Decisiones Trascendentales — Ian Kershaw / Fateful Choices: Ten Decisions That Changed the World, 1940-1941 by Ian Kershaw

Este es otro más que interesante libro de este británico sobre diez decisiones que cambiaron el rumbo de la historia y puede decirse que como todos sus escritor además de rigor nada de decepción.
Tanto en Europa como en Extremo Oriente, las antiguas ansias de poder —de Alemania, Italia y Japón— se desmoronaron en medio de aquella vorágine de destrucción. Una combinación de bancarrota nacional y movimientos anticoloniales reavivados acabó con el imperio mundial británico. La China de Mao fue uno de los mayores beneficiarios de la caída de Japón y de la convulsa situación vivida en un Extremo Oriente devastado por la guerra. Y, sobré todo, las dos nuevas superpotencias, Estados Unidos y la Unión Soviética, ninguna de las cuales se encontraba en un gran momento antes de 1939, se servían ahora de sus arsenales nucleares para contenerse la una a la otra en una Guerra Fría que había de durar hasta la última década del siglo. La constelación de poderes a la que dio paso la Segunda Guerra Mundial no condujo a un tercer cataclismo bélico —para sorpresa y alivio de muchos.
La Segunda Guerra Mundial también cargó a la humanidad con el peso de una nueva y terrible palabra, relacionada igualmente con la que se ha acabado convirtiendo en otra de las características clave del siglo: genocidio. Y, aunque por desgracia no fue ni mucho menos el único ejemplo en un siglo sumido en la ignorancia, fue lo que más tarde se conocería como el «Holocausto» —el intento planificado por parte de la Alemania nazi de exterminar a once millones de judíos, un proyecto genocida sin precedentes en la historia— lo que dejó una huella más perdurable y más profunda en las décadas siguientes. En términos de política del poder, el legado del Holocausto garantizó y legitimó la fundación del Estado de Israel, ampliamente respaldada en todo el mundo pero ferozmente atacada por los vecinos del nuevo país, que habían perdido parte de su territorio, una resolución que condujo inexorablemente a un caos interminable, y cada vez mayor, en Oriente Medio, con enormes implicaciones para el resto del mundo. Y en el terreno de las mentalidades, el Holocausto, que despierta un interés creciente conforme se va alejando en la historia, ha afectado profundamente a las percepciones sobre la raza.

El Primer Ministro no quería ningún acercamiento a Musso. Resultaba inconcebible que Hitler accediera a cualquier condición que nosotros pudiéramos aceptar, aunque si podíamos salir de aquel aprieto renunciando a Malta y Gibraltar y a algunas colonias africanas él se habría lanzado al vuelo. Pero el único camino seguro consistía en convencer a Hitler de que no podía derrotarnos […]. Halifax sostenía que no se perdía nada poniendo a prueba a Musso y viendo cuál era el resultado. Si las condiciones eran intolerables, siempre podíamos rechazarlas. (Diario de Neville Chamberlain, 26 de mayo de 1940).
Desde la posición de una potencia mundial victoriosa, y todavía pujante, no resultaba difícil reivindicar un nuevo orden basado en los principios liberales, los acuerdos internacionales y el comercio exterior. Desde la posición estratégica de las naciones desposeídas, este nuevo orden, precisamente, era desfavorable y, en términos políticos, humillante. El recuerdo de los muertos en la guerra exigía, para un número cada vez mayor de ciudadanos de esos países, decir no a la aceptación pasiva de las condiciones de los vencedores, no a la conformidad con las reglas económicas urdidas en su perjuicio, no a la debilidad que derivaba del desarme, no a la paz, y sí a la guerra: guerra para alcanzar la gloria nacional, para conseguir territorios que permitieran erigir una prosperidad duradera en el futuro y para reparar la humillación del pasado y la injusticia del presente.
Así pues, Gran Bretaña, junto con su principal aliada continental, Francia, asolada por la guerra, y, al otro lado del Atlántico, con la pujante nueva potencia mundial, Estados Unidos, veía el acuerdo posbélico desde una óptica concreta, que era muy distinta de la de Italia, Japón y Alemania.
En Asia oriental, la debilidad británica quedó enseguida en evidencia ante las primeras manifestaciones de agresividad por parte de Japón, plasmadas en la ocupación de Manchuria en 1931 y los ataques a Shanghai al año siguiente. Los jefes del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas británicas advirtieron del peligro que corrían las posesiones y dominios del país, entre ellos la India, Australia y Nueva Zelanda. Sir Robert Vansittart, el poderoso subsecretario permanente de Asuntos Exteriores, escribió a comienzos de 1932 que «somos incapaces de frenar a Japón de ningún modo si realmente habla en serio», lo que significaba que «estaremos perdidos en Extremo Oriente a no ser que Estados Unidos esté dispuesto finalmente a hacer uso de la fuerza». Pero no lo estaba: se limitaba a denunciar públicamente, en su propio perjuicio muchas veces, las acciones japonesas, y poco más. La estrategia británica, en realidad, favorecía a Japón con respecto a China, aunque trataba de lograr la cuadratura del círculo intentando aplacar a los chinos y a los americanos sin despertar suspicacias entre los japoneses y defendiendo al mismo tiempo la Sociedad de Naciones.
Todavía hoy se discute si Chamberlain creía sinceramente que estaba ganando tiempo al entregar parte de Checoslovaquia a Hitler, o que había dado un paso crucial para asegurar la «paz para nuestro tiempo». Tampoco podemos estar seguros de si la oportunidad perdida de combatir a Hitler en verano de 1938 era mejor que la que se presentó al año siguiente, cuando la guerra hubo de emprenderse de todos modos, y si una actitud de resistencia con respecto a Checoslovaquia podría haberse traducido en la caída de Hitler por medio de un golpe interno. La hipótesis más probable es en ambos casos negativa: que no se había perdido una ocasión mejor, y que Hitler no habría sido derrocado desde dentro. Con toda probabilidad, Checoslovaquia habría sido invadida rápidamente, tal y como indicaban los simulacros de combate, y Gran Bretaña y Francia habrían tenido que reconocer un hecho consumado o se habrían visto envueltas en la guerra desde una posición inicial más débil desde el punto de vista militar que en 1939. En cualquiera de los dos casos, el triunfo armado de la potencia alemana habría sido una posibilidad clara.
Hitler no sabía nada de las trascendentales deliberaciones llevadas a cabo por el Gabinete de Guerra británico durante la última semana de mayo. Tan sólo después del inmediato rechazo por parte del Gobierno británico de su definitiva, y tibia, «oferta de paz» en su discurso ante el Reichstag el 19 de julio, tras su victoria sobre los franceses, quedó de manifiesto que Gran Bretaña estaba absolutamente decidida a descartar toda posibilidad de un final negociado para la guerra. Fue entonces, con el Ejército británico de nuevo en casa sano y salvo, cuando se dieron algunos pasos exploratorios en Londres y Washington para planificar la esencial ayuda estadounidense. Hitler tenía que hacer frente a su propia decisión crucial. Y ésta no tardaría en llegar.

Con Rusia aplastada, la última esperanza de Gran Bretaña quedaría hecha pedazos. Entonces Alemania sería la dueña de Europa y los Balcanes. Decisión: La destrucción de Rusia debe por tanto entrar a formar parte de esta lucha. Primavera de 1941 […]. Si empezáramos en mayo de 1941, tendríamos cinco meses para terminar el trabajo». Con estas sorprendentes palabras anunciaba Adolf Hitler a sus generales, con los que se encontraba reunido el 31 de julio de 1940 en su refugio de los Alpes, el Berghof, en las montañas que dominaban la ciudad de Berchtesgaden, su más crucial decisión de toda la Segunda Guerra Mundial. Una decisión que marcaba el comienzo del conflicto más sangriento de la historia, una lucha titánica en Europa del Este que se cobraría la vida de más de treinta millones de ciudadanos soviéticos y alemanes y sometería a territorios amplísimos a una devastación sin precedentes.
En el mundo real de Hitler, y no en un mundo contrafactual de fantasía e imaginación, parece claro que no se perdió ninguna oportunidad en 1940. Teniendo en cuenta los dirigentes con los que contaba Alemania, verdadera razón por la que el país se enfrentaba a un dilema estratégico en verano y otoño de 1940, el ataque a la Unión Soviética era en realidad el único camino abierto. Fue decisión de Hitler, pero no fue él el único responsable, tal y como ha sostenido cierta apologética posbélica. La responsabilidad va mucho más allá de Hitler y se hace extensiva a muchas personas. La élite militar del régimen, aunque con un amplio respaldo procedente de otros grupos de poder y del seno de la población alemana, había apoyado las políticas de un líder que había llevado a Alemania a una apuesta por la hegemonía mundial con un panorama muy desfavorable a largo plazo para ella y sin ninguna «cláusula de escape». En 1940, la única opción para Hitler, incapaz como era de poner fin a la guerra, y para el régimen que había contribuido a colocarlo donde estaba, era apostar todavía más, para dar, como siempre, un audaz paso adelante, un movimiento que pudiera caer sobre los rusos «como una tormenta de granizo» y hacer que el mundo «contuviera el aliento». Era una locura, pero no carecía de método.

En Extremo Oriente se estaba librando otra cruenta guerra. Había comenzado en julio de 1937, más de dos años antes que la guerra europea, y en el transcurso de la misma las tropas japonesas habían cometido atrocidades contra la población civil china que competían en brutalidad con las sufridas por los polacos a manos de los conquistadores alemanes desde el otoño de 1939. El «incidente de China», como llamaban los japoneses invariablemente a la guerra con aquel país, era completamente independiente del conflicto europeo que empezó con la invasión alemana de Polonia el 1 de septiembre de 1939. No obstante, los intereses de las «grandes potencias» europeas y Estados Unidos en China hicieron que aquel amargo conflicto tuviera inevitablemente desde el principio serias implicaciones internacionales. Todavía no se veía un final a aquella guerra cuando, en primavera de 1940, la ofensiva alemana en el oeste penetró en los Países Bajos y Francia y llevó a Gran Bretaña al borde del desastre. Fue al calor de los asombrosos triunfos militares de Hitler en Europa occidental como Japón, en su ansia por explotar la debilidad de esos países, tomó las cruciales decisiones de expandirse por el sureste asiático (donde Gran Bretaña, Francia y los Países Bajos conservaban importantes posesiones coloniales) y de formalizar un pacto con las potencias del Eje, Alemania e Italia. Al hacerlo, en el transcurso de aquellos meses cruciales Japón escogió alternativas que incrementaron enormemente el riesgo de acabar interviniendo en un conflicto armado no sólo con las potencias europeas, sino también con Estados Unidos.
Las aspiraciones de Japón de convertirse en una gran potencia en Asia oriental, con todo el boato de un imperio colonial y de un acrecentado prestigio internacional. Tales ambiciones se remontaban al siglo xix, cuando Japón, bajo el mandato del emperador Meiji, se encontraba en medio de un acelerado proceso de modernización, tratando de adaptar los métodos occidentales a la cultura japonesa. Las guerras contra China en 1894 − 1895 y Rusia en 1904 − 1905, en ambos casos iniciadas por los japoneses, habían procurado al país nipón la posición de una potencia dominante en Extremo Oriente. Dentro del continente asiático, los éxitos japoneses se interpretaban a menudo como golpes contra la dominación de la región por los occidentales. Pero en realidad, Japón estaba echando los cimientos de su propia lucha imperial por la hegemonía. Ya se había apoderado de Corea, Taiwán y la zona sur de la isla de Sajalín y disfrutaba de derechos de arrendamiento y de un tramo de algo más de un kilómetro de vía férrea en el sur de Manchuria. También había obtenido, en 1901, el derecho a mantener tropas en Pekín y en otras ciudades de China, en principio para proteger a los diplomáticos y la población minoritaria en esas zonas.

Tratando de obtener beneficios rápidos, Italia se había sumido en una guerra que iba a traer miseria, destrucción y sufrimiento sin cuento al país, lo que acabaría culminando en el derrocamiento del régimen fascista en 1943, la reorientación de la lealtad en favor del bando aliado en otoño de aquel año y unos amargos meses de brutal ocupación alemana en las regiones del norte antes de que la derrota total del Tercer Reich pusiera fin a aquel padecimiento. Por lo que respecta a Mussolini, las decisiones de entrar en la guerra en junio de 1940 y de invadir Grecia al cabo de unos meses acabarían provocando su salida del poder y, a continuación, su espectacular rescate de prisión y su restauración como mandatario títere de Alemania. Pero finalmente terminó pagando el precio cuando a finales de abril de 1945 él y su amante, Claretta Petacci, fueron capturados y ejecutados por partisanos a orillas del lago Como. A continuación sus cuerpos fueron colgados de una viga en una gasolinera, con el que fuera una vez líder glorificado injuriado ahora en la muerte por una multitud vociferante.
Fue Mussolini en persona el que tomó las cruciales decisiones que llevaron a Italia a entrar en la guerra y a embarcarse después en la desastrosa invasión de Grecia. De eso no cabe ninguna duda.
Tras la guerra de Abisinia, la alineación con Alemania mediante la constitución del Eje, la participación de Italia en la Guerra Civil española, el papel desempeñado por Mussolini como mediador en el Pacto de Múnich y la anexión de Albania fueron claros indicadores de que la elaboración de la política relativa a los asuntos exteriores se había ido convirtiendo poco a poco en competencia directa y personal del Duce, secundada e instigada por Ciano. En cuestiones de guerra y paz, la toma de decisiones había adquirido para entonces un tono sumamente personalista. La discusión no formaba parte, se decía, del «estilo fascista». Las decisiones imprevistas eran reflejo de unas cualidades «napoleónicas». En marzo de 1938 Mussolini reclamaba la equiparación de su categoría con la del rey en tanto que comandante supremo de las Fuerzas Armadas.
La principal responsabilidad del descalabro griego reside por completo en Mussolini, no podemos atribuir absolutamente toda la culpa al dictador. La declaración de Churchill en diciembre de 1940 de que «un hombre y sólo un hombre» había llevado a Italia «al terrible borde de la ruina» era retórica de tiempo de guerra, no análisis razonado. Otros sectores de la élite de poder del régimen fascista fueron cuando menos cómplices de la decisión. Después de todo, el modelo de gobierno fascista había desarrollado a lo largo de muchos años un sistema que no sólo convertía al líder en figura de culto, sino que había colocado la toma de decisiones enteramente en sus manos, negando toda responsabilidad por las decisiones a cualquier nivel inferior. Aquel sistema, políticamente viciado, había recompensado al mismo tiempo, al igual que en el caso paralelo de la Alemania nazi, la sumisión, el servilismo, la docilidad y la adulación. Además, todas las formas de organización política no pasaban de ser una pura fachada: organismos representativos en apariencia, pero en realidad meros vehículos de propaganda y de aclamación del líder. Evidentemente, en un sistema fundamentado en el divide y vencerás, y en el que la promoción profesional y la gratificación material dependían del favor del dictador, era imposible construir una oposición organizada en la práctica. El Duce había escuchado tantas veces decir que era infalible que se acabó creyendo los halagos. Otros aceptaron, por adulación o por cinismo, las reglas del juego político.

Roosevelt estaba diciendo a quienes escuchaban lo que querían oír. A finales de septiembre, el 83 por 100 de los encuestados en un sondeo de opinión pública había secundado la opción de mantenerse fuera de la guerra contra Alemania e Italia. Ayudar a los británicos, que se encontraban en verdaderos apuros desde la catastrófica derrota de los Aliados a manos de la Wehrmacht en mayo y junio, adoptando medidas que no implicaran recurrir a la guerra era otra cuestión muy distinta. No obstante, sólo el 34,2 por 100 de los estadounidenses apoyaba en agosto de 1940 que se hiciera algo más por ayudar a Gran Bretaña en su lucha contra Alemania.
La campaña bélica británica de aquel terrible verano había recibido un espaldarazo moral de vital importancia gracias a la confianza en que Estados Unidos se sumara pronto al combate contra la Alemania de Hitler.
Roosevelt no se planteó en ningún momento el llevar a Estados Unidos a la guerra. De haberlo intentado, no habrían tardado en recordarle de la manera más enérgica (y no sólo los aislacionistas) su compromiso explícito, realizado en el discurso pronunciado en Boston en octubre de 1940 durante la campaña para su reelección, de que no enviaría tropas norteamericanas a combatir en una guerra extranjera. En cualquier caso, independientemente del clima de opinión reinante en el país, él sabía perfectamente que no tenía la menor oportunidad de convencer al Congreso de que dictara una declaración de guerra.
Los intervencionistas del interior del país, incluso algunos de los más estrechos consejeros de Roosevelt, y por supuesto muchos británicos, se desesperaban y se mostraban críticos con la resistencia norteamericana a entrar en la guerra. Pero la cautela del presidente, aunque exasperante, tenía razón de ser. Roosevelt consiguió, por encima de todo, llevarse al país consigo en su cuidadoso avance hacia el otro lado de la cuerda floja. Cuando finalmente llegó la guerra —como resultado de la agresión a manos de fuerzas hostiles y no de una acción directa del presidente—, esa circunstancia se reveló crucial.

Lo que Stalin esperaba en la primera fase de la guerra europea era que las democracias occidentales, por un lado, y la Alemania nazi, por el otro, acabaran debilitándose mutuamente, y que su lucha terminara en punto muerto. Lo que le preocupaba era que ambas partes llegaran en algún momento a un acuerdo y acabaran volviéndose juntas contra la Unión Soviética. La esperanza se disipó ante la rapidez con la que se produjo la victoria alemana en el oeste en mayo y junio de 1940; la preocupación, en cambio, se acrecentó de forma notable.
La rapidez de la caída de Francia cogió a los dirigentes soviéticos totalmente por sorpresa. Ahora había que revisar todos los cálculos. Con Europa occidental postrada a los pies de Hitler, a excepción de Gran Bretaña (¿y cuánto tiempo iba a resistir antes de ser conquistada o, lo que era más probable, antes de capitular y sumarse al bando alemán, como se venía pronosticando desde hacía tiempo?), la Unión Soviética estaba más expuesta que nunca. Stalin adquirió conciencia de la situación inmediatamente.
En última instancia, tales errores eran los propios de un sistema basado en un gobierno altamente personalizado. «Stalin era la mayor autoridad para todos nosotros, y a nadie se le ocurrió nunca cuestionar su opinión y su percepción de la situación», comentó más tarde Zhukov. En medio de un clima de miedo y adulación, en el que las fobias paranoides, el sentido de infalibilidad en el juicio, las limitaciones en materia de estrategia militar y la implacable arbitrariedad de un solo individuo se habían convertido en decisivos componentes estructurales del sistema soviético, no podía haber rectificaciones a las opciones escogidas por Stalin. La adulación, a todos los niveles, era endémica. El Politburó rendía pleitesía a su Líder. Por lo general los militares no eran muy diferentes y, cuando expresaban alguna reserva, eran intimidados hasta la sumisión. La negativa del dictador soviético a acceder a las demandas de sus comandantes, presentadas tan sólo alrededor de una semana antes de la invasión, de poner a las tropas en pie de guerra en mejores posiciones defensivas era sintomática de un sistema en el que la razón había perdido el norte.
A fin de cuentas, frente al cúmulo de autoengaños e ilusiones del que fue víctima, sus opciones podrían reducirse a una simple decisión: ¿iba a hacer todo lo imaginable para preparar a la Unión Soviética para la guerra con Alemania en 1941 (que no podía descartarse desde un punto de vista objetivo) o iba a persistir en su convencimiento (con los riesgos que ello conllevaba) de que el conflicto podría aplazarse hasta 1942? Dicho de otro modo, ¿prefirió trabajar sobre la base del peor o del mejor escenario posible? La respuesta es evidente. Aquélla fue sin duda una decisión crucial. Y sin embargo, el camino hacia ella no había seguido ni mucho menos una línea recta. Ni siquiera desde la distancia podemos estar seguros de cuál era la dirección más favorable que había que tomar en las encrucijadas decisivas. Lo que se puede ver claramente es que las opciones escogidas por Stalin lo expusieron al desastre. La asombrosa recuperación después de aquel desastre es otra historia.

El Programa Victoria recomendaba «contener a Japón en espera de futuros acontecimientos». A finales de noviembre de 1941 esos futuros acontecimientos no se iban a hacer esperar mucho más. Los mensajes interceptados a la inteligencia diplomática japonesa informaron a la Casa Blanca de que la agresión nipona era inminente. Roosevelt había confiado en llevar a Estados Unidos hasta el borde del abismo en el Atlántico, pero no más allá, y mantener a raya a Japón. Pero esas esperanzas estallaron en pedazos con las bombas que cayeron sobre los barcos estadounidenses fondeados lejos de allí, en el Pacífico sur, en la soleada mañana del 7 de diciembre de 1941.
Los acontecimientos de aquella mañana fueron sin duda funestos desde la perspectiva estadounidense. Pero Roosevelt, que había puesto todo su empeño en aplazar la participación directa en aquel conflicto global cada vez mayor mientras se preparaba para ello, tenía por fin un incidente capaz de llevar a un pueblo unido a la guerra.
Irónicamente, cuando aquella terrible guerra terminó, Japón se encontró en una posición todavía más dependiente económicamente de Estados Unidos de lo que se podía prever antes del conflicto, privado de su categoría de gran potencia y despojado de su capacidad militar. Sin embargo, con el tiempo, acabaría disfrutando de una prosperidad inimaginable para los ciudadanos del país en medio de la agitada y turbulenta época de entreguerras.

La decisión de declarar la guerra a Estados Unidos, recordaba Warlimont, «fue otra decisión completamente independiente acerca de la cual ni se había pedido ni ofrecido el consejo de la Wehrmacht; como consecuencia de ello nos enfrentábamos ahora a una guerra en dos frentes en la peor situación imaginable. El plan de guerra de Hitler había tenido hasta entonces como objetivo la rápida eliminación de Rusia como “factor de importancia militar” con el fin de emplear posteriormente la fuerza concentrada de la Wehrmacht para poner fin a la guerra en el oeste. Ahora lo máximo a lo que se podía aspirar era a librarse de quedar aplastados entre los dos enemigos en el este y en el oeste, cuyo potencial bélico conjunto era enormemente superior al nuestro». Warlimont pensaba que Hitler estaba «literalmente hipnotizado por su propia imagen de la situación política y no tuvo en cuenta adecuadamente las consecuencias militares».
La entrada de Estados Unidos en la guerra a finales de 1941 inclinó significativamente la balanza. El poderío norteamericano, sumado a las fuerzas británicas en el oeste y a la implacable apisonadora del Ejército Rojo en el este, acabaría aplastando finalmente a Alemania. No obstante, en diciembre de 1941 la esencia de la apuesta alemana por el poder mundial ya estaba perdida en cualquier caso. Así lo creía Churchill, o, al menos, eso es lo que dijo a posteriori. Y parece ser que, por vez primera, el propio Hitler consideró fugazmente en otoño de 1941 la posibilidad de la derrota al señalar (algo sobre lo que volvería cuando se viera abocado a la catástrofe de principios de 1945) que si al final el pueblo alemán no demostraba ser lo suficientemente fuerte, Alemania merecía sucumbir y ser destruida por una potencia que lo fuera más.
Hitler se anticipó a aquel hecho inexorable declarando él mismo la guerra. Fue un intento, muy propio de él, de recuperar la iniciativa mediante una acción decidida, pero por primera vez una acción suya estaba condenada al fracaso nada más nacer.

La decisión de matar a los judíos surgió a partir del objetivo previo, absolutamente intrínseco al nazismo, de «eliminarlos». Hitler no perdió dicho objetivo de vista en ningún momento desde 1919. Al principio, no significaba aniquilarlos físicamente, aunque ese significado estaba potencialmente, y con el paso del tiempo literalmente, contenido en la expresión. En este sentido, el propósito de la «eliminación» era proto-genocida. Sólo la «exitosa» expulsión (desde la perspectiva nazi) de los judíos de Alemania antes de que empezara la guerra habría impedido el avance lógico hacia el genocidio de esos judíos. Pero aun en ese caso, los planes de los líderes nazis de expansión mediante la conquista habrían llevado inevitablemente —como sucedió en realidad— a que enormes cantidades de judíos nuevos cayeran en las garras del Tercer Reich. Era imposible «eliminar» a esos judíos sin recurrir al genocidio, aunque eso ya lo habían conseguido en buena medida los estragos deliberadamente impuestos del trabajo forzoso, la malnutrición y las enfermedades. Sólo evitando la guerra (una posibilidad descartada por la política de apaciguamiento), derrocando a Hitler desde dentro (alternativa que no deseaban las élites alemanas) o derrotando rápidamente a la Alemania de Hitler en las primeras fases de la guerra (algo completamente imposible en términos militares) se podría haber impedido aquel desenlace. Por lo demás, la única forma alternativa de librar a los judíos de su terrible destino habría sido que unas defensas soviéticas mejor preparadas hubieran repelido la invasión alemana, imponiendo así un acuerdo de paz negociada, tal vez ya sin Hitler en el poder. La terquedad de Stalin hizo imposible aquella opción.
La agresividad de Alemania fue la principal causa de la segunda incursión de Europa en una guerra en el transcurso de una generación. Y también fue el principal desencadenante, en verano de 1940, de la espiral de acontecimientos.
Detrás de esa agresividad existía una «misión» ideológica encarnada por la figura de Adolf Hitler. Y como elemento inherente a dicha misión estaba la «eliminación» de los judíos. En este sentido, la guerra nazi contra los judíos fue un componente central e inseparable de la Segunda Guerra Mundial, la más colosal masacre que el mundo haya conocido jamás.

Entre unas y otras, los dirigentes de Alemania y Japón habían creado un mundo que era la antítesis absoluta de todo aquello por lo que ellas habían luchado. El coste había sido verdaderamente colosal, pero había merecido la pena pagarlo por ver que el mundo que alemanes y japoneses habían deseado no llegaría a existir nunca.

This is another interesting book about this British about ten decisions that changed the course of history and can be said that as all his writers in addition to rigor, no disappointment.
Both in Europe and in the Far East, the old cravings for power – from Germany, Italy and Japan – crumbled in the midst of that vortex of destruction. A combination of national bankruptcy and revived anti-colonial movements wiped out the British world empire. Mao’s China was one of the biggest beneficiaries of the fall of Japan and the turbulent situation in the war-ravaged Far East. And, above all, the two new superpowers, the United States and the Soviet Union, none of which was at a great moment before 1939, were now using their nuclear arsenals to contain each other in a Cold War that it was to last until the last decade of the century. The constellation of powers to which the Second World War gave way did not lead to a third war cataclysm – to the surprise and relief of many.
World War II also burdened humanity with the weight of a new and terrible word, also related to the one that has become one of the key characteristics of the century: genocide. And, although unfortunately it was not the only example in a century sunk in ignorance, it was what would later be known as the “Holocaust” – the planned attempt by Nazi Germany to exterminate eleven million Jews , a genocidal project unprecedented in history – which left a more lasting and deeper footprint in the following decades. In terms of power politics, the legacy of the Holocaust guaranteed and legitimized the founding of the State of Israel, widely supported throughout the world but fiercely attacked by the neighbors of the new country, who had lost part of their territory, a resolution that inexorably led to an endless, and growing, chaos in the Middle East, with enormous implications for the rest of the world. And in the field of mentalities, the Holocaust, which arouses a growing interest as it moves away in history, has profoundly affected perceptions of race.

The Prime Minister did not want any rapprochement with Musso. It was inconceivable that Hitler agreed to any condition we could accept, although if we could get out of that predicament by giving up Malta and Gibraltar and some African colonies he would have launched himself. But the only sure way was to convince Hitler that he could not defeat us […]. Halifax maintained that nothing was lost by testing Musso and seeing what the result was. If the conditions were intolerable, we could always reject them. (Diary of Neville Chamberlain, May 26, 1940).
From the position of a victorious, and still thriving world power, it was not difficult to claim a new order based on liberal principles, international agreements and foreign trade. From the strategic position of the dispossessed nations, this new order, precisely, was unfavorable and, in political terms, humiliating. The memory of the dead in the war required, for an increasing number of citizens of those countries, to say no to the passive acceptance of the conditions of the victors, not to the conformity with the economic rules devised to their detriment, not to the weakness that derived from disarmament, not peace, but war: war to achieve national glory, to obtain territories that would allow to build a lasting prosperity in the future and to repair the humiliation of the past and the injustice of the present.
Thus, Great Britain, along with its main continental ally, France, ravaged by war, and, on the other side of the Atlantic, with the booming new world power, the United States, saw the post-war agreement from a concrete perspective, which was very different from Italy, Japan and Germany.
In East Asia, the British weakness was soon evident in the first manifestations of aggressiveness on the part of Japan, reflected in the occupation of Manchuria in 1931 and the attacks on Shanghai the following year. The Chiefs of Staff of the British Armed Forces warned of the danger to the possessions and domains of the country, including India, Australia and New Zealand. Sir Robert Vansittart, the powerful permanent undersecretary of foreign affairs, wrote in early 1932 that “we are unable to stop Japan in any way if he really means it”, which meant that “we will be lost in the Far East unless states United is finally ready to use force ». But he was not: he limited himself to denouncing publicly, to his own detriment many times, the Japanese actions, and little else. The British strategy, in fact, favored Japan with respect to China, although it tried to achieve the squaring of the circle trying to appease the Chinese and the Americans without awakening suspicions among the Japanese and defending at the same time the League of Nations.
Still today, it is debated whether Chamberlain sincerely believed that he was gaining time by giving part of Czechoslovakia to Hitler, or that he had taken a crucial step to ensure “peace for our time.” Nor can we be sure whether the missed opportunity to fight Hitler in the summer of 1938 was better than the one that was presented the following year, when the war had to be waged anyway, and if an attitude of resistance towards Czechoslovakia could have taken place. translated into the fall of Hitler by means of an internal coup. The most probable hypothesis is in both cases negative: that a better occasion was not lost, and that Hitler would not have been overthrown from within. In all probability, Czechoslovakia would have been invaded quickly, as indicated by the combat drills, and Britain and France would have had to acknowledge a fait accompli or they would have been involved in the war from a weaker initial position from the point of view military in 1939. In either case, the armed triumph of the German power would have been a clear possibility.
Hitler knew nothing of the momentous deliberations carried out by the British War Cabinet during the last week of May. Only after the immediate rejection by the British Government of its definitive, lukewarm “offer of peace” in its speech before the Reichstag on July 19, after its victory over the French, was it clear that Great Britain was absolutely determined to rule out any possibility of a negotiated end to the war. It was then, with the British Army back home safe and sound, that some exploratory steps were taken in London and Washington to plan essential US aid. Hitler had to face his own crucial decision. And this would not be long in coming.

With Russia crushed, Britain’s last hope would be shattered. Then Germany would be the owner of Europe and the Balkans. Decision: The destruction of Russia must therefore become part of this struggle. Spring of 1941 […]. If we started in May 1941, we would have five months to finish the job. ” With these surprising words Adolf Hitler announced his generals, with whom he was meeting on July 31, 1940 in his refuge in the Alps, the Berghof, in the mountains that dominated the city of Berchtesgaden, his most crucial decision of all the Second World War. A decision that marked the beginning of the bloodiest conflict in history, a titanic struggle in Eastern Europe that would claim the lives of more than thirty million Soviet and German citizens and subject vast territories to unprecedented devastation.
In the real world of Hitler, and not in a counterfactual world of fantasy and imagination, it seems clear that no opportunity was missed in 1940. Considering the leaders that Germany had, that is the real reason why the country was facing A strategic dilemma in summer and autumn of 1940, the attack on the Soviet Union was actually the only open road. It was Hitler’s decision, but he was not the only one responsible, as some post-war apologetics have argued. The responsibility goes far beyond Hitler and extends to many people. The military elite of the regime, although with broad support from other groups of power and within the German population, had supported the policies of a leader who had led Germany to a bid for world hegemony with a very unfavorable outlook. long term for her and without any “escape clause”. In 1940, the only option for Hitler, unable as it was to end the war, and for the regime that had contributed to place him where he was, was to bet even more, to give, as always, a bold step forward, a movement that it could fall on the Russians “like a storm of hail” and cause the world to “hold its breath”. It was crazy, but it did not lack method.

Another bloody war was being waged in the Far East. It had begun in July 1937, more than two years before the European war, and in the course of it the Japanese troops had committed atrocities against the Chinese civilian population that competed in brutality with those suffered by the Poles at the hands of the conquerors Germans since the autumn of 1939. The “China incident,” as the Japanese invariably called the war with that country, was completely independent of the European conflict that began with the German invasion of Poland on September 1, 1939. However, the interests of the European “great powers” and the United States in China made that bitter conflict inevitably had serious international implications from the beginning.
There was still no end to that war when, in the spring of 1940, the German offensive in the west penetrated the Netherlands and France and brought Great Britain to the brink of disaster. It was in the heat of Hitler’s astonishing military triumphs in Western Europe that Japan, in its eagerness to exploit the weakness of those countries, took the crucial decisions to expand into Southeast Asia (where Great Britain, France and the Netherlands retained important possessions). colonial) and to formalize a pact with the powers of the Axis, Germany and Italy. In doing so, in the course of those crucial months, Japan chose alternatives that greatly increased the risk of ending up intervening in an armed conflict not only with the European powers, but also with the United States.
The aspirations of Japan to become a great power in East Asia, with all the pomp of a colonial empire and an increased international prestige. Such ambitions went back to the nineteenth century, when Japan, under the Emperor Meiji, was in the midst of an accelerated process of modernization, trying to adapt Western methods to Japanese culture. The wars against China in 1894 – 1895 and Russia in 1904 – 1905, in both cases initiated by the Japanese, had given the Japanese country the position of a dominant power in the Far East. Within the Asian continent, the Japanese successes were often interpreted as blows against the domination of the region by Westerners. But in reality, Japan was laying the foundations of its own imperial struggle for hegemony. He had already seized Korea, Taiwan and the southern part of Sakhalin Island and enjoyed leasehold rights and a stretch of just over a kilometer of railroad in southern Manchuria. He had also obtained, in 1901, the right to maintain troops in Beijing and other cities in China, in principle to protect diplomats and the minority population in those areas.

Trying to obtain quick benefits, Italy had plunged into a war that was going to bring misery, destruction and suffering without a story to the country, which would end up culminating in the overthrow of the fascist regime in 1943, the reorientation of loyalty in favor of the Allied side in the autumn of that year and a few bitter months of brutal German occupation in the northern regions before the total defeat of the Third Reich put an end to that suffering. As for Mussolini, the decisions to enter the war in June 1940 and to invade Greece after a few months would eventually lead to his departure from power and then his spectacular rescue of prison and his restoration as puppet ruler of Germany. But finally he ended up paying the price when at the end of April 1945 he and his lover, Claretta Petacci, were captured and executed by partisans on the shores of Lake Como. Their bodies were then hung from a beam at a gas station, with once glorified leader insulted now in death by a vociferous crowd.
It was Mussolini himself who took the crucial decisions that led Italy to enter the war and then embark on the disastrous invasion of Greece. There is no doubt about that.
After the war in Abyssinia, the alignment with Germany through the constitution of the Axis, the participation of Italy in the Spanish Civil War, the role played by Mussolini as mediator in the Munich Pact and the annexation of Albania were clear indicators that the development The policy on foreign affairs had gradually become direct and personal competence of the Duce, seconded and instigated by Ciano. In matters of war and peace, decision-making had by then acquired a highly personalistic tone. The discussion was not part, it was said, of the “fascist style.” Unforeseen decisions reflected “Napoleonic” qualities. In March 1938, Mussolini demanded equal status with the king as supreme commander of the Armed Forces.
The main responsibility of the Greek defeat lies entirely in Mussolini, we can not attribute absolutely all the blame to the dictator. Churchill’s declaration in December 1940 that “one man and only one man” had brought Italy “to the terrible edge of ruin” was wartime rhetoric, not rationale. Other sectors of the power elite of the fascist regime were at least accomplices in the decision. After all, the fascist model of government had developed over many years a system that not only turned the leader into a cult figure, but had placed decision-making entirely in his hands, denying any responsibility for decisions to any lower level. That system, politically flawed, had rewarded at the same time, as in the parallel case of Nazi Germany, submission, servility, docility and adulation. In addition, all forms of political organization did not go beyond being a pure facade: representative bodies in appearance, but in reality mere vehicles of propaganda and leader’s acclaim. Obviously, in a system based on the divide and conquer, and in which professional promotion and material gratification depended on the favor of the dictator, it was impossible to build an organized opposition in practice. The Duce had heard so many times to say that it was infallible that he ended up believing the compliments. Others accepted, by flattery or cynicism, the rules of the political game.

Roosevelt was telling the listeners what they wanted to hear. By the end of September, 83 percent of those surveyed in a public opinion poll had supported the option of staying out of the war against Germany and Italy. Helping the British, who were in real trouble since the Allies’ catastrophic defeat at the hands of the Wehrmacht in May and June, adopting measures that did not involve resorting to war was another matter altogether. However, only 34.2 per cent of Americans supported in August 1940 that something more was done to help Great Britain in its fight against Germany.
The British war campaign of that terrible summer had received a moral boost of vital importance thanks to the confidence that the United States would soon join the fight against Hitler’s Germany.
Roosevelt never considered bringing the United States to war. If they had tried, it would not have taken them long to remind him in the most forceful way (and not only the isolationists) of his explicit commitment, made in his speech in Boston in October 1940 during the campaign for his re-election, that he would not send American troops to the United States. fight in a foreign war. In any case, regardless of the climate of opinion prevailing in the country, he knew perfectly well that he had no chance to convince Congress to issue a declaration of war.
The interventionists from the interior of the country, including some of Roosevelt’s closest advisers, and of course many British, became desperate and critical of the American resistance to entering the war. But the president’s caution, although exasperating, had a reason to be. Roosevelt managed, above all, to take the country with him in his careful advance towards the other side of the tightrope. When the war finally arrived – as a result of the aggression at the hands of hostile forces and not of direct action by the president – that circumstance proved crucial.

What Stalin expected in the first phase of the European war was that Western democracies, on the one hand, and Nazi Germany, on the other, would end up weakening each other, and that their struggle would end in a stalemate. What worried him was that both sides would at some point reach an agreement and end up coming together against the Soviet Union. The hope dissipated before the rapidity with which the German victory in the west took place in May and June of 1940; the concern, on the other hand, increased markedly.
The rapidity of the fall of France caught the Soviet leaders totally by surprise. Now all the calculations had to be reviewed. With Western Europe prostrate at the feet of Hitler, with the exception of Great Britain (and how long was it going to resist before being conquered or, what was more probable, before capitulating and joining the German side, as it had been forecasting from the beginning? time?), the Soviet Union was more exposed than ever. Stalin became aware of the situation immediately.
Ultimately, such errors were those of a system based on a highly personalized government. “Stalin was the greatest authority for all of us, and it never occurred to anyone to question his opinion and his perception of the situation,” Zhukov later commented. In a climate of fear and flattery, in which paranoid phobias, the sense of infallibility in the trial, the limitations of military strategy and the implacable arbitrariness of a single individual had become decisive structural components of the Soviet system There could be no rectifications to the options chosen by Stalin. Flattery, at all levels, was endemic. The Politburo paid homage to its Leader. In general, the military was not very different and, when they expressed a reservation, they were intimidated into submission. The refusal of the Soviet dictator to accede to the demands of his commanders, presented only about a week before the invasion, to put the troops on the warpath in better defensive positions was symptomatic of a system in which reason had lost the north.

After all, in the face of the accumulation of self-deceptions and illusions of which he was a victim, his options could be reduced to a simple decision: was he going to do everything imaginable to prepare the Soviet Union for the war with Germany in 1941 (which he could not discarded from an objective point of view) or was going to persist in his conviction (with the risks that entailed) that the conflict could be postponed until 1942? In other words, did you prefer to work on the basis of the worst or best possible scenario? The answer is obvious. This was undoubtedly a crucial decision. And yet, the road to her had not followed a straight line. Not even from a distance can we be sure of the most favorable direction to take at the decisive crossroads. What can be clearly seen is that the options chosen by Stalin exposed him to disaster. The amazing recovery after that disaster is another story.

The Victoria Program recommended “contain Japan waiting for future events.” At the end of November 1941 these future events were not going to wait much longer. Messages intercepted by Japanese diplomatic intelligence informed the White House that Japan’s aggression was imminent. Roosevelt had hoped to take the United States to the edge of the abyss in the Atlantic, but not beyond, and keep Japan at bay. But those hopes broke into pieces with the bombs that fell on the American ships anchored far away, in the South Pacific, on the sunny morning of December 7, 1941.
The events of that morning were no doubt fatal from the American perspective. But Roosevelt, who had put all his efforts into postponing direct participation in that growing global conflict while preparing for it, was at last an incident capable of leading a people united to the war.
Ironically, when that terrible war ended, Japan found itself in a position still more economically dependent on the United States than could be anticipated before the conflict, deprived of its category of great power and stripped of its military capacity. However, over time, I would end up enjoying an unimaginable prosperity for the citizens of the country in the midst of the turbulent and turbulent interwar period.

The decision to declare war on the United States, Warlimont recalled, “was another completely independent decision about which neither the advice of the Wehrmacht had been requested nor offered; as a result, we were now facing a war on two fronts in the worst situation imaginable. Hitler’s war plan had until then been aimed at the rapid elimination of Russia as a “factor of military importance” in order to subsequently use the concentrated force of the Wehrmacht to end the war in the west. Now the most that could be aspired was to get rid of being crushed between the two enemies in the east and west, whose combined war potential was vastly superior to ours. ” Warlimont thought that Hitler was “literally hypnotized by his own image of the political situation and did not adequately take into account the military consequences”.
The entry of the United States into the war at the end of 1941 significantly tipped the balance. The American power, added to the British forces in the west and the implacable steamroller of the Red Army in the east, would eventually crush Germany. However, in December 1941 the essence of the German bid for world power was already lost in any case. That’s what Churchill believed, or at least that’s what he said a posteriori. And it seems that, for the first time, Hitler himself briefly considered in the autumn of 1941 the possibility of defeat by pointing out (something about what he would return to when faced with the catastrophe of the beginning of 1945) that if in the end the German people it did not prove to be strong enough, Germany deserved to succumb and be destroyed by a power that was more powerful.
Hitler anticipated that inexorable fact by declaring war itself. It was an attempt, very characteristic of him, to recover the initiative through decisive action, but for the first time an action of his was doomed to failure at birth.

The decision to kill the Jews arose from the previous objective, absolutely intrinsic to Nazism, of “eliminating them”. Hitler did not lose this aim of sight at any time since 1919. At first, it did not mean to annihilate them physically, although that meaning was potentially, and with the passage of time literally, contained in the expression. In this sense, the purpose of “elimination” was proto-genocide. Only the “successful” expulsion (from the Nazi perspective) of the Jews of Germany before the war began would have impeded the logical advance towards the genocide of these Jews. But even in that case, the Nazi leadership’s plans for expansion through conquest would inevitably have led – as it did in reality – to huge numbers of new Jews falling into the grip of the Third Reich. It was impossible to “eliminate” those Jews without resorting to genocide, although this had already been achieved to a large extent by the deliberately imposed havoc of forced labor, malnutrition and disease. Only by avoiding war (a possibility ruled out by the policy of appeasement), overthrowing Hitler from within (an alternative that was not desired by the German elites) or quickly defeating Hitler’s Germany in the early stages of the war (something completely impossible in military terms) could have prevented that outcome. For the rest, the only alternative way to rid the Jews of their terrible fate would have been for better prepared Soviet defenses to have repelled the German invasion, thus imposing a negotiated peace agreement, perhaps no longer Hitler in power. Stalin’s stubbornness made that option impossible.
The aggressiveness of Germany was the main cause of Europe’s second foray into a war over the course of a generation. And it was also the main trigger, in the summer of 1940, of the spiral of events.
Behind that aggressiveness there was an ideological “mission” embodied by the figure of Adolf Hitler. And as an inherent element of that mission was the “elimination” of the Jews. In this sense, the Nazi war against the Jews was a central and inseparable component of the Second World War, the most colossal massacre the world has ever known.

A thing is sure, the leaders of Germany and Japan had created a world that was the absolute antithesis of everything they had fought for. The cost had been truly colossal, but it had been worth paying to see that the world that Germans and Japanese had wished would never come to exist.

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