Cómo Nos Venden La Moto -Información Poder Y Concentración De Medios- — Noam Chomsky & Ignacio Ramonet

Crítico como siempre con la política, la economía, la sociedad… Se agradece que sus libros y recopilaciones de discursos o artículos sean tan concisos; que no busque hacer grandes y voluminosos libros que en el fondo están vacíos de contenido.
Aquí al contrario. Habla claro y con las mínimas palabras necesarias. La actualidad, con referencias al pasado cercano allí donde lo considera necesario.
Un análisis de la situación social, política y económica; en que sabe ver y explicar un poco más allá de lo que vemos los demás. Y ese poco más, a veces ves que es mucho.
Aunque el libro se centra en la situación de Estados Unidos, es completamente extrapolable. Los poderes económicos están utilizando los mismos métodos en todos los sitios para alienar a los ciudadanos y conseguir aún mayor poder.

Empecemos con la primera operación moderna de propaganda llevada a cabo por un gobierno. Ocurrió bajo el mandato de Woodrow Wilson. Este fue elegido presidente en 1916 como líder de la plataforma electoral Paz sin victoria, cuando se cruzaba el ecuador de la Primera Guerra Mundial. La población era muy pacifista y no veía ninguna razón para involucrarse en una guerra europea; sin embargo, la administración Wilson había decidido que el país tomaría parte en el conflicto. Había por tanto que hacer algo para inducir en la sociedad la idea de la obligación de participar en la guerra. Y se creó una comisión de propaganda gubernamental, conocida con el nombre de Comisión Creel, que, en seis meses, logró convertir una población pacífica en otra histérica y belicista que quería ir a la guerra y destruir todo lo que oliera a alemán, despedazar a todos los alemanes, y salvar así al mundo. Se alcanzó un éxito extraordinario que conduciría a otro mayor todavía: precisamente en aquella época y después de la guerra se utilizaron las mismas técnicas para avivar lo que se conocía como Miedo rojo.

La teoría de Lippmann, para fabricar consenso, es decir, para producir en la población, mediante las nuevas técnicas de propaganda, la aceptación de algo inicialmente no deseado. También pensaba que ello era no solo una buena idea sino también necesaria, debido a que, tal como él mismo afirmó, los intereses comunes esquivan totalmente a la opinión pública y solo una clase especializada de hombres responsables lo bastante inteligentes puede comprenderlos y resolver los problemas que de ellos se derivan. Esta teoría sostiene que solo una élite reducida —la comunidad intelectual de que hablaban los seguidores de Dewey— puede entender cuáles son aquellos intereses comunes, qué es lo que nos conviene a todos, así como el hecho de que estas cosas escapan a la gente en general. En realidad, este enfoque se remonta a cientos de años atrás, es también un planteamiento típicamente leninista, de modo que existe una gran semejanza con la idea de que una vanguardia de intelectuales revolucionarios toma el poder mediante revoluciones populares que les proporcionan la fuerza necesaria para ello, para conducir después a las masas estúpidas a un futuro en el que estas son demasiado ineptas e incompetentes para imaginar y prever nada por sí mismas.
En la democracia se dan dos funciones: por un lado, la clase especializada, los hombres responsables, ejercen la función ejecutiva, lo que significa que piensan, entienden y planifican los intereses comunes; por otro, el rebaño desconcertado también con una función en la democracia, que, según Lippmann, consiste en ser espectadores en vez de miembros participantes de forma activa. Pero, dado que estamos hablando de una democracia, estos últimos llevan a término algo más que una función: de vez en cuando gozan del favor de liberarse de ciertas cargas en la persona de algún miembro de la clase especializada; en otras palabras, se les permite decir queremos que seas nuestro líder, o, mejor, queremos que tú seas nuestro líder, y todo ello porque estamos en una democracia y no en un estado totalitario. Pero una vez se han liberado de su carga y traspasado esta a algún miembro de la clase especializada, se espera de ellos que se apoltronen y se conviertan en espectadores de la acción, no en participantes. Esto es lo que ocurre en una democracia que funciona como Dios manda.

Los Estados Unidos crearon los cimientos de la industria de las relaciones públicas. Tal como decían sus líderes, su compromiso consistía en controlar la opinión pública. Dado que aprendieron mucho de los éxitos de la Comisión Creel y del miedo rojo, y de las secuelas dejadas por ambos, las relaciones públicas experimentaron, a lo largo de la década de 1920, una enorme expansión, obteniéndose grandes resultados a la hora de conseguir una subordinación total de la gente a las directrices procedentes del mundo empresarial a lo largo de la década de 1920. La situación llegó a tal extremo que en la década siguiente los comités del Congreso empezaron a investigar el fenómeno. De estas pesquisas proviene buena parte de la información de que hoy día disponemos. Las relaciones públicas constituyen una industria inmensa que mueve, en la actualidad, cantidades que oscilan en torno a un billón de dólares al año, y desde siempre su cometido ha sido el de controlar la opinión pública, que es el mayor peligro al que se enfrentan las corporaciones. Tal como ocurrió durante la Primera Guerra Mundial, en la década de 1930 surgieron de nuevo grandes problemas: una gran depresión unida a una numerosa clase obrera en proceso de organización. En 1935, y gracias a la Ley Wagner, los trabajadores consiguieron su primera gran victoria legislativa, a saber, el derecho a organizarse de manera independiente, logro que planteaba dos graves problemas. En primer lugar, la democracia estaba funcionando bastante mal: el rebaño desconcertado estaba consiguiendo victorias en el terreno legislativo, y no era ese el modo en que se suponía que tenían que ir las cosas; el otro problema eran las posibilidades cada vez mayores del pueblo para organizarse. Los individuos tienen que estar atomizados, segregados y solos.
-También es preciso falsificar totalmente la historia. Ello constituye otra manera de vencer esas inhibiciones enfermizas, para simular que cuando atacamos y destruimos a alguien lo que estamos haciendo en realidad es proteger y defendernos a nosotros mismos de los peores monstruos y agresores, y cosas por el estilo. Desde la guerra del Vietnam se ha realizado un enorme esfuerzo por reconstruir la historia. Demasiada gente, incluidos gran número de soldados y muchos jóvenes que estuvieron involucrados en movimientos por la paz o antibelicistas, comprendía lo que estaba pasando. Y eso no era bueno. De nuevo había que poner orden en aquellos malos pensamientos y recuperar alguna forma de cordura, es decir, la aceptación de que sea lo que fuere lo que hagamos, ello es noble y correcto. Si bombardeábamos Vietnam del Sur, se debía a que estábamos defendiendo el país de alguien, esto es, de los sudvietnamitas, ya que allí no había nadie más. Es lo que los intelectuales kenedianos denominaban defensa contra la agresión interna en Vietnam del Sur, expresión acuñada por Adlai Stevenson, entre otros. Así pues, era necesario que esta fuera la imagen oficial e inequívoca.
-Cuando se trata de construir un monstruo fantástico siempre se produce una ofensiva ideológica, seguida de campañas para aniquilarlo. No se puede atacar si el adversario es capaz de defenderse: sería demasiado peligroso. Pero si se tiene la seguridad de que se le puede vencer, quizá se le consiga despachar rápido y lanzar así otro suspiro de alivio.

La cuestión central, no es simplemente la manipulación informativa, sino algo de dimensiones mucho mayores. Se trata de si queremos vivir en una sociedad libre o bajo lo que viene a ser una forma de totalitarismo autoimpuesto, en el que el rebaño desconcertado se encuentra, además, marginado, dirigido, amedrentado, sometido a la repetición inconsciente de eslóganes patrióticos, e imbuido de un temor reverencial hacia el líder que le salva de la destrucción, mientras que las masas que han alcanzado un nivel cultural superior marchan a toque de corneta repitiendo aquellos mismos eslóganes que, dentro del propio país, acaban degradados. Parece que la única alternativa esté en servir a un estado mercenario ejecutor, con la esperanza añadida de que otros vayan a pagarnos el favor de que les estemos destrozando el mundo. Estas son las opciones a las que hay que hacer frente. Y la respuesta a estas cuestiones está en gran medida en manos de gente como nosotros.

En las democracias actuales, cada vez más ciudadanos libres se sienten enfangados, atrapados por esta viscosa doctrina que, imperceptiblemente, envuelve todo razonamiento rebelde, lo inhibe, lo paraliza y acaba por ahogarlo. Hay una sola doctrina, la del pensamiento único, autorizada por una invisible y omnipresente policía de la opinión.
Desde la caída del muro de Berlín, el hundimiento de los regímenes comunistas y la desmoralización del socialismo, la altivez y la insolencia de esta doctrina han alcanzado tal grado que, sin exagerar, se puede calificar a este nuevo furor ideológico de dogmatismo moderno.
¿Qué es el pensamiento único? La traducción a términos ideológicos de pretensión universal de los intereses de un conjunto de fuerzas económicas, en especial, las del capital internacional. Se puede decir que está formulada y definida a partir de 1944, con ocasión de los acuerdos de Bretton-Woods. Sus fuentes principales son las grandes instituciones económicas y monetarias —Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, Organización de Cooperación y Desarrollo Económico, Acuerdo General sobre Tarifas Aduaneras y Comercio, Comisión Europea, Banco de Francia, etc.— quienes, mediante su financiación, afilian al servicio de sus ideas, en todo el planeta, a muchos centros de investigación, universidades y fundaciones que, a su vez, afinan y propagan la buena nueva.
Esta es recogida y reproducida por los principales órganos de información económica y principalmente por las biblias de inversores y especuladores de bolsa —The Wall Street Journal, The Financial Times, The Economist, Far Eastern Economic Review, Agencia Reuter, etc.—
Los conceptos clave del pensamiento único son conocidos: el mercado, cuya mano invisible corrige las asperezas y disfunciones del capitalismo y muy especialmente los mercados financieros cuyos signos orientan y determinan el movimiento general de la economía; la competencia y la competitividad que estimulan y dinamizan a las empresas llevándolas a una permanente y benéfica modernización; el libre intercambio sin límites, factor de desarrollo ininterrumpido del comercio y, por consiguiente, de la sociedad; la mundialización, tanto de la producción manufacturera como de los flujos financieros; la división internacional del trabajo que modera las reivindicaciones sindicales y abarata los costes salariales; la moneda fuerte, factor de estabilización; la desreglamentación; la privatización; la liberalización, etc. Cada vez menos de estado, un arbitraje constante en favor de los ingresos del capital en detrimento de los del trabajo. Y una indiferencia con respecto al costo ecológico.
La repetición constante, en todos los medios de comunicación, de este catecismo por parte de los periodistas de reverencia y de casi todos los políticos, de derecha como de izquierda.

Entre estos nuevos poderes, el de los medios de comunicación de masas aparece como uno de los más potentes y temibles. La conquista de audiencias masivas a escala planetaria desencadena batallas homéricas. Grupos industriales están enzarzados en una guerra a muerte por el dominio de los recursos del multimedia y de las autopistas de información que, según el vicepresidente norteamericano, Sr. Albert Gore, «representan para los Estados Unidos de hoy lo que las infraestructuras del transporte por carretera representaron a mediados del siglo XX».
Por vez primera en la historia del mundo, se dirigen mensajes (informaciones y canciones) permanentemente, por medio de cadenas de televisión conectadas por satélite, al conjunto del planeta. Existen actualmente dos cadenas planetarias —Cable News Network (CNN) y Music Televisión (MTV)—, pero mañana serán decenas, que influirán y trastornarán costumbres y culturas, ideas y debates. Y perturbarán como parásitos, modificarán o harán cortocircuito a la palabra de los gobernantes, así como a su conducta.
-Uno no puede sino interrogarse sobre la influencia de las escenas de violencia difundidas por la televisión y los videojuegos cuando se ve cómo en Estados Unidos, por ejemplo, donde la televisión es una de las más violentas del mundo, el número de detenciones de menores ha aumentado en un 60% entre 1981 y 1990. En Francia, el número de delitos cometidos por menores ha pasado de 36 000 en 1980 a 48 000 en 1987 y no cesa de aumentar. Esta delincuencia de adolescentes es, además, cada vez más violenta y mortífera, con frecuencia directamente inspirada por escenas de la televisión.
-La prensa escrita está en crisis. Está conociendo, en varios grandes países democráticos, una baja notable de difusión y sufre gravemente de una pérdida de identidad. ¿Cómo y por qué razones hemos llegado hasta aquí? Independientemente de la influencia, cierta, de la crisis económica, hay que buscar, nos parece, las causas profundas de esta crisis en la transformación que a lo largo de estos últimos años han conocido algunos de los conceptos básicos del periodismo.
En primer lugar, la idea misma de información. Hasta hace poco, informar era, en cierto modo, proporcionar no sólo la descripción precisa —y verificada— de un hecho, de un acontecimiento, sino igualmente un conjunto de parámetros que permiten al lector comprender su significación profunda. Era dar respuesta a preguntas elementales: ¿Quién ha hecho qué? ¿Con qué medios? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿En qué contexto? ¿Cuáles son las causas? ¿Cuáles las consecuencias?
Esto ha cambiado bajo la influencia de la televisión que ocupa un lugar dominante dentro de la jerarquía de los medios de comunicación, y extiende su modelo.
-Hay otro concepto que ha cambiado: el de actualidad. ¿Qué es a partir de ahora la actualidad? ¿A qué acontecimiento hay que darle un lugar privilegiado dentro de la abundancia de hechos de todo el mundo? ¿En función de qué criterio escoger? Ahí, una vez más, la influencia de la televisión parece determinante. Es ella, con el impacto de sus imágenes, quien impone su elección y obliga prácticamente a la prensa escrita a seguirla. La televisión construye la actualidad, provoca el choque emocional y condena prácticamente a los hechos huérfanos de imágenes al silencio y la indiferencia. Poco a poco se establece en las mentes la idea de que la importancia de los acontecimientos es proporcional a su riqueza en imágenes.
-El tiempo de la información también ha cambiado. La medida óptima de los medios de comunicación es ahora la instantaneidad (el tiempo real), lo directo, que sólo la televisión y la radio pueden practicar. Eso hace envejecer a la prensa diaria, forzosamente en retraso con relación al acontecimiento y a la vez demasiado cerca de él para lograr sacar, con la suficiente perspectiva, todas las enseñanzas de lo que acaba de producirse.
-Hay un cuarto concepto que se ha modificado y es fundamental: el de la veracidad de la información. Ahora, un hecho es verdad no porque corresponda a criterios objetivos, rigurosos y verificados en sus fuentes, sino sencillamente porque otros medios de comunicación repiten las mismas afirmaciones y confirman. Si la televisión, partiendo de un despacho o de una imagen de agencia, presenta una noticia y la prensa escrita y luego la radio vuelven a dar esta noticia, eso basta para acreditarla como veraz. Así fue, recordemos, como se construyeron la mentira del montón de cadáveres de Timisoara y todas las de la guerra del Golfo. Los medios de comunicación ya no saben distinguir, estructuralmente, lo verdadero de lo falso.

La prensa escrita no está a salvo de este huracán de ambiciones desencadenado por el desafío del multimedia. Muchos de los grandes periódicos pertenecen ya a los megagrupos de comunicación; así, The Times, de Londres, está controlado por News Corporation, del Sr. Rupert Murdoch, y La Repubblica, de Roma, por Olivetti, del Sr. Carlo Benedetti. Otros, tal como The Independent, de Londres, han sido recientemente objeto de ofensivas en regla. En Francia, los raros títulos que permanecen independientes de la prensa nacional, debilitados por la caída brutal de los ingresos por publicidad, ya no están a salvo de la codicia de los poderes financieros.
Este nuevo mecano comunicacional y el regreso de los monopolios inquietan, y con razón, a los ciudadanos. Se acuerdan de las advertencias lanzadas no hace tanto tiempo por George Orwell y Aldous Huxley.
A riesgo de negar los principios y prácticas democráticas, los nuevos amos del mundo multiplican de este modo, con la complicidad de los Estados, las medidas preventivas de vigilancia, en especial de las poblaciones marginadas cada vez más numerosas por la crisis.
Las herramientas futuristas de información y comunicación sirven más para el condicionamiento y el cerco de los ciudadanos que para su emancipación. ¿Es esto tolerable? Si nadie controla a los guardianes del nuevo orden social, ¿qué peligros para la democracia?
Ni el Sr. Ted Turner de CNN, ni el Sr. Rupert Murdoch de News Corporation Limited, ni el Sr. Bill Gates, de Microsoft, ni el Sr. Jeffrey Vinik, de Fidelity Investments, ni el Sr. Larry Rong, de China Trust & International Investment, ni el Sr. Robert Allen, de ATT, no más que el Sr. George Soros o decenas de otros nuevos amos del mundo, han sometido nunca sus proyectos a sufragio universal. La democracia no es para ellos. Se consideran por encima de estas interminables discusiones en las que conceptos como el bien público, la felicidad social, la libertad, la igualdad y la solidaridad, tienen todavía sentido. No tienen tiempo que perder. Su dinero, sus productos y sus ideas atraviesan sin obstáculos, en la era de la globalización, las fronteras del mercado mundializado.

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