Contra Los Ídolos Posmodernos — Pierangelo Sequeri

Me parece un magnífico libro sobre lo que sucede en el mundo actual donde el dinero puede todos los valores dándonos unos ídolos de barro y que disfruto releyendo cada cierto tiempo.

La irreligión violenta y persecutoria de la primera bestia es metabolizada en el poder de manipulación y de homologación de la segunda bestia. Reconocemos el poder tecnológico (la estatua-robot de la primera bestia aprende a hablar y es capaz de sancionar a quien no se doblega a su sistema de homologación), la eficacia propagandística (fuego aéreo y otros efectos especiales) y la eficiencia burocrática (fidelity card identificativa: el que no la posee no compra, no vende, no come, no es nadie). El igualitarismo burocráticamente asegurado y la libertad ilusoria de los accesos es la última obra maestra del dominio. En efecto, en ese punto el monstruo disimula completamente la violencia del sometimiento: tan solo un espíritu vigilante y agudo logra captar la abismal diferencia entre la libertad de mercado y la libertad de pensamiento.
La denuncia de la degradación antropológica inducida por los modelos culturales de la sociedad de consumo y del espectáculo es prácticamente unánime.
El intento de aniquilar el cristianismo actúa sin duda a favor del nihilismo, dondequiera que se produzca. El vaciamiento de la encarnación de Dios hace retroceder la religión y la hominización: inseparablemente. Por esto, en primer lugar nos debemos purificar con el fuego, a fin de restituir al Evangelio su honor. No solo su verdad. Occidente, por otra parte, ha estado incubando durante mucho tiempo su huevo de la serpiente. Llega, puntual, su muerte de los primogénitos.
Finalmente, queda por hacer un trabajo urgente: se refiere a los bienes de primera necesidad para la hominización, que el mercado ha dejado de utilizar. Quien tiene algo que dar y quiera trabajar por el rescate de la generación será bienvenido, cualquiera que sea el pueblo al que pertenezca. La recuperación de la iniciativa cultural del cristianismo exige, por su parte, desencanto del mundo, cultura impecable, pasión por la cosa. No estamos en el peor de los mundos posibles: es un mundo que hemos contribuido a construir.
En el desierto de su abandono, el pueblo se resigna a construirse becerros de oro. Existe ya una adicción. Pero el ídolo siempre es una cosa mental.

Los jóvenes no han ganado nada con esta descomposición, en un primer momento objeto de los guiños complacidos de una clase intelectual frustrada por sus revoluciones fallidas. Las generaciones recientes han empezado a darse cuenta. Y lo dicen (a diferencia de los ex jóvenes, que disimulan en honor a la bandera: hay que salvar algo de nuestro glorioso ’68). El guiño del mercado está más a la vista. La juventud ya no es una cuestión de edad, es una categoría del espíritu: disminuye el número de hijos, pero aumenta el de los ancianos que quieren mantenerse jóvenes. Ser jóvenes es costoso (ya desde niños): pero mantenerse jóvenes lo es todavía más. Ha llegado la hora de la desublimación: la última frontera del freudismo al revés. Ser jóvenes significa poder gozar sexualmente, de cualquier forma: sin preocuparse por la generación y sin la fatiga del uso de las palabras. Ser uno mismo, como se dice, sin oropeles ideológicos.
La vida real no se puede resetear como la virtual; pero los malos maestros han empezado a hacer guiños de que sí, en realidad puede hacerse: ¿por qué no? El derecho a expresarse, la necesidad de quererse, la revelación de un nuevo amor, la necesidad de cambiar y de renovarse. Ser uno mismo, abierto a nuevas experiencias, en todo momento: nada más. Si se tiene fuerza suficiente para hacerlo, ¿por qué no hacerlo? Y si se puede hacer ahora, ¿por qué esperar y perderse tal vez potencialidades de experiencia y de crecimiento?.
Aunque pueda parecernos increíble, lo humano funciona así: el que construye obsesivamente para sí empobrece sistémicamente sus mejores cualidades. No solamente las suyas: rebaja la cualidad humana y el potencial en su conjunto. La fábula de Mandeville sigue siendo una fábula, justamente. Y resulta especialmente claro hoy, en el momento en que se ha convertido en teoría. Somos la parte más ávida y harta del planeta, somos los más hábiles y críticos desde el punto de vista cultural, y nos hemos llenado de histéricos y de infelices. Nunca habíamos sido tan estúpidos.

El mito del crecimiento ilimitado ya no es ni siquiera épico, como en los tiempos de la colonización occidental: es un reflejo de la formación básica condicionado al desarrollo de los recursos, del que se ocupan la burocracia de las maniobras económicas y la psicología de las cartas al director. La voluntariosa mediación de la lex mercatoria (las famosas leyes de la economía), nueva señora de la civilización de los derechos, y la bendición científica de la ideología arqueo-evolucionista de la selección han conseguido para el deseo de poder acumulativo la dignidad ética de ley natural fundamental (la única, al parecer, que todavía es reconocida).
Entre el poder del dinero y las políticas de la economía se ha iniciado, al parecer, un desafío decisivo. El deseo de poder no garantiza nada: ni siquiera a sí mismo. La pretensión de autorregulación del intercambio mercantil no solo establece una competencia entre modelos de desarrollo, sino que pone en cuestión la soberanía de la política: pone en tela de juicio la inspiración humanística del derecho y reivindica la superioridad legal del mercado. La dependencia estructural de la especialización utilitarista de la economía (que fundó el siglo XX político) se ha transformado en sometimiento cultural a la lógica financiera del crecimiento (que ha desfondado lo político).
La metáfora del crecimiento, donde reside únicamente la salvación, es el ídolo en el que hay que creer y esperar, al que hay que venerar. Cualquier paso de bienes entre los humanos que no se efectúe a través del intercambio de dinero carece de valor, o deprime la economía, o lesiona la justicia: o ambas cosas a la vez. El doble vínculo es perfecto.
La política parece estar muy descuidada: su sujeción al condicionamiento de los poderes económicos ha evolucionado extraordinariamente, y su nivel de corrupción está significativamente más allá del nivel fisiológico. Por otra parte, la soberanía política se ve obligada, por así decir, a erigirse en antagonista de esta sujeción: lo impone su condición de representación democrática. En el desarrollo de esta tensión, el mercado financiero global parece seriamente encaminado a anexionarse pura y simplemente a la política, englobándola como variable dependiente. El exceso de avidez y la voluntad de poder que se invierten en esta tendencia abren grietas cada vez más profundas en el seno del propio sistema económico. Su evidencia ya no puede ocultarse, y el sistema pierde, a un tiempo, la apariencia de altiva neutralidad ideológica con la que había obtenido la aceptación de los ciudadanos y la confianza en su mayor capacidad de asegurar recursos adecuados para todas las necesidades de la ciudadanía moderna.
El sistema educativo, por ejemplo, se encuentra en unas condiciones que pueden considerarse en el umbral de la pobreza, por no decir de mera supervivencia —económica y simbólica— respecto a la exuberante variedad de ingenios electrónicos, bollería y automóviles que podemos elegir, para compensarnos del estrés que causa el estudio. El sistema del cuidado se encuentra más o menos en las mismas condiciones, respecto al poder de la moda, de los cosméticos, de los servicios de la gran restauración. La familia (y, en general, la labor de iniciación), la escuela (y, en general, el humanismo del conocimiento), la sanidad (y, en general, el humanismo del cuidado) son costes por definición improductivos desde el punto de vista de la rentabilidad económica: dependen de los recursos. El movimiento de tenaza es impecable. Por un lado, tenemos que aceptar sacar del crecimiento de bienes económicamente rentables, aunque fútiles (es decir, utilitaristas en un sentido muy virtual), los recursos necesarios para sostener las funciones humanísticas del trabajo social. Por el otro, es necesario que las acerquemos al máximo a la medida de la productividad económica: de ello derivará también un virtuoso incremento de su productividad intrínseca (es decir, de su cualidad humanística).

Nada que valga realmente algo, desde el punto de vista de la cualidad espiritual humana en la que vivimos, nos movemos y estamos, puede soportar todavía durante mucho tiempo su sometimiento a la obligación de compatibilidad del humanismo civil con la devoción al ídolo del crecimiento económico. Nueva ética social, nueva religión civil: es inevitable. Personalmente, creo que los movimientos de recomposición interna entre los equilibrios, o de rearme moral de la ciudadanía, son ya insuficientes, por sí solos, para escapar del doble vínculo que asfixia la reinvención de la vieja Europa (en el umbral de guerras civiles de naturaleza económica, sin ningún ideal) y la destina a salir del escenario de la historia.

La política occidental tiene un pobre discurso de la cualidad humana: el lógos humanístico, indispensable para la política justa, está en sus mínimos históricos. La comunidad ética y la comunidad religiosa no son interpeladas por la instancia que representan, sino porque constituyen piezas sociales portadoras de intereses particulares, aunque nobles. Dicho de manera vulgar, mediante una metáfora: la política no honra, no protege ni incrementa, como debería, nuestra diferencia fundamental con el insecto ingenioso, el organismo eficiente, el depredador astuto. En este sentido, no nos representa adecuadamente de ningún modo. El sostén del crecimiento económico sin una finalidad humanística es nihilismo contractual anunciado. La solución política es un fuerte aumento del consenso democrático, que seleccione el acceso a la representación sobre la base de la capacidad de exponer a la reprobación social el crecimiento económico sin finalidad humanística.
La Iglesia católica es, actualmente, la única institución global que va a contracorriente: señala la actitud ética del pro-afecto como fundamento civil del humanismo de la persona; y el incremento compartido de bienes humanísticos como principio político de prosperidad de la ciudadanía.

El chat, el blog, el network estimulan la comunicación con una curiosa mezcla de espontaneidad y de coerción. Es el triunfo de la simulación total, y sin embargo provoca una percepción de inmediatez. La conexión y el contacto valen mucho más que la comunicación y la relación, justamente simulando su potenciación. Nos separan totalmente del hábitat de nuestro cuerpo-mundo, nos gratifican con la ubicuidad y la agregación ilimitadas. Sin embargo, crean sensación de complicidad y de afinidad, que repentinamente presionan para pasar al mundo real, de la intimidad o de la masa: donde luego no sabemos muy bien qué hacer. Esta incursión se retrae y se vacía tan imprevistamente como había llegado: con la correspondiente crisis de abstinencia y el resurgimiento de la pulsión (el exceso de goce virtual crea dependencia real).
El problema no es tanto la vulgarización de la comunicación de masas, que tiene sus razonables exigencias de simplificación y de distribución general. La cuestión es la confiscación total del ser en la comunicación: con el vaciado de todas las cualidades de la comunicación distintas de la exhibición visual y de la saturación acústica. El problema es la desvalorización de las formas diferentes y de sus tiempos-espacios, el sometimiento total a la inmediatez obligada. Enormes volúmenes del pensamiento, de la reflexión, del afecto, de la conversación y de la proximidad son inevitablemente eliminados. Y todo lo humano que solo puede formarse a distancia de la inmediatez comunicativa deja de formarse.

Narciso es un dios-muchachito, un poco drogado y un poco ingenuo, lo único que necesita es amor. No es así. El aburrimiento y la desesperación producidos por el dispositivo de esta nueva devoción son una mezcla explosiva. El desencanto —desintoxicación y crisis de abstinencia— exige un testimonio menos ambiguo y afectos más bruscos.
El becerro de oro se construye aquí. Tiene la forma de una obtusa alianza entre libre albedrío y voluntad de poder que tiende a la perfecta pasividad de ambos: goce virtual, anorexia total. Mientras los sabios discuten sobre si nuestras raíces se encuentran en Atenas, Jerusalén o Roma, y los devotos dialogan sobre el lugar más adecuado para adorar a Dios, el Ídolo trabaja para conseguir el dominio de las ciudades del mundo, sea cual sea la religión a la que pertenezcan. Ahora parece democrático, laico, políticamente correcto. Pero lo hace por dinero. ¿Qué vamos a hacer? Es hora de que todos, creyentes o no creyentes, hagamos honor al compromiso sin perdernos en diálogos demasiado socráticos: o estamos contra el ídolo que se come a nuestros niños, o somos partidarios de su devoción intocable. La irreligión agnóstica —lo prueba la historia— no es un buen movimiento.

En conclusión, elevad el nivel de la enseñanza pública, contribuyendo a redimensionar el «más o menos» improductivo de los que buscan la verdad «juntos», porque total «no existe»: y lo que se encuentra juntos, en cualquier caso, hace «crecer». Es falso. Los chavales con un aro en la nariz y el cabello verde esperan encontrar a alguien que no trate de imitar patéticamente su inseguridad, que esté convencido de su posibilidad de pensar con elevación y sea capaz de luchar sin desmayo para abrirles a la aventura del alma más allá de las columnas de Hércules. No tenéis ni idea de lo que son capaces de hacer esos chavales, incluso los que llevan auriculares en los oídos, si les ofrecéis —con la más escrupulosa honestidad intelectual y la pasión más sincera que os sostiene a vosotros mismos— cosas que sabéis de verdad y cosas que creéis realmente que son buenas también para ellos. Sacadles del ingenuo narcisismo de la búsqueda de sí (es ahí donde se hunden) y hacedles frecuentar la mente de los «grandes». Así es como uno se vuelve grande. Todo lo demás, antes o después, es tedio. Y cread una red de apoyo a la excelencia, dispuesta a la excelencia, dispuesta a luchar por una nueva alianza histórica entre las generaciones, contra la idolatría nihilista del principio de autorrealización que se hunde en el presente. La excelencia, formada a la virtud del pro-afecto, es un tesoro inagotable de invenciones para el rescate de la debilidad y de la vulnerabilidad: la mediocridad, con toda su corrección política y con toda la retórica de la simplicidad, los deja donde están. Y como son.

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