghanistan and Pakistan with the mission to hunt down the leaders of al-Qaeda. He later lost his role as a reliable source of secret information by handing false reports to the White House about the existence of weapons of mass destruction in Iraq, providing a ton of reports based on just a few grams of intelligence. For his part, President Bush Jr., along with his administration, misused the agency that once proudly ran his father, turning him into a paramilitary police force abroad and in a bureaucracy paralyzed at its headquarters.
Bush blithely delivered the CIA’s political death sentence in 2004, when he said the agency only had «mere suppositions» about the course of the war in Iraq. No American president had ever publicly scorned the CIA in that way. His essential role in the government of the United States ended with the dissolution of the position of director of the intelligence center in 2005. Now the CIA must rebuild if it wants to survive.

It should be remembered that the English term intelligence does not have exactly the same meanings as the Spanish «intelligence». One of the meanings of intelligence is that of «information of political or military value» (Oxford) or «Information relative to an enemy or possible enemy» (Merriam-Webster), while no dictionary registers an equivalent meaning for the Spanish «intelligence», which might force to translate intelligence simply by «Information» or, perhaps, «secret information», terms that do not faithfully reflect the meaning of the original. However, there is a parallel between the English definition created by the Office of Strategic Services (Office of Stretegic Services, OSS).

President Roosevelt always had his doubts about Donovan. By early 1945 he had ordered his chief military assistant in the White House, Colonel Richard Park Jr., to conduct a secret investigation into OSS operations during the war. When Park began his work, leaks from the White House gave rise to several headlines in New York, Chicago and Washington, where it was warned that Donovan intended to create an «American Gestapo.» When the news was published, the president urged Donovan to put his plans under the carpet; and on March 6, 1945, the Board of Chiefs of Staff gave them the official shelves. They wanted a new espionage service that would serve the Pentagon not the president.
On June 10, 1946, General Hoyt Vandenberg became the second director of the intelligence center. Vandenberg, a handsome pilot who had coordinated Eisenhower’s tactical air warfare in Europe, went on to direct now a clandestine organization established in a complex of discreet brick buildings, at one end of the Washington neighborhood of Foggy Bottom, on a small cliff on the banks of the Potomac. His command post was located at 2430 E Street, the former headquarters of the OSS, next to an abandoned gas factory, a brewery and a skating rink.
Vandenberg lacked three essential tools: money, power and personnel. The Central Intelligence Group remained illegal, at least in the opinion of Lawrence Houston, general counsel for the intelligence center from 1946 to 1972. Legally, the president could not create a federal agency out of thin air. And without the consent of Congress, the intelligence center could not spend money legally either. And the absence of money translated into the absence of power. Vandenberg set out to put the United States back into the intelligence business.
On March 12, 1947 Truman delivered the speech, warning before a plenary session of Congress that the world was facing disaster unless the United States fought communism abroad. Hundreds of millions of dollars had to be allocated to support Greece, now «threatened by the terrorist activities of several thousand armed men,» according to her words. Without American help, «disorder could spread throughout Middle East », the desperation of the European countries would worsen, and all the free world could be plunged into darkness. His creed represented something new: «I believe that the policy of the United States should consist in supporting the free peoples who resist the attempts of subjugation by armed minorities or foreign pressures.» Any attack by an enemy of the American nation to any country in the world was an attack on the United States. It was what would be known as the Truman Doctrine. The Congress in full
He stood up and gave a standing ovation. A river of millions of dollars began to flow towards Greece, along with ships
of war, soldiers, guns, ammunition, napalm and spies. Athens soon became a great beneficiary.

The CIA would then become «an organization of intelligence between poor and mediocre practically in perpetuity.» Those same messages could have been written half a century later, because they described precisely the misfortunes of the agency in the decade after the fall of Soviet communism. Skilled Americans were in their ranks, while the number of talented foreign agents was almost nil. But the capabilities of the CIA were not the only problem; the pressures of the cold war were also breaking the new leaders of the national security establishment.
James Forrestal and George Kennan had been the creators and responsible for the covert operations of the CIA. But they had proved incapable of controlling the machinery they had set in motion themselves.

In November 1961, in the midst of the greatest secrecy, John and Bobby Kennedy created a new covert action planning cell, called this time Special Group (Increased). It was Robert’s idea and he had a specific mission: eliminate Castro. The night of November 20, nine days before he was sworn in as director. The Kennedys had new ideas about how he and the CIA were to serve American interests. On the day he was sworn in before President Kennedy, he discovered that he, along with Robert Kennedy and the cloying general Lansdale, was taking over Castro.
The Kennedy White House had twice ordered the CIA to create a squad of assassins. In 1975, subjected to meticulous questioning by Senate investigators and a presidential commission, Richard Bissell would declare that those orders came from national security adviser McGeorge Bundy and his assistant, Walt Rostow, and that the men of the President «would not have encouraged such a thing unless they trusted that it enjoyed presidential approval.»
Bissell had conveyed the order to Bill Harvey, who did as he was told.
In February 1962, Harvey created an «executive action» program, code-named «Rifle,» and hired the services of a foreign agent, a man who resided in Luxembourg but was a stateless person, to work in the Division. D. Harvey intended to use it to kill Fidel Castro.
In April 1962, and as the CIA files show, Harvey took a new approach. First he met with the gangster John Rosselli in New York.
Then he picked up a new batch of poisonous pills, destined to be slipped into Castro’s coffee or tea, by Dr. Edward Gunn, chief of the operations division of the CIA’s Office of Medical Services. Then he went to Miami and handed them to Rosselli, along with a truck full of weapons.
On May 7, 1962, the attorney general was fully informed about the Rifle Project by the CIA’s general counsel, Lawrence Houston.
Red White, the executive director of the CIA. He drank a tub of martinis. «White would recall meeting in Helms’s office with Des FitzGerald and Jim Angleton in the last week of May 1967. The issue had been what to do with Harvey. They took him out of the agency with the greatest care and tried to make sure he had a quiet retirement. CIA security director Howard Osbom took the demented officer to lunch and then reported «his extreme bitterness regarding the agency and the director,» and his willingness to blackmail them both if they cornered him. Before dying, Harvey would reappear to torment the agency.

Henry Kissinger was going to be the next national security adviser to win who would win the
electoral race, since Kissinger had been at the same time confidential adviser of Nixon and Humphrey, Neither of the two men considered any other candidate for the position.
The secret report of the Undercover Operations Study Group was dated December 1, 1968. One of its recommendations was especially pleasing to Kissinger; He advised the new president to give a senior White House official the responsibility of overseeing all covert operations. But Kissinger would not just monitor them, he would direct them.
Cushman’s mission was to spy on American spies for the president of the United States. Eager to win the favor of the new president, the CIA sent Nixon the same daily intelligence summaries that Lyndon Johnson had received. But these were piled up without anyone reading them in the safe in Nixon’s suite on the thirty-ninth floor of the Pierre Hotel in New York. The pile continued to grow for a month, until Kissinger warned in December that Nixon was not looking at them, and made it clear that thereafter
anything the agency wanted to communicate to the president would have to go to him.
From the first moment, Kissinger exercised an increasingly rigid control over the operations of the CIA. In 1967 and 1968, agency supervisors on Committee 303 had held lively debates about the course of covert action. Those times had passed. Kissinger now dominated all the other committee members: Helms, Attorney General John Mitchell and the number two officials of the State Department and the Pentagon. That became a monologue; for a period of thirty-two months, the committee technically approved almost forty covert operations, but in reality it did not even meet once. In total, more than three-quarters of the undercover action programs of the Nixon administration were not officially considered by the committee. The «black» operations of the United States were approved by Henry Kissinger.
Nixon and Kissinger operated on a clandestine level that went even further than that of the CIA. When dealing with the enemies of the United States-secretly negotiating with the Soviets, the Chinese, or the North Vietnamese-the CIA knew little or nothing about it. There was a reason: the White House did not believe much of what the CIA experts said about the forces of communism, especially the estimates of the agency regarding the military power of the Soviet Union.
«I do not mean to lie about intelligence or distort it, but I want you to be very careful when separating facts from opinions,» Nixon told Helms at a meeting of the National Security Council. held on June 18, 1969.

Throughout 1969 and 1970, Nixon and Kissinger concentrated the CIA’s efforts on the secret extension of the war in Southeast Asia.27 They ordered the agency to hand over $ 725,000 in political bribes to South Vietnamese President Thieu, who manipulated the media of Saigon, which rigged the elections in Thailand and increased the attacks of covert commandos in North Vietnam, Cambodia and Laos.
In a crude dispatch sent on the eve of a trip that would take Nixon across Southeast Asia, Helms spoke to the president of the long-running CIA war in Laos. The agency, Nixon reminded him, «maintained an irregular covert force of a total of 39,000 men who have carried out an important part of the active struggle» against the Communists.
In August 1969, the agency asked for another $ 2.5 million to support Tibetan insurgents during the following year, calling the paramilitary group of 1800 men «a force that could be fully employed in the case of hostilities» against China. . «Does that have any direct benefit for us?» Kissinger asked. And he replied:
Although the CIA grant was maintained to the Dalai Lama, support for the Tibetan resistance was abandoned.
Then Kissinger put an end to what remained of the twenty years of the CIA’s efforts to carry out clandestine operations against China.
In the White House they were furious at the failure of the agency to stop Allende. The president and his men believed that within the CIA there was a progressive conspiracy that had sabotaged the covert action in Chile. Alexander Haig, now Kissinger’s general and indispensable right-hand man, said the operation had failed because CIA agents had let their political feelings «permeate their final assessments and their proposals for corrective action in the covert field.»

After publicly denouncing everything Jimmy Carter represented, Reagan and Casey signed seven major covert action programs that he had initiated. Arms shipments to Afghanistan and political warfare programs to support dissidents from the Soviet Union, Poland and Czechoslovakia would be among the most important CIA operations during the Cold War. But Casey was more interested in a real war that was fought in the «backyard» of the United States.

Except for a very small circle in the CIA and the White House, nobody knew what he was doing in Iran. North had settled the money part of the exchange of arms for hostages. The Pentagon would transfer several thousand TOW missiles to the CIA. The cost to the agency was a bargain, only $ 3,469 per missile, a crucial fact that very few people knew. Secord, on behalf of the CIA, would pay $ 10,000 a unit, generating $ 6,531 of gross benefits; After pocketing his part, he then transferred the net amount to the Nicaraguan Contra. For its part Ghorbanifar would cover the cost of $ 10,000 and a bit more tip raising the price of the missiles again when selling them to the Iranians. Depending on the number of weapons that the United States could sell to Tehran, the Contra could get millions of dollars.
At the end of January, Defense Secretary Weinberger ordered his chief adviser, future Secretary of State Colin Powell, to transfer a thousand TOW missiles from a Pentagon warehouse into the custody of the CIA. In February, the missiles arrived in Iran from the hand of Richard Secord and Manucher Ghorbanifar. The Iranian broker generously increased the price before the weapons arrived in Tehran. When the money arrived, the CIA reimbursed the Pentagon using a very familiar technique for all money launderers: divide the amounts into checks of $ 999,999.99, since CIA transfers of $ 1 million or more required a notification legal routine to Congress. Secord received 10 million dollars from Ghorbanifar for the thousand missiles. Most of the profits obtained went to the Contra.

What is the biggest threat we face today? Colin Powell wondered recently. People will say what terrorism is. But is there a terrorist in the world that can change the way of life or the political system of the United States? No. Can it tear down a building? Yes. Can he kill someone? Yes. But can you change us? No. Only we can change ourselves … The only thing that can really destroy us is ourselves. But we should not do that to ourselves, nor should we use fear for political ends, scare people to death to vote for you, or scare people to death so we can create an industrial-terror complex. »
The new president must pay immediate and sustained attention to the heart and soul of the CIA, to the spies of his clandestine service and to the analysts of his intelligence directorate. Although the agency has an almost perfect record of resistance to the fundamental changes suggested by presidential commissions and expert groups, it will try to meet the president’s requirements.
And so far the CIA has not provided it. What it has provided, on the other hand, was very well described in the 2005 presidential commission on US intelligence and the Iraq fiasco, whose members were able to read all the relevant copies of the so-called «Daily President’s Report» (RDP), as well as its more widely distributed supplementary report, the so-called «High Intelligence Intelligence Summary» (RIAC).
«These daily reports,» the commission concluded, as we have already pointed out, «were, in the best of cases, more alarmist and less measured» than the rest of the CIA reports. «It was not that the intelligence was markedly different, but rather that the RDPs and the RIACs, with their headlines aimed at attracting attention and their repetitive repetitions, gave the impression that there were many corroborative reports when it was true that they existed. very few sources … In sometimes subtle ways and others not so subtle, the daily reports seemed to be «selling» the intelligence information in order to keep their customers interested, or at least their First Client. »
But President Bush and the Pentagon did not buy what the CIA said …

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