El Perdedor Radical (Ensayo sobre Los Hombres Del Terror) — Hans Magnus Enzensberger / Critical Essays by Hans Magnus Enzensberger

Este es un magnífico ensayo y muy vigente en los tiempos que corren y que releo cada cierto tiempo, no sólo el número de los perdedores aumentará cada día, sino que pronto se verificará el fraccionamiento propio de los grandes conjuntos; las cohortes de los frustrados, de los vencidos y de las víctimas se irán disociando unas de otras en medio de un proceso turbio y caótico. Al fracasado le queda resignarse a su suerte y claudicar; a la víctima, reclamar satisfacción; al derrotado, prepararse para el asalto siguiente. El perdedor radical, por el contrario, se aparta de los demás, se vuelve invisible, cuida su quimera, concentra sus energías y espera su hora.

Nadie se interesa espontáneamente por el perdedor radical. El desinterés es mutuo. En efecto, mientras está solo (y está muy solo) no anda a golpes por la vida; antes bien, parece discreto, mudo: un durmiente. Si alguna vez llega a hacerse notar y queda constancia de él, provoca una perturbación que raya en el espanto, pues su mera existencia recuerda a los demás que se necesitaría muy poco para que ellos se comportasen de la misma manera. Si abandonara su actitud, quizá la sociedad incluso le ofrecería auxilio. Pero él no piensa hacerlo, y nada indica que esté dispuesto a dejarse ayudar.
El hecho de que se multipliquen permite concluir que hay cada vez más perdedores radicales. Esto se debe a las llamadas condiciones objetivas, muletilla que puede referirse al mercado mundial, al reglamento de evaluaciones o a la compañía de seguros que no quiere pagar.
Quien desee entender al perdedor radical tal vez debería profundizar más en las cosas. El progreso no ha eliminado la miseria humana, pero la ha transformado enormemente. En los dos últimos siglos, las sociedades más exitosas se han ganado a pulso nuevos derechos, nuevas expectativas y nuevas reivindicaciones; han acabado con la idea de un destino irreductible; han puesto en el orden del día conceptos tales como la dignidad humana y los derechos del hombre; han democratizado la lucha por el reconocimiento y despertado expectativas de igualdad que no pueden cumplir; y al mismo tiempo se han encargado de exhibir la desigualdad ante todos los habitantes del planeta y en todos los canales de televisión durante las veinticuatro horas del día. Por eso, la decepcionabilidad de los seres humanos ha aumentado con cada progreso.
La única salida a su dilema es la fusión de destrucción y autodestrucción, de agresión y autoagresión. Por un lado, el perdedor experimenta un poderío excepcional en el momento del estallido; su acto le permite triunfar sobre los demás, aniquilándolos. Por otro, al acabar con su propia vida da cuenta de la cara opuesta de esa sensación de poderío, a saber, la sospecha de que su existencia pueda carecer de valor.
Otro punto a su favor es que el mundo exterior, que nunca quiso saber de él, tomará nota de su persona desde el momento en que empuñe el arma. Los medios de comunicación se encargarán de depararle una publicidad inaudita, aunque sólo sea durante veinticuatro horas. La televisión se convertirá en propagandista de su acto, animando de ese modo a los émulos potenciales. Como se ha demostrado, particularmente en los Estados Unidos de América, ello representa una tentación difícil de resistir para los menores de edad.

No existe más que un solo movimiento dispuesto a la violencia y con capacidad de actuar globalmente. Nos referimos al islamismo. Está intentando rentabilizar a gran escala la energía religiosa de una religión mundial que con 1300 millones de fieles no solamente sigue gozando de suma vitalidad sino que, por meras razones demográficas, se expande en todos los continentes. A pesar de que esa ummah se ve sacudida por múltiples divisiones internas y por conflictos nacionales y sociales, la ideología del islamismo representa un medio perfecto para movilizar al perdedor radical, por cuanto consigue amalgamar motivaciones religiosas, políticas y sociales.
Igualmente prometedor resulta su modelo organizativo. El movimiento se ha despedido del centralismo estricto de bandas anteriores para sustituir al todopoderoso comité central por un conjunto de redes flexibles: innovación ésta de suma originalidad y totalmente a la altura de los tiempos.
Por mucho que los islamistas se las den de guardianes de la tradición, son por los cuatro costados criaturas del mundo globalizado al que combaten. No sólo en su técnica sino también en su concepción de los medios de comunicación tienen una gran ventaja sobre sus antecesores de otros tiempos. Es cierto que ya en el siglo XIX los discípulos del terror confiaban en la «propaganda de la acción», pero no disfrutaban de la atención planetaria que en la actualidad consigue un grupúsculo tan nebuloso como Al Qaeda. Aleccionado por la televisión, la tecnología informática, internet y los reclamos publicitarios, el terror islamista alcanza cuotas de audiencia mayores que cualquier campeonato mundial de fútbol. Alumno aventajado de Hollywood, escenifica a imagen y semejanza de las películas de catástrofes, el cine de terror y el thriller de ciencia ficción las masacres que le interesan. También en eso se pone de manifiesto su dependencia del odiado Occidente. La société du spectacle, antaño evocada por los situacionistas, se encuentra a sí misma en las producciones mediáticas del islamismo violento.

Aún más profundamente arraigados en la historia árabe están los problemas que se relacionan con la posición de la mujer. Es difícil calibrar los efectos que tiene para el desarrollo de una sociedad el que la mitad de la población esté sometida a restricciones masivas que no sólo afectan a la formación y la vida profesional. El Corán es inequívoco al respecto: «Los hombres tienen autoridad sobre las mujeres en virtud de la preferencia que Alá ha dado a unos más que a otros… ¡Amonestad a aquellas de quienes temáis que se rebelen, dejadlas solas en el lecho, pegadles!
Si os obedecen, no os metáis más con ellas», dice la azora 4/34. Sin duda, estas reglas se remontan a tradiciones preislámicas; pero rigen todavía en la actualidad, como lo muestra el derecho familiar, sucesorio y penal de la sharia, que sigue siendo la norma en la mayoría de los países árabes.
Pero más relevante que todos los datos que se puedan recopilar estadísticamente es la pregunta de cómo esos hechos son recibidos, valorados y asimilados. Es obvio que la total dependencia económica, técnica e intelectual de «Occidente» resulta difícil de soportar para los afectados. Y no estamos hablando en términos abstractos. Todo lo que el Magreb y Oriente Próximo necesitan para la vida cotidiana, cada frigorífico, cada teléfono, cada enchufe, cada destornillador, sin hablar ya de los productos de alta tecnología, representa una muda humillación para cualquier árabe que sea capaz de razonar.
La situación de perdedores que así experimentan se ve agravada en gran medida por un factor cultural. En efecto, choca frontalmente con una imagen propia tradicional minuciosamente cuidada. ¿No había prometido un poder superior a los musulmanes árabes la supremacía sobre todas las demás sociedades? «Sois la mejor comunidad humana que jamás haya existido», dice el Corán (3/111).
El convencimiento de la superioridad propia no es un rasgo específico de la mentalidad árabe; europeos y norteamericanos no van a la zaga de otras culturas en lo que a este punto se refiere. Pero hay dos factores que le confieren una energía peculiar. Por una parte, la creencia en la superioridad propia se asienta en un fundamento religioso. Por otra, colisiona con la inmensa debilidad propia. Esto da origen a una herida narcisista que reclama alguna compensación. Atribuciones de culpa, teorías de conspiración y proyecciones de toda clase forman, por tanto, parte de su economía emocional colectiva. De acuerdo con esas estrategias, el mundo exterior hostil no tiene otro propósito que el de humillar a los musulmanes árabes.
Por consiguiente, reaccionan con irritabilidad extrema a cualquier ofensa, supuesta o real. No es ningún secreto lo fácil que es instrumentalizar tales susceptibilidades. Todo colectivo de perdedores es proclive a los estados de crispación que pueden explotarse políticamente. Por muy insignificante o ridículo que sea el motivo, ningún actor con intereses estratégicos resistirá la tentación de capitalizarlo con fines políticos.

La forma más pura del terror islámico es el atentado suicida. Ejerce un poder de atracción irresistible sobre el perdedor radical, pues le permite dar rienda suelta a sus delirios de grandeza y al odio por sí mismo. De lo que menos se le puede acusar es de cobardía. El valor que le caracteriza es el valor de la desesperación. Su triunfo consiste en que no se le puede combatir ni castigar, pues él mismo se encarga de hacerlo. El que no sólo elimine a otros sino también a sí mismo es su última satisfacción, un deseo que el vídeo reivindicativo de Al Qaeda exhibido tras los atentados de Madrid de marzo del 2004 muestra bien a las claras: «Vosotros amáis la vida, nosotros amamos la muerte, y por eso venceremos». Tal genio no carece de precedentes en Europa; en octubre de 1936, uno de los generales de Franco se expresaba en términos similares en Salamanca: «¡Viva la muerte! ¡Abajo la inteligencia!»
Para sus jefes, el perpetrador de atentados suicidas representa un arma imbatible porque ningún satélite de reconocimiento es capaz de detectarlo y porque puede emplearse prácticamente en todas partes. Además, es de muy bajo coste.
Al islamismo no le interesa buscar soluciones al dilema del mundo árabe; se limita a la negación. Se trata de un movimiento apolítico en sentido estricto, puesto que no plantea ningún tipo de reclamaciones negociables. Desea, en términos explícitos, que la mayoría de los habitantes del planeta, conformada por infieles y renegados, se rinda o sea exterminada.
Ese deseo candente no se puede cumplir. En todo caso, la energía destructiva de los perdedores radicales es suficiente para matar a miles o quizá decenas de miles de personas imparciales y para dañar duraderamente a la civilización a la que han declarado la guerra.

Todo esto es lo que el islamismo puede apuntarse como éxito. Pero ello no cambia para nada las verdaderas relaciones de poder. Ni siquiera el ataque espectacular contra el World Trade Center pudo sacudir la hegemonía de los Estados Unidos. La Bolsa de Nueva York reanudó sus funciones el lunes siguiente a los atentados; los efectos a largo plazo sobre el sistema financiero y el comercio mundial fueron mínimos.
Las consecuencias para las sociedades árabes, en cambio, son fatales. Pues no será Occidente el que tenga que soportar, a largo plazo, las desastrosas secuelas, sino aquella región mundial en cuyo nombre actúa el islamismo. No sólo comportarán sufrimientos para emigrantes, refugiados y personas en busca de asilo. Pueblos enteros tendrán que pagar un altísimo precio, más allá de toda justicia, por las acciones de sus autodenominados representantes. Es absurdo pensar que el terror puede mejorar sus perspectivas de futuro, de por sí bastante malas. La historia no conoce ningún ejemplo de sociedades regresivas que, estrangulando su propio potencial productivo, a la larga hayan sido capaces de sobrevivir.
El proyecto de los perdedores radicales consiste en organizar el suicidio de toda una civilización, como sucedió en Irak y Afganistán. No es probable que consigan eternizar y generalizar ilimitadamente su culto a la muerte. Sus atentados constituyen un permanente riesgo de trasfondo, como la muerte cotidiana por accidente de tráfico en las carreteras, a la que nos hemos acostumbrado. Una sociedad mundial que depende de combustibles fósiles y que no cesa de producir nuevos perdedores tendrá que convivir con ello.

This is a magnificent test and very current in the times that run and reread every certain time, not only the number of losers will increase every day, but soon will be verified the own fractionation of the large sets; the cohorts of the frustrated, the vanquished and the victims will be dissociated from each other in the midst of a turbulent and chaotic process. The unsuccessful one has to resign himself to his fate and give up; to the victim, claim satisfaction; When defeated, prepare for the next assault. The radical loser, on the other hand, departs from others, becomes invisible, takes care of his chimera, concentrates his energies and waits for his time.

Nobody is spontaneously interested in the radical loser. The disinterest is mutual. In fact, while he is alone (and he is very lonely) he does not go to blows for life; rather, it seems discreet, mute: a sleeper. If it ever comes to be noticed and is recorded, it causes a disturbance that borders on fright, because its mere existence reminds others that it would take very little for them to behave in the same way. If he abandoned his attitude, maybe society would even offer him help. But he does not intend to do so, and nothing indicates that he is willing to let himself be helped.
The fact that they multiply makes it possible to conclude that there are more and more radical losers. This is due to the so-called objective conditions, a phrase that can refer to the world market, the regulation of evaluations or the insurance company that does not want to pay.
Whoever wants to understand the radical loser should perhaps go deeper into things. Progress has not eliminated human misery, but it has transformed it enormously. In the last two centuries, the most successful societies have earned new rights, new expectations and new demands; they have finished with the idea of ​​an irreducible destiny; They have put on the agenda such concepts as human dignity and human rights; they have democratized the struggle for recognition and raised expectations of equality that they can not fulfill; and at the same time they have been in charge of exhibiting the inequality before all the inhabitants of the planet and in all the television channels during the twenty-four hours of the day. Therefore, the disappointment of human beings has increased with each progress.
The only way out of their dilemma is the fusion of destruction and self-destruction, of aggression and self-aggression. On the one hand, the loser experiences exceptional power at the moment of the outbreak; his act allows him to triumph over others, annihilating them. On the other hand, by ending his own life, he realizes the opposite side of that feeling of power, namely, the suspicion that his existence may be worthless.
Another point in his favor is that the outside world, which never wanted to know about him, will take note of his person from the moment he wields the weapon. The media will be responsible for providing unprecedented advertising, if only for twenty-four hours. Television will become the propagandist of its act, thereby encouraging potential emulators. As has been shown, particularly in the United States of America, this represents a difficult temptation to resist for minors.

There is only one movement willing to violence and capable of acting globally. We refer to Islam. It is trying to make profitable on a large scale the religious energy of a world religion that with 1300 million faithful not only continues to enjoy great vitality but, for mere demographic reasons, expands in all continents. Despite the fact that this ummah is shaken by multiple internal divisions and by national and social conflicts, the ideology of Islamism represents a perfect means to mobilize the radical loser, as it manages to amalgamate religious, political and social motivations.
Equally promising is its organizational model. The movement has dismissed the strict centralism of previous bands to replace the almighty central committee with a set of flexible networks: this innovation of extreme originality and totally up to the times.
As much as the Islamists give them guardians of tradition, they are creatures of the globalized world they fight on all four sides. Not only in their technique but also in their conception of the media have a great advantage over their predecessors of other times. It is true that already in the nineteenth century the disciples of terror relied on the “propaganda of action”, but did not enjoy the planetary attention that currently obtains a small group as nebulous as Al Qaeda. Appraised by television, computer technology, the Internet and advertising claims, Islamist terror reaches audience shares higher than any football world championship. Outstanding pupil of Hollywood, staged in the image and likeness of the films of catastrophes, the horror movies and the sci-fi thriller the massacres that interest him. This is also reflected in his dependence on the hated West. The société du spectacle, once evoked by the situationists, finds itself in the media productions of violent Islamism.

Even more deeply rooted in Arab history are the problems that relate to the position of women. It is difficult to gauge the effects on the development of a society that half of the population is subject to massive restrictions that not only affect training and professional life. The Qur’an is unequivocal in this regard: “Men have authority over women by virtue of the preference that Allah has given to some more than others … Admonish those of whom you fear to rebel, leave them alone in the bed, hit them!
If they obey you, do not get involved with them anymore, “says Surah 4/34. Undoubtedly, these rules go back to pre-Islamic traditions; but they still apply today, as shown by the family, inheritance and criminal law of sharia, which is still the norm in most Arab countries.
But more relevant than all the data that can be collected statistically is the question of how those facts are received, valued and assimilated. It is obvious that the total economic, technical and intellectual dependence of «the West» is difficult to support for those affected. And we are not talking in abstract terms. Everything that the Maghreb and the Middle East need for daily life, every refrigerator, every telephone, every plug, every screwdriver, without talking about high-tech products, represents a silent humiliation for any Arab who is capable of reasoning.
The situation of losers who thus experience is greatly aggravated by a cultural factor. In effect, it clashes frontally with a traditional self-image meticulously maintained. Had not he promised a superior power to Arab Muslims the supremacy over all other societies? “You are the best human community that ever existed,” says the Koran (3/111).
The conviction of one’s superiority is not a specific feature of the Arab mentality; Europeans and Americans do not lag behind other cultures as far as this point is concerned. But there are two factors that give it a peculiar energy. On the one hand, the belief in one’s own superiority is based on a religious foundation. On the other hand, it collides with its own immense weakness. This gives rise to a narcissistic wound that demands some compensation. Attributions of guilt, conspiracy theories and projections of all kinds form, therefore, part of their collective emotional economy. According to these strategies, the hostile outside world has no other purpose than to humiliate Arab Muslims.
Consequently, they react with extreme irritability to any offense, supposed or real. It is no secret how easy it is to manipulate such susceptibilities. Every group of losers is prone to states of tension that can be exploited politically. No matter how insignificant or ridiculous the motive, no actor with strategic interests will resist the temptation to capitalize it for political ends.

The purest form of Islamic terror is the suicide attack. It exerts an irresistible power of attraction over the radical loser, because it allows him to unleash his delusions of grandeur and hatred for himself. Of what less can be accused is cowardice. The value that characterizes it is the value of despair. His triumph is that he can not be fought or punished, because he is responsible for doing it. That not only eliminates others but also himself is his ultimate satisfaction, a desire that the video claiming al Qaeda exhibited after the Madrid bombings of March 2004 shows clearly: “You love life, we love death, and that is why we will win ». Such genius is not without precedent in Europe; in October 1936, one of Franco’s generals expressed himself in similar terms in Salamanca: “Long live death! Down with intelligence! »
For their leaders, the perpetrator of suicide attacks represents an unbeatable weapon because no reconnaissance satellite is capable of detecting it and because it can be used practically everywhere. In addition, it is very low cost.
Islamism is not interested in finding solutions to the dilemma of the Arab world; it is limited to denial. It is an apolitical movement in the strict sense, since it does not raise any type of negotiable claims. It wishes, in explicit terms, that the majority of the inhabitants of the planet, conformed by infidels and renegades, surrender or be exterminated.
That burning desire can not be fulfilled. In any case, the destructive energy of the radical losers is enough to kill thousands or perhaps tens of thousands of impartial people and to permanently damage the civilization to which they have declared war.

All this is what Islamism can point to as success. But this does not change the true relations of power at all. Not even the spectacular attack against the World Trade Center could shake the hegemony of the United States. The New York Stock Exchange resumed its functions on the Monday following the attacks; the long-term effects on the financial system and world trade were minimal.
The consequences for Arab societies, on the other hand, are fatal. For it will not be the West that has to endure, in the long term, the disastrous consequences, but that world region in whose name Islam acts. Not only will they cause suffering for migrants, refugees and asylum seekers. Entire peoples will have to pay a very high price, beyond all justice, for the actions of their self-styled representatives. It is absurd to think that terror can improve your future prospects, in themselves quite bad. History knows no example of regressive societies that, by strangling their own productive potential, have in the long run been able to survive.
The project of the radical losers consists of organizing the suicide of an entire civilization, as happened in Iraq and Afghanistan. It is unlikely that they will eternalize and generalize their cult of death without limit. Their attacks constitute a permanent background risk, such as the daily death due to traffic accidents on the roads, to which we have become accustomed. A world society that depends on fossil fuels and that never ceases to produce new losers will have to live with it.

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