Gatos Ilustres — Doris Lessing

Este libro por esta magnífica autora me parece maravilloso en cuanto un homenaje a los mininos, con las ilustraciones de Santamans realzan esta obra, decir que nos habla de las granjas en África (Zimbabwe), donde su padre se dedicaba a las tareas de la granja y su madre a las domésticas y los gatos más de una vez tenían como enemigos a las serpientes, víboras, Halcones que los agarraban al vuelo y se descargaba una ráfaga de escopeta sin suerte.
Después en Londres en Earl Courts y donde nos habla que si a una gata de su camada de 6 gatitos a las 2 semanas la desaparecen 2 dejan de buscarlos pero si solo tiene esos, los buscará por toda la casa, nos hablará de Menistófanes, una rotura de pelvis tomando el sol y que debió sacrificarlo.

Pero no puede dejar de vivir sin mininos como uno gris y otro negro, durante la primera semana en la casa de campo, que parece un refugio, separada de la carretera y las otras viviendas por árboles y muros de piedra, varios gatos vinieron a ver quiénes eran los nuevos habitantes y qué gatos nuevos habían llegado.
En plena noche vi una cola rojiza desaparecer por una ventana abierta. Un gato, pensé; y me volví a dormir. Sin embargo, al día siguiente contaron en la tienda que en Dartmoor los zorros cazaban gatos. Oí toda clase de historias desagradables sobre zorros y gatos. Pero en el campo es imposible encerrar a los gatos; en un paisaje tan lleno de gatos no parece verosímil que estén amenazados por los zorros, ni por ninguna otra cosa.
Resultó que la cola roja pertenecía a un hermoso gato pardo rojizo, al que la gata gris echó de la casa, que a esas alturas ya consideraba suya. No tardó en ahuyentar a cuantos se acercaban a la verja.
Además nos habla de la conducta de los gatos, observan durante horas las criaturas, las actividades y las acciones que les resultan desconocidas. Si alguien hace una cama, barre el suelo, prepara o deshace una maleta, cose, hace punto…, lo que sea, ellos miran. Pero ¿qué verán? Hace un par de semanas, la gata negra y un par de gatitos permanecieron en medio de la habitación contemplando cómo yo cortaba una tela. Observaban el movimiento de las tijeras, el de mi mano, la forma en que yo amontonaba los retazos. Estuvieron absortos toda la mañana. Pero supongo que no ven lo que nosotros nos imaginamos.
La gata gris pretendía que le pusiera la comida en la mesa, un lugar superior, y que la gata negra comiera en el suelo. No, le dije. Era absurdo; y pasó tres días sin probar bocado; aunque tal vez comiera ratones. En cualquier caso, no lo hizo cuando yo podía verla. Al cuarto día volvió a saltar a la mesa, y pensé: Bueno, es interesante, a ver qué pasa. Encantada, se zampó todo lo que había en el platillo; sin dejar de mirar a la gata negra, que comía en el suelo: Mírame, soy la favorita.
A los pocos días, la gata negra saltó a la mesa, con la intención de disfrutar del mismo privilegio. La gata gris, con las orejas hacia atrás, se encaramó al alféizar de la ventana, un poco más alto que la mesa, y aguardó a que yo le llevara el platillo. Decidió que, dado que la gata negra había obtenido la distinción de la mesa, ella quería una posición mejor. Ante lo cual perdí la paciencia.
La gata negra se comía los ratones muertos. La gata gris no. Y resultaba interesante que la gata negra aguardara siempre a que yo los viera. Una vez aceptado el regalo y alabada la gata gris, bajaba del sillón y se lo zampaba, metódicamente, observada por la gata gris, que no intentaba impedírselo. Aunque sí procuraba dejarlos en la mesa, en el alféizar de una ventana, donde al parecer esperaba que la gata negra no los viera. Pero invariablemente ésta los veía: subía y se los comía.
Me han contado que a veces los leones cubren con ramas las presas recién muertas. ¿Para señalarlas? ¿Para protegerlas de hienas y chacales? ¿Para evitar que les dé el sol?
¿Acaso había recordado la gata gris, después de miles de años, su parentesco con el león?
No obstante, me pregunto: si la gata negra no hubiera venido a vivir a nuestra casa, si la gata gris hubiera seguido siendo nuestra única reina, y la única dueña de los lugares donde vivimos, ¿habría hecho tantos esfuerzos por seducirnos y agradarnos al llegar a la madurez? ¿Habría adquirido este complejo lenguaje de autoestima y vanidad? ¿Habría cazado alguna vez un pájaro o un ratón? Sospecho que no.
El frenético piar de un pájaro atrapado, los chillidos de un ratón, despiertan en el gato el deseo de torturar y atormentar. Al fin y al cabo, los sonidos de terror suscitan fuertes emociones incluso en el ser humano: pánico, cólera, desaprobación: agitan las fuentes de la moral. Queremos salvar a la pobre criatura, pegar al gato o alejarnos del acto brutal, no verlo, no oírlo, no saber nada de él. Una minúscula vuelta de la tuerca, y clavaríamos las uñas, desgarraríamos la tierna carne.

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2 pensamientos en “Gatos Ilustres — Doris Lessing

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