Crédito A Muerte. La Descomposición Del Capitalismo Y Sus Críticos — Anselm Jappe / The Writing on the Wall: On the Decomposition of Capitalism and Its Critics by Anselm Jappe

Esta son una serie de artículos de este investigador alemán en referencia al capitalismo, realmente me ha gustado sobre todo la parte del negocio del arte moderno y dejando al lado los postulados extremos marxistas me parece que dice realidades. Sin duda es un libro para tener en cuenta.

La palabra «emancipación» no está todavía tan deteriorada como la palabra revolución. En origen designaba la liberación del esclavo, que deja de tener un amo y accede a la autonomía. Uno siempre se emancipa de algo; se cambia la heteronomía por la autonomía y se convierte uno en su propio amo. ¿De qué hay que emanciparse hoy en día?
No se trata solamente de emanciparse de la dominación de un grupo de seres humanos sobre otros: los capitalistas sobre los proletarios, los ricos sobre los pobres, los hombres sobre las mujeres, los blancos sobre los negros, el norte del mundo sobre el sur, los heterosexuales sobre los «desviados»… Por más que tales exigencias estén justificadas en cada caso concreto, en general desembocan en la continuación del desastre con un personal de gestión más entremezclado y con una distribución de beneficios y pérdidas que ni siquiera es más equitativa, sino que cambia tan solo el tipo de injusticia.
La emancipación, en consecuencia, no puede ser otra cosa que la liberación de lo que impide la autonomía a un nivel más profundo y más general. No puede más que referirse al sistema capitalista y tecnológico en su conjunto, sin privilegiar uno de los dos aspectos de la «megamáquina» (Lewis Mumford): nada de simple «apropiación» de la tecnología industrial por una sociedad que se pretenda «no-capitalista», ni de salida de la tecnología, o de sus excesos, sin demoler la valorización del valor, el trabajo abstracto y el capital. Hay que atacar frontalmente al fetichismo en cuanto sistema ya del todo realizado, en el que ninguna decisión —pequeña o grande— es ya posible.
Se trata de mantener abierto el horizonte de lo posible, de bloquear la deriva hacia consecuencias irreversibles.

Las sociedades precapitalistas, así como la sociedad capitalista e industrial en su primera fase, se basaban en una organización dicotómica y jerárquica: amos y esclavos, aristócratas y campesinos, explotadores y explotados, capitalistas y proletarios, tal como dice el comienzo del Manifiesto comunista. Estos grupos sociales se oponían entre sí en casi todos los aspectos, y esto aunque participasen de una misma forma de conciencia religiosa y de la misma explicación del mundo. En la base de la reproducción social estaba el robo de la sobreproducción creada por los productores directos; tal robo era inicialmente el resultado de la violencia, que se mantenía igualmente como el último recurso para asegurar la distribución de los «roles» sociales. Pero, normalmente, ese robo estaba justificado y enmascarado por un gran aparato de «superestructuras» —desde la educación a la religión— que garantizaba la tranquila sumisión de quienes, en realidad, tenían poco interés en aceptar una distribución social de derechos y deberes tan desfavorable para ellos y que, al mismo tiempo, poseían virtualmente la capacidad de derrocar semejante estado de cosas si permanecían lo bastante unidos y se mostraban decididos a hacerlo.
-Un análisis diferente de las contradicciones del sistema capitalista comienza a manifestarse. Este análisis abandona la centralidad del concepto de «lucha de clases» (sin negar, por lo demás, que existan luchas de clases y a menudo por buenos motivos), pero no a la manera de Tony Blair, que en 1999 declaraba: «Amigos míos, la guerra de clases ha terminado». Lo que no abandona, desde luego, es la crítica social; al contrario, trata de encontrar sus auténticos desafíos en la actualidad. De esta manera, otorga un lugar central a la crítica de la mercancía y de su fetichismo, del valor, del dinero, del mercado, del Estado, de la competencia, de la nación, del patriarcado y del trabajo.
-Una crisis de civilización, con el declive de un modelo cultural que atañe a todos sus miembros. Esta constatación de por sí no es nueva; es algo en lo que ya repararon en el periodo de entreguerras especialmente observadores considerados «burgueses» o «conservadores». En aquella época, el pensamiento de la emancipación social, con pocas excepciones, compartía la confianza general en el «progreso» y se preocupaba solamente por la distribución desigual de sus frutos. Por lo demás, la noción de progreso técnico, industrial y económico y la de progreso social y moral se confundían y parecían caminar de común acuerdo; las clases dominantes de la época eran vistas por los progresistas como «conservadoras» por naturaleza y opuestas por principio al «progreso», al «cambio» y a las «reformas».
-La perpetua transformación de trabajo en capital y de capital en trabajo —en consecuencia, el consumo productivo de la fuerza de trabajo y la valorización del capital— está agotándose a ojos vista, a causa esencialmente de la sustitución de la fuerza de trabajo vivo por las tecnologías. Esto provoca la angustia y el pánico de los sujetos, cuya vida depende, directa o indirectamente, de dicha valorización del trabajo.
-El capitalismo se ha convertido visiblemente en lo que era esencialmente desde el principio: una bestia que se devora a sí misma, una máquina que se autodestruye, una sociedad que, a la larga, no es soportable para nadie, pues consume todos los vínculos sociales y todos los recursos naturales para salvaguardar el mecanismo de acumulación de valor, algo que cada vez resulta más difícil. El capitalismo socava cada día sus propias bases. Decir esto no es hacer una «profecía» relativa al futuro derrumbe del capitalismo, sino resumir lo que ya se produce todos los días. El hecho de que ciertos actores económicos obtengan todavía grandes ganancias no debe confundirse —como muy a menudo ocurre— con el estado de salud de la sociedad capitalista en cuanto sistema global de reproducción social. El hundimiento gradual de la civilización capitalista (si se quiere emplear este oxímoron) es patente. Pero no es en modo alguno el resultado de la intervención consciente de hombres deseosos de remplazaría por algo mejor. Su fin llega por sí mismo, como consecuencia de su lógica básica, que es dinámica y autodestructiva, algo que la distingue de las sociedades precedentes. El capitalismo hace más contra sí mismo de lo que todos sus adversarios juntos hayan podido hacer jamás. Pero esto solo es una buena noticia a medias. Este hundimiento no guarda ninguna relación de necesidad con el surgimiento de una sociedad mejor organizada: para empezar, porque es consecuencia de la acción de fuerzas ciegas que, en cuanto tales, son de suyo destructivas. Y a continuación, porque el capitalismo ha tenido tiempo suficiente para aplastar las otras formas de vida social, de producción y de reproducción, que habrían podido constituir un punto de partida para la construcción de una sociedad post-capitalista.

¿Pero puede alguien pensar que la política es la esfera social que permitiría imponer límites al mercado? ¿La política sería «democrática» por naturaleza y se opondría al mundo económico capitalista, donde reina la ley del más fuerte?
La sociedad capitalista moderna, fundada sobre la mercancía y la competencia universal, necesita de una instancia que se encargue de aquellas estructuras públicas sin las que no podría existir. Dicha instancia es el Estado, y la política, en el sentido moderno (y restringido) del término, es la lucha por hacerse con su control. Pero esta esfera de la política no es exterior ni alternativa a la esfera de la economía mercantil. Al contrario, depende estructuralmente de ella. En la arena política, lo que está en disputa es la distribución de los frutos del sistema mercantil —el movimiento obrero ha desempeñado esencialmente este papel—, pero no su existencia misma.
-Las líneas divisorias ya no son las creadas por el desarrollo capitalista. Del mismo modo que la barbarie puede surgir en cualquier parte, en los institutos finlandeses y en las barriadas de chabolas africanas, entre los bo-bos y entre los barriobajeros, entre los soldados high-tech y entre los insurrectos de manos desnudas, también la resistencia a la barbarie y el impulso hacia la emancipación social pueden nacer en cualquier lado (¡aunque con cuánta más dificultad!), incluso allí donde no se los esperaba. Si bien ninguna categoría social ha respondido a las proyecciones de quienes buscaban al portador de la emancipación social, en cambio la oposición a las condiciones inhumanas de vida bajo el capitalismo siempre surge de nuevo. Este paisaje lleno de falsos amigos y de apoyos inesperados constituye el terreno, forzosamente poco legible por el momento, en el que debe situarse ahora toda «recomposición política».

La «democracia» es, ahora más que nunca, puramente formal y se limita a la elección periódica entre los representantes de los diferentes matices de una misma gestión (e incluso este residuo de libertad está amañado). Toda oposición a la política de las instancias elegidas que vaya más allá de la recogida de firmas o de una carta al diputado local es por definición «anti-democrática». En otras palabras, todo aquello que podría tener la menor eficacia está prohibido, incluso lo que hace no demasiado tiempo aún se permitía.
-Admirar la violencia y el odio en cuanto tales ayudará al sistema capitalista a descargar el furor de sus víctimas sobre algunos chivos expiatorios. Muchas cosas se han degradado; la violencia y la ilegalidad se encuentran entre ellas. Es muy probable que la coraza de la «legalidad» salte en breve por los aires, y no hay que afligirse por ello. Pero no todas las razones que impulsan a la violencia son buenas razones. Acaso la violencia no debería estar sino en manos de gente sin odio ni resentimiento. Pero ¿es posible algo así?.

El viejo autoritarismo, así como ciertas formas de poder que parecían haber quedado obsoletas, mantienen una función mucho mayor de lo que piensan Jean-Claude Michéa o Dany-Robert Dufour. Italia es uno de los centros del capitalismo mundial, pero la Iglesia católica está lejos de librar solo combates de retaguardia. En 2007, sacó a la calle a dos millones de personas para protestar contra el simple proyecto de instaurar en Italia el equivalente del «PACS» francés (solo para las parejas heterosexuales), proyecto inmediatamente retirado por el gobierno Prodi. Aquí como en cualquier otro lado, la crítica «radical» se equivoca al pensar que la izquierda es necesariamente la solución que más convendría al capital porque aseguraría una mayor adhesión. ¿Cómo explicar entonces el retorno de la derecha, y de la derecha más agresiva y a veces más «reaccionaria», en la mayor parte de los países occidentales, si la izquierda estuviese en mejor sintonía con el capital?
Del mismo modo, el sistema no se dedica a cantar hipócritamente las virtudes de la familia solo para hacer una concesión a los «valores del pueblo», como piensa Michéa: la familia, si bien es una estructura evidentemente premoderna, y por más que hoy en día constituya un obstáculo a la completa flexibilidad de los trabajadores, no es solamente un resto arcaico. Constituye igualmente el elemento más importante del «lado oscuro» de la lógica mercantil, que comprende actividades que no entran directamente en la producción de valor y no son, pues, inmediatamente «rentables», pero sin las cuales la producción rentable no podría darse. Ni siquiera el más posmoderno de los capitalismos podría arreglárselas jamás sin la familia.
Es cierto que el término «conservador» ha adquirido hoy un significado diferente que en el pasado y que a menudo se trata de defender —de conservar— las condiciones mínimas para una vida humana.

Si se quiere evitar que la cultura sea completamente absorbida por la economía —y el deseo de evitar este fin sigue siendo, a pesar de todo, algo bastante extendido—, habría que comenzar por admitir la existencia de una diferencia cualitativa entre los productos de la industria del entretenimiento y una posible «cultura auténtica» y, por tanto, admitir la posibilidad de un juicio cualitativo, y no puramente relativo y subjetivo. Hay una gran diferencia entre, por un lado, la voluntad de establecer parámetros de juicio, sabiendo que estos no bajan del cielo, sino que deben estar sujetos a la discusión y al cambio, y, por otro, la negación a priori de la posibilidad de establecer tales parámetros, para afirmar, en su lugar, que todo vale. Pero es que si todo vale, ya nada vale la pena. Esta igualdad y la indiferencia que resulta de ella se extienden como un sudario sobre la vida dominada por el mercado y la mercancía, el trabajo y el dinero. Socavan desde su base la capacidad de los seres humanos para hacer frente a las omnipresentes amenazas de barbarización. Los desafíos que nos aguardan en los tiempos venideros deberían ser afrontados por personas en plena posesión de sus facultades humanas, y no por adultos que siguen siendo niños en el peor sentido del término. Resultará curioso ver cuál será el lugar del arte y de la cultura en este cambio de época.
¿Esta situación actual del arte contemporáneo, tantas veces deplorada, es una simple aberración? ¿Es culpa de los artistas, de los museos, de las instituciones? ¿Puede contemplarse una corrección de la situación? ¿Una gran conferencia de todos los profesionales del arte que decida cambiarlo todo en el mundo artístico? ¿Hay artistas a los que habría que valorar, que actualmente están siendo injustamente descuidados, y que podrían volver a enderezar el timón? ¿Hay que diseñar de nuevo los programas de las escuelas de arte? ¿Emplear de otro modo los recursos que el Estado asigna a la cultura? Nada hay menos seguro. El problema es más grave. Es el estado actual de la sociedad, y la evolución que ha seguido, el que hace tan difícil toda situación distinta para el arte. El problema es que, desde que existe algo así como el «arte» —a partir del Renacimiento—, su función social nunca había sido tan insignificante, ni su existencia tan marginal, aunque tampoco se haya visto nunca una tal cantidad de artistas, ni tal masa de información y de conocimientos artísticos circular entre el público, ni colas tan largas a la puerta de las exposiciones. El problema del arte contemporáneo es su total falta de peso en la vida colectiva, y lo más gracioso es que sus profesionales se acomodan perfectamente a ello… porque jamás han ganado tanto.

This is a series of articles by this German researcher in reference to capitalism, I really liked the part of the business of modern art and leaving aside the extreme Marxist postulates I think it says realities. Without a doubt it is a book to keep in mind.

The word “emancipation” is not as deteriorated as the word revolution. Originally it designated the liberation of the slave, who stops having a master and acquires autonomy. One always emancipates himself from something; heteronomy is changed by autonomy and one becomes one’s own master. What must be emancipated today?
It is not just about emancipating oneself from the domination of one group of human beings over others: the capitalists over the proletarians, the rich over the poor, men over women, whites over blacks, the north of the world over the south, the heterosexuals on the “deviant” … Even if such demands are justified in each specific case, in general they lead to the continuation of the disaster with a more intermingled management staff and with a distribution of benefits and losses that is not even more equitable, it changes only the type of injustice.
Emancipation, therefore, can not be anything other than the liberation of what impedes autonomy at a deeper and more general level. It can not but refer to the capitalist and technological system as a whole, without privileging one of the two aspects of the “mega-machine” (Lewis Mumford): nothing of simple “appropriation” of industrial technology by a society that pretends “no- capitalist “, or the exit of technology, or its excesses, without demolishing the valorization of value, abstract labor and capital. It is necessary to attack the fetishism frontally as a system already completely realized, in which no decision -small or large- is already possible.
It is about keeping open the horizon of what is possible, to block the drift towards irreversible consequences.

Precapitalist societies, as well as capitalist and industrial society in its first phase, were based on a dichotomous and hierarchical organization: masters and slaves, aristocrats and peasants, exploiters and exploited, capitalists and proletarians, as the beginning of the Communist Manifesto says. These social groups opposed each other in almost all aspects, and this although they participated in the same form of religious consciousness and the same explanation of the world. At the base of social reproduction was the theft of overproduction created by direct producers; Such theft was initially the result of violence, which was also maintained as the last resort to ensure the distribution of social “roles”. But, normally, this robbery was justified and masked by a large apparatus of “superstructures” – from education to religion – that guaranteed the quiet submission of those who, in reality, had little interest in accepting a social distribution of rights and duties so unfavorable to them and that, at the same time, they had virtually the capacity to overthrow such a state of affairs if they remained sufficiently united and determined to do so.
-A different analysis of the contradictions of the capitalist system begins to manifest itself. This analysis abandons the centrality of the concept of “class struggle” (without denying, on the other hand, that there are class struggles and often for good reasons), but not in the manner of Tony Blair, who in 1999 declared: «My friends , the class war is over ». What it does not abandon, of course, is social criticism; on the contrary, it tries to find its authentic challenges at present. In this way, it gives a central place to the criticism of merchandise and its fetishism, of value, of money, of the market, of the State, of competition, of the nation, of patriarchy and of work.
-A crisis of civilization, with the decline of a cultural model that concerns all its members. This finding in itself is not new; it is something they have already noticed in the interwar period, especially observers considered “bourgeois” or “conservative.” At that time, the thought of social emancipation, with few exceptions, shared the general confidence in “progress” and was concerned only with the unequal distribution of its fruits. For the rest, the notion of technical, industrial and economic progress and that of social and moral progress were confused and seemed to walk hand in hand; the ruling classes of the time were seen by progressives as “conservative” by nature and opposed in principle to “progress”, “change” and “reforms”.
-The perpetual transformation of labor into capital and of capital into labor -in consequence, the productive consumption of labor power and the valorization of capital- is being exhausted in the eyes, mainly because of the substitution of the living labor force live by technologies. This causes the anguish and panic of the subjects, whose life depends, directly or indirectly, on this valorisation of the work.
-The capitalism has visibly become what it was essentially from the beginning: a beast that devours itself, a machine that self-destructs, a society that, in the long run, is not bearable for anyone, it consumes all the bonds social and all natural resources to safeguard the mechanism of value accumulation, something that is becoming increasingly difficult. Capitalism undermines its own bases every day. To say this is not to make a “prophecy” about the future collapse of capitalism, but to summarize what is already produced every day. The fact that certain economic actors still obtain great profits should not be confused – as is very often the case – with the state of health of capitalist society as a global system of social reproduction. The gradual collapse of capitalist civilization (if you want to use this oxymoron) is clear. But it is not in any way the result of the conscious intervention of men willing to replace for something better. Its end comes by itself, as a consequence of its basic logic, which is dynamic and self-destructive, something that distinguishes it from previous societies. Capitalism does more against itself than all its adversaries together have ever been able to do. But this is only half good news. This collapse has no relation of necessity to the emergence of a better organized society: to begin with, because it is a consequence of the action of blind forces that, as such, are destructive in themselves. And then, because capitalism has had enough time to crush other forms of social life, production and reproduction, which could have been a starting point for the construction of a post-capitalist society.

But can anyone think that politics is the social sphere that would allow imposing limits on the market? Would politics be “democratic” by nature and would it oppose the capitalist economic world, where the law of the strongest reigns?
The modern capitalist society, founded on merchandise and universal competition, needs an instance that is in charge of those public structures without which it could not exist. This is the State, and politics, in the modern (and restricted) sense of the term, is the struggle to gain control of it. But this sphere of politics is neither external nor alternative to the sphere of the mercantile economy. On the contrary, it depends structurally on it. In the political arena, what is at issue is the distribution of the fruits of the mercantile system-the labor movement has essentially played this role-but not its very existence.
-The dividing lines are no longer those created by capitalist development. In the same way that barbarism can arise anywhere, in the Finnish institutes and in the slums of African shanty towns, among the bobos and among the slum dwellers, among the high-tech soldiers and among the insurgents with bare hands, resistance to barbarism and the impulse towards social emancipation can be born anywhere (although with more difficulty!), even where they were not expected. While no social category has responded to the projections of those who sought the bearer of social emancipation, on the other hand opposition to the inhuman conditions of life under capitalism always arises again. This landscape full of false friends and unexpected support constitutes the terrain, inevitably little readable for the moment, in which all “political recomposition” must now be placed.

“Democracy” is, now more than ever, purely formal and limited to the periodic choice between the representatives of the different shades of the same management (and even this residue of freedom is rigged). Any opposition to the policy of the elected bodies that go beyond the collection of signatures or a letter to the local deputy is by definition “anti-democratic”. In other words, everything that could have the least effectiveness is forbidden, even what not too long ago was allowed.
Admiring violence and hatred as such will help the capitalist system to unleash the fury of its victims on some scapegoats. Many things have degraded; Violence and illegality are among them. It is very likely that the breastplate of “legality” soon jumps through the air, and we should not worry about it. But not all the reasons that drive violence are good reasons. Perhaps violence should not be in the hands of people without hatred or resentment. But is something like that possible?

The old authoritarianism, as well as certain forms of power that seemed to have become obsolete, maintain a much greater function than Jean-Claude Michéa or Dany-Robert Dufour think. Italy is one of the centers of world capitalism, but the Catholic Church is far from fighting only rearguard battles. In 2007, he took two million people to the streets to protest against the simple project of establishing in Italy the equivalent of the French “PACS” (only for heterosexual couples), a project immediately withdrawn by the Prodi government. Here, as elsewhere, the “radical” criticism is mistaken in thinking that the left is necessarily the solution that would be best suited to capital because it would ensure greater adherence. How to explain then the return of the right, and of the right more aggressive and sometimes more “reactionary”, in most of the western countries, if the left was in better tune with capital?
In the same way, the system does not indulge in hypocritical singing of the virtues of the family only to make a concession to the “values ​​of the people”, as Michéa thinks: the family, although it is obviously a pre-modern structure, and even more so today. in the day it constitutes an obstacle to the complete flexibility of the workers, it is not only an archaic remainder. It is also the most important element of the “dark side” of business logic, which includes activities that do not enter directly into the production of value and are not immediately “profitable”, but without which profitable production could not occur. Not even the most postmodern of capitalisms could ever manage without the family.
It is true that the term “conservative” has acquired a different meaning today than in the past and that it is often a matter of defending – of preserving – the minimum conditions for a human life.

If you want to avoid that culture is completely absorbed by the economy – and the desire to avoid this end is still, despite everything, somewhat widespread – we should begin by admitting the existence of a qualitative difference between the products of the entertainment industry and a possible “authentic culture” and, therefore, admit the possibility of a qualitative judgment, and not purely relative and subjective. There is a great difference between, on the one hand, the willingness to establish parameters of judgment, knowing that they do not come down from heaven, but must be subject to discussion and change, and, on the other, the a priori denial of possibility to establish such parameters, to affirm, instead, that anything goes. But is that if everything goes, nothing is worth it. This equality and the indifference that results from it extend like a shroud over life dominated by the market and merchandise, work and money. They undermine from their base the capacity of human beings to face the omnipresent threats of barbarization. The challenges that await us in the coming times should be faced by people in full possession of their human faculties, and not by adults who remain children in the worst sense of the term. It will be curious to see what will be the place of art and culture in this change of era.
Is this current situation of contemporary art, so often deplored, a simple aberration? Is it the fault of artists, museums, institutions? Can a correction of the situation be contemplated? A great conference of all the professionals of the art that decides to change everything in the artistic world? Are there artists who should be valued, who are currently being unjustly neglected, and who could re-straighten the helm? Should we redesign art school programs? To use otherwise the resources that the State assigns to culture? Nothing is less safe. The problem is more serious. It is the current state of society, and the evolution that has followed, that makes any situation different for art so difficult. The problem is that, since there is something like “art” since the Renaissance, its social function has never been so insignificant, nor its existence so marginal, although neither has it ever been so many artists, nor Such a mass of information and artistic knowledge circulate among the public, nor such long lines at the door of the exhibitions. The problem of contemporary art is its total lack of weight in collective life, and the funny thing is that its professionals are perfectly suited to it … because they have never won so much.

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