De La Estupidez A La Locura — Umberto Eco

Muy entretenido y muy certero en sus críticas. Un libro de lectura obligada que nos debería hacer pensar hacia dónde vamos … Es un tomo en el que hallaremos, agrupados en torno a catorce capítulos unas magníficas muestras de su pensamiento.
Puede comenzarse desde cualquier punto, está compuesta por artículos aparecidos en distintos medios de comunicación y su lectura, sin duda alguna, ha de llevarnos desde la desesperación a la risa; inducirnos al abismo del espanto y desde la negra hondura despabilar la piedad por esta época en la que, como relata en “Misses, fundamentalismo y leprosos”, todo es especulación.
Imprescindible, tanto si eres lector devoto de Umberto Eco como si no.

-Con la crisis del concepto de comunidad surge un individualismo desenfrenado, en el que nadie es ya compañero de camino de nadie, sino antagonista del que hay que guardarse. Este «subjetivismo» ha minado las bases de la modernidad, la ha vuelto frágil y eso da lugar a una situación en la que, al no haber puntos de referencia, todo se disuelve en una especie de liquidez. Se pierde la certeza del derecho (la magistratura se percibe como enemiga) y las únicas soluciones para el individuo sin puntos de referencia son aparecer sea como sea, aparecer como valor, y el consumismo.
-Mientras el siglo XX se acerca a su fin, deberíamos preguntarnos si en realidad en estos cien años hemos inventado muchas cosas nuevas. Todas las cosas que usamos cotidianamente fueron inventadas en el siglo XIX. Voy a enumerar algunas: el tren (aunque la máquina de vapor es del siglo anterior), el automóvil (con la industria del petróleo que presupone), los barcos de vapor con propulsión de hélice, la arquitectura de cemento armado y el rascacielos, el submarino, el ferrocarril subterráneo, la dinamo, la turbina, el motor diésel de gasolina, el aeroplano (el experimento definitivo de los hermanos Wright se llevaría a cabo tres años después de acabar el siglo), la máquina de escribir, el gramófono, el magnetófono, la máquina de coser, el frigorífico y las conservas en lata, la leche pasteurizada, el encendedor (y el cigarrillo), la cerradura de seguridad Yale, el ascensor, la lavadora, la plancha eléctrica, la pluma estilográfica, la goma de borrar, el papel secante, el sello de correos, el correo neumático, el váter, el timbre eléctrico, el ventilador, la aspiradora…
-Hoy en día la gente está dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de aparecer en la pequeña pantalla, aunque solo sea como el imbécil que saluda con la manita por detrás del entrevistado. Uno de los problemas de nuestro tiempo, que (a juzgar por la prensa) obsesiona en cierto modo a todos, es el de la llamada privacy que, por decirlo de forma muy esnob, se puede traducir como «privacidad». Dicho llanamente significa que todo el mundo tiene derecho a ocuparse de sus asuntos sin que los demás, en especial las agencias vinculadas a los centros de poder, se enteren. Y existen instituciones creadas para garantizar a todos la privacidad (pero, por favor, llamándola privacy, de lo contrario nadie la toma en serio).
Por primera vez en la historia de la humanidad, los espiados colaboran con los espías para facilitarles el trabajo, y esta entrega les proporciona un motivo de satisfacción porque alguien les ve mientras existen, y no importa si existen como criminales o como imbéciles.
También es cierto que, una vez que alguien puede saberlo todo de todos, cuando los todos se identifiquen con la totalidad de los habitantes del planeta, el exceso de información solo producirá confusión, ruido y silencio. Esto debería preocupar a los espías, porque a los espiados les encanta que al menos los amigos, los vecinos y quizá los enemigos conozcan sus secretos más íntimos, ya que es el único modo de sentirse vivos y parte activa del cuerpo social.
-Los jóvenes se han formado con medios de comunicación concebidos por adultos que han reducido a siete segundos la permanencia de una imagen, y a quince segundos los tiempos de respuesta a las preguntas, y donde todavía ven cosas que en la vida diaria ya no ven, cadáveres ensangrentados, destrucción, devastación: «A los doce años los adultos les han forzado a ver veinte mil asesinatos». Son educados por la publicidad que se excede en el uso de abreviaturas y de palabras extranjeras que les hacen perder el sentido de la lengua materna, ya no conocen el sistema métrico decimal, puesto que se les prometen premios según las millas, la escuela ya no es el lugar de aprendizaje y, acostumbrados al ordenador, estos muchachos pasan buena parte de su vida en el mundo virtual.
-El principio de desconfianza está implícito en todo aquel que aborda la experiencia de un chat, puesto que todo el mundo sabe que un jovencito romántico puede mantener una correspondencia amorosa con una tal Greta Garbo, que resulta ser un sargento jubilado. Este principio se ha generalizado ahora oficialmente tras el caso reciente del virus I-Love-You. No solo hay que desconfiar de cualquier mensaje cuya procedencia exacta se desconozca, sino que también debemos recelar de los que provengan de nuestros corresponsales habituales, porque el virus podría habernos enviado en su nombre el mensaje letal.
Un periódico que por definición solo publicase noticias falsas no merecería ser comprado (a no ser como diversión)…
El problema es que internet no está destinado a sustituir a los libros, no es más que un formidable complemento de los mismos y un incentivo para leer más. El libro continúa siendo el instrumento principal de la transmisión y la disponibilidad del saber (¿qué se estudiaría en una clase en un día de apagón eléctrico?) y los textos escolares representan la primera e insustituible ocasión para educar a los niños en la utilización del libro. Además, internet proporciona un repertorio extraordinario de información pero no los filtros para seleccionarla, y la educación no consiste solo en transmitir información, sino en enseñar los criterios para su selección. Esta es la función del maestro y es también la función de un manual escolar, que ofrece precisamente el ejemplo de una selección efectuada entre el maremágnum de toda la información posible. Y esto ocurre incluso con el peor de los textos (corresponderá al profesor criticar su parcialidad e integrarlo, pero utilizando un criterio de selección distinto). Si los chicos no aprenden esto, que la cultura no es acumulación de saber sino discriminación, no hay educación sino desorden.
-¿Aún se puede vivir sin móvil? Puesto que «vivir para el móvil» implica una adhesión total al presente y un frenesí del contacto que nos priva de cualquier momento de reflexión solitaria, los que estiman la propia libertad (tanto interior como exterior) pueden valerse de muchísimos servicios que el instrumento permite, excepto el uso telefónico. A lo sumo, podemos encenderlo solo para pedir un taxi o comunicarle a la familia que el tren lleva tres horas de retraso, pero no para recibir llamadas (es suficiente tenerlo siempre apagado). Siempre que alguien critica esta costumbre mía, respondo con un argumento triste: cuando murió mi padre, hace más de cuarenta años (y por lo tanto, antes de la aparición de los móviles), yo estaba de viaje y lograron ponerse en contacto conmigo muchas horas después. Pues bien, esas horas de retraso no modificaron nada. La situación no habría cambiado aunque yo hubiera sido informado a los diez minutos. Esto quiere decir que la comunicación instantánea que permite el móvil tiene poco que ver con los grandes temas de la vida y de la muerte.
-Por lo que atañe a las conspiraciones y los secretos, la experiencia (también histórica) nos dice que: 1) si hay un secreto, aunque lo conozca una sola persona, esta persona, quizá en la cama con su amante, antes o después lo revelará (solo los masones ingenuos y los adeptos de algún rito templario de pega creen que hay un secreto que permanece inviolado); 2) si hay un secreto, habrá siempre una suma adecuada por la que alguien estará dispuesto a revelarlo (bastaron algunos centenares de miles de libras esterlinas en derechos de autor para convencer a un oficial del ejército inglés de contar todo lo que había hecho en la cama con la princesa Diana, y si lo hubiera hecho con la suegra de la princesa, habría bastado con doblarle la suma y semejante caballero lo habría contado igualmente). Ahora bien, para organizar un falso atentado contra las Torres Gemelas (para minarlas, para avisar a las fuerzas aéreas de que no intervinieran, para ocultar pruebas embarazosas, etc., etc.), se habría necesitado la colaboración si no de miles, por lo menos de centenares de personas. Las personas empleadas para estos menesteres no suelen ser caballeros.
Lo bueno es que en la vida cotidiana no hay nada más transparente que la conspiración y el secreto. Un complot, si es eficaz, antes o después crea sus propios resultados y se vuelve evidente. Y lo mismo se puede decir del secreto, que no solo suele ser revelado por una serie de «gargantas profundas» sino que, se refiera a lo que se refiera, si es importante (tanto la fórmula de una sustancia prodigiosa como una maniobra política), antes o después sale a la luz. Si no sale a la superficie, es que los complots o los secretos o eran complots inútiles, o eran secretos vacíos. La fuerza del que anuncia que posee un secreto no está en ocultar algo, sino en hacer creer que hay un secreto. En ese sentido, secreto y conspiración pueden ser armas eficaces precisamente en las manos de los que no creen en ellos.
-El debate, no sobre la censura, sino sobre la prudencia de los medios de comunicación sacude a todo el mundo occidental. ¿Hasta qué punto, para dar una noticia, se pueden favorecer actos de propaganda, o incluso contribuir a divulgar mensajes codificados emitidos por los terroristas?
El Pentágono llama a la prudencia a periódicos y televisiones, y es obvio, porque a ningún ejército en guerra le gusta que se divulguen sus planes o las llamadas del enemigo. Los medios de comunicación, habituados a una libertad absoluta, no saben adaptarse a una economía de guerra, en la que (antes) el que divulgaba noticias perjudiciales para la seguridad nacional era fusilado. Es difícil salir de este enredo, pues en la sociedad de las comunicaciones, a la que se añade ahora internet, ya no existe el secreto.
En cualquier caso, el problema es más complejo. Cada acto terrorista (es una vieja historia) se ejecuta para lanzar un mensaje, un mensaje que cause terror, o como mínimo inquietud o desestabilización. Y siempre ha sido así, incluso con los terroristas que hoy llamaríamos «artesanales.
-Una serie de hechos recientes (no solo atentados, sino también sondeos preocupantes) ha vuelto a situar en primer plano la cuestión del antisemitismo. Es difícil diferenciar la oposición a la política de Sharon (en la que coinciden muchos judíos) del antiisraelismo, y a este del antisemitismo, pero la opinión pública y los medios de comunicación tienden a meterlo todo en el mismo saco. Además, parece que la opinión pública occidental se basa en dos ideas consoladoras: el antisemitismo es una cuestión árabe y, en cuanto a Europa, afecta a un sector muy restringido de cabezas rapadas neonazis.
Europa nunca ha sabido distinguir muy bien entre antisemitismo religioso, popular y «científico». El antisemitismo religioso ha sido sin duda el responsable del antisemitismo popular: afirmar que los judíos eran el pueblo deicida justificó muchos pogromos, porque además era difícil para una parte de los pueblos europeos asimilar a los judíos de la diáspora decididos a conservar sus tradiciones.
El velo se critica porque se utiliza para afirmar una identidad. Ahora bien, ostentar una identidad o pertenencia no está prohibido; lo hace el que lleva el distintivo de un partido, el hábito de capuchino o una túnica naranja y la cabeza rapada. En todo caso, sería interesante preguntar si las muchachas musulmanas están obligadas a llevarlo porque se lo impone el Corán.
Si los católicos se molestan cuando se ofende a la Virgen, hay que respetar sus sentimientos, y en todo caso escribir un prudente ensayo histórico para poner en duda la Encarnación. Pero si los católicos disparasen contra los que ofenden a la Virgen, habría que combatirlos con todos los medios a nuestro alcance.
Nazis y antisemitas de todas las especies difundieron terribles caricaturas de los «infames judíos», y la cultura occidental aceptó estas injurias respetando la libertad de quien las difundía. Pero cuando de la caricatura se pasó a la matanza, todo el mundo se alzó en su contra. Es decir, se respetó la libertad de Drumont (en el siglo XIX) de ser ferozmente antisemita, pero los verdugos nazis fueron colgados en Nuremberg.
-El odio no es individualista sino generoso, filantrópico, y abraza en un mismo arrebato a inmensas multitudes. Solo en las novelas se nos dice lo bello que es morir de amor; pero en los periódicos, por lo menos cuando yo era niño, se representaba como bellísima la muerte del héroe que lo alcanzaba en el trance de arrojar una bomba contra el odiado enemigo.
Por eso la historia de nuestra especie siempre ha estado más marcada por el odio, por las guerras y por las matanzas que por los actos de amor (menos cómodos y a menudo agotadores, cuando quieran extenderse más allá del ámbito de nuestro egoísmo). Nuestra propensión hacia las delicias del odio es tan natural que a los caudillos de pueblos les resulta fácil cultivarlo, mientras que al amor nos invitan solo seres adustos que tienen la nauseabunda costumbre de besar a los leprosos.
-¿Vivimos en una civilización de imágenes en la que se ha perdido la cultura alfabética o vuelve a triunfar el alfabeto en internet? ¿Dónde colocamos la televisión, los DVD, los videojuegos? De hecho, la relación de los seres humanos con las imágenes siempre ha sido bastante tormentosa, como nos recuerda Maria Bettetini en su Contro le immagini. Le radici dell’iconoclastia. Debería hablar de «ágil» librito de ciento sesenta páginas, pero no quisiera engañar a nadie: el volumen es denso y está dirigido a los que sepan algo de cuestiones filosóficas y teológicas. Y puesto que su densidad no permite resumirlo, me limito a unas divagaciones libres sobre esa habilidad humana (desconocida para los animales) de forjar «simulacros».
Tener una educación clásica significa también saber hacer cuentas con la historia y con la memoria. La tecnología sabe vivir solo en el presente y olvida cada vez más la dimensión histórica. Lo que nos cuenta Tucídides sobre los atenienses y los melios aún sirve para entender muchas vicisitudes de la política contemporánea. Si Bush hubiera leído a buenos historiadores (y los había en las universidades estadounidenses) habría entendido por qué, en el siglo XIX, ingleses y rusos no consiguieron controlar y dominar Afganistán.
Por otra parte, los grandes científicos como Einstein tenían una sólida cultura filosófica a sus espaldas, y Marx empezó por una tesis sobre Demócrito. Reformemos, pues, pero conservemos el bachillerato clásico, porque permite imaginar lo que todavía no ha sido imaginado y esto distingue al gran arquitecto del constructor.

Lo que caracteriza a la gilipollez con respecto a la tontería es que aquella es una afirmación sin duda equivocada, pronunciada para hacer creer algo sobre nosotros, pero el hablante no se preocupa mínimamente de saber si dice la verdad o no. «El rasgo de sí mismo que oculta el charlatán [el que dice gilipolleces] […] es que los valores veritativos de sus enunciados no tienen prácticamente interés para él»; afirmaciones de este tipo nos ponen inmediatamente las orejas de punta, y en efecto Frankfurt confirma nuestras peores sospechas: «Los campos de la publicidad y las relaciones públicas, así como el de la política, hoy en día estrechamente relacionado con los anteriores, están repletos de ejemplos de charlatanería tan descarados que pueden servir como algunos de los paradigmas más clásicos e indiscutibles del concepto». La finalidad de la gilipollez no es ni siquiera engañar sobre el estado de las cosas, es asombrar a oyentes con escasa capacidad para distinguir lo verdadero de lo falso, o también desinteresados por estos matices. Creo que el que pronuncia gilipolleces confía asimismo en la memoria débil de su público, lo cual le permite decir gilipolleces encadenadas que se contradicen entre ellas: «Por muy atenta y conscientemente que proceda el charlatán, sigue siendo verdad que trata de librarse de algo».
El oxímoron ha ganado popularidad porque vivimos en un mundo donde, tras desplomarse las ideologías (que intentaban reducir, a veces un poco burdamente, las contradicciones e imponer una visión unívoca de las cosas), nos debatimos ya solo entre situaciones contradictorias. Si quieren un ejemplo arrollador, ahí tienen la Realidad Virtual, que es un poco como una Nada Concreta. Luego están las Bombas Inteligentes, que no parece un oxímoron, pero lo es si se considera que una bomba, por su misma naturaleza, es estúpida y debería caer donde la lanzan, porque si no, si lo hace por propia iniciativa corre el riesgo de convertirse en Fuego Amigo, magnífico oxímoron, si por fuego se entiende algo destinado a perjudicar a quienes no son amigos.

Un usuario normal de la red debería ser capaz de distinguir ideas inconexas de ideas bien articuladas, pero no siempre es así, y aquí surge el problema del filtro, que no concierne solo a las opiniones expresadas en los diversos blogs o vía Twitter, sino que es una cuestión dramáticamente urgente para todos los sitios Web, donde (quisiera ver quién protesta ahora negándolo) se pueden encontrar tanto cosas fidedignas e utilísimas, como vaniloquios de todo tipo, denuncias de conspiraciones inexistentes, negacionismos, racismos, o también noticias culturalmente falsas, imprecisas, embarulladas.
¿Cómo filtrar? Cada uno de nosotros es capaz de filtrar cuando consulta sitios que conciernen a temas de su competencia, pero yo, por ejemplo, me vería en un aprieto a la hora de establecer si un sitio sobre la teoría de cuerdas me dice cosas correctas o no. Ni siquiera la escuela puede educar al filtro porque también los profesores se hallan en mis mismas condiciones, y un profesor de griego se puede encontrar indefenso ante un sitio que habla de la teoría de las catástrofes, o incluso tan solo de la guerra de los Treinta Años.
Queda una sola solución. Los periódicos a menudo son víctimas de la red, porque de ella sacan noticias, algunas veces leyendas, dando voz por lo tanto a su mayor competidor, y al hacerlo siempre llevan dos días retraso sobre internet. En cambio, deberían dedicar por lo menos dos páginas al día al análisis de sitios Web (tal y como se hacen reseñas de libros o de películas) indicando los sitios virtuosos y señalando los que transmiten bulos o imprecisiones. Sería un inmenso servicio al público y quizá también un motivo para que muchos navegantes de la red, que han empezado a dejar de lado los periódicos, vuelvan a hojearlos a diario.
Por supuesto, para acometer esta empresa un periódico necesitará un equipo de analistas, muchos de los cuales habrá que ir a buscarlos fuera de la redacción. Se trata de una empresa sin duda cara, pero sería culturalmente preciosa, y marcaría el principio de una nueva función de la prensa.

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