Tierra Negra (El Holocausto Como Historia Y Advertencia) — Timothy Snyder / Black Earth: The Holocaust as History and Warning by Timothy Snyder

El autor analiza las calamidades de los habitantes de Europa Oriental desplazando su interés desde la población general a la población judía y extendiendo el marco territorial desde Europa del Este al conjunto de la Europa ocupada. En su estudio llega a muy interesantes conclusiones acerca de las características del antisemitismo nazi y acerca de cómo distintas características de los regímenes políticos de los territorios ocupados llevaran a muy diferentes consecuencias para la población judía que en ellos vivía. Así, por ejemplo, la población judía de Estonia pereció en su casi totalidad, mientras que la de Dinamarca sobrevivió casi completamente.
El único pero que ponemos al libro es que a veces se repite en exceso pero eso quizás sean apreciaciones del lector, sin duda un libro a destacar de lo cual no cabe género de posible duda.

El pensamiento de Hitler era ecológico: veía a los judíos como una herida de la naturaleza. Una historia así debe ser colonial, ya que Hitler deseaba guerras de exterminio en las tierras vecinas donde habitaran judíos. Debe ser internacional, puesto que no fueron sólo los alemanes los que asesinaron a judíos y no ocurrió sólo en Alemania, sino también en otros países. Debe ser cronológica, en el sentido de que al ascenso al poder de Hitler en Alemania, que es sólo una parte de la historia, le siguió la conquista de Austria, Checoslovaquia y Polonia, acontecimientos que reformularon la Solución Final. Debe ser política, en sentido específico, ya que la destrucción alemana de los Estados vecinos creó zonas donde, en particular en la Unión Soviética ocupada, pudieron inventarse técnicas de aniquilación. Debe ser multifocal, y proporcionar nuevas perspectivas más allá de las de los propios nazis, emplear fuentes de todos los bandos, judíos y no judíos, y de todas las zonas de la masacre. No se trata sólo de una cuestión de justicia, sino de comprensión. Un dictamen así también debe ser humano: debe registrar tanto el intento por sobrevivir como el intento por asesinar, describir tanto a los judíos que trataban de vivir como a los pocos no judíos que intentaban ayudarlos, aceptar la complejidad innata e irreductible de los individuos y las relaciones.
Una historia del Holocausto debe ser contemporánea: debe permitirnos experimentar lo que queda de la época de Hitler en nuestras mentes y en nuestras vidas. La cosmovisión de Hitler no provocó el Holocausto por sí sola, pero su coherencia oculta generó nuevos tipos de política destructiva y nuevos conocimientos sobre la capacidad humana para la masacre. La combinación exacta de ideología y circunstancias del año 1941 no volverá a producirse, pero tal vez sí algo parecido. En consecuencia, el esfuerzo por comprender el pasado pasa en parte por hacer el esfuerzo necesario para comprendernos a nosotros mismos. El Holocausto no es sólo historia, sino advertencia.

-La cosmovisión de Hitler rechazaba las tradiciones religiosas y seculares, aunque también dependía de ellas. Aunque no fuese un pensador original, aportó una solución concreta a una crisis tanto de pensamiento como de fe. Como muchos antes que él, intentó acercar el uno a la otra. Lo que tramaba, sin embargo, no era una síntesis elevada que salvase tanto al alma como a la mente, sino una colisión irresistible que destruyese a ambas. La ciencia, en teoría, validaba la lucha racial de Hitler, aunque él llamase a su objeto «el pan de cada día». Con estas palabras, evocaba uno de los textos cristianos más famosos, a la vez que alteraba profundamente su significado.
-La manera en que Hitler presentaba la amenaza judía revelaba su particular amalgama de ideas religiosas y zoológicas. Si el judío triunfa, escribió Hitler, «entonces la corona de su victoria será la corona fúnebre de la especie humana». Por un lado, la imagen de Hitler de un universo sin seres humanos aceptaba el veredicto de la ciencia sobre un planeta antiguo en el que la humanidad había evolucionado. Tras la victoria judía, escribió, «la Tierra retomará una vez más su camino a través del universo completamente despoblada, como ocurrió hace millones de años». Al mismo tiempo, como dejó claro en el mismo pasaje de Mi lucha, esa vieja Tierra de razas y exterminio era la creación de Dios. «Por lo tanto, creo actuar de acuerdo con los deseos del Creador. En la medida en que domine a los judíos, estaré defendiendo la obra del Señor.
-Hitler admitía que los científicos y especialistas tenían su finalidad dentro de la comunidad racial: fabricar armamento, desarrollar las comunicaciones, mejorar la higiene. Las razas más fuertes debían tener mejores armas, mejores radios y mejor salud, lo mejor para dominar a los más débiles. Para él, esto representaba el cumplimiento del mandato de la naturaleza, la lucha, no una violación de sus leyes. Los avances técnicos probaban la superioridad racial, no la evolución del conocimiento científico general. «Todo lo que hoy admiramos en este planeta –escribió Hitler–, la erudición y el arte, la tecnología y las invenciones, no son más que el producto creativo de unos pocos pueblos, y puede que, originariamente, de una sola raza.» Ninguna raza, por muy avanzada que fuera, podía cambiar la estructura básica de la naturaleza mediante ninguna innovación. La naturaleza sólo tenía dos variantes: el paraíso, donde las razas superiores masacran a las inferiores, y el abismo, donde unos judíos sobrenaturales les niegan a las razas superiores la recompensa que merecen y, si pueden, los matan de hambre.
-En la ecología de Hitler, el planeta había sido saqueado por la presencia de los judíos, que desafiaban las leyes de la naturaleza mediante la introducción de ideas que corrompían. La solución pasaba por exponer a los judíos a una naturaleza purificada, un lugar en el que importase más la lucha encarnizada que el pensamiento abstracto, en el que los judíos no pudiesen manipular a nadie con sus ideas porque no habría nadie con ellos. Los exóticos escenarios que Hitler imaginaba para la deportación de los judíos, Madagascar y Siberia, nunca caerían en manos alemanas. Sin embargo, sí que lo haría gran parte de Europa. No mucho tiempo después de que Hitler publicase sus ideas sobre el pan de cada día y el mandamiento de la autopreservación, los europeos obligaban a los judíos a rezar el Padre Nuestro y los mataban si no lo hacían. La propia Europa se convirtió en el antijardín, un paisaje con trincheras.

El mito judeobolchevique proporcionaba una imagen del enemigo, no una política exterior. El Lebensraum era una manera de entender el imperio, no una estrategia militar. El problema para Hitler, el ideólogo, era que ni la política alemana ni los Estados vecinos ni el orden europeo podían borrarse de un plumazo.
La cuestión del asentamiento de los judíos europeos concernía a toda Europa, y en este contexto Polonia se situaba en algún lugar entre los nazis (los judíos debían ser eliminados y la emigración parecía la manera más práctica de lograrlo) y los sionistas (los judíos tenían derecho a un Estado propio que tendría que fundarse en una colonia existente).
El debate acerca de dónde debían asentarse los judíos europeos llevaba abierto desde el siglo XIX, y políticos e ideólogos de tendencias muy diversas proponían los mismos lugares. En 1885 el antisemita Paul de Lagarde (en realidad un alemán llamado Bötticher) introdujo en el debate la isla de Madagascar, una colonia francesa en el océano Índico frente a la costa sureste africana. La idea se recibió con mayor o menor hostilidad o simpatía. Tenía partidarios en el Reino Unido y, naturalmente, entre los alemanes, incluida la élite nazi. Sólo en francés podía decirse «Madagassez les Juifs», pero no todos los franceses que se planteaban la idea eran enemigos de los judíos. Algunos sionistas también consideraron la opción de Madagascar, aunque la mayoría la rechazaron.
La política de Hitler sobre la cuestión judía obligó a todas las potencias a posicionarse en relación con el futuro de Palestina. En torno a ciento treinta mil alemanes judíos emigraron durante los años posteriores al ascenso al poder de Hitler y unos cincuenta mil de ellos se establecieron en Palestina. Su llegada redujo la ventaja demográfica de los árabes locales, que solían considerar la región parte de una patria propia más extensa. Pensando que una migración judía prolongada podría conducir al éxito del sionismo, los líderes árabes organizaron acciones políticas: primero se produjeron revueltas en abril de 1936, después se formaron comités de huelga y se convocó una huelga general que se prolongó hasta octubre. Esto convirtió 1937 en el momento de la verdad para los Estados europeos con interés declarado por el futuro de Palestina: Reino Unido, la Alemania nazi y Polonia.

El primer encontronazo entre las políticas alemana y polaca con relación a los judíos no se produjo en Europa, sino en Asia. La opresión nazi provocó la emigración de judíos alemanes a Palestina, lo que desencadenó las revueltas árabes que radicalizaron el sionismo de derechas y dieron lugar a una nueva opción para la política internacional de Polonia: apoyar al Irgún.
El Estado polaco tenía que ser destruido porque en 1939 Hitler estaba furioso e impaciente y no tenía una forma mejor de aproximarse a la frontera soviética que borrar del mapa el país que se interponía entre ambos. Hitler estaba dotado de una ideología que le permitía prever la destrucción de Estados en nombre de la naturaleza y tenía a su disposición un ejército y unos cuerpos especiales imponentes cuya misión fundamental era la destrucción de las instituciones para posibilitar la guerra racial. Las SS y los Einsatzgruppen empezaron cometiendo asesinatos a gran escala en Polonia –pero su principal objetivo eran las élites polacas, no los judíos.
Los judíos, que no eran vistos como una raza, debían ser eliminados del entorno en su totalidad. El nuevo desgobierno alemán se materializó de la forma más chocante con la expulsión de judíos de sus hogares y su envío a guetos en las ciudades. Para los alemanes, los guetos eran depósitos contenedores donde concentraban a los judíos antes de su deportación a algún lugar exótico donde la naturaleza seguiría su rumbo.

La lección que Hitler había aprendido de los Balcanes: la política interior no existe como tal, ya que todo nace del enfrentamiento con un enemigo extranjero determinado, de manera que «lo interior» se definía como aquello que debía manipularse para destruir lo «exterior». Alemania no tenía contenido en sí misma, y el concepto de pueblo, Volk, existía para convencer a los propios alemanes de que se precipitaran a su destino homicida como raza. El pueblo sólo era aquello que se demostraba a sí mismo, algo que, sin lucha, no era nada.
Más allá de la propia manipulación, la política no tenía objeto o sujeto. Únicamente existía la oscuridad que se consuma cuando mentes de talento, como la de Schmitt, encubren el mal con la insensatez. Al tiempo que Alemania desmantelaba Austria y Checoslovaquia, la Unión Soviética ocupaba y se anexionaba Lituania, Letonia y Estonia, y ambas destrozaban juntas Polonia, Schmitt preparaba la teoría jurídica de la no estatalidad, que nacía del axioma de que el derecho internacional no emana de las normas, sino del poder. Las reglas sólo son interesantes en la medida en que revelan quién puede establecer las excepciones a las mismas. Para Schmitt, «el obsoleto derecho internacional entre Estados» era una farsa, ya que lo único importante era quién podía destruirlos. Si Alemania seguía a su Führer e ignoraba «el concepto vacío de territorio estatal», el poder alemán se extendería hasta sus fronteras naturales. El resultado sería una «tierra dividida con sensatez.
Dondequiera que el Estado había sido destruido, ya fuese por los alemanes, por los soviéticos o por ambos, casi todos los judíos fueron asesinados. El Holocausto dio comienzo bajo la forma de campañas de ejecución masiva en tierras donde el Estado había sido destruido por partida doble en una rápida sucesión, primero el Estado nación anterior a la guerra a manos de los soviéticos, y después el aparato soviético a manos de los alemanes. Las técnicas desarrolladas en la zona de doble no estatalidad –el reclutamiento de sus habitantes, el uso de múltiples instituciones alemanas, las ejecuciones públicas– también se aplicaron más al este, hasta llegar a todos los rincones donde se extendía el dominio alemán. En la Polonia occidental y central, donde los alemanes habían estado presentes desde septiembre de 1939, aunque la matanza de judíos no empezase hasta dos años después, se aplicaron otras técnicas: cámaras de gas secretas, deportaciones desde los guetos o cazas de judíos. Para los judíos de los Estados bálticos, la Polonia oriental y la Unión Soviética, se emplearon balas y fosas; para los judíos de la Polonia central y occidental, fueron gases de escape y hornos.
El destino de la mayoría de los judíos que quedaban en Europa era un lugar llamado Auschwitz.

Auschwitz es el símbolo de la voluntad de asesinar a todos los judíos que se encontraran bajo dominio alemán. En sus cámaras de gas murieron judíos de todos los rincones del imperio alemán. Algunos sobrevivieron a Auschwitz; después de todo, era un complejo que incluía campos de concentración y de exterminio, donde los judíos eran seleccionados para trabajar a medida que llegaban. Existe, por lo tanto, una historia de la supervivencia en Auschwitz que puede ser registrada y entrar a formar parte de nuestra memoria colectiva. Prácticamente ningún judío sobrevivió a las fosas de fusilamiento, ni a Treblinka, Bełżec, Sobibor o Chełmno. La palabra «Auschwitz» se ha convertido en la representación del Holocausto en su conjunto, aunque la gran mayoría de los judíos ya habían sido asesinados, muchos más al este, para cuando Auschwitz se convirtió en uno de los principales campos de exterminio. Y mientras que Auschwitz se recuerda, la mayor parte del Holocausto ha caído en el olvido.
Después de la Segunda Guerra Mundial, Auschwitz fue un símbolo relativamente útil para Alemania, pues reducía de forma significativa el alcance exacto del mal causado.
Durante la invasión de la Unión Soviética en 1941, lanzada precisamente desde estos territorios, los alemanes se habían apropiado de muchos caballos, dado que incluso el ejército de la afamada Blitzkrieg se movía principalmente tirado por caballos. Cuando la Operación Barbarroja no salió según lo planeado y los alemanes se vieron obligados a enviar al frente a varios millones más de sus propios jóvenes, optaron por sustituir la mano de obra que se perdía en Alemania por hombres y mujeres de Europa del Este. Al principio esto se llevó a cabo mediante reclutamiento, después mediante levas, y por último mediante mortíferas campañas. A medida que millones de polacos, ucranianos, bielorrusos y rusos eran llevados a Alemania, la población del país se hacía cada vez más eslava, tanto como no lo era desde la Edad Media. Esto provocó una gran carencia de mano de obra en Europa del Este, y la desesperación de incontables familias necesitadas de ayuda en los campos de cultivo y de pastoreo. Cientos de niños judíos, quizá miles, sobrevivieron porque las familias campesinas necesitaban trabajadores; en su mayoría se trataba de huérfanos.

Describir a Hitler como un antisemita o un racista antieslavo es subestimar el potencial de las ideas nazis: sus ideas sobre los judíos y los eslavos no eran prejuicios extremistas por casualidad, sino más bien emanaciones de una cosmovisión coherente que contenía el potencial para cambiar el mundo. Su refundición de la política y la ciencia le permitían plantear los problemas políticos como si fuesen científicos y los científicos, como políticos. De ese modo se situaba en el centro del círculo e interpretaba todos los datos en función de su proyecto de un mundo perfecto de derramamiento de sangre racial que sólo se veía corrompido por la influencia humanizadora de los judíos. Mediante la presentación de los judíos como un defecto ecológico responsable de la discordia en el planeta, Hitler canalizó y personalizó las tensiones inevitables de la globalización. La única ecología sensata consistía en eliminar a un enemigo político; la única política sensata consistía en purificar la Tierra.
El cambio climático como problema local puede provocar conflictos locales; el cambio climático como crisis global podría plantear la exigencia de víctimas globales. En las dos últimas décadas, el continente africano ha proporcionado algunos indicios sobre cómo serán estos conflictos locales y pistas sobre cómo podrían convertirse en globales. Se trata de un continente de Estados débiles. En condiciones de hundimiento del Estado, las sequías pueden provocar cientos de miles de muertes a causa del hambre, como sucedió en Somalia en 2010. El cambio climático también puede aumentar la probabilidad de que los africanos encuentren razones ideológicas para matar a otros africanos en épocas de aparente escasez. En el futuro, África podría convertirse también en el escenario de una competición global por la obtención de alimentos, quizás acompañada de justificaciones ideológicas globales.
África formaba parte del pasado colonial alemán cuando Hitler llegó al poder. La conquista de África fue la última etapa de la primera globalización de la época en que Hitler era un niño. Fue en el África subsahariana donde los alemanes y otros europeos volvieron a aprender sus lecciones sobre la raza. Ruanda es un artefacto resultante de la contienda y posterior desbandada de Europa en África en general y en el África Alemana Oriental en particular. La división de su población en los clanes de los hutus y los tutsis representaba el típico método europeo de gobierno: favorecer a un grupo con el fin de gobernar al otro. No tenía ni mayor ni menor sentido que la idea de que los polacos y los ucranianos pertenecían a una raza distinta que los alemanes, o de que se debía reclutar a los eslavos de los campos de concentración para que colaborasen en la matanza de los judíos.
La popular idea de que los mercados libres son naturales es consecuencia de la fusión de la ciencia y la política. El mercado no es la naturaleza; depende de la naturaleza. El clima no es un producto con el que se pueda comerciar, sino más bien una condición previa a la actividad económica como tal. La defensa del «derecho» a destruir el mundo en nombre de los beneficios de unos pocos revela un importante problema conceptual. Los derechos implican limitaciones. Cada persona es un fin en sí mismo; la importancia de una persona no se agota por lo que otra persona quiera de ella. Los individuos tienen derecho a no ser definidos como elementos de una conspiración planetaria o una raza condenada, tienen derecho a que sus países de origen no se definan como hábitats, tienen derecho a que no se destruyan sus sistemas de gobierno.
La pluralidad, por lo tanto, atañe en definitiva al tiempo. Cuando carecemos de una sensación de pasado y futuro, percibimos el presente como una plataforma inestable, una base incierta para la acción. Resulta imposible comprometerse con la defensa de los Estados y los derechos si nadie aprende del pasado ni cree en el futuro. Tener conciencia de la historia permite el reconocimiento de las trampas ideológicas y genera escepticismo sobre las exigencias de acción inmediata porque de repente todo haya cambiado. Confiar en el futuro puede hacer que el mundo parezca algo más que, en palabras de Hitler, «la superficie de una esfera medida con precisión». El tiempo, la cuarta dimensión, puede hacer que las tres dimensiones del espacio parezcan menos claustrofóbicas. Confiar en la durabilidad constituye el antídoto contra el pánico y el bálsamo de la demagogia.

Hemos cambiado menos de lo que creemos. Nos gusta nuestro espacio vital, fantaseamos con la destrucción de los gobiernos, denigramos la ciencia, soñamos con una catástrofe. Si pensamos que somos víctimas de alguna conspiración planetaria, nos acercamos poco a poco a Hitler. Si creemos que el Holocausto fue el resultado de las características
inherentes de los judíos, los alemanes, los polacos, los lituanos, los ucranianos o cualquier otro grupo, nos movemos en el mundo de Hitler.
Comprender el Holocausto es nuestra oportunidad, quizá la última, de preservar la humanidad, lo que no es suficiente para sus víctimas. Ninguna acumulación del bien, por enorme que sea, anula un mal; ninguna salvación del futuro, por mucho éxito que tenga, anula un asesinato en el pasado. Quizá sea cierto que salvar una vida sea salvar el mundo, pero lo contrario no es cierto: salvar el mundo no restituye la pérdida ni de una sola vida.

The author analyzes the calamities of the inhabitants of Eastern Europe shifting their interest from the general population to the Jewish population and extending the territorial framework from Eastern Europe to the whole of occupied Europe. In his study he reaches very interesting conclusions about the characteristics of Nazi anti-Semitism and about how different characteristics of the political regimes of the occupied territories lead to very different consequences for the Jewish population that lived there. Thus, for example, the Jewish population of Estonia perished almost entirely, while that of Denmark almost completely survived.
The only thing that we put to the book is that sometimes it repeats itself in excess, but that may be the reader’s opinions, without a doubt a book to highlight, of which there is no gender of possible doubt.

Hitler’s thought was ecological: he saw the Jews as a wound of nature. Such a story must be colonial, since Hitler wanted wars of extermination in the neighboring lands where Jews lived. It must be international, since it was not only the Germans who murdered Jews and it did not only happen in Germany, but also in other countries. It must be chronological, in the sense that Hitler’s rise to power in Germany, which is only a part of history, was followed by the conquest of Austria, Czechoslovakia and Poland, events that reformulated the Final Solution. It must be political, in a specific sense, since the German destruction of neighboring states created areas where, in particular in the occupied Soviet Union, they could invent annihilation techniques. It must be multifocal, and provide new perspectives beyond those of the Nazis themselves, use sources from all sides, Jews and non-Jews, and from all areas of the massacre. It is not just a matter of justice, but of understanding. Such an opinion must also be human: it must record both the attempt to survive and the attempt to assassinate, describe both the Jews who tried to live and the few non-Jews who tried to help them, accept the innate and irreducible complexity of the individuals and the relationships.
A history of the Holocaust must be contemporary: it must allow us to experience what remains of Hitler’s time in our minds and in our lives. Hitler’s worldview did not provoke the Holocaust on its own, but its hidden coherence generated new types of destructive politics and new knowledge about the human capacity for massacre. The exact combination of ideology and circumstances of the year 1941 will not occur again, but perhaps something similar. Consequently, the effort to understand the past happens partly by making the effort necessary to understand ourselves. The Holocaust is not just history, but warning.

-The worldview of Hitler rejected religious and secular traditions, but also depended on them. Although he was not an original thinker, he brought a concrete solution to a crisis of both thought and faith. Like many before him, he tried to bring the one closer to the other. What he plotted, however, was not a high synthesis that saved both the soul and the mind, but an irresistible collision that destroyed both. Science, in theory, validated Hitler’s racial struggle, even though he called his object “the bread of every day.” With these words, it evoked one of the most famous Christian texts, at the same time that it profoundly altered its meaning.
-The way in which Hitler presented the Jewish threat revealed his particular amalgam of religious and zoological ideas. If the Jew triumphs, Hitler wrote, “then the crown of his victory will be the funeral crown of the human species.” On the one hand, Hitler’s image of a universe without human beings accepted the verdict of science on an ancient planet on which humanity had evolved. After the Jewish victory, he wrote, “the Earth will once again take its path through the completely depopulated universe, as it did millions of years ago.” At the same time, as he made clear in the same passage of My struggle, that old land of races and extermination was the creation of God. “Therefore, I believe I act in accordance with the Creator’s wishes. As long as I dominate the Jews, I will be defending the Lord’s work.
Hitler admitted that scientists and specialists had their purpose within the racial community: manufacture weapons, develop communications, improve hygiene. The strongest races had to have better weapons, better radios and better health, the best to dominate the weakest. For him, this represented the fulfillment of the mandate of nature, the struggle, not a violation of its laws. Technical advances proved racial superiority, not the evolution of general scientific knowledge. “Everything we admire on this planet today,” wrote Hitler, “erudition and art, technology and inventions, are nothing more than the creative product of a few peoples, and perhaps, originally, of a single race.” No race, no matter how advanced, could change the basic structure of nature through no innovation. Nature had only two variants: paradise, where the superior races massacre the inferior ones, and the abyss, where supernatural Jews deny the superior races the reward they deserve and, if they can, kill them with hunger.
-In Hitler’s ecology, the planet had been plundered by the presence of the Jews, who defied the laws of nature by introducing ideas that corrupted. The solution was to expose the Jews to a purified nature, a place where the bitter struggle was more important than abstract thinking, in which the Jews could not manipulate anyone with their ideas because there would be no one with them. The exotic scenarios that Hitler imagined for the deportation of the Jews, Madagascar and Siberia, would never fall into German hands. However, it would be a large part of Europe. Not long after Hitler published his ideas about the daily bread and the commandment of self-preservation, the Europeans forced the Jews to pray the Our Father and kill them if they did not. Europe itself became the anti-garden, a landscape with trenches.

The Judeo-Bolshevik myth provided an image of the enemy, not a foreign policy. The Lebensraum was a way of understanding the empire, not a military strategy. The problem for Hitler, the ideologist, was that neither German politics nor neighboring states nor European order could be erased at a stroke.
The question of the settlement of European Jews concerned all of Europe, and in this context Poland was somewhere between the Nazis (the Jews had to be eliminated and emigration seemed the most practical way to achieve it) and the Zionists (the Jews had right to an own State that would have to be founded in an existing colony).
The debate about where European Jews should settle had been open since the nineteenth century, and politicians and ideologues of very different tendencies proposed the same places. In 1885 the anti-Semite Paul de Lagarde (actually a German named Bötticher) introduced into the debate the island of Madagascar, a French colony in the Indian Ocean off the southeastern African coast. The idea was received with greater or lesser hostility or sympathy. He had supporters in the United Kingdom and, of course, among Germans, including the Nazi elite. Only in French could it be said “Madagassez les Juifs”, but not all the French who considered the idea were enemies of the Jews. Some Zionists also considered the option of Madagascar, although most rejected it.
Hitler’s policy on the Jewish question forced all the powers to position themselves in relation to the future of Palestine. Around one hundred and thirty thousand Jewish Germans emigrated during the years after Hitler’s rise to power and some fifty thousand of them settled in Palestine. Their arrival reduced the demographic advantage of the local Arabs, who used to consider the region part of a larger homeland. Thinking that a prolonged Jewish migration could lead to the success of Zionism, the Arab leaders organized political actions: first there were revolts in April 1936, then strike committees were formed and a general strike was called, which lasted until October. This made 1937 the moment of truth for the European states with declared interest in the future of Palestine: the United Kingdom, Nazi Germany and Poland.

The first clash between German and Polish policies regarding Jews did not occur in Europe, but in Asia. Nazi oppression provoked the emigration of German Jews to Palestine, which unleashed the Arab revolts that radicalized right-wing Zionism and gave rise to a new option for Poland’s international policy: to support the Irgun.
The Polish state had to be destroyed because in 1939 Hitler was furious and impatient and had no better way to approach the Soviet border than to erase the country that stood between them. Hitler was endowed with an ideology that allowed him to foresee the destruction of States in the name of nature and had at his disposal an army and imposing special bodies whose fundamental mission was the destruction of institutions to enable racial warfare. The SS and the Einsatzgruppen began by committing large-scale assassinations in Poland – but their main target was the Polish elites, not the Jews.
The Jews, who were not seen as a race, had to be eliminated from the environment as a whole. The new German misrule materialized in the most shocking way with the expulsion of Jews from their homes and their sending to ghettos in the cities. For the Germans, the ghettos were container depots where they concentrated the Jews before their deportation to some exotic place where nature would follow its course.

The lesson that Hitler had learned from the Balkans: internal politics does not exist as such, since everything is born from the confrontation with a determined foreign enemy, so that “the interior” was defined as what was to be manipulated to destroy the “exterior” . Germany had no content in itself, and the concept of people, Volk, existed to convince the Germans themselves to rush to their murderous destiny as a race. The people were only what they demonstrated to themselves, something that, without struggle, was nothing.
Beyond the manipulation itself, politics had no object or subject. There was only the darkness that is consumed when minds of talent, like Schmitt’s, conceal evil with folly. While Germany dismantled Austria and Czechoslovakia, the Soviet Union occupied and annexed Lithuania, Latvia and Estonia, and both destroyed Poland together, Schmitt prepared the legal theory of non-statehood, which arose from the axiom that international law does not emanate from the rules, but the power. The rules are only interesting insofar as they reveal who can establish the exceptions to them. For Schmitt, “the obsolete international law between States” was a farce, since the only important thing was who could destroy them. If Germany followed its Führer and ignored “the empty concept of state territory”, German power would extend to its natural frontiers. The result would be a “earth divided sensibly.
Wherever the State had been destroyed, whether by the Germans, by the Soviets or by both, almost all the Jews were killed. The Holocaust began in the form of mass execution campaigns on lands where the state had been destroyed twice in rapid succession, first the pre-war nation-state at the hands of the Soviets, and then the Soviet apparatus at the hands of the Soviet Union. Germans. The techniques developed in the area of ​​double non-statehood-the recruitment of its inhabitants, the use of multiple German institutions, public executions-were also applied further east, to reach all corners where German domination extended. In western and central Poland, where the Germans had been present since September 1939, although the killing of Jews did not begin until two years later, other techniques were applied: secret gas chambers, deportations from the ghettos or jets of Jews. For the Jews of the Baltic States, Eastern Poland and the Soviet Union, bullets and pits were used; for the Jews of central and western Poland, they were exhaust gases and ovens.
The fate of most of the remaining Jews in Europe was a place called Auschwitz.

Auschwitz is the symbol of the will to assassinate all Jews who were under German rule. In their gas chambers Jews from all corners of the German Empire died. Some survived Auschwitz; after all, it was a complex that included concentration and extermination camps, where the Jews were selected to work as they arrived. There is, therefore, a history of survival in Auschwitz that can be recorded and become part of our collective memory. Practically no Jews survived the firing pits, nor Treblinka, Bełżec, Sobibor or Chełmno. The word “Auschwitz” has become the representation of the Holocaust as a whole, although the vast majority of Jews had already been killed, many more to the east, by the time Auschwitz became one of the main extermination camps. And while Auschwitz is remembered, most of the Holocaust has fallen into oblivion.
After the Second World War, Auschwitz was a relatively useful symbol for Germany, since it significantly reduced the exact extent of the damage caused.
During the invasion of the Soviet Union in 1941, launched precisely from these territories, the Germans had appropriated many horses, since even the army of the famed Blitzkrieg moved mainly pulled by horses. When Operation Barbarossa did not go as planned and the Germans were forced to send several million more of their own youth to the front, they opted to replace the labor that was lost in Germany by men and women from Eastern Europe. At first this was carried out by recruitment, then by cams, and finally by deadly campaigns. As millions of Poles, Ukrainians, Belarusians and Russians were taken to Germany, the population of the country became increasingly Slavic, just as it had not been since the Middle Ages. This caused a great lack of manpower in Eastern Europe, and the desperation of countless families in need of help in the fields of cultivation and grazing. Hundreds of Jewish children, perhaps thousands, survived because peasant families needed workers; they were mostly orphans.

To describe Hitler as an anti-Semite or an anti-Slavic racist is to underestimate the potential of Nazi ideas: his ideas about Jews and Slavs were not accidental extremism prejudices, but rather emanations of a coherent worldview that contained the potential to change the world . His recasting of politics and science allowed him to pose political problems as if they were scientists and scientists, as politicians. In this way he placed himself in the center of the circle and interpreted all the data according to his project of a perfect world of racial bloodshed that was only corrupted by the humanizing influence of the Jews. By presenting the Jews as an ecological defect responsible for discord on the planet, Hitler channeled and personalized the inevitable tensions of globalization. The only sensible ecology was to eliminate a political enemy; the only sensible policy was to purify the Earth.
Climate change as a local problem can cause local conflicts; Climate change as a global crisis could raise the demand for global victims. In the last two decades, the African continent has provided some clues as to how these local conflicts will be and clues as to how they could become global. It is a continent of weak states. Under conditions of state collapse, droughts can cause hundreds of thousands of deaths due to hunger, as happened in Somalia in 2010. Climate change may also increase the likelihood that Africans will find ideological reasons to kill other Africans in times of apparent shortage. In the future, Africa could also become the scene of a global competition for food, perhaps accompanied by global ideological justifications.
Africa was part of the German colonial past when Hitler came to power. The conquest of Africa was the last stage of the first globalization of the time when Hitler was a child. It was in sub-Saharan Africa that Germans and other Europeans came back to learn their lessons about race. Rwanda is an artifact resulting from the contention and subsequent disbanding of Europe in Africa in general and in East German Africa in particular. The division of its population into the clans of the Hutus and the Tutsis represented the typical European method of government: to favor one group in order to govern the other. It had no more or less sense than the idea that the Poles and the Ukrainians belonged to a different race than the Germans, or that the Slavs of the concentration camps should be recruited to collaborate in the killing of the Jews.
The popular idea that free markets are natural is a consequence of the fusion of science and politics. The market is not nature; It depends on nature. Climate is not a product that can be traded with, but rather a precondition to economic activity as such. The defense of the “right” to destroy the world in the name of the benefits of a few reveals an important conceptual problem. Rights imply limitations. Each person is an end in itself; The importance of a person is not exhausted by what another person wants from her. Individuals have the right not to be defined as elements of a planetary conspiracy or a condemned race, they have the right to have their countries of origin not defined as habitats, they have the right not to destroy their systems of government.
Plurality, therefore, definitely concerns time. When we lack a sense of past and future, we perceive the present as an unstable platform, an uncertain basis for action. It is impossible to commit to the defense of States and rights if no one learns from the past or believes in the future. Being aware of history allows the recognition of ideological traps and generates skepticism about the demands of immediate action because suddenly everything has changed. Trusting in the future may make the world seem more than, in Hitler’s words, “the surface of a precisely measured sphere.” Time, the fourth dimension, can make the three dimensions of space seem less claustrophobic. Relying on durability is the antidote to panic and the balm of demagogy.

We have changed less than we think. We like our living space, we fantasize about the destruction of governments, we denigrate science, we dream of a catastrophe. If we think that we are victims of some planetary conspiracy, we approach little by little Hitler. If we believe that the Holocaust was the result of the characteristics
Inherent in Jews, Germans, Poles, Lithuanians, Ukrainians or any other group, we move in Hitler’s world.
Understanding the Holocaust is our opportunity, perhaps the last, to preserve humanity, which is not enough for its victims. No accumulation of good, no matter how huge, cancels an evil; No salvation of the future, no matter how successful it is, cancels a murder in the past. It may be true that saving a life is saving the world, but the opposite is not true: saving the world does not restore the loss of a single life.

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