Años Salvajes — William Finnegan

Este libro galardonado con el premio Pulitzer 2016 en biografía, me parece un buen libro donde nos comenta sus comienzos en Hawai, algún malo como Freitas que le salvó de un disgusto y buscando la gran ola y el miedo o mejor respeto que siguen produciendo las olas pese a la experiencia. Buenas descripciones, muy anglosajón. También es una buena forma de conocer la época que se describe: la poítica, la sociedad…

Nada era como me lo había imaginado. En las revistas las olas de Hawái siempre eran grandes, y, en las fotos, su color oscilaba entre un intenso azul océano y un turquesa pálido casi imposible. El viento era siempre terral (el que sopla de tierra, el ideal para el surf), y las rompientes eran los campos elíseos de los dioses: Sunset Beach, Banzai Pipeline, Makaha, Ala Moana, la bahía de Waimea.
Sin embargo, todo eso parecía a varios mundos de distancia del mar que se veía frente a nuestra casa. Incluso Waikiki, conocido por sus rompientes para principiantes y por las aglomeraciones de turistas, estaba en el otro extremo de Diamond Head —en la glamurosa e icónica vertiente occidental—, igual que las restantes partes de Honolulu de las que todo el mundo había oído hablar. Pero nosotros estábamos en la ladera sudoriental de la montaña, al final de un collado umbrío que descendía en pendiente hacia el mar, al oeste de Black Point. La playa no era más que una estrecha franja de arena húmeda, siempre vacía.
El tema de los dos estilos de surfear, el continental y el hawaiano, era muy complejo. Y eso ha sido siempre así en el mundo del surf, en todas las épocas y también en mi mundillo.
El surf le llama, más allá de ir a Alaska su padre, cuidaba de forma obsesiva mi tabla Dave Sweet, y arreglaba cada orificio y cada golpe que abollaba o quebraba la superficie antes de que se me empezase a llenar de agua. California Street era un pico muy duro para las tablas, sobre todo con la marea alta. Los elementos imprescindibles en un kit de reparación de tablas eran la resina de poliéster, el catalizador, fibra de vidrio y un trozo de foam, pero poco a poco fui acumulando un banco de trabajo compuesto por serruchos, limas, cepillos, una lijadora, papel de lija de doble cara, cinta adhesiva y acetona. Pronto fui capaz de aplicar capas de resina transparente o de gloss, hacía chapuzas de un día para otro y ponía refuerzos con tanto esmero que parecían invisibles. La compleja quilla incrustada de mi querida tabla Sweet salía siempre malparada de los choques con las rocas, así que fui construyendo, noche tras noche en un garaje helado, una tapa de tiras de fibra de vidrio de una pulgada de grosor que rodeaba el borde exterior para protegerla. Imagino que era el recuerdo del trabajazo que llevaba todo esto, unido al deseo de no tener que repetirlo, lo que impulsaba a los surfistas a acrecentar su extendida fama de lunáticos al saltar sobre las puntas afiladas de las rocas, persiguiendo las tablas perdidas, sin preocuparse por las heridas que se hacían en los pies.
Pero al final llegó el momento de cambiar mi maciza y torpona Sweet por una tabla con mejores prestaciones.

Lleva en la sangre el more por los barcos de su padre. Mi padre, a pesar de la adicción al trabajo que había heredado como niño de la Depresión que era, tenía una veta soñadora de buscador de tesoros playeros. Le encantaba vagabundear por los muelles, y los primeros recuerdos que guardo de él están llenos de barcos, malecones y gaviotas. Su idea de la felicidad consistía en estar trajinando en un barquito. Antes de casarse había vivido en un velero atracado en Newport Bay. Era un pequeño balandro de madera, muy elegante, y a mí me gustaba observar las fotos en blanco y negro que había encontrado en las que se le veía manejar el timón, a los veintidós o veintitrés años, con el ojo atento a las rachas de viento, el grátil en el foque, la pipa en la comisura de la boca y una expresión alerta pero a la vez entusiasmada. Circulaba el rumor de que la primera condición que puso mi madre para casarse fue que dejase de vivir en el barco. Lo hizo antes de que yo naciera.
Es un viajero nato por su cuenta hace la travesía de Europa Occidental. Dormía en sofás de amigos y agradecía cualquier clase de comodidad. En Londres cogí un avión de vuelta a Nueva York. La alegría de volver a ver todas y cada una de las viejas cosas americanas. Estábamos a finales de otoño. Mi hermano Michael estudiaba en la New York University. Dormí en el suelo de su habitación de la residencia universitaria. Michael estudiaba literatura francesa y tocaba el piano al estilo lounge con notable maestría. ¿Cuándo había ocurrido todo eso? Fui en autostop hasta Missoula, un viaje largo, gélido, magnífico. Un camión me dejó en la autopista interestatal y llegué tambaleándome al centro de la ciudad. Por si sirve de algo decirlo, yo había vuelto, tal como había prometido, por el este.

La vida sigue avanzando…Caroline y yo nos habíamos casado. Llevábamos ocho años viviendo en Nueva York. Yo estaba trabajando a destajo: columnas, artículos, libros. Periodismo. Cumplí los cuarenta. Habíamos construido un mundo propio. Nos compramos un piso. Teníamos amigos escritores, jefes de redacción, artistas, profesores, editores. Caroline había dejado el mundo del arte y se había convertido —ante su propia sorpresa— en abogada defensora. Le gustaba medirse con «el gobierno». Más que nunca, me fiaba de su ojo cálido y riguroso. Ella y yo bailábamos el mismo baile: nadie más sabía las cosas que nosotros sabíamos ni compartía el lenguaje secreto que nos habíamos inventado. Antes de casarnos, nos separamos durante una temporada y cada uno vivió por su cuenta. Fue una experiencia muy parecida a estar al borde de la muerte.
Mis reportajes me llevaron por todas partes, a guerras civiles y a mundos desconocidos. Algunos proyectos me absorbieron por completo durante meses o incluso años seguidos. La mayoría de historias que investigaba estaban repletas de sufrimiento e injusticia, pero también hubo algunas, como las primeras elecciones democráticas en Sudáfrica.
La isla se convirtió en una guarida fascinante para mí. Por lo visto, muchos de los inmigrantes portugueses que se establecieron en Hawái procedían de Madeira. Las malasadas (los donuts portugueses) que comíamos de niños eran originarias de la isla, igual que las salchichas portuguesas que una vez me comí crudas. Incluso el ukelele procedía de Madeira, donde tenía el nombre de braguinha. Yo reconocía —o creía reconocer— en los rostros de los habitantes de Madeira a los Pereiras y Carvalhos que había conocido en Oahu y en Maui. Los madeirenses habían emigrado en masa a Hawái para trabajar en los campos de caña (el azúcar había sido el cultivo principal de Madeira). La isla era famosa por sus vinos, pero su mayor industria de exportación no era el vino, sino las personas.

A mediados de los noventa, mis padres se habían mudado a Nueva York. O más bien habría que decir que habían regresado a Nueva York. Yo lo vi como un regreso triunfal.
El surf se ha usado desde hace mucho tiempo para promocionar productos. Hace cincuenta años, las etiquetas de cerveza Hamm en las que aparecía Rusty Miller haciendo una bajada en Sunset eran una imagen habitual en todos los bares y tiendas de licores de América. En las desoladas zonas industriales de New Haven, Connecticut, vi un cartel en el que se veía a un tipo haciendo un tubo —la ola era descaradamente la de Sunset— con un letrero de SALEM estampado en las volutas de humo que salían de la pared de la ola. Las empresas de alcohol y tabaco deseaban asociar su nombre a un deporte saludable y atractivo, así que en los primeros tiempos del surf se convirtieron en patrocinadores de las competiciones. Pero las proporciones aterradoras que ha alcanzado hoy en día la imaginería del surf son un fenómeno desconocido.
Los surfistas intuyen, desolados, que el surf se convertirá muy pronto en una actividad tan poco atractiva como el patinaje en pista. Y cuando llegue ese día, tal vez millones de novatos dejen de surfear y dejen las olas a los surfistas recalcitrantes. Pero las grandes empresas que quieren explotar la idea del surf están decididas a «explotar el deporte». Al marketing le sirve el prestigio semiclandestino —y el surf aún lo tiene—, pero en realidad, cuanto más famoso y reconocido sea un deporte, mejor para las ventas. Y entretanto, miles de pequeños empresarios, muchos de ellos surfistas sometidos a empleos basura, han abierto escuelas de surf en las playas de docenas de países. Muchos hoteles de lujo incluyen las clases de surf en sus ofertas.

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