Campos De Muerte. Geografía Del Mal — Miguel Del Rey & Carlos Canales

Este libro que me he releído varías veces me parece magnífico por cuando nos adentra en las atrocidades del ser humano independientemente de vencedores o vencidos, todos los gobiernos deben callar demasiado y se cumple la máxima hobbesiana de que el hombre es un lobo para el hombre. Dejando de lado las teorías oficiales de los gobiernos. Bienvenidos al infierno y es que libros como este son de agradecer.

A lo largo del siglo XX, los campos fueron usados para la detención y eliminación de presos políticos o comunes y para eliminar y exterminar a minorías étnicas, disidentes políticos, homosexuales, grupos religiosos, personas con discapacidad, o cualquier tipo de colectivo a quienes se pudiesen atribuir los habituales delitos de «traición», «sedición» o «rebelión». Con el tiempo esas ideas ni siquiera quedaron confinadas al pensamiento «blanco», sino que se extendieron a todos los continentes. Desde la forma en que los japoneses se comportaron en Manchuria, hasta cómo el Jemer Rojo trató a la etnia vietnamita.
Y es que la deshumanización que ya se intuía a finales del siglo XIX, fruto del aumento de la población, la ideologización de las masas, la competencia por los recursos, cada vez más escasos, y la industrialización masiva, hizo que tras la Primera Guerra Mundial, la inmoralidad, la vileza, el pecado, el mal y la crueldad, acciones todas ellas contrarias a las virtudes que se esperarían de cualquier ser humano, como la bondad, piedad, misericordia, caridad, ternura, clemencia, compasión, alcanzasen cotas inimaginables.
Además, desde entonces cambió también el objetivo principal a la hora de iniciar un conflicto. Ya no se limitó a lograr la victoria para conseguir un conjunto de objetivos políticos determinados, sino que pasó a centrarse en destruir permanentemente la base de toda la resistencia enemiga. Con esa forma de pensar, y en última instancia, la única manera de garantizar la dominación permanente es exterminar a todas las poblaciones presumiblemente hostiles que se encuentren bajo la ocupación militar.
La única consecuencia positiva de esta degeneración del ser humano es que, poco a poco, se ha conseguido convertir a los campos de concentración, concebidos para castigar, explotar y matar, en íconos de maldad. Conocemos sus atrocidades gracias a los relatos de las víctimas, deshumanizadas, arrebatada su individualidad para convertirlas en un número más. Sabemos de las condiciones en que se encuentran en ese mundo cerrado, marcado por una rutina mecánica y feroz, en la que el abandono de los hábitos de la vida anterior y la pérdida de cualquier signo de identidad forman parte de un proceso en el que lo más habitual es que el destino final del confinado sea la muerte. Ahora solo falta suprimirlos de una vez por todas.

Filipinas, no alcanzaría su independencia hasta el 4 de julio de 1946. Eso sí, Roosevelt declaró el final oficial de la insurrección 44 años antes, el 4 de julio de 1902, aunque ni siquiera pudo incluir en su proclama a las tribus moras, que nunca estuvieron dispuestas a dejar las armas.
Como en el caso de Cuba, el coste global de vidas por las medidas estadounidenses en Filipinas fue enorme, pero difícil de cuantificar. Para las fuentes autóctonas «en los quince años que siguieron a la derrota de los españoles en la bahía de Manila en 1898, fueron asesinados más filipinos por las fuerzas estadounidenses que por los españoles en los 300 años de colonización. Más de 1 500 000 murieron de una población total de 6 000 000».
Según una estimación estadounidense los militares filipinos muertos fueron unos 20 000 —16 000 con total seguridad y cuantificados—. En el caso de los civiles se presume una cifra que varía entre los 250 000 y 1 000 000. Siempre incluidos los muertos por la desnutrición y los de una epidemia de cólera que asoló las islas durante la guerra.
(Sudáfrica/Boers) Los españoles las habían utilizado en Cuba y los Estados Unidos, —que tanto los habían criticado— habían echado mano de ellas para devastar a la guerrilla durante la guerra Filipino-Americana. Pero a diferencia de esos casos, sí era una novedad que se emplearan de forma sistemática, con el objetivo de extenderse a una nación entera, y la primera ocasión también que, al aplicar sus principios, se despoblaron regiones por completo.
En total se construyeron 31 campos de concentración para los blancos desplazados8 —Irene, Barberton, Volksrust, Bélfast, Klerksdorp, Pietersburg, Potchefstroom, Vereeniging, Turffontein, Balmoral, Nylstroom, Standerton, Heilbron, Kimberley, Bloemfontein, Middelburg, Kroonstad, Heidelberg, Krugersdorp, Vryburg, Vredefort, Brandfort, Springfontein, Bethulie, Norvalspont, Port Elizabeth, Aliwal Norte, Merebank, Pinettown, Howick y Pietermaritzburg— y 64 de trabajo para los negros. En los primeros, sus internos solo tenían que luchar por mantenerse con vida; en los segundos, además tenían que trabajar hasta la extenuación como obreros de la construcción, mineros o agricultores.

(Nazis)En el sistema penitenciario alemán —como ocurría en el de buena parte del mundo—, los presos no podían llevar una vida ociosa. Parte de su «tratamiento terapéutico ideológico» era el trabajo. De inmediato se incorporaban a actividades como cultivar la tierra, ampliar los campos ya existentes, construir nuevos, o realizar infraestructuras. No había que ser muy listo para comprender que, si crecía el número de presos, esa mano de obra podría convertirse en algo de provecho para las SS, de forma que la organización pudiera autofinanciarse en vez de depender de los fondos del estado. Desde el mismo momento en que se adoptó esa idea, el objetivo principal de los campos se convirtió en algo mucho más práctico y sofisticado que la regeneración de unos ideales o la separación de razas y, por eso mismo, significativamente más tenebroso.
La jornada laboral —de 10 a 11 horas diarias incluso en el caso de trabajos muy pesados—, era similar en todos los campos, aunque fuera el comandante de cada uno el responsable final de decidir los horarios de diana y apagado de luces. Comenzaba sobre las 5:00 en verano y media hora después en invierno. Los kapos, a golpes y gritos, conducían a los prisioneros hacia la zona de aseo, en la parte central de los barracones. Centenares de hombres devorados por pulgas y piojos. Allí se iniciaban las peleas para poder utilizar los agujeros de las letrinas y lavarse en las grandes pilas en apenas media hora. Sin jabón, solo con algunas toallas sucias y empapadas.
Vestidos con lo poco que tenían, los presos recibían el café del desayuno: cuarto de litro de agua coloreada con achicoria o cualquier otra semilla tostada. Pocos minutos después debían presentarse al primer recuento.
Los prisioneros solo descansaban una hora al mediodía para tomar una sopa aguada de nabos o col, con alguna patata o zanahoria. Se regresaba del trabajo a las 18:00 o las 19:00, según la distancia a recorrer, para formar en la plaza central y realizar el segundo recuento. Luego recibían la cena: un trozo de salchicha o salchichón, o un pequeño pedazo de margarina, y un pan cuadrado que tenían que repartirse entre varios. En ocasiones la zanahoria era sustituida por cualquier hortaliza, la margarina por un trozo de queso fresco y el salchichón por otro embutido. Era el menú de 2300 calorías diarias por preso —hombre o mujer— establecido en Berlín. Muchas menos de las 3500 o 4000 necesarias para hacer frente al trabajo extenuante al que se les sometía. En el caso de los enfermos o los que estaban en periodo de cuarentena, la ración se reducía a la mitad. Solo en contadas ocasiones la comida del domingo podía mejorar algo. Esa combinación de explotación laboral y falta de alimentación era la mayor causa de mortalidad. Entre 1940 y 1945 la esperanza media de vida de un preso se mantuvo siempre entre 5 y 9 meses.
Entre las 20:00 y las 21:00, momento en que se apagaban las luces, debían entrar en el barracón. Dormían en estrechas literas de tres pisos de tablones de madera que se amontonaban unas junto a otras. La mayoría compartidas por tres o cuatro reclusos.
Muchas veces los kapos y los guardias irrumpían de noche en los barracones y obligaban a los prisioneros a salir al exterior para realizar ejercicio físico o someterles a algún otro castigo.
La mayoría de los grandes campos de concentración tenían una cantina donde los presos mejor situados podían comprar cigarrillos y otros artículos. Un cigarrillo solía costar de 10 a 20 pfennings y cada preso recibía entre 50 pfennings y 4 reichmarks a la semana, según su nivel de competencia.
A finales de 1941 Himmler mandó crear diez burdeles en los campos, el primero en Mauthausen y el mayor en Auschwitz. Las mujeres, unas 200, que en su mayoría procedían de Ravensbrück, fueron seleccionadas en función de su apariencia, con una media de edad de 23 años. Tenían que ser arias o eslavas. No se admitían judías. Al principio se las convenció de que «otorgaran sus favores sexuales» con la promesa de que serían puestas en libertad en un plazo máximo de seis meses, lo que nunca se hizo realidad. Luego ya solo fue a cambio de algo más de comida, algún regalo de los presos o menos malos tratos por parte de los guardias.
Una vez seleccionadas en Ravensbrück se las presentaba desnudas a los oficiales de las SS y a los médicos del campo para su inspección. Después, se las alimentaba para que ganaran algo de peso y se les daba útiles de aseo, maquillaje y ropa. La mayoría fueron sometidas a esterilizaciones para evitar embarazos que, de producirse, se interrumpían. Para sobrevivir, las nuevas tenían que atender a un mínimo de 3 y un máximo de 15 reclusos por noche, entre las ocho y las diez…

Una vez liberados los campos de exterminio fueron numerosos los testimonios de supervivientes que detallaron los diferentes y atroces sistemas empleados para asesinar de forma masiva a los prisioneros. En esa escalada de terror sin fin, los principales fueron los siguientes:

— Ahogamientos: En algunos momentos y cuando la falta de munición se unía a suelos duros, helados por el frío, que no permitían cavar fosas comunes de forma rápida, se agrupaban varias decenas de prisioneros —hombres, mujeres y niños— a los que se les rodeaba con cuerdas o alambres y se los arrojaba a un río, lago o pantano. La muerte era inevitable.
— Cámaras de gas: Además del tipo que ya hemos descrito, se utilizaron formas menos sofisticadas de gasear a los prisioneros. Las primeras cámaras fueron habitáculos construidos de forma muy tosca, incluso de madera, en las que en apenas 25 metros cuadrados se metían de 500 a 700 víctimas. Una vez encerradas, fuera se ponía en marcha un motor diesel cuyo escape quedaba conectado al interior. El sueño mortal que producía la inhalación de monóxido de carbono era relativamente rápido, pero no lo suficiente como para no saber de forma brutal que ya no había salida.
— Ahorcamiento: La forma tradicional de ejecución. Prisioneros fornidos eran obligados a talar árboles y montar con ellos toscas construcciones para colgar a los reos; en grupos eran subidos a los troncos y se les colocaba una soga alrededor del cuello para después derribar el tronco en donde se apoyaban y morir asfixiados.
— Despeñamiento: En las canteras y obras en las que trabajaban los prisioneros esclavizados, a los más débiles o agotados por la fatiga y el hambre se les empujaba al vacío para morir despeñados. A estos muertos habría que sumar los que se arrojaban voluntariamente para terminar con esa tortura de forma rápida y menos dolorosa.
— El hambre: Una forma de morir de inanición era el castigo: muchos prisioneros eran encerrados en grupo y atados a las paredes de una celda para dejarlos morir de hambre.
— El martillo: En algunos campos de concentración y exterminio —sobre todo en la Polonia ocupada— se utilizó un barato sistema de asesinar en masa, similar a la guillotina: se colocaba al prisionero tumbado bocabajo y un martillo enorme accionado por una palanca golpeaba brutalmente su cabeza causándole la muerte inmediata. Se limpiaba la sangre con unos chorros de agua y quedaba dispuesto para colocar a otro prisionero.
— Fusilamientos masivos: En cualquier bosque se reunían centenares o miles de prisioneros a los que se les obligaba a desnudarse. Un grupo de ellos cavaba enormes fosas y, una vez terminadas, se reunía en torno a ellas pequeños grupos desnudos a los que se disparaba indiscriminadamente. Tras ese grupo se llevaba otro y el sistema se repetía. Pueblos y familias enteras fueron asesinadas de esta manera. Se estima que más de un millón de seres humanos.
— La invitación: Era habitual que los verdugos escogiesen a un prisionero cualquiera y le golpearan. Seguidamente se le suministraba una cuerda o cinturón y se le encerraba en las letrinas o cualquier habitación «invitándole» a suicidarse.
— Las duchas: Era común instalar en las regiones heladas duchas de campaña conectadas a bombas de presión. Los prisioneros eran obligados a desnudarse en mitad de la nieve e introducirse bajo el agua helada de las duchas, por lo que pronto morían de frío. Los SS, armados de varas y látigos, los usaban si algún prisionero intentaba salirse. Una vez que las víctimas habían fallecido, se retiraban los cadáveres para que la misma nieve los sepultase. Una variante de este método era cavar agujeros en la nieve en los que se metía hasta medio cuerpo a los prisioneros desnudos para, una vez inmovilizados, echarles cubos de agua hasta que se congelaran.

(Imperio Sol Naciente) Unos 25 000 presos murieron en cautiverio. Una vez firmado el armisticio con Japón, la liberación de los más de 55 000 civiles y militares holandeses que quedaban prisioneros en Indonesia planteó algunos problemas, ya que las principales facciones políticas estaban en guerra. Se ordenó enviar tropas aliadas a Batavia y Java y se rearmó a los japoneses con el fin de que controlaran la situación hasta su llegada. Como si nada hubiera pasado, a finales de noviembre de 1945, japoneses y gurkhas británicos, coco con codo, ya combatían encarnizadamente en Java contra las guerrillas comunistas, para restablecer la paz.
La construcción del ferrocarril sobre el río Kwai y la construcción de puentes fue de lo peor de la zona.
Todos los ejércitos del mundo, y especialmente los de las grandes potencias, sacaron interesantes conclusiones de lo ocurrido durante la Primera Guerra Mundial, tanto por el uso intensivo de armas químicas, como por la posibilidad, que se intuía, de usar en el futuro armas biológicas.
Japón fue uno de los primeros interesados. Comenzó a desarrollar una agresiva política en China y, a partir del llamado «Incidente de Mukden», ampliada su expansión militar y de cara a futuras acciones armadas de gran envergadura, puso al mando del teniente coronel Shirō Ishii, cirujano mayor del ejército, una unidad destinada a marcar un importante hito en la historia de la infamia: el Laboratorio de Investigación del Ejército sobre Prevención Epidémica.
Para sus instalaciones se eligió una gran extensión a unos 100 kilómetros de Harbin, en Manchuria, en un pueblo llamado Bei-inho. Allí se construyó un campo de concentración que disponía de una importante complejo denominado «Fortaleza Zhongma». No se escatimaron gastos en su construcción e incluso se le dotó de una línea de ferrocarril mediante la cual le pudiesen llegar todos los materiales necesarios para las investigaciones que deseara llevar a cabo.
Las pruebas a las que se sometió a los presos son inenarrables. Inconcebibles incluso en la más sádica película gore de Serie B. Las extremidades de los prisioneros se amputaban con el fin de estudiar la pérdida de sangre; los miembros se volvían a unir del lado contrario del cuerpo para comprobar qué ocurría; se congelaban y amputaban extremidades; se congelaba y descongelaba a las víctimas para analizar los efectos de la gangrena y la putrefacción o se les extraía quirúrgicamente el cerebro, los pulmones, el hígado, o el estómago, que en algunos casos llegó a ligarse directamente a los intestinos o al esófago.
El «éxito» de esas brutales primeras pruebas animó a los jefes del campo a ampliar sus estudios e investigaciones a los efectos de todo tipo de armas sobre personas vivas, por lo que comenzaron una serie de variados horrores y espantosas prácticas propias de las mentes más sádicas y enfermas que alguien se pueda imaginar.
Se ataron prisioneros a postes y se detonaron cargas explosivas a diferentes distancias para comprobar el efecto de la metralla sobre el cuerpo humano. Se usaron lanzallamas sobre prisioneros vivos para comprobar el daño real causado de esa forma contra «enemigos» atrincherados en casamatas o búnkeres. Se estudió desde el tiempo que tardaba una persona en morir si no comía, o si se le colgaba boca abajo, hasta lo que tardaba en llegar la embolia si se inyectaba aire en las arterías. O que ocurría si se inyectaba orina de caballo en los riñones. Se experimentó con la resistencia a la sed, al internamiento en cámaras de vacío de las que se extraía el oxígeno, a la congelación —con vistas a un ataque a la Unión Soviética por Siberia— o a la tortura. Se llegó a meter prisioneros en centrifugadoras.
El avance de la guerra amplió las pruebas para investigar la resistencia a armas nuevas o futuras: se irradió con rayos X a los presos hasta la muerte, se hicieron transfusiones de sangre animal y se inyectó agua del mar para comprobar si podía sustituir a las soluciones salinas. Todo ello obligaba a mantener con vida en el campo de prisioneros a una media de 2000 a 3000 personas, de forma constante, para reemplazar los «troncos». Los restos de los «eliminados» se quemaban en grandes hornos incineradores en permanente funcionamiento.
Las primeras víctimas fueron todas chinas, manchúes y coreanas, pero la extensión de la guerra nutrió el campo de «especímenes» nuevos y variados que permitió a los psicópatas que dirigían el Escuadrón 731 seleccionarlos según sus características para los variados y diversos experimentos que se les ocurrían.

Rusia de los bolcheviques, 928 organizaciones consideradas peligrosas: 675 asociaciones campesinas que se saldaron con 1 148 detenidos; 117 grupos intelectuales con otros 1 360; 85 colectivos religiosos con 1 765 encarcelados; 24 grupúsculos monárquicos con 1245 apresados; 14 agrupaciones mencheviques con 540 encausados y 13 formaciones socialistas revolucionarias con otros 204 arrestados. Se efectuaron también 81 redadas contra células anarquistas que concluyeron con 266 detenidos más, así como al encarcelamiento de 2 468 personas acusadas de ser espías del extranjero, de las cuales, curiosamente, 357 se habían sido exiliado durante el gobierno de los zares y acababan de regresar animados por el brillante futuro del país.
En realidad, los campos ni siquiera era un invento bolchevique. Sus instalaciones aprovechaban los distintos tipos de campos de detención y trabajo —las kátorgas—, que habían estado operativos en Siberia hasta 1918, como parte del sistema penal utilizado en la Rusia Imperial. Especialmente duros por entonces eran los situados en las costas e islas del mar Blanco, con intenso frío en invierno y agobiante humedad en verano, lo que hacía que debido a los grandes lagos próximos, acometieran a los presos grandes nubes de molestos mosquitos. De hecho una de las prácticas de castigo más arraigadas era atar al reo desnudo junto a los bosques para que le picaran durante días.
En 1930, el descontento entre la clase campesina ya se hizo evidente, por lo que no tardaron en organizar comités armados que arrebataron algunas aldeas a los bolcheviques. Las ocupaciones apenas duraban unos días, pero le dieron más razones a Stalin para incrementar las acciones en su contra y recurrir aún más al uso de la fuerza. A lo largo del año se reprimieron violentamente más de 14 000 revueltas en las que participaron más de 2 millones de campesinos, de los que más de 20 000 fueron ejecutados y cientos de miles deportados.
Precisamente el proceso de la deportación en sí era una de las fases más trágicas. Los detenidos no iban solos, sino acompañados por sus familias, ya fueran mujeres, niños o ancianos. Con un equipaje máximo de 480 kilogramos, los campesinos arrestados eran recluidos durante días o semanas en recintos provisionales como estaciones secundarias o cuarteles, situados en los centros de transporte de Vologda, Kotlas, Rostov, Sverdlovsk y Omsk. Allí, en muchos casos, los varones eran finalmente separados de sus familias de forma violenta por los guardias de la OGPU. Para trasladarlos se emplearon 240 trenes con 53 vagones para cada grupo. El viaje se prolongaba a veces varios días hasta el destino final, en regiones inhóspitas que había que atravesar a pie, en trineo o carretas, a lo largo de cientos de kilómetros.
-Los campos del Gulag existían en toda la Unión Soviética, pero los más grandes estaban situados en áreas casi despobladas de las regiones geográficas y climáticas más extremas del país. Desde el Ártico, al Norte; y Siberia, al Este; al Sur de Asia Central. Inmensas zonas sin apenas comida, heladas en invierno y plagadas de pantanos en verano, de las que era muy difícil escapar.
Los presos se veían involucrados en una enorme variedad de actividades económicas, pero su trabajo —todo aquel cuyo coste fuera especialmente elevado—, era generalmente manual y no cualificado. Con instalaciones muy simples realizaban labores pesadas que requirieran poca o ninguna habilidad, pero llevadas al límite de la resistencia humana.
El Canal Mar Blanco-Mar Báltico, construido entre 1931 y 1933, fue el primer gran proyecto de construcción en el que intervino el GULAG. Más de 100 000 presos cavaron en apenas 20 meses una vía navegable de 200 kilómetros solo con picos, palas y carretillas improvisadas. (El ratio de mujeres de un 6 al 25%)
Si sobrevivían al hambre, las enfermedades, el trabajo pesado y a sus compañeros de prisión, todavía podían sucumbir a la violencia arbitraria a manos de los guardias. O a las delaciones de algún otro preso, siempre atentos a cualquier paso en falso del que poder informar a las autoridades del gulag, para así intentar obtener un mínimo beneficio.
-KOLYMA. Donde la tierra despoblada muestra su naturaleza salvaje, convoca a los fantasmas de huesos blancos de esclavos y sus gritos, mezclados con la vasta respiración de un viento cortante, obliga a caminar inclinado. El campo donde las dificultades para sobrevivir resultaban mucho mayores que en cualquier otro, era uno de los nombres que más aterrorizaba a los prisioneros del GULAG. A más de 6000 kilómetros de Moscú, se decía que era el lugar habitado más frío del planeta.
Si un preso caía hundido por la fatiga, la nieve y el frío se colaban entra su ropa, en los ojos, en las narices, en los oídos, pero nada de eso impedía que tuviera que levantarse y volver a caminar. Siempre inclinado, con el peso del tiempo sobre sus hombros. Los internos contaban que allí era invierno durante doce meses, y verano el resto del año.
Cerca de 26 000 prisioneros de mirada perdida, agotados ya para el trabajo, fueron ejecutados allí en 1938. Muchos, de la mano del propio Garanin, mientras dos tractores se mantenían con los motores a máxima potencia para sofocar los disparos y los gritos de los asesinados. Luego, los cuerpos eran arrastrados detrás de la colina en trineos tirados por los tractores. Si se veía que alguien seguía vivo al arrojarlo a la fosa común, o bien se le dejaba allí rodeado de cadáveres hasta que exhalara su último aliento, o se le remataba con un tiro de gracia para acabar con su agonía.

(Vietnam del Norte) Sin contar Hoa Lo, los campos de concentración utilizados en esas tres etapas fueron los siguientes:
• «Alcatraz», situado al norte de Hanoi. Recibió en 1967, 12 aviadores capturados en territorio de Vietnam del Norte, no reconocidos como prisioneros de guerra y tratados como «alborotadores».
• «Briarpatch», ubicado a unos 40 kilómetros al noroeste de Hanoi. Se usó desde septiembre de 1965 y, al parecer, lo cerraron por los bombardeos estadounidenses durante dos meses. Abrió de nuevo en diciembre, hasta 1967. Cerrado otra vez, comenzó a utilizarse de nuevo en 1971, con un grupo de prisioneros capturados en Vietnam del Sur o en Laos. Fue clausurado definitivamente poco después.
• «Campo Fe», a solo 11 kilómetros de Hanoi. Funcionó desde julio de 1970, como centro de reagrupamiento. Llegó a tener 220 prisioneros estadounidenses, pero tres días después del ataque a Son Tay, todos fueron trasladados a Hoa Lo.
• «Pájaro Sucio». No era un campo de detención ni una prisión, sino una parte de las instalaciones de la Central Térmica de Hanoi, a las que en junio de 1967 se trasladó a 30 prisioneros para usarlos como «escudos humanos». Los sacaron de allí en octubre.
• «Dogpatch», a 120 kilómetros al norte-noreste de Hanoi. Comenzó a funcionar en mayo de 1972, cuando 220 prisioneros de guerra estadounidenses fueron capturados.
• «Farnsworth», a 21 kilómetros al suroeste de Hanoi. Comenzó a funcionar en agosto de 1968, con 28 prisioneros capturados fuera de Vietnam del Norte. Tras el ataque a Son Tay fueron transferidos a Hoa Lo.
• «Campo de la montaña», a 45 kilómetros al noroeste de Hanoi. Se usó desde diciembre de 1971, cuando un preso de Hoa Lo y ocho presos de Skidrow fueron trasladados allí.
• «La Plantación», al noreste de Hanoi. Comenzó a funcionar en junio de 1967. Fue un auténtico centro de propaganda de los prisioneros estadounidenses. Numerosas películas, fotografías y entrevistas se realizaron allí. Tras el ataque a Son Tay se convirtió en uno de los campos de reconcentración.
• «Rockpile». En 1971, 14 prisioneros de guerra estadounidenses y extranjeros capturados fuera de Vietnam del Norte, fueron trasladados desde «Skidrow» a esta instalación, que dejó de funcionar en febrero de 1973.
• «Skidrow», a 7 kilómetros al suroeste de Hanoi. Funcionó desde julio de 1968. En marzo y junio de 1971, 14 de los prisioneros de guerra civiles capturados fuera de Vietnam del Norte fueron trasladados desde «Rockpile». Debido a la amenaza de inundaciones, los «alborotadores» fueron enviados a Hoa Lo, en julio y agosto de ese mismo año.
• «Son Tay». Se usó desde mayo de 1968, cuando 20 prisioneros de guerra estadounidenses capturados en Vietnam del Norte fueron recluidos en sus instalaciones. Posteriormente, recibió dos grupos más de presos, con lo que la población total de estadounidenses pasó a 55 hombres.
• «Zoo». En los suburbios del suroeste de Hanoi, comenzó a funcionar en septiembre de 1965. Permaneció abierta hasta diciembre de 1970, cuando todos los prisioneros de guerra fueron transferidos a Hoa Lo. Zoo fue utilizado durante dos períodos cortos en 1971, cuando dos hombres capturados en Laos fueron detenidos allí temporalmente antes de pasar a «Rockpile». En septiembre de ese año fue reactivado de forma permanente para los prisioneros de guerra de Estados Unidos capturados después de diciembre 1971. Sustituyó a «La Plantación» como «escaparate».

A pesar de su brutalidad, no hubo ningún plan sistemático en Vietnam del Norte para acabar con las vidas de los prisioneros. Fueron para ellos incluso una oportunidad, una muestra de la «agresión imperialista» que sufría su país y de la lucha justa que llevaban contra la brutalidad «capitalista». Aparte de eso —la mera publicidad—, los prisioneros estadounidenses tenían otra ventaja, podían ser usados como arma de negociación y de desgaste del enemigo pues, en plena Guerra Fría, para los comunistas, era conveniente acabar con la moral de sus adversarios.
Qué decir de Camboya…

Serbia. En los centros urbanos, la campaña de limpieza étnica fue un proceso más sutil y desapegado. A los que no eran serbios les hacían la vida insoportable: los apartaban de sus puestos de trabajo, los hostigaban con constantes amenazas de muerte, les negaban asistencia médica, o no les permitían formar grupos de más de cuatro personas, pero en las zonas rurales se desató el terror. Se cometieron sobre los civiles innumerables atropellos a los derechos humanos, incluidas torturas, detenciones forzosas, asesinatos masivos, violaciones y castraciones. Como si el reloj hubiera retrocedido en el tiempo, los campos de concentración donde se mantenían hacinados a gran cantidad de musulmanes bosnios se convirtieron en una estremecedora realidad. Por si fuera poco, una escalofriante novedad a partir de 1991 consistió en arrasar poblaciones enteras e incluir la violación sistemática de mujeres para que una vez terminada la guerra, dieran a la luz hijos que llevaran en las venas sangre de la raza victoriosa.
Sin duda el peor campo establecido por las autoridades militares serbias de Bosnia fue el de Omarska, cerca de Prijedor, en el Norte del país. Había unas 4000 personas en él entre bosnios y croatas, instalados en locales, garajes y talleres. «Un día los serbios cogieron a 10 hombres —declaró para el Tribunal de La Haya uno de sus presos musulmanes—, les serraron el cuello y les cortaron la cabeza. Unas 60 personas murieron de esa manera. Los asesinaban en zanjas abiertas que cubrían con una excavadora. También utilizaban una especie de ácido. Nos llevaron para que viéramos lo que hacían». Entre mayo y noviembre de 1992 —cuando logró cerrarlo la Cruz Roja Internacional—, se estima que pasaron por él 30 000 detenidos. El maltrato fue generalizado con numerosos casos de tortura, violación y homicidio.
Tampoco los croatas se quedaban atrás. De acuerdo con la información de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas, en el verano de 1993 aproximadamente 15 000 personas permanecían recluidas en sus campos de concentración de Herzegovina Occidental en condiciones de «abrumadora brutalidad y degradación», en los que torturas y ejecuciones sumarias eran comunes. En su esfuerzo por borrar la presencia histórica de cultura musulmana, las fuerzas croatas destruyeron en ese período la mayor parte de las mezquitas de la región. Como la de la localidad de Visici, dinamitada y con sus escombros hechos desaparecer a golpe de bulldozer.
Una vez que el conflicto tomó un giro particularmente pernicioso, ocurrieron en los últimos momentos de la guerra, hacia el año 1995, algunos de los casos más salvajes y terribles de limpieza étnica. Entre ellos, la sorprendente matanza en el mercado del centro de Sarajevo, y el tristemente célebre episodio de la masacre de Srebrenica, donde los chetniks dieron muerte a unos 8000 musulmanes bosnios.
-En escenas que Europa no había visto desde la Segunda Guerra Mundial, 850 000 kosovares fueron deportados hasta la frontera con Albania y otros 250 000 desplazados dentro de la provincia. Sus pueblos quedaron reducidos a cenizas y no faltaron las ejecuciones masivas.
La última etapa de la operación fue cerrar las fronteras, para convertir a los kosovares que quedaban en el interior en escudos humanos contra la campaña de bombardeos aéreos que iniciaba la OTAN, o ante la posibilidad de una acción militar terrestre.
Tras dos meses y medio en los que las bombas llegaron a caer sobre Belgrado, Milosevic cedió al fin a la presencia de una fuerza de paz y dio por terminadas las guerras que habían asolado la antigua Yugoslavia por culpa de su retórica nacionalista. Derrotado en las elecciones del 2000, fue entregado —no sin polémica— a la Justicia Internacional para ser juzgado por crímenes de guerra y lesa humanidad. Su caso, iniciado en el 2002 en el Tribunal Penal de la Haya, no llegó a concluir. Murió en su celda de un ataque al corazón el 11 de marzo de 2006.
La brutalidad que alcanzaron estos conflictos llevó a la muerte a unas 300 000 personas, y provocaron millones de refugiados, poniendo a prueba la escasa solidez de la Unión Europea, que de forma global fracasó estrepitosamente ante el primer desafío serio a su presunta solidez y unidad.

(Iraq) En el sur de Iraq, aislado en el desierto de Um Kasar, a las afueras de la ciudad de Basora, se encontraba durante la mayor parte de la primera década del 2000, un laberinto de corredores de alambre de espino con tres edificios principales y un enorme patio abierto central: Camp Bucca. Una antigua instalación británica utilizada como centro de detención para prisioneros de guerra iraquíes, que en abril de 2003 pasó a manos de la 800.a brigada de la policía militar del ejército de los Estados Unidos. Ellos fueron los que le pusieron el nombre con el que se haría famoso el campo de concentración, en memoria de Ronald Bucca, jefe de bomberos de Nueva York, fallecido en los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas. Sin duda Bucca se merecía un homenaje, pero no que su nombre fuera unido a un centro tan siniestro como este.
Los detenidos, repartidos en 24 instalaciones diferentes dentro del mismo recinto, se clasificaban mediante uniformes de colores según su estatus, riesgo de amenaza, nacionalidad o religión, lo que permitía a carceleros y prisioneros por igual reconocer rápidamente el lugar de cada uno en el orden jerárquico del campo. El rojo era para quienes habían mostrado mal comportamiento en la cárcel; el blanco, para los presos que actuaban como jefes de cada campamento; el verde lo vestían los que tenían una larga condena y el amarillo o el naranja, los presos «normales». La mayoría se alojaban al principio en barracones de madera, luego, dada la gran cantidad de internos, tuvieron que instalarse durante años en tiendas de campaña o módulos prefabricados.
-En el Informe Taguba se especificaba sobre Camp Bucca: «Detenidos golpeados, pateados y apaleados; obligados a saltar descalzos; grabaciones y fotos de detenidas y detenidos desnudos; forzados a posar en posiciones sexuales explícitas para fotografiarlos; forzados a quitarse la ropa y permanecer desnudos durante varios días; detenidos desnudos de género masculino, forzados a ponerse ropa interior femenina; grupos de detenidos de género masculino forzados a masturbarse mientras son grabados o fotografiados; detenidos desnudos apilados sobre los que se salta; colocar una cadena de perro sobre el cuello de un detenido desnudo y hacer una foto con una soldado de género femenino que le sujeta; usar perros sin bozal para intimidar y atemorizar a los detenidos que, al menos en un caso, lo mordieron e hirieron gravemente.
Tampoco políticamente puede considerarse Camp Bucca como un éxito de la política estadounidense. Fue el punto de conexión clave para fraguar la alianza entre los líderes yihadistas, y antiguos miembros del ejército de Saddam Hussein y del partido Baath que se sumaron a ISIS, siglas en ingles de Islamic State of Iraq and Siria —también conocido como Estado Islámico de Irak y el Levante.
Camp Bucca dejó de funcionar oficialmente en noviembre de 2009, en cumplimiento de los acuerdos entre los gobiernos de Estados Unidos e Irak. La base militar fue subastada y adquirida en 2011 por el Grupo Kufa, de capital iraquí y estadounidense, para la construcción de Basra Gateway —La puerta de Basora—.

Guantánamo (Cuba)
La denominada oficialmente Base Naval de Guantánamo, que con su territorio circundante ocupa una línea costera de 17,5 kilómetros y 117,6 kilómetros cuadrados —solo 49,4 son de tierra firme—, evolucionó de forma similar a cualquier otra de las que Estados Unidos diseminó por el mundo. Se convirtió en un microcosmos norteamericano que simulaba ser una pequeña localidad estadounidense con un centro comercial, una oficina postal, bares, restaurantes, servicio de bomberos, gasolinera, una capilla, una mezquita, una piscina, dos cines al aire libre, un hospital, una estación de radio y dos colegios.
Sin embargo la ruptura de relaciones con el gobierno cubano en 1961 la aisló por completo y convirtió a sus vecinos en enemigos. Fue cercada por una alambrada electrificada de tres metros de altura, fortificada y preparada para un enfrentamiento armado en cualquier momento. Además, quedó como la única base aliada enclavada en territorio comunista durante la Guerra Fría.
-En la actualidad, con una población de unas 8 500 personas y protegida por 435 marines, que conviven con otros militares y civiles estadounidenses, la notoriedad de la base naval proviene de una de sus características más interesantes, precisamente esa que hemos explicado, que una parte de la Administración estadounidense no la considera territorio de los Estados Unidos. Puede entenderse así que, para ellos, los derechos amparados por la Constitución no sean aplicables en los terrenos de la base, y ya lo demostraron cuando internaron allí, en un campo de concentración que denominaron «campo de refugiados», hacinados, en malas condiciones y privados de derechos, a grupos de balseros haitianos y cubanos para impedir que llegasen a las costas de Florida.
Esta evidente barbaridad jurídica no impidió que el 17 de septiembre de 2001, menos de una semana después de los ataques terroristas del día 11 en Nueva York, y especialmente tras el comienzo de las operaciones militares en Afganistán, Guantánamo fuese de inmediato acondicionada como cárcel y «centro de detención masivo», gracias a un memorando firmado por el presidente Bush en el que autorizaba a la CIA a instalar recintos de ese tipo fuera del territorio de Estados Unidos.Un documento que sigue estando clasificado como secreto.
-A los reclusos se les sometió a crueles técnicas de agotamiento físico, como privarles de sueño o exponerles a frío y calor extremos; se les practicó interrogatorios de más de 20 horas diarias durante 50 días consecutivos en los que se practicaba el water-boarding —un simulacro de ejecución mediante ahogamiento, ahora prohibido—, se les enfrentó con perros adiestrados para causar pánico, o se les infligieron castigos físicos que les provocaban desgarros y múltiples lesiones. Muchos de estos métodos de tortura, que en su día reveló el New York Times y luego quedaron al descubierto en 2011 a través de los papeles de «WikiLeaks», fueron reconocidos ese mismo año por el gobierno de los Estados Unidos, que se apresuró a prohibirlos.
-En los juicios a los presos, celebrados por tribunales militares creados en la propia base al amparo del acta de poderes especiales de 2006, formados por entre 5 y 12 oficiales de las fuerzas armadas estadounidenses y presididos por un juez militar, se incumplen las normas más elementales para un juicio justo, se aceptan confesiones extraídas mediante tortura y se permitan pruebas de testigos que no comparecen ante el tribunal. Para lograr una condena, al menos dos tercios de los miembros tienen que estar a favor, pero si se trata de una sentencia de muerte —que puede solicitarse si llega a probarse que alguien murió por culpa del acusado—, la decisión tiene que ser unánime y ratificada en última instancia por el presidente de los Estados Unidos.
Esta brutalidad, impropia de una nación adalid de la democracia, provocó protestas de organizaciones y activistas pro derechos humanos de todo el mundo, que consiguieron movilizar a la opinión pública internacional a favor del cierre del centro de detención. Opinión que empezó a calar entre personalidades dirigentes y algunos gobiernos de todo el mundo, y de los propios Estados Unidos con Jimmy Carter como adalid.
-El 16 de noviembre del 2008, el entonces recién electo 44.° presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, concedió su primera entrevista a la prensa. Ante millones de telespectadores del programa de la cadena CBS 60 Minutos realizó dos promesas en materia de política exterior que formaban parte de su compromiso de campaña y estaba dispuesto a llevar a acabo de inmediato: apenas tomara posesión de la Casa Blanca el 20 de enero del año siguiente, diseñaría un plan que permitiera la retirada de las tropas desplegadas en Irak y ordenaría el cierre del campo de Guantánamo en un plazo no superior a 12 meses. En 2014, tras seis años de gobierno, terminado su primer período presidencial y reelecto bajo las mismas promesas anteriores, ninguna de las dos se había cumplido.
-Pese a la denuncia permanente de las atrocidades cometidas por la CIA y las fuerzas militares estadounidenses, la base sigue abierta. Efectivamente representa un enorme gasto para los contribuyentes norteamericanos, como dijo su presidente, pues cada interno le cuesta al presupuesto estatal más de 800 000 dólares al año contra los 35 000 con los que se mantiene un preso en los establecimientos penitenciarios de Estados Unidos, pero no parece ser ese el problema. En enero de 2015 se clausuró la oficina del enviado gubernamental que estaba al frente de los esfuerzos para cerrar la instalación y, actualmente, el ejército estadounidense invierte en una costosa instalación de cable de fibra óptica hasta la base mientras planea cuidados médicos especialidades para detenidos de edad avanzada. Eso sugiere que, a pesar de las declaraciones con nuevas promesas de cierre realizadas por el presidente Obama exáctamente un año después —en enero de 2016, durante su discurso sobre el Estado de la Unión— algunos van a seguir allí durante mucho tiempo. Probablemente por el resto de su vida.

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2 pensamientos en “Campos De Muerte. Geografía Del Mal — Miguel Del Rey & Carlos Canales

  1. La barbarie humana siempre trae adeptos a esta clase de lectura. Tu reseña del libro es extraordinaria y dejas esa sensación de ir por el de inmediato. Gracias por compartir.

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