Éramos Mujeres Jóvenes — Marta Sanz

Sin duda este breve ensayo nos aborda el tema de la sexualidad, más allá de las palmeras de chocolate, los miedos del Sida y por encima de todo una obra que a través de las amigas de la escritora nos acerca los miedos y tabúes de la era vivida pero sin para nada mitificar o desmitificar el asunto, ante todo interés como si fuese uno cualquiera y en una década de apertura frente al ostracismo.

La liberación sexual de las mujeres en el periodo democrático, ella pone el dedo en una de las llagas que a mí más me duelen: «La liberación sexual de la mujer yo creo que acarreó muchas cosas, por un parte era necesaria como libertad individual, sin embargo mi sensación es que socialmente nos ponen una tarea más: hay que ser, también, una amante cojonuda, y si para eso tienes que consumir mejor que mejor». Había que, había que, había que… Y junto a esa destreza erótica profesional a la que aspirábamos las más inexpertas entre las amateurs, además, había que ser profiláctica porque, al fin y al cabo, un embarazo no deseado lo ibas a sufrir de un modo muy especial -es decir, físico- tú en tus propias carnes.
En cuanto a “perder la virginidad» y también considera que forma parte del crecimiento de los individuos, de los instantes de ese crecimiento que han de hacerse en compañía.
Pese a toda la confusión y toda la mezquindad, nos enamorábamos como perros y perras. A corto o largo plazo, esperábamos que los chicos «nos pidieran salir» o que nos dieran un beso inaugural, la manita de refilón mientras se está paseando, luego «cortábamos» y simultaneábamos historias y aventuras que después le contábamos cara a cara a nuestra mejor amiga, sabiendo que nuestra promiscuidad minúscula nos marcaba un poco. O mucho. Sabíamos que en estos temas era muy palpable la diferencia de género, pero no lo podíamos evitar y por la boca morían los peces, todos los peces, uno detrás de otro.

Más que al triunfo de la liberación femenina asistimos al triunfo de ese capitalismo salvaje que consigue incluso hacer de la carne -de hombre, de mujer, de niño, de animal- un fetiche y de toda muestra de erotismo, pornografía.
Hay gente que se casa porque le da la real gana y me parece una solemne estupidez pretender imponer un modelo como si fuera el mejor. Pasa lo mismo con las mujeres que deciden amamantar o dar el biberón a los hijos. Me molesta el modelo de la ejemplaridad materna del mismo modo que me molesta el modelo de la ejemplaridad conyugal. Lo importante es que nadie pueda imponer nada en el territorio de los afectos y de los cuidados. No me impongan el matrimonio ni la maternidad. Pero tampoco me impongan la promiscuidad de baratillo, los vibradores, las pomadas vaginales, el poliamor. No me den recetas. Y, si me quiero casar, me caso y, si me quiero divorciar, me divorcio. Y, si me quiero acostar con mujeres o con hombres muchísimo más viejos o más jóvenes que yo, con hombres negros de Nigeria o con pálidas muchachas de la meseta norte, me acostaré sin que nadie tenga que mirarme por el rabillo del ojo. Igual que si decido abortar o tomarme la píldora del día después. Yo no espío a través de las cortinas. No mato niños. No compro carne. En esas estamos, así que por favor, déjennos en paz…

El final del libro acaba con una serie de preguntas al escritor Ruiz Zanón.

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