Los Que Sobraban — Götz Aly

Todos los libros de este investigador son muy interesantes y en este más de lo mismo, con un libro que le llevó 23 años nos vuelve a sacar los colores a la sociedad y que sin duda pone muchos puntos sobre íes.Sin duda debe ser leído este gran autor.

Los asesinatos por eutanasia cometidos en Alemania entre 1939 y 1945 acabaron con la vida de aproximadamente doscientas mil personas. Para referirse a sus crímenes, los muchos implicados utilizaron eufemismos como redención, interrupción de la vida, muerte de gracia, muerte asistida o, precisamente, eutanasia. Actuaron medio en secreto, pero en el seno de la sociedad. Sobre todo durante la segunda guerra mundial, muchos alemanes aprobaron la muerte forzada de «bocas inútiles». Unos pocos condenaron los asesinatos abiertamente, pero la mayoría guardó silencio porque tampoco quiso saber demasiados detalles. Esta actitud se prolongó más allá de 1945. Solo en contadas excepciones, las familias se acordaron de sus tías, hijos, hermanas y abuelos asesinados.

En la década de 1920, conceptos como «muerte asistida», «muerte humanitaria» o «liberación suave» eran defendidos con frecuencia por los mismos personajes políticamente comprometidos que se declaraban en contra de la pena de muerte y la prohibición del aborto, que exigían igualdad de derechos para las mujeres y que elevaban el mal visto suicidio a la categoría de muerte libremente elegida. No en pocas ocasiones, estos mismos reformistas difundieron la esterilización de personas discapacitadas —voluntariamente, sí, pero bajo un concepto de voluntariedad que también incluía el consentimiento de los tutores y titulares de la patria potestad—. En la segunda década del siglo XX, los reformistas sociales alemanes estuvieron mayoritariamente en contra de matar a niños discapacitados, pero totalmente a favor de la profilaxis mediante abortos por indicación eugenésica. Lo hacían en nombre del progreso y de una felicidad entendida sencillamente como más terrenal. Estos debates, así como el consiguiente cambio de valores, no se produjeron únicamente en Alemania, pero en ningún otro lugar tuvieron unas consecuencias prácticas tan radicales como allí.

La muerte acelerada comenzó en muchos establecimientos psiquiátricos alemanes en 1938. Utilizando medios discretos, el personal médico y sanitario causó la muerte prematura de cada vez más pacientes. Las tasas de mortalidad, que en general rondaban el 5 por 100, aumentaron ostensiblemente en muchos lugares, sobre todo en los establecimientos cuyos directores destacarían después como activistas de la eutanasia. Para muchos centros psiquiátricos está documentado que la acción asesina centralizada, iniciada en el verano de 1939, era la continuación de unas prácticas ya existentes. Quizás ello explica también por qué Hitler redactó en octubre de 1939 el escrito con el que legitimaba los asesinatos por eutanasia no como orden del Führer, sino como autorización del homicidio en masa. A base de expresiones imprecisas, el texto rezumaba energía contenida y ambición planificadora, y estimulaba la fantasía práctica y una actuación burocrática bien calculada.
El programa asesino comenzó oficialmente el 18 de agosto de 1939. Ese día, el Ministerio de Interior del Reich presentó a los funcionarios de sanidad y a los médicos una institución hasta entonces desconocida: el Comité del Reich para el Registro Científico de Enfermedades Genéticas y Constitucionales Graves (Reichsausschuss zur wissenschaftlichen Erfassung erb- und anlagebedingter schwerer Leiden). La presentación se hizo mediante un decreto confidencial publicado, pasado un tiempo y con una redacción ligeramente maquillada, en el Deutsches Ärzteblatt («Boletín Alemán de Medicina») de marzo de 1940. Supuestamente, el Comité del Reich tenía la función de recopilar datos de «recién nacidos contrahechos, etc.» con el objetivo de analizarlos científicamente para introducir mejoras de prevención y terapia. Sin embargo, su tarea real consistió desde el principio en mandar asesinar a niños y niñas que padecían discapacidades graves.
El departamento de Salud Pública del Ministerio de Interior del Reich gestionó asimismo los preparativos para iniciar externamente los asesinatos de enfermos mentales adultos. Esto se hizo visible el 21 de septiembre. También aquí, el acceso burocrático fue lo primero que se hizo, pero al principio no sobre personas individuales, sino sobre «todos los establecimientos situados en el territorio del Reich en los que se custodia, no solo provisionalmente, a enfermos mentales, epilépticos y deficientes mentales».

En la década de 1960, el médico ucraniano Prof. W. S. Protopopov describió una escena que había presenciado en octubre de 1941 en el hospital psiquiátrico de Járkov y que nunca olvidó: «Era un grupo de enfermos desnudos y desamparados, rodeados de fascistas armados. Algunos de los enfermos lloraban, otros reían porque no entendían lo que pasaba a su alrededor y pensaban —quizás— que se trataba de alucinaciones, y otros se mostraban completamente indiferentes. Sin duda, muchos enfermos supieron lo que estaba pasando y por instinto sintieron su muerte inminente. Su única culpa era estar enfermos y desamparados».

Por iniciativa propia, el senado de la Ciudad Libre y Hanseática de Hamburgo creó en enero de 1941 dos unidades destinadas al asesinato de niños discapacitados: una en el establecimiento de curación y cuidados de Langenhorn y otra en la clínica infantil privada de Rothenburgsort. En uno como en otra, los médicos intentaban averiguar de forma indirecta si los padres asumían, rechazaban rotundamente o, incluso, deseaban la muerte de su hijos. Sin embargo, de Langenhorn se deportaba a niños discapacitados a otras unidades de observación y asesinato del Comité del Reich sin el consentimiento aparente de los progenitores. Había Unidades Especializadas de Pediatría relativamente cercanas a Hamburgo en Schleswig-Stadtfeld, Lüneburg, Schwerin, Uchtspringe bei Stendal y Blankenburg im Harz.
La persona encargada en Langenhorn de dictaminar y asesinar era el psiquiatra Hermann Knigge, alumno de Max Nonne y Oswald Bumke. En el hospital infantil de Rothenburgsort, el responsable de administrar las inyecciones letales era el jefe médico Wilhelm Bayer. Está judicialmente demostrada la muerte violenta de al menos 56 niños en Rothenburgsort y doce en Langenhorn.
La «ley de muerte asistida para enfermos incurables», proyectada en 1940 pero no publicada, también contemplaba la gestión centralizada del sistema de establecimientos psiquiátricos formado por entidades caritativas, locales, privadas y provinciales. La institución prevista para este fin fue bautizada como Comisario del Reich para los Establecimientos de Curación y Cuidados. En el artículo tercero, los autores del texto legal establecieron los fundamentos jurídicos, asignaron el organismo de nueva creación al Ministerio de Interior del Reich y lo dotaron de amplias competencias.
El comisario del Reich debía nombrar a los médicos ejecutores —denominados así en el proyecto de ley—, es decir, aquellos facultativos que debían dirigir la actividad mortífera en las cámaras de gas. Max de Crinis, que participó en la redacción del esbozo legal, propuso que los enfermos mentales solo pudieran ser dados de alta «en general» con el consentimiento del comisario del Reich. El «médico ejecutor» ya en activo Irmfried Eberl sugirió que todos los tutelados que se hallaran en un establecimiento «durante más de tres años» fueran notificados automáticamente al comisario del Reich. Seguidamente, el comisario debía nombrar un experto y —siempre que este recomendara un «acortamiento de la vida» del enfermo inscrito—.

Los alemanes, en su gran mayoría, aceptaron los crímenes. Se dejaron llevar por el influjo del mal y, por ello, siguieron callando después de 1945.
Las personas con discapacidades corporales e intelectuales graves y las que se salen psíquicamente de la norma son a menudo una carga. Desorientan a los que se consideran sanos y les alteran sus planes de vida y su concepto de normalidad, a veces de forma amenazadora. Por este motivo provocan desconcierto, excusas, aversión, miedo y rechazo, y atraen agresiones y deseos de muerte. Como estos sentimientos están dirigidos contra personas cercanas y, encima, indefensas, generan un problema de conciencia y la necesidad de solucionar de una forma u otra algo que no tiene solución. La política y las normas sociales pueden, en el caso del estado nacionalsocialista, reforzar estas ambivalencias y tentaciones y sacar provecho de ellas o, en el caso de la Alemania actual, atenuarlas considerablemente —pero no suprimir las predisposiciones humanas—. Quien diga que la Acción T4 fue exclusivamente un crimen «de los nacionalsocialistas» o «de los perpetradores» está haciendo oídos sordos al mensaje de los asesinados. Las víctimas de la eutanasia en Alemania fueron una carga para muchos. Murieron de forma violenta y en el más absoluto olvido.

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