Legado De Cenizas: La Historia De La CIA — Tim Weiner

Un libro recomendable porque cuenta la desastrosa formación de la CIA y ayuda a entender muchas de las cosas que ocurren hoy día. Es increíble lo que EEUU ha hecho en tantos países, y este libro lo narra perfectamente de manera entretenida. Imprescindible!. Por momentos es un retrato descarnado de la organización.

La agencia había sangrado a los soviéticos invirtiendo miles de millones de dólares en Afganistán para ayudar a combatir a las fuerzas ocupantes del Ejército Rojo. Ese fue un éxito de proporciones épicas. Pero fue incapaz de ver que los guerreros islámicos a los que apoyaba no tardarían en poner su mira en Estados Unidos, y cuando se enteró de ello, la agencia no fue capaz de actuar en consecuencia. Ese fue un fracaso que hizo época.
La percepción de tener un objetivo concreto que mantuvo a la CIA unida durante la guerra fría se deshizo en la década de 1990, bajo el mandato del presidente Clinton. La agencia contaba todavía con gente que se esforzaba en conocer el mundo, pero sus filas se hallaban ahora demasiado menguadas. Seguía habiendo hábiles agentes consagrados a servir a Estados Unidos en el extranjero, pero su número era demasiado escaso. Así, por ejemplo, el FBI tenía más agentes solo en Nueva York que la CIA en todos los países extranjeros. A finales de siglo la agencia ya no era un servicio de inteligencia independiente y a pleno rendimiento. Se estaba convirtiendo más bien en una especie de filial del Pentágono, sopesando tácticas para batallas que nunca se producían, en lugar de estrategias para la lucha que se avecinaba. Fue incapaz, pues, de evitar el segundo Pearl Harbor.
Tras los atentados de Nueva York y Washington, la agencia envió a un pequeño grupo de agentes expertos en operaciones encubiertas a Afganistán y Pakistán con la misión de dar caza a los líderes de al-Qae- da. Después perdió su papel como fuente fiable de información secreta al entregar a la Casa Blanca informes falsos sobre la existencia de armas de destrucción masiva en Irak, proporcionando una tonelada de informes basados apenas en unos gramos de inteligencia. Por su parte, el presidente Bush hijo, junto con su administración, hizo un mal uso de la agencia que antaño dirigiera orgullosamente su padre, convirtiéndola en una fuerza policial paramilitar en el extranjero y en una
burocracia paralizada en su sede central.
Bush pronunció de manera despreocupada la sentencia de muerte política de la CIA en 2004, cuando dijo que la agencia solo tenía «meras suposiciones» sobre el curso de la guerra en Irak. Ningún presidente estadounidense había desdeñado jamás públicamente a la CIA de ese modo. Su papel esencial en el gobierno de Estados Unidos terminó con la disolución
del cargo de director de la central de inteligencia en 2005. Ahora la CIA debe reconstruirse si pretende sobrevivir.

Se debe recordar que el término inglés intelligence no tiene exactamente las mismas acepciones que el español «inteligencia». Uno de los significados de intelligence es el de «información de valor político o militar» (Oxford) o
«información relativa a un enemigo o posible enemigo» (Merriam-Webster), mientras que ningún diccionario registra una acepción equivalente para el español «inteligencia», lo que obligaría quizá a traducir intelligence simplemente por
«información» o, tal vez, «información secreta», términos que no reflejan fielmente el significado del original. Sí existe, en cambio, paralelismo entre la acepción inglesa creado la Oficina de Servicios Estratégicos (Office of Stretegic Services, OSS).

El presidente Roosevelt siempre tuvo sus dudas con respecto a Donovan. Ya a principios de 1945 había ordenado a su principal asistente militar en la Casa Blanca, el coronel Richard Park Jr., que realizara una investigación secreta sobre las operaciones de la OSS durante la guerra. Cuando Park inició su labor, las filtraciones desde la Casa Blanca dieron lugar a diversos titulares en Nueva York, Chicago y Washington, donde se advertía de que Donovan pretendía crearuna «Gestapo americana». Cuando se publicó la noticia, el presidente instó a Donovan a meter sus planes bajo la alfombra; y el 6 de marzo de 1945, la Junta de Jefes del Estado Mayor les dio el carpetazo oficial. Estos querían un nuevo servicio de espionaje que sirviera al Pentágono no al presidente.
El 10 de junio de 1946, el general Hoyt Vandenberg se convirtió en el segundo director de la central de inteligencia. Vandenberg, un apuesto piloto que había coordinado la guerra aérea táctica de Eisenhower en Europa, pasaba a dirigir
ahora una organización clandestina establecida en un complejo de discretos edificios de ladrillo, en un extremo del barrio washingtoniano de Foggy Bottom, sobre un pequeño risco a orillas del Potomac. Su puesto de mando se hallaba en el número 2430 de la Calle E, el antiguo cuartel general de la OSS, junto a una fábrica de gas abandonada, una fábrica de cerveza y una pista de patinaje.
Vandenberg carecía de tres herramientas esenciales: dinero, poder y personal. El Grupo Central de Inteligencia seguía siendo ilegal, al menos en opinión de Lawrence Houston, asesor jurídico general de la central de inteligencia de 1946 a 1972. Legalmente, el presidente no podía crear una agencia federal de la nada. Y sin el consentimiento del Congreso, la central de inteligencia tampoco podía gastar dinero legalmente. Y la ausencia de dinero se traducía en ausencia de poder.
Vandenberg se dispuso a volver a meter a Estados Unidos en el negocio de la inteligencia.
El 12 de marzo de 1947 Truman pronunció el discurso, advirtiendo ante una sesión plenaria del Congreso de que el mundo se enfrentaba al desastre a menos que Estados Unidos combatiera al comunismo en el extranjero. Había que destinar cientos de millones de dólares a apoyar a Grecia, ahora «amenazada por las actividades terroristas de varios miles de hombres armados», según sus palabras. Sin la ayuda estadounidense, «podría extenderse el desorden por todo
Oriente Medio», se agravaría la desesperación de los países europeos, y todo el mundo libre podría quedar sumido en las tinieblas. Su credo representaba algo nuevo: «Creo que la política de Estados Unidos debe consistir en apoyar a los pueblos libres que se resisten a los intentos de subyugación por parte de minorías armadas o de presiones extranjeras». Cualquier ataque de un enemigo de la nación estadounidense a cualquier país del mundo era un ataque a Estados Unidos. Era la que se conocería como Doctrina Truman. El Congreso en pleno se
puso en pie y prorrumpió en una ovación. Un río de millones de dólares empezó a fluir hacia Grecia, junto con barcos
de guerra, soldados, cañones, munición, napalm y espías. Atenas no tardó en convertirse en gran beneficiado.

La CIA se convertiría entonces en «una organización de inteligencia entre pobre y mediocre prácticamente a perpetuidad». Esos mismos mensajes podrían haberse escrito medio siglo después, ya que describían de manera precisa
los infortunios de la agencia en la década posterior a la caída del comunismo soviético. Escaseaban en sus filas los estadounidenses capacitados, mientras que el número de agentes extranjeros de talento era casi nulo. Pero las capacidades de la CIA no eran el único problema; las presiones de la guerra fría estaban quebrantando asimismo a los nuevos líderes del estamento de la seguridad nacional.
James Forrestal y George Kennan habían sido los creadores y responsables de las operaciones encubiertas de la CIA. Pero se habían revelado incapaces de controlar la maquinaria que ellos mismos habían puesto en marcha.

En noviembre de 1961, en medio del mayor de los secretismos, John y Bobby Kennedy crearon una nueva célula de planificación de acción encubierta, denominada esta vez Grupo Especial (Aumentado). Era idea de Robert y tenía
una misión concreta: eliminar a Castro. La noche del 20 de noviembre, nueve días antes de que jurara su cargo de director. Los Kennedy tenían nuevas ideas sobre el modo en que él y la CIA habían de servir a los intereses estadounidenses. El día en que juró su cargo ante el presidente Kennedy, descubrió que él, junto con Robert Kennedy y el empalagoso general Lansdale, pasaban a encargarse de Castro.
La Casa Blanca de Kennedy había ordenado en dos ocasiones a la CIA que creara un escuadrón de asesinos. En 1975, sometido a un meticuloso interrogatorio por parte de los investigadores del Senado y de una comisión presidencial, Richard Bissell declararía que aquellas órdenes procedían del asesor de seguridad nacional, McGeorge Bundy, y de su ayudante, Walt Rostow, y que los hombres del presidente «no habrían alentado tal cosa a menos que confiaran en que gozaba de la aprobación presidencial».
Bissell le había transmitido la orden a Bill Harvey, que hizo lo que se le dijo.
En febrero de 1962, Harvey creó un programa de «acción ejecutiva», con el nombre clave de «Rifle», y contrató los servicios de un agente extranjero, un hombre que residía en Luxemburgo pero que era apátrida, para que trabajara en la División D. Harvey tenía la intención de utilizarlo para matar a Fidel Castro.
En abril de 1962, y según muestran los archivos de la CIA, Harvey adoptó un nuevo enfoque. Primero se reunió con el gánster John Rosselli en Nueva York.
Luego recogió un nuevo lote de pildoras venenosas, destinadas a ser deslizadas en el café o el té de Castro, de manos del doctor Edward Gunn, jefe de la división de operaciones de la Oficina de Servicios Médicos de la CIA. Después se dirigió a Miami y se las entregó a Rosselli, junto con un camión lleno de armas.
El 7 de mayo de 1962, el fiscal general fue informado plenamente sobre el Proyecto Rifle por el asesor jurídico general de la CIA, Lawrence Houston.
Red White, el director ejecutivo de la CIA—. Se bebía una bañera de martinis.» White recordaría haberse reunido en el despacho de Helms con Des FitzGerald y Jim Angleton en la última semana de mayo de 1967. El tema había sido qué hacer
con Harvey. Lo sacaron de la agencia con el mayor cuidado y trataron de asegurarse de que tuviera una jubilación tranquila. El director de seguridad de la CIA, Howard Osbom, se llevó al desmejorado agente a comer y luego informó de «su extremada amargura con respecto a la agencia y el director», y su predisposición a chantajearles a ambos si le acorralaban. Antes de morir, Harvey reaparecería para atormentar a la agencia.

Henry Kissinger iba a ser el próximo asesor de seguridad nacional ganara quien ganara la
carrera electoral, ya que Kissinger había sido a la vez asesor confidencial de Nixon y de Humphrey, Ninguno de los dos hombres consideró a ningún otro candidato para el puesto.
El informe secreto del Grupo de Estudio de Operaciones Encubiertas se fechó el primero de diciembre de 1968. Una de sus recomendaciones agradó especialmente a Kissinger; aconsejaba que el nuevo presidente otorgara a un alto funcionario de la Casa Blanca la responsabilidad de supervisar todas las operaciones encubiertas. Pero Kissinger no se limitaría a supervisarlas, sino que las dirigiría.
La misión de Cushman consistía en espiar a los espías estadounidenses para el presidente de Estados Unidos. Ansiosa por ganarse el favor del nuevo presidente, la CIA enviaba a Nixon los mismos resúmenes diarios de inteligencia que había recibido Lyndon Johnson. Pero estos se amontonaban sin que nadie los leyera en la caja fuerte de la suite de Nixon en el piso treinta y nueve del hotel Pierre de Nueva York. El montón siguió creciendo durante un mes, hasta que Kissinger avisó en diciembre de que Nixon no se los miraba, y dejó claro que a partir de entonces
cualquier cosa que la agencia quisiera comunicarle al presidente habría de pasar a el.
Desde el primer momento, Kissinger ejerció un control cada vez más férreo sobre las operaciones de la CIA. En 1967 y 1968, los supervisores de la agencia en el Comité 303 habían sostenido vividos debates sobre el rumbo de la acción
encubierta. Aquellos tiempos habían pasado. Kissinger dominaba ahora a todos los demás miembros del comité: Helms, el fiscal general John Mitchell y los funcionarios número dos del Departamento de Estado y el Pentágono. Aquello se
convirtió en un monólogo; durante un período de treinta y dos meses, el comité aprobó técnicamente casi cuarenta operaciones encubiertas, pero en realidad no llegó a reunirse ni una sola vez. En total, más de las tres cuartas partes de los programas de acción encubierta de la administración Nixon no llegaron a ser oficialmente considerados por el comité. Las operaciones «en negro» de Estados Unidos fueron aprobadas por Henry Kissinger.
En 1969, como es bien sabido, el presidente puso escuchas telefónicas a ciudadanos particulares para interrumpir las filtraciones de noticias y controlar el flujo de información producida en el seno del gobierno. Su asesor de seguridad nacional fue aún más allá; Kissinger utilizó también a la CIA para espiar a los estadounidenses, un hecho que hasta ahora ha escapado a la atención de la historia.
Nixon y Kissinger operaban en un nivel de clandestinidad que iba más lejos aún que el de la CIA. Cuando trataban con los enemigos de Estados Unidos —negociando en secreto con los soviéticos, los chinos o los norvietnamitas—, la CIA sabía poco o nada de ello. Había una razón: la Casa Blanca no se creía una gran parte de lo que decían los expertos de la CIA sobre las fuerzas del comunismo, especialmente las estimaciones de la agencia con respecto a la
potencia militar de la Unión Soviética.
«No pretendo decir que mientan con respecto a la información de inteligencia o que la distorsionen, pero quiero que sean ustedes muy cuidadosos a la hora de separar los hechos de las opiniones», le dijo Nixon a Helms en una
reunión del Consejo de Seguridad Nacional celebrada el 18 de junio de 1969.

A lo largo de 1969 y 1970, Nixon y Kissinger concentraron los esfuerzos de la CIA en la extensión secreta de la guerra en el sudeste asiático.27 Ordenaron a la agencia que entregara 725.000 dólares en sobornos políticos al presidente survietnamita Thieu, que manipulara los medios de comunicación de Saigón, que amañara las elecciones en Tailandia y que incrementara los ataques de comandos encubiertos en Vietnam del Norte, Camboya y Laos.
En un crudo despacho enviado la víspera de un viaje que llevaría a Nixon por todo el sudeste asiático, Helms le habló al presidente de la larga guerra de la CIA en Laos. La agencia —-le recordaba Nixon— «mantenía una fuerza irregular
encubierta de un total de 39.000 hombres que han llevado una parte importante de la lucha activa» contra los comunistas.
En agosto de 1969, la agencia pidió otros 2,5 millones de dólares para apoyar a los insurgentes tibetanos durante el año siguiente, calificando al grupo paramilitar de mil ochocientos hombres como «una fuerza que podría emplearse plenamente en el caso de hostilidades» contra China. «¿Tiene eso algún beneficio directo para nosotros?», preguntó Kissinger. Y él mismo respondió:
aunque se mantuvo la subvención de la CIA al dalái lama, se abandonó el apoyo a la resistencia tibetana.
Luego Kissinger dio al traste con lo que quedaba de los veinte años deesfuerzos de la CIA para realizar operaciones clandestinas contra China.
En la Casa Blanca estaban furiosos por el fracaso de la agencia a la hora de detener a Allende. El presidente y sus hombres creían que dentro de la CIA existía un contubernio progresista que había saboteado la acción encubierta en
Chile. Alexander Haig, ahora general e indispensable mano derecha de Kissinger, dijo que la operación había fracasado debido a que los agentes de la CIA habían dejado que sus sentimientos políticos «impregnaran sus evaluaciones
definitivas y sus propuestas de acción correctiva en el ámbito encubierto».

Tras denunciar públicamente todo lo que representaba Jimmy Cárter, Reagan y Casey suscribieron siete grandes programas de acción encubierta que él había iniciado. Los envíos de armas a Afganistán y los programas de guerra política para respaldar a los disidentes de la Unión Soviética, Polonia y Checoslovaquia se contarían entre las operaciones de la CIA más importantes durante la guerra fría. Pero Casey estaba más interesado en una verdadera guerra que se libraba en el «patio trasero» de Estados Unidos.

A excepción de un círculo muy pequeño en la CIA y la Casa Blanca, nadie sabía lo que estaba haciendo en Irán. North había solucionado la parte dineraria del trueque de armas por rehenes. El Pentágono transferiría varios miles de misiles TOW a la CIA. El coste para la agencia era una ganga, solo 3.469 dólares por misil, un hecho crucial que muy pocas personas conocían. Secord, en nombre de la CIA, pagaría 10.000 dólares la unidad, generando 6.531 dólares de beneficios brutos; tras embolsarse su parte, luego transfería el importe neto a la Contra nicaragüense. Por su parte
Ghorbanifar cubriría el coste de 10.000 dólares y algo más de propina subiendo de nuevo el precio de los misiles a la hora de vendérselos a los iraníes. En función del número de armas que Estados Unidos pudiera venderle a Teherán, la Contra podía llegar a obtener millones de dólares.
A finales de enero, el secretario de Defensa Weinberger ordenó a su principal asesor, el futuro secretario de Estado Colín Powell, que transfiriera un millar de misiles TOW de un almacén del Pentágono poniéndolos bajo la custodia de la CIA. En febrero, los misiles llegaban a Irán de la mano de Richard Secord y Manucher Ghorbanifar. El intermediario iraní aumentó generosamente el precio antes de que las armas llegaran a Teherán. Cuando llegó el dinero, la CIA reem-bolsó al Pentágono utilizando una técnica muy familiar para todos los blanqueadores de dinero: dividir las cantidades en cheques de 999.999,99 dólares, dado que las transferencias de la CIA de un millón de dólares o más requerían una notificación legal rutinaria al Congreso. Secord recibió 10 millones de dólares de manos de Ghorbanifar por los mil misiles. La mayor parte de los beneficios obtenidos se destinaron a la Contra.

¿Cuál es la mayor amenaza a la que hoy nos enfrentamos? —se preguntaba recientemente Colín Powell—. La gente dirá que es el terrorismo. Pero ¿hay algún terrorista en el mundo que pueda cambiar el modo de vida o el sistema político de Estados Unidos? No. ¿Puede echar abajo un edificio? Sí. ¿Puede matar a alguien? Sí. Pero ¿puede cambiarnos? No. Solo nosotros podemos cambiarnos … Lo único que de verdad puede destruirnos somos nosotros mismos. Pero no debemos hacernos eso, ni debemos utilizar el temor con fines políticos, asustando de muerte a la gente para que te vote, o asustando de muerte a la gente para que podamos crear un complejo industrial-de terror.»
El nuevo presidente deberá prestar una atención inmediata y sostenida al corazón y al alma de la CIA, a los espías de su servicio clandestino y a los analistas de su dirección de inteligencia. Aunque la agencia tiene un historial casi
perfecto de resistencia frente a los cambios fundamentales sugeridos por las comisiones presidenciales y los grupos de expertos, tratará de satisfacer los requerimientos del presidente.
Y hasta ahora la CIA no se la ha proporcionado. Lo que le ha proporcionado, en cambio, quedaba muy bien descrito en la comisión presidencial de 2005 sobre la inteligencia estadounidense y el fiasco de Irak, cuyos miembros pudieron leer todas las copias relevantes del denominado «Resumen Diario para el Presidente» (RDP), así como de su informe complementario de más amplia distribución, el llamado «Resumen de Inteligencia para Altos Cargos» (RIAC).
«Esos informes diarios —concluía la comisión, como ya hemos apuntado— resultaban, en el mejor de los casos, más alarmistas y menos comedidos» que el resto de los informes de la CIA. «No era que la información de inteligencia fuera marcadamente distinta, sino más bien que los RDP y los RIAC, con sus titulares orientados a llamar la atención y sus machaconas repeticiones, daban la impresión de que había muchos informes corroborativos cuando lo cierto era que existían muy pocas fuentes … De maneras a veces sutiles y otras no tan sutiles, los informes diarios parecían estar “vendiendo” la información de inteligencia a fin de mantener interesados a sus clientes, o al menos a su Primer Cliente.»
Pero el presidente Bush y el Pentágono no compraron lo que la CIA decía…

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