Un Largo Sábado -Conversaciones Con Laure Adler- — George Steiner

Este libro es una entrevista a George Steiner en la que descubrimos al hombre que hay detrás del intelectural, nos desvela muchos detalles de su pensamiento y de su vida y descubrimos a un personaje entrañable, un poco pícaro a la vez que admirable, envidiable y profundamente humano. Sus puntos de vista sobre cuestiones como la identidad judía, la relaciones personales o la educación son muy interesantes.
La claridad y precisión de Steiner en sus respuestas son admirables; la sinceridad que emanan de las mismas son eticamente intachables y la capacidad de respuestas/anecdotas/imagenes son de una riqueza extrema.

El mero hecho de afirmar que nuestra supervivencia cuenta más que la de Israel es la más grave de las traiciones, resulta inadmisible, y lo comprendo. Pero lo que me fascina, sobre todo, es el misterio de la excelencia intelectual judía. No hace falta ser hipócrita: en las ciencias, el porcentaje de premios Nobel es abrumador. Hay ámbitos en los que casi existe un monopolio judío. Considere la creación de la novela americana moderna por Roth, Heller, Bellow y tantos otros. Las ciencias, las matemáticas, y también los medios de comunicación… Pravda lo dirigían los judíos.
¿Se trata del fruto de la terrible presión del peligro? ¿El peligro es padre de la invención y de la creación? A veces lo pienso. El judaísmo es la única religión, la única en el planeta, que tiene una oración especial por las familias cuyos hijos son sabios. Eso me llena de una dicha inmensa y de un orgullo desmedido.
La francmasonería de la información significa formar parte de un mundo en el que se sabe lo que está ocurriendo, en el que uno no deja que le cuenten historias, en el que se puede decir no. El judío siempre ha sabido decir no al despotismo, a la inhumanidad en torno a él. Nunca ha estado totalmente aislado del mundo; a mi juicio, eso forma parte de la vitalidad trascendente que ha concluido cierto pacto con la historia. El judío sabe decir: «Vamos a sufrir lo indecible, vamos a ser los peregrinos y vagabundos de la Tierra, pero al final no pereceremos».

En referencia al Islam, la amenaza en este momento es cada vez más cruel. Y porque hay dos cosas sobre las que no es posible negociar. Primero, el abandono de toda ciencia desde el siglo XV; las nociones de hecho, de demostración racional, de prueba, de teorema no se reconocen en el islam. Segundo, la posición de las mujeres, el trato de la mitad de la humanidad como algo inferior. Por esas dos razones no creo en el ecumenismo y no creo en un acuerdo. Malraux anunció que las guerras religiosas del siglo XXI serán las más importantes de la historia. Lo que podría salvar a los judíos es la guerra entre los chiitas y los sunitas, que genera conflictos por todo el Medio Oriente. En Siria hay diecisiete sectas islámicas que se odian entre sí, más de lo que odian al gentil y al judío. El odio entre las sectas islámicas es increíblemente enorme y cruel, un odio sin perdón. Es posible que Dios nos ayude, que el judaísmo sobreviva en Israel gracias a las terribles luchas intestinas del islam. No es una esperanza muy halagüeña, Dios lo sabe, pero ya hemos asistido a otros tristes milagros. Creo en esta noción que he sido, me parece, el primero en formular: el «triste milagro».

La idea de que enseñar varias lenguas a un niño puede provocar en él una especie de trastorno esquizofrénico me llena de rabia. Está al servicio del anglosajón políticamente correcto y del imperialismo del anglo-americano. Por el contrario, no hay nada peor que limitar a los niños a una sola lengua y decirles, como se hace ahora: «Visto que el anglo-americano está por todas partes, ¿para qué perder el tiempo con eso?». Aunque por lo demás es correcto: en los colegios chinos se aprende anglo-americano; en Rusia uno se lo encuentra por doquier; en Japón es la segunda lengua. Pero es un desastre, porque la muerte de una lengua supone la muerte de un universo de posibilidades.
En cierto modo, el pequeño canal de la Mancha entre Francia e Inglaterra es más ancho que el océano Pacífico; las dos lenguas, las dos visiones del mundo que separa, son profunda y radicalmente distintas. Por una parte está la gran escuela moralista francesa, que ahora tal vez se esté eclipsando un poco pero que volverá. El pensamiento francés siempre ha tenido esa dimensión (ciertamente desde el siglo XVII), se dirige al hombre, a la universalidad moral del hombre. Es muy distinto de la filosofía alemana y de la tradición inglesa. La metafísica nunca ha sido el fuerte de los ingleses, pero por otra parte el empirismo inglés, la ironía inglesa, el escepticismo de Hume, de Bertrand Russell, han tenido un eco planetario. Nunca debe olvidarse que Inglaterra se encuentra ante la siguiente paradoja: es una pequeña isla en declive económico y político, profundamente herida por una serie de guerras que no ha ganado o que ha ganado de forma paradójica, con una lengua que domina el planeta. De esa pequeña isla salen Shakespeare y la lengua inglesa, utilizada en el mundo entero.

En contra de toda forma de censura. A la vez por razones intelectuales evidentes y por razones prácticas. Al final el censor no tiene ninguna autoridad. Fíjese, por ejemplo, en esa forma de pedofilia en el cine, en la televisión, en la literatura, en el cómic, que tiene tanto éxito en la actualidad. Para mí, sin embargo, quien toca a un niño está condenado. Condenado en todos los sentidos, teológico, humano, moral, positivista, científico, y lo que quiera añadir. Así que en eso, tal vez, estaría dispuesto a correr el riesgo muy grave de la censura. Pero no sería eficaz. Es una gran estupidez: se censura algo y hay millones de ejemplares que circulan bajo cuerda. El samizdat pornográfico forma parte de nuestra historia desde Adán y Eva. Lo que no quita que al menos me gustaría tratar de parar esa terrible ola de crueldad que asola a los jóvenes. Es un diluvio inimaginable.

Freud es un gran escritor en lengua alemana, y es muy significativo que haya recibido el premio Goethe, un premio literario. Es uno de los grandes narradores de mitologías y el gran amigo de las burguesas judías de la Viena de su tiempo. Pero nadie más ha vuelto a encontrar a alguien que se parezca a los supuestos pacientes de Freud. Nadie ha conocido nunca a alguien que se haya curado con el psicoanálisis. Al contrario, como dice Karl Kraus: «Es la única cura que ha inventado su propia enfermedad».

Llena de rabia saber que hay personas a las que se mantiene con vida en una agonía cotidiana y a cargo de los demás. Tener que cuidar a los enfermos de Alzheimer es una carga que destruye familias enteras y supone una tortura para algunas personas. Realmente me subleva. Personas cuya vida se reduce al sufrimiento. Pero todo va a cambiar. No sólo en Holanda, también en Inglaterra y en otros países, la eutanasia —o muerte asistida, como se dice a veces— empieza a imponerse. Es inconcebible que sea posible mantener con vida, contra su voluntad, a aquellos cuya única esperanza es salir de la vida. Me parece un hecho de un sadismo salvaje. Y sobre esa cuestión, como sobre la del aborto, me parece que la actitud cristiana es horrible e indefendible; y lo diría públicamente.
Aprendemos a morir. La vida nos trae lecciones nuevas e inesperadas cada mañana. ¡Y nos equivocamos sin cesar! Qué maravilla poder equivocarse —es otra de las grandes libertades humanas—, y decirse: «¡He metido la pata!». Y así es como empieza el siguiente capítulo. El mayor privilegio, la mayor libertad, es no tener nunca miedo de equivocarse.

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