Cartas De La Monja Portuguesa — Sóror Mariana Alcoforado / Portuguese Letters by Sóror Mariana Alcoforado

Una muy interesante breve obra donde el amor es eje argumental en todas sus vertientes. Sor Mariana Alcoforado vivió en Portugal entre 1640 y 1723. Las cartas que dejaron su nombre marcado a fuego en la tradición de la literatura epistolar y la literatura erótica, fueron escritas, presumiblemente, en 1669. Éstas fueron dirigidas al marqués Noel Bouton de Chamilly, con quien Mariana habría vivido un amor breve y pasional hasta el retorno del militar a tierras galas. El manuscrito en lengua original, la portuguesa, nunca fue hallado; muchos consideran que no existió, sino que las Cartas de la monja portuguesa fueron obra del conde Lavergne de Guilleragues, una obra de ficción inspirada en cartas de mujeres francesas a sus amantes.
Se manifiesta el desamparo y la tristeza por la imposibilidad de poder consumar el amor y alcanzar el objeto de deseo desde una escenario físico propicio para la remembranza y el dolor de un amor imposible, al que Mariana intenta olvidar con gran sufrimiento. Pocas veces en literatura se ha plasmado con tanta belleza y arrebato el sentir amoroso.

¡Qué desconsiderado fuiste! ¡Ah, infeliz! Me engañaste con falsas esperanzas. Una pasión en la que tenía tan deliciosas expectativas sólo puede darme hoy una mortal desesperación, apenas comparable con la crueldad de esta ausencia. Y este abandono, para el cual mi dolor, por más que se esmere, no halla nombre más funesto.
¿Para qué te dedicaste a cautivarme tanto sabiendo muy bien que debías abandonarme? ¡Ah! Di, ¿por qué razón te encarnizaste en hacerme desgraciada? ¿Por qué no me dejaste tranquila en mi convento? ¿Qué daño te hice?
Pero, perdóname, mi amor. No te culpo de nada. No estoy en condiciones de vengarme de ti y sólo acuso a la crueldad de mi triste destino. También, me parece que el separarnos, nos hace todo el mal que podríamos temer de él. Tampoco el destino podrá separar nuestros corazones. (I carta)

Si tú no estabas ciego, como yo, ¿por qué me dejaste caer en el estado miserable en que ahora me encuentro? ¿Qué querías hacer con mis arrebatos, tan inoportunos, como excesivos? Bien sabías que no habrías de quedarte para siempre en Portugal. ¿Por qué me escogiste para hacerme tan desgraciada? En este país habrías encontrado sin duda otra mujer más hermosa que yo, con la cual hubieras podido disfrutar de los mismos placeres, pues sólo te interesaban los más primarios; una mujer que te habría amado con fidelidad mientras estuvieses con ella y que el tiempo la pudiese consolar por tu ausencia y que habrías podido abandonar sin perfidia ni crueldad.
Tu proceder es más propio de un tirano dedicado a perseguirme, que de un amante, quien sólo debería pensar en cautivarme. ¡Ay! ¿Por qué tratas con tanta dureza a un corazón que es todo tuyo? (II carta)

¿Qué será de mí? ¿Qué quieres que haga? ¡Qué lejos estoy de lo que me había imaginado! Esperaba que me escribieses desde todos los lugares por donde pasases; ¡que tus cartas fueran muy largas!… ¡Que alimentarías mi pasión con la esperanza de volver a verte! Que una absoluta confianza en tu fidelidad me daría alguna tranquilidad; y que quedaría, así, en un estado soportable, sin un dolor tan grande. Hasta había planeado hacer todos los esfuerzos que me fueran posibles para reponerme, si pudiese saber con certeza que me habías olvidado. (III carta)

No puedo fiarme de ti, ni tampoco puedo dejar de decirte, aunque con menos intensidad de la que siento, que no deberías mortificarme tanto, con ese olvido que me enloquece y que hasta es una vergüenza para ti.
Es muy justo, al menos, que soportes los lamentos de esta desolación que presentí desde que conocí tu decisión de dejarme. Bien sé que me engañé al pensar que actuarías conmigo con más lealtad que la acostumbrada; porque, a fin de cuentas, mi excesivo amor me hacía superior a todas y a cualesquiera sospechas y que merecía de ti una fidelidad mayor que la esperada. Pero tu disposición a traicionarme venció, en fin, al justo trato que merecía por todo lo que había hecho por ti.
No sería menos desdichada si me amases únicamente porque yo te amo. Preferiría que ese sentimiento naciera espontáneo de tu propio corazón.
No me arrepiento, sin embargo, de haberte adorado. Me encanta que me hayas seducido. Tu cruel ausencia, quizás eterna, en nada disminuye la intensidad de mi pasión. Quiero que todos lo sepan; no la oculto y me gusta todo lo que hice por ti, contra todas las reglas del decoro. Mi orgullo y mi devoción no han sido sino amarte perdidamente toda la vida, desde el momento en que comencé a amarte.
No te digo todas estas cosas para obligarte a que me escribas. ¡Ah! ¡No te violentes! Nada quiero de ti que no sea espontáneo; rechazo todas, todas las pruebas de amor que me dieres de manera forzada. Me gustaría perdonarte… (IV carta)

Ésta es la última vez que le escribo y espero hacerle saber, por la diferencia de los términos y del trato de esta carta, que finalmente me convenció de que no me amaba y, por lo tanto, que debo dejar de amarle.
Quiero escribirle otra carta para demostrarle que estaré más tranquila dentro de un tiempo. ¡Qué gusto me dará poder, entonces, enrostrarle su injusto proceder!, cuando ello ya no me mortifique tanto, y demostrarle que le desprecio; que hablo con profunda indiferencia de su traición; que olvidé todos mis placeres y todas mis penas y que sólo me acuerdo del señor… cuando así lo deseo. Acepto que tiene grandes ventajas sobre mí y que me inspiró una pasión que me enloqueció, pero no debe vanagloriarse por esto. Era joven, crédula, me tenían encerrada desde la infancia en este convento; aquí no había visto sino gente adusta; jamás había recibido los elogios que me decía permanentemente; creí deberle todos los atractivos y la belleza que decía admirar en mí y que me hacía descubrir; oía hablar muy bien de usted.
De usted no quiero nada más. Soy una estúpida al repetirle las mismas cosas tantas veces. Es menester que le deje y que no piense más en usted. Creo, así mismo, que no volveré a escribirle. ¿Acaso tengo obligación de rendirle cuentas de mi vida?. (V carta)

A very interesting short work where love is the axis of argument in all its aspects. Sr. Mariana Alcoforado lived in Portugal between 1640 and 1723. The letters that left her name burned in the tradition of epistolary literature and erotic literature were written, presumably, in 1669. These were addressed to the Marquis Noel Bouton de Chamilly, with whom Mariana would have lived a brief and passionate love until the return of the military to Gallic lands. The manuscript in the original language, the Portuguese, was never found; Many consider that it did not exist, but that the Letters of the Portuguese nun were the work of Count Lavergne de Guilleragues, a work of fiction inspired by letters of French women to their lovers.
It manifests the helplessness and the sadness by the impossibility of being able to consummate the love and to reach the object of desire from a physical scenario propitious for the remembrance and the pain of an impossible love, to which Mariana tries to forget with great suffering. Few times in literature has been reflected with such beauty and outburst the feeling of love.

How inconsiderate you were! Ah, unhappy! You cheated on me with false hopes. A passion in which I had such delicious expectations can only give me today a mortal despair, hardly comparable with the cruelty of this absence. And this abandonment, for which my pain, no matter how hard it may be, finds no more fatal name.
Why did you dedicate yourself to captivate me so much knowing very well that you should abandon me? Oh! Say, why did you become embittered in making me miserable? Why did not you leave me alone in my convent? What harm did I do?
But, forgive me, my love. I do not blame you for anything. I am not in a position to take revenge on you and I only accuse myself of the cruelty of my sad destiny. Also, it seems to me that separating us, makes us all the evil that we could fear from him. Nor can destiny separate our hearts. (I letter)

If you were not blind, like me, why did you let me fall into the miserable state in which I now find myself? What did you want to do with my outbursts, as inopportune, as excessive? You well knew that you would not have to stay forever in Portugal. Why did you choose me to make me so miserable? In this country you would have undoubtedly found another woman more beautiful than me, with whom you would have enjoyed the same pleasures, since you were only interested in the most primal ones; a woman who would have loved you faithfully while you were with her and that time could console her for your absence and that you could have left without perfidy or cruelty.
Your behavior is more typical of a tyrant dedicated to persecuting me, than of a lover, who should only think of captivating me. Oh! Why do you treat so hard a heart that is all yours? (II letter)

What will be of me? What do you want me to do? How far I am from what I had imagined! I expected you to write to me from every place you went; That your letters were very long! … That you would feed my passion with the hope of seeing you again! That an absolute confidence in your fidelity would give me some tranquility; and that would be, thus, in a bearable state, without such great pain. I had even planned to do all the efforts that were possible to me to recover, if I could know with certainty that you had forgotten me. (III letter)

I can not trust you, nor can I stop telling you, although with less intensity than I feel, that you should not mortify me so much, with that forgetfulness that drives me crazy and that is even a shame for you.
It is very fair, at least, that you support the laments of this desolation that I sensed since I knew your decision to leave me. I know well that I deceived myself by thinking that you would act with me with more loyalty than the usual one; because, after all, my excessive love made me superior to all and to any suspicion and that I deserved a fidelity greater than expected. But your willingness to betray me won, in short, the fair treatment I deserved for all I had done for you.
I would not be less unhappy if you loved me only because I love you. I would rather have that feeling born spontaneously from your own heart.
I do not regret, however, to have adored you. I love that you have seduced me. Your cruel absence, perhaps eternal, does not diminish the intensity of my passion. I want everyone to know; I do not hide it and I like everything I did for you, against all the rules of decorum. My pride and my devotion have been nothing but loving you lost all my life, from the moment I began to love you.
I do not tell you all these things to force you to write me. Oh! Do not be violent! I do not want anything from you that is not spontaneous; I reject all, all the tests of love that you give me in a forced way. I would like to forgive you … (IV letter)

This is the last time I write to you and I hope to let you know, by the difference of the terms and treatment of this letter, that finally convinced me that he did not love me and, therefore, that I should stop loving him.
I want to write another letter to show you that I will be calmer in a while. What a pleasure it will give me to be able, then, to threaten him with his unfair course, when it no longer mortifies me so much, and to show him that I despise him; that I speak with profound indifference to his betrayal; I forgot all my pleasures and all my sorrows and that I only remember the Lord … when I want it. I accept that you have great advantages over me and that I was inspired by a passion that drove me crazy, but you should not boast about this. I was young, gullible, they had me locked up since childhood in this convent; here he had seen only dour people; I had never received the praise he told me permanently; I thought I owed him all the attractions and the beauty that he said he admired in me and that he made me discover; I heard very good about you.
I do not want anything else from you. I’m stupid to repeat the same things so many times. It is necessary that I leave him and not think more about you. I believe, likewise, that I will not write again. Do I have an obligation to give an account of my life? (V letter)

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