Yo Sé Por Qué Canta El Pájaro Enjaulado — Maya Angelou

Este libro es otro de los llamados clásicos, releído y me gusta debido a que te hace llorar, reír describiendo aspectos de absoluta crudeza, en Arkansas en la tienda de su yaya va viendo la crudeza de la gente de color, a su vez la ayuda de la iglesia episcopaliana ayudando a la abuela, conocemos al reverendo, la yaya se casó tres veces y era guapísima. Me recuerda a la tradición de los grandes libros comentados aquí de Erskine Preston Caldwell.

San Luis era un país extranjero. Nunca me acostumbraría a los huidizos sonidos de las cisternas de los retretes, los alimentos envasados, los timbres de las puertas o el ruido de los coches, los trenes y los autobuses que atravesaba las paredes o se colaba por debajo de las puertas. Con la imaginación solo me quedé en San Luis unas semanas. Tan pronto como entendí que no había llegado a mi hogar, me escabullí al bosque de Robin Hood y a las cuevas del cavernícola Alley Oop, donde toda realidad era irreal y cambiaba incluso todos los días.
Los días de entre semana se sucedían con la monotonía de una rueda. Giraban sobre sí mismos tan uniformes e inevitables, que cada uno de ellos parecía ser el original del borrador del anterior. Sin embargo, los sábados siempre rompían el molde y osaban ser diferentes.
Los granjeros venían al pueblo en carretas con sus hijos y esposas en tropel en torno a ellos. Sus pantalones y camisas de color caqui y almidonados, como si fueran de cartón, revelaban los esmerados cuidados de una hija o esposa solícita. Con frecuencia pasaban por la Tienda a cambiar billetes para poder dar calderilla a sus hijos, que la hacían sonar, impacientes por llegar al pueblo.
Qué decir de las canciones recogiendo el algodón en un trabajo más que duro y luego con las peleas de boxeo en un almacén,tiempos duros sin duda.

El racismo soterrado, la reserva y recelo, propios de los chaparrales africanos, habían resultado agravados por la esclavitud y confirmados por siglos de promesas formuladas e incumplidas. Los negros americanos tenemos un dicho que describe la cautela de la Yaya: «Si preguntas a un negro dónde ha estado, te dirá adónde se dirige». Para entender esa importante información, es necesario saber quién usa esa táctica y con quién funciona. Si se dice parte de la verdad (es imperativo que en la respuesta haya algo de verdad) a una persona que no la conozca, se queda satisfecha, por considerar que se ha respondido a su pregunta. Si se da una respuesta veraz, pero que guarde poca, por no decir ninguna, relación con la pregunta, a una persona que la conozca (que utilice, a su vez, esa estratagema), comprende que la información que quiere obtener es de carácter privado y no se le concederá de buena gana. De ese modo se evitan las negativas directas, las mentiras y la revelación de asuntos personales.

Leyendo el pozo de la soledad se empieza a descubrir a ella misma, las auténticas anómalas, las «amantes de las mujeres», cautivaban y, sin embargo, forzaban mi imaginación. Según ese libro, se veían repudiadas por sus familias, rechazadas por sus amigos y condenadas al ostracismo por todas las sociedades. Sufrían ese severo castigo por una condición física que no podían controlar.
Después de mi tercera lectura de El pozo de la soledad, empecé a sentir una profunda compasión por las pisoteadas lesbianas, víctimas de un malentendido. Pensaba que «lesbiana» era sinónimo de hermafrodita y, cuando no era presa del desconsuelo por su triste condición, me preguntaba cómo lograban desempeñar las funciones corporales más sencillas. ¿Tenían varios órganos entre los que elegir? Y, en caso afirmativo, ¿los alternaban o usaban los que les resultaban favoritos? O intentaba imaginar cómo hacían el amor dos hermafroditas y cuanto más cavilaba más confusa me encontraba.
A destacar el humor con su madre diciendo que la ha crecido algo en la vagina y que si no son ladillas no es importante, sin embargo un chico la dejaría embarazada. Una gran novela de superación en un mundo muy difícil.

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