Contra La Posmodernidad — Ernesto Castro Córdoba / Against Postmodernity by Ernesto Castro Córdoba

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Sin duda es un más que interesante breve ensayo donde muchos de los influyentes personajes de la historia son puestos en cuestión en una especie de tribunal que somos nosotros. La ventaja normativa que extrae el postmodernismo de esta situación de crisis e incertidumbre consiste en no dar un paso atrás en el crepúsculo de los ídolos, mantenerse en la brecha. Una brecha que sigue aumentando gracias a la concurrencia de factores como los mass media (la aparición de la sociedad del espectáculo diluye la barrera entre realidad y ficción), el fin de la política de bloques (con el consiguiente debilitamiento de las identidades nacionales y, en general, del control que ostentan los estados sobre la cosmovisión de sus ciudadanos) y la creación del mercado global (el capitalismo victorioso coloniza el globo sin apenas resistencias, poderosos oponentes, ni alternativas viables). La postmodernidad es la transcripción cultural, política y filosófica de un capitalismo sin fronteras que, además de meterle la mano en el bolsillo, ha inscrito sus ideas en el imaginario de la gente.
Una pequeña camarilla transnacional impone globalmente sus intereses de clase a través de la agenda política neoliberal y la orientación económica del capitalismo global. En 1997, los quinientos ejecutivos más importantes del mundo se reunieron en el Hotel Fairmont de San Francisco para acuñar el nombre de la sociedad hacia la que, según esta ilustrada élite transnacional, nos encaminamos a corto plazo: la «sociedad 20/80», compuesta por un 20% de individuos imprescindibles para el funcionamiento de la maquinaria económica global, pues poseen trabajos estables, contratos de por vida, salarios blindados, elevadas remuneraciones e ingresos extra (bonus); al 80% restante le están reservadas las «ventajas» de la desregulación neoliberal: largas jornadas, contratos precarios, sueldos bajos, despido libre y barato. Esto es, todo un programa político de lucha de clases desde arriba. Como es habitual en estos casos, la ideología de clase opera a modo de mecanismo de des-identificación: los predicadores de la desregulación son, en última instancia, los más renuentes a la hora de aplicarse el cuento.
Para bien o para mal, la crisis que estamos atravesando ha puesto sobre la mesa este antagonismo silenciado, poniendo fin a la irrealPolitik de la globalización y a la retórica neocolonial
del proyecto identitario europeo.

William Buffet, una de las grandes fortunas del mundo, tiene muy claro dónde está el campo de batalla y cuál es su trinchera. En marzo de 2004 declaró: «Si se está librando una guerra de clases en América, claramente mi clase lleva las de ganar». No se equivocaba. Tres décadas después de que Reagan afirmarse que «los pobres tienen demasiado y los ricos demasiado poco», el 1% más rico de la población norteamericana sigue aumentado su porción de la riqueza nacional: en 1976 ésta representaba el 9% de la renta nacional, en 2006, el 20%. Lawrence Summers, principal asesor del equipo económico de Obama, resumió esta transferencia de ingresos en los siguientes términos: «En los últimos treinta años, el 80% de las familias estadounidenses ha enviado un cheque anual de 10 000 dólares al 1% más rico de la población. En resumen, la lucha de clases nunca desapareció, simplemente la iniciativa cambió de bando. No es de extrañar que en nuestra coyuntura actual regrese con mayor transparencia que nunca la confrontación entre intereses de clase; es el momento de decir adiós a los sutiles análisis ideológicos y a las intrincadas políticas de resistencia para dejar paso a un marxismo sin modales que sepa expresar, del modo más vulgar y naif posible, las demandas de la gente.

Son los individuos —y no los grandes colectivos— los principales agentes de la política, son ellos quienes han de asumir a título personal el margen de incertidumbre y los riesgos de una sociedad hiperconectada. Surge así una nueva forma de hacer política que gravita en torno a la responsabilidad que tiene un individuo sobre la conducta que acarrea su estilo de vida.
La Tercera Vía de «una variante socialdemócrata del neoliberalismo», una apuesta social-liberal por la desregulación, la moderación fiscal y las políticas flexibles incluida la del empleo. En último término, no es sino un logo novedoso que encubre una táctica oportunista para recuperar el poder por parte de una izquierda esclerotizada. La Tercera Vía desmanteló el Estado de Bienestar al mismo tiempo que decía estar ayudando a los individuos a que satisficieran sus necesidades por sí mismos. Ironías de la historia, para muchos críticos la defunción de la Tercera Vía ocurrió el 15 de febrero de 2003, fecha en que el gobierno británico embarcó al ejercito de su «Estado sin enemigos» en la invasión de Iraq.
La Tercera Vía también externaliza el antagonismo mediante guerras libradas en nombre de los derechos democráticos. En este combate a muerte entre el San Jorge de la democracia y el dragón del fundamentalismo, la superioridad moral del liberalismo is taken for granted. Como Adán y Eva al comienzo del Génesis, los neoliberales parecen haber sido creados para «procrear, multiplicarse y someter todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra».

La polarización Norte-Sur se acrecienta; incluso dentro del Primer Mundo la diferencia de clases, poder adquisitivo y jerarquía se vuelve cada vez más radical. Además, la sociedad del consumo y del espectáculo metamedia tienen unos límites bien definidos, como afirmó Susan Sontag:

La afirmación de que la realidad se está convirtiendo en un espectáculo es de un provincianismo pasmoso. Convierte en universales los hábitos de una reducida población instruida que vive en una de las regiones más opulentas del mundo, donde las noticias han sido transformadas en entretenimiento. […] Cientos de millones de espectadores de televisión no están en absoluto curtidos por lo que ven en su televisor. No pueden darse el lujo de menospreciar la realidad.

La postmodernidad surgió como modelo cultural dominante en Estados Unidos, una sociedad capitalista de una riqueza sin precedentes y con altos niveles de consumo. Y desde ahí colonizó el imaginario del resto de sociedades, en una proyección imperialista del modelo norteamericano. Si bien es cierto que desde una perspectiva global la lógica cultural del capitalismo es hegemónica, en muchos rincones del planeta, lo postmoderno sólo es incipiente y lo moderno es algo más que residual. Ahí donde los niveles de consumo son más bajos y no se ha superado el estadio de desarrollo industrial, prevalece una configuración más próxima al modernismo cultural, con un dualismo todavía marcado entre alta y baja cultura. El cine indio ofrece el ejemplo más claro, con su contraste entre los autores de culto y los blockbuster de Bollywood. Incluso en nuestras sociedades desarrolladas el antagonismo de clases persiste detrás de la cobertura ideológica de un postmodernismo que postula la anarquía cultural y quiere situarse de un pistoletazo en un estadio social reconciliado donde todos podamos gozar con nuestro dildo de forma pueril e irresponsable. ¿Es el postmodernismo algo más que una cortina de humo al servicio de formas de vida recortadas a la medida del escaparate capitalista?.

Without a doubt it is a more than interesting brief essay where many of the influential characters of the story are put in question in a kind of court that is us. The normative advantage that postmodernism draws from this situation of crisis and uncertainty consists in not taking a step back in the twilight of the idols, staying in the breach. A gap that continues to increase thanks to the concurrence of factors such as the mass media (the emergence of the entertainment society dilutes the barrier between reality and fiction), the end of block politics (with the consequent weakening of national identities and, in general, of the control that states hold over the cosmovision of their citizens) and the creation of the global market (victorious capitalism colonizes the globe with hardly any resistance, powerful opponents, or viable alternatives). Postmodernity is the cultural, political and philosophical transcription of a capitalism without borders that, besides putting its hand in your pocket, has inscribed your ideas in the imaginary of the people.
A small transnational clique globally imposes its class interests through the neoliberal political agenda and the economic orientation of global capitalism. In 1997, the five hundred most important executives of the world met at the Fairmont Hotel in San Francisco to coin the name of the society towards which, according to this enlightened transnational elite, we are heading in the short term: the «20/80 society», composed of 20% of individuals essential for the operation of the global economic machinery, as they have stable jobs, lifetime contracts, armored wages, high salaries and extra income (bonus); the remaining 80% are reserved for the «advantages» of neoliberal deregulation: long hours, precarious contracts, low salaries, free and cheap dismissal. That is, a whole political program of class struggle from above. As is usual in these cases, class ideology operates as a mechanism of de-identification: the preachers of deregulation are, in the last analysis, the most reluctant when applying the story.
For better or for worse, the crisis we are going through has put this silenced antagonism on the table, putting an end to the unrealPolitik of globalization and neocolonial rhetoric
of the European identity project.

William Buffet, one of the great fortunes of the world, is very clear about where the battlefield is and what his trench is. In March 2004 he declared: «If a class war is being waged in America, my class clearly has the upper hand.» He was not wrong. Three decades after Reagan claimed that «the poor have too much and the rich too little,» the richest 1% of the American population continues to increase its share of national wealth: in 1976 it represented 9% of the national income, in 2006, 20%. Lawrence Summers, principal advisor to Obama’s economic team, summed up this income transfer in the following terms: «In the last thirty years, 80% of American families have sent an annual check of $ 10,000 to the richest 1%. the population. In short, the class struggle never disappeared, the initiative simply changed sides. It is not surprising that in our current conjuncture, the confrontation between class interests has returned with greater transparency than ever before; It is time to say goodbye to the subtle ideological analyzes and the intricate policies of resistance to make way for a Marxism without manners that can express, in the most vulgar and naïve way, the demands of the people.

It is the individuals – and not the large collectives – who are the main agents of politics, they are the ones who have to assume on a personal basis the margin of uncertainty and the risks of a hyperconnected society. Thus arises a new way of doing politics that gravitates around the responsibility that an individual has over the behavior that leads to their lifestyle.
The Third Way of «a social-democratic variant of neoliberalism», a social-liberal bet for deregulation, fiscal moderation and flexible policies including employment. Ultimately, it is nothing but a novel logo that conceals an opportunistic tactic to regain power on the part of a sclerotic left. The Third Way dismantled the Welfare State at the same time that it claimed to be helping individuals to meet their needs on their own. Ironies of history, for many critics the death of the Third Way occurred on February 15, 2003, date in which the British government embarked the army of its «State without enemies» in the invasion of Iraq.
The Third Way also externalizes antagonism through wars waged in the name of democratic rights. In this fight to the death between the Saint George of democracy and the dragon of fundamentalism, the moral superiority of liberalism is taken for granted. Like Adam and Eve at the beginning of Genesis, the neoliberals seem to have been created to «procreate, multiply and subdue all that lives and moves on earth.»

The North-South polarization increases; even within the First World the difference of classes, purchasing power and hierarchy becomes increasingly radical. In addition, the metamedia consumption and entertainment society have well-defined limits, as Susan Sontag stated:

The assertion that reality is becoming a spectacle is of a stupefying provincialism. It makes universal the habits of a small educated population that lives in one of the most affluent regions of the world, where news has been transformed into entertainment. […] Hundreds of millions of television viewers are not at all tanned by what they see on their television. They can not afford to belittle reality.

Postmodernism emerged as the dominant cultural model in the United States, a capitalist society with unprecedented wealth and high levels of consumption. And from there he colonized the imaginary of the rest of societies, in an imperialist projection of the North American model. While it is true that from a global perspective the cultural logic of capitalism is hegemonic, in many corners of the planet, the postmodern is only incipient and the modern is something more than residual. Where the levels of consumption are lower and the stage of industrial development has not been overcome, a configuration closer to cultural modernism prevails, with a dualism still marked between high and low culture. Indian cinema offers the clearest example, with its contrast between cult authors and Bollywood blockbusters. Even in our developed societies the antagonism of classes persists behind the ideological coverage of a postmodernism that postulates cultural anarchy and wants to situate itself with a pistol shot in a reconciled social stage where we can all enjoy our dildo in a puerile and irresponsible way. Is postmodernism something more than a smokescreen at the service of life forms cut to the measure of the capitalist showcase?.

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