En El País De Los Dioses. Relatos De Viajes Por Japón — Lafcadio Hearn / Lafcadio Hearn’s Japan: An Anthology of His Writings on the Country and Its People by Lafcadio Hearn

Es una joya que releo cada cierto tiempo y donde sin duda los amantes de los viajes y los paises disfrutarán con esta maravillosa obra que sin duda te acerca a la proximidad más absoluta algo lejano pero para nada desconocido. De obligada lectura.

Con la deliciosa sorpresa del primer viaje por entre las calles japonesas – incapaz de hacer entender al conductor de la kuruma nada salvo con gestos, gestos frenéticos para que vaya por cualquier sitio, por todos los sitios, puesto que todo es tan inexpresablemente nuevo y placentero -, se experimenta la primera sensación real de estar en Oriente, en este Lejano Oriente sobre el que se ha leído tanto, se ha soñado tanto pero que, como atestiguan los ojos, era hasta el momento totalmente desconocido. Hay un sentimiento poético incluso en la primera constatación plena de este hecho tan trivial; aunque para mí esta constatación queda inexpresablemente transfigurada por la divina belleza del día.
Todo parece salido del país de los elfos; pues todas las cosas, y todas las personas, son pequeñas, extrañas y misteriosas: las casitas con sus tejados azules, los pequeños escaparates con colgaduras azules, y los sonrientes viandantes con sus vestidos del mismo color. El espejismo se ve solamente alterado por la presencia ocasional de algún extranjero alto, y por los diversos letreros con anuncios en lo que, con resultados absurdos, quiere ser inglés. No obstante, estas disonancias sólo sirven para recalcar la realidad; jamás disminuyen de un modo sustancial la fascinación de las graciosas callejuelas.

El viajero que penetra de pronto en un lugar en periodo de cambio social – sobre todo el cambio de un pasado feudal a un presente democrático – es propenso a lamentar el declive de lo bello y la fealdad de lo nuevo. Ignoro todavía lo que yo pueda descubrir en Japón de ambas cosas; pero hoy, en estas calles exóticas, lo viejo y lo nuevo se combinan tan bien que lo uno parece realzar lo otro. La hilera de diminutos y blancos postes telegráficos que llevan las noticias del mundo a periódicos impresos en una mezcla de caracteres chinos y japoneses; un timbre eléctrico en un salón de té, en cuyo botón de marfil hay pegado un enigmático texto oriental; una tienda de máquinas de coser americanas junto a la tienda de un fabricante de imaginería budista; el establecimiento de un fabricante de sandalias de paja… Todo esto no presenta una incongruencia llamativa, pues cada muestra de innovación occidental está encuadrada en un marco oriental que parece adaptarse a cualquier cuadro. Sin embargo, al menos en el primer día, lo viejo resulta novedoso por sí solo al forastero, y basta para acaparar su atención. Entonces se da cuenta de que todo lo japonés es delicado, exquisito, admirable, incluso un par de palillos corrientes metidos en una bolsa de papel adornada con un dibujito; incluso un paquete de mondadientes de madera de cerezo, envueltos en un envoltorio de papel maravillosamente rotulado con tres colores diferentes…

Nos adentra por los templos, de una manera cotidiana. El templo de Kôshin está situado en medio de la aldea, en un patio que mira a la calle principal. Es un templo de madera, muy viejo, sin pintar, destartalado, con el tono gris de todas las cosas olvidadas y castigadas por los elementos. Transcurre un rato antes de que el guardián del templo pueda ser localizado para que abra las puertas. Pues este templo tiene puertas en lugar de shôji, viejas puertas que chirrían somnolientas al girar sobre sus goznes. Y no hace falta que nos quitemos los zapatos; el suelo no tiene esteras, está cubierto de polvo y cruje bajo el peso poco habitual de unos pies que entran. Dentro, todo está a punto de desmoronarse, enmohecido y gastado; la hornacina no tiene imagen, sólo emblemas sintoístas, unos cuantos faroles de papel, míseros, cuyos otrora brillantes colores han desaparecido bajo una capa de polvo, unas borrosas inscripciones.

La vista más bella del Japón, y sin duda una de las más bellas del mundo, es la aparición lejana del Fuji en los días despejados, sobre todo en los días de primavera y otoño, cuando la mayor parte de la cumbre está cubierta por nieves tardías o muy tempranas. Rara vez puede distinguirse la base sin nieve, que conserva el mismo color que el cielo: sólo percibes el cono blanco que parece colgar del cielo; y la comparación japonesa de su forma con la de un abanico invertido y a medio abrir adquiere una precisión extraordinaria merced a las finas vetas que se extienden hacia abajo desde la hendida cumbre, como sombras de las varillas de un abanico. La visión parece incluso más frágil que un abanico; es más bien el espectro o sueño de un abanico; sin embargo, la realidad material que se alza a cien millas de distancia es grandiosa entre las montañas de la tierra. Con una altura de casi 12.500 pies, el Fuji es visible desde trece provincias del Imperio. Sin embargo, está entre las montañas altas más fáciles de subir y durante mil años ha sido escalada cada verano por multitud de peregrinos. Pues no es sólo una montaña sagrada: es la montaña más sagrada del Japón, la más santa eminencia de una tierra llamada divina, el Altar Supremo del Sol; y subirlo por lo menos una vez en la vida es una obligación de cuantos veneran a los antiguos dioses.

Es igualmente un magnífico narrador costumbrista. Una mujer que llevaba un samisen e iba acompañada por un niño de siete u ocho años vino a mi casa a cantar. Vestía como una campesina y llevaba un paño azul atado alrededor de la cabeza. Era fea, y su fealdad natural se había visto incrementada por un cruel ataque de viruela. El niño llevaba un fajo de baladas impresas.
Los vecinos comenzaron entonces a apelotonarse en mi patio delantero; en su mayoría eran madres y nodrizas jóvenes con bebés a las espaldas, pero también había hombres y mujeres de edad, los inkyô del vecindario. También los jinrikisha salieron de su puesto en la esquina de al lado; y de pronto en el patio ya no cabía nadie más.
La mujer se sentó ante mi puerta, afinó su samisen, tocó unos acordes de acompañamiento, y un hechizo cayó sobre los presentes, que se miraron unos a otros con una sonrisa de asombro.
Pues de aquellos labios feos y desfigurados manó, ondulante, un milagro de voz: joven, profunda…

También un país se hace a través de leyendas. Se cuenta que el más famoso de los bandoleros japoneses, Ishikawa Goémon, al entrar de noche en una casa para matar y robar, se quedó fascinado por la sonrisa de un bebé que le tendía las manos, y que estuvo jugando con la criaturita hasta que perdió toda oportunidad de llevar a cabo su propósito.
No es difícil creer esta historia. Cada año, los anales policiales hablan de la compasión mostrada hacia los niños por delincuentes profesionales. Hace unos meses se divulgó en los periódicos locales un terrible caso de asesinato: la matanza, a manos de bandidos de todos los habitantes de una casa. Siete personas habían sido literalmente despedazadas mientras dormían; sin embargo, la policía descubrió a un niño pequeño, ileso, llorando solo en un charco de sangre; y se encontraron pruebas inequívocas de que los asesinos habían hecho todo lo posible para no herir al niño.

Qué decir de la capital. En este Tokio, en este aborrecible Tokio, no hay impresiones japonesas que obtener, salvo en raros momentos. Describirle el lugar sería totalmente imposible; más fácil sería describir una provincia. Aquí está el barrio de las embajadas extranjeras, que parece una bien pintada zona residencial americana; cerca hay una propiedad con unos pintorescos portalones chinos, de varios siglos de antigüedad; un poco más lejos, millas cuadradas de una miseria indescriptible; después, millas de plaza de armas pisoteada hasta quedar reducida a escombrera, y circundada por espantosos barracones; a continuación, un gran parque, repleto de una belleza verdaderamente extraña, negras como la tinta todas las sombras; después, millas cuadradas de calles con tiendas, que arden una vez al año; después, más miseria; después, arrozales y bosquecillos de bambú; después, más calles.
Todo esto no es llano, sino empinado, una ciudad de ondulaciones. Silencios inmensos, verdes y románticos, se alternan con barrios de bullicio, fábricas y estaciones de ferrocarril. Millas de postes telegráficos, que de lejos parecen enormes peines de púas finas, producen una impresión espantosa.
Una parte poco conocida de Tokio, una calle resplandeciente de faroles de unos treinta pies de altura, pintados con extrañas formas. Y me interesé sobre todo por los vendedores de-insectos. Compré varias jaulas llenas de insectos que cantan de noche, y ahora intento elaborar un estudio sobre ellos. El ruido que producen estas criaturas es mucho más extraordinario de lo que usted se imagina; sin embargo, la costumbre de tenerlos en casa no se debe simplemente a una pasión por el ruido mismo. No: se trata de que estas pequeñas orquestas proporcionan a los moradores de las ciudades la sensación de gozo de estar en el campo, la sensación de bosques y colinas, de agua que fluye, noches estrelladas y aire puro. Por el mismo motivo se enjaula a las luciérnagas.

It is a jewel that I reread every so often and where without a doubt the lovers of the trips and the countries will enjoy with this marvelous work that without a doubt brings you closer to the most absolute proximity something distant but not at all unknown. Of forced reading.

With the delicious surprise of the first trip through the Japanese streets – unable to make the Kuruma driver understand anything except gestures, frantic gestures to go anywhere, everywhere, since everything is so inexpressibly new and pleasant -, the first real sensation of being in the East is experienced, in this Far East about which you have read so much, you have dreamed so much but, as the eyes attest, it was until now totally unknown. There is a poetic feeling even in the first full verification of this trivial fact; although for me this verification is inexpressibly transfigured by the divine beauty of the day.
Everything seems to come from the country of the elves; for all things, and all people, are small, strange, and mysterious: the little houses with their blue roofs, the little shop windows with blue draperies, and the smiling passers-by with their dresses of the same color. The illusion is only altered by the occasional presence of some high foreigner, and by the various signs with advertisements in which, with absurd results, he wants to be English. However, these dissonances only serve to emphasize reality; never diminish in a substantial way the fascination of the graceful alleys.

The traveler who suddenly enters a place in a period of social change – especially the change from a feudal past to a democratic present – is prone to regret the decline of the beautiful and the ugliness of the new. I still do not know what I can discover in Japan of both things; but today, in these exotic streets, the old and the new combine so well that one seems to enhance the other. The row of tiny, white telegraph poles that carry the news of the world to newspapers printed in a mixture of Chinese and Japanese characters; an electric bell in a tea room, in whose ivory button there is an enigmatic oriental text attached; a shop of American sewing machines next to the shop of a manufacturer of Buddhist imagery; the establishment of a manufacturer of straw sandals … All this does not present a striking incongruity, because each sample of western innovation is framed in an oriental frame that seems to adapt to any picture. However, at least on the first day, the old is novel by itself to the stranger, and is enough to capture their attention. Then he realizes that everything Japanese is delicate, exquisite, admirable, even a pair of ordinary toothpicks stuck in a paper bag adorned with a drawing; even a pack of cherry wood toothpicks, wrapped in a beautifully labeled paper wrapper with three different colors …

It enters us through the temples, in a daily way. The Kôshin temple is located in the middle of the village, in a courtyard facing the main street. It is a wooden temple, very old, unpainted, ramshackle, with the gray tone of all things forgotten and punished by the elements. It takes a while before the temple guardian can be located to open the doors. For this temple has doors in place of shôji, old doors that squeak sleepily as they turn on their hinges. And we do not need to take off our shoes; the floor has no mats, is covered in dust and creaks under the unusual weight of feet entering. Inside, everything is about to fall apart, moldy and worn; the niche has no image, only Shinto emblems, a few paper lanterns, miserable, whose once bright colors have disappeared under a layer of dust, some blurred inscriptions.

The most beautiful view of Japan, and undoubtedly one of the most beautiful in the world, is the distant appearance of Fuji on clear days, especially in the days of spring and autumn, when most of the summit is covered by snow late or very early. You can rarely distinguish the base without snow, which retains the same color as the sky: you only perceive the white cone that seems to hang from the sky; and the Japanese comparison of its shape with that of an inverted and half-opened fan acquires an extraordinary precision thanks to the fine veins that extend downwards from the split peak, like shadows of the rods of a fan. The vision seems even more fragile than a fan; it is rather the spectrum or dream of a fan; nevertheless, the material reality that rises a hundred miles away is great among the mountains of the earth. With a height of almost 12,500 feet, the Fuji is visible from thirteen provinces of the Empire. However, it is among the highest mountains easier to climb and for a thousand years it has been climbed every summer by many pilgrims. For it is not only a sacred mountain: it is the most sacred mountain in Japan, the most holy eminence of a land called divine, the Supreme Altar of the Sun; and uploading it at least once in a lifetime is an obligation of those who venerate the ancient gods.

It is also a magnificent costumbrista narrator. A woman wearing a samisen and accompanied by a boy of seven or eight years came to my house to sing. She dressed like a peasant woman and wore a blue cloth tied around her head. It was ugly, and its natural ugliness had been increased by a cruel attack of smallpox. The boy carried a bundle of printed ballads.
The neighbors then began to huddle in my front yard; they were mostly young mothers and wet nurses with babies on their backs, but there were also older men and women, the inkyô of the neighborhood. The jinrikisha also left their position in the next corner; And suddenly, in the patio, nobody else could fit.
The woman sat at my door, tuned her samisen, played some accompaniment chords, and a spell fell on those present, who looked at each other with a smile of amazement.
Well, from those ugly and disfigured lips flowed, undulating, a miracle of voice: young, profound …

A country is also made through legends. It is said that the most famous of the Japanese bandits, Ishikawa Goémon, when entering at night in a house to kill and steal, was fascinated by the smile of a baby who held out his hands, and who was playing with the little creature until He lost every opportunity to carry out his purpose.
It is not hard to believe this story. Every year, police records talk about the compassion shown to children by professional criminals. A few months ago a terrible murder case was reported in the local newspapers: the killing, at the hands of bandits of all the inhabitants of a house. Seven people had literally been torn to pieces while they slept; however, the police discovered a small child, unharmed, crying alone in a pool of blood; and unequivocal evidence was found that the murderers had done everything possible not to injure the child.

What to say about the capital. In this Tokyo, in this abhorrent Tokyo, there are no Japanese impressions to obtain, except in rare moments. Describing the place would be totally impossible; it would be easier to describe a province. Here is the neighborhood of foreign embassies, which looks like a well-painted American residential area; Nearby there is a property with picturesque Chinese gateways, several centuries old; a little further, square miles of indescribable misery; then, miles of plaza de armas trampled until it was reduced to a rubbish tip, and surrounded by frightful barracks; then a large park, full of a truly strange beauty, black as ink all shadows; then, square miles of streets with shops that burn once a year; later, more misery; then, rice fields and bamboo groves; later, more streets.
All this is not flat, but steep, a city of undulations. Immense silence, green and romantic, alternate with bustling neighborhoods, factories and railway stations. Miles of telegraph poles, which from a distance look like huge combs of fine quills, produce a dreadful impression.
A little-known part of Tokyo, a street resplendent with lanterns about thirty feet high, painted in strange shapes. And I was interested above all by insect sellers. I bought several cages full of insects that sing at night, and now I try to make a study about them. The noise produced by these creatures is much more extraordinary than you imagine; however, the habit of having them at home is not simply due to a passion for noise itself. No: it is that these small orchestras provide city dwellers with the feeling of joy of being in the country, the feeling of forests and hills, of flowing water, starry nights and pure air. For the same reason the fireflies are caged.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s