Isaac Peral. Historia De Una Frustración — Agustín Ramón Rodríguez González

Me parece un libro excelente, además de didáctico sobre lo acontecido y que es más que recomendable. Un análisis de la España de la Restauración y de las verdaderas causas que hicieron fracasar el proyecto y la caída en desgracia del gran inventor y que parece ser que en nuestro país no aprendemos de nuestros errores.

La familia de Peral era pues, de origen humilde, suboficiales de la Armada por línea paterna, y es de esperar que no mucho más por la materna, al no indicarse la profesión.
En 1876 todo parecía indicar que el régimen de la Restauración, y con él, la monarquía de Alfonso XII, llevaba camino de asentarse.
La revolución cantonal, que tanta repercusión había tenido en la Armada y que tanto dolor y sacrificio impuso a la ciudad natal de Peral, Cartagena, había sido aplastada, hacía ya algún tiempo. La causa carlista se revelaba ya como desesperada en las últimas operaciones en el Norte, y la guerra en Cuba, ante el cansancio de ambos bandos y el estado ruinoso de la isla, languidecía. El acuerdo de Zanjón que le puso término ya se adivinaba.
La enorme crisis que había sufrido España, en la que hubo momentos en que se dudó de su porvenir como nación, parecía superada.
Estaban concluyendo no sólo una dificilísima lucha, sino toda una época, y como tantos otros, Peral se planteó su futuro personal y profesional.
A Isaac todo le auguraba un brillante porvenir en la Armada. Exponer ese tan prometedor como seguro futuro en aras de algo que sería difícilmente aceptado, que muy probablemente fuera calificado de «novelerías» y de intento «quijotesco», y arriesgar la seguridad con ello de una familia tan creciente en número como corta de recursos, debería parecer como una seria preocupación para Doña Carmen Cencio. Y en ella, ese sentido práctico tan común en las madres, tenía un especial desarrollo: era la esposa de un marino, unas veces ausente en el otro extremo del mundo, de donde volvía enfermo y agotado, para luego enfrascarse en su labor docente e investigadora.
La crisis de 1885 entre el reino de España y el Imperio Alemán por la posesión del archipiélago de las Carolinas, fue la causa inmediata, según confesión propia, de que el marino presentara su proyecto a sus compañeros y superiores.
La descripción de esta crisis, y la situación de casi absoluta indefensión naval en la que España tuvo que afrontarla, así como los intentos por remediar ese ominoso estado, forman parte principal del ambiente en que se desarrolló el proyecto de Peral, y nos obligan a una amplia pero imprescindible digresión.

El Pacífico español amplias zonas estaban sólo teóricamente bajo soberanía española. Y esto planteaba serios problemas en la llamada «era del imperialismo» (1870-1914), especialmente cuando junto con África, el Pacífico era una de las zonas sin repartir entre las potencias, y a diferencia de ésta, en el Pacífico no se había llegado a un acuerdo internacional como el de Berlín de 1884.
Como ya conocemos esta ominosa situación se había concretado para España con la pérdida del Norte de Borneo y las franquicias comerciales en Joló por el Protocolo de 7-11-1885 ante las presiones germano-británicas.
Pero la cosa no quedó allí, al mes siguiente, y tras un cambio de notas, Gran Bretaña y el Imperio Alemán llegaban a un acuerdo sobre sus respectivas zonas de influencia en el Pacífico, que colocaba dentro de la alemana el archipiélago de las Carolinas.
La situación de la Armada era realmente descorazonadora. Se disponía de pocos buques, generalmente construidos o encargados en la época isabelina, aunque entonces había constituido una flamante y eficaz escuadra, su amplio desgaste en las largas operaciones que habían sufrido desde su construcción y el rápido desarrollo y perfeccionamiento de las armas navales, los habían dejado obsoletos.
Especiales condiciones hicieron resaltar tal vez más el papel de los marinos y militares esa tendencia se observó en otros grupos profesionales. Debemos recordar aquí de nuevo, por ejemplo, la impresionante generación de profesionales de la medicina, tanto en su aspecto investigador como en la práctica clínica, que entonces empezó a resaltar con figuras como Cajal, Ferrán, Esquerdo, Rubio y Galí, el primer Barraquer, etc… En otras disciplinas cabe destacar al matemático Echegaray, al biólogo González de Linares y al ingeniero e inventor Leonardo Torres Quevedo (por cierto, primo hermano y paisano de Bustamante).
Indudablemente Peral se halló con el ambiente adecuado para exponer su idea, probablemente el abrumado lector recordará que las aportaciones de González Hontoria, Bustamante, Diez o Villaamil habían sido anteriores a la suya, con lo que la atmósfera estaba en principio bien preparada, tanto para que el inventor se atreviese a formular tan revolucionario proyecto, como para que la sociedad lo tomara en consideración y lo valorase adecuadamente.
En esto Peral y su obra eran un producto típico de su tiempo, como no podía ser menos, y estaba casi asegurado por la satisfacción y el orgullo con que se habían recibido las aportaciones precedentes, se expresarían de modo aún más exultante. Por desgracia, y visto el destino de muchos de esos ilusionados marinos inventores, el futuro personal del joven profesor y el fruto concreto que se podía esperar de su idea, ofrecían perfiles poco halagüeños.

El proyecto Peral, así como la razonable seguridad en su éxito.
También resulta claro que el buque nació gracias a la Ley de Escuadra recién aprobada. Es más, fue de hecho el primer navío que se encargó expresamente por dicha ley. Los puntos A y C eran los referentes a la construcción de buques y a adquisición de defensas submarinas, cabal expresión del valor que se daba al submarino.
Pero, con mucho, la mayor satisfacción de Peral debió residir en que se le confería la dirección de los trabajos, y que la única limitación de que se hablaba, la de disponer de materiales de construcción nacional, se dejaba a su arbitrio. Era una gran responsabilidad, pero al mismo tiempo una prueba total de confianza en un joven oficial de la Armada.
Además, una Real Orden de 4 de mayo, recordaba la anterior de 4 de octubre de 1886 referente a que el Arsenal de la Carraca debía prestar toda clase de ayudas a la obra, considerándola como preferente a cualquier otra.
Por último, como pese a las buenas intenciones expresadas, era manifiesto que debían adquiriese numerosos materiales en el extranjero, se concedió a Peral autorización para viajar a diversos países europeos y adquirir en ellos cuanto creyese de interés para la construcción del submarino. Para sufragar los gastos personales del viaje, se le concedían 1.500 ptas. mensuales de gratificación.
La construcción del submarino estaba, pues, en marcha.

Al menos otro proyecto de submarino análogo al Peral en la España de 1885, aunque bastante más pequeño y menos sofisticado. Como ya se ha indicado se debía al comandante D. Isidro Cabanyes, con la colaboración del capitán D. Miguel Bonet, ambos del arma de Artillería.
Se trataba igualmente de un buque submarino de propulsión eléctrica y armado con torpedos automóviles. Tenía forma cilíndrica con extremos cónicos, mediría unos 7 u 8 metros de eslora y 2,30 de manga, desplazando 40 toneladas. Su tripulación era de tres hombres y contaba equipos de renovación del aire interior y de oxígeno almacenado. La inmersión se hacía por medios convencionales, llenando de agua tanques internos, sin timones de profundidad en proa y con unos muy reducidos en popa.
Los autores consideraban que sus dos motores eléctricos, que accionaban hélices independientes, le darían una autonomía de 211 millas a 6 nudos y de 1913 a dos. El armamento consistía en tres tubos lanzatorpedos.
Ya sabemos que el proyecto, presentado en abril de 1885, es decir, pocos meses antes que el de Peral, fue rechazado y no se llevó a cabo. Sin embargo, sus autores fueron premiados con la Cruz del Mérito Militar.

El submarino realizaba sus movimientos verticales de forma bastante original por medio de una inmersión forzada.
Con ello se conseguía una gran seguridad: en caso de avería o vía de agua, el submarino podía volver a la superficie en virtud de su misma flotabilidad natural, ascensión que se vería reforzada por la acción de las hélices horizontales y por el vaciado de los tanques de lastre. Sería verdaderamente una circunstancia excepcional la que causara la inutilización de todos estos sistemas.
En cuanto al mantenimiento de la horizontalidad, causa de muchos de los fracasos en los intentos anteriores y en bastantes de los posteriores, parecía igualmente asegurada. Por un lado el «trimado» obtenido antes de la inmersión gracias a la serie de tanques de lastre, y por otro, la acción del «aparato de profundidades» para corregir desviaciones causadas por agentes externos al submarino.
Ante estas afirmaciones se puede aducir que este sistema no ha sido seguido posteriormente en los submarinos.
La mayor parte de lo adquirido lo fue en Gran Bretaña, la «Steel Company of Scotland» suministró las planchas, ángulos y pernos para el casco, la «C. Tennant Sons» material de acero, la «Thomycroft» las hélices y sus ejes, la «Marshalls Co.», las «Anglo American Bursh Electric Light Co.», la «Dollond» y la «Inmisch» la mayor parte del material eléctrico, motores y dinamos incluidas, una brújula, una corredera eléctrica, bombas y los seis cristales de la torreta, aparte de otros aparatos de precisión, los aisladores (incluidas las cajas de ebonita para los acumuladores), ventiladores y el alumbrado eléctrico del submarino.
En Alemania el pedido se redujo al tubo lanzatorpedos, fabricado por la «BerlinerMachinenbau Actien Gesellschaft Vs Schwarzkopf».
El total gastado hasta el 31 de marzo de 1888 fueron unas 330.917,29 pesetas, de las que 28.367,79 fueron a Alemania, 83.823,14 a Francia y Bélgica, y el resto, casi dos tercios del total, a Gran Bretaña.
Lo primero que salta a la vista es que, evidentemente los gastos de construcción del submarino se estaban disparando: el buque había sido presupuestado en 301.500 ptas. y sólo los encargos al extranjero habían superado ya esa cifra.
El asunto contribuyó a enturbiar el proyecto, y pronto surgieron protestas de que el tan barato artilugio no lo era en absoluto. La realidad, es como suele suceder, bastante más compleja, debemos recordar que el submarino presupuestado era más pequeño y de un solo motor, por otro lado, ganó en complejidad.

La Época reflejaba no sólo la opinión de la sociedad bienpensante, sino que, como sucedía con otros medios y otros sectores, ayudaba a conformar su visión de los acontecimientos. Para el lector medio del elitista diario quedaba meridianamente claro que el asunto del submarino era una vana ilusión, sólo sustentada por los revoltosos de siempre: liberales, republicanos y masas analfabetas que producirían los mismos funestos resultados que obtenían cada vez que se proponían algo.
El diario conservador, era, por otra parte, un fiel emisor de las opiniones de Cánovas, y éstas no podían ser muy diferentes, tras lo visto, de las que recoge Dionisio Pérez en su obra.
Al parecer, cuando a Cánovas le mostró su ministro Pezuela el proyecto, éste exclamó: «¡Vaya! ¡Un Quijote que ha perdido el seso leyendo la novela de Julio Verne!.
Cualquier persona en la situación del inventor, y más con la escasa experiencia de éste en conducirse por las procelosas aguas en que se veía, hubiera cometido tal vez mayores errores, y no cabe duda de que los cometió. Pero los hechos son los que mejor definen a una persona y bajo esta premisa, la conclusión evidente para Peral fue que el submarino debía de salir del terreno de las hipótesis y entrar en el de las realidades, única forma de salir de una polémica que amenazaba con dar con todo al traste. A poner cima a su obra dedicó todos sus esfuerzos esperando así zanjar la enojosa cuestión.

El principal defecto hallado era que los tanques de lastre no eran estancos entre sí, con las consiguientes repercusiones en el exacto equilibrado o trimado del submarino. Los tanques eran pequeños y se hallaban en los fondos del buque. Peral reconoce que era difícil trabajar y manejar con comodidad las herramientas en lugares tan angostos, señalando que llegaban a faltar algunos remaches, aunque no los agujeros. Pese a que se intentó solucionar el problema, incluso con cemento hidráulico, no se consiguió resolverlo y se estimaba de difícil solución en aquel buque, pero facilísima en los siguientes, de mayor tamaño.
Otro aspecto era el de los motores, que se recalentaban algo, estando pensados para soportar menor intensidad que la que les suministraba la batería de acumuladores. Igualmente, giraban a 650 revoluciones por minuto.
En cuanto a la aguja consideraba resuelto satisfactoriamente el problema de sus desviaciones, aunque consideraba nuevamente que un aparato giroscópico que ya tenía in mente sería mejor.
El aparato óptico, un incipiente periscopio situado por encima de la torre, también era considerado eficiente. Para evitar que un muy improbable disparo afortunado del enemigo privase al submarino de tal elemento de visión y puntería, se estimaba oportuno que en sucesivos modelos se instalaran varios de ellos.
La respiración se consideraba resuelta por completo a bordo, señalándose que había sobrado siempre aire almacenado, y que la dotación de 12 hombres, no de los cuatro o seis iniciales, había llegado a estar siete horas aislados de la atmósfera exterior sin ningún impedimento o incomodidad. Pero además, Peral había adaptado una válvula a la torre óptica que permitía renovar la atmósfera interior del submarino sin llegar a emerger del todo, como un primitivo «snorkel».
Respecto a los torpedos, se consideraba poco mejorable su instalación a bordo.
El Peral aventajaba decisivamente a todos sus predecesores y podía ser además un magnífico y silencioso torpedero semisumergible, difícilmente detectable de día y virtualmente invisible de noche, armado con una de las más efectivas armas del momento: el torpedo, con uno de los cuales bastaba en la época para echar a pique o averiar muy gravemente al más formidable de los acorazados.

El submarino Peral. Comedia de Circunstancias fechada en Málaga en febrero de 1889. La obra, todo hay que decirlo bastante mediocre, termina con un cuadro triunfal de manifestación patriótica acompañada de banda de música. Los versos finales pueden dar una idea de la pieza:
Ciñe Peral la aureola
de escogido de la fama
que por genio te proclama
de la nación española.
No quiso de tierra extraña
recibir fausto y riqueza
pues le impulsó la nobleza
para ser fiel a su España.
No la envidia en su camino
fue a estorbarle bastante
pues de ella salió triunfante
el autor del submarino.
Su talento colosal
llena a España de ventura
al descubrir la escultura
óigase un himno triunfal.
Y con el ardor que entraña
el entusiasmo sincero
que repita al mundo entero
¡Viva Peral, Viva España!.

El nombre de Peral se vio inmediatamente reflejado en el Callejero de muchas ciudades españolas junto a Trafalgar, Méndez Núñez, El Callao o Abtao.
Aquella oleada de popularidad terminó llevando a Peral a ser diputado electo para el Congreso, asunto del que luego hablaremos, porque en medio de las alabanzas, ya se estaba gestando la ruina de Peral y la de su submarino.

Hubo problemas entre el inventor y alguno de los oficiales de su dotación, porque resultaba evidente que al hacer resaltar los riesgos de su misión, se ponía en duda la efectividad del submarino. Era comprensible que algo así sucediera, pero alguno de los biógrafos de Peral ha insistido siempre en que varios de ellos laboraban en secreto en contra del proyecto, cuestión que pareciéndonos creíble, no podemos corroborar o desmentir a falta de datos fiables.
Por lo demás, la correspondencia de Bustamante tiene un gran interés, no sólo en lo referido al caso Peral, sino a varios temas de la Armada durante la Restauración. Es muy de agradecer, y más por lo infrecuente, la decisión de sus descendientes de donarla a un archivo y hacerla así accesible para el investigador.
El 11-6-90 se atreve a decir: «Nada tengo que decirte sobre el submarino, como no sea algún triste comentario sobre el espectáculo que han dado los Padres de la Patria con su entusiasmo en el Congreso y en el Senado. ¿Habremos hecho mal en provocar esta explosión? Estos señores se han engañado, tomando el rábano por las hojas, y no faltará quien censure a la Junta por el paso que ha dado. ¡Estamos aviados!.
R. Orden a Peral el 10-10-1890, y a éste, pese a los halagos, aquello le pareció que llegaba al límite de su paciencia.
Tras sufrir los efectos de una dura campaña de rumores contra él, acusándole de ególatra, interesado o subversivo, varias reconvenciones y un arresto, veían los resultados de sus pruebas preliminares no aceptados, que los datos sobre defectos de su buque, de los que él había dado cuenta, así como de su fácil solución, se volvían contra él, al que se responsabilizaba de todo por su «falta de práctica en la construcción naval», como si ello no hubiera sido notorio desde un primer momento.
Luego se le había cambiado el programa, ya aprobado, de pruebas oficiales; continuamente se ponían en duda sus aseveraciones, cuando no se creía ver en ellas oscuros designios. Cuando pidió una mejora de recompensa para su dotación, las declaraciones de éstos en el juicio contradictorio sólo vinieron a aumentar el pliego de cargos contra él y su obra, y que, por último, se le negaba el carácter de inventor y se decía que su submarino era un artilugio que sólo conseguía evitar el naufragio por circunstancias fortuitas.
Aquello era como para enloquecer a cualquiera, y ponerlo en una situación en la que la necesaria serenidad de juicio desapareciera ante la ira y el despecho. No era improbable que algo de esto se intentara lograr, pues ya era conocido el carácter irritable del inventor.
Pero había algo peor. Pese a la libertad otorgada hasta entonces a Peral, el examen de su proyecto por diversos organismos y comisiones lo había retrasado por varios años, desde su propuesta de 1885.
La importancia que había llegado a tomar el submarino, si bien cortando algunos de esos documentos, y no siempre con criterios honrados de aligerar su lectura y comprensión o no divulgar secretos oficiales. Se reavivó la polémica, pero el peso de tanto papel acabó por ahogarla. Ante los hechos consumados una parte de la opinión terminó resignándose a lo inevitable, y por otro lado, los periódicos que hasta entonces apoyaron a Peral, empezaron a buscar otros temas no tan manidos. Era ya una causa perdida y todos lo sabían.
Así, a los cinco meses de la explosión de júbilo nacional por las pruebas del submarino, de las felicitaciones de la Regente, del Gobierno, de ambas Cámaras y de la Armada, en un asombroso giro, el inventor del submarino fue desautorizado y su proyecto abandonado. Pocas veces en la historia se ha dado en tan poco tiempo un vuelco tan espectacular.

Llama poderosamente la atención la diferencia entre el presupuesto firmado por Peral en marzo del 87, que ascendía a 301.500 ptas. y el «Estado demostrativo del importe del […] submarino» redactado por la Comisaría de Obras del Arsenal de La Carraca de marzo de 1890, a instancias de una pregunta parlamentaria y que totalizaba un total de 931.154,84 ptas.
Peral aducía las cifras expuestas por el Comisario de Obras del Arsenal, D. Salvador Brazón, y remitidas a él por carta el 6-6-1889:
CONSTRUCCIÓN
Jornales……………………………………….183.310,05 Materiales………………………………….. 140.362,22
40% Gastos Generales…………….. 129.468,01
Inventario………………………………. 1.678,21
Consumos………………………………. 2.953,59
TOTAL……………………………. 457.772,08 ptas.

El fuerte de Peral no era la economía, y esta parte de su alegato es realmente débil. Consideremos las cifras oficiales:
Efectos importados del extranjero……… 330.917,29
Derechos de importación…………………… 15.052,35
Materiales del Arsenal…………………….185.827,80 Jornales…………………………………229.530,85
Inventario……………………………… 1.629,50
Recargo del 40%…………………………. 166.143.46
TOTAL…………………………….. 931.154,46 ptas.

Su carrera política, en la que llegó a presentarse en tres ocasiones, entre 1890 y 1893, como candidato al Congreso de los Diputados por el distrito de El Puerto de Santa María. Sin embargo, diversos autores señalan el hecho como decisivo en el surgimiento de la antipatía de Beránger hacia Peral, y causa fundamental del abandono del proyecto.
En el primer caso, la ocasión se presentó apenas terminadas las pruebas oficiales del submarino, a finales de junio de 1890 o comienzos del mes siguiente. El diputado electo por dicho distrito, el liberal Sr. Laviña, cesó en su cargo al aceptar la Dirección de Penales.
Parece como si Peral debiera ser testigo y víctima de todos y cada uno de los males de la sociedad y del régimen político de la Restauración. Su relato tiene todos los visos de ser cierto, tanto en el fondo como en los detalles, y sólo su ingenuidad explica el asombro e ira ante hechos que se repetían ya con la fuerza de la tradición.
Llama la atención la insistencia en calificar muy duramente a Beránger. Da la sensación de que la relación entre ambos hombres fue más compleja y duradera de lo que los documentos nos dejan entrever, aunque bien pudiera ser todo sólo una muestra del disgusto del inventor.

(El desastre del 98) Aunque no se fuera plenamente consciente en la época, la rápida y espectacular derrota española frente a las fuerzas estadounidenses en dicho año, ofrece importantes elementos de juicio sobre el criterio de algunas de las personas que influyeron decisivamente en el abandono del proyecto del submarino y del papel que un arma semejante hubiera podido desempeñar en el curso de las operaciones bélicas.
Ya hemos señalado anteriormente que el decreto de Beránger de 1895 clasificando a los buques de la Armada por encima de su potencial real provocó el que buena parte de la opinión pública española se llamara a engaño respecto al balance que se podrá establecer entre las escuadras españolas y estadounidenses, que parecían así sensiblemente igualadas.
Cuestión aparte es la confianza depositada en los destructores, buques cuyo armamento principal era el torpedo. Tres de ellos formaron en la escuadra de Cervera, dos fueron hundidos impunemente por sus adversarios en Santiago antes de llegar a distancia de lanzamiento, y el tercero resultó averiado cuando intentaba torpedear a un crucero auxiliar enemigo en aguas de Puerto Rico. Eran buques modernos, rápidos y muy potentes, pero no podían mostrar su eficacia en ataques frontales a plena luz del día. Su fragilidad estructural les hacía muy vulnerables al fuego enemigo, su tamaño y la humareda que despedían muy visibles, por lo que su sacrificio fue en vano.
Otro hombre que figura entre los que contribuyeron al abandono del submarino de Peral, vuelve a aparecer con motivo de la guerra: D. Segismundo Bermejo y Merelo era entonces Ministro de Marina en un gabinete liberal. Al parecer Bermejo compartía plenamente las opiniones de Beránger sobre lo que cabía esperar de un enfrentamiento naval con los EEUU, y así lo muestra su polémica con Cervera, quien trató inútilmente de hacerle ver la realidad. Responsable de la salida de la escuadra de éste hacia Cuba, y de que no se enviasen los tan solicitados refuerzos para Filipinas, Bermejo tuvo que dimitir al conocerse la derrota de Cavite.
En cuanto a Víctor Concas, era el comandante del crucero Infanta María Teresa, insignia de Cervera, resultando herido y prisionero tras el combate de Santiago. Repatriado, escribió largamente sobre la campaña, ofreciendo su particular visión y en el XX fue en dos cortas ocasiones Ministro de Marina.

En 1985, cien años después de la primera propuesta de Peral, el viejo casco se vio realzado al situarse bajo él una fuente luminosa. Al año siguiente, en la base de Submarinos, se presentó el «Himno al Submarinista» con letra de D. Ángel Roca Martínez y música de D. Gregorio García Segura. En su primera estrofa se cita al precursor del arma submarina.
Quedaron así en Cartagena los restos de Peral, el principal monumento al inventor en España, el submarino que diseñó y probó, y más recientemente incluso los fondos que de ambos disponía el Archivo Histórico Nacional de Madrid, el Museo de la Ciencia, y buena parte de los conservados por la familia. Si añadimos a esto el que la ciudad sea la sede del Arma Submarina de la Armada, observaremos cómo la ciudad natal de Peral ha sabido reunir en ella todos sus recuerdos y la proyección actual de su invento.
Resulta, por tanto que pese a los continuos cambios políticos ocurridos en nuestro país durante el siglo XX, la figura de Peral ha sido reconocida y valorada por regímenes bien diversos. Si los primeros honores corrieron a cargo de la monarquía de Alfonso XIII, la aparición de estudios biográficos se realizó en tiempos de la II República, y durante el régimen de Franco se tributaron a su memoria grandes homenajes.
Sin embargo, no deja de producir tristeza que lo mismo que se recriminaba a Peral en su época, su ideología y creencias políticas, se ocultara tantos años después.

Excepciones, y una de las más felices se debe al Capitán de Navío Carl H. Hilton, U. S. Coast Guard, quien publicó en noviembre de 1956 un magnífico artículo en el United States Naval Institute Proceedings. Más recientemente, Antony Preston, autor de Sea Power, a modern illustrated military history de 1979, señala:
«El submarino propulsado eléctricamente de Peral fue construido en 1888, pero no fue nunca aceptado por la Armada Española a causa de la obstrucción oficial. El motor eléctrico probó ser la respuesta al problema de la propulsión, y todos los submarinos siguientes deben algo a este prototipo […]. Es un extraño giro de la fortuna el que un país pequeño y subdesarrollado como España, hubiese desarrollado el primer submarino moderno, cuando la primera potencia marítima y de construcción naval del mundo, Gran Bretaña, fuese aún incapaz de disponer de un medio adecuado de propulsión».
Si el elogio para merecer entero crédito, debe de venir de extraños, tal vez sea éste el mejor que se pueda recoger, aunque sea un poco tardío e incompleto, pues como recordará el lector, la propulsión no fue la única cuestión resuelta.
Hacia 1988, una exposición itinerante con motivo del Centenario de la botadura del Submarino marcó un decisivo hito en el conocimiento en nuestro país de la figura y obra de Peral, al exponerse por primera vez muchos planos y documentos inéditos y prácticamente desconocidos hasta entonces.

Al menos un submarino posterior al Peral que parece seguir fielmente el diseño de éste e incluso bastantes de las modificaciones propuestas por Peral en su Memoria del 90 para un modelo posterior. Nos referimos al italiano Defino, diseñado por el Ingeniero Giacinto Pullino, puesto en grada en 1892, botado en 1895 y en servicio un año después.
El Delfino era un buque de propulsión eléctrica, de casco fusiforme, desplazaba 95/107 toneladas, tenía 24 metros de eslora y lo armaban dos tubos lanzatorpedos a proa. Disponía de un periscopio primitivo, de una pequeña torreta circular, y tenía la parte superior del casco de un grosor considerable, probablemente para evitar que la artillería enemiga le dañase en superficie, recomendación expresa de Peral.
El juicio pesimista de Cánovas sobre la situación y potencialidades de la España de la época es bien conocido. Nada se podía hacer, salvo asegurar una tranquilidad interior que permitiera la recuperación paulatina del país, desechándose por completo soluciones supuestamente milagrosas y previsiblemente desestabilizadoras.
En las relaciones exteriores el líder conservador creía que España, falta de potencial naval y militar y de riqueza económica, debía seguir una política prudente, de «recogimiento», con los mínimos compromisos con otras naciones, sin aventurarse a nuevas expansiones (en Marruecos por ejemplo) y labrándose una imagen digna y respetable que asegurara el «statu quo», que sería probablemente la mejor situación a la que se podía aspirar.
Si las presiones exteriores eran fuertes, siempre se podía recurrir a alguna concesión en cuestiones no cruciales para España, como cediendo Borneo en 1885 u ofreciendo una estación de carboneo en Guinea a Alemania ese mismo año.

Que el submarino era el arma de los pobres se mostró nuevamente al otro lado de la «raya», pues el Teniente de la Marina portuguesa Fontes Pereira de Melo proyectó y construyó un modelo de submarino a partir de 1889, si bien considerablemente más modesto que el Peral, y dada la situación del país, incluso sin motor. Pero la idea estaba lanzada y era lo suficientemente poderosa para exaltar el nacionalismo de ambos países ibéricos: la república y el submarino serían los medios para primero librarse de la prepotencia británica en Gibraltar o en África, y segundo, reconducir la trayectoria de ambos viejos y declinantes imperios coloniales.
Cánovas ya había sufrido las consecuencias desestabilizadoras para el régimen de la Restauración de la anterior Crisis de las Carolinas, y debió temer que ahora, la calle le ganaría nuevamente el pulso, pero con consecuencias mucho más graves. Además la aparición del Teniente de Navío Carriles al lado de Peral no hacía más que recordar la situación anterior.
Era poner demasiadas cosas en peligro por un proyecto que bien pudiera ser una quimera, y Cánovas ni por ideología ni por temperamento era de los que cabalgan sobre una tempestad: muy al contrario.
Cánovas pudo contar con la colaboración entusiasta de un Beránger recién incorporado a las filas conservadoras y previsiblemente deseoso de mostrar su nueva lealtad y su alejamiento de pasadas veleidades. También con un reducido grupo de marinos adversos al proyecto por unas u otras razones, a los que se situó, si es que no los tenían ya, en destinos esenciales para dirimir la cuestión.
La forma de actuación fue, por lo demás, sumamente hábil: primero irritar al susceptible inventor con consideraciones parciales, críticas o incluso falsas, retorciendo el previo dictamen de la Junta Técnica, pese a todo muy favorable para Peral y su proyecto. Proponerle después la construcción de un nuevo submarino a la que éste no se podía negar, pero indicando unas condiciones inaceptables como la de reducir su tamaño o utilizar materiales ya empleados y descartados del primero. Con eso, y con recortar la libertad del inventor, se aseguraba una lógica negativa por parte de éste, a quien se le hacía imposible aceptar que el único resultado tangible después de construir y probar el primer prototipo era que se le restringieran atribuciones y recursos para el segundo.
Cualquiera que fuera la causa inmediata de la decisión de cerrar el proyecto, lo cierto es que se tomó por un gobierno de Cánovas, y con una rapidez y eficacia que hubieran deseado muchos de los problemas que entonces tenía planteados el país.
Era, por otro lado, una actitud realista, a la que, de ser cierta nuestra hipótesis, poco se puede objetar, y, desde luego, bastante representativa del sentir y actuar de Cánovas. Los principios que inspiraban su política tal vez fueran poco románticos, pero eran indudablemente racionales.
Sin embargo, la historia recoge reiteradamente magníficas formulaciones de principios que, una vez llevados a la práctica, conducen a auténticos desastres. Éste se produjo en 1898, y para entonces España no tenía submarinos, ni disponía de una escuadra eficaz, ni de sustanciales apoyos internacionales ni siquiera de una benevolente actitud por parte de Gran Bretaña. Si ello era el resultado de una poco madura política de los liberales, también, y en mayor medida, lo era del estrecho realismo teñido de pesimismo de los conservadores.
Una biografía de Peral es, por tanto, la historia de una frustración: no sólo la personal del inventor, o la del desarrollo del submarino en España, sino la de una sociedad y un régimen que fueron incapaces, por una razón u otra, de valorar y aprovechar una oportunidad realmente única.

Cualquiera que fueran los errores de Peral, que probablemente los tuvo, lo cierto es que la suya es una figura con una cierta grandeza trágica, desde su infantil resolución de ser marino a su honesta ambición de proporcionar a su patria un arma decisiva, con todas las consecuencias que de ello se derivaban. También lo es en su declive, cuando cifra su futuro personal y el de su invento en el consenso de sus conciudadanos.
Tal vez algunos de estos errores eran inevitables porque venían impuestos por un inexorable destino. El inventor de un submarino no podía ser, al mismo tiempo, un respetuoso observador del régimen y de las ideas establecidas. Un reputado técnico en ramas por entonces revolucionarias, no podía ser comprendido y valorado en un país atrasado y que había asumido, hasta en la vida cotidiana, su dependencia de la creatividad científica del extranjero.
Y es también una figura tanto más dolorosa, por cuanto nunca buscó una confrontación directa.
La sociedad de la Restauración, atenazada por sus propios temores, lastrada por la pesimista convicción de que la nación se hallaba en una ya secular decadencia, estaba completamente imposibilitada para apoyar, reconocer y valorar a quienes aún no habían perdido las esperanzas. Incluso sus extemporáneos, poco duraderos y excesivos estallidos de ilusión colectiva, no hacían en el fondo más que refrendar esa asumida situación de inferioridad y de falta de autoconfianza.
Como en tantos otros casos, el mejor reconocimiento de la obra de un español, vino del reflejo que ésta obtuvo en el exterior.
Lo más doloroso de una frustración, ya sea personal o colectiva, no radique en ella misma, sino en lo perfectamente comprensible e incluso aparentemente inevitable de las causas que la provocaron.

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