La Historia De La Lluvia — Niall Williams

Decir que este libro es especial en cuanto a como cuenta las cosas, en la atemporal Irlanda, más allá de la pesca del salmón y el día a día de un pueblo donde parece no pasar el tiempo destaca nuestra querida Ruth Swain, entre los murmullos del río Shannon, emprende un viaje literario en busca de su padre Virgil Swain que lee poemas de W.Blake a las vacas a todo ello la literatura inunda las páginas pero cual su el gran logro sin duda, no es lo que cuenta, la gracia esta en como lo cuenta.
Los 4000 libros que la rodean adquieren vida con ella y lo importante es la ironía en sus páginas, después del sexo mi madre no se quedó embarazada. Es posible que fuera la única mujer de Irlanda a la que no le ocurrió. Por aquel entonces las mujeres se quedaban embarazadas por llevar falda corta y tacones altos. Los tacones altos eran famosos por eso. Kilrush estaba prácticamente abarrotado de zapaterías de modelos de tacón alto.

Los guiños a la literatura son constantes, un hermano y una hermana se encuentran después de muchos años y poco contacto. Quedan en un café a media tarde. La luz va menguando y la ciudad emite ese suave rumor del rato ensimismado que precede a la hora punta. El café es normal y corriente y está tranquilo. Ella llega antes, se sienta al fondo, a una mesa de cara a la puerta, nerviosa y con la gabardina desabrochada. El camarero es un hombre mayor. La deja a su aire. El hermano llega tarde con cara de disculpa, aunque no dice nada al respecto. Le da un beso en la mejilla. Se sientan y el viejo les lleva los tés que no quieren, dos teteras, fuerte para él, flojo para ella. Hace mucho que no decían el nombre del otro en voz alta, y decirlo ahora refleja la extraordinaria timidez del encuentro que imagino en el Último Día. Al principio se aprecia el abanico completo de la incomodidad humana. Pero ahí está el asunto: casi al instante vuelven a ser los mismos de antes. Los años y los cambios no son nada. Necesitan pocas palabras. Se reconocen cada uno en el otro, e incluso en silencio la familiaridad es un gran consuelo, porque pese al tiempo y la diferencia sigue discurriendo esa profunda corriente fluvial, esa suerte, tal vez, de comunión que solo existe entre gente unida por la palabra «familia». De manera que lo que ahora aflora entre ellos, blanco como la espuma, fortalecedor y del todo inesperado, es amor.

Escribir, naturalmente, es una especie de enfermedad. La gente que está bien no escribe. El arte es en esencia imposible.
Una vez hubo empezado como es debido, mi padre no paró nunca. Siempre estaba escribiendo. Eso es lo que entiendo ahora. No había descanso, ni pausa. No era que solo escribiera cuando los platos estaban limpios y recogidos por la noche, cuando salía y se iba solo a la mesa bajo el remanso de luz de la lámpara. No era que solo escribiera cuando tenía un lápiz en la mano. Era que la parte de su cerebro que traía los ritmos y los sonidos, la parte de su mente que veía cosas en la no del todo belleza cotidiana que había por aquí en nuestras tierras y en el río, esa parte se había encendido y se había atascado. Hay dos cosas, según dice Tommy Devlin, que son la marca del genio: una es el runrún ininterrumpido del cerebro, la otra ver el siguiente paso cuando no hay siguiente paso.

—No hay Cielo. ¿Cómo va a haberlo? Piénsalo. Para empezar, si todas las personas buenas que ha habido ya están allí, ¿qué tamaño tendría? Después, vaya pesadilla social. Sería como si todos los personajes buenos de todos los libros de la biblioteca definitiva del mundo abandonaran los libros, salieran de sus historias y les dijeran que se mezclaran. Anne Archer y Jim Hawkins, Ismael y Emma Woodhouse. ¿Qué locura sería? Dorothea, saluda al señor Dedalus. ¿Qué podrían decirse? Sería horroroso.

Recordemos que no es un libro fácil de leer pero sin duda si te gusta acabara enganchándote donde el amor por la literatura es como ese salmón que vuelve a su cauce a desovar, bienvenidos lectores… la educación en una época en que la educación equivalía a los libros. Dos veces al mes el autor iba a la biblioteca, y esas visitas perduran entre los recuerdos más entrañables de mi infancia. Aparte de curiosear y sacar libros en préstamo, estar durante una hora en la compañía física de tantos volúmenes era estimulante y conmovedor en un sentido que quizá es difícil explicar hoy en día, pero por el que siempre estaré agradecido. Cuando murió su padre, pidió en su testamento que sus libros me fueran entregados a mí. Entre ellos estaba Los ríos salmoneros de Irlanda, de Augustus Grimble.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s