¡De Rodillas, Monzón! — El Gran Wyoming / On Knees, Monzón! by El Gran Wyoming (spanish book edition)

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Sin duda este libro del gran Wyoming es con el libro que más me identifico, nos habla de sus recuerdos. Refrescante y costumbrista que relata una época poco conocida a través de libros, pelis o series de TV. Quizás por pensar que aún es demasiado contemporánea Describe perfectamente para los que no hayan vivido esos años como eran los colegios, los pueblos de nuestros padres y los barrios de Madrid. Wyoming lo hace desde una perspectiva critica y personal que en algunas ocasiones alguien puede sorprenderte dando una carcajada.
Me he reído mucho. Muy, muy divertido. No me ha defraudado nada. Se lo recomendaría a todo el mundo que quiera pasar un rato divertido y siempre como a Wyoming nos quedará Ámsterdam más allá de las pelirrojas.

Su infancia en un pueblo de La Mancha llamado La Puebla del Salvador, en la provincia de Cuenca.
La religión se marcaba a fuego en las mentes de aquellos niños. Decía el catecismo que había que hacer la señal de la cruz al salir y entrar en casa, al ponerse los zapatos, al bañarse, al emprender un viaje, al entrar en la iglesia y así hasta el infinito. Se empeñaba la Iglesia en que los niños también lleváramos una cruz a cuestas, aunque fuera invisible.
Así, uno hacía la señal de la cruz cuando veía hacerla a los mayores en un proceso que también para ellos estaba automatizado, carecía del menor sentido místico. La religión en España siempre ha cumplido una función de sometimiento por encima de cualquier otra.
Todo el mundo sentía la obligación de hablar con el de al lado y el runrún del motor obligaba a hacerlo a gritos. Aún no había terminado de sentarse el viajero cuando ya comenzaba la charla: «¿Y hasta dónde va usted?».
En el mundo rural, no entablar conversación con el vecino, cualquiera que fuera la situación, una cola, la sala de espera del médico, coger la vez en la compra, era considerado una falta de educación. Siempre que hubiera alguien al lado, había que dirigirse a él y preguntarle por su vida, a ser posible completa: estado civil, número de hijos, profesión; lo que se llama una ficha. En la ciudad, por el contrario, suponía una indiscreción.
La gente de los pueblos, cuando venía a Madrid y veía a los viajeros del metro en silencio, pensaba que estaban enfadados. Desde luego el ambiente entre dos estaciones del metro de Madrid distaba mucho del bullicio que se producía, de forma espontánea, en el coche de línea.

La primera vez que me ofrecieron un refresco dije que sí con entusiasmo. Al momento, mi tía, no recuerdo cuál, sacó un vaso, lo llenó con agua del botijo y le añadió un par de cucharadas de azúcar. En eso consistía el refresco que tomé por no atreverme a rechazarlo, pero decidí no volver a aceptar ofrecimiento alguno en el resto de las casas que visité para evitar sorpresas. Para mí, refresco era algo que venía embotellado. Todavía, como decía, extrañaba el agua. Me sabía mal, tardé tiempo en acostumbrar el paladar. También el oído, hablaban con un acento extraño. La musicalidad era distinta. Yo solo había escuchado el castellano que se hablaba en mi barrio, la Prospe.
La Coca-Cola no había llegado al consumo doméstico en La Puebla del Salvador, ni otras muchas cosas.
Un pan no son ochenta céntimos de euro, que es lo que significa para un chico de la ciudad. Es un largo proceso de transformación que viene de la tierra y al que dedica su existencia el agricultor. Un pan, puesto encima de aquella mesa frente a la lumbre, era un símbolo de vida, de trabajo, de plenitud. Una obra del hombre y la naturaleza que nos permitía seguir vivos, nos daba de comer. Y sabía muy bien.
Por eso, el pan no se tiraba.

El cine era todo un acontecimiento. Una camioneta traía todas las semanas de verano el saco con las latas de la película y el NO-DO.
El NO-DO (Noticiarios y Documentales) era una revista cinematográfica que se emitió de forma obligatoria desde el año 1942 hasta el año 1977. En ella se ensalzaban los logros del Régimen con una permanente presencia de Franco, que aparecía inaugurando todo tipo de obras públicas. Durante una época predominaron los pantanos, lo que le valió el sobrenombre de «Paco el rana». Siempre dicho en voz baja y en ambiente restringido. Recordemos que el primer condenado por el TOP, Tribunal de Orden Público, creado, claro está, para la represión, fue un hombre que estando borracho en un bar se cagó en Franco en voz alta. Le cayeron diez años, así las gastaba el Régimen que ahora dicen que no era tan chungo.
Paseando por las dependencias del Ramiro, que tiene una extensión casi infinita, escuché un sonido muy familiar: el de un futbolín. Banda sonora de mi infancia.
Los billares eran la única alternativa de diversión posible una vez que uno superaba la edad de andar por los descampados buscando lagartijas. En realidad al billar solo jugaban los mayores, los niños ocupábamos los futbolines, y cuando había dinero, rara vez, la mesa de ping-pong y las máquinas, que más tarde se llamaron de pinball a raíz de la ópera rock Tommy (The Pinball Wizard), de The Who, que narra las peripecias de un niño sordo, ciego y mudo que conecta con las máquinas tragaperras y es el número uno del mundo jugando con ellas. Como vemos, el LSD también ha hecho daño. En España, se llamaban máquinas, sin más. «Vamos a echar una partida a las máquinas», decíamos.
Los billares no eran un sitio adecuado para los niños, según los padres, porque se mezclaban jóvenes de todas las edades y se fumaba mucho. Tabaco, por supuesto. También se decían tacos y se producían peleas cada dos por tres.

Undoubtedly this book of the great Wyoming is with the book that I identify more, it tells us about its memories. Refreshing and costumbrista that tells a little known time through books, movies or TV series. Perhaps for thinking that it is still too contemporary. It describes perfectly for those who have not lived those years as they were the schools, the towns of our parents and the neighborhoods of Madrid. Wyoming does it from a critical and personal perspective that in some occasions someone can surprise you by giving a laugh.
I have laughed a lot. Very very funny. I have not disappointed anything. I would recommend it to everyone who wants to have a fun time and always like to Wyoming we will have Amsterdam beyond the redheads.

His childhood in a town of La Mancha called La Puebla del Salvador, in the province of Cuenca.
Religion was marked by fire in the minds of those children. The catechism said that the sign of the cross had to be done when going out and entering the house, putting on shoes, bathing, going on a journey, entering the church and so on to infinity. The Church insisted that the children also carry a cross on their backs, even if it was invisible.
Thus, one made the sign of the cross when he saw it done to the elders in a process that for them was also automated, lacked the least mystical sense. Religion in Spain has always fulfilled a function of submission over any other.
Everyone felt an obligation to talk to the one next to him and the hum of the engine forced him to scream. The traveler had not yet finished sitting down when the talk began: «And where are you going?»
In the rural world, do not engage in conversation with the neighbor, whatever the situation, a queue, the waiting room of the doctor, take the time in the purchase, was considered a lack of education. Whenever there was someone next to him, you had to go to him and ask him about his life, if possible complete: marital status, number of children, profession; what is called a tab. In the city, on the other hand, it was an indiscretion.
The people of the villages, when they came to Madrid and saw the subway passengers in silence, thought they were angry. Of course the atmosphere between two subway stations in Madrid was far from the bustle that occurred, spontaneously, in the line car.

The first time I was offered a soda, I said yes with enthusiasm. At the moment, my aunt, I do not remember which one, took out a glass, filled it with water from the botijo ​​and added a couple of tablespoons of sugar. That consisted of the refreshment I took for not daring to reject it, but I decided not to accept any offer in the rest of the houses I visited to avoid surprises. For me, soda was something that came bottled. Still, as I said, I missed the water. I felt bad, took time to accustom the palate. Also the ear, they spoke with a strange accent. The musicality was different. I had only heard the Spanish spoken in my neighborhood, the Prospe.
Coca-Cola had not reached domestic consumption in La Puebla del Salvador, or many other things.
One bread is not eighty cents, which is what it means for a city boy. It is a long process of transformation that comes from the land and to which the farmer dedicates his life. A bread, placed on top of that table in front of the fire, was a symbol of life, of work, of fullness. A work of man and nature that allowed us to stay alive gave us food. And he knew very well.
That’s why the bread was not thrown away.

The cinema was an event. A truck brought all the weeks of summer the sack with the cans of the film and the NO-DO.
The NO-DO (News and Documentaries) was a cinematographic magazine that was issued compulsory from 1942 until 1977. It extolled the achievements of the Regime with a permanent presence of Franco, who appeared inaugurating all kinds of works public. During one time the swamps predominated, which earned him the nickname of «Paco the frog». Always said in a low voice and in a restricted environment. Recall that the first convicted by the TOP, Court of Public Order, created, of course, for the repression, was a man who, being drunk in a bar, shit in Franco aloud. Ten years fell, so the regime was spending now they say it was not so bad.
Walking through the offices of the Ramiro, which has an almost infinite extension, I heard a very familiar sound: that of a table football. Soundtrack of my childhood.
The billiards was the only alternative of possible fun once one exceeded the age of walking through the openings looking for lizards. Actually billiards only played the oldest, the children occupied the table football, and when there was money, rarely, the ping-pong table and the machines, which later were called pinball in the wake of the rock opera Tommy (The Pinball Wizard), from The Who, which narrates the adventures of a deaf, blind and mute child who connects with slot machines and is the number one in the world playing with them. As we can see, LSD has also done damage. In Spain, they were called machines, without more. «We’re going to have a game with the machines,» we said.
The billiards was not a suitable place for the children, according to the parents, because young people of all ages were mixed and smoked a lot. Tobacco, of course. Tacos were also called and there were fights every two for three.

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