23 Cosas Que No Te Cuentan Sobre El Capitalismo — Ha-Joon Chang

Este autor nunca defrauda, no es su mejor libro pero siempre es muy interesante. Si tienes la sospecha de que algo falla en el capitalismo como sistema económico y quieres entender ciertas claves para el despliegue de este modelo económico y sus consecuencias, este es tu libro. No es un libro ideológico, toma mucha distancia de todo lo analizado en él, es decir, no es un libro escrito por un anticapitalista. Esta parte es importante ya que el título puede confundir. Aún así la evidencia de lo que dice es clara y objetiva.
El autor hace una crítica a la economía de libre mercado que, en algunos puntos, está bien argumentada y es interesante. La solución a las deficiencias que señala se encuentran, según la postura que él defiende, en la intervención del Estado en la economía. Por un lado, mediante subvenciones (cuyos fondos tendrán que salir de algún lado. Es decir, del bolsillo del ciudadano) y, por otro, a través de prohibiciones y obligaciones (es decir, limitando las libertades). Las críticas que hace son bastante razonables, incluso algunas de ellas muy razonables. Las soluciones, en cambio, resultan algo más que discutibles. Sobre todo si tenemos en cuenta que en su argumentación a favor del intervencionismo del Estado no tiene en cuenta la variable de la corrupción. Como si en los gobiernos de cualquier país no hubiera políticos que meten la mano donde no deben.

-La eurozona en su conjunto no sufre ninguna crisis fiscal. El déficit presupuestario de la eurozona solo es de en torno al 6 por ciento de su PIB, frente al 10-11 por ciento de Estados Unidos y Gran Bretaña. A déficits mucho más altos han sobrevivido las economías.
En segundo lugar, es muy injusto tachar de fiscalmente irresponsables a los países periféricos de la eurozona. Puede que Grecia ya tuviera un déficit fiscal relativamente alto antes del estallido de la crisis actual (aunque sus causas deban buscarse en la evasión fiscal, más que en un gasto social excesivo), pero países como España e Irlanda presentaban superávits fiscales equivalentes al 2-3 por ciento de su PIB, y en Italia y Portugal los déficits fiscales se movían entre el 1,5 por ciento y el 4 por ciento del PIB, algo del todo razonable. Si países como España han acabado con un déficit tan alto es más que nada porque la recesión fruto de la crisis financiera ha reducido enormemente los ingresos fiscales, y porque han tenido que gastar dinero público en el rescate de entidades financieras en quiebra.
Aun así, los líderes de los países con mayor fortaleza fiscal de la eurozona, jaleados por el lobby financiero, basaron su gestión inicial de la crisis en la idea de que había que hacer pagar por sus pecados a los países «irresponsables».
-El mercado libre no existe. Todos los mercados tienen reglas y límites que acotan la libertad de elección. Si un mercado parece libre, solo es porque aceptamos tan incondicionalmente sus restricciones de base que ya no las vemos. No se puede definir con objetividad lo «libre» que es un mercado. Es una definición política. No es cierto lo que dicen siempre los economistas de libre mercado, eternos defensores del mercado contra la intromisión del gobierno por motivos políticos: el gobierno siempre está presente, y a esos economistas la política les impulsa tanto como a los demás. Superar el mito de que existe un «mercado libre» objetivamente definido es el primer paso hacia la comprensión del capitalismo.
Cuando los economistas partidarios del libre mercado dicen que no hay que implantar una regulación determinada porque limitaría la «libertad» de un determinado mercado, no hacen sino manifestar una opinión política, la de que rechazan los derechos que defendería la ley propuesta. Su artificio ideológico es fingir que en el fondo su política no es tal, sino una verdad económica objetiva, mientras que la política de los demás sí presupone una postura política. Lo cierto, sin embargo, es que les impulsa la política tanto como a sus adversarios.
Prescindir de la ilusión de la objetividad del mercado es el primer paso hacia la comprensión del capitalismo.
-Aunque los accionistas sean los dueños de las empresas, también son los que tienen más movilidad entre todos los colectivos que las integran, y a menudo les importa muy poco el futuro a largo plazo de la empresa (a menos que su parte sea tan grande que les resulte imposible venderla sin trastornos graves para el negocio). Por eso los accionistas, sobre todo (pero no exclusivamente) los más pequeños, prefieren las estrategias empresariales que aumentan al máximo los beneficios a corto plazo (en detrimento, muchas veces, de las inversiones a largo plazo) y los dividendos que generan.
-La principal causa de la brecha salarial entre países ricos y países pobres no son las diferencias de productividad individual, sino el control de la inmigración. Sin barreras migratorias, la mayoría de los trabajadores de los países ricos podrían ser sustituidos por otros de países pobres, y así sería. Los sueldos, por decirlo de otro modo, están muy condicionados por la política. La otra cara de la moneda es que los países pobres no lo son a causa de sus habitantes pobres (que en muchos casos, de poder competir con sus equivalentes de los países ricos, les superarían), sino a causa de sus habitantes ricos (de los que, en su mayoría, no puede decirse lo mismo). Pero que no se entienda esto último como una invitación a que los ricos de los países ricos se den a sí mismos palmadas en la espalda por lo bien que hacen las cosas: sin las instituciones colectivas heredadas de las que parten no podrían ser tan productivos. Para construir una sociedad realmente justa, habría que olvidarse del mito de que a todos nos pagan según nuestro valor individual.
Esa idea tan extendida de que la única manera de que todas las personas reciban un salario correcto, y por lo tanto justo, pasa por que los mercados sigan su curso, es un mito; un mito del que habrá que olvidarse, comprendiendo lo que tiene de político el mercado y de colectiva la productividad individual, si pretendemos construir una sociedad más justa, en la que se decida cómo retribuir a las personas tomando en cuenta como se lo merecen la herencia de la historia y los actos colectivos, no solo el talento y el esfuerzo individual.
-Nuestra percepción de los cambios tiende a considerar los más recientes como los más revolucionarios, algo que a menudo choca con la realidad. En términos relativos, el progreso reciente de las tecnologías de la comunicación no es tan revolucionario como lo que sucedió a finales del siglo XIX (la aparición de la telegrafía con hilos). Es más: en cuanto a cambios económicos y sociales, la revolución de internet no es (o en todo caso aún no ha sido) tan importante como la lavadora y otros electrodomésticos que, al reducir enormemente el trabajo que comportaban las tareas domésticas, permitieron el ingreso de las mujeres en el mercado laboral y acabaron prácticamente con oficios como el servicio doméstico. Al mirar hacia el pasado hay que evitar «darle la vuelta al telescopio», subestimando lo viejo y exagerando lo nuevo, porque se corre el riesgo de cometer muchos errores en la política económica nacional, en la gestión de las empresas y en nuestra propia trayectoria profesional.
El grado de globalización (es decir, de apertura nacional) no lo determina la tecnología, sino la política, pero eso no lo veremos si dejamos que la fascinación por la revolución tecnológica de nuestros tiempos distorsione nuestra perspectiva. Acabaremos poniendo en práctica políticas equivocadas.
Una buena comprensión de las tendencias tecnológicas es muy importante para diseñar correctamente las políticas económicas, a escala tanto nacional como internacional (y en relación con cada persona, para encauzar su carrera profesional), pero la fascinación por lo último y el menosprecio por lo que ya se ha vuelto común no solo pueden llevarnos por el camino equivocado, sino que ya lo han hecho en más de una ocasión.
-El interés personal es uno de los rasgos más marcados de la mayoría de la gente, pero no es lo único que nos impulsa. En muchos casos, ni siquiera es nuestra principal motivación. La verdad es que un mundo lleno de esos individuos egoístas de los que hablan los manuales de economía ya habría dejado de girar, porque nos pasaríamos la mayor parte del tiempo engañando, intentando desenmascarar a los que engañan y castigándolos. Si el mundo va como va es porque las personas no son esos agentes totalmente interesados que cree la economía de libre mercado. Debemos diseñar un sistema económico que, sin ignorar que a menudo la gente es egoísta, saque el máximo provecho a otras motivaciones humanas y obtenga lo mejor de la gente. Si pensamos lo peor de los demás, lo más probable es que nos den lo peor.
-Se habrá domado a la inflación, pero la economía mundial es bastante más precaria que antes. Las proclamas entusiastas de que en las últimas tres décadas habíamos conseguido controlar la volatilidad de los precios ignoraban la extraordinaria inestabilidad que han mostrado las economías del mundo en el mismo período. Se han multiplicado las crisis financieras hasta la mundial de 2008, que ha destrozado la vida a muchas personas con deudas enormes, quiebras y desempleo. La atención excesiva a la inflación nos ha distraído de las cuestiones del pleno empleo y el crecimiento económico. En nombre de la «flexibilidad del mercado laboral» se ha desestabilizado el empleo, y con él muchas vidas. Pese a la afirmación de que la estabilidad de los precios es un requisito indispensable para crecer, las políticas que pretendían reducir la inflación no han hecho más que generar un crecimiento anémico desde los años noventa, época en la que supuestamente se domó por fin a la inflación.
-A niveles entre bajos y moderados, la inflación no es tan peligrosa como la presentan los economistas que promueven el libre mercado. Los intentos de reducirla a niveles ínfimos han disminuido la inversión y el crecimiento, cuando se había dicho que ambos se verían estimulados por la mayor estabilidad económica que se consigue con una inflación baja. Además, la baja inflación —y esto es aún más importante— ni siquiera nos ha reportado a la mayoría una auténtica estabilidad económica. Las liberalizaciones del capital y del mercado de trabajo que forman parte integral del paquete de políticas de libre mercado, paquete que tiene como uno de sus elementos clave el control de la inflación, han acentuado la inestabilidad financiera y la inseguridad del puesto de trabajo, haciendo que para la mayoría de la gente el mundo se haya vuelto más inestable. Para más inri, no se han cumplido los supuestos beneficios para el crecimiento del control de la inflación.
Convendría desprenderse de una vez por todas de esta obsesión con la inflación.
-Contrariamente a la opinión más extendida, los países en vías de desarrollo obtuvieron mejores resultados durante la época en que el Estado llevaba la batuta que en el período inmediatamente posterior de reformas orientadas al mercado. La intervención estatal sufrió algunos batacazos espectaculares, pero la mayoría de los países crecieron mucho más deprisa, con una distribución más equitativa de los ingresos y muchas menos crisis financieras, durante la «mala época» que en la de las reformas orientadas al mercado. Tampoco es cierto que casi todos los países ricos se enriqueciesen mediante políticas de libre mercado, sino prácticamente lo contrario: salvo unas pocas excepciones, todos los países actualmente ricos, incluidos Gran Bretaña y Estados Unidos (supuestas patrias del libre comercio y del libre mercado), se enriquecieron gracias a mezclas de proteccionismo, subvenciones y otras políticas que hoy en día ellos mismos aconsejan no adoptar a los países en vías de desarrollo. De momento, las políticas de libre mercado han enriquecido a pocos países, y a pocos enriquecerán en el futuro.
Las políticas de libre comercio y libre mercado casi nunca o nunca han funcionado. No las implantaron, en su mayoría, los países ricos en su época de desarrollo, y en las últimas tres décadas han ralentizado el crecimiento y han acentuado la desigualdad de los ingresos en los países en vías de desarrollo. Pocos países se han enriquecido con políticas de libre comercio y libre mercado, y pocos llegarán a hacerlo en el futuro.
-A pesar de la creciente «transnacionalización» del capital, la mayoría de las compañías transnacionales siguen siendo empresas nacionales con actividad internacional, no empresas realmente apátridas. El grueso de sus actividades principales, como la investigación de alto nivel y la estrategia, las llevan a cabo en sus países. La mayoría de sus principales responsables son del país de origen de la empresa. Cuando tienen que cerrar fábricas o recortar empleos, suelen dejar a su país en último lugar, por una serie de razones políticas, pero también, lo que es más importante, económicas. A consecuencia de ello, el grueso de los beneficios de una compañía transnacional van a parar a su país de origen. La nacionalidad no es lo único que determina el comportamiento de una empresa, por supuesto, pero si alguien ignora la nacionalidad del capital, que se exponga a las consecuencias.
Por lo tanto, a pesar de la retórica de la globalización, la nacionalidad de una empresa sigue siendo clave para decidir dónde se ubicarán sus actividades de alto nivel, como la I+D y la estrategia. Dado que la nacionalidad no es lo único que condiciona la conducta de las empresas, deben tomarse en cuenta otros factores, como si el inversor tiene antecedentes en el sector y lo sólido que es realmente su compromiso con la compañía adquirida. No es de recibo rechazar por sistema el capital extranjero; ahora bien, sería muy ingenuo elaborar las políticas económicas a partir del mito de que el capital ya no tiene raíces nacionales. Resulta, pues, que las reservas tardías de lord Mandelson están bien cimentadas en la realidad.
-Es posible que vivamos en una sociedad postindustrial en el sentido de que la mayoría no trabajamos en fábricas, sino en tiendas y oficinas, pero no hemos ingresado en una fase postindustrial de desarrollo en el sentido de que la industria haya perdido toda su importancia. Gran parte (no toda) del descenso del porcentaje de la industria en la producción total no se debe a una caída de la cantidad absoluta de productos manufacturados, sino a la de sus precios en relación con los de los servicios, provocada por un crecimiento más rápido de la productividad de estos últimos (producción por unidad de inversión). Aunque la desindustrialización se explique ante todo por las diferencias de crecimiento de la productividad entre sectores, y por lo tanto pueda no ser negativa en sí misma, sí que tiene consecuencias negativas para el crecimiento de la productividad en el conjunto de la economía y para la balanza de pagos, y esas consecuencias no se pueden ignorar. En cuanto a la idea de que los países en vías de desarrollo puedan saltarse en gran medida la industrialización e ingresar directamente en la fase postindustrial, es una fantasía. Los servicios no son buenos motores de crecimiento, porque sus posibilidades de aumento de la productividad son limitadas. La baja comerciabilidad de los servicios hace que las economías más basadas en ellos tengan menos capacidad de exportación, y menos ingresos por exportación equivalen a menos capacidad para comprar tecnologías avanzadas en el extranjero, lo cual, a su vez, redunda en un crecimiento más lento.
-No existe ninguna manera sencilla de comparar niveles de vida entre países. Se puede decir que la renta per cápita es el indicador más fiable, sobre todo en términos de poder adquisitivo, pero si solo nos centramos en la cantidad de bienes y servicios que podemos comprar con nuestros ingresos, pasaremos por alto muchos otros elementos de lo que constituye «vivir bien», como la cantidad de tiempo de ocio de calidad, la seguridad del puesto de trabajo, las tasas de delincuencia, el acceso a la atención sanitaria, las prestaciones sociales, etc. Está claro que el peso relativo de estos indicadores, comparados entre sí y con las cifras de ingresos, no lo verán igual ni todas las personas ni todos los países, pero conviene no ignorar las dimensiones no cuantificables en ingresos si pretendemos construir sociedades donde la gente «viva bien» de verdad.
-África no siempre ha estado estancada. En los años sesenta y setenta, cuando todos los supuestos impedimentos estructurales al crecimiento ya existían, y que en muchos casos eran más acuciantes, lo cierto es que pudo presumir de un crecimiento bastante aceptable. Es más: todos los hándicaps estructurales que presuntamente frenan a África han estado presentes en los países ricos de la actualidad: mal clima (ártico y tropical), falta de salida al mar, abundancia de recursos naturales, divisiones étnicas, instituciones deficientes y cultura perniciosa. Si parece que estas condiciones estructurales sean impedimentos para el desarrollo en África, es porque los países africanos aún no dispomen de la tecnología, las instituciones y las dotes organizativas necesarias para resolver sus consecuencias adversas. La verdadera causa del estancamiento africano de las últimas tres décadas son las políticas de libre mercado que el continente se ha visto obligado a implantar durante este período. A diferencia de la historia o la geografía, la política se puede cambiar. África no está condenada al subdesarrollo.
La principal razón de que África no haya crecido en los últimos tiempos es una cuestión de políticas, concretamente de las políticas de libre comercio y libre mercado que se le han impuesto al continente a través de los PAE. Ni la naturaleza ni la historia condenan a ningún país a un futuro específico. Si ese problema lo está causando la política, será todavía más fácil modificar el futuro. La auténtica tragedia de África es que no hayamos sabido verlo, no una incapacidad supuestamente crónica para crecer.
-Los gobiernos pueden elegir a ganadores, y a veces lo hacen espectacularmente bien. Si observamos sin prejuicios, veremos muchos ejemplos de elección de ganadores sancionada por el éxito en gobiernos de todo el mundo. El argumento de que las decisiones del gobierno que afectan a las empresas siempre son peores que las que toman las propias empresas no está justificado. Tener información más detallada no es garantía de mejores decisiones; de hecho, a alguien «metido en el ajo» puede serle incluso más difícil adoptar la decisión correcta. Por otro lado, los gobiernos tienen maneras de conseguir mejor información y mejorar la calidad de sus decisiones. Además, las decisiones que son beneficiosas para empresas concretas pueden no serlo para la economía nacional en su conjunto. Por lo tanto, la elección de ganadores por el gobierno a contracorriente de las señales del mercado puede mejorar los resultados económicos de un país, sobre todo si se hace en colaboración estrecha (pero no demasiado) con el sector privado.
-A los directivos estadounidenses se les paga demasiado en más de un sentido. Para empezar, cobran demasiado en comparación con sus predecesores. En términos relativos (es decir, como porcentaje de la retribución de un trabajador medio), los directores ejecutivos estadounidenses están cobrando en torno a diez veces más que sus predecesores de los años sesenta, a pesar de que las empresas gestionadas por estos últimos tuvieron mucho más éxito, en términos relativos, que las de la actualidad en Estados Unidos. También cobran demasiado en comparación con sus homólogos de otros países ricos. En términos absolutos, y en función de la vara de medir que usemos y del país con el que establezcamos la comparación, cobran hasta veinte veces más que sus rivales situados al frente de empresas comparables por tamaño y éxito. Aparte de estar demasiado cotizados, los directivos estadounidenses también están demasiado protegidos, en el sentido de que no se castigan sus malos resultados. Y a pesar de lo que digan muchos, no es algo puramente dictado por las fuerzas del mercado. La clase directiva de Estados Unidos ha adquirido tal poder económico, político e ideológico que ha podido manipular las fuerzas que determinan su salario.
Habiendo adquirido las clases directivas de Estados Unidos, y en menor medida Gran Bretaña, un poder económico, político e ideológico que les permite manipular el mercado y hacer pagar a otros las consecuencias negativas de sus actos, creer que la retribución de los ejecutivos sea algo cuyos niveles y estructuras óptimas vayan a ser, y deban ser, determinados por el mercado sería engañarse.
-Los habitantes de países pobres necesitan espíritu emprendedor solo para subsistir. Por cada ocioso de un país pobre hay dos o tres niños que lustran zapatos y cuatro o cinco vendedores ambulantes. Si estos países son pobres no es por falta de energía emprendedora individual, sino de tecnologías productivas y organizaciones sociales desarrolladas, sobre todo empresas modernas. Los problemas que se manifiestan cada vez más en torno al microcrédito —préstamos ínfimos a gente sin recursos de países en vías de desarrollo, con el objetivo declarado de ayudarles a que monten un negocio— demuestran las limitaciones de la iniciativa individual. La iniciativa empresarial se ha convertido en una actividad colectiva, sobre todo en el último siglo; por eso la pobreza en organizaciones colectivas se ha erigido en un obstáculo aún mayor al desarrollo económico, y no las deficiencias individuales en cuanto a espíritu emprendedor.
-La educación es valiosa, pero su principal valor no está en el incremento de la productividad, sino en que nos ayude a desarrollar todas nuestras posibilidades y a vivir con más plenitud y autonomía. Si ampliamos la educación pensando que volverá más rica a nuestra economía, nos llevaremos una gran decepción, porque el vínculo entre educación y productividad nacional es más bien tenue y complicado. Debemos moderar nuestro excesivo entusiasmo por la educación, y prestar mucha más atención (sobre todo en los países en vías de desarrollo) a la creación y mejora de empresas productivas y de instituciones que las apoyen.
-A pesar de la importancia del sector empresarial, dar el grado máximo de libertad a las empresas puede ser perjudicial no solo para la economía de un país, sino para las propias empresas. En realidad, no todas las regulaciones son malas para los negocios. A veces, los intereses a largo plazo del mundo empresarial aconsejan restringir la libertad de empresas concretas para que no destruyan las reservas comunes de recursos necesarios para todas ellas, como los recursos naturales o la mano de obra. Las regulaciones también pueden ayudar a las empresas obligándolas a hacer cosas que a corto plazo tal vez les resulten costosas, pero que a largo plazo aumentarán su productividad colectiva, como dar formación a los trabajadores. En última instancia, lo que importa no es la cantidad de las regulaciones, sino su calidad.
-Las economías capitalistas están en gran medida planificadas. Los gobiernos de las economías capitalistas también practican la planificación, aunque no a tan gran escala como la planificación central comunista. Todos financian una parte significativa de las inversiones en I+D e infraestructuras. La mayoría de ellos planifican una porción considerable de la economía mediante la programación de las actividades de las empresas públicas. Muchos gobiernos capitalistas planifican la forma futura de determinados sectores de la economía a través de una política sectorial, o incluso la de la economía nacional a través de la planificación indicativa; pero lo más importante es que las economías capitalistas modernas se componen de empresas grandes y jerarquizadas que planifican con gran detalle sus actividades, cruzando incluso las fronteras nacionales. En consecuencia, la cuestión no es si planificar o no, sino acertar en lo que se planifica y en el grado de planificación.
-La igualación excesiva de los resultados es perjudicial (aunque habría que discutir dónde empieza exactamente el exceso), pero con la igualdad de oportunidades no basta. Si no creamos un entorno en que a todo el mundo se le aseguren unas capacidades mínimas mediante algún tipo de garantía de ingresos mínimos, no podremos decir que exista una competencia justa. Cuando hay personas obligadas a correr los cien metros lisos con sacos de arena en las piernas, el hecho de que no se permita salir con ventaja no significa que sea una carrera justa. La igualdad de oportunidades es absolutamente necesaria, pero no suficiente, para construir una sociedad realmente justa y eficaz.
-En realidad, un Estado del bienestar bien diseñado puede animar a la gente a correr riesgos laborales y estar más abierta a los cambios, no más cerrada. Es una de las razones por las que en Europa se clama menos que en Estados Unidos por el proteccionismo comercial. Los europeos saben que, aunque la competencia extranjera hiciera cerrar sus industrias, ellos podrían proteger su nivel de vida (mediante el subsidio de desempleo), mientras que los estadounidenses saben que la pérdida de sus puestos de trabajo podría entrañar una gran disminución de su nivel de vida y hasta dar carpetazo a su vida productiva. Por eso los países europeos con un Estado del bienestar más desarrollado, como Suecia, Noruega y Finlandia, crecieron a una velocidad igual o mayor que Estados Unidos incluso después de 1990, cuando empezó el «renacimiento norteamericano».
No pretendo insinuar que el Estado del bienestar sea necesariamente bueno, en absoluto; tiene sus pros y sus contras, como cualquier otra institución. Puede estigmatizar a los receptores de las ayudas sociales, sobre todo si no se basa en programas universales, sino selectivos (como en Estados Unidos). El Estado del bienestar aumenta los «salarios de reserva» y disuade a la gente de aceptar trabajos mal pagados y con malas condiciones, aunque es opinable que eso sea malo. (Personalmente, creo que tan problemática es la existencia de un gran número de «pobres con trabajo», como en Estados Unidos, como las tasas de paro que vemos en Europa, por lo general más elevadas.) No obstante, si está bien diseñado y enfocado a que los trabajadores tengan una segunda oportunidad, como en los países escandinavos, puede fomentar el crecimiento económico, haciendo que la gente se abra más a los cambios y facilitando así las reestructuraciones sectoriales.
-El problema de los mercados financieros de hoy en día es que son demasiado eficaces. Con las últimas «innovaciones» financieras, que tantos nuevos instrumentos financieros han creado, el sector ha adquirido una mayor eficacia para generar beneficios por sí mismo a corto plazo, pero, tal como hemos visto a raíz de la crisis financiera global de 2008, estos nuevos activos financieros han desestabilizado mucho el conjunto de la economía, así como el propio sistema financiero. Por otra parte, la liquidez de los activos financieros hace que sus titulares reaccionen demasiado deprisa a los cambios, lo cual dificulta que las empresas de sectores reales consigan el «capital paciente» que necesitan para un desarrollo a largo plazo. Es necesario reducir el desfase de velocidad entre el sector financiero y el real, lo cual significa que hay que hacer que el mercado financiero sea menos eficaz a propósito.
La eficacia, pues, con que reaccionan las finanzas a las oportunidades cambiantes de negocio es justamente lo que puede hacerlas perjudiciales para el resto de la economía. Por eso James Tobin, premio Nobel de Economía en 1981, se pronunció a favor de «echar un poco de arena en los engranajes de nuestros mercados monetarios internacionales, demasiado eficaces», y a ese fin propuso una tasa sobre las transacciones financieras que redujese voluntariamente la velocidad de los flujos financieros. En defensa de la llamada «tasa Tobin», que hasta hace poco era tabú en los círculos políticos, salió recientemente el ex primer ministro británico Gordon Brown. Sin embargo, no es la única manera de reducir la diferencia de velocidad entre las finanzas y la economía real; hay otras, como dificultar las «opas» hostiles (reduciendo así las ganancias de las inversiones especulativas en bolsa), prohibir la venta en corto (la práctica de vender acciones que en ese momento no se tienen), aumentar los márgenes obligatorios (es decir, la proporción de dinero que se tiene que desembolsar desde el principio al comprar acciones) o poner restricciones a los movimientos internacionales de capital, sobre todo en los países en vías de desarrollo.
No se va diciendo que la diferencia de velocidad entre las finanzas y la economía se tenga que reducir a cero. Un sistema financiero en perfecta sincronía con la economía real no serviría de nada. Si algún sentido tienen las finanzas es justamente su capacidad de moverse más deprisa que la economía real. Ahora bien, si el sector financiero se mueve demasiado deprisa, puede hacer descarrilar la economía real. En las actuales circunstancias, urge reformar nuestro sistema financiero de modo que permita a las empresas realizar las inversiones a largo plazo en capital físico, recursos humanos y organización, que en última instancia son la fuente del desarrollo económico, a la vez que les proporcionamos la liquidez necesaria.
-No es imprescindible tener buenos economistas para que haya una buena política económica. Los dirigentes económicos que han tenido más éxito no acostumbran a ser economistas. Durante los años del «milagro» japonés y coreano, la política económica estuvo en manos de abogados (sobre todo en Japón). Taiwan y China han tenido a ingenieros al frente de la economía. Todo ello demuestra que el éxito económico no requiere personas bien formadas en economía, y menos si son de la escuela del libre mercado. De hecho, en las últimas tres décadas la creciente influencia de la economía de libre mercado ha derivado en un empeoramiento de los resultados económicos en todo el mundo, menor crecimiento económico, mayor inestabilidad económica, aumento de la desigualdad y, como apoteosis final, el desastre de la crisis financiera mundial de 2008. Si necesitamos ciencias económicas, no son las de libre mercado.
Lo ocurrido en las últimas tres décadas ha demostrado que, en realidad, tenemos muchas más cosas positivas que aprender de estos otros economistas que de los de libre mercado. Los éxitos y fracasos relativos de una serie de empresas, economías y políticas de este período parecen indicar que las ideas de esos economistas a quienes hoy se ignora, o incluso olvida, tienen cosas importantes que enseñarnos. Las ciencias económicas no tienen por qué ser inútiles o perjudiciales. Basta con aprender las adecuadas.

En conclusion:
-Tenemos que construir nuestro nuevo sistema económico sobre la aceptación de que la racionalidad humana es muy limitada.
-Aun reconociendo que no somos ángeles desinteresados, debemos construir un sistema que no saque lo peor de la gente, sino lo mejor.
-Hay que olvidarse de la idea de que a la gente siempre se le paga «lo que se merece».
-Hay que tomarse más en serio el «hacer cosas». La economía postindustrial del conocimiento es un mito. La industria sigue siendo básica.
-Hay que mejorar el equilibrio entre las finanzas y las actividades «reales». No puede existir una economía moderna productiva sin un sector financiero sano.
-Los gobiernos tienen que crecer y ser más activos.
-Es necesario que el sistema económico mundial favorezca «injustamente» a los países en vías de desarrollo.

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