El Libro Negro De Las Marcas — Klaus Werner & Hans Weiss / The Black Book Of Marks by Klaus Werner & Hans Weiss

Otro magnífico libro, aunque escrito en 2001, sobre el negocio de las multinacionales comprando materiales en países en guerra y buscando simplemente el beneficio independientemente de los consumidores y quien esté exento de culpa que tire la última piedra, un libro siempre vigente, releído y que nunca pierde un ápice de rigor.

Una gran cantidad de entidades de derechos humanos, sindicatos, organizaciones religiosas y periodistas críticos de todo el mundo observan con atención los manejos de firmas inescrupulosas y sacan a la luz las irregularidades.
Sus delitos son tan diversos como los productos que comercializan: Adidas, fabricante de artículos deportivos, se encuentra en la picota a causa de las desastrosas condiciones laborales que imperan en las plantas de sus proveedores; la marca de bananas Chiquita, debido a la explotación de los trabajadores en las plantaciones y al uso de herbicidas extremadamente peligrosos; la empresa de ropa interior Triumph recibe críticas a raíz de su cooperación con el brutal régimen militar de Myanmar (ex Birmania); mientras que a Siemens se la acusa de participar en peligrosas centrales nucleares y en proyectos de represas, para cuya concreción fue necesario expulsar a millones de personas de sus hogares y despojarlas de su sustento vital.
Dentro de nuestra “lista de los malvados”, los tres que ocupan el podio son Bayer, TotalFinaElf y McDonald’s. La lista de imputaciones a las multinacionales alemanas que operan en el sector químico y farmacéutico es casi interminable. Bayer expone a los pacientes a ensayos clínicos no éticos, a sabiendas de los graves daños de salud que pueden provocarles, Bayer pone en circulación peligrosas sustancias tóxicas, Bayer lucha para que no haya medicamentos baratos contra el sida en los países más pobres del mundo y Bayer, por último, es uno de los pilares que financian el comercio de materias primas dentro de un Congo azotado por la guerra civil.
La multinacional de estaciones de servicio TotalFinaElf desarrolla su actividad prácticamente en todos los lugares donde convergen la violación de derechos humanos y la extracción de petróleo: en Myanmar, en Sudán, en Angola y en Nigeria. Y McDonald’s no sólo es criticada por las consecuencias que ocasiona su consumo industrial de carnes en el medio ambiente y en la ganadería: los juguetes con los cuales la empresa de hamburguesas atrae a los niños europeos hacia sus restaurantes fueron fabricados gracias a la explotación de niños chinos.

Las multinacionales invierten sumas millonarias para cuidar la imagen de sus marcas. En donde ahorran es en las condiciones de producción. Como consecuencia, surgen relaciones laborales deplorables, pobreza y violaciones a los derechos humanos. En estos casos, el compromiso social no es más que un truco publicitario.
La compañía petrolera Shell constituye una de las principales fuentes de financiamiento de los proyectos sociales en el delta del Níger (África occidental) Esta corporación destina casi 60 millones de euros anuales a escuelas e instituciones sanitarias en la empobrecida región del sur de Nigeria.[1] En Europa y Japón, Shell se cuenta entre los mayores promotores de la energía solar: allí la multinacional construye equipos generadores. Un folleto publicitario reza: “Estamos convencidos de que solamente pueden ser exitosas aquellas empresas que persiguen tres objetivos: competitividad, responsabilidad social y orientación ecológica”.
A todo esto, la compañía representó durante largo tiempo la imagen del enemigo para las agrupaciones ambientales y de derechos humanos.
Uno de los que tienen que ponerse al día en el cuidado de la imagen es Nike, la firma norteamericana de indumentaria deportiva. A mediados de la década del 90, medios estadounidenses filmaron a niños paquistaníes cosiendo el logo de Nike —la “pipa”— en balones de fútbol. Desde entonces, se mantiene la ola de indignación por las condiciones laborales en los denominados sweatshops (las factorías situadas en Asia y América latina, patios traseros donde se confeccionan los productos de esta multinacional) Y una y otra vez salen a la luz nuevos casos de explotación y maltrato (ver capítulo “Deporte e indumentaria”)
En EE.UU., estos informes se han convertido en una seria amenaza para la imagen de la empresa. El famoso eslogan de Nike “Just Do It!” (Simplemente hazlo) fue reformulado para convertirse en “Just Boycott It” (Simplemente boicotéala).

Las firmas occidentales no sólo explotan a millones de trabajadores, también ejercen un control absoluto sobre las riquezas naturales de numerosos países. El mundo al revés: Angola, Brasil, Indonesia y Nigeria, al igual que la mayoría de los países en vías de desarrollo, poseen una reserva casi inagotable de tesoros naturales (petróleo, oro, diamantes, cobre, maderas nobles, café, cacao, bananas, etcétera) En su calidad de “propietarios” de estos recursos, son objetivamente mucho más ricos que la mayoría de los países industrializados.
Es necesario obligar a las corporaciones a asumir responsabilidades. Las multinacionales disponen de un poder cada vez mayor. En muchos casos, sus ventas anuales superan el presupuesto total de los Estados. A menudo tienen mayor margen de decisión que los países en donde operan. “Frente a estas decisiones, los gobiernos nacionales a lo sumo son asesores”, señala el sociólogo Ulrich Beck. “Cuando una institución perteneciente al Estado nacional intenta limitar el margen de acción de una empresa, entonces ésta se radica en otro lugar. Por lo tanto, la cuestión ya no es si algo debe hacerse, sino simplemente dónde se hace”.
La ligereza con la que numerosas empresas mudan sus establecimientos de producción de un lado a otro acarrea un nuevo problema, ya que dichos traslados suelen dejar un enorme número de desocupados a sus espaldas. Ése es también el motivo por el cual nosotros, en la mayoría de los casos, nos pronunciamos en contra de los boicots. No se trata de que las corporaciones retiren sus inversiones de los países más pobres; se trata de que utilicen su poder para garantizarles un estándar de vida digno a aquellos que son la fuente de sus ganancias.

Las corporaciones están alarmadas: su enorme poder, alcanzado desde la caída de la Cortina de Hierro a expensas de las instituciones políticas, es sólo un éxito provisorio. Surge un movimiento en la sociedad civil que se expresa también en Europa en voz cada vez más alta y con mayor furia. No exige el fin del mercado, exige tener en él una participación justa. En el largo plazo, esta exigencia ya no podrá acallarse, ni siquiera con inversiones millonarias para el cuidado de la imagen.
Así como el poder de los representantes políticos es un poder conferido por el pueblo, el poder de las empresas es otorgado por los consumidores. Con cada foto de niños esclavizados, con cada artículo sobre trabajadores explotados, con cada informe sobre pacientes maltratados o bellezas naturales destruidas, ese poder se va desmoronando. Tal como dijo el muchacho de trece años del Bronx, el que arrojó sus viejas zapatillas frente a las puertas del local de Nike: “Nosotros te hicimos. Y también podemos aniquilarte”.

-Al referirse al comercio del coltan en la región bajo dominio rebelde, el informe de la ONU sobre la explotación ilegal de materias primas en el Congo menciona a otro de los vencedores: la aerolínea belga Sabena se cuenta entre las “empresas clave dentro de esta cadena que articula la explotación de materias primas y la continuidad de la guerra. Sabena Cargo transporta recursos naturales ilegalmente extraídos en la República Democrática del Congo. Según se dice, Sabena Cargo lleva el coltan del Congo desde el aeropuerto de Kigali (nota del autor: capital de Ruanda) hacia diferentes destinos europeos”. Cuando los responsables del informe de la ONU indagaron en Bruselas, buscando que la dirección de la aerolínea diera explicaciones frente a estas imputaciones, nadie se mostró dispuesto a hablar.
-Los datos que me había pasado el gerente de marketing de Bayer me llevaron a investigar más de cerca el medicamento Trasylol. Tropecé con un estudio financiado por Bayer que se había desarrollado ya a principios de los años setenta en Alemania en tres clínicas universitarias, 16 hospitales centrales y 12 hospitales periféricos. Más de 4.000 pacientes ingresados a esos lugares en grave estado recibieron al azar, además de la terapia corriente, una dosis adicional de Trasylol o de un placebo. La comparación de las tasas de mortalidad en un caso y otro daría una prueba fehaciente de la eficacia del Trasylol. Eso era lo que Bayer esperaba.
Sin embargo, el resultado fue un shock para los gerentes de la compañía. Dentro del grupo de pacientes que habían sido tratados con Trasylol había muchísimas más muertes que dentro del grupo que había recibido un placebo. En otras palabras: el tratamiento con Trasylol había causado la muerte de muchos pacientes. Normalmente, la conclusión sería:
hay que prohibir de inmediato el Trasylol. Normalmente. Pero los responsables del estudio sabían cómo salir del brete: dieron vuelta todas las cifras y presentaron a la opinión pública un resultado que causaba la impresión opuesta. Trasylol fue presentado así como un medicamento que salva la vida, y sigue utilizándose en los hospitales alemanes y austríacos.
Cuando una compañía inscribe un nuevo principio activo en el registro de patentes, queda protegida de la competencia por veinte años. Pero eso solo no da dinero. Porque el reloj de la patente comienza a correr ya desde el momento de la inscripción, a pesar de que el laboratorio sólo entonces puede empezar con los ensayos para determinar si el medicamento realmente es eficaz y carece de efectos colaterales indeseables (un proceso que suele demorar muchos años) Cuanto antes logre el laboratorio dar las muestras de eficacia y tolerancia necesarias y recibir la aprobación de las autoridades sanitarias, más tiempo le quedará antes de que expire el plazo de la patente.
A partir del momento de la aprobación quedan entre ocho y doce años de pingües ganancias, ya que a los medicamentos nuevos se les puede poner cualquier precio. Una vez expirado el plazo de la patente, todo eso se acaba. Los otros laboratorios farmacéuticos pueden copiar la fórmula y hacer negocios abaratando el precio. De este modo se produce una caída automática de las ganancias.
-De los cientos de millones de dólares que pagan las multinacionales del petróleo para obtener sus derechos de explotación, más de la mitad habría sido utilizada para las ofensivas militares contra la UN1TA. Una parte se destina oficialmente a la compra de armas y el resto se escurre por los oscuros canales de la corrupción y se destina a las “provisiones” y al tráfico ilegal de armas.
La agrupación inglesa Global Witness, defensora de la ecología y los derechos humanos, acusa a militares angoleños de alto rango de utilizar su participación en las ganancias del petróleo para comprar armas a la mafia rusa y revenderlas al gobierno.
-Los precios bajos van a parar a la cuenta de un puñado de empresas alimenticias, europeas y norteamericanas, que transforman el cacao en chocolate. “La producción mundial de cacao está en manos de unas pocas firmas que poseen una red mundial de establecimientos agrícolas, plantaciones, fábricas y organizaciones comerciales”, nos informa Gerhard Riess, del sindicato austríaco Agrar/Nahrung/Genufí: “Esas compañías están en condiciones de imponer su voluntad a la totalidad del sector”.
Estas empresas dominantes a las que Riess se refiere son marcas muy conocidas (ordenadas según sus cifras de venta en el rubro golosinas):
Nestlé (Suiza), con sus marcas After Eight, Baci, KitKat, Lion, Nesquik, Nuts, Smarties, etc.
Mars (EE.UU.), con Balisto, Banjo, Bounty, M&M, Mars, Milky Way, Snickers, Twix, etc.
Philip Morris/Kraft Jacobs Suchard (EE.UU.), con Bensdorp, Daim, Finessa, Kaba, Milka, Mirabell Mozartkugeln, Suchard, Toblerone, etc.
Ferrero (Italia), con Duplo, FerreroRoché, Hanuta, productos “Kinder”, Mon Chérie, Nutella, etc.
En la reglamentación de la Unión Europa la cosa empeora, (otra vez, presionada por las empresas) ha permitido que desde marzo de 2000 el chocolate contenga una menor proporción de manteca de cacao, del orden de un 5% sobre el peso total. Nestlé y compañía quieren sustituir la manteca de cacao por aceite de palma y otras grasas que serían más baratas que el cacao. Pero para los países productores esta reglamentación representa una pérdida anual de 580 millones de euros. Los principales afectados son los pequeños agricultores, que cubren casi el 85% del mercado: esta reglamentación los ha privado de su única fuente de ingresos.
-otro alimento pasó a ocupar hace algunos años el centro de la atención pública: la naranja. Más precisamente, el jugo de naranja. Los alemanes toman casi diez litros de jugo de naranja por año. Y en Austria el consumo per cápita es de aproximadamente veinte litros.
Más del 90% del volumen consumido en Europa proviene de Brasil. Con alrededor de 650.000 toneladas anuales, la Unión Europea es el principal comprador del jugo concentrado brasileño, cuya producción total ronda el millón de toneladas. A todo esto, la Unión Europea tiene dificultades para hacer llegar a los consumidores su propio excedente de naranjas (que provienen en su mayor parte de España) La razón es muy simple: el jugo de naranja brasileño es mucho más barato.
El porqué es evidente: mientras los europeos pagan alrededor de 1 euro por cada litro de jugo, los cosecheros brasileños reciben en promedio cuatrocientas veces menos: sólo un cuarto de centavo. Un pequeño porcentaje se va en transporte y almacenaje; la parte del león se la llevan las grandes compañías, que producen y comercializan el jugo de fruta y tienen enormes márgenes de ganancia.
En Europa, siete de las diez compañías más grandes son alemanas. Las marcas más conocidas las producen la Eckes AG (Granini, Hohes C, Dr. Koch, Fruchttiger, entre otras), Procter & Gamble (Púnica) y Coca Cola (Minute Maid y Cappy).

Muñecas Barbie, monstruos de Pokémon, autitos de colección, Teletubbies, el ratón Mickey… Nuestros hijos están todo el día rodeados de juguetes. Algunos son fabricados por personas que, a su vez, también son niños. Esto ocurre en los países de mano de obra barata, en Asia, entre sangre, sudor y lágrimas.
Dentro del negocio de los juguetes y los sueños infantiles, la Walt Disney Company es un pez bien gordo. A mediados de 1998, la compañía terminó una película nueva, Mulan, que apuntaba al público chino. Este film de dibujos animados trata de una leyenda china muy famosa en la que una mujer de nombre Muían se disfraza de hombre, ingresa en el ejército y lucha hasta alcanzar una gran victoria para su país.
La compañía Disney quería utilizar el film como un vehículo para captar el mercado cinematográfico chino.
Pero al principio no todo salió como estaba planeado. Como la Walt Disney Company también había patrocinado la película Siete años en el Tíbet, y el gobierno chino la había desaprobado por considerarla una crítica a su política de ocupación en dicha región, la exhibición de Mulan en China fue desautorizada.
Sin embargo, la Walt Disney Company no se dio por vencida y, por medio de negociaciones, consiguió que a partir de febrero de 1999 Mulan llegara a los cines chinos.
Con respecto a sus negocios en China, Walt Disney no sólo apunta a los consumidores, sino que además fabrica allí los muñequitos de sus famosos personajes: el ratón Mickey, el pato Donald, Bambi, Cenicienta y todos los demás.
Pero en China, el ratón Mickey tiene una segunda cara: “¡Cuidado con las fábricas de Disney en los patios traseros del sudeste asiático!”, advierte la agrupación crítica de consumidores Hong Kong Christian Industrial Committee, y reparte carteles que muestran a Mickey con unos colmillos filosos, dispuestos a morder. A principios del año 2001, esta agrupación publicó un informe donde se denunciaban irregularidades en doce fábricas chinas que proveían productos a la Walt Disney Company.

En la isla de Macao, que desde 1999 pertenece a China, y en la isla caribeña de Haití también salieron a la luz irregularidades cometidas en las fábricas que producen para Disney.
En la Megatex Factory, en Puerto Príncipe, la capital de Haití, los obreros fueron amenazados por sus superiores en octubre de 1998: si seguían intentando organizarse en forma gremial, serían despedidos y sufrirían la violencia en carne propia. En Haití, las alusiones al uso de violencia se consideran amenazas de muerte encubiertas. Al menos siete trabajadores fueron despedidos por sospechas de actividades gremiales.
El Hong Kong Christian Industrial Committee no sólo investigó las fábricas de la compañía Disney, sino también las de McDonald’s. Esta cadena de comida rápida trabaja en estrecha colaboración con la empresa de dibujos animados. Prueba de ello es que en sus restaurantes no sólo se venden hamburguesas, sino también las llamadas “Happy Meáis” (Cajitas Felices): al pedir determinados menús, los niños reciben de regalo un muñequito de Disney.
A mediados de 2000, el Committee publicó un informe sobre prácticas irregulares en cinco fábricas del sur de China que pertenecían a la empresa Pleasure Tech Holdings de Hong Kong. Una de esas fábricas lleva el nombre de City Toys. El informe habla de trabajo infantil y de documentos falsificados en los cuales los operarios figuran con una edad mayor que la real. Durante las inspecciones, a los niños los encierran para que todo quede en orden.

En China, Siemens dirige un consorcio empresarial cuyo objetivo es suministrar turbinas (por un valor de alrededor de 348 millones de euros) para la represa de Tres Gargantas. Este proyecto, el más grande de su tipo hasta el momento, incluye la construcción de un embalse de alrededor de 650 kilómetros a lo largo del río Yangtsé y prevé generar una potencia de 18.000 megavatios. El costo total asciende a unos 46.700 millones de euros. Otras estimaciones hablan incluso de 81.500 millones.
El proyecto ha recibido duras críticas internacionales, ya que entre 1,3 y 1,9 millones de personas tendrían que ser desplazadas forzosamente de la zona. La compañía de tecnología suiza ABB, que también forma parte del proyecto, confirmó lo de los traslados forzosos, pero argumentó que “el gobierno chino no considera los traslados como un problema, sino como una posibilidad que se le brinda a la gente pobre de mejorar sus condiciones de vida”.
Quien se hace cargo de este negocio en Alemania es la compañía de seguros de crédito Hermes AG; en Austria lo hace el Kontrollbank; en Suiza, la ERG (Garantía de Riesgos de Exportación).
En noviembre de 1999 el gobierno de la República Federal de Alemania aprobó el otorgamiento de una garantía Hermes por 50 millones de euros al holding Siemens. Así respaldó el suministro de quince transformadores a China, a pesar de las protestas masivas realizadas por organismos ambientales y de derechos humanos. A esto hay que agregar los 248 millones de euros otorgados como garantía provisoria a través de un holding bancario integrado por el Dresdner Bank, el Deutsche Bank y otros. Poco tiempo atrás, el Parlamento alemán había sancionado una resolución que condenaba al gobierno chino por su invasión al Tíbet. “Es evidente que con la garantía Hermes lo que se buscaba era reanudar las relaciones con China”, opina un experto.
En definitiva, la participación de Siemens en este proyecto demencial fue financiada por el Commerzbank, el Dresdner Bank, el Instituto de Crédito para la Reconstrucción y el Deutsche Genossenschaftsbank.

En el año 2000, el “año de la condonación”, numerosos organismos internacionales exigieron que se reduzca la deuda de los países más pobres del mundo. Propusieron proceder como en el derecho de insolvencia: primero, una asociación internacional determina cuál es el monto necesario para cubrir las necesidades básicas de la población de un país, es decir, salud, educación e infraestructura. Una vez que ese monto está resguardado, se calcula cuánto está en condiciones de pagar el país a la comunidad de acreedores.
“¿Ayuda el perdón de la deuda a los pobres del mundo?”, tal el título cuasireligioso de un documento en el que el Hypo Vereinsbank fijó su posición respecto de este tema. Lástima que el Münchner Bank le quedó debiendo la respuesta a ese interrogante. En cambio, lo que sí se determinó fue que cualquier participación en una condonación de la deuda a los países más pobres equivaldría a una grave discriminación hacia los bancos que, a pesar del alto riesgo que eso implicaba, habían financiado las inversiones.
Los créditos a largo plazo otorgados por el Hypo Vereinsbank a países como Brasil o Indonesia están cubiertos en un 100% por los seguros de crédito a la exportación.

Al final del libro y en orden cronológico se habla de las diferentes empresas con datos de sus ventas y de lo que se les acusa.

Another magnificent book, although written in 2001, about the business of multinationals buying materials in countries at war and simply looking for the benefit independently of consumers and who is exempt from guilt that throws the last stone, a book always in force, reread and that never loses a bit of rigor.

A large number of human rights entities, trade unions, religious organizations and critical journalists from all over the world observe carefully the handling of unscrupulous firms and expose irregularities.
Their crimes are as diverse as the products they market: Adidas, manufacturer of sporting goods, is in the pillory because of the disastrous working conditions that prevail in the plants of its suppliers; the Chiquita brand of bananas, due to the exploitation of plantation workers and the use of extremely dangerous herbicides; the underwear company Triumph receives criticism as a result of its cooperation with the brutal military regime of Myanmar (formerly Burma); while Siemens is accused of participating in dangerous nuclear power plants and dam projects, for which it was necessary to expel millions of people from their homes and deprive them of their livelihood.
Within our “list of the evil ones”, the three that occupy the podium are Bayer, TotalFinaElf and McDonald’s. The list of imputations to the German multinationals that operate in the chemical and pharmaceutical sector is almost endless. Bayer exposes patients to unethical clinical trials, knowing the serious health damage that can cause them, Bayer puts dangerous toxic substances in circulation, Bayer fights against cheap AIDS drugs in the poorest countries of the world and Bayer, finally, is one of the pillars that finance the trade of raw materials inside a Congo hit by the civil war.
The service station multinational TotalFinaElf operates in practically every place where the violation of human rights and oil extraction converge: in Myanmar, in Sudan, in Angola and in Nigeria. And McDonald’s is not only criticized for the consequences caused by its industrial consumption of meat in the environment and in livestock: the toys with which the hamburger company attracts European children to their restaurants were manufactured thanks to the exploitation of children Chinese

The multinationals invest millions in sums to take care of the image of their brands. Where they save is in the conditions of production. As a result, deplorable labor relations, poverty and violations of human rights arise. In these cases, social commitment is nothing more than a publicity stunt.
The oil company Shell is one of the main sources of financing for social projects in the Niger Delta (West Africa). This corporation allocates almost 60 million euros annually to schools and health institutions in the impoverished region of southern Nigeria. [1 ] In Europe and Japan, Shell is among the biggest promoters of solar energy: there the multinational builds generating equipment. An advertising brochure reads: “We are convinced that only companies that pursue three objectives: competitiveness, social responsibility and ecological orientation can be successful.”
To all this, the company represented for a long time the image of the enemy for environmental and human rights groups.
One of those who have to catch up on the care of the image is Nike, the American sportswear brand. In the mid-1990s, American media filmed Pakistani children by sewing the Nike logo – the “pipe” – on soccer balls. Since then, the wave of indignation over the working conditions in the so-called sweatshops (the factories located in Asia and Latin America, backyards where the products of this multinational are made) and again and again come to light new cases of exploitation and abuse (see chapter “Sports and clothing”)
In the US, these reports have become a serious threat to the company’s image. Nike’s famous slogan “Just Do It!” (Just Do It) was reformulated to become “Just Boycott It” (Simply boycott it).

Western firms not only exploit millions of workers, they also exercise absolute control over the natural wealth of many countries. The world upside down: Angola, Brazil, Indonesia and Nigeria, like most developing countries, have an almost inexhaustible reserve of natural treasures (oil, gold, diamonds, copper, hardwoods, coffee, cocoa, bananas, etc.) In their capacity as “owners” of these resources, they are objectively much richer than most industrialized countries.
It is necessary to force corporations to assume responsibilities. Multinationals have a growing power. In many cases, their annual sales exceed the total budget of the States. They often have more room for decision than the countries where they operate. “Faced with these decisions, national governments are at best advisors,” says sociologist Ulrich Beck. “When an institution belonging to the national State tries to limit the margin of action of a company, then it is located in another place. Therefore, the question is no longer whether something should be done, but simply where it is done. ”
The lightness with which many companies move their production facilities from one place to another brings a new problem, since such transfers often leave a huge number of unemployed behind their backs. That is also the reason why we, in most cases, speak out against boycotts. It is not a question of corporations withdrawing their investments from the poorest countries; it is about using their power to guarantee a decent standard of living for those who are the source of their earnings.

Corporations are alarmed: their enormous power, achieved since the fall of the Iron Curtain at the expense of political institutions, is only a provisional success. A movement arises in civil society that is also expressed in Europe in a voice that is increasingly loud and with greater fury. It does not demand the end of the market, it demands to have a fair share in it. In the long term, this requirement can no longer be silenced, even with millionaire investments for the care of the image.
Just as the power of political representatives is a power conferred by the people, the power of companies is granted by consumers. With every picture of enslaved children, with every article about exploited workers, with every report about battered patients or destroyed natural beauties, that power is falling apart. As the thirteen-year-old Bronx boy said, he threw his old shoes in front of the doors of the Nike store: “We made you. And we can also annihilate you. ”

-When referring to the coltan trade in the region under rebel domination, the UN report on the illegal exploitation of raw materials in the Congo mentions another of the winners: the Belgian airline Sabena is among the “key companies within this chain that articulates the exploitation of raw materials and the continuity of the war. Sabena Cargo transports illegally extracted natural resources in the Democratic Republic of the Congo. Reportedly, Sabena Cargo takes Congo’s coltan from the Kigali airport (author’s note: capital of Rwanda) to different European destinations. ” When those responsible for the UN report investigated in Brussels, looking for the airline’s address to give explanations in front of these accusations, nobody was willing to speak.
-The data that the marketing manager of Bayer had given me led me to investigate more closely the drug Trasylol. I stumbled on a Bayer-funded study that had already been developed in the early seventies in Germany in three university clinics, 16 central hospitals and 12 peripheral hospitals. More than 4,000 patients admitted to these places in serious condition were randomized, in addition to the current therapy, an additional dose of Trasylol or a placebo. The comparison of the mortality rates in one case and another would give a convincing proof of the efficacy of Trasylol. That was what Bayer expected.
However, the result was a shock to the company’s managers. Within the group of patients who had been treated with Trasylol there were many more deaths than within the group that had received a placebo. In other words: treatment with Trasylol had caused the death of many patients. Normally, the conclusion would be:
Trasylol must be banned immediately. Usually. But those responsible for the study knew how to get out of trouble: they turned all the figures and presented to the public a result that caused the opposite impression. Trasylol was presented as a life-saving medicine, and continues to be used in German and Austrian hospitals.
When a company enters a new active principle in the patent register, it is protected from competition for twenty years. But that alone does not give money. Because the patent clock starts to run from the moment of registration, even though the laboratory can only then start with the tests to determine if the medicine is really effective and has no undesirable side effects (a process that usually takes many years) The sooner the laboratory achieves the necessary efficacy and tolerance samples and receives approval from the health authorities, the more time it will have before the expiration of the patent term.
From the moment of approval there are between eight and twelve years of huge profits, since new medicines can be set at any price. Once the term of the patent expires, all that ends. The other pharmaceutical laboratories can copy the formula and do business by lowering the price. In this way there is an automatic fall in profits.
-Of the hundreds of millions of dollars that oil multinationals pay to obtain their exploitation rights, more than half would have been used for military offensives against UN1TA. One part is officially destined for the purchase of arms and the rest slips through the dark channels of corruption and goes to “provisions” and illegal arms trafficking.
The English group Global Witness, an advocate for ecology and human rights, accuses high-ranking Angolan soldiers of using their share in oil profits to buy weapons from the Russian mafia and resell them to the government.
-The low prices go to the account of a handful of food companies, European and North American, which transform cocoa into chocolate. “The world production of cocoa is in the hands of a few firms that have a worldwide network of agricultural establishments, plantations, factories and commercial organizations”, informs Gerhard Riess, of the Austrian union Agrar / Nahrung / Genufí: “These companies are able to to impose its will on the entire sector “.
These dominant companies to which Riess refers are well-known brands (ordered according to their sales figures in the candy category):
Nestlé (Switzerland), with its brands After Eight, Baci, KitKat, Lion, Nesquik, Nuts, Smarties, etc.
Mars (USA), with Balisto, Banjo, Bounty, M & M, Mars, Milky Way, Snickers, Twix, etc.
Philip Morris / Kraft Jacobs Suchard (USA), with Bensdorp, Daim, Finessa, Kaba, Milka, Mirabell Mozartkugeln, Suchard, Toblerone, etc.
Ferrero (Italy), with Duplo, FerreroRoché, Hanuta, products “Kinder”, Mon Chérie, Nutella, etc.
In the regulation of the European Union the thing worsens, (again, pressed by the companies) has allowed that since March 2000 the chocolate contains a lower proportion of cocoa butter, of the order of 5% over the total weight. Nestlé and company want to replace cocoa butter with palm oil and other fats that would be cheaper than cocoa. But for producing countries this regulation represents an annual loss of 580 million euros. The main affected are small farmers, who cover almost 85% of the market: this regulation has deprived them of their only source of income.
-other food happened to occupy a few years ago the center of public attention: the orange. More precisely, orange juice. Germans drink almost ten liters of orange juice per year. And in Austria per capita consumption is approximately twenty liters.
More than 90% of the volume consumed in Europe comes from Brazil. With around 650,000 tons per year, the European Union is the main buyer of Brazilian concentrated juice, whose total production is around one million tons. To all this, the European Union has difficulties to reach consumers their own surplus of oranges (which come mostly from Spain) The reason is very simple: Brazilian orange juice is much cheaper.
The reason is obvious: while Europeans pay around 1 euro for every liter of juice, Brazilian harvesters receive on average four hundred times less: only a quarter of a cent. A small percentage goes in transportation and storage; the lion’s share is carried by the big companies, which produce and market the fruit juice and have huge profit margins.
In Europe, seven of the ten largest companies are German. The best-known brands are produced by Eckes AG (Granini, Hohes C, Dr. Koch, Fruchttiger, among others), Procter & amp; Gamble (Punic) and Coca Cola (Minute Maid and Cappy).

Barbie dolls, Pokémon monsters, collectibles, Teletubbies, Mickey mouse … Our children are all day surrounded by toys. Some are manufactured by people who, in turn, are also children. This happens in countries of cheap labor, in Asia, among blood, sweat and tears.
Within the business of children’s toys and dreams, the Walt Disney Company is a very fat fish. In mid-1998, the company finished a new film, Mulan, which targeted the Chinese public. This cartoon film is about a very famous Chinese legend in which a woman named Muían disguises herself as a man, enters the army and fights until she reaches a great victory for her country.
The Disney company wanted to use the film as a vehicle to capture the Chinese film market.
But at first not everything went as planned. Since the Walt Disney Company had also sponsored the film Seven Years in Tibet, and the Chinese government had disapproved of it as a criticism of its occupation policy in that region, Mulan’s exhibition in China was unauthorized.
However, the Walt Disney Company did not give up and, through negotiations, got that from February 1999 Mulan reached the Chinese cinemas.
With respect to his business in China, Walt Disney not only aims at consumers, but also manufactures the dolls of his famous characters there: the mouse Mickey, the duck Donald, Bambi, Cinderella and all the others.
But in China, the Mickey Mouse has a second side: “Beware of the Disney factories in the backyards of Southeast Asia!” Warns the Hong Kong Christian Industrial Committee, and distributes posters that show Mickey with Sharp fangs, ready to bite. At the beginning of 2001, this group published a report denouncing irregularities in twelve Chinese factories that provided products to the Walt Disney Company.

On the island of Macao, which since 1999 belongs to China, and on the Caribbean island of Haiti, irregularities have also come to light in the factories they produce for Disney.
At the Megatex Factory in Port-au-Prince, the capital of Haiti, the workers were threatened by their superiors in October 1998: if they continued to try to organize themselves in a union, they would be fired and would suffer violence in their own flesh. In Haiti, allusions to the use of violence are considered covert death threats. At least seven workers were dismissed on suspicion of union activities.
The Hong Kong Christian Industrial Committee not only investigated the factories of the Disney company, but also those of McDonald’s. This fast food chain works closely with the cartoon company. Proof of this is that in their restaurants not only hamburgers are sold, but also the so-called “Happy Meáis” (Happy Cakes): when ordering certain menus, children receive a Disney doll as a gift.
In mid-2000, the Committee published a report on irregular practices in five factories in southern China that belonged to the company Pleasure Tech Holdings of Hong Kong. One of those factories is called City Toys. The report speaks of child labor and falsified documents in which workers are older than the real age. During the inspections, the children are locked up so that everything is in order.

In China, Siemens runs a business consortium whose goal is to supply turbines (worth around 348 million euros) for the Three Gorges Dam. This project, the largest of its kind so far, includes the construction of a reservoir of around 650 kilometers along the Yangtze River and plans to generate a power of 18,000 megawatts. The total cost amounts to about 46,700 million euros. Other estimates even speak of 81,500 million.
The project has received harsh international criticism, since between 1.3 and 1.9 million people would have to be forcibly displaced from the area. The Swiss technology company ABB, which is also part of the project, confirmed the forced relocations, but argued that “the Chinese government does not consider transfers as a problem, but as a possibility that poor people are given to improve their living conditions. ”
Whoever takes over this business in Germany is the credit insurance company Hermes AG; in Austria the Kontrollbank does; in Switzerland, the ERG (Export Risk Guarantee).
In November 1999, the government of the Federal Republic of Germany approved the granting of a Hermes guarantee for 50 million euros to the Siemens holding company. He supported the supply of 15 transformers to China, despite massive protests by environmental and human rights organizations. To this must be added the 248 million euros granted as a provisional guarantee through a banking holding integrated by Dresdner Bank, Deutsche Bank and others. A short time ago, the German Parliament had passed a resolution condemning the Chinese government for its invasion of Tibet. “It is clear that with the Hermes guarantee what was sought was to resume relations with China,” says one expert.
In short, Siemens’ participation in this insane project was financed by the Commerzbank, the Dresdner Bank, the Reconstruction Credit Institute and the Deutsche Genossenschaftsbank.

In the year 2000, the “year of forgiveness”, numerous international organizations demanded that the debt of the poorest countries of the world be reduced. They proposed to proceed as in the right of insolvency: first, an international association determines what is the amount necessary to cover the basic needs of the population of a country, that is, health, education and infrastructure. Once that amount is saved, it is calculated how much the country is able to pay to the creditors community.
“Does the forgiveness of the debt help the poor of the world?”, Such as the quasi-religious title of a document in which the Hypo Vereinsbank fixed its position on this issue. Too bad that the Münchner Bank was left with the answer to that question. On the other hand, what was determined was that any participation in a debt cancellation to the poorest countries would amount to serious discrimination against the banks that, despite the high risk involved, had financed the investments.
The long-term loans granted by the Hypo Vereinsbank to countries such as Brazil or Indonesia are 100% covered by export credit insurance.

At the end of the book and in chronological order we talk about the different companies with their sales data and what they are accused of.

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