23 Cosas Que No Te Cuentan Sobre El Capitalismo — Ha-Joon Chang / 23 Things They Don’t Tell You About Capitalism by Ha-Joon Chang

Este autor nunca defrauda, no es su mejor libro pero siempre es muy interesante. Si tienes la sospecha de que algo falla en el capitalismo como sistema económico y quieres entender ciertas claves para el despliegue de este modelo económico y sus consecuencias, este es tu libro. No es un libro ideológico, toma mucha distancia de todo lo analizado en él, es decir, no es un libro escrito por un anticapitalista. Esta parte es importante ya que el título puede confundir. Aún así la evidencia de lo que dice es clara y objetiva.
El autor hace una crítica a la economía de libre mercado que, en algunos puntos, está bien argumentada y es interesante. La solución a las deficiencias que señala se encuentran, según la postura que él defiende, en la intervención del Estado en la economía. Por un lado, mediante subvenciones (cuyos fondos tendrán que salir de algún lado. Es decir, del bolsillo del ciudadano) y, por otro, a través de prohibiciones y obligaciones (es decir, limitando las libertades). Las críticas que hace son bastante razonables, incluso algunas de ellas muy razonables. Las soluciones, en cambio, resultan algo más que discutibles. Sobre todo si tenemos en cuenta que en su argumentación a favor del intervencionismo del Estado no tiene en cuenta la variable de la corrupción. Como si en los gobiernos de cualquier país no hubiera políticos que meten la mano donde no deben.

-La eurozona en su conjunto no sufre ninguna crisis fiscal. El déficit presupuestario de la eurozona solo es de en torno al 6 por ciento de su PIB, frente al 10-11 por ciento de Estados Unidos y Gran Bretaña. A déficits mucho más altos han sobrevivido las economías.
En segundo lugar, es muy injusto tachar de fiscalmente irresponsables a los países periféricos de la eurozona. Puede que Grecia ya tuviera un déficit fiscal relativamente alto antes del estallido de la crisis actual (aunque sus causas deban buscarse en la evasión fiscal, más que en un gasto social excesivo), pero países como España e Irlanda presentaban superávits fiscales equivalentes al 2-3 por ciento de su PIB, y en Italia y Portugal los déficits fiscales se movían entre el 1,5 por ciento y el 4 por ciento del PIB, algo del todo razonable. Si países como España han acabado con un déficit tan alto es más que nada porque la recesión fruto de la crisis financiera ha reducido enormemente los ingresos fiscales, y porque han tenido que gastar dinero público en el rescate de entidades financieras en quiebra.
Aun así, los líderes de los países con mayor fortaleza fiscal de la eurozona, jaleados por el lobby financiero, basaron su gestión inicial de la crisis en la idea de que había que hacer pagar por sus pecados a los países «irresponsables».
-El mercado libre no existe. Todos los mercados tienen reglas y límites que acotan la libertad de elección. Si un mercado parece libre, solo es porque aceptamos tan incondicionalmente sus restricciones de base que ya no las vemos. No se puede definir con objetividad lo «libre» que es un mercado. Es una definición política. No es cierto lo que dicen siempre los economistas de libre mercado, eternos defensores del mercado contra la intromisión del gobierno por motivos políticos: el gobierno siempre está presente, y a esos economistas la política les impulsa tanto como a los demás. Superar el mito de que existe un «mercado libre» objetivamente definido es el primer paso hacia la comprensión del capitalismo.
Cuando los economistas partidarios del libre mercado dicen que no hay que implantar una regulación determinada porque limitaría la «libertad» de un determinado mercado, no hacen sino manifestar una opinión política, la de que rechazan los derechos que defendería la ley propuesta. Su artificio ideológico es fingir que en el fondo su política no es tal, sino una verdad económica objetiva, mientras que la política de los demás sí presupone una postura política. Lo cierto, sin embargo, es que les impulsa la política tanto como a sus adversarios.
Prescindir de la ilusión de la objetividad del mercado es el primer paso hacia la comprensión del capitalismo.
-Aunque los accionistas sean los dueños de las empresas, también son los que tienen más movilidad entre todos los colectivos que las integran, y a menudo les importa muy poco el futuro a largo plazo de la empresa (a menos que su parte sea tan grande que les resulte imposible venderla sin trastornos graves para el negocio). Por eso los accionistas, sobre todo (pero no exclusivamente) los más pequeños, prefieren las estrategias empresariales que aumentan al máximo los beneficios a corto plazo (en detrimento, muchas veces, de las inversiones a largo plazo) y los dividendos que generan.
-La principal causa de la brecha salarial entre países ricos y países pobres no son las diferencias de productividad individual, sino el control de la inmigración. Sin barreras migratorias, la mayoría de los trabajadores de los países ricos podrían ser sustituidos por otros de países pobres, y así sería. Los sueldos, por decirlo de otro modo, están muy condicionados por la política. La otra cara de la moneda es que los países pobres no lo son a causa de sus habitantes pobres (que en muchos casos, de poder competir con sus equivalentes de los países ricos, les superarían), sino a causa de sus habitantes ricos (de los que, en su mayoría, no puede decirse lo mismo). Pero que no se entienda esto último como una invitación a que los ricos de los países ricos se den a sí mismos palmadas en la espalda por lo bien que hacen las cosas: sin las instituciones colectivas heredadas de las que parten no podrían ser tan productivos. Para construir una sociedad realmente justa, habría que olvidarse del mito de que a todos nos pagan según nuestro valor individual.
Esa idea tan extendida de que la única manera de que todas las personas reciban un salario correcto, y por lo tanto justo, pasa por que los mercados sigan su curso, es un mito; un mito del que habrá que olvidarse, comprendiendo lo que tiene de político el mercado y de colectiva la productividad individual, si pretendemos construir una sociedad más justa, en la que se decida cómo retribuir a las personas tomando en cuenta como se lo merecen la herencia de la historia y los actos colectivos, no solo el talento y el esfuerzo individual.
-Nuestra percepción de los cambios tiende a considerar los más recientes como los más revolucionarios, algo que a menudo choca con la realidad. En términos relativos, el progreso reciente de las tecnologías de la comunicación no es tan revolucionario como lo que sucedió a finales del siglo XIX (la aparición de la telegrafía con hilos). Es más: en cuanto a cambios económicos y sociales, la revolución de internet no es (o en todo caso aún no ha sido) tan importante como la lavadora y otros electrodomésticos que, al reducir enormemente el trabajo que comportaban las tareas domésticas, permitieron el ingreso de las mujeres en el mercado laboral y acabaron prácticamente con oficios como el servicio doméstico. Al mirar hacia el pasado hay que evitar «darle la vuelta al telescopio», subestimando lo viejo y exagerando lo nuevo, porque se corre el riesgo de cometer muchos errores en la política económica nacional, en la gestión de las empresas y en nuestra propia trayectoria profesional.
El grado de globalización (es decir, de apertura nacional) no lo determina la tecnología, sino la política, pero eso no lo veremos si dejamos que la fascinación por la revolución tecnológica de nuestros tiempos distorsione nuestra perspectiva. Acabaremos poniendo en práctica políticas equivocadas.
Una buena comprensión de las tendencias tecnológicas es muy importante para diseñar correctamente las políticas económicas, a escala tanto nacional como internacional (y en relación con cada persona, para encauzar su carrera profesional), pero la fascinación por lo último y el menosprecio por lo que ya se ha vuelto común no solo pueden llevarnos por el camino equivocado, sino que ya lo han hecho en más de una ocasión.
-El interés personal es uno de los rasgos más marcados de la mayoría de la gente, pero no es lo único que nos impulsa. En muchos casos, ni siquiera es nuestra principal motivación. La verdad es que un mundo lleno de esos individuos egoístas de los que hablan los manuales de economía ya habría dejado de girar, porque nos pasaríamos la mayor parte del tiempo engañando, intentando desenmascarar a los que engañan y castigándolos. Si el mundo va como va es porque las personas no son esos agentes totalmente interesados que cree la economía de libre mercado. Debemos diseñar un sistema económico que, sin ignorar que a menudo la gente es egoísta, saque el máximo provecho a otras motivaciones humanas y obtenga lo mejor de la gente. Si pensamos lo peor de los demás, lo más probable es que nos den lo peor.
-Se habrá domado a la inflación, pero la economía mundial es bastante más precaria que antes. Las proclamas entusiastas de que en las últimas tres décadas habíamos conseguido controlar la volatilidad de los precios ignoraban la extraordinaria inestabilidad que han mostrado las economías del mundo en el mismo período. Se han multiplicado las crisis financieras hasta la mundial de 2008, que ha destrozado la vida a muchas personas con deudas enormes, quiebras y desempleo. La atención excesiva a la inflación nos ha distraído de las cuestiones del pleno empleo y el crecimiento económico. En nombre de la «flexibilidad del mercado laboral» se ha desestabilizado el empleo, y con él muchas vidas. Pese a la afirmación de que la estabilidad de los precios es un requisito indispensable para crecer, las políticas que pretendían reducir la inflación no han hecho más que generar un crecimiento anémico desde los años noventa, época en la que supuestamente se domó por fin a la inflación.
-A niveles entre bajos y moderados, la inflación no es tan peligrosa como la presentan los economistas que promueven el libre mercado. Los intentos de reducirla a niveles ínfimos han disminuido la inversión y el crecimiento, cuando se había dicho que ambos se verían estimulados por la mayor estabilidad económica que se consigue con una inflación baja. Además, la baja inflación —y esto es aún más importante— ni siquiera nos ha reportado a la mayoría una auténtica estabilidad económica. Las liberalizaciones del capital y del mercado de trabajo que forman parte integral del paquete de políticas de libre mercado, paquete que tiene como uno de sus elementos clave el control de la inflación, han acentuado la inestabilidad financiera y la inseguridad del puesto de trabajo, haciendo que para la mayoría de la gente el mundo se haya vuelto más inestable. Para más inri, no se han cumplido los supuestos beneficios para el crecimiento del control de la inflación.
Convendría desprenderse de una vez por todas de esta obsesión con la inflación.
-Contrariamente a la opinión más extendida, los países en vías de desarrollo obtuvieron mejores resultados durante la época en que el Estado llevaba la batuta que en el período inmediatamente posterior de reformas orientadas al mercado. La intervención estatal sufrió algunos batacazos espectaculares, pero la mayoría de los países crecieron mucho más deprisa, con una distribución más equitativa de los ingresos y muchas menos crisis financieras, durante la «mala época» que en la de las reformas orientadas al mercado. Tampoco es cierto que casi todos los países ricos se enriqueciesen mediante políticas de libre mercado, sino prácticamente lo contrario: salvo unas pocas excepciones, todos los países actualmente ricos, incluidos Gran Bretaña y Estados Unidos (supuestas patrias del libre comercio y del libre mercado), se enriquecieron gracias a mezclas de proteccionismo, subvenciones y otras políticas que hoy en día ellos mismos aconsejan no adoptar a los países en vías de desarrollo. De momento, las políticas de libre mercado han enriquecido a pocos países, y a pocos enriquecerán en el futuro.
Las políticas de libre comercio y libre mercado casi nunca o nunca han funcionado. No las implantaron, en su mayoría, los países ricos en su época de desarrollo, y en las últimas tres décadas han ralentizado el crecimiento y han acentuado la desigualdad de los ingresos en los países en vías de desarrollo. Pocos países se han enriquecido con políticas de libre comercio y libre mercado, y pocos llegarán a hacerlo en el futuro.
-A pesar de la creciente «transnacionalización» del capital, la mayoría de las compañías transnacionales siguen siendo empresas nacionales con actividad internacional, no empresas realmente apátridas. El grueso de sus actividades principales, como la investigación de alto nivel y la estrategia, las llevan a cabo en sus países. La mayoría de sus principales responsables son del país de origen de la empresa. Cuando tienen que cerrar fábricas o recortar empleos, suelen dejar a su país en último lugar, por una serie de razones políticas, pero también, lo que es más importante, económicas. A consecuencia de ello, el grueso de los beneficios de una compañía transnacional van a parar a su país de origen. La nacionalidad no es lo único que determina el comportamiento de una empresa, por supuesto, pero si alguien ignora la nacionalidad del capital, que se exponga a las consecuencias.
Por lo tanto, a pesar de la retórica de la globalización, la nacionalidad de una empresa sigue siendo clave para decidir dónde se ubicarán sus actividades de alto nivel, como la I+D y la estrategia. Dado que la nacionalidad no es lo único que condiciona la conducta de las empresas, deben tomarse en cuenta otros factores, como si el inversor tiene antecedentes en el sector y lo sólido que es realmente su compromiso con la compañía adquirida. No es de recibo rechazar por sistema el capital extranjero; ahora bien, sería muy ingenuo elaborar las políticas económicas a partir del mito de que el capital ya no tiene raíces nacionales. Resulta, pues, que las reservas tardías de lord Mandelson están bien cimentadas en la realidad.
-Es posible que vivamos en una sociedad postindustrial en el sentido de que la mayoría no trabajamos en fábricas, sino en tiendas y oficinas, pero no hemos ingresado en una fase postindustrial de desarrollo en el sentido de que la industria haya perdido toda su importancia. Gran parte (no toda) del descenso del porcentaje de la industria en la producción total no se debe a una caída de la cantidad absoluta de productos manufacturados, sino a la de sus precios en relación con los de los servicios, provocada por un crecimiento más rápido de la productividad de estos últimos (producción por unidad de inversión). Aunque la desindustrialización se explique ante todo por las diferencias de crecimiento de la productividad entre sectores, y por lo tanto pueda no ser negativa en sí misma, sí que tiene consecuencias negativas para el crecimiento de la productividad en el conjunto de la economía y para la balanza de pagos, y esas consecuencias no se pueden ignorar. En cuanto a la idea de que los países en vías de desarrollo puedan saltarse en gran medida la industrialización e ingresar directamente en la fase postindustrial, es una fantasía. Los servicios no son buenos motores de crecimiento, porque sus posibilidades de aumento de la productividad son limitadas. La baja comerciabilidad de los servicios hace que las economías más basadas en ellos tengan menos capacidad de exportación, y menos ingresos por exportación equivalen a menos capacidad para comprar tecnologías avanzadas en el extranjero, lo cual, a su vez, redunda en un crecimiento más lento.
-No existe ninguna manera sencilla de comparar niveles de vida entre países. Se puede decir que la renta per cápita es el indicador más fiable, sobre todo en términos de poder adquisitivo, pero si solo nos centramos en la cantidad de bienes y servicios que podemos comprar con nuestros ingresos, pasaremos por alto muchos otros elementos de lo que constituye «vivir bien», como la cantidad de tiempo de ocio de calidad, la seguridad del puesto de trabajo, las tasas de delincuencia, el acceso a la atención sanitaria, las prestaciones sociales, etc. Está claro que el peso relativo de estos indicadores, comparados entre sí y con las cifras de ingresos, no lo verán igual ni todas las personas ni todos los países, pero conviene no ignorar las dimensiones no cuantificables en ingresos si pretendemos construir sociedades donde la gente «viva bien» de verdad.
-África no siempre ha estado estancada. En los años sesenta y setenta, cuando todos los supuestos impedimentos estructurales al crecimiento ya existían, y que en muchos casos eran más acuciantes, lo cierto es que pudo presumir de un crecimiento bastante aceptable. Es más: todos los hándicaps estructurales que presuntamente frenan a África han estado presentes en los países ricos de la actualidad: mal clima (ártico y tropical), falta de salida al mar, abundancia de recursos naturales, divisiones étnicas, instituciones deficientes y cultura perniciosa. Si parece que estas condiciones estructurales sean impedimentos para el desarrollo en África, es porque los países africanos aún no dispomen de la tecnología, las instituciones y las dotes organizativas necesarias para resolver sus consecuencias adversas. La verdadera causa del estancamiento africano de las últimas tres décadas son las políticas de libre mercado que el continente se ha visto obligado a implantar durante este período. A diferencia de la historia o la geografía, la política se puede cambiar. África no está condenada al subdesarrollo.
La principal razón de que África no haya crecido en los últimos tiempos es una cuestión de políticas, concretamente de las políticas de libre comercio y libre mercado que se le han impuesto al continente a través de los PAE. Ni la naturaleza ni la historia condenan a ningún país a un futuro específico. Si ese problema lo está causando la política, será todavía más fácil modificar el futuro. La auténtica tragedia de África es que no hayamos sabido verlo, no una incapacidad supuestamente crónica para crecer.
-Los gobiernos pueden elegir a ganadores, y a veces lo hacen espectacularmente bien. Si observamos sin prejuicios, veremos muchos ejemplos de elección de ganadores sancionada por el éxito en gobiernos de todo el mundo. El argumento de que las decisiones del gobierno que afectan a las empresas siempre son peores que las que toman las propias empresas no está justificado. Tener información más detallada no es garantía de mejores decisiones; de hecho, a alguien «metido en el ajo» puede serle incluso más difícil adoptar la decisión correcta. Por otro lado, los gobiernos tienen maneras de conseguir mejor información y mejorar la calidad de sus decisiones. Además, las decisiones que son beneficiosas para empresas concretas pueden no serlo para la economía nacional en su conjunto. Por lo tanto, la elección de ganadores por el gobierno a contracorriente de las señales del mercado puede mejorar los resultados económicos de un país, sobre todo si se hace en colaboración estrecha (pero no demasiado) con el sector privado.
-A los directivos estadounidenses se les paga demasiado en más de un sentido. Para empezar, cobran demasiado en comparación con sus predecesores. En términos relativos (es decir, como porcentaje de la retribución de un trabajador medio), los directores ejecutivos estadounidenses están cobrando en torno a diez veces más que sus predecesores de los años sesenta, a pesar de que las empresas gestionadas por estos últimos tuvieron mucho más éxito, en términos relativos, que las de la actualidad en Estados Unidos. También cobran demasiado en comparación con sus homólogos de otros países ricos. En términos absolutos, y en función de la vara de medir que usemos y del país con el que establezcamos la comparación, cobran hasta veinte veces más que sus rivales situados al frente de empresas comparables por tamaño y éxito. Aparte de estar demasiado cotizados, los directivos estadounidenses también están demasiado protegidos, en el sentido de que no se castigan sus malos resultados. Y a pesar de lo que digan muchos, no es algo puramente dictado por las fuerzas del mercado. La clase directiva de Estados Unidos ha adquirido tal poder económico, político e ideológico que ha podido manipular las fuerzas que determinan su salario.
Habiendo adquirido las clases directivas de Estados Unidos, y en menor medida Gran Bretaña, un poder económico, político e ideológico que les permite manipular el mercado y hacer pagar a otros las consecuencias negativas de sus actos, creer que la retribución de los ejecutivos sea algo cuyos niveles y estructuras óptimas vayan a ser, y deban ser, determinados por el mercado sería engañarse.
-Los habitantes de países pobres necesitan espíritu emprendedor solo para subsistir. Por cada ocioso de un país pobre hay dos o tres niños que lustran zapatos y cuatro o cinco vendedores ambulantes. Si estos países son pobres no es por falta de energía emprendedora individual, sino de tecnologías productivas y organizaciones sociales desarrolladas, sobre todo empresas modernas. Los problemas que se manifiestan cada vez más en torno al microcrédito —préstamos ínfimos a gente sin recursos de países en vías de desarrollo, con el objetivo declarado de ayudarles a que monten un negocio— demuestran las limitaciones de la iniciativa individual. La iniciativa empresarial se ha convertido en una actividad colectiva, sobre todo en el último siglo; por eso la pobreza en organizaciones colectivas se ha erigido en un obstáculo aún mayor al desarrollo económico, y no las deficiencias individuales en cuanto a espíritu emprendedor.
-La educación es valiosa, pero su principal valor no está en el incremento de la productividad, sino en que nos ayude a desarrollar todas nuestras posibilidades y a vivir con más plenitud y autonomía. Si ampliamos la educación pensando que volverá más rica a nuestra economía, nos llevaremos una gran decepción, porque el vínculo entre educación y productividad nacional es más bien tenue y complicado. Debemos moderar nuestro excesivo entusiasmo por la educación, y prestar mucha más atención (sobre todo en los países en vías de desarrollo) a la creación y mejora de empresas productivas y de instituciones que las apoyen.
-A pesar de la importancia del sector empresarial, dar el grado máximo de libertad a las empresas puede ser perjudicial no solo para la economía de un país, sino para las propias empresas. En realidad, no todas las regulaciones son malas para los negocios. A veces, los intereses a largo plazo del mundo empresarial aconsejan restringir la libertad de empresas concretas para que no destruyan las reservas comunes de recursos necesarios para todas ellas, como los recursos naturales o la mano de obra. Las regulaciones también pueden ayudar a las empresas obligándolas a hacer cosas que a corto plazo tal vez les resulten costosas, pero que a largo plazo aumentarán su productividad colectiva, como dar formación a los trabajadores. En última instancia, lo que importa no es la cantidad de las regulaciones, sino su calidad.
-Las economías capitalistas están en gran medida planificadas. Los gobiernos de las economías capitalistas también practican la planificación, aunque no a tan gran escala como la planificación central comunista. Todos financian una parte significativa de las inversiones en I+D e infraestructuras. La mayoría de ellos planifican una porción considerable de la economía mediante la programación de las actividades de las empresas públicas. Muchos gobiernos capitalistas planifican la forma futura de determinados sectores de la economía a través de una política sectorial, o incluso la de la economía nacional a través de la planificación indicativa; pero lo más importante es que las economías capitalistas modernas se componen de empresas grandes y jerarquizadas que planifican con gran detalle sus actividades, cruzando incluso las fronteras nacionales. En consecuencia, la cuestión no es si planificar o no, sino acertar en lo que se planifica y en el grado de planificación.
-La igualación excesiva de los resultados es perjudicial (aunque habría que discutir dónde empieza exactamente el exceso), pero con la igualdad de oportunidades no basta. Si no creamos un entorno en que a todo el mundo se le aseguren unas capacidades mínimas mediante algún tipo de garantía de ingresos mínimos, no podremos decir que exista una competencia justa. Cuando hay personas obligadas a correr los cien metros lisos con sacos de arena en las piernas, el hecho de que no se permita salir con ventaja no significa que sea una carrera justa. La igualdad de oportunidades es absolutamente necesaria, pero no suficiente, para construir una sociedad realmente justa y eficaz.
-En realidad, un Estado del bienestar bien diseñado puede animar a la gente a correr riesgos laborales y estar más abierta a los cambios, no más cerrada. Es una de las razones por las que en Europa se clama menos que en Estados Unidos por el proteccionismo comercial. Los europeos saben que, aunque la competencia extranjera hiciera cerrar sus industrias, ellos podrían proteger su nivel de vida (mediante el subsidio de desempleo), mientras que los estadounidenses saben que la pérdida de sus puestos de trabajo podría entrañar una gran disminución de su nivel de vida y hasta dar carpetazo a su vida productiva. Por eso los países europeos con un Estado del bienestar más desarrollado, como Suecia, Noruega y Finlandia, crecieron a una velocidad igual o mayor que Estados Unidos incluso después de 1990, cuando empezó el «renacimiento norteamericano».
No pretendo insinuar que el Estado del bienestar sea necesariamente bueno, en absoluto; tiene sus pros y sus contras, como cualquier otra institución. Puede estigmatizar a los receptores de las ayudas sociales, sobre todo si no se basa en programas universales, sino selectivos (como en Estados Unidos). El Estado del bienestar aumenta los «salarios de reserva» y disuade a la gente de aceptar trabajos mal pagados y con malas condiciones, aunque es opinable que eso sea malo. (Personalmente, creo que tan problemática es la existencia de un gran número de «pobres con trabajo», como en Estados Unidos, como las tasas de paro que vemos en Europa, por lo general más elevadas.) No obstante, si está bien diseñado y enfocado a que los trabajadores tengan una segunda oportunidad, como en los países escandinavos, puede fomentar el crecimiento económico, haciendo que la gente se abra más a los cambios y facilitando así las reestructuraciones sectoriales.
-El problema de los mercados financieros de hoy en día es que son demasiado eficaces. Con las últimas «innovaciones» financieras, que tantos nuevos instrumentos financieros han creado, el sector ha adquirido una mayor eficacia para generar beneficios por sí mismo a corto plazo, pero, tal como hemos visto a raíz de la crisis financiera global de 2008, estos nuevos activos financieros han desestabilizado mucho el conjunto de la economía, así como el propio sistema financiero. Por otra parte, la liquidez de los activos financieros hace que sus titulares reaccionen demasiado deprisa a los cambios, lo cual dificulta que las empresas de sectores reales consigan el «capital paciente» que necesitan para un desarrollo a largo plazo. Es necesario reducir el desfase de velocidad entre el sector financiero y el real, lo cual significa que hay que hacer que el mercado financiero sea menos eficaz a propósito.
La eficacia, pues, con que reaccionan las finanzas a las oportunidades cambiantes de negocio es justamente lo que puede hacerlas perjudiciales para el resto de la economía. Por eso James Tobin, premio Nobel de Economía en 1981, se pronunció a favor de «echar un poco de arena en los engranajes de nuestros mercados monetarios internacionales, demasiado eficaces», y a ese fin propuso una tasa sobre las transacciones financieras que redujese voluntariamente la velocidad de los flujos financieros. En defensa de la llamada «tasa Tobin», que hasta hace poco era tabú en los círculos políticos, salió recientemente el ex primer ministro británico Gordon Brown. Sin embargo, no es la única manera de reducir la diferencia de velocidad entre las finanzas y la economía real; hay otras, como dificultar las «opas» hostiles (reduciendo así las ganancias de las inversiones especulativas en bolsa), prohibir la venta en corto (la práctica de vender acciones que en ese momento no se tienen), aumentar los márgenes obligatorios (es decir, la proporción de dinero que se tiene que desembolsar desde el principio al comprar acciones) o poner restricciones a los movimientos internacionales de capital, sobre todo en los países en vías de desarrollo.
No se va diciendo que la diferencia de velocidad entre las finanzas y la economía se tenga que reducir a cero. Un sistema financiero en perfecta sincronía con la economía real no serviría de nada. Si algún sentido tienen las finanzas es justamente su capacidad de moverse más deprisa que la economía real. Ahora bien, si el sector financiero se mueve demasiado deprisa, puede hacer descarrilar la economía real. En las actuales circunstancias, urge reformar nuestro sistema financiero de modo que permita a las empresas realizar las inversiones a largo plazo en capital físico, recursos humanos y organización, que en última instancia son la fuente del desarrollo económico, a la vez que les proporcionamos la liquidez necesaria.
-No es imprescindible tener buenos economistas para que haya una buena política económica. Los dirigentes económicos que han tenido más éxito no acostumbran a ser economistas. Durante los años del «milagro» japonés y coreano, la política económica estuvo en manos de abogados (sobre todo en Japón). Taiwan y China han tenido a ingenieros al frente de la economía. Todo ello demuestra que el éxito económico no requiere personas bien formadas en economía, y menos si son de la escuela del libre mercado. De hecho, en las últimas tres décadas la creciente influencia de la economía de libre mercado ha derivado en un empeoramiento de los resultados económicos en todo el mundo, menor crecimiento económico, mayor inestabilidad económica, aumento de la desigualdad y, como apoteosis final, el desastre de la crisis financiera mundial de 2008. Si necesitamos ciencias económicas, no son las de libre mercado.
Lo ocurrido en las últimas tres décadas ha demostrado que, en realidad, tenemos muchas más cosas positivas que aprender de estos otros economistas que de los de libre mercado. Los éxitos y fracasos relativos de una serie de empresas, economías y políticas de este período parecen indicar que las ideas de esos economistas a quienes hoy se ignora, o incluso olvida, tienen cosas importantes que enseñarnos. Las ciencias económicas no tienen por qué ser inútiles o perjudiciales. Basta con aprender las adecuadas.

En conclusion:
-Tenemos que construir nuestro nuevo sistema económico sobre la aceptación de que la racionalidad humana es muy limitada.
-Aun reconociendo que no somos ángeles desinteresados, debemos construir un sistema que no saque lo peor de la gente, sino lo mejor.
-Hay que olvidarse de la idea de que a la gente siempre se le paga «lo que se merece».
-Hay que tomarse más en serio el «hacer cosas». La economía postindustrial del conocimiento es un mito. La industria sigue siendo básica.
-Hay que mejorar el equilibrio entre las finanzas y las actividades «reales». No puede existir una economía moderna productiva sin un sector financiero sano.
-Los gobiernos tienen que crecer y ser más activos.
-Es necesario que el sistema económico mundial favorezca «injustamente» a los países en vías de desarrollo.

This author never disappoints, it is not his best book but it is always very interesting. If you suspect that something is wrong with capitalism as an economic system and you want to understand certain keys to the deployment of this economic model and its consequences, this is your book. It is not an ideological book, it takes a lot of distance from everything analyzed in it, that is, it is not a book written by an anti-capitalist. This part is important since the title may be confusing. Even so, the evidence of what he says is clear and objective.
The author makes a criticism of the free market economy that, in some points, is well argued and interesting. The solution to the deficiencies that he points out are, according to the position that he defends, in the intervention of the State in the economy. On the one hand, through subsidies (whose funds will have to come from somewhere, that is, from the citizen’s pocket) and, on the other, through prohibitions and obligations (that is, limiting freedoms). The criticisms he makes are quite reasonable, even some of them very reasonable. The solutions, on the other hand, are more than questionable. Especially if we take into account that in its argument in favor of state interventionism does not take into account the variable of corruption. As if in the governments of any country there were no politicians who put their hands where they should not.

-The eurozone as a whole does not suffer any fiscal crisis. The eurozone’s budget deficit is only around 6 percent of its GDP, compared to 10-11 percent for the United States and Great Britain. At much higher deficits the economies have survived.
Secondly, it is very unfair to dismiss the peripheral countries of the eurozone as fiscally irresponsible. Greece may already have a relatively high fiscal deficit before the outbreak of the current crisis (although its causes should be sought in tax evasion, rather than excessive social spending), but countries such as Spain and Ireland had fiscal surpluses equivalent to 2- 3 percent of its GDP, and in Italy and Portugal fiscal deficits moved between 1.5 percent and 4 percent of GDP, something quite reasonable. If countries like Spain have ended up with such a high deficit it is mainly because the recession resulting from the financial crisis has greatly reduced tax revenues, and because they have had to spend public money on the rescue of bankrupt financial institutions.
Even so, the leaders of the countries with the strongest fiscal strength in the eurozone, hailed by the financial lobby, based their initial management of the crisis on the idea that “irresponsible” countries had to be paid for their sins.
-The free market does not exist. All markets have rules and limits that limit freedom of choice. If a market seems free, it is only because we accept its base restrictions so unconditionally that we no longer see them. One can not objectively define the “free” market. It is a political definition. It is not true what the free-market economists always say, eternal defenders of the market against the interference of the government for political reasons: the government is always present, and to these economists the policy drives them as much as the others. Overcoming the myth that there is an objectively defined “free market” is the first step towards understanding capitalism.
When the free market economists say that there is no need to implement a specific regulation because it would limit the “freedom” of a certain market, they only express a political opinion, that they reject the rights that the proposed law would defend. Its ideological artifice is to pretend that in the end its policy is not such, but an objective economic truth, while the politics of others does presuppose a political stance. The truth, however, is that they are driven by politics as much as by their opponents.
To dispense with the illusion of the objectivity of the market is the first step towards the understanding of capitalism.
-Although the shareholders are the owners of the companies, they are also the ones that have more mobility among all the groups that make them up, and often they care very little about the long-term future of the company (unless its share is so large that they find it impossible to sell it without serious disruption to the business). That is why shareholders, especially (but not exclusively) the smallest, prefer business strategies that maximize short-term profits (to the detriment, often, of long-term investments) and the dividends they generate.
-The main cause of the wage gap between rich countries and poor countries is not the differences in individual productivity, but the control of immigration. Without migratory barriers, the majority of the workers of the rich countries could be replaced by others of poor countries, and thus it would be. Salaries, to put it another way, are very conditioned by politics.
The other side of the coin is that poor countries are not poor because of their poor inhabitants (which in many cases, if they can compete with their counterparts in rich countries, would surpass them), but because of their rich inhabitants (from those that, for the most part, can not be said the same). But do not understand the latter as an invitation to the rich of the rich countries to give themselves pat on the back for the good things they do: without the collective institutions inherited from which they leave could not be so productive. To build a truly just society, we should forget the myth that we are all paid according to our individual value.
That widespread idea that the only way that all people receive a correct salary, and therefore fair, is that the markets follow their course, is a myth; a myth that must be forgotten, understanding what the market has to do with politics and collective individual productivity, if we want to build a more just society, in which we decide how to give back to people taking into account as they deserve the inheritance of history and collective acts, not just talent and individual effort.
-Our perception of changes tends to consider the most recent as the most revolutionary, something that often clashes with reality. In relative terms, the recent progress of communication technologies is not as revolutionary as what happened at the end of the 19th century (the appearance of wire telegraphy). It is more: in terms of economic and social changes, the Internet revolution is not (or in any case has not yet been) as important as the washing machine and other appliances that, by greatly reducing the work involved in domestic chores, allowed the income of women in the labor market and practically ended with trades such as domestic service. Looking to the past, we must avoid “turning the telescope around”, underestimating the old and exaggerating the new, because there is a risk of making many mistakes in national economic policy, in the management of companies and in our own trajectory. professional.
The degree of globalization (that is, of national openness) is not determined by technology, but by politics, but we will not see it if we let the fascination for the technological revolution of our times distort our perspective. We will end up putting wrong policies into practice.
A good understanding of technological trends is very important to design economic policies correctly, both nationally and internationally (and in relation to each person, to direct their professional career), but the fascination with the latter and the contempt for what It has already become common not only can they take us the wrong way, but they have already done it on more than one occasion.
-The personal interest is one of the most marked features of most people, but it is not the only thing that drives us. In many cases, it is not even our main motivation. The truth is that a world full of those selfish individuals who speak the textbooks of economics would have stopped spinning, because we would spend most of the time cheating, trying to unmask those who cheat and punish them. If the world goes as it is, it is because people are not those totally interested agents that create a free market economy. We must design an economic system that, without ignoring that people are often selfish, make the most of other human motivations and get the best out of people. If we think the worst of others, they will most likely give us the worst.
– Inflation will have been tamed, but the world economy is much more precarious than before. The enthusiastic proclamations that in the last three decades we had managed to control the volatility of prices ignored the extraordinary instability that the economies of the world have shown in the same period. The financial crises have multiplied until the 2008 global crisis, which has destroyed the lives of many people with huge debts, bankruptcies and unemployment. Over-attention to inflation has distracted us from the issues of full employment and economic growth. In the name of “labor market flexibility” employment has been destabilized, and with it many lives. Despite the assertion that price stability is an essential requirement for growth, policies aimed at reducing inflation have only generated anemic growth since the 1990s, when supposedly the inflation.
-At low to moderate levels, inflation is not as dangerous as the economists who promote the free market. The attempts to reduce it to negligible levels have diminished investment and growth, when it was said that both would be stimulated by the greater economic stability that is achieved with low inflation. In addition, low inflation – and this is even more important – has not even reported to the majority an authentic economic stability. The liberalization of capital and the labor market that is an integral part of the free market policy package, a package that has inflation control as one of its key elements, has accentuated financial instability and insecurity in the workplace. that for most people the world has become more unstable. To make matters worse, the supposed benefits for the growth of inflation control have not been met.
It would be convenient to get rid of this obsession with inflation once and for all.
– Contrary to the most widespread opinion, the developing countries obtained better results during the period in which the State carried the baton than in the immediately subsequent period of market-oriented reforms. State intervention suffered some spectacular slumps, but most countries grew much faster, with a more equitable distribution of income and much less financial crises, during the “bad period” than in the market-oriented reforms. Nor is it true that almost all rich countries were enriched by free market policies, but practically the opposite: with a few exceptions, all the countries that are currently rich, including Great Britain and the United States (supposedly the homelands of free trade and free markets) , they were enriched thanks to mixtures of protectionism, subsidies and other policies that today they themselves advise not to adopt to the developing countries. For now, free market policies have enriched few countries, and few will enrich in the future.
Free trade and free market policies almost never or never have worked. They were not implemented by the rich countries in their development period, and in the last three decades they have slowed down growth and accentuated income inequality in the developing countries. Few countries have been enriched by free trade and free market policies, and few will do so in the future.
-In spite of the growing “transnationalization” of capital, most of the transnational companies are still national companies with international activity, not truly stateless companies. The bulk of their main activities, such as high-level research and strategy, are carried out in their countries. Most of its main responsible are from the country of origin of the company. When they have to close factories or cut jobs, they usually leave their country last, for a number of political reasons, but also, more importantly, economic reasons. As a result, the bulk of the profits of a transnational company go to their country of origin. The nationality is not the only thing that determines the behavior of a company, of course, but if someone ignores the nationality of the capital, it is exposed to the consequences.
Therefore, despite the rhetoric of globalization, the nationality of a company remains key to deciding where its high-level activities will be located, such as R & D and strategy. Given that nationality is not the only factor that conditions the conduct of companies, other factors must be taken into account, such as whether the investor has a background in the sector and how solid his commitment to the acquired company really is. It is not acceptable to reject foreign capital by system; Now, it would be very naive to elaborate economic policies based on the myth that capital no longer has national roots. It turns out, then, that Lord Mandelson’s late reservations are well grounded in reality.
– It is possible that we live in a postindustrial society in the sense that most of us do not work in factories, but in stores and offices, but we have not entered into a post-industrial development phase in the sense that the industry has lost all its importance. A large part (but not all) of the decline in the percentage of the industry in total production is not due to a fall in the absolute quantity of manufactured products, but to that of their prices in relation to those of services, caused by further growth rapid productivity of the latter (production per unit of investment). Although deindustrialization is explained above all by the differences in productivity growth between sectors, and therefore may not be negative in itself, it does have negative consequences for the growth of productivity in the economy as a whole and for the balance of payments, and those consequences can not be ignored. Although deindustrialization is explained above all by the differences in productivity growth between sectors, and therefore may not be negative in itself, it does have negative consequences for the growth of productivity in the economy as a whole and for the balance of payments, and those consequences can not be ignored. As for the idea that developing countries can largely skip industrialization and enter directly into the postindustrial phase, it is a fantasy. Services are not good growth engines, because their chances of increasing productivity are limited. The low marketability of services means that the more economies based on them have less export capacity, and less export income means less capacity to buy advanced technologies abroad, which, in turn, results in slower growth .
-There is no simple way to compare living standards between countries. We can say that per capita income is the most reliable indicator, especially in terms of purchasing power, but if we only focus on the amount of goods and services that we can buy with our income, we will ignore many other elements of what it constitutes “living well”, such as the amount of quality leisure time, job security, crime rates, access to health care, social benefits, etc. It is clear that the relative weight of these indicators, compared with each other and with the income figures, will not be the same for all people or all countries, but it is important not to ignore the non-quantifiable dimensions in income if we intend to build societies where people «Live well» really.
-Africa has not always been stagnant. In the sixties and seventies, when all the supposed structural impediments to growth already existed, and in many cases were more pressing, the truth is that it could boast a quite acceptable growth. What’s more, all the structural handicaps that allegedly stop Africa have been present in the rich countries of today: bad weather (Arctic and tropical), lack of access to the sea, abundance of natural resources, ethnic divisions, deficient institutions and pernicious culture . If it seems that these structural conditions are impediments to development in Africa, it is because African countries still do not have the technology, institutions and organizational skills necessary to resolve their adverse consequences. The true cause of the African stagnation of the last three decades is the free market policies that the continent has been forced to implement during this period. Unlike history or geography, politics can be changed. Africa is not doomed to underdevelopment.
The main reason that Africa has not grown in recent times is a question of policies, specifically the free trade and free market policies that have been imposed on the continent through the SAPs. Neither nature nor history condemn any country to a specific future. If that problem is caused by the policy, it will be even easier to modify the future. The real tragedy of Africa is that we have not known how to see it, not a supposedly chronic inability to grow.
-Governments can choose winners, and sometimes they do spectacularly well. If we observe without prejudice, we will see many examples of winners chosen for success in governments around the world. The argument that government decisions that affect companies are always worse than those made by the companies themselves is not justified. Having more detailed information is not a guarantee of better decisions; in fact, someone “stuck in the garlic” may find it even more difficult to make the right decision. On the other hand, governments have ways to get better information and improve the quality of their decisions. In addition, decisions that are beneficial for specific companies may not be for the national economy as a whole. Therefore, the election of winners by the government against the market signals can improve the economic performance of a country, especially if it is done in close (but not too close) collaboration with the private sector.
-American managers are paid too much in more ways than one. For starters, they charge too much compared to their predecessors. In relative terms (that is, as a percentage of the compensation of an average worker), US executive directors are charging around ten times more than their predecessors in the 1960s, despite the fact that the companies managed by the latter had a lot to do. more success, in relative terms, than those currently in the United States. They also charge too much compared to their counterparts in other rich countries. In absolute terms, and depending on the yardstick that we use and the country with which we establish the comparison, they charge up to twenty times more than their rivals at the head of comparable companies by size and success. Apart from being overly priced, US managers are also too protected, in the sense that their bad results are not punished. And despite what many people say, it is not something purely dictated by market forces. The ruling class of the United States has acquired such economic, political and ideological power that it has been able to manipulate the forces that determine its salary.
Having acquired the managerial classes of the United States, and to a lesser extent Great Britain, an economic, political and ideological power that allows them to manipulate the market and make others pay the negative consequences of their actions, to believe that the remuneration of the executives is something whose optimal levels and structures are going to be, and should be, determined by the market would be deceived.
– The inhabitants of poor countries need entrepreneurial spirit only to survive. For every idler in a poor country there are two or three children who shine shoes and four or five street vendors. If these countries are poor, it is not due to lack of individual entrepreneurial energy, but rather to productive technologies and developed social organizations, especially modern companies. The problems that are increasingly evident around microcredit – very small loans to people without resources from developing countries, with the stated objective of helping them set up a business – demonstrate the limitations of individual initiative. Entrepreneurship has become a collective activity, especially in the last century; that is why poverty in collective organizations has become an even greater obstacle to economic development, and not individual deficiencies in terms of entrepreneurship.
-The education is valuable, but its main value is not in the increase of productivity, but in that it helps us to develop all our possibilities and to live with more fullness and autonomy. If we expand education thinking that it will make our economy richer, we will be very disappointed, because the link between education and national productivity is rather tenuous and complicated. We must moderate our excessive enthusiasm for education, and pay much more attention (especially in developing countries) to the creation and improvement of productive enterprises and institutions that support them.
-Despite the importance of the business sector, giving the maximum degree of freedom to companies can be harmful not only for the economy of a country, but for the companies themselves. Actually, not all regulations are bad for business. Sometimes, the long-term interests of the business world advise restricting the freedom of specific companies so that they do not destroy the common reserves of resources necessary for all of them, such as natural resources or labor. Regulations can also help companies by forcing them to do things that in the short term may be costly for them, but in the long term they will increase their collective productivity, such as training workers. Ultimately, what matters is not the quantity of regulations, but their quality.
-The capitalist economies are largely planned. The governments of capitalist economies also practice planning, though not on such a large scale as central communist planning. All of them finance a significant part of the investments in R & D and infrastructures. Most of them plan a considerable portion of the economy by programming the activities of public companies. Many capitalist governments plan the future shape of certain sectors of the economy through a sectoral policy, or even that of the national economy through indicative planning; but the most important thing is that the modern capitalist economies are composed of large and hierarchical companies that plan their activities in great detail, even crossing national borders. Consequently, the question is not whether to plan or not, but to be correct in what is planned and in the degree of planning.
-Excess equating of the results is detrimental (although it would be necessary to discuss where exactly the excess begins), but with equal opportunities it is not enough. If we do not create an environment in which everybody is assured of minimum capacities through some kind of minimum income guarantee, we can not say that there is fair competition. When there are people forced to run a hundred meters with sandbags in their legs, the fact that they do not allow themselves to come out with an advantage does not mean that it is a fair race. Equality of opportunity is absolutely necessary, but not sufficient, to build a truly just and effective society.
-In reality, a well-designed welfare state can encourage people to take occupational risks and be more open to changes, no more closed. It is one of the reasons why Europe claims less than in the United States for trade protectionism. Europeans know that, even if foreign competition made their industries close, they could protect their standard of living (through unemployment benefits), while Americans know that the loss of their jobs could lead to a large decrease in their level of life and even shelve your productive life. That is why European countries with a more developed welfare state, such as Sweden, Norway and Finland, grew at a rate equal to or greater than the United States even after 1990, when the “American Renaissance” began.
I do not mean to imply that the welfare state is necessarily good at all; It has its pros and cons, like any other institution. It can stigmatize the recipients of social aid, especially if it is not based on universal programs, but selective (as in the United States). The welfare state increases “reserve salaries” and discourages people from accepting badly paid jobs with bad conditions, although it is debatable that this is bad. (Personally, I think how problematic is the existence of a large number of “working poor”, as in the United States, like the unemployment rates we see in Europe, usually higher.) However, if it is well designed and focused on workers having a second chance, as in the Scandinavian countries, can encourage economic growth, making people more open to change and thus facilitating sectoral restructuring.
-The problem with today’s financial markets is that they are too effective. With the latest financial «innovations», which so many new financial instruments have created, the sector has become more efficient in generating short-term profits on its own, but, as we have seen in the wake of the global financial crisis of 2008, these New financial assets have greatly destabilized the economy as a whole, as well as the financial system itself. On the other hand, the liquidity of financial assets causes their owners to react too quickly to changes, which makes it difficult for companies in real sectors to obtain the “patient capital” they need for long-term development. It is necessary to reduce the speed lag between the financial sector and the real, which means that the financial market must be made less effective on purpose.
The effectiveness, then, with which finance reacts to changing business opportunities is just what can make them harmful to the rest of the economy. That is why James Tobin, Nobel laureate in economics in 1981, spoke in favor of “throwing a bit of sand into the gears of our international money markets, which are too effective”, and to that end proposed a tax on financial transactions that would voluntarily reduce speed of financial flows. In defense of the so-called “Tobin tax”, which until recently was taboo in political circles, the former British Prime Minister Gordon Brown recently left. However, it is not the only way to reduce the difference in speed between finance and the real economy; there are others, such as hindering hostile “opas” (thus reducing the profits of speculative investments in the stock market), prohibiting short selling (the practice of selling shares that are not currently held), increasing mandatory margins (ie , the proportion of money that has to be disbursed from the beginning when buying shares) or placing restrictions on international capital movements, especially in developing countries.
It is not saying that the difference in speed between finance and the economy has to be reduced to zero. A financial system in perfect synchrony with the real economy would be useless. If finance has any meaning, it is just its ability to move faster than the real economy. Now, if the financial sector moves too fast, it can derail the real economy. In the current circumstances, we urgently need to reform our financial system in a way that allows companies to make long-term investments in physical capital, human resources and organization, which ultimately are the source of economic development, while providing them with the Necessary liquidity.
-It is not necessary to have good economists so that there is a good economic policy. The economic leaders who have been most successful do not tend to be economists. During the Japanese and Korean “miracle” years, economic policy was in the hands of lawyers (especially in Japan). Taiwan and China have had engineers at the forefront of the economy. All this shows that economic success does not require well-educated people in economics, especially if they are from the free market school. In fact, in the last three decades the growing influence of the free market economy has led to a worsening of economic results worldwide, lower economic growth, greater economic instability, increased inequality and, as a final apotheosis, the disaster of the global financial crisis of 2008. If we need economic science, it is not the free market.
What has happened in the last three decades has shown that, in reality, we have many more positive things to learn from these other economists than from the free market. The relative successes and failures of a series of businesses, economies and policies of this period seem to indicate that the ideas of those economists who are now ignored, or even forgotten, have important things to teach us. Economic science does not have to be useless or harmful. Just learn the right ones.

In conclusion:
-We have to build our new economic system on the acceptance that human rationality is very limited.
-An acknowledging that we are not disinterested angels, we must build a system that does not bring out the worst in people, but rather the best.
-We must forget the idea that people are always paid “what they deserve”.
– “Doing things” must be taken more seriously. The postindustrial economy of knowledge is a myth. The industry is still basic.
-We have to improve the balance between finance and “real” activities. There can not be a productive modern economy without a healthy financial sector.
-Governments have to grow and be more active.
– It is necessary that the world economic system “unfairly” favors the developing countries.

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