Tierra Negra (El Holocausto Como Historia Y Advertencia) — Timothy Snyder

El autor analiza las calamidades de los habitantes de Europa Oriental desplazando su interés desde la población general a la población judía y extendiendo el marco territorial desde Europa del Este al conjunto de la Europa ocupada. En su estudio llega a muy interesantes conclusiones acerca de las características del antisemitismo nazi y acerca de cómo distintas características de los regímenes políticos de los territorios ocupados llevaran a muy diferentes consecuencias para la población judía que en ellos vivía. Así, por ejemplo, la población judía de Estonia pereció en su casi totalidad, mientras que la de Dinamarca sobrevivió casi completamente.
El único pero que ponemos al libro es que a veces se repite en exceso pero eso quizás sean apreciaciones del lector, sin duda un libro a destacar de lo cual no cabe género de posible duda.

El pensamiento de Hitler era ecológico: veía a los judíos como una herida de la naturaleza. Una historia así debe ser colonial, ya que Hitler deseaba guerras de exterminio en las tierras vecinas donde habitaran judíos. Debe ser internacional, puesto que no fueron sólo los alemanes los que asesinaron a judíos y no ocurrió sólo en Alemania, sino también en otros países. Debe ser cronológica, en el sentido de que al ascenso al poder de Hitler en Alemania, que es sólo una parte de la historia, le siguió la conquista de Austria, Checoslovaquia y Polonia, acontecimientos que reformularon la Solución Final. Debe ser política, en sentido específico, ya que la destrucción alemana de los Estados vecinos creó zonas donde, en particular en la Unión Soviética ocupada, pudieron inventarse técnicas de aniquilación. Debe ser multifocal, y proporcionar nuevas perspectivas más allá de las de los propios nazis, emplear fuentes de todos los bandos, judíos y no judíos, y de todas las zonas de la masacre. No se trata sólo de una cuestión de justicia, sino de comprensión. Un dictamen así también debe ser humano: debe registrar tanto el intento por sobrevivir como el intento por asesinar, describir tanto a los judíos que trataban de vivir como a los pocos no judíos que intentaban ayudarlos, aceptar la complejidad innata e irreductible de los individuos y las relaciones.
Una historia del Holocausto debe ser contemporánea: debe permitirnos experimentar lo que queda de la época de Hitler en nuestras mentes y en nuestras vidas. La cosmovisión de Hitler no provocó el Holocausto por sí sola, pero su coherencia oculta generó nuevos tipos de política destructiva y nuevos conocimientos sobre la capacidad humana para la masacre. La combinación exacta de ideología y circunstancias del año 1941 no volverá a producirse, pero tal vez sí algo parecido. En consecuencia, el esfuerzo por comprender el pasado pasa en parte por hacer el esfuerzo necesario para comprendernos a nosotros mismos. El Holocausto no es sólo historia, sino advertencia.

-La cosmovisión de Hitler rechazaba las tradiciones religiosas y seculares, aunque también dependía de ellas. Aunque no fuese un pensador original, aportó una solución concreta a una crisis tanto de pensamiento como de fe. Como muchos antes que él, intentó acercar el uno a la otra. Lo que tramaba, sin embargo, no era una síntesis elevada que salvase tanto al alma como a la mente, sino una colisión irresistible que destruyese a ambas. La ciencia, en teoría, validaba la lucha racial de Hitler, aunque él llamase a su objeto «el pan de cada día». Con estas palabras, evocaba uno de los textos cristianos más famosos, a la vez que alteraba profundamente su significado.
-La manera en que Hitler presentaba la amenaza judía revelaba su particular amalgama de ideas religiosas y zoológicas. Si el judío triunfa, escribió Hitler, «entonces la corona de su victoria será la corona fúnebre de la especie humana». Por un lado, la imagen de Hitler de un universo sin seres humanos aceptaba el veredicto de la ciencia sobre un planeta antiguo en el que la humanidad había evolucionado. Tras la victoria judía, escribió, «la Tierra retomará una vez más su camino a través del universo completamente despoblada, como ocurrió hace millones de años». Al mismo tiempo, como dejó claro en el mismo pasaje de Mi lucha, esa vieja Tierra de razas y exterminio era la creación de Dios. «Por lo tanto, creo actuar de acuerdo con los deseos del Creador. En la medida en que domine a los judíos, estaré defendiendo la obra del Señor.
-Hitler admitía que los científicos y especialistas tenían su finalidad dentro de la comunidad racial: fabricar armamento, desarrollar las comunicaciones, mejorar la higiene. Las razas más fuertes debían tener mejores armas, mejores radios y mejor salud, lo mejor para dominar a los más débiles. Para él, esto representaba el cumplimiento del mandato de la naturaleza, la lucha, no una violación de sus leyes. Los avances técnicos probaban la superioridad racial, no la evolución del conocimiento científico general. «Todo lo que hoy admiramos en este planeta –escribió Hitler–, la erudición y el arte, la tecnología y las invenciones, no son más que el producto creativo de unos pocos pueblos, y puede que, originariamente, de una sola raza.» Ninguna raza, por muy avanzada que fuera, podía cambiar la estructura básica de la naturaleza mediante ninguna innovación. La naturaleza sólo tenía dos variantes: el paraíso, donde las razas superiores masacran a las inferiores, y el abismo, donde unos judíos sobrenaturales les niegan a las razas superiores la recompensa que merecen y, si pueden, los matan de hambre.
-En la ecología de Hitler, el planeta había sido saqueado por la presencia de los judíos, que desafiaban las leyes de la naturaleza mediante la introducción de ideas que corrompían. La solución pasaba por exponer a los judíos a una naturaleza purificada, un lugar en el que importase más la lucha encarnizada que el pensamiento abstracto, en el que los judíos no pudiesen manipular a nadie con sus ideas porque no habría nadie con ellos. Los exóticos escenarios que Hitler imaginaba para la deportación de los judíos, Madagascar y Siberia, nunca caerían en manos alemanas. Sin embargo, sí que lo haría gran parte de Europa. No mucho tiempo después de que Hitler publicase sus ideas sobre el pan de cada día y el mandamiento de la autopreservación, los europeos obligaban a los judíos a rezar el Padre Nuestro y los mataban si no lo hacían. La propia Europa se convirtió en el antijardín, un paisaje con trincheras.

El mito judeobolchevique proporcionaba una imagen del enemigo, no una política exterior. El Lebensraum era una manera de entender el imperio, no una estrategia militar. El problema para Hitler, el ideólogo, era que ni la política alemana ni los Estados vecinos ni el orden europeo podían borrarse de un plumazo.
La cuestión del asentamiento de los judíos europeos concernía a toda Europa, y en este contexto Polonia se situaba en algún lugar entre los nazis (los judíos debían ser eliminados y la emigración parecía la manera más práctica de lograrlo) y los sionistas (los judíos tenían derecho a un Estado propio que tendría que fundarse en una colonia existente).
El debate acerca de dónde debían asentarse los judíos europeos llevaba abierto desde el siglo XIX, y políticos e ideólogos de tendencias muy diversas proponían los mismos lugares. En 1885 el antisemita Paul de Lagarde (en realidad un alemán llamado Bötticher) introdujo en el debate la isla de Madagascar, una colonia francesa en el océano Índico frente a la costa sureste africana. La idea se recibió con mayor o menor hostilidad o simpatía. Tenía partidarios en el Reino Unido y, naturalmente, entre los alemanes, incluida la élite nazi. Sólo en francés podía decirse «Madagassez les Juifs», pero no todos los franceses que se planteaban la idea eran enemigos de los judíos. Algunos sionistas también consideraron la opción de Madagascar, aunque la mayoría la rechazaron.
La política de Hitler sobre la cuestión judía obligó a todas las potencias a posicionarse en relación con el futuro de Palestina. En torno a ciento treinta mil alemanes judíos emigraron durante los años posteriores al ascenso al poder de Hitler y unos cincuenta mil de ellos se establecieron en Palestina. Su llegada redujo la ventaja demográfica de los árabes locales, que solían considerar la región parte de una patria propia más extensa. Pensando que una migración judía prolongada podría conducir al éxito del sionismo, los líderes árabes organizaron acciones políticas: primero se produjeron revueltas en abril de 1936, después se formaron comités de huelga y se convocó una huelga general que se prolongó hasta octubre. Esto convirtió 1937 en el momento de la verdad para los Estados europeos con interés declarado por el futuro de Palestina: Reino Unido, la Alemania nazi y Polonia.

El primer encontronazo entre las políticas alemana y polaca con relación a los judíos no se produjo en Europa, sino en Asia. La opresión nazi provocó la emigración de judíos alemanes a Palestina, lo que desencadenó las revueltas árabes que radicalizaron el sionismo de derechas y dieron lugar a una nueva opción para la política internacional de Polonia: apoyar al Irgún.
El Estado polaco tenía que ser destruido porque en 1939 Hitler estaba furioso e impaciente y no tenía una forma mejor de aproximarse a la frontera soviética que borrar del mapa el país que se interponía entre ambos. Hitler estaba dotado de una ideología que le permitía prever la destrucción de Estados en nombre de la naturaleza y tenía a su disposición un ejército y unos cuerpos especiales imponentes cuya misión fundamental era la destrucción de las instituciones para posibilitar la guerra racial. Las SS y los Einsatzgruppen empezaron cometiendo asesinatos a gran escala en Polonia –pero su principal objetivo eran las élites polacas, no los judíos.
Los judíos, que no eran vistos como una raza, debían ser eliminados del entorno en su totalidad. El nuevo desgobierno alemán se materializó de la forma más chocante con la expulsión de judíos de sus hogares y su envío a guetos en las ciudades. Para los alemanes, los guetos eran depósitos contenedores donde concentraban a los judíos antes de su deportación a algún lugar exótico donde la naturaleza seguiría su rumbo.

La lección que Hitler había aprendido de los Balcanes: la política interior no existe como tal, ya que todo nace del enfrentamiento con un enemigo extranjero determinado, de manera que «lo interior» se definía como aquello que debía manipularse para destruir lo «exterior». Alemania no tenía contenido en sí misma, y el concepto de pueblo, Volk, existía para convencer a los propios alemanes de que se precipitaran a su destino homicida como raza. El pueblo sólo era aquello que se demostraba a sí mismo, algo que, sin lucha, no era nada.
Más allá de la propia manipulación, la política no tenía objeto o sujeto. Únicamente existía la oscuridad que se consuma cuando mentes de talento, como la de Schmitt, encubren el mal con la insensatez. Al tiempo que Alemania desmantelaba Austria y Checoslovaquia, la Unión Soviética ocupaba y se anexionaba Lituania, Letonia y Estonia, y ambas destrozaban juntas Polonia, Schmitt preparaba la teoría jurídica de la no estatalidad, que nacía del axioma de que el derecho internacional no emana de las normas, sino del poder. Las reglas sólo son interesantes en la medida en que revelan quién puede establecer las excepciones a las mismas. Para Schmitt, «el obsoleto derecho internacional entre Estados» era una farsa, ya que lo único importante era quién podía destruirlos. Si Alemania seguía a su Führer e ignoraba «el concepto vacío de territorio estatal», el poder alemán se extendería hasta sus fronteras naturales. El resultado sería una «tierra dividida con sensatez.
Dondequiera que el Estado había sido destruido, ya fuese por los alemanes, por los soviéticos o por ambos, casi todos los judíos fueron asesinados. El Holocausto dio comienzo bajo la forma de campañas de ejecución masiva en tierras donde el Estado había sido destruido por partida doble en una rápida sucesión, primero el Estado nación anterior a la guerra a manos de los soviéticos, y después el aparato soviético a manos de los alemanes. Las técnicas desarrolladas en la zona de doble no estatalidad –el reclutamiento de sus habitantes, el uso de múltiples instituciones alemanas, las ejecuciones públicas– también se aplicaron más al este, hasta llegar a todos los rincones donde se extendía el dominio alemán. En la Polonia occidental y central, donde los alemanes habían estado presentes desde septiembre de 1939, aunque la matanza de judíos no empezase hasta dos años después, se aplicaron otras técnicas: cámaras de gas secretas, deportaciones desde los guetos o cazas de judíos. Para los judíos de los Estados bálticos, la Polonia oriental y la Unión Soviética, se emplearon balas y fosas; para los judíos de la Polonia central y occidental, fueron gases de escape y hornos.
El destino de la mayoría de los judíos que quedaban en Europa era un lugar llamado Auschwitz.

Auschwitz es el símbolo de la voluntad de asesinar a todos los judíos que se encontraran bajo dominio alemán. En sus cámaras de gas murieron judíos de todos los rincones del imperio alemán. Algunos sobrevivieron a Auschwitz; después de todo, era un complejo que incluía campos de concentración y de exterminio, donde los judíos eran seleccionados para trabajar a medida que llegaban. Existe, por lo tanto, una historia de la supervivencia en Auschwitz que puede ser registrada y entrar a formar parte de nuestra memoria colectiva. Prácticamente ningún judío sobrevivió a las fosas de fusilamiento, ni a Treblinka, Bełżec, Sobibor o Chełmno. La palabra «Auschwitz» se ha convertido en la representación del Holocausto en su conjunto, aunque la gran mayoría de los judíos ya habían sido asesinados, muchos más al este, para cuando Auschwitz se convirtió en uno de los principales campos de exterminio. Y mientras que Auschwitz se recuerda, la mayor parte del Holocausto ha caído en el olvido.
Después de la Segunda Guerra Mundial, Auschwitz fue un símbolo relativamente útil para Alemania, pues reducía de forma significativa el alcance exacto del mal causado.
Durante la invasión de la Unión Soviética en 1941, lanzada precisamente desde estos territorios, los alemanes se habían apropiado de muchos caballos, dado que incluso el ejército de la afamada Blitzkrieg se movía principalmente tirado por caballos. Cuando la Operación Barbarroja no salió según lo planeado y los alemanes se vieron obligados a enviar al frente a varios millones más de sus propios jóvenes, optaron por sustituir la mano de obra que se perdía en Alemania por hombres y mujeres de Europa del Este. Al principio esto se llevó a cabo mediante reclutamiento, después mediante levas, y por último mediante mortíferas campañas. A medida que millones de polacos, ucranianos, bielorrusos y rusos eran llevados a Alemania, la población del país se hacía cada vez más eslava, tanto como no lo era desde la Edad Media. Esto provocó una gran carencia de mano de obra en Europa del Este, y la desesperación de incontables familias necesitadas de ayuda en los campos de cultivo y de pastoreo. Cientos de niños judíos, quizá miles, sobrevivieron porque las familias campesinas necesitaban trabajadores; en su mayoría se trataba de huérfanos.

Describir a Hitler como un antisemita o un racista antieslavo es subestimar el potencial de las ideas nazis: sus ideas sobre los judíos y los eslavos no eran prejuicios extremistas por casualidad, sino más bien emanaciones de una cosmovisión coherente que contenía el potencial para cambiar el mundo. Su refundición de la política y la ciencia le permitían plantear los problemas políticos como si fuesen científicos y los científicos, como políticos. De ese modo se situaba en el centro del círculo e interpretaba todos los datos en función de su proyecto de un mundo perfecto de derramamiento de sangre racial que sólo se veía corrompido por la influencia humanizadora de los judíos. Mediante la presentación de los judíos como un defecto ecológico responsable de la discordia en el planeta, Hitler canalizó y personalizó las tensiones inevitables de la globalización. La única ecología sensata consistía en eliminar a un enemigo político; la única política sensata consistía en purificar la Tierra.
El cambio climático como problema local puede provocar conflictos locales; el cambio climático como crisis global podría plantear la exigencia de víctimas globales. En las dos últimas décadas, el continente africano ha proporcionado algunos indicios sobre cómo serán estos conflictos locales y pistas sobre cómo podrían convertirse en globales. Se trata de un continente de Estados débiles. En condiciones de hundimiento del Estado, las sequías pueden provocar cientos de miles de muertes a causa del hambre, como sucedió en Somalia en 2010. El cambio climático también puede aumentar la probabilidad de que los africanos encuentren razones ideológicas para matar a otros africanos en épocas de aparente escasez. En el futuro, África podría convertirse también en el escenario de una competición global por la obtención de alimentos, quizás acompañada de justificaciones ideológicas globales.
África formaba parte del pasado colonial alemán cuando Hitler llegó al poder. La conquista de África fue la última etapa de la primera globalización de la época en que Hitler era un niño. Fue en el África subsahariana donde los alemanes y otros europeos volvieron a aprender sus lecciones sobre la raza. Ruanda es un artefacto resultante de la contienda y posterior desbandada de Europa en África en general y en el África Alemana Oriental en particular. La división de su población en los clanes de los hutus y los tutsis representaba el típico método europeo de gobierno: favorecer a un grupo con el fin de gobernar al otro. No tenía ni mayor ni menor sentido que la idea de que los polacos y los ucranianos pertenecían a una raza distinta que los alemanes, o de que se debía reclutar a los eslavos de los campos de concentración para que colaborasen en la matanza de los judíos.
La popular idea de que los mercados libres son naturales es consecuencia de la fusión de la ciencia y la política. El mercado no es la naturaleza; depende de la naturaleza. El clima no es un producto con el que se pueda comerciar, sino más bien una condición previa a la actividad económica como tal. La defensa del «derecho» a destruir el mundo en nombre de los beneficios de unos pocos revela un importante problema conceptual. Los derechos implican limitaciones. Cada persona es un fin en sí mismo; la importancia de una persona no se agota por lo que otra persona quiera de ella. Los individuos tienen derecho a no ser definidos como elementos de una conspiración planetaria o una raza condenada, tienen derecho a que sus países de origen no se definan como hábitats, tienen derecho a que no se destruyan sus sistemas de gobierno.
La pluralidad, por lo tanto, atañe en definitiva al tiempo. Cuando carecemos de una sensación de pasado y futuro, percibimos el presente como una plataforma inestable, una base incierta para la acción. Resulta imposible comprometerse con la defensa de los Estados y los derechos si nadie aprende del pasado ni cree en el futuro. Tener conciencia de la historia permite el reconocimiento de las trampas ideológicas y genera escepticismo sobre las exigencias de acción inmediata porque de repente todo haya cambiado. Confiar en el futuro puede hacer que el mundo parezca algo más que, en palabras de Hitler, «la superficie de una esfera medida con precisión». El tiempo, la cuarta dimensión, puede hacer que las tres dimensiones del espacio parezcan menos claustrofóbicas. Confiar en la durabilidad constituye el antídoto contra el pánico y el bálsamo de la demagogia.

Hemos cambiado menos de lo que creemos. Nos gusta nuestro espacio vital, fantaseamos con la destrucción de los gobiernos, denigramos la ciencia, soñamos con una catástrofe. Si pensamos que somos víctimas de alguna conspiración planetaria, nos acercamos poco a poco a Hitler. Si creemos que el Holocausto fue el resultado de las características
inherentes de los judíos, los alemanes, los polacos, los lituanos, los ucranianos o cualquier otro grupo, nos movemos en el mundo de Hitler.
Comprender el Holocausto es nuestra oportunidad, quizá la última, de preservar la humanidad, lo que no es suficiente para sus víctimas. Ninguna acumulación del bien, por enorme que sea, anula un mal; ninguna salvación del futuro, por mucho éxito que tenga, anula un asesinato en el pasado. Quizá sea cierto que salvar una vida sea salvar el mundo, pero lo contrario no es cierto: salvar el mundo no restituye la pérdida ni de una sola vida.

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