Símbolos — Titus Burckhardt

Interesante libro de este helvético en referencia a la simbología, además al ser breve se lee fácilmente y es de agradecer su claridad en cuanto a explicaciones.

La máscara es uno de los modos más extendidos y, sin duda, más antiguos del arte sagrado. Lo mismo se la encuentra en las más elaboradas civilizaciones, como las de la India o el Japón, que entre los pueblos llamados primitivos. La única excepción la proporcionan las civilizaciones vinculadas al monoteísmo semítico, aunque la máscara se haya conservado en el folklore de los pueblos cristianos y de algunos pueblos musulmanes.
La máscara sagrada toma necesariamente sus formas de la naturaleza, pero nunca es “naturalista”, puesto que su propósito es sugerir un tipo cósmico e intemporal. Logra dicho propósito, bien combinando formas de diferente naturaleza pero análogas entre sí, como formas humanas y animales, o bien éstas y formas puramente geométricas. Su lenguaje formal se dirige mucho menos a menudo a la sensibilidad emotiva de lo que estaríamos tentados de creer: las máscaras rituales de los esquimales, por ejemplo, de los indios de la costa del noroeste americano o las de ciertas tribus negras, sólo son inteligibles para el que conoce todas sus referencias simbólicas. Lo mismo puede decirse de las máscaras del teatro sagrado hindú: la máscara de Krishna, tal como se la muestra en la India del sur, no es sino un conjunto de metáforas.

Se sabe que el juego del ajedrez es originario de la India. Fue transmitido al Occidente medieval por medio de los persas y los árabes, como lo atestigua, entre otras cosas, la expresión de “jaque mate” (en alemán: Schachmatt; en francés: échec et mat), que deriva del persa shâh: “rey” y el árabe mât: “ha muerto”. En la época del Renacimiento se cambiaron algunas reglas: la “reina” y los dos “alfiles” recibieron mayor movilidad; desde entonces el juego adquirió un carácter más abstracto y matemático; se alejó de su modelo concreto, la estrategia, sin perder, no obstante, los rasgos esenciales de su simbolismo. El antiguo modelo estratégico sigue siendo evidente en la posición inicial de las figuras; en ella se reconocen los dos ejércitos colocados según el orden de batalla usado en el Oriente antiguo, la tropa ligera, representada por los peones, forma la primera línea; el grueso del ejército lo constituye la tropa pesada, carros de guerra (“torres”), caballeros (“caballos”) y elefantes de combate (“alfiles”); el “rey” con su “dama” o “consejero” permanecen en el centro de las tropas.
La forma del tablero corresponde al tipo “clásico” del Vâstumandala, el diagrama que también constituye el trazado fundamental de un templo o ciudad.
El simbolismo cíclico del tablero de ajedrez era conocido por el rey Alfonso X el Sabio, el célebre trovador de Castilla, que compuso en 1283 sus Libros de Acedrex, obra que toma mucho de las fuentes orientales. Alfonso X el Sabio también describe una antiquísima variante del ajedrez, el “juego de las cuatro estaciones”, que se desarrolla entre cuatro jugadores de modo que las piezas, dispuestas en las cuatro esquinas del tablero, avanzan según un sentido rotatorio análogo a la marcha del sol. Las 4 x 8 piezas han de tener los colores verde, rojo, negro y blanco; corresponden a los cuatro elementos: aire, fuego, tierra y agua, y a los cuatro “humores” orgánicos.
El movimiento de los cuatro campos simboliza la transformación cíclica. Este juego, que se asemeja extrañamente a ciertos ritos y danzas “solares” de los indios de América del Norte, hace resaltar el principio fundamental del tablero.
La alternación del blanco y el negro corresponde además a los dos aspectos, principalmente complementarios pero prácticamente opuestos, del mandala: por una parte, éste es un Purushamandala, es decir, un símbolo del Espíritu universal (Purusha) en cuanto síntesis inmutable y trascendente del cosmos; por otra parte, es un símbolo de la existencia (Vâstu) considerada como soporte pasivo de las manifestaciones divinas. La cualidad geométrica del símbolo expresa el Espíritu, y su extensión puramente cuantitativa, la existencia.
El “arte regia” es gobernar el mundo –exterior o interior- en conformidad con sus propias leyes. Esta arte supone la sabiduría, que es el conocimiento de las posibilidades; ahora bien, todas las posibilidades están contenidas, de manera sintética, en el Espíritu universal y divino. La verdadera sabiduría es la identificación más o menos perfecta con el Espíritu (Purusha), siendo simbolizado éste por la cualidad geométrica del tablero, “sello” de la unidad esencial de las posibilidades cósmicas. El Espíritu es la Verdad; por Ella es libre el hombre; fuera de ella, es esclavo de su destino. Ésa es la enseñanza del juego del ajedrez; el kshatriya que se entrega a él no encuentra tan sólo un pasatiempo, sino también, en la medida de su capacidad intelectual, un soporte especulativo, una vía que conduce de la acción a la contemplación.

La ciencia tradicional (al-‘ilmu-t-taglîdî) y la ciencia moderna poco o nada tienen en común; no tienen la misma raíz ni producen los mismos frutos. Quien dice tradición dice transmisión; se trata de una transmisión esencial de origen no humano, destinada a asegurar la continuidad de una influencia espiritual y una ciencia íntegra que, de perderse, no podrían ser reconstituidas por esfuerzos humanos. Completamente distinta es la naturaleza de la ciencia moderna, que se funda en la experiencia sensible, en algo, pues, que en principio es accesible a todo hombre, de modo que dicha ciencia siempre puede reconstituirse partiendo de cero, a condición de que se disponga de las experiencias suficientes. Tal condición, por lo demás, es difícil de cumplir, ya que las experiencias científicas y las conclusiones que de ellas se sacan se acumulan en una progresión tal que se ha hecho imposible abarcar su totalidad. La experiencia sensible, practicada metódicamente y como única aproximación de la realidad, se sume en la indefinida multitud de fenómenos físicos y corre el riesgo, por eso mismo, de olvida su propio centro de partida: el hombre en su naturaleza íntegra, el hombre, que no es tan sólo un dato físico, sino a la vez cuerpo, alma y espíritu (yasad, nafs, rûb).
Pregunten a la ciencia moderna: ¿qué es el hombre? Se callará por conciencia de sus propios límites o, si responde, dirá que el hombre es un animal de facultades cerebrales particularmente desarrolladas. Y si plantean la cuestión de origen de ese animal, les hablará de una infinita cadena de coincidencias, accidentes y azares. Eso es tanto como decir que la existencia del hombre carece de sentido.

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