La Política En El Ocaso De La Clase Media — Emmanuel Rodríguez López

Interesante libro que habla con la consabida crisis que venimos arrastrando desde el 2007 del movimiento 15M, a su vez de Podemos y lo más importante del libro para mi cuando habla de la maltratada y casi extinta clase media.

¿Qué fue el 15M?. El 15M partió en dos la historia de la democracia española.
Acontecimiento, irrupción, cortocircuito. La dificultad de leer el 15M reside en su carácter imprevisible. Su letra no estaba escrita en los hechos previos. En los meses anteriores, había tensión, expectativa, ganas, malestar, un cóctel de elementos palpables en el estado de ánimo, pero nadie, al menos nadie en su sano juicio, podía prever la magnitud del seísmo. El desplazamiento fue mucho más allá de lo que todos sus actores juntos hubieran podido imaginar. Y estos se vieron tan sorprendidos como muchos de los espectadores más distantes. Sencillamente no había precedentes, o al menos estos no eran claros: ni una memoria de insurrecciones pasadas, ni un horizonte estratégico, ni siquiera un repertorio de acciones disponible para el calibre de lo sucedido. Tan solo las imágenes de lo ocurrido en la Primavera Árabe y especialmente en la plaza Tahrir servían de espejo. Faltaba el marco de interpretación.
-La izquierda oficial fue seguramente la más descolocada. PSOE, IU y los grandes sindicatos bascularon entre el rechazo y la simpatía oportunista, pero siempre sin saber muy bien de qué se trataba. La prensa (las editoriales, las firmas de prestigio) fueron igualmente incapaces de ofrecer nada, más allá de los extremos del «boicot a la democracia».
-El 15M tuvo sus condiciones necesarias en una corriente política que arrancaba de lejos: un hilo que a golpe de hemeroteca parece discontinuo, pero que se había ido hilvanado con materiales resistentes. Para muchos participantes, la memoria inmediata del movimiento de las plazas se remontaba siete años atrás, hasta las jornadas que siguieron al atentado del 11 de marzo de 2004.
-El 15M se articuló en las redes, encontró en las mismas su canal práctico de organización y multiplicación. En aquel tiempo, se habló del 15M como «sistema-red» y de la tecnopolítica, término también «de época», como la capa nuclear del movimiento. Y en efecto, las acciones, los encuentros, las convocatorias circulaban primero en las redes, pero constituían algo mucho más importante. Facebook, pero especialmente twitter, se constituyeron como esferas propias de generación de opinión y acción, contestación de las falsas noticias de los medios, replicación vírica de las consignas, testeo del clima afectivo y de la predisposición colectiva a determinadas propuestas. Se habló entonces de una esfera pública post-mediática, una corriente política que discurría al margen, a veces en contra, del país oficial producido por los grandes medios de comunicación. La miniaturización de los dispositivos de conexión —el móvil con datos— permitía la producción y acceso inmediatos a la información sobre una manifestación, las decisiones de las acampadas o las acciones policiales.
-¿Hubiera sido el mismo 15M si quienes protagonizaron las acampadas y las primeras manifestaciones se hubieran significado como sindicalistas, trabajadores despedidos o sometidos a los centenares expedientes de regulación de empleo entonces en marcha? ¿O si hubieran sido las chavalas y los chavales de las periferias urbanas, los mismos que caían dentro de ese 30% de absentismo escolar, o dentro de esa cifra que superaba el 60% de desempleo juvenil? En el primer caso, hubiéramos asistido, seguramente, a una protesta legítima pero que, etiquetada de «sindical», relativa «al trabajo» —esa parte extrañamente negada en las sociedades de consumo «avanzadas»— hubiera sido aislada en un terreno considerado «particular», empujada al campo ideológico de la demanda corporativa. En el segundo caso, improbable a todas luces, se hubiera asistido a un desalojo policial.
-El 15M fue también un movimiento «de clase», que conectaba y al mismo tiempo daba expresión política a la descomposición del principal soporte de la democracia española. Y lo hacía además de una forma «progresiva», evitando el peligroso abismo de la guerra entre pobres y de la competencia por los recursos que podía haber derivado en una posible salida política de «derechas».
-La crisis financiera se había llevado por delante la práctica totalidad del sistema de cajas de ahorro español, una banca semipública que debía haber tenido un mejor uso. La quiebra de las cajas, aparte de mostrar la fragilidad de los pilares del crecimiento económico, puso al descubierto los excesos de los consorcios político-empresariales: préstamos a interés cero a promotores, proyectos imposibles —como aeropuertos privados, casinos, urbanizaciones en medio de la nada, autopistas en paralelo a otras en funcionamiento— que no tenían más rentabilidad que la que producía su construcción, y sobre todo miles de contratos en los que la «amistad» y las comisiones fraudulentas resultaron ser el motivo fundamental, a veces el único motivo. Tras las sucesivas bancarrotas, el gobierno optó por la «bancarización» de las cajas, esto es, por el saneamiento de las instituciones con dinero público y su posterior privatización. El caso Bankia, resultado de la absorción por Caja Madrid de la quebrada Bancaja y otras cajas menores, simbolizaba todos los desmanes del ciclo inmobiliario, pero también el fracaso de la bancarización; de nuevo, con estafa ciudadana incluida, esta vez a los pequeños ahorradores.
-La crítica al PSOE se hacía también extensiva, si bien por otras razones, a la otra formación política que se reivindicaba como el frasco de las esencias de la izquierda, aunque como todas las fragancias puras, solo se pudiera soportar en pequeñas dosis. A la IU heredera del PCE, que también entró en la crisis salpicada de escándalos de corrupción, con una dirección envejecida y ajena a casi todos los movimientos y realidades que empujaron el 15M, se le podía hacer una crítica histórica igualmente demoledora.
-El 15M mostró un paradójico pero clarísimo perfil de clase. De un lado, correspondía con un proceso de desafiliación social de larga trayectoria, que impedía la inmediata constitución de un sujeto político realmente popular. De otro, las clases medias en descomposición, que protagonizaron las protestas, se expresaron con un lenguaje radicalmente democrático, y al mismo tiempo no dejaron de reproducir una cierta aspiración a la recomposición de su vieja posición de clase. Todo el ciclo político posterior se desarrolló también dentro de esta tensión.

El agotamiento de la capacidad de propuesta y de la creatividad de los primeros tiempos mostraba no solo el cansancio físico de más de dos años de movilización, sino también una creciente impotencia para encontrar una vía política propia. El vacío relativo se estaba llenando de rituales, de repeticiones, incluso de una evidente tendencia a la «izquierdización», que se puede interpretar en un sentido no necesariamente positivo. Quizás el «techo de cristal» no era solo el del 15M, sino la demostración de los límites de formas de movilización y de «hacer política», que arrancaban de mucho antes de 2011. El problema del poder no tardaría en volverse a plantear, esta vez, por medio del ensayo de una vía mucho más tradicional y ajustada a los medios de integración de la democracia representativa, la vía electoral.

PODEMOS
Para los partidos políticos tradicionales, la irrupción de Podemos cayó como una bofetada. Algunos estudios señalaban que hasta el 25% del electorado socialista estaba dispuesto a votar a Podemos. Por primera vez, el PSOE se veía amenazado por una fuerza política que le disputaba su propio suelo. En ese mismo verano, el partido veterano de la política española, con más de 135 años de historia, aceleró su renovación interna.
El 25 de mayo por la noche, en una céntrica plaza madrileña, y ante un par de miles de personas, el equipo de Podemos celebró su victoria. Todavía con un tono de modestia, rehuyendo de toda forma de triunfalismo, Pablo Iglesias declaró «mañana habrá seis millones de parados y desahuciados», hay que seguir trabajando. Pero lo cierto es que desde ese 25 de mayo «ganar», ese significante impreciso respecto a los resultados políticos concretos, pero perfectamente cuantificable en votos y escaños, empezó a resultar posible.
-En términos generales, tanto por el patrón de desarrollo territorial a través de las asambleas locales, como por su proliferación en redes, la explosión de Podemos fue un calco de las formas de organización del 15M. Algunos desplazamientos sutiles parecían prefigurar, no obstante, un movimiento nuevo. En muchos casos, especialmente en las grandes ciudades, la militancia de los movimientos sociales que había animado el 15M o que incluso se había formado en el movimiento de las plazas rehusó participar en una iniciativa que nunca escondió su carácter centralista y marcadamente personalista. Podemos casó mal, desde el principio, con la crítica a la representación dominante en el 15M. Al fin y al cabo, el nuevo partido era un proyecto de «recuperación de la política», aun cuando fuera con modalidades novedosas. Podemos surgió, en efecto, de una búsqueda consciente de la «buena representación», del estos «sí me representan».
-A diferencia de lo que resultaba corriente en la mediocre política institucional española, una de las mayores contribuciones de los nuevos líderes de Podemos fue la de otorgar relevancia al análisis teórico, avanzando una hipótesis propiamente estratégica. Aun cuando estas discusiones quedaron contenidas en las reuniones internas del grupo y aunque la traducción de la línea política permaneció casi siempre reducida a unas cuantas directrices de comunicación política, Podemos recuperó para el ciclo cierta capacidad de elaboración analítica. En cierta forma, Podemos empezó a descifrar un debate estratégico que el 15M había empezado ya a intuir, aunque fuera en su etapa de caída relativa.
-Las batallas internas, el creciente desgaste de la organización, la primera ola de desencanto pero sobre todo la pérdida de empuje en las encuestas, convertidas en el único criterio de verdad para la dirección, desataron las primeras dudas respecto a la hipótesis de Vistalegre. También en estos meses se produjeron los primeros amagos de fisura en la dirección. Desde el Congreso Constituyente, Podemos siguió una política de comunicación que se quería coherente con las ideas de «transversalidad» y «centralidad». Traducido a términos de «discurso», se trataba de afinar y profundizar en la imagen de moderación de un partido, que rápidamente estaba perdiendo los perfiles críticos
-era patente que el éxito en muchas ciudades no había tenido nada que ver con las funciones del carisma y del liderazgo mediático, sino con el modelo de colaboración y descentralización del 15M. Apenas unos meses antes de las elecciones, pocos podían pensar que los que serían alcaldes de Coruña (Xulio Ferreiro), Cádiz (Jose María Gonzalez, alias Kichi) o Zaragoza (Pedro Santiesteve) fueran poco más que activistas reconocidos en el entorno de los movimientos sociales y sindicales de sus respectivas localidades. En estos casos, como en muchos otros (Badalona, Santiago, Ciempozuelos), resultaba claro que las figuras «alcaldables» habían sido «máscaras», construcciones del movimiento, como lo fue Manuela Carmena, prácticamente desconocida para las generaciones nacidas a partir de 1970, y de las que recibió más de las dos terceras partes de su voto. Ganó el municipalismona la institucionalización que se denominó “confluencias”.
-Incorporado como un actor político más, Podemos fue también empujado al contradictorio juego de la aritmética parlamentaria. Aunque la «hipótesis» seguía siendo «asaltar los cielos» (el gobierno, el Estado), el método se había convertido en el motivo de un nuevo ensanchamiento de la fisura que separaba a Iglesias de Errejón, o si se quiere al experimento populista, cada vez más inspirado en el peronismo, y al neoeurocomunismo de Iglesias.
Desde el 20 de diciembre, solo las elecciones del 26 de junio habían servido como motivo de movilización, y de todos modos con un resultado decepcionante. La llegada al Parlamento le sentaron mal a Podemos y a las confluencias. Como era previsible, en ausencia de movimiento, las posibilidades de hacer política en la cámara se limitaron a dar vueltas en el vacío, asomando en ocasiones con declaraciones grandilocuentes, pero con un impacto público menguante. Sin capacidad para liderar la formación de gobierno, Podemos era víctima de su propia hipótesis, reducida en última instancia a Estado o nada. La situación tendía a acorralarlo en el segundo término. La crisis estaba acotada dentro del sistema de partidos pero de una forma agónica y sin solución a la vista.
-La bandera constituyente estaba lejos de animar un radical cuestionamiento del régimen social y económico. En el mejor de los casos, esta hipótesis habría chocado con los límites y ficciones del «acto constituyente», pero a la hora de consolidar una memoria viva del «poder constituyente» y de dar cuerpo a los contrapoderes de un nuevo ciclo político, el avance hubiera sido gigantesco. Entre los muchos factores ya señalados, la urgencia por consolidarse como élite política y el incurable estatismo de la izquierda española, acabaron por decantar las opciones abiertas en la zona pantanosa, y a la postre miserable, de la política institucional.

La crisis política se ha mostrado ante todo como una crisis —con reinvención posterior— del sistema de partidos. No es casual. La flexibilidad de la democracia representativa reside en su capacidad para bordear la rigidez interna de los partidos concretos y las escalas políticas en las que estos se definen —izquierda / derecha…
-La debilidad de las élites de Estado.
La primera cuestión es superficial, resulta casi obvia: el rápido descrédito del sistema de partidos mostró la rigidez relativa de las élites de Estado. Con el término «élites de Estado» se alude a algo más que a la clase política y a sus partidos. Estas comprenden todas aquellas figuras privilegiadas, con capital-prestigio y poder efectivo dentro del aparato representativo que depende de los partidos y de la concurrencia electoral, así como dentro del aparato administrativo regulado por la carrera política. Esta forma de las élites incluye también a las principales figuras del mundo académico, del periodismo, de la «cultura», al igual que a las llamadas instancias de representación de los intereses económicos —principalmente los grandes sindicatos y la patronal—, todas ellas dependientes del presupuesto público o de rentas políticas. Las élites de Estado constituyen eso que se llama «lo oficial» de un país, o lo que en lengua inglesa, se ha dado en llamar la «nación política»; comprenden tanto a la clase política, como a la llamada «sociedad civil».
Resumiendo, las élites institucionales españolas carecen de la autoridad y del boato de herencia aristocrática que todavía rezuman buena parte de las élites europeas, formadas en las escuelas de élite. En la historia reciente, y en lo que se refiere a su configuración concreta durante la Transición, las élites españolas aparecen demasiado ligadas al «régimen», esto es, demasiado «próximas al gobierno» y no al Estado. En la formación de la democracia española, las nuevas élites de Estado se formaron a partir del reclutamiento masivo de aquellos elementos que representaban a la «izquierda»; una generación que había recibido una educación sentimental —por superficial que fuera— en el «antifranquismo» y que era, a su vez, un producto de la expansión de la educación universitaria. Ciertamente, su incorporación al Estado se produjo sobre un sustrato previo, formado por los jóvenes retoños de la clase política franquista, que medró bajo el marco de los mecanismos de promoción interna del régimen. Y no es casualidad que todavía hoy los altos cuadros del Partido Popular provengan principalmente del funcionariado público, y especialmente de cuerpos de élite como la abogacía del Estado, y los del partido socialista de la docencia universitaria y de la propia burocracia del partido.
Desde 2008-2009, la descomposición de las alianzas por arriba desencadenó una tormenta autoalimentada por escándalos de corrupción, traiciones y procesos judiciales. El tiempo de la validación automática de la clase política había tocado a su fin. Para una parte creciente de la población, estas aparecían como una oligarquía predadora y arbitraria, y aún peor sin poder real.
-La crisis de las clases medias.
El segundo nivel de explicación resulta todavía más importante y está claramente conectado con la naturaleza y la composición de esta «forma» de las élites.
El momento crítico se desencadenó en la fase bajista del ciclo económico. Como se ha visto, durante la fase alcista (1995-2007), que constituye el periodo de crecimiento económico más prolongado de la democracia, se produjeron cambios significativos en la articulación de estos tres elementos. La década de 1990 se inició con una inversión de la tendencia de los quince años previos. El Tratado de Maastricht dictó la regla de acero de contención del gasto público de los estados miembros. Si hasta 1992, el neoliberalismo europeo tuvo una función principalmente de restricción salarial, cuyo principal pagador fue una clase obrera en retirada, en realidad herida de muerte por la desindustrialización y las políticas de reconversión. A partir de 1992, la nueva ofensiva del capital financiero se concentró en la construcción de una arquitectura europea capaz de bloquear el gasto social y relanzar la acumulación por medio de la privatización y la externalización. En la provincia España, esto supuso el punto y final a la espectacular expansión del empleo público que se había producido entre 1970 y 1992. El principal instrumento de protección y expansión de las clases medias no iba a ofrecer mayores rendimientos.
La extraordinaria prolongación de la «burbuja» inmobiliario-financiera de 1995-2007 produjo, no obstante, una amplia gama de prótesis financieras que permitieron mantener la vitalidad de las clases medias. El mecanismo de respiración artificial consistió en el relevo de los salarios por las rentas patrimoniales como principal factor en el incremento de la renta personal. Durante este periodo, el consumo doméstico prácticamente se duplicó, al tiempo que los salarios reales disminuyeron en varios puntos porcentuales. La razón de este fenómeno, inexplicable para la economía convencional, estaba en la multiplicación por un factor 3 de la riqueza patrimonial —fundamentalmente en forma de bienes inmuebles— de las familias. Las facilidades de acceso al crédito, la expansión hipotecaria y las plusvalías inmobiliarias permitieron compensar con creces la debilidad relativa de los salarios en el país con las tasas de desempleo y temporalidad más altas de Europa. Al mismo tiempo, el crecimiento económico se alimentó con la entrada de casi cinco millones de trabajadores extranjeros, que ocuparon los nichos de empleo de peor remuneración.
La crisis iniciada en 2007 mostró, sin tapujos ni paliativos, la contradicción entre las facilidades que habían tenido las generaciones de la Transición (entiéndase las clases medias formadas entonces), en el marco de un periodo de ampliación de las élites institucionales, expansión del empleo profesional y del gasto público, y los incorporados al mercado laboral en aquellos años en los que resultaba casi imposible acceder a los empleos y a los niveles de remuneración de otros tiempos, pero que todavía se consideraban el objetivo natural de las expectativas familiares y de la formación recibida.

En la crisis de la democracia española, y específicamente en la crisis de las élites de Estado, existe otro elemento apenas tenido en cuenta. La descomposición de las élites se produjo de forma violenta y acelerada no solo por un exceso de corrupción, también por una mecánica política quebrada. Seguramente hubiéramos sabido poco —o mucho menos— del expolio público, ambiental y social que producía este modo de extracción de las élites, si ellas mismas no hubieran aireado decenas de miles de documentos, luego convertidos en un par de millares de imputaciones fiscales. Ciertamente, detrás de estas investigaciones se encontraba, en ocasiones, el trabajo de movimientos sociales y de fiscales honestos. Pero nos engañaríamos si pensásemos que fueron una sociedad vigilante y los mecanismos de autorregulación del Estado quienes desvelaron los innumerables casos de corrupción. Antes bien, la secuencia normal de los escándalos de corrupción siguió el ritmo de una novela de traición y desengaño: filtraciones, amenazas, declaraciones a prensa fueron la norma. Las élites se traicionaron a sí mismas.
La crisis de las élites tuvo motivos internos. Entre estos factores se debe entender la acción de un segmento político reformista o regeneracionista, consciente de que sin la depuración de los viejos partidos estos resultaban inservibles. Este segmento inteligente ha sido, no obstante, minoritario dentro de una clase política mucho más prosaica en cuanto a sus motivaciones.
Desde 2007, se evidenció primero el colapso de las burbujas inmobiliarias a nivel global, y casi inmediatamente del negocio financiero ligado a las mismas (subprimes, productos compuestos, titulizaciones, etc.). La crisis se prolongó desde entonces en una larga agonía financiera que rebajó sustancialmente la rentabilidad general del capital financiero, pero también del crecimiento económico global. Los intentos de reactivar las plusvalías financieras pasaron por sucesivas estrategias sin resultados convincentes.[173]
La fase austeritaria, ordenada por los órganos de la UE a partir de 2009, creó oportunidades de alta rentabilidad para las grandes agencias financieras, empeñadas en el ataque a los bonos de deuda soberana. El precio político pagado por estimular este «nicho de negocio» fue el colapso y posterior rescate de los países del sur de Europa. No solo Portugal, Irlanda y Grecia fueron intervenidos, Italia y España tampoco consiguieron escapar a las garras de la Troika.

En definitiva, tras casi una década de pruebas, no hay ningún indicio de que la economía global haya siquiera iniciado una senda de crecimiento autosostenido. En el marco del capitalismo europeo, la situación apunta a un largo estancamiento, con situaciones alternas, según países, de leve crecimiento y recesión. La parálisis institucional de la Unión, incapaz de subordinar los intereses financieros a una lógica política, apenas permite prever nuevos avances hacia la unión fiscal y presupuestaria que podría reequilibrar los aspectos más abracadabrantes del euro, en tanto moneda extranjera para la mayor parte de los Estados. Tampoco se ha avanzado gran cosa en la dirección de reequilibrar los efectos antiproductivos de la particular división del trabajo en el continente, que pone a un lado a los países centrales agrupados en torno a Alemania, corazón exportador de la Unión, y en otro a los países «periféricos», cada vez más plegados a ser el área de influencia neomercantilista de los primeros.
La crisis del capitalismo europeo, o todavía más del ciclo de acumulación global, tiene en el ámbito de la provincia España, un inevitable correlato social. La supuesta «salida de la crisis», manifiesta en los valores positivos del PIB desde 2014, no ha traído otra consecuencia que la intensificación de los elementos de su especialización económica: una mayor explotación turística y, de nuevo, la concentración de la inversión en determinados segmentos del mercado inmobiliario.
En definitiva, el signo de la época es la irremisible «descomposición» de las clases medias. Esta crisis no ha terminado de prefigurar ninguna tendencia política clara, más allá de lo comprobado tras el 15M. Si bien, el retorno de la sociedad de «clases medias» está definitivamente condenado, la «nostalgia de clase» puede ser eficaz para proyectos políticos de signo diverso, desde el Podemos populista al processisme catalán, desde Ciudadanos a una alternativa de derechas todavía por definir. En contraste con estos casos, toda política que quiera intervenir para producir democracia y nivelación social tendrá que poner en el centro la tendencia que empuja en la dirección de una nueva «proletarización» de masas.

Tras el 15M, los nuevos políticos han imaginado la sociedad según un patrón hecho a su medida. Salvo el movimiento de vivienda, que pasó a un cajón secundario en la fase institucional, no ha habido en la «fase electoral» ninguna idea que vaya más allá de la política institucional. La nueva clase política se ha querido en comunicación directa con la mayoría: idea mística de la comunicación íntima e inmediata con las «masas», tan propia —tan históricamente propia— de las clases medias. Pero lo cierto, es que la política, al menos la única que interesa, comienza justamente cuando la distancia entre minoría activa y mayoría pasiva se estrecha hasta el punto de hacerse irrelevante.
El plebiscitarismo, el populismo, el participacionismo vacío, son resultados del déficit de politicidad no de las masas, sino de sus nuevas élites. La estrategia comienza cuando se deja de considerar el «todo» social como un espacio informe pero manejable —gracias a la «comunicación política-.

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