La España Vacía, Viaje Por Un País Que Nunca Fue — Sergio Del Molino

Es una obra imprescindible para comprender lo que pasa en nuestro país y por qué pasa. A medio camino entre la geografía, la historia, el libro de viajes y la reflexión crítica, el autor va narrando con un estilo ágil y atractivo las vicisitudes de nuestros compatriotas en algunos momentos concretos de nuestro pasado reciente. Bastante centrado en la geografía aragonesa por motivos personales y laborales, hace también incursiones en otros lugares con el mismo conocimiento y mirada reflexiva. Se lee con creciente interés y siempre con la sensación de que el autor ha estado allí y nos está describiendo lo que ha visto, pasado por el filtro de su análisis.
Sin embargo, el libro creo mantiene la teoría muy extendida de que esa España deshabitada, y podía ser cualquier pais de Europa y EEUU, debe habitarse.
Esto no se si es un error, pero hay una cosa clara: la gente, emigrantes incluidos, no desean vivir en lugares pequeños. El motivo es que riqueza llama a riqueza, y esta se acumula en las capitales – la capital más rica y cara de Europa es Londres- pero nadie va a convencer a un londinense de la clase más alta, de que se vaya a vivir a un campo mucho más urbanizado que el nuestro.
Porque la cúspìde más rica de la sociedad vive en capitales, y eso supone que hacen negocios entre ellos, se relacionan y se casan y tienen hijos con los mejores colegios. Está el tema de la informática, pero no basta, la interacción personal sigue siendo importante. De momento esa España está destinada a seguir deshabitada, y cada vez más.
Es un libro que pide releerlo. Su infancia en Almazán dejando Madrid…

Hay dos Españas, pero no son las de Machado. Hay una España urbana y europea, indistinguible en todos sus rasgos de cualquier sociedad urbana europea, y una España interior y despoblada, que he llamado España vacía. La comunicación entre ambas ha sido y es difícil. A menudo, parecen países extranjeros el uno del otro. Y, sin embargo, la España urbana no se entiende sin la vacía. Los fantasmas de la segunda están en las casas de la primera.
Como habitante de la España urbana, asumo sin remedio el punto de vista del inglés que se compra una casa en Gales. No pertenezco al lugar y tiendo a idealizarlo, a caricaturizarlo o a explotar su pintoresquismo. Pero, como autor de este libro, estoy obligado a entender también a los galeses que me queman la casa. Por qué me odian, por qué no me quieren allí. Tendré que revisar la historia, hacer kilómetros con el coche, volver a leer con mucha atención toda la literatura que leí distraído cuando no sabía que iba a escribir este ensayo. Mi propósito no es tanto evitar que me quemen la casa de vacaciones, sino contemplar sus ruinas sin asombro, con las manos en los bolsillos y no en la cabeza.
El misterio del tenedor dice algo significativo de los españoles y de cómo han vivido y viven. Dice algo de una historia de elitismo y desprecio. Dice algo acerca de la crueldad, del dominio y del miedo al otro cuando el otro es pobre. Dice algo acerca de la necesidad de distinguirse de los monstruos que viven fuera del palacio. Monstruos que comen con las manos y rebañan con la misma cuchara que usan en la sobremesa para hacer percusiones de folclore bárbaro.
Quizá esta rareza sea, paradójicamente, el síntoma de una romanización perfecta. La España moderna tiene sus raíces históricas en dos imperios que sublimaron la ciudad, los romanos y los árabes. Civilización viene del latín civitas, ciudad. Para nosotros, ciudad y urbe son sinónimos. Hemos perdido el matiz con el que los romanos diferenciaban ambos términos: la civitas eran las personas que vivían en una urbs, palabra que designaba el conjunto de edificios, calles, fuentes y cloacas. Castilla primero, y España después, fueron un mundo de ciudades. Ni romanos ni árabes creyeron que el campo fuera otra cosa que el lugar que abastecía a la ciudad y la distancia en blanco entre una urbe y otra. El campo no era parte de la civilización. Castilla se extiende en sus ciudades. La corte era itinerante, pero necesitaba una ciudad como sede. Las había magníficas. De piedra, amuralladas, fuertes y seguras. Cuando Castilla llegó al nuevo mundo, en realidad llegaron sus ciudades. Los españoles fundaron urbes de plano ortogonal en todas las costas del continente y en el interior, a la vera de algunas rutas comerciales, como la que llevaba la plata del Perú hasta Buenos Aires por los Andes y la red fluvial del corazón de Sudamérica.
A comienzos del siglo XIX se comprobó que España no dominaba en realidad lo que hoy llamamos Latinoamérica. Su poder se concentraba en un puñado de ciudades, pero desaparecía unas pocas leguas tierra adentro. En la mayor parte del continente, los españoles no existían y nadie hablaba castellano.
Los gobernantes españoles han tenido desde muy antiguo la costumbre de desterrar a sus enemigos políticos a comarcas aisladas. Quevedo, por ejemplo, lo sufrió en la Torre de San Juan Abad, hoy en Ciudad Real. Cuando se quería castigar o perder de vista a alguien, se lo mandaba al campo. Mucho antes de que hubiese zares en Rusia, mucho antes de que se popularizasen los destierros a Siberia y de que se inventara la palabra gulag, inquisidores, reyes, validos y dictadorzuelos usaban la meseta inmensa que rodeaba Madrid para borrar del panorama a los que se pasaban de listos. Bien es cierto que, como castigo, era muy suave en un país que tenía la quema de herejes en las plazas públicas por entretenimiento popular, pero delata una actitud imperial curiosa. Mientras los otros imperios usaban las colonias para desterrar a los adversarios políticos o, simplemente, a los presos más indeseables, los gobernantes españoles se servían del propio territorio peninsular (y, de vez en cuando, de las islas), pese a ser dueños nominales de un continente entero al otro lado del océano. Esta costumbre llegó hasta el siglo XX.
Toda civilización es, por necesidad, urbana, pero cada una tiene formas diferentes.

España, que ha sido un país eminentemente rural hasta bien entrado el siglo XX. Aún hoy más de la mitad de su territorio es rural, según los criterios de la OCDE, aunque el ochenta por ciento de la población viva en ciudades. El Gran Trauma (así, con mayúsculas) consiste en que el país se urbanizó en un instante. En menos de veinte años, las ciudades duplicaron y triplicaron su tamaño, mientras vastísimas extensiones del interior que nunca estuvieron muy pobladas se terminaron de vaciar y entraron en lo que los geógrafos llaman el ciclo del declive rural. Entre 1950 y 1970 se produjo el éxodo. Aunque desde finales del siglo XIX la emigración del campo a la ciudad (y de la Península a Latinoamérica) fue constante, en esas dos décadas, millones de personas hicieron el viaje de ida. Las capitales se colapsaron y los constructores no dieron abasto para levantar bloques de casas baratas en las periferias, que se llenaron de chabolas. En muy poco tiempo, el campo quedó abandonado. Miles de aldeas desaparecieron y otras miles quedaron como residencia de ancianos, sin ninguna actividad económica y sin los servicios más elementales. Otras miles de personas fueron expulsadas de sus casas a punta de pistola por la guardia civil para honrar una política hidráulica que inundaba valles con pueblos enteros dentro. Y no cuento a los millones de españoles que, en esos mismos veinte años, emigraron a Europa y Latinoamérica, la mayoría desde pueblos y villorrios arruinados. El paisaje que ha pintado ese Gran Trauma define el país y ha dejado una huella enorme en sus habitantes. Hay una España vacía en la que vive un puñado de españoles, pero hay otra España vacía que vive en la mente y la memoria de millones de españoles.
Viajar por la España vacía es viajar por apellidos de gente conocida. Un desvío en la autopista, una señal en una carretera secundaria, cualquier indicación conduce a pueblos pequeños que son apellidos de familias que salieron una vez de allí y no volvieron más. En una Europa homogénea y muy poblada, la España vacía es una experiencia inigualable. Paisajes extremos y desnudos, desiertos, montañas áridas, pueblos imposibles y la pregunta constante: quién vive aquí y por qué. Cómo han soportado, siglo tras siglo, el aislamiento, el sol, el polvo, la desidia, las sequías e incluso el hambre. Esto no se percibe en el Madrid de la Puerta del Sol.
Quizá convenga cartografiar y poner números a ese país que llamo la España vacía. Lo primero que llama la atención es que es un país sin mar. Se corresponde, a grandes rasgos, con lo que geográficamente es la meseta peninsular más la depresión del Ebro. Aunque a veces este libro hace excursiones por la periferia y trota un poco por Andalucía, Asturias, Galicia, Cataluña o Navarra, la España vacía es la España interior y está formada por las dos Castillas, Extremadura, Aragón y La Rioja. Un territorio enorme para los estándares europeos. Si no parece más grande se debe a la proyección Mercator de los mapamundi, que distorsiona el tamaño de los países y los representa más grandes de lo que en verdad son cuanto más cerca de los polos se encuentran. Los países europeos que están al norte son en realidad más pequeños que en el mapa. Finlandia, por ejemplo, parece ocupar el doble de espacio que España, cuando en realidad es un tercio más pequeña. Esto se debe a la necesidad de corregir la curvatura de la Tierra al representarla sobre un plano. Los meridianos están mucho más juntos cerca de los polos que en el ecuador, pero un mapamundi los representa paralelos por necesidad, así que estira los territorios que hay al norte para que encajen en sus coordenadas. Esto distorsiona la percepción que tenemos del mundo.
La España vacía es un territorio extenso que, además, no tiene ciudades. He excluido Madrid de ella. Madrid sería un agujero negro en torno al que orbita un gran vacío. En total, la España vacía en su versión más restrictiva se extiende por 268 083 kilómetros cuadrados sin costa y con una notable elevación sobre el nivel del mar. Ocupa más de la mitad del total de España, el 53% del territorio. En ella viven 7 317 420 personas, lo que supone el 15,8% de la población española (46,7 millones). Sólo hay una ciudad que supera el medio millón de habitantes, Zaragoza. La segunda más importante, Valladolid, tiene 300 000. El resto vive en núcleos de menos de 100 000 habitantes. Si contamos sólo a los que están empadronados en pueblos (excluyendo capitales de provincia y autonómicas), salen 4 636 050. Es decir, uno de cada diez españoles.
Cuenca es una provincia limítrofe con Madrid. El pueblo que marca la frontera, Fuentidueña de Tajo, tiene dos mil habitantes. Administrativamente, es Madrid. Los fuentidueñenses son madrileños de pleno derecho y, en un día sin mucho tráfico, pueden alcanzar el centro de la capital en coche en unos cuarenta y cinco minutos, pero nada recuerda allí a Madrid. Como su nombre indica, es un pueblo construido en la ribera del Tajo, que se desliza entre meandros. Fuentidueña tiene una torre del reloj, un castillo en ruinas y una plaza mayor cuadrada. En todos los sentidos, es un pueblo manchego rodeado por una llanura parda inmensa.
Esa es otra salvedad ibérica. La España vacía aparece de pronto nada más abandonar las ciudades. Treinta kilómetros más al norte de Fuentidueña, siguiendo la autovía A-3, se levanta el muro industrial de Madrid.

Franco demostró un profundo desprecio hacia la España interior que supuestamente formaba el alma de su patria amada. La primera central nuclear española, hoy desmantelada, se empezó a construir en 1965 en Zorita de los Canes, en la comarca de la Alcarria, uno de los territorios más despoblados de España y un lugar de enorme diversidad ecológica, al que Camilo José Cela dedicó uno de sus libros más célebres. Se abrieron centrales en Cataluña y Euskadi, claro, pero también en Burgos y en Extremadura, muy lejos de los núcleos industriales, en pueblos minúsculos que recibieron las instalaciones con alegría porque el empleo que generaban era una alternativa al hambre. En Andújar, al norte de Andalucía, muy cerca ya de la meseta, se excavó una mina de uranio que aún hoy, enterrada bajo toneladas de hormigón, desprende radiactividad y afectó gravemente a la salud de muchos vecinos del pueblo[28]. Cuando el régimen, en aras de su obsesión por el desarrollo industrial (una obsesión no muy distinta a la soviética), necesitaba construir infraestructuras peligrosas, molestas, pestilentes o dañinas, escogía lugares de la España vacía donde las cosas, si explotaban, matarían a unos pocos campesinos seguramente analfabetos.
El abismo que separa la España llena de la España vacía es demasiado grande. Probablemente no se borre nunca. Conforme pasa el tiempo y los españoles se alejan más y más de sus orígenes rurales, las mitologías familiares que componen esa España vacía mental también se diluyen. En parte, se hacen más fuertes, porque los mitos son más mitos cuanto más brumosa es su narrativa. A medida que se pierden fechas, nombres y referencias concretas, se gana en sugestión y en capacidad para amarrar nuevas identidades. Es, de hecho, más sencillo identificarse con una genealogía difusa, esparcida por una geografía desconocida, que con una casa concreta de un pueblo concreto habitada en unos años concretos. Por eso es más fuerte la fe del analfabeto que apenas conoce los evangelios que la del erudito que los ha estudiado a fondo. La infancia es una patria poderosa, pero la infancia de los padres y de los abuelos lo es mucho más. Como la España vacía no se va a llenar y las tendencias demográficas, si no se alteran radicalmente en los próximos años, auguran más desierto y más vacío, con la desaparición de miles de pueblos, esa mitología se va a transformar y robustecer. Pero también van a persistir el estigma o las huellas del Gran Trauma. Son demasiados siglos de mirar el campo con una misma crueldad. Es una inercia muy fuerte, propulsada por una tradición probablemente milenaria. Los paseos de Labordeta fueron una excepción. Es muy difícil viajar a la España vacía sin la aprensión del explorador de lo exótico o sin la ilusión del misionero que va a salvar a los indios.

La tasa de homicidios en España es de las más bajas del mundo. Los juzgados condenan a unas mil doscientas personas al año por estos delitos, pero la mitad de las sentencias son por imprudencia (es decir, atropellos, accidentes debidos a una chapuza, etcétera). En 2014, por ejemplo, sólo hubo 244 condenas por asesinato. Lo cual, para un país de cuarenta y seis millones de habitantes, es bastante poco. No hay datos que indiquen que en la España rural se mata más que en la urbana, ni viceversa. En general, los españoles son un pueblo muy poco violento, donde el asesinato es algo anecdótico que está lejos de suponer un problema social. Sin embargo, persiste cierta sombra negra ligada a un pasado de brutalidad. Históricamente —no se puede negar—, el campo español ha sido muy violento y peligroso, pero hace décadas que el cliché dejó de tener sentido.
Muchos habitantes de la España vacía lo son por elección. La vida sería más cómoda en otro sitio, pero resisten. Incluso los ancianos que no abandonan su pueblo aunque sus hijos se empeñen en sacarlos de él. Claro que hay gente atrapada. A unas tierras cuya venta no podría financiar una mudanza, a una casa, a un trabajo, a unas raíces, a cualquier cosa. Pero una parte considerable de quienes sufren el invierno en lugares perdidos podrían mudarse a una ciudad y no lo hacen. Resisten. Y si la vida en los márgenes es una cuestión de voluntad, intuyo que también lo es que su relato quede en los márgenes. Quienes buscan ser protagonistas de la historia se presentan a la presidencia del gobierno o posan en las fotos de todas las fiestas. Quienes se retiran (o quienes se mantienen allí, sin esforzarse por ir a otro sitio) a un caserío rodeado por cincuenta kilómetros de silencio y montaña están manifestando un deseo claro y rotundo de ser dejados en paz.
No lo conseguirán. El otro puede ser un enemigo a abatir, un monstruo a domar o un miserable al que salvar, pero siempre es algo sobre lo que hay que intervenir. Pienso en la historia de una comarca española que puede ser la historia de toda la España vacía, el resumen y la metáfora de la relación que el país lleno ha tenido con el país vacío. El nombre de esa comarca despierta sensaciones brutales en cualquier español, como un reflejo pavloviano. Se llama Las Hurdes.

Desde lo alto de La Puebla de Sanabria, en Zamora, muy cerca de la linde con Portugal, la meseta se adivina interminable. El pueblo es de un medievalismo impecable. En parte, porque ninguna revolución industrial ha estropeado la postal. En parte, porque varias generaciones de restauradores se han preocupado por que la postal encaje en las expectativas de los visitantes. Todo en Sanabria quiere ser tradicional. Las autoridades y los vecinos se esfuerzan mucho para que la modernidad no se cuele intramuros. Nada que decepcione al visitante que ha llegado hasta allí en busca del pasado.
Que la iglesia románica quede dentro del encuadre. Todos consumen pasado y los sanabreses explotan una Edad Media que no se puede cuestionar, que sólo admite ser consumida. El relato del pasado y la certeza de que sigue vivo es lo único que permite la vida en esta villa alejada de todas las rutas principales, en mitad de la llanura que sólo cruza el viento, sin recursos económicos a la vista. Mientras busco un sitio para cenar que no tenga el rótulo en letras góticas, me pregunto si esta prosperidad significa que los sanabreses se han apropiado de su historia. La España vacía nunca se ha contado a sí misma. ¿Es esta ficción caballeresca de nobles, reyes y batallas la apropiación del relato que la España vacía ha buscado? No lo creo. Me parece, más bien, la enésima imposición. El intento de sobrevivir adoptando un caparazón historicista, negándose el derecho a la contemporaneidad.
Lugares como Sanabria, pero también Sigüenza o Albarracín o Almagro y todas esas viejas ciudades de interior, en las que los automovilistas paran a comer asado y a comprar miel o berenjenas en vinagre, existen como proyección de un pasado eterno. En sus plazas hay un tiempo distinto, que remite a lo de siempre, a esa eternidad que inspiró los muros de los pueblos abandonados. Quieren actualizar en los visitantes la sensación que duerme en el fondo de su conciencia, ese patriotismo suave, íntimo y familiar que tal vez ni siquiera han explorado, pero que reconocen en la representación que los lugareños hacen para ellos. Es la misma lumbre que calentaba a los carlistas, la seguridad de una identidad. A la España vacía real no le han quedado más que dos caminos: negar y destruir su propia tradición o representarla en una función ininterrumpida al gusto de aquellos que abandonaron hace mucho sus casas y sus calles.

Durante más de medio siglo, el patriotismo ha sido una expresión marginal en España. A diferencia de lo que ocurre en todos los países del entorno, y en casi todos los del mundo, la exaltación de los símbolos patrióticos ha sido en España un asunto de radicales y de personas fuera del centro social, político y cultural. Hasta hace pocos años, apenas se veían banderas por las calles, y se siguen viendo muy pocas en comparación con Francia, Reino Unido, Portugal o Italia. Antes de que la selección nacional de fútbol ganara el mundial de 2010, casi todo el mundo asumía que quien colocaba una bandera nacional en su balcón o en su jardín estaba un poco tocado del ala o era un fascista. Aún hoy es raro e incómodo verlas fuera de sus lugares oficiales. Incluso el empleo de la palabra nacional suena raro cuando se refiere a España, aunque se usa profusamente y sin complejos si las naciones referidas son la catalana o la vasca. Cuando viajamos por Estados Unidos, nos tienen que explicar que la gente que coloca banderas en sus casas no es necesariamente rara. Al contrario, son personas integradas en su comunidad que demuestran su patriotismo.
Ante la ausencia de patria y de tradición, la familia y sus mitos se convierten en uno de los pocos caminos posibles para los escritores que miran hacia adentro. No sólo es un entorno seguro, algo así como un patio de recreo donde se puede experimentar sin miedo a hacerse daño ni perderse, sino que da la posibilidad de interpelar a los lectores desde un código íntimo con la certeza de que algo profundo va a reverberar en ellos. Es un reencuentro sigiloso con una tradición que hizo mucho ruido y, alineada en una biblioteca, puede intimidar. Como Pierre Bejuzov al final de Guerra y paz por las calles del Moscú arrasado, caminamos por la España vacía como si estuviera en llamas o hubiera ardido hace poco. Esas cenizas y esos cascotes contienen siglos de desprecio y odio. Han sido tratados con asco, altivez o sorna, y quienes no lo han hecho así, como los institucionistas, han alentado la idea de redención. Todos, ya hablasen desde el desprecio, ya desde la admiración, la contemplaban como un lugar extraño en el sentido extranjero. Algo que no les pertenecía.
La España vacía, vacía sin remedio, imposible ya de llenar, se ha vuelto presencia en la España urbana.Distorsionamos los recuerdos para mantenerlos vivos y legarlos a nuestros hijos. Hay un país en España que ya no es, pero a veces parece más fuerte y sólido que el país que es, tan negado a sí mismo, tan arrugado en sus propias vergüenzas, tan asediado por las otras patrias que se levantan orgullosas para desquicie invertebrado de los nietos de Ortega…

La España de la que proceden millones de españoles ya no existe. Puede decirse que el país se ha refundado. En muchos aspectos, el país del que nos hablan los mitos es otro país tan inverosímil y fantasioso como el de las maravillas de Alicia. Como yo en mi ventana y en mi calle, vivimos en lugares propios que sólo nos recuerdan a nosotros mismos.
Ahora que algunas formas de patriotismo renacen y que el país parece que va a cambiar de nuevo con brusquedad, tomar conciencia de la forma casi augusta en la que hemos tomado café en nuestra calle ruidosa puede ayudarnos a decidir si queremos de verdad vender nuestro piso y mudarnos.
Es muy difícil que la despoblación se corrija, como difícil es que aparezca en el orden del día de la discusión pública, pero si algunos toman conciencia de lo peculiar que es España y escuchan los ruidos que llegan desde el yermo, tal vez seamos capaces de imaginar una convivencia que tenga en cuenta las rarezas demográficas y sentimentales de este trozo de tierra al sur de Europa. Hemos sabido romper la inercia de la crueldad y el desprecio de los siglos. Nos falta darnos cuenta y hacer algo con esa conciencia.

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