Los Que Sobraban — Götz Aly / Nazi Population Policy And The Murder Of The European Jews by Götz Aly

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Los asesinatos por eutanasia cometidos en Alemania entre 1939 y 1945 acabaron con la vida de aproximadamente doscientas mil personas. Para referirse a sus crímenes, los muchos implicados utilizaron eufemismos como redención, interrupción de la vida, muerte de gracia, muerte asistida o, precisamente, eutanasia. Actuaron medio en secreto, pero en el seno de la sociedad. Sobre todo durante la segunda guerra mundial, muchos alemanes aprobaron la muerte forzada de «bocas inútiles». Unos pocos condenaron los asesinatos abiertamente, pero la mayoría guardó silencio porque tampoco quiso saber demasiados detalles. Esta actitud se prolongó más allá de 1945. Solo en contadas excepciones, las familias se acordaron de sus tías, hijos, hermanas y abuelos asesinados.

En la década de 1920, conceptos como «muerte asistida», «muerte humanitaria» o «liberación suave» eran defendidos con frecuencia por los mismos personajes políticamente comprometidos que se declaraban en contra de la pena de muerte y la prohibición del aborto, que exigían igualdad de derechos para las mujeres y que elevaban el mal visto suicidio a la categoría de muerte libremente elegida. No en pocas ocasiones, estos mismos reformistas difundieron la esterilización de personas discapacitadas —voluntariamente, sí, pero bajo un concepto de voluntariedad que también incluía el consentimiento de los tutores y titulares de la patria potestad—. En la segunda década del siglo XX, los reformistas sociales alemanes estuvieron mayoritariamente en contra de matar a niños discapacitados, pero totalmente a favor de la profilaxis mediante abortos por indicación eugenésica. Lo hacían en nombre del progreso y de una felicidad entendida sencillamente como más terrenal. Estos debates, así como el consiguiente cambio de valores, no se produjeron únicamente en Alemania, pero en ningún otro lugar tuvieron unas consecuencias prácticas tan radicales como allí.

La muerte acelerada comenzó en muchos establecimientos psiquiátricos alemanes en 1938. Utilizando medios discretos, el personal médico y sanitario causó la muerte prematura de cada vez más pacientes. Las tasas de mortalidad, que en general rondaban el 5 por 100, aumentaron ostensiblemente en muchos lugares, sobre todo en los establecimientos cuyos directores destacarían después como activistas de la eutanasia. Para muchos centros psiquiátricos está documentado que la acción asesina centralizada, iniciada en el verano de 1939, era la continuación de unas prácticas ya existentes. Quizás ello explica también por qué Hitler redactó en octubre de 1939 el escrito con el que legitimaba los asesinatos por eutanasia no como orden del Führer, sino como autorización del homicidio en masa. A base de expresiones imprecisas, el texto rezumaba energía contenida y ambición planificadora, y estimulaba la fantasía práctica y una actuación burocrática bien calculada.
El programa asesino comenzó oficialmente el 18 de agosto de 1939. Ese día, el Ministerio de Interior del Reich presentó a los funcionarios de sanidad y a los médicos una institución hasta entonces desconocida: el Comité del Reich para el Registro Científico de Enfermedades Genéticas y Constitucionales Graves (Reichsausschuss zur wissenschaftlichen Erfassung erb- und anlagebedingter schwerer Leiden). La presentación se hizo mediante un decreto confidencial publicado, pasado un tiempo y con una redacción ligeramente maquillada, en el Deutsches Ärzteblatt («Boletín Alemán de Medicina») de marzo de 1940. Supuestamente, el Comité del Reich tenía la función de recopilar datos de «recién nacidos contrahechos, etc.» con el objetivo de analizarlos científicamente para introducir mejoras de prevención y terapia. Sin embargo, su tarea real consistió desde el principio en mandar asesinar a niños y niñas que padecían discapacidades graves.
El departamento de Salud Pública del Ministerio de Interior del Reich gestionó asimismo los preparativos para iniciar externamente los asesinatos de enfermos mentales adultos. Esto se hizo visible el 21 de septiembre. También aquí, el acceso burocrático fue lo primero que se hizo, pero al principio no sobre personas individuales, sino sobre «todos los establecimientos situados en el territorio del Reich en los que se custodia, no solo provisionalmente, a enfermos mentales, epilépticos y deficientes mentales».

En la década de 1960, el médico ucraniano Prof. W. S. Protopopov describió una escena que había presenciado en octubre de 1941 en el hospital psiquiátrico de Járkov y que nunca olvidó: «Era un grupo de enfermos desnudos y desamparados, rodeados de fascistas armados. Algunos de los enfermos lloraban, otros reían porque no entendían lo que pasaba a su alrededor y pensaban —quizás— que se trataba de alucinaciones, y otros se mostraban completamente indiferentes. Sin duda, muchos enfermos supieron lo que estaba pasando y por instinto sintieron su muerte inminente. Su única culpa era estar enfermos y desamparados».

Por iniciativa propia, el senado de la Ciudad Libre y Hanseática de Hamburgo creó en enero de 1941 dos unidades destinadas al asesinato de niños discapacitados: una en el establecimiento de curación y cuidados de Langenhorn y otra en la clínica infantil privada de Rothenburgsort. En uno como en otra, los médicos intentaban averiguar de forma indirecta si los padres asumían, rechazaban rotundamente o, incluso, deseaban la muerte de su hijos. Sin embargo, de Langenhorn se deportaba a niños discapacitados a otras unidades de observación y asesinato del Comité del Reich sin el consentimiento aparente de los progenitores. Había Unidades Especializadas de Pediatría relativamente cercanas a Hamburgo en Schleswig-Stadtfeld, Lüneburg, Schwerin, Uchtspringe bei Stendal y Blankenburg im Harz.
La persona encargada en Langenhorn de dictaminar y asesinar era el psiquiatra Hermann Knigge, alumno de Max Nonne y Oswald Bumke. En el hospital infantil de Rothenburgsort, el responsable de administrar las inyecciones letales era el jefe médico Wilhelm Bayer. Está judicialmente demostrada la muerte violenta de al menos 56 niños en Rothenburgsort y doce en Langenhorn.
La «ley de muerte asistida para enfermos incurables», proyectada en 1940 pero no publicada, también contemplaba la gestión centralizada del sistema de establecimientos psiquiátricos formado por entidades caritativas, locales, privadas y provinciales. La institución prevista para este fin fue bautizada como Comisario del Reich para los Establecimientos de Curación y Cuidados. En el artículo tercero, los autores del texto legal establecieron los fundamentos jurídicos, asignaron el organismo de nueva creación al Ministerio de Interior del Reich y lo dotaron de amplias competencias.
El comisario del Reich debía nombrar a los médicos ejecutores —denominados así en el proyecto de ley—, es decir, aquellos facultativos que debían dirigir la actividad mortífera en las cámaras de gas. Max de Crinis, que participó en la redacción del esbozo legal, propuso que los enfermos mentales solo pudieran ser dados de alta «en general» con el consentimiento del comisario del Reich. El «médico ejecutor» ya en activo Irmfried Eberl sugirió que todos los tutelados que se hallaran en un establecimiento «durante más de tres años» fueran notificados automáticamente al comisario del Reich. Seguidamente, el comisario debía nombrar un experto y —siempre que este recomendara un «acortamiento de la vida» del enfermo inscrito—.

Los alemanes, en su gran mayoría, aceptaron los crímenes. Se dejaron llevar por el influjo del mal y, por ello, siguieron callando después de 1945.
Las personas con discapacidades corporales e intelectuales graves y las que se salen psíquicamente de la norma son a menudo una carga. Desorientan a los que se consideran sanos y les alteran sus planes de vida y su concepto de normalidad, a veces de forma amenazadora. Por este motivo provocan desconcierto, excusas, aversión, miedo y rechazo, y atraen agresiones y deseos de muerte. Como estos sentimientos están dirigidos contra personas cercanas y, encima, indefensas, generan un problema de conciencia y la necesidad de solucionar de una forma u otra algo que no tiene solución. La política y las normas sociales pueden, en el caso del estado nacionalsocialista, reforzar estas ambivalencias y tentaciones y sacar provecho de ellas o, en el caso de la Alemania actual, atenuarlas considerablemente —pero no suprimir las predisposiciones humanas—. Quien diga que la Acción T4 fue exclusivamente un crimen «de los nacionalsocialistas» o «de los perpetradores» está haciendo oídos sordos al mensaje de los asesinados. Las víctimas de la eutanasia en Alemania fueron una carga para muchos. Murieron de forma violenta y en el más absoluto olvido.

All the books of this researcher are very interesting and in this more of the same, with a book that took him 23 years he returns to take the colors to the society and that undoubtedly puts many points on íes.No doubt should read this great author.

The murders by euthanasia committed in Germany between 1939 and 1945 ended the life of approximately two hundred thousand people. To refer to their crimes, the many involved used euphemisms such as redemption, interruption of life, death of grace, assisted death or, precisely, euthanasia. They acted half in secret, but in the bosom of society. Especially during the Second World War, many Germans approved the forced death of “useless mouths”. A few condemned the murders openly, but most remained silent because they did not want to know too many details. This attitude continued beyond 1945. Only in a few exceptions did families remember their aunts, children, sisters and grandparents killed.

In the 1920s, concepts such as “assisted death”, “humanitarian death” or “mild liberation” were often defended by the same politically engaged people who declared themselves against the death penalty and the prohibition of abortion, which demanded equality of rights for women and that elevated the ill-seen suicide to the category of freely chosen death. Not infrequently, these same reformers spread the sterilization of disabled people -voluntarily, yes, but under a concept of voluntariness that also included the consent of guardians and holders of parental authority. In the second decade of the twentieth century, the German social reformers were mostly against killing disabled children, but totally in favor of prophylaxis through abortions by eugenic indication. They did it in the name of progress and a happiness simply understood as more earthly. These debates, as well as the consequent change of values, did not occur only in Germany, but nowhere did they have such radical practical consequences as there.

Accelerated death began in many German psychiatric establishments in 1938. Using discrete means, medical and health personnel caused the premature death of more and more patients. Mortality rates, which generally hovered around 5 percent, increased significantly in many places, especially in establishments whose leaders would later stand out as euthanasia activists. For many psychiatric centers it is documented that the centralized murderous action, begun in the summer of 1939, was the continuation of existing practices. Perhaps this also explains why Hitler wrote in October 1939 the document with which he legitimized the murders by euthanasia not as an order of the Fuehrer, but as authorization of mass murder. Based on imprecise expressions, the text exuded contained energy and planning ambition, and stimulated practical fantasy and a well-calculated bureaucratic performance.
The murderous program officially began on August 18, 1939. On that day, the Reich Ministry of the Interior presented health officials and doctors with an institution hitherto unknown: the Reich Committee for the Scientific Registration of Serious Genetic and Constitutional Diseases (Reichsausschuss zur wissenschaftlichen Erfassung erb- und anlagebedingter schwerer Leiden). The presentation was made by means of a confidential decree issued, after some time and with a slightly made up writing, in the Deutsches Ärzteblatt (“German Journal of Medicine”) of March 1940. The Reich Committee supposedly had the function of collecting data from «Newborns, counterfeit, etc.» with the aim of analyzing them scientifically to introduce improvements in prevention and therapy. However, his real task from the beginning consisted in order to kill children suffering from severe disabilities.
The Department of Public Health of the Ministry of the Interior of the Reich also managed the preparations to initiate externally the murders of mentally ill adults. This became visible on September 21. Here, too, bureaucratic access was the first thing to be done, but not at first about individual persons, but about “all the establishments located in the territory of the Reich in which not only the mentally ill, epileptic and deficient are kept temporarily mental ».

In the 1960s, the Ukrainian doctor Prof. W. S. Protopopov described a scene he had witnessed in October 1941 at the Kharkov psychiatric hospital and that he never forgot: “It was a group of naked and helpless patients, surrounded by armed fascists. Some of the patients cried, others laughed because they did not understand what was going on around them and they thought-perhaps-that they were hallucinations, and others were completely indifferent. Undoubtedly, many patients knew what was happening and instinctively felt their imminent death. Their only fault was being sick and helpless”.

On its own initiative, the Senate of the Free and Hanseatic City of Hamburg created in January 1941 two units for the murder of disabled children: one in the healing and care establishment of Langenhorn and another in the private children’s clinic in Rothenburgsort. In one as in another, doctors tried to find out indirectly if the parents assumed, rejected outright or even wanted the death of their children. However, de Langenhorn was deporting disabled children to other observation and killing units of the Reich Committee without the apparent consent of the parents. There were Specialized Units of Pediatrics relatively close to Hamburg in Schleswig-Stadtfeld, Lüneburg, Schwerin, Uchtspringe bei Stendal and Blankenburg im Harz.
The person in charge in Langenhorn of dictating and assassinating was the psychiatrist Hermann Knigge, student of Max Nonne and Oswald Bumke. In the children’s hospital of Rothenburgsort, the chief medical officer Wilhelm Bayer was responsible for administering lethal injections. The violent death of at least 56 children in Rothenburgsort and 12 in Langenhorn is judicially proven.
The “law of assisted death for incurable patients”, projected in 1940 but not published, also contemplated the centralized management of the system of psychiatric establishments formed by charitable, local, private and provincial entities. The institution envisaged for this purpose was baptized as Reich Commissioner for the Healing and Care Establishments. In the third article, the authors of the legal text established the legal bases, assigned the newly created body to the Reich Ministry of the Interior and endowed it with broad competences.
The commissioner of the Reich was to appoint the executing doctors-so called in the bill-that is, those physicians who were to direct the deadly activity in the gas chambers. Max de Crinis, who participated in the drafting of the legal draft, proposed that the mentally ill could only be discharged “in general” with the consent of the Reich commissioner. The “executing doctor” already active Irmfried Eberl suggested that all wards who were in an establishment “for more than three years” be automatically notified to the Reich commissioner. Next, the commissioner had to appoint an expert and-provided that he recommended a “shortening of life” of the enrolled patient.

The Germans, for the most part, accepted the crimes. They let themselves be carried away by the influence of evil and, therefore, continued to be silent after 1945.
People with severe physical and intellectual disabilities and those who psychically leave the norm are often a burden. They disorient those who consider themselves healthy and alter their life plans and their concept of normality, sometimes in a threatening way. For this reason they cause confusion, excuses, aversion, fear and rejection, and attract aggressions and death wishes. As these feelings are directed against people who are close and, above all, helpless, they generate a problem of conscience and the need to solve something in one way or another that has no solution. Social policy and norms can, in the case of the National Socialist state, reinforce these ambivalences and temptations and take advantage of them or, in the case of present-day Germany, considerably attenuate them – but not suppress human predispositions. Anyone who says that Action T4 was exclusively a crime “of the National Socialists” or “of the perpetrators” is turning a deaf ear to the message of the murdered. The victims of euthanasia in Germany were a burden for many. They died violently and in the most absolute oblivion.

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