El Precio De La Transición — Gregorio Morán / The Price of the Transition by Gregorio Morán (spanish book edition)

Este libro es la valoración final que de la Transición que hace Morán, me parece que debe leerse sin duda. Nadie debería comprar este libro esperando encontrar una crónica o un relato personal de sus hechos más significativos. Se dan por sabidos los acontecimientos, las versiones oficiales y las que no lo son tanto, una cierta cultura sobre el asunto.

Es sólo por tanto un balance personal, lo que no quiere decir que sea meramente subjetivo. En nuestra sociedad es frecuente escuchar discusiones sobre el valor que tiene la subjetividad con un enfoque algo bruto. Una opinión, un juicio, un gusto puede ser mejor que otro ( contra lo que afirma cierta cazurrez patria) si está bien fundamentada, si tiene a su favor argumentos sólidos, como es el caso. No basta por tanto con ser una opinión, con la afirmación, tan española, de que “mi opinión vale tanto como la tuya”, “hay otros de derechas/izquierdas que dicen lo contrario”, de la misma manera que, aunque esté basado en un juicio subjetivo, tiene más visos de verdad afirmar que Rafael Sanzio pintaba mejor que Antonio López. Legitimidad la tiene todo el mundo, pero ciertos juicios son más acertados o simplemente no son majaderías. Lo gratificante de este autor es que su integridad nunca le hizo cambiar de chaqueta, siendo sin duda de los comentaristas más agudos de la política española.

Morán se aparta del consenso político y académico y juzga duramente la Transición y a sus protagonistas. Deja claro que no fue el abrazo de Hello Kitty de Genovés sino una concesión no graciosa ( pues iba en interés de los concedentes) de unos sobre otros. Un otorgamiento tutelado por amenazas y no un pacto. Lentejas. Que el precio de esa concesión fue una amnesia no ya legal (necesaria) sino histórica, lo que para cualquier observador imparcial conlleva una carga de estupidez ( por el lado de las víctimas de la Dictadura) y de abyección verdaderamente asombrosas. Que sus protagonistas, Juan Carlos de Borbón, Torcuato Fernández Miranda, Adolfo Suárez, Carrillo eran mediocres, deshonestos y falaces, aunque ambiciosos. El libro contiene además una valoración somera de la vida cultural en la Transición. Se puede resumir diciendo que se pasa de cierto páramo con algunos arbustos a un secarral mediático.
Me parece un interesante libro donde el estilo del autor es a veces irritante. Escribe bien, pero no tiene la cortesía de ser claro, con cierta necesidad de no llamar las cosas por su nombre. El libro contiene muchas referencias personales, en muchas casos muy negativos pero a mi juicio son acertadas y, además, valientes. Fernando Ónega, sí, ese periodista tan querido, escribía los editoriales del Arriba.
El tono, por último del libro, es el de un derrotado, y ahí hay cierta impostura algo literaria, en un libro original y muy notable por todos los demás conceptos.

Dudo mucho que la Transición hubiera sido un éxito para los españoles que hubieron de pagar su precio, pero tratándose de los Irala y los Mullor (Presidentes de l compañía bandera del país IBERIA LAE) y decenas de ciudadanos como ellos, la Transición había sido una mina. Había mucho dinero por ganar y cualquier posibilidad para hacerlo estaba abierta. En este campo no había adversarios, sino socios.
Para la inmensa mayoría de españoles que está ayuna de estas cosas y sobre la que han exhibido los medios de comunicación un especial interés en no contarles nada que fuera fundamental pero sí todo lo que era accesorio, es necesario adentrarse en las por lo demás anodinas historias de Xabier de Irala y Ángel Mullor. Dos protagonistas secundarios a los que el foco de la historia económica española iluminó.
El rey era el primer operador fraudulento del país, como lo habían sido todos sus predecesores, pero en este caso como si se tratara de compensar los difíciles momentos del pasado y se creyera en la potestad de exigir doble factura a los ciudadanos: la impunidad que le concedía el Estado y la de su real gana. Y así siguió hasta que los suyos hubieron de cesarle porque ponía en peligro la supervivencia de la institución. La irresponsabilidad del monarca no fue solo política durante el periodo de la primera transición —23 de febrero de 1981—, sino económica.
Es difícil construir una sociedad democrática cuando quienes han manejado el cotarro —ese puñado de hombres que decidieron el curso y las etapas de la Transición— saben que el primer «comisionista» es el monarca. Y que además, de todos ellos, es el único impune e inmune.
¿Y quién era el enemigo? Tardamos en saberlo, porque éramos ingenuos e inexpertos. El enemigo, éramos nosotros, el común, los que contemplaban el espectáculo sin entender nada. Los medios de comunicación fueron los cómplices y beneficiarios de una democracia, condicionada por la Transición, que da sus últimas boqueadas cuando ya no queda nada que robar ni nada que subvencionar. Estamos en ello.

Han pasado más de cuarenta años desde la muerte de Franco y la transición de la dictadura a la democracia sigue rodeada de tabúes. Una especie de historia angélica sobrevuela este periodo. Unos dirigentes abnegados, un rey consecuente, unas instituciones preñadas de patriotismo, una ciudadanía responsable… De no ser porque algún oficial temerario tuvo algo más que tentaciones golpistas, nos encontraríamos con la paradoja de que por primera vez en la historia de España, y del mundo, la política se despegó de maquiavelismos y se convirtió en seráfica. Todo el mundo fue bueno, incluso sin quererlo, y algunos a sabiendas.
La paradoja más significativa de estos años de democracia es que todos dicen considerar como plenamente consolidado el nuevo sistema y sin embargo nadie osa aún traspasar el marco de «las verdades reveladas» sobre la Transición.
Lo que tuvo de manipulación ese proceso queda patente cuando lo enfrentamos a la prueba de la verdad. Durante años decir la verdad sobre la Transición era considerado desestabilizador de la democracia, y dar por bueno el engaño se consideraba como facilitar el asentamiento del nuevo sistema.
El debate sobre la Transición fue monopolizado por ellos como garantía de que el nudo gordiano sería considerado como una aportación y no como una rémora. El tejido de intereses, legítimo, se convirtió en ilegítimo a causa del secretismo, el ocultamiento y la mentira. Cualquier osado que se atreviera a acercarse a ese nudo, saltando sobre las anécdotas, para intentar desenmarañar la trama, corría el riesgo de la descalificación total. Y sería acusado de aquello que tiene a gala y que le permite el distanciamiento: no ser un protagonista de la Transición.
Quien no había estado en los sucesivos conciliábulos, aunque fuera a título de convidado de piedra, se arriesgaba a ser reprendido por falta de información confidencial. O lo que es más cruel, por ingenuidad. Una de las más curiosas leyendas, en las que se mezcla la vanidad y la majadería, es la consideración que tienen los protagonistas de sí mismos, y no digamos sus ayudantes, de que todo el proceso fue un derroche de sutileza, astucia y habilidad.

¿Qué fue la Transición? ¿Tan solo un tránsito de un régimen corrupto, que se caía a pedazos, a una monarquía parlamentaria, donde la piedra angular es más el propio monarca que el Parlamento? Si esto fuera así, como pretenden los cronistas, habría que precisar que o bien al viejo régimen debían quedarle muchos y suculentos pedazos, para que tratara de reducir el proceso de deterioro sin esperar al estrepitoso final, o bien las fuerzas democráticas carecían de capacidad política para arruinar las maniobras de supervivencia de ese viejo régimen. Lo cierto es que el franquismo no se desmoronó, ni fue derribado, y que los planteamientos políticos del conjunto de las fuerzas democráticas hubieron de ser rápidamente adaptados para afrontar el año 1977 y las primeras elecciones.
El asunto no es banal y está unido indisolublemente a otras cuestiones más vidriosas. Si la Transición se inició a la muerte del dictador o hubo un deslizamiento a partir de la «providencial» muerte de Carrero Blanco y del trabajo de una denominada «generación del príncipe».
¿Cabe alguna duda de que en el caso de que Franco hubiera nombrado a Alfonso de Borbón como su sucesor, lo hubieran aceptado el Ejército, el Movimiento y demás instituciones? Ninguna. Independiente de lo que pensaran en su fuero interno, históricamente desdeñable, todos hubieran alabado la clarividencia del Caudillo. De igual modo que la designación de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno funcionó a la perfección, institucionalmente hablando, porque estaba en la más propia dialéctica franquista. Cualquier otro candidato, incluido Fraga Iribarne —conviene recordarlo—, no hubiera obtenido el consenso del viejo régimen que obtuvo el antiguo ministro secretario general del Movimiento. Era más de ellos que cualquier otro, y tanto Suárez —con el rey—, como la eventualidad de Alfonso de Borbón —con Franco—, garantizaban la endogamia que caracteriza a los regímenes totalitarios.
El desinterés de los protagonistas por aclarar el periodo que media entre la muerte de Franco y las primeras elecciones democráticas de junio de 1977, constituye una especie de agujero negro de la democracia. Los hechos, aunque dispersos, son conocidos, pero ha habido buen cuidado de no interpretarlos. Si al final todo salió bien, es que todo fue bien.
La fragilidad del sistema durante aquellos años podría ser una prueba de que las cosas no iban tan bien, pues se exigía, como condición para proseguir, el no poder hablar de ellas. Y no se trataba de la obvia astucia del guerrero que oculta a sus enemigos los pasos que va a dar, sino más bien la del militar que se ve obligado a silenciar sus batallas para no exacerbar al adversario. Un maligno juego entre generales majaderos frente a reputados cínicos.
En aras de no agudizar la inseguridad, hubo que admitir una falacia tan burda como la de que en aquella pelea política no había vencedores ni vencidos, sino que todos, hermanados ante el altar de la patria, se ofrecían ufanos para arrinconar a los irreductibles del viejo régimen.

La democracia en España ha sido históricamente un bien tan escaso que por muy mediocre, vulgar y chumacero que haya sido el procedimiento para su fabricación, la ciudadanía no puede menos que interpretarlo como un lujo. La mayor desfachatez de la clase política de nuestra transición es que nos cobró un precio considerable, casi cabría decir abusivo, dando la impresión de que nos hacía un favor. Y la mixtificación ha continuado así durante años sin que nos atreviéramos a evaluar el costo.

Políticamente la agonía de Franco debería de haber sido, para quienes luchábamos contra la dictadura, el elemento de reflexión sobre la inevitabilidad de la reforma a corto plazo o de la pelea a largo plazo si se aspiraba a un régimen diferente. La sociedad, por acción o por omisión, contemplaba impertérrita el combate por la supervivencia, la búsqueda del milagro de un hombre que había tratado siempre a Dios como cómplice. Y hasta se apiadó de él. Las ceremonias, siempre demoradas, de descorches y fiestas —en la más estricta intimidad— no podían ocultar el sentimiento general de piedad hacia aquel pergamino entubado. Pero aún no estaba en discusión más que la continuidad.
Hubo que esperar a que la naturaleza venciera para que pudiéramos plantearnos la reanudación de nuestra pelea política. Existió una especie de agujero negro en la actividad antifranquista durante la agonía del dictador. Hay un mes de espera. La muerte no venía y la situación se hacía penosísima; por expectante, no por peligrosa.
La Transición en vez de reconstruir la historia, se permite todo tipo de manipulaciones para hacerla «coherente», de un trazo. Siguiendo el principio de que si ha salido bien, por qué no vamos a decir que todo se hizo bien. En el fondo late la obsesión por la limpieza de sangre; no basta con ser creyente cristiano, sino que además hay que anunciar que lo fuimos siempre, desde nuestros antepasados. Lo que no pueda ser reescrito para uniformizar la transición pertenece al limbo. El sociólogo Víctor Pérez Díaz ha señalado, que conforme se producía el «esfuerzo constitucional» de los pactos y acuerdos se daba «un esfuerzo cultural paralelo, en parte consciente y en parte inconsciente, en olvidar algunos fragmentos de nuestra historia… El pasado franquista ha sido no tanto denunciado cuanto silenciado.

Emilio Romero fue el paradigma del periodista en el franquismo: un listo de voz engolada y pluma ligera, que enseñaba a los jóvenes periodistas que la prensa es como una cama, que debe alquilarse al poder y llevar muy bien las cuentas para que los clientes no se marchen sin pagar. Un lupanar despreciado y divertido donde todo director ambicioso ejercía de rufián.
Sobre el espíritu que dominaba las instituciones periodísticas, vísperas de la muerte de Franco, baste un ejemplo. El oficial Arriba, orientado por el delegado Nacional de Prensa del Movimiento, el citado Romero, y el entonces criptomonárquico ABC dirigido por el opusdeísta José Luis Cebrián se lanzaron con desparpajo contra el hombre fuerte del semanario Cambio 16, Luis González Seara. Bajo el expresivo epígrafe de «El caradura» le acusaban de tener un pasado trabajando para Franco y estar ayudando ahora a los antifranquistas. El asunto llegó a los tribunales, y en el fondo se trataba de algo tan sencillo como lo que luego sucedería: o cambiaban de chaqueta todos juntos o denunciaban al insolidario que se les adelanta.
Había que engañar al viejo régimen, pero no derrotarle. De algún modo se mantenía una línea de coherencia con el pasado que permitía a muchos tener razón siempre; ayer cuando se le adulaba, hoy cuando se le obvia, mañana cuando se le escarnezca. El desprestigio de los principales protagonistas de la transición se redujo a esto. El deterioro político y social de Adolfo Suárez, de Santiago Carrillo, de Torcuato Fernández Miranda, partió de ahí. Aparecían como demasiado bribones para algo que fuera más allá de engañar a un régimen agonizante. Se lucieron de todas las armas de la habilidad y luego se sorprendieron porque la gente no viera en ellos otra cosa que unos actores sin credibilidad.
Lo que mejor resume los modos y maneras de enterrar el fantasma fue la decisión, tomada por los principales líderes políticos de la Transición, reunidos en Toledo en mayo de 1984. Allí, en el Centro de Estudios Internacionales San Juan de la Penitencia, acordaron que ninguno de ellos haría pública cosa alguna del pasado que pudiera afectar a los presentes. ¿Se trataba de un póstumo homenaje al gran fantasma que había condicionado sus vidas?.

Juan Carlos de Borbón fue rehén del viejo régimen hasta el 23 de febrero de 1981, cuando una parte del Ejército juzgó llegado el momento de dar un «golpe de timón» y comprometer al rey en una operación de vuelta a 1976. O el rey rompía con ese fardo o se volvía al espíritu de Torcuato Fernández Miranda, al miedo a las alternativas no controladas, ya fuera el vacío de poder o el Partido Socialista. A cual peor. El golpe del 23 de febrero fue un intento de rediseñar la Transición borrando a Adolfo Suárez y a Gutiérrez Mellado para volver al mensaje de Torcuato Fernández Miranda. Solo jugando con la figura del monarca, obteniendo su beneplácito, o su neutralidad benevolente, se podía conseguir. Volveremos sobre ello, porque el 23 de febrero de 1981 cierra el ciclo del rey como rehén y abre una etapa del rey como «piedra angular de la democracia»; si la primera constituía una traba para el funcionamiento democrático, esta última no dejaba de ser inquietante.
La paradoja está en que se trata del primer Borbón en la historia dinástica de España que puede decir que ayudó a estabilizar la democracia y no a vulnerarla.
En resumen, el intento de golpe le saca las costuras a la transición. La ausencia de protagonismo de la sociedad, el lado negativo del sosiego público y del cercenamiento de las presiones sociales. Se borró, o se hizo todo para que se borrara, cualquier acción que entorpeciera el curso de los consensos. En el fondo, la monarquía consensuada era el ideal de nuestros españoles ilustrados dos siglos antes; había quien soñaba con Jovellanos, otros con Aranda, incluso se podría decir que la máxima aspiración de los partidos era erigirse en los «caballeritos de Azcoitia».
La Transición fue un proceso de desmovilización social. Consciente o inconscientemente se mantenía la idea de que las bases de los partidos eran el ideal sustitutorio de la sociedad. La política constituía una tarea y una misión de los estados mayores políticos. En el fondo se obraba a la manera dieciochesca, ilustrada. «Les concederemos la democracia, pero que no se inquieten, ni teman, ni bullan. Para la campaña electoral necesitaremos que echen una mano; especialmente la militancia. El común, abstenerse».

En 1979 Adolfo Suárez González ya no era solo un hombre de 46 años con un currículum escasamente brillante; un trepador que había ascendido por los vericuetos del franquismo con ímprobos esfuerzos: gobernador civil, director general de Radiotelevisión, vicesecretario general del Movimiento Nacional. En 1979 Adolfo Suárez no podía ser denominado de otro modo, y con todo respeto, más que como «el presidente Suárez». Estaba en la cúspide de su prestigio. Nadie, ni su biógrafo, ni sus adversarios, ni siquiera él mismo, podían creer que tan solo le quedaban quince meses en el poder. Contra la opinión de muchos de sus correligionarios había aceptado el doble envite de convocar elecciones generales, tras la aprobación de la Constitución, y municipales un mes más tarde. Ganaría ambas, aunque el pacto entre el Partido Socialista y el Partido Comunista le sustrajera el poder en las grandes ciudades.
La trascendencia y la fragilidad política de Adolfo Suárez iban unidas. Tenía el talento de lo efímero, del reflejo rápido, de la operación fulminante y exitosa. Lo demostraba cotidianamente desde aquella ocasión que maniobró en el Consejo Nacional del Movimiento, en las viejas Cortes de procuradores o ante las anquilosadas y obtusas tortugas del alto mando militar. Su círculo político se reducía a su círculo personal; el resto, contemplaba el espectáculo. En este aspecto hubo quien dio enorme realce a lo que representaba como amigo y como político Fernando Abril Martorell, su vicepresidente durante tres años. Se fue como vino; le sirvió, compartió intimidades, ayudó al presidente y un buen día hubo de escoger entre seguir tostándose junto a aquel sol de la desmesura o reconstruir su vida en otra parte. Se marchó.
Una jaula de grillos arrogantes, eso era la Unión de Centro Democrático en enero de 1981 y Adolfo Suárez contemplaba el griterío con cierto desdén, que pronto se trasformó en inquietud y por último en desgana. El partido amenazaba con desangrarse. Fue cuando le insistieron que el momento de utilizar su carisma había llegado. O él o nadie. O él o la catástrofe. Había que evitar la desbandada. Al primero que echó mano fue a un insignificante diputado por Málaga, flor de discreción y mediocridad, melillense, maestro de escuela y poeta voluntarioso, secretario general del partido en la provincia. Hasta su nombre era la quintaesencia de la modestia, se llamaba José García Pérez.
Cuando no consiguió hacerle abandonar su intención de dejar la Unión de Centro Democrático, Suárez desolado admitió, «si no he logrado convencer a Pepe García, ya no tengo nada que hacer».
En la dimisión de Adolfo Suárez había también un intento de que nadie le usurpara los beneficios de la Transición. Ya que dentro de su partido todos se habían confabulado para cuestionarlos, iba a demostrarles que todo se lo debían a él y que él no le debía nada a nadie. «Me voy —dijo en su despedida pública— porque ya las palabras parecen no ser suficientes y es preciso demostrar con hechos lo que somos y lo que queremos». La primera parte era cierta y la historia lo ratificaría. Pero lo demás aún está en el aire. Aquella especie de banda borracha en que se había convertido la Unión de Centro Democrático, cuya máxima aspiración era llegar a democracia cristiana italiana, un pulpo sobre la Administración, se lo debía todo al presidente Suárez. Más al presidente que a Adolfo Suárez, valga la precisión. Cuando les retiró su apoyo, dos personajes de cuento, Landelino Lavilla y Leopoldo Calvo Sotelo, se hicieron cargo de aquel buque engalanado y lleno de agujeros, y lo hundieron, convencidos de que batían el cobre cual bragados políticos.

El ciclo de formación de la clase política de la Transición termina de momento encerrándose en el conservador esquema weberiano de las dos éticas. Una para hacer de oposición y otra para gobernar. Como la formulación fue enunciada por el propio presidente del Gobierno socialista Felipe González, en ocasión memorable, vísperas del referéndum sobre el ingreso en la Alianza Atlántica (OTAN), se puede decir que nuestra clase política, consolidada ya la democracia, se considera homologada con las del Occidente europeo. La vocación se ha convertido en profesión. Queda por saber si lo acelerado de la conversión al weberismo maduro no es, como en el pensador alemán, una última convicción dentro de una carrera de derrotas políticas, o tan solo un recurso brillante y vacuo para seguir gobernando sin convicciones y con dudoso sentido de la responsabilidad.

¿De qué modo afectó la transición democrática a la cultura? Si entendemos el término cultura en su sentido más abierto y genérico, los diversos mundos culturales españoles llegaron a la Transición unos —los más tradicionales— con cierto desamparo y angustia, otros con arrollador entusiasmo. Los años oscuros, para unos habían sido una oportunidad y para otros una rémora. La Transición lo único que hizo fue convertir la pobreza provocada por esos años oscuros, explicable por razones históricas, en espectáculo. Hasta entonces había, por decirlo así, pocas posibilidades para una cultura democrática que engarzara con el primer tercio de siglo; luego ninguna.
Somos resultado de la pertinaz sequía intelectual del franquismo y esclavos de prestigios adquiridos por procedimientos que nadie se ha preguntado nunca: así Juan José Linz es por antonomasia «la sociología»; José Antonio Maravall «la historia»; Aranguren «la ética»; López Ibor «la psiquiatría»; Carlos Ollero «el derecho político»… y así sucesivamente. La Transición hizo de esta esclavitud norma de conducta, quizá porque no había carrera académica, en el gremio que fuera, sin admitir esta verdad de fe. Los tribunales de oposiciones se lo hubieran hecho pagar caro a cualquier osado iconoclasta.
El procedimiento se ha ido deteriorando en cascada y de los prestigios adquiridos con base en interrogantes que nadie ha querido preguntar, se ha pasado a prestigios adquiridos con base en complicidades que nadie debe desvelar si no quiere ser trasladado al limbo de lo inexistente. Esa misma Transición que trajo escepticismo hacia la política, aportó sin embargo una credulidad social hacia las figuras consagradas de la inteligencia a prueba de adhesiones inquebrantables. Mientras no conste lo contrario, y de momento no consta, la generación que surge a la vida política y social durante la Transición es la primera generación quizá de nuestra historia que no derriba nada, sino que acepta e incluso consolida lo existente.
Sin embargo, la Transición propiamente dicha provocó en la cultura un fenómeno inquietante que habrá de cuestionar muchas valoraciones construidas durante la dictadura. Fue el descubrimiento tardío de autores ajenos a esos círculos creadores de reputaciones, marginados voluntaria o involuntariamente de los ambientes capitalinos de Madrid o Barcelona. Mientras se había ensalzado obras de menor cuantía, de personajes incrustados en los aledaños del poder —el grupo Escorial sin ir más lejos, y la poesía de Ridruejo, Panero, Vivanco o Rosales— otros trabajaban concienzudamente en una obra que ahora fascina. Es el caso de poetas tan diferentes como Gamoneda, García Baena, Álvarez Piñer, Pino… Algo querrá decir el que unos personajes marginales hayan necesitado llegar a la ancianidad, o casi, para traspasar el muro iniciático, mientras el fantasma de Rafael Alberti recorre el mundo y las voces afónicas de algunos moribundos ya no convocan a nadie. Para más de uno, la concesión del premio Nobel a Vicente Aleixandre en 1977 —ayuno ya de todo— ha sido interpretada como una especie de redención de las miserias históricas de un gremio que llegó a la Transición hecho unos zorros.
Para la cultura la Transición no existió; ni como reforma ni como ruptura. Permaneció impertérrita ante la nueva situación convencida de que el pasado había quedado enterrado mucho antes y los nuevos tiempos confirmaban sus anhelos. Asearon la paramera intelectual de antaño con algún detalle decorativo, un cactus aquí, un bonsái allá. Lo nuevo, como revulsivo, es un fenómeno que no es posible allí donde se han roto las raíces del proceso de continuidad con una cultura consolidada, la del primer tercio de siglo. Lo único que estaba entonces en nuestras manos, era hacer una revisión crítica y empezar a trabajar.
Se necesitaban valor y medios. Los medios estaban en poder de quienes cumplían la misión de que nada fundamental fuera revisado hasta sus raíces, radicalmente. Y el valor, aquel que sobrevivió al franquismo, fue elemento expresamente extirpado en aras del consenso y la estabilidad. La máxima aspiración intelectual de la Transición consistió en considerarnos irremediablemente mediocres, pero tranquilos; paso imprescindible para ser feliz, aunque desazonado. Se interpretó como el precio que hubo de pagar la inteligencia a la libertad otorgada y a los pasados inescrutables.

No sé hasta qué punto cuando se dice que la sociedad española estaba madura para la democracia, no puede aplicarse el mismo esquema a las sociedades del Este. Los sectores dirigentes nunca están maduros para iniciar ese tránsito mientras no haya una sociedad que lo demande. Es obvio que contaban y mucho los desfases lógicos entre sociedades como España, más desarrolladas económica y culturalmente, y otras, como Rumanía, a caballo de la edad media y la industrialización forzada de un comunismo de guerra.
La pretendida universalidad de la Transición española parte de considerar que el pasado fue necesario para que el presente fuera modélico. Una variante de teoría reaccionaria; la larga dictadura franquista fue el correctivo necesario para que los españoles aprendiéramos a convivir sin poner jamás en riesgo la estabilidad institucional.
El general Franco y su entorno habían previsto unos mecanismos sucesorios que se cumplieron, solo que la primera tarea de todo príncipe es garantizar su permanencia. Exactamente lo que realizaría Juan Carlos de Borbón al ser designado rey. La suerte del monarca consistió en que su futuro, desde el primer momento de la Transición, estuvo ligado a la democracia. Aunque tuviera sus reticencias y gustara de marcar ciertas distancias que permitieron a algunos creer que se podía cabalgar aún entre el viejo y el nuevo régimen.
El enraizamiento de la monarquía en estos años está en desproporción con el desarrollo de la democracia. Logró asentar una monarquía sin monárquicos; un régimen basado en lo menos conflictivo, lo más cercano, lo más idóneo para él y para una generación políticamente agotada tras una travesía del desierto de cuarenta años de represión y clandestinidad. Aceptaron las condiciones de Adolfo Suárez, pero con lo que hoy sabemos podemos afirmar que hubieran aceptado las de otro cualquiera.
La transición española es un modelo de improvisación a partir de una consideración principal. La monarquía y cuanto la sustenta es intocable, el resto es mejorable. Nadie tenía en su cabeza la idea de una Constitución —y si la tenía alguno se cuidaba muy mucho de no decirlo—, pero tras las primeras elecciones la dinámica social y política lo hizo perentorio. Si hubo de hacerse por consenso no es tanto por deferencia de unas fuerzas políticas hacia otras, sino porque la base de sustentación del régimen era tan frágil, estaba tan implícita en el mal menor, que la propia clase política se constituyó en garante del sistema. Ellos y poco más.
Lo atípico y no señalado de la transición a la democracia es que se trata de un proceso de captación de base social. Algo insólito al referirnos al paso de una dictadura a una democracia. ¿Eso quiere decir que la sociedad no ansiaba la democracia? No, solo quiere decir que la sociedad no identificaba del todo el proceso de la transición con una democracia real. Lo seguía, lo apoyaba, pero con la doble distancia que marcaban la clase política de un lado y una ciudadanía marginada.

This book is the final assessment of the Transition that Morán makes, I think it should be read without a doubt. Nobody should buy this book hoping to find a chronicle or a personal account of its most significant events. Events are taken for granted, official versions and those that are not, a certain culture on the subject.

It is therefore only a personal balance, which does not mean that it is merely subjective. In our society it is common to hear discussions about the value of subjectivity with a somewhat crude approach. An opinion, a judgment, a taste can be better than another (against what a certain country of origin affirms) if it is well founded, if it has in its favor solid arguments, as is the case. It is not enough, therefore, to be an opinion, with the affirmation, so Spanish, that “my opinion is worth as much as yours,” “there are others of right / left who say the opposite”, in the same way that, although it is based In a subjective judgment, it is more true to say that Rafael Sanzio painted better than Antonio López. Legitimacy has everyone, but certain judgments are more accurate or simply not nonsense. The gratifying of this author is that his integrity never made him change his jacket, being undoubtedly the most acute commentators of Spanish politics.

Morán departs from the political and academic consensus and judges the Transition and its protagonists harshly. Make clear that it was not the embrace of Hello Kitty de Genovés but a concession not funny (it was in the interest of the grantors) of some over others. A grant protected by threats and not a pact. Lentils That the price of that concession was an amnesia not already legal (necessary) but historical, which for any impartial observer carries a burden of stupidity (on the side of the victims of the Dictatorship) and of truly amazing abjection. That its protagonists, Juan Carlos de Borbón, Torcuato Fernandez Miranda, Adolfo Suarez, Carrillo were mediocre, dishonest and fallacious, although ambitious. The book also contains a brief assessment of cultural life in the Transition. It can be summarized by saying that you go from a certain wasteland with some bushes to a media outlet.
I find an interesting book where the author’s style is sometimes irritating. He writes well, but he does not have the courtesy to be clear, with a certain need not to call things by his name. The book contains many personal references, in many cases very negative but in my opinion they are accurate and, in addition, brave. Fernando Ónega, yes, that beloved journalist, wrote the editorials of the Arriba.
The tone, finally of the book, is that of a defeated, and there is a certain imposture something literary, in an original book and very remarkable for all other concepts.

I doubt that the Transition would have been a success for the Spaniards who had to pay their price, but in the case of the Irala and the Mullor (Presidents of the IBERIA LAE flag company) and dozens of citizens like them, the Transition had been a mine. There was a lot of money to be earned and any possibility to do so was open. In this field there were no adversaries, but partners.
For the immense majority of Spaniards who are fasting on these things and on which the media have exhibited a special interest in not telling them anything that was fundamental but everything that was accessory, it is necessary to go into the otherwise anodyne stories of Xabier de Irala and Ángel Mullor. Two secondary protagonists to whom the focus of Spanish economic history illuminated.
The king was the first fraudulent operator in the country, as all his predecessors had been, but in this case as if it were about compensating for the difficult moments of the past and believing in the power to demand double bill from citizens: the impunity that he granted him the State and his real gain. And so he continued until his people had to cease because it endangered the survival of the institution. The irresponsibility of the monarch was not only political during the period of the first transition-February 23, 1981, but economic.
It is difficult to build a democratic society when those who have managed the market -the handful of men who decided the course and the stages of the Transition- know that the first “commission agent” is the monarch. And also, of all of them, is the only impune and immune.
And who was the enemy? It took us a while to find out, because we were naive and inexperienced. The enemy, we were, the common, those who contemplated the show without understanding anything. The media were the accomplices and beneficiaries of a democracy, conditioned by the Transition, which gives its last gasps when there is nothing left to steal or anything to subsidize. We’re on that.

More than forty years have passed since the death of Franco and the transition from dictatorship to democracy is still surrounded by taboos. A kind of angelic history flies over this period. Selfless leaders, a consistent king, institutions full of patriotism, a responsible citizenship … If it were not for some reckless officer had more than coup temptations, we would find ourselves with the paradox that for the first time in the history of Spain, and of the world, politics took off from Machiavellianism and became seraphic. Everyone was good, even unwittingly, and some knowingly.
The most significant paradox of these years of democracy is that everyone claims to consider the new system fully consolidated and yet no one dares to cross the “revealed truths” framework about the Transition.
What this process had of manipulation is clear when we face the test of truth. For years telling the truth about the Transition was considered destabilizing of democracy, and to take for granted the deception was considered as facilitating the settlement of the new system.
The debate on the Transition was monopolized by them as a guarantee that the Gordian knot would be considered as a contribution and not as a hindrance. The fabric of interests, legitimate, became illegitimate because of secrecy, concealment and lies. Any daring who dared to approach that knot, jumping on the anecdotes, to try to unravel the plot, ran the risk of total disqualification. And he would be accused of what he has to show and that allows him to distance himself: not being a protagonist of the Transition.
Who had not been in successive councils, even if it was a stone guest, risked being reprimanded for lack of confidential information. Or what is more cruel, for naivete. One of the most curious legends, in which vanity and silliness are mixed, is the consideration that the protagonists have of themselves, let alone their assistants, that the whole process was a waste of subtlety, cunning and skill.

What was the Transition? Just a transition from a corrupt regime, falling apart, to a parliamentary monarchy, where the cornerstone is more the monarch than the Parliament? If this were the case, as the chroniclers claim, it would have to be pointed out that either the old regime had to be left with many succulent pieces, to try to reduce the deterioration process without waiting for the final crash, or else the democratic forces lacked political capacity to ruin the survival maneuvers of that old regime. The truth is that the Franco regime did not fall apart, nor was it overthrown, and that the political proposals of the whole of the democratic forces had to be quickly adapted to face the year 1977 and the first elections.
The issue is not banal and is inextricably linked to other more glassy issues. If the Transition began at the death of the dictator or there was a slide from the “providential” death of Carrero Blanco and the work of a so-called “generation of the prince”.
Is there any doubt that in the event that Franco had appointed Alfonso de Borbón as his successor, would the Army, the Movement and other institutions have accepted it? Any. Regardless of what they thought in their own internal, historically despicable, all would have praised Caudillo’s clairvoyance. In the same way that the appointment of Adolfo Suárez as president of the Government worked perfectly, institutionally speaking, because it was in the most Francoist dialectic. Any other candidate, including Fraga Iribarne – it must be remembered – would not have obtained the consensus of the old regime obtained by the former Minister General Secretary of the Movement. It was more of them than any other, and both Suárez -with the king- and the eventuality of Alfonso de Borbón -with Franco- guaranteed the endogamy that characterizes totalitarian regimes.
The lack of interest of the protagonists to clarify the period between the death of Franco and the first democratic elections of June 1977, constitutes a kind of black hole of democracy. The facts, although dispersed, are known, but there has been good care not to interpret them. If everything went well in the end, everything went well.
The fragility of the system during those years could be proof that things were not going so well, because it was demanded, as a condition to continue, not being able to talk about them. And it was not the obvious cunning of the warrior who hides his footsteps from his enemies, but rather the military man who is forced to silence his battles so as not to exacerbate the adversary. An evil game between foolish generals and reputed cynics.
In order not to aggravate the insecurity, we had to admit a fallacy as crude as that in that political fight there were no winners or losers, but all, brothers before the altar of the homeland, proudly offered to corner the irreducible of the old regime.

Democracy in Spain has historically been such a scarce commodity that, however mediocre, vulgar and chumacero may have been the procedure for its manufacture, citizenship can not but interpret it as a luxury. The greatest brazenness of the political class of our transition is that it charged us a considerable price, one could almost say abusive, giving the impression that it was doing us a favor. And the mystification has continued like this for years without daring to evaluate the cost.

Politically, the agony of Franco should have been, for those of us who fought against the dictatorship, the element of reflection on the inevitability of short-term reform or the long-term fight if a different regime was aspired. The society, by action or by omission, contemplated undaunted the struggle for survival, the search for the miracle of a man who had always treated God as an accomplice. And he took pity on him. The ceremonies, always delayed, of uncorking and festivities-in the strictest intimacy-could not hide the general feeling of pity for that cased parchment. But still no discussion was more than continuity.
We had to wait for nature to expire so that we could consider the resumption of our political fight. There was a kind of black hole in the anti-Francoist activity during the agony of the dictator. There is a month of waiting. Death did not come and the situation became very painful; by expectant, not dangerous.
The Transition, instead of reconstructing the history, allows all kinds of manipulations to make it “coherent”, in one stroke. Following the principle that if it went well, why do not we say that everything went well. In the background beats the obsession for cleanliness of blood; It is not enough to be a Christian believer, but we also have to announce that we have always been, from our ancestors. What can not be rewritten to make the transition uniform belongs to the limbo. The sociologist Víctor Pérez Díaz pointed out that as the “constitutional effort” of the pacts and agreements was taking place there was “a parallel cultural effort, partly conscious and partly unconscious, to forget some fragments of our history … The Francoist past has been not so much reported as silenced.

Emilio Romero was the paradigm of the journalist in the Franco regime: a clever man with a soft voice and pen, who taught young journalists that the press is like a bed, that it should be rented to power and keep accounts well so that clients do not leave without paying. A despicable and funny lupanar where every ambitious director was a ruffian.
On the spirit that dominated journalistic institutions, on the eve of Franco’s death, one example is enough. The official Arriba, guided by the National Delegate of the Movement’s press, the aforementioned Romero, and the then crypto-monarchist ABC led by the opusdeist José Luis Cebrián, launched themselves boldly against the strong man of the weekly Cambio 16, Luis González Seara. Under the expressive heading of “El caradura” he was accused of having a past working for Franco and now helping the anti-Francoists. The matter came to court, and basically it was something as simple as what would happen next: either they changed their jacket together or denounced the unsupportive person who advances them.
You had to deceive the old regime, but not defeat it. In some way, a line of coherence with the past was maintained, which allowed many to be always right; yesterday when he was flattered, today when it is obvious, tomorrow when he is mocked. The loss of prestige of the main protagonists of the transition was reduced to this. The political and social deterioration of Adolfo Suárez, of Santiago Carrillo, of Torcuato Fernández Miranda, started from there. They appeared like too much rascals for something that went beyond deceiving an agonizing regime. They wore all the weapons of the skill and then they were surprised because people did not see in them anything other than actors without credibility.
What best sums up the ways and ways of burying the ghost was the decision, made by the main political leaders of the Transition, meeting in Toledo in May 1984. There, at the San Juan de la Penitencia International Studies Center, they agreed that none of them would make public any thing of the past that could affect those present. Was it a posthumous tribute to the great ghost that had conditioned their lives?

Juan Carlos de Borbón was a hostage of the old regime until February 23, 1981, when a part of the Army judged it was time to give a “rudder” and commit the king in an operation back to 1976. Or the king broke with that bale or turned to the spirit of Torcuato Fernández Miranda, to the fear of uncontrolled alternatives, whether it was the power vacuum or the Socialist Party. To which worse. The coup of February 23 was an attempt to redesign the Transition by deleting Adolfo Suárez and Gutiérrez Mellado to return to the message of Torcuato Fernández Miranda. Only by playing with the monarch’s figure, obtaining his approval, or his benevolent neutrality, could it be achieved. We will return to this, because on February 23, 1981, he closes the cycle of the king as a hostage and opens a stage for the king as the “cornerstone of democracy”; if the first constituted an obstacle to democratic functioning, the latter was still disturbing.
The paradox is that it is the first Bourbon in the dynastic history of Spain that can say that it helped to stabilize democracy and not to violate it.
In short, the coup attempt removes the seams to the transition. The absence of protagonism of society, the negative side of public peace and the curtailment of social pressures. It was erased, or everything was done so that it was erased, any action that hindered the course of the consensuses. In the end, the consensual monarchy was the ideal of our Spanish enlightened two centuries before; there were those who dreamed of Jovellanos, others with Aranda, one could even say that the maximum aspiration of the parties was to become the “caballeritos de Azcoitia”.
The Transition was a process of social demobilization. Consciously or unconsciously, the idea that the bases of the parties were the substitute ideal of society was maintained. Politics was a task and a mission of the political staffs. In the end, it was done in the eighteenth-century, enlightened way. “We will grant them democracy, but do not worry, or fear, or boisterous. For the electoral campaign we will need to lend a hand; especially militancy. The common, abstain ».

In 1979, Adolfo Suárez González was no longer just a 46-year-old man with a scarcely brilliant curriculum; a climber who had climbed the intricacies of the Franco regime with immense efforts: civil governor, general director of Radiotelevisión, deputy secretary general of the National Movement. In 1979 Adolfo Suárez could not be called otherwise, and with all due respect, rather than as “President Suarez.” He was at the height of his prestige. No one, not even his biographer, or his adversaries, not even himself, could believe that he had only fifteen months left in power. Against the opinion of many of his co-religionists he had accepted the double challenge of calling for general elections, after the approval of the Constitution, and municipal elections a month later. He would win both, although the pact between the Socialist Party and the Communist Party would take power away in the big cities.
The transcendence and political fragility of Adolfo Suárez went hand in hand. He had the talent of the ephemeral, of the quick reflex, of the fulminating and successful operation. He showed it every day since that time he maneuvered in the National Council of the Movement, in the old Courts of Procurators or before the stubborn and obtuse turtles of the military high command. His political circle was limited to his personal circle; the rest, watched the show. In this aspect there was someone who gave enormous prominence to what he represented as a friend and as a politician Fernando Abril Martorell, his vice president for three years. It went like wine; he served him, he shared intimacies, he helped the president and one day he had to choose between continuing to roast with that sun of excess or rebuild his life elsewhere. He she left.
A cage of arrogant crickets, that was the Unión de Centro Democrático in January of 1981 and Adolfo Suárez contemplated the shouting with a certain disdain, which soon turned into restlessness and finally reluctance. The party threatened to bleed. It was when they insisted that the time to use his charisma had arrived. Either he or nobody. Or he or the catastrophe. You had to avoid the rout. The first one who came to hand was an insignificant deputy for Malaga, flower of discretion and mediocrity, Melilla, school teacher and willful poet, general secretary of the party in the province. Even his name was the quintessence of modesty, his name was José García Pérez.
When he did not succeed in making him abandon his intention to leave the Union of the Democratic Center, Suarez admitted, “if I have not managed to convince Pepe García, I have nothing left to do”.
In the resignation of Adolfo Suárez there was also an attempt that nobody would usurp the benefits of the Transition. Since within their party they had all conspired to question them, he was going to show them that they owed everything to him and that he owed nothing to anyone. “I’m leaving,” he said in his public farewell, “because the words already seem to be not enough and it is necessary to demonstrate with facts what we are and what we want.” The first part was true and history would ratify it. But the rest is still in the air. That kind of drunken gang in which the Unión de Centro Democrático had become, whose ultimate aspiration was to reach an Italian Christian democracy, an octopus over the Administration, owed everything to President Suarez. More to the president than to Adolfo Suárez, worth the precision. When their support was withdrawn, two story-tellers, Landelino Lavilla and Leopoldo Calvo Sotelo, took over the decked-out and full-of-holes ship, and sank it, convinced that they beat the copper like political braggarts.

The cycle of formation of the political class of the Transition ends at the moment enclosed in the conservative Weberian scheme of the two ethics. One to act as opposition and another to govern. As the formulation was enunciated by the president of the socialist government Felipe González, on a memorable occasion, on the eve of the referendum on membership in the Atlantic Alliance (NATO), we can say that our political class, consolidated and democracy, is considered approved with those of the European West. The vocation has become a profession. It remains to be seen whether the acceleration of the conversion to mature Weberism is not, as in the German thinker, a last conviction in a race of political defeats, or just a brilliant and vacuous resource to continue governing without convictions and with a dubious sense of The responsability.

How did the democratic transition affect culture? If we understand the term culture in its most open and generic sense, the various Spanish cultural worlds came to the Transition some – the most traditional – with a certain helplessness and anguish, others with overwhelming enthusiasm. The dark years, for some had been an opportunity and for others a hindrance. The Transition all he did was convert poverty caused by those dark years, explainable by historical reasons, in show. Until then there had been, as it were, few possibilities for a democratic culture to be linked to the first third of the century; then none.
We are the result of the persistent intellectual drought of Francoism and slaves of prestige acquired by procedures that nobody has ever asked: thus Juan José Linz is quintessentially “sociology”; José Antonio Maravall «history»; Aranguren «ethics»; López Ibor «psychiatry»; Carlos Ollero «the political right» … and so on. The Transition made this slavery a norm of conduct, perhaps because there was no academic career, in the guild that was, without admitting this truth of faith. The opposition courts would have made him pay dearly to any iconoclastic daring.
The procedure has deteriorated cascading and acquired prestige based on questions that nobody has wanted to ask, has gone to acquired prestige based on complicities that no one should disclose if you do not want to be transferred to the limbo of the non-existent. That same Transition that brought skepticism towards politics, nevertheless contributed a social credulity towards the consecrated figures of the intelligence to proof of unbreakable adhesions. Unless otherwise stated, and for the moment it does not appear, the generation that emerges to political and social life during the Transition is perhaps the first generation of our history that does not overthrow anything, but accepts and even consolidates what exists.
However, the Transition itself provoked in the culture a disturbing phenomenon that will question many valuations built during the dictatorship. It was the late discovery of authors outside of those creative circles of reputations, voluntarily or involuntarily marginalized from the capital’s environments in Madrid or Barcelona. While he had praised lesser works, characters embedded in the vicinity of power-the Escorial group without going any further, and the poetry of Ridruejo, Panero, Vivanco or Rosales-others worked conscientiously in a work that now fascinates. This is the case of poets as different as Gamoneda, García Baena, Álvarez Piñer, Pino … Something will mean that some marginal characters have needed to reach old age, or almost to cross the initiation wall, while the ghost of Rafael Alberti travels the The world and the hoarse voices of some dying people no longer summon anyone. For more than one, the awarding of the Nobel Prize to Vicente Aleixandre in 1977 – breakfast of everything – has been interpreted as a kind of redemption of the historical miseries of a guild that arrived at the Transition made foxes.
For culture, the Transition did not exist; neither as a reform nor as a rupture. She remained undaunted in the face of the new situation, convinced that the past had been buried much earlier and the new times confirmed her longings. They cleaned the intellectual moorland of yesteryear with some decorative detail, a cactus here, a bonsai there. What is new, as revulsive, is a phenomenon that is not possible where the roots of the continuity process have been broken with a consolidated culture, that of the first third of the century. The only thing that was then in our hands, was to make a critical review and start working.
They needed courage and means. The media were in the hands of those who fulfilled the mission that nothing fundamental was revised to its roots, radically. And the value, the one that survived Francoism, was an element expressly extirpated in the interests of consensus and stability. The highest intellectual aspiration of the Transition consisted in considering us irremediably mediocre, but calm; essential step to be happy, although unsettled. It was interpreted as the price that intelligence had to pay to the freedom granted and to the inscrutable past.

I do not know to what extent when it is said that Spanish society was ripe for democracy, the same scheme can not be applied to Eastern societies. The leading sectors are never ripe to start that transit until there is a society that demands it. It is obvious that there were many logical gaps between societies such as Spain, more developed economically and culturally, and others, such as Romania, halfway through the middle ages and the forced industrialization of a war communism.
The intended universality of the Spanish Transition starts from considering that the past was necessary for the present to be a model. A variant of reactionary theory; the long Francoist dictatorship was the necessary corrective for Spaniards to learn to live together without ever jeopardizing institutional stability.
General Franco and his environment had foreseen successive mechanisms that were fulfilled, only that the first task of every prince is to guarantee their permanence. Exactly what Juan Carlos de Borbón would do when he was appointed king. The luck of the monarch consisted in which his future, from the first moment of the Transition, was tied to the democracy. Although he had his reluctance and would like to mark certain distances that allowed some to believe that one could still ride between the old and the new regime.
The rooting of the monarchy in these years is in disproportion with the development of democracy. He managed to establish a monarchy without monarchists; a regime based on the least conflictive, the closest, the most suitable for him and for a politically exhausted generation after a crossing of the desert of forty years of repression and clandestinity. They accepted the conditions of Adolfo Suárez, but with what we know today we can affirm that they would have accepted those of any other.
The Spanish transition is a model of improvisation based on a main consideration. The monarchy and what sustains it is untouchable, the rest is improvable. Nobody had in his head the idea of ​​a Constitution – and if he had one, he was very careful not to say it – but after the first elections the social and political dynamics made it peremptory. If it had to be done by consensus, it is not so much in deference of one political force to another, but because the base of support of the regime was so fragile, so implicit in the lesser evil, that the political class itself became the guarantor of the system. They and little else.
The atypical and not signaled of the transition to democracy is that it is a process of recruitment of social base. Something unusual when referring to the passage from a dictatorship to a democracy. Does that mean that society did not crave democracy? No, it just means that society did not fully identify the transition process with a real democracy. I followed him, I supported him, but with the double distance that marked the political class on one side and marginalized citizenship.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.