La España Vacía, Viaje Por Un País Que Nunca Fue — Sergio Del Molino / Empty Spain, Travel Through a Country That Never Was by Sergio Del Molino (spanish book edition)

Es una obra imprescindible para comprender lo que pasa en nuestro país y por qué pasa. A medio camino entre la geografía, la historia, el libro de viajes y la reflexión crítica, el autor va narrando con un estilo ágil y atractivo las vicisitudes de nuestros compatriotas en algunos momentos concretos de nuestro pasado reciente. Bastante centrado en la geografía aragonesa por motivos personales y laborales, hace también incursiones en otros lugares con el mismo conocimiento y mirada reflexiva. Se lee con creciente interés y siempre con la sensación de que el autor ha estado allí y nos está describiendo lo que ha visto, pasado por el filtro de su análisis.
Sin embargo, el libro creo mantiene la teoría muy extendida de que esa España deshabitada, y podía ser cualquier pais de Europa y EEUU, debe habitarse.
Esto no se si es un error, pero hay una cosa clara: la gente, emigrantes incluidos, no desean vivir en lugares pequeños. El motivo es que riqueza llama a riqueza, y esta se acumula en las capitales – la capital más rica y cara de Europa es Londres- pero nadie va a convencer a un londinense de la clase más alta, de que se vaya a vivir a un campo mucho más urbanizado que el nuestro.
Porque la cúspìde más rica de la sociedad vive en capitales, y eso supone que hacen negocios entre ellos, se relacionan y se casan y tienen hijos con los mejores colegios. Está el tema de la informática, pero no basta, la interacción personal sigue siendo importante. De momento esa España está destinada a seguir deshabitada, y cada vez más.
Es un libro que pide releerlo. Su infancia en Almazán dejando Madrid…

Hay dos Españas, pero no son las de Machado. Hay una España urbana y europea, indistinguible en todos sus rasgos de cualquier sociedad urbana europea, y una España interior y despoblada, que he llamado España vacía. La comunicación entre ambas ha sido y es difícil. A menudo, parecen países extranjeros el uno del otro. Y, sin embargo, la España urbana no se entiende sin la vacía. Los fantasmas de la segunda están en las casas de la primera.
Como habitante de la España urbana, asumo sin remedio el punto de vista del inglés que se compra una casa en Gales. No pertenezco al lugar y tiendo a idealizarlo, a caricaturizarlo o a explotar su pintoresquismo. Pero, como autor de este libro, estoy obligado a entender también a los galeses que me queman la casa. Por qué me odian, por qué no me quieren allí. Tendré que revisar la historia, hacer kilómetros con el coche, volver a leer con mucha atención toda la literatura que leí distraído cuando no sabía que iba a escribir este ensayo. Mi propósito no es tanto evitar que me quemen la casa de vacaciones, sino contemplar sus ruinas sin asombro, con las manos en los bolsillos y no en la cabeza.
El misterio del tenedor dice algo significativo de los españoles y de cómo han vivido y viven. Dice algo de una historia de elitismo y desprecio. Dice algo acerca de la crueldad, del dominio y del miedo al otro cuando el otro es pobre. Dice algo acerca de la necesidad de distinguirse de los monstruos que viven fuera del palacio. Monstruos que comen con las manos y rebañan con la misma cuchara que usan en la sobremesa para hacer percusiones de folclore bárbaro.
Quizá esta rareza sea, paradójicamente, el síntoma de una romanización perfecta. La España moderna tiene sus raíces históricas en dos imperios que sublimaron la ciudad, los romanos y los árabes. Civilización viene del latín civitas, ciudad. Para nosotros, ciudad y urbe son sinónimos. Hemos perdido el matiz con el que los romanos diferenciaban ambos términos: la civitas eran las personas que vivían en una urbs, palabra que designaba el conjunto de edificios, calles, fuentes y cloacas. Castilla primero, y España después, fueron un mundo de ciudades. Ni romanos ni árabes creyeron que el campo fuera otra cosa que el lugar que abastecía a la ciudad y la distancia en blanco entre una urbe y otra. El campo no era parte de la civilización. Castilla se extiende en sus ciudades. La corte era itinerante, pero necesitaba una ciudad como sede. Las había magníficas. De piedra, amuralladas, fuertes y seguras. Cuando Castilla llegó al nuevo mundo, en realidad llegaron sus ciudades. Los españoles fundaron urbes de plano ortogonal en todas las costas del continente y en el interior, a la vera de algunas rutas comerciales, como la que llevaba la plata del Perú hasta Buenos Aires por los Andes y la red fluvial del corazón de Sudamérica.
A comienzos del siglo XIX se comprobó que España no dominaba en realidad lo que hoy llamamos Latinoamérica. Su poder se concentraba en un puñado de ciudades, pero desaparecía unas pocas leguas tierra adentro. En la mayor parte del continente, los españoles no existían y nadie hablaba castellano.
Los gobernantes españoles han tenido desde muy antiguo la costumbre de desterrar a sus enemigos políticos a comarcas aisladas. Quevedo, por ejemplo, lo sufrió en la Torre de San Juan Abad, hoy en Ciudad Real. Cuando se quería castigar o perder de vista a alguien, se lo mandaba al campo. Mucho antes de que hubiese zares en Rusia, mucho antes de que se popularizasen los destierros a Siberia y de que se inventara la palabra gulag, inquisidores, reyes, validos y dictadorzuelos usaban la meseta inmensa que rodeaba Madrid para borrar del panorama a los que se pasaban de listos. Bien es cierto que, como castigo, era muy suave en un país que tenía la quema de herejes en las plazas públicas por entretenimiento popular, pero delata una actitud imperial curiosa. Mientras los otros imperios usaban las colonias para desterrar a los adversarios políticos o, simplemente, a los presos más indeseables, los gobernantes españoles se servían del propio territorio peninsular (y, de vez en cuando, de las islas), pese a ser dueños nominales de un continente entero al otro lado del océano. Esta costumbre llegó hasta el siglo XX.
Toda civilización es, por necesidad, urbana, pero cada una tiene formas diferentes.

España, que ha sido un país eminentemente rural hasta bien entrado el siglo XX. Aún hoy más de la mitad de su territorio es rural, según los criterios de la OCDE, aunque el ochenta por ciento de la población viva en ciudades. El Gran Trauma (así, con mayúsculas) consiste en que el país se urbanizó en un instante. En menos de veinte años, las ciudades duplicaron y triplicaron su tamaño, mientras vastísimas extensiones del interior que nunca estuvieron muy pobladas se terminaron de vaciar y entraron en lo que los geógrafos llaman el ciclo del declive rural. Entre 1950 y 1970 se produjo el éxodo. Aunque desde finales del siglo XIX la emigración del campo a la ciudad (y de la Península a Latinoamérica) fue constante, en esas dos décadas, millones de personas hicieron el viaje de ida. Las capitales se colapsaron y los constructores no dieron abasto para levantar bloques de casas baratas en las periferias, que se llenaron de chabolas. En muy poco tiempo, el campo quedó abandonado. Miles de aldeas desaparecieron y otras miles quedaron como residencia de ancianos, sin ninguna actividad económica y sin los servicios más elementales. Otras miles de personas fueron expulsadas de sus casas a punta de pistola por la guardia civil para honrar una política hidráulica que inundaba valles con pueblos enteros dentro. Y no cuento a los millones de españoles que, en esos mismos veinte años, emigraron a Europa y Latinoamérica, la mayoría desde pueblos y villorrios arruinados. El paisaje que ha pintado ese Gran Trauma define el país y ha dejado una huella enorme en sus habitantes. Hay una España vacía en la que vive un puñado de españoles, pero hay otra España vacía que vive en la mente y la memoria de millones de españoles.
Viajar por la España vacía es viajar por apellidos de gente conocida. Un desvío en la autopista, una señal en una carretera secundaria, cualquier indicación conduce a pueblos pequeños que son apellidos de familias que salieron una vez de allí y no volvieron más. En una Europa homogénea y muy poblada, la España vacía es una experiencia inigualable. Paisajes extremos y desnudos, desiertos, montañas áridas, pueblos imposibles y la pregunta constante: quién vive aquí y por qué. Cómo han soportado, siglo tras siglo, el aislamiento, el sol, el polvo, la desidia, las sequías e incluso el hambre. Esto no se percibe en el Madrid de la Puerta del Sol.
Quizá convenga cartografiar y poner números a ese país que llamo la España vacía. Lo primero que llama la atención es que es un país sin mar. Se corresponde, a grandes rasgos, con lo que geográficamente es la meseta peninsular más la depresión del Ebro. Aunque a veces este libro hace excursiones por la periferia y trota un poco por Andalucía, Asturias, Galicia, Cataluña o Navarra, la España vacía es la España interior y está formada por las dos Castillas, Extremadura, Aragón y La Rioja. Un territorio enorme para los estándares europeos. Si no parece más grande se debe a la proyección Mercator de los mapamundi, que distorsiona el tamaño de los países y los representa más grandes de lo que en verdad son cuanto más cerca de los polos se encuentran. Los países europeos que están al norte son en realidad más pequeños que en el mapa. Finlandia, por ejemplo, parece ocupar el doble de espacio que España, cuando en realidad es un tercio más pequeña. Esto se debe a la necesidad de corregir la curvatura de la Tierra al representarla sobre un plano. Los meridianos están mucho más juntos cerca de los polos que en el ecuador, pero un mapamundi los representa paralelos por necesidad, así que estira los territorios que hay al norte para que encajen en sus coordenadas. Esto distorsiona la percepción que tenemos del mundo.
La España vacía es un territorio extenso que, además, no tiene ciudades. He excluido Madrid de ella. Madrid sería un agujero negro en torno al que orbita un gran vacío. En total, la España vacía en su versión más restrictiva se extiende por 268 083 kilómetros cuadrados sin costa y con una notable elevación sobre el nivel del mar. Ocupa más de la mitad del total de España, el 53% del territorio. En ella viven 7 317 420 personas, lo que supone el 15,8% de la población española (46,7 millones). Sólo hay una ciudad que supera el medio millón de habitantes, Zaragoza. La segunda más importante, Valladolid, tiene 300 000. El resto vive en núcleos de menos de 100 000 habitantes. Si contamos sólo a los que están empadronados en pueblos (excluyendo capitales de provincia y autonómicas), salen 4 636 050. Es decir, uno de cada diez españoles.
Cuenca es una provincia limítrofe con Madrid. El pueblo que marca la frontera, Fuentidueña de Tajo, tiene dos mil habitantes. Administrativamente, es Madrid. Los fuentidueñenses son madrileños de pleno derecho y, en un día sin mucho tráfico, pueden alcanzar el centro de la capital en coche en unos cuarenta y cinco minutos, pero nada recuerda allí a Madrid. Como su nombre indica, es un pueblo construido en la ribera del Tajo, que se desliza entre meandros. Fuentidueña tiene una torre del reloj, un castillo en ruinas y una plaza mayor cuadrada. En todos los sentidos, es un pueblo manchego rodeado por una llanura parda inmensa.
Esa es otra salvedad ibérica. La España vacía aparece de pronto nada más abandonar las ciudades. Treinta kilómetros más al norte de Fuentidueña, siguiendo la autovía A-3, se levanta el muro industrial de Madrid.

Franco demostró un profundo desprecio hacia la España interior que supuestamente formaba el alma de su patria amada. La primera central nuclear española, hoy desmantelada, se empezó a construir en 1965 en Zorita de los Canes, en la comarca de la Alcarria, uno de los territorios más despoblados de España y un lugar de enorme diversidad ecológica, al que Camilo José Cela dedicó uno de sus libros más célebres. Se abrieron centrales en Cataluña y Euskadi, claro, pero también en Burgos y en Extremadura, muy lejos de los núcleos industriales, en pueblos minúsculos que recibieron las instalaciones con alegría porque el empleo que generaban era una alternativa al hambre. En Andújar, al norte de Andalucía, muy cerca ya de la meseta, se excavó una mina de uranio que aún hoy, enterrada bajo toneladas de hormigón, desprende radiactividad y afectó gravemente a la salud de muchos vecinos del pueblo[28]. Cuando el régimen, en aras de su obsesión por el desarrollo industrial (una obsesión no muy distinta a la soviética), necesitaba construir infraestructuras peligrosas, molestas, pestilentes o dañinas, escogía lugares de la España vacía donde las cosas, si explotaban, matarían a unos pocos campesinos seguramente analfabetos.
El abismo que separa la España llena de la España vacía es demasiado grande. Probablemente no se borre nunca. Conforme pasa el tiempo y los españoles se alejan más y más de sus orígenes rurales, las mitologías familiares que componen esa España vacía mental también se diluyen. En parte, se hacen más fuertes, porque los mitos son más mitos cuanto más brumosa es su narrativa. A medida que se pierden fechas, nombres y referencias concretas, se gana en sugestión y en capacidad para amarrar nuevas identidades. Es, de hecho, más sencillo identificarse con una genealogía difusa, esparcida por una geografía desconocida, que con una casa concreta de un pueblo concreto habitada en unos años concretos. Por eso es más fuerte la fe del analfabeto que apenas conoce los evangelios que la del erudito que los ha estudiado a fondo. La infancia es una patria poderosa, pero la infancia de los padres y de los abuelos lo es mucho más. Como la España vacía no se va a llenar y las tendencias demográficas, si no se alteran radicalmente en los próximos años, auguran más desierto y más vacío, con la desaparición de miles de pueblos, esa mitología se va a transformar y robustecer. Pero también van a persistir el estigma o las huellas del Gran Trauma. Son demasiados siglos de mirar el campo con una misma crueldad. Es una inercia muy fuerte, propulsada por una tradición probablemente milenaria. Los paseos de Labordeta fueron una excepción. Es muy difícil viajar a la España vacía sin la aprensión del explorador de lo exótico o sin la ilusión del misionero que va a salvar a los indios.

La tasa de homicidios en España es de las más bajas del mundo. Los juzgados condenan a unas mil doscientas personas al año por estos delitos, pero la mitad de las sentencias son por imprudencia (es decir, atropellos, accidentes debidos a una chapuza, etcétera). En 2014, por ejemplo, sólo hubo 244 condenas por asesinato. Lo cual, para un país de cuarenta y seis millones de habitantes, es bastante poco. No hay datos que indiquen que en la España rural se mata más que en la urbana, ni viceversa. En general, los españoles son un pueblo muy poco violento, donde el asesinato es algo anecdótico que está lejos de suponer un problema social. Sin embargo, persiste cierta sombra negra ligada a un pasado de brutalidad. Históricamente —no se puede negar—, el campo español ha sido muy violento y peligroso, pero hace décadas que el cliché dejó de tener sentido.
Muchos habitantes de la España vacía lo son por elección. La vida sería más cómoda en otro sitio, pero resisten. Incluso los ancianos que no abandonan su pueblo aunque sus hijos se empeñen en sacarlos de él. Claro que hay gente atrapada. A unas tierras cuya venta no podría financiar una mudanza, a una casa, a un trabajo, a unas raíces, a cualquier cosa. Pero una parte considerable de quienes sufren el invierno en lugares perdidos podrían mudarse a una ciudad y no lo hacen. Resisten. Y si la vida en los márgenes es una cuestión de voluntad, intuyo que también lo es que su relato quede en los márgenes. Quienes buscan ser protagonistas de la historia se presentan a la presidencia del gobierno o posan en las fotos de todas las fiestas. Quienes se retiran (o quienes se mantienen allí, sin esforzarse por ir a otro sitio) a un caserío rodeado por cincuenta kilómetros de silencio y montaña están manifestando un deseo claro y rotundo de ser dejados en paz.
No lo conseguirán. El otro puede ser un enemigo a abatir, un monstruo a domar o un miserable al que salvar, pero siempre es algo sobre lo que hay que intervenir. Pienso en la historia de una comarca española que puede ser la historia de toda la España vacía, el resumen y la metáfora de la relación que el país lleno ha tenido con el país vacío. El nombre de esa comarca despierta sensaciones brutales en cualquier español, como un reflejo pavloviano. Se llama Las Hurdes.

Desde lo alto de La Puebla de Sanabria, en Zamora, muy cerca de la linde con Portugal, la meseta se adivina interminable. El pueblo es de un medievalismo impecable. En parte, porque ninguna revolución industrial ha estropeado la postal. En parte, porque varias generaciones de restauradores se han preocupado por que la postal encaje en las expectativas de los visitantes. Todo en Sanabria quiere ser tradicional. Las autoridades y los vecinos se esfuerzan mucho para que la modernidad no se cuele intramuros. Nada que decepcione al visitante que ha llegado hasta allí en busca del pasado.
Que la iglesia románica quede dentro del encuadre. Todos consumen pasado y los sanabreses explotan una Edad Media que no se puede cuestionar, que sólo admite ser consumida. El relato del pasado y la certeza de que sigue vivo es lo único que permite la vida en esta villa alejada de todas las rutas principales, en mitad de la llanura que sólo cruza el viento, sin recursos económicos a la vista. Mientras busco un sitio para cenar que no tenga el rótulo en letras góticas, me pregunto si esta prosperidad significa que los sanabreses se han apropiado de su historia. La España vacía nunca se ha contado a sí misma. ¿Es esta ficción caballeresca de nobles, reyes y batallas la apropiación del relato que la España vacía ha buscado? No lo creo. Me parece, más bien, la enésima imposición. El intento de sobrevivir adoptando un caparazón historicista, negándose el derecho a la contemporaneidad.
Lugares como Sanabria, pero también Sigüenza o Albarracín o Almagro y todas esas viejas ciudades de interior, en las que los automovilistas paran a comer asado y a comprar miel o berenjenas en vinagre, existen como proyección de un pasado eterno. En sus plazas hay un tiempo distinto, que remite a lo de siempre, a esa eternidad que inspiró los muros de los pueblos abandonados. Quieren actualizar en los visitantes la sensación que duerme en el fondo de su conciencia, ese patriotismo suave, íntimo y familiar que tal vez ni siquiera han explorado, pero que reconocen en la representación que los lugareños hacen para ellos. Es la misma lumbre que calentaba a los carlistas, la seguridad de una identidad. A la España vacía real no le han quedado más que dos caminos: negar y destruir su propia tradición o representarla en una función ininterrumpida al gusto de aquellos que abandonaron hace mucho sus casas y sus calles.

Durante más de medio siglo, el patriotismo ha sido una expresión marginal en España. A diferencia de lo que ocurre en todos los países del entorno, y en casi todos los del mundo, la exaltación de los símbolos patrióticos ha sido en España un asunto de radicales y de personas fuera del centro social, político y cultural. Hasta hace pocos años, apenas se veían banderas por las calles, y se siguen viendo muy pocas en comparación con Francia, Reino Unido, Portugal o Italia. Antes de que la selección nacional de fútbol ganara el mundial de 2010, casi todo el mundo asumía que quien colocaba una bandera nacional en su balcón o en su jardín estaba un poco tocado del ala o era un fascista. Aún hoy es raro e incómodo verlas fuera de sus lugares oficiales. Incluso el empleo de la palabra nacional suena raro cuando se refiere a España, aunque se usa profusamente y sin complejos si las naciones referidas son la catalana o la vasca. Cuando viajamos por Estados Unidos, nos tienen que explicar que la gente que coloca banderas en sus casas no es necesariamente rara. Al contrario, son personas integradas en su comunidad que demuestran su patriotismo.
Ante la ausencia de patria y de tradición, la familia y sus mitos se convierten en uno de los pocos caminos posibles para los escritores que miran hacia adentro. No sólo es un entorno seguro, algo así como un patio de recreo donde se puede experimentar sin miedo a hacerse daño ni perderse, sino que da la posibilidad de interpelar a los lectores desde un código íntimo con la certeza de que algo profundo va a reverberar en ellos. Es un reencuentro sigiloso con una tradición que hizo mucho ruido y, alineada en una biblioteca, puede intimidar. Como Pierre Bejuzov al final de Guerra y paz por las calles del Moscú arrasado, caminamos por la España vacía como si estuviera en llamas o hubiera ardido hace poco. Esas cenizas y esos cascotes contienen siglos de desprecio y odio. Han sido tratados con asco, altivez o sorna, y quienes no lo han hecho así, como los institucionistas, han alentado la idea de redención. Todos, ya hablasen desde el desprecio, ya desde la admiración, la contemplaban como un lugar extraño en el sentido extranjero. Algo que no les pertenecía.
La España vacía, vacía sin remedio, imposible ya de llenar, se ha vuelto presencia en la España urbana.Distorsionamos los recuerdos para mantenerlos vivos y legarlos a nuestros hijos. Hay un país en España que ya no es, pero a veces parece más fuerte y sólido que el país que es, tan negado a sí mismo, tan arrugado en sus propias vergüenzas, tan asediado por las otras patrias que se levantan orgullosas para desquicie invertebrado de los nietos de Ortega…

La España de la que proceden millones de españoles ya no existe. Puede decirse que el país se ha refundado. En muchos aspectos, el país del que nos hablan los mitos es otro país tan inverosímil y fantasioso como el de las maravillas de Alicia. Como yo en mi ventana y en mi calle, vivimos en lugares propios que sólo nos recuerdan a nosotros mismos.
Ahora que algunas formas de patriotismo renacen y que el país parece que va a cambiar de nuevo con brusquedad, tomar conciencia de la forma casi augusta en la que hemos tomado café en nuestra calle ruidosa puede ayudarnos a decidir si queremos de verdad vender nuestro piso y mudarnos.
Es muy difícil que la despoblación se corrija, como difícil es que aparezca en el orden del día de la discusión pública, pero si algunos toman conciencia de lo peculiar que es España y escuchan los ruidos que llegan desde el yermo, tal vez seamos capaces de imaginar una convivencia que tenga en cuenta las rarezas demográficas y sentimentales de este trozo de tierra al sur de Europa. Hemos sabido romper la inercia de la crueldad y el desprecio de los siglos. Nos falta darnos cuenta y hacer algo con esa conciencia.

It is an essential work to understand what happens in our country and why it happens. Halfway between geography, history, travel book and critical reflection, the author narrates with an agile and attractive style the vicissitudes of our compatriots in some specific moments of our recent past. Quite focused on Aragonese geography for personal and work reasons, it also makes inroads in other places with the same knowledge and reflective gaze. It reads with growing interest and always with the feeling that the author has been there and is describing what he has seen, passed through the filter of his analysis.
However, the book I think maintains the widespread theory that this uninhabited Spain, and could be any country in Europe and the US, should be inhabited.
I do not know if this is a mistake, but one thing is clear: people, including immigrants, do not want to live in small places. The reason is that wealth calls for wealth, and wealth accumulates in the capitals – the richest and most expensive capital in Europe is London – but nobody will convince a Londoner of the highest class, that he will live at a much more urbanized field than ours.
Because the richest cusp of society lives in capitals, and that supposes that they do business among them, they relate and they get married and they have children with the best schools. There is the subject of computer science, but it is not enough, personal interaction is still important. At the moment that Spain is destined to continue uninhabited, and increasingly.
It is a book that asks to reread it. His childhood in Almazán leaving Madrid …

There are two Spains, but they are not those of Machado. There is an urban and European Spain, indistinguishable in all its features from any European urban society, and an interior and depopulated Spain, which I have called empty Spain. The communication between both has been and is difficult. Often, they look like foreign countries from each other. And yet, urban Spain is not understood without the empty one. The ghosts of the second are in the houses of the first.
As an inhabitant of urban Spain, I assume, without remedy, the point of view of the Englishman who buys a house in Wales. I do not belong to the place and tend to idealize it, to caricature it or to exploit its picturesqueness. But, as the author of this book, I am obliged to also understand the Welsh people who burn my house. Why they hate me, why they do not want me there. I will have to review the history, make kilometers with the car, re-read with great attention all the literature that I read distracted when I did not know that I was going to write this essay. My purpose is not so much to avoid being burned by the holiday home, but to contemplate its ruins without astonishment, with my hands in my pockets and not in my head.
The mystery of the fork says something significant about the Spaniards and how they have lived and lived. It says something of a history of elitism and contempt. It says something about cruelty, dominance and fear of the other when the other is poor. He says something about the need to distinguish himself from the monsters that live outside the palace. Monsters that eat with their hands and flock with the same spoon that they use in the table to make percussions of barbarian folklore.
Perhaps this rarity is, paradoxically, the symptom of a perfect romanization. Modern Spain has its historical roots in two empires that sublimated the city, the Romans and the Arabs. Civilization comes from the Latin civitas, city. For us, city and city are synonymous. We have lost the nuance with which the Romans differentiated both terms: the civitas were the people who lived in a urbs, a word that designated the set of buildings, streets, fountains and sewers. Castile first, and Spain later, were a world of cities. Neither Romans nor Arabs believed that the countryside was anything other than the place that supplied the city and the distance in white between one city and another. The field was not part of civilization. Castilla extends in its cities. The court was itinerant, but needed a city as headquarters. They were magnificent. Stone, walled, strong and safe. When Castilla arrived in the new world, its cities actually arrived. The Spaniards founded cities of orthogonal plane on all the coasts of the continent and in the interior, at the side of some commercial routes, such as the one that carried the silver of Peru to Buenos Aires through the Andes and the fluvial network of the heart of South America.
At the beginning of the 19th century, it was found that Spain did not really dominate what we now call Latin America. Its power was concentrated in a handful of cities, but it disappeared a few leagues inland. In most of the continent, the Spaniards did not exist and nobody spoke Castilian.
Spanish rulers have long had the habit of banishing their political enemies to isolated regions. Quevedo, for example, suffered it in the Tower of San Juan Abad, today in Ciudad Real. When someone wanted to punish or lose sight of someone, he sent it to the countryside. Long before there were czars in Russia, long before the exiles were popularized in Siberia and the word gulag was invented, inquisitors, kings, validers and dictators used the immense plateau that surrounded Madrid to erase from the panorama those who They were smart. It is true that, as a punishment, it was very mild in a country that had the burning of heretics in the public squares for popular entertainment, but betrayed a curious imperial attitude. While the other empires used the colonies to banish political opponents or, simply, the most undesirable prisoners, the Spanish rulers used their own peninsular territory (and, from time to time, the islands), despite being nominal owners. from a whole continent to the other side of the ocean. This custom came to the twentieth century.
Every civilization is, by necessity, urban, but each one has different forms.

Spain, which has been an eminently rural country until well into the twentieth century. Even today more than half of its territory is rural, according to the OECD criteria, although eighty percent of the population lives in cities. The Great Trauma (thus, in capital letters) is that the country was urbanized in an instant. In less than twenty years, the cities doubled and tripled in size, while vast expanses of the interior that were never very populated ended up emptying and entered what geographers call the cycle of rural decline. Between 1950 and 1970 the exodus took place. Although since the end of the 19th century the emigration from the countryside to the city (and from the Peninsula to Latin America) was constant, in those two decades, millions of people made the outward journey. The capitals collapsed and the builders were unable to build blocks of cheap houses in the peripheries, which were filled with slums. In a very short time, the field was abandoned. Thousands of villages disappeared and thousands more remained as homes for the elderly, without any economic activity and without the most basic services. Thousands of others were expelled from their homes at gunpoint by the Civil Guard to honor a hydraulic policy that flooded valleys with entire villages inside. And I do not count the millions of Spaniards who, in those same 20 years, emigrated to Europe and Latin America, the majority from ruined towns and villages. The landscape that has painted that Great Trauma defines the country and has left a huge mark on its inhabitants. There is an empty Spain in which a handful of Spaniards live, but there is another empty Spain that lives in the mind and memory of millions of Spaniards.
Traveling through empty Spain is traveling by surnames of well-known people. A detour on the highway, a sign on a secondary road, any indication leads to small towns that are the last names of families who left once there and did not return anymore. In a homogenous and highly populated Europe, empty Spain is an unparalleled experience. Extreme and bare landscapes, deserts, arid mountains, impossible villages and the constant question: who lives here and why. How they have endured, century after century, isolation, sun, dust, neglect, drought and even hunger. This is not perceived in the Madrid of the Puerta del Sol.
Maybe it is convenient to map and put numbers to that country that I call Spain empty. The first thing that draws attention is that it is a country without sea. It corresponds, broadly speaking, with what is geographically the peninsular plateau plus the depression of the Ebro. Although sometimes this book makes excursions around the periphery and trots a bit through Andalusia, Asturias, Galicia, Catalonia or Navarre, empty Spain is the interior Spain and is formed by the two Castillas, Extremadura, Aragón and La Rioja. A huge territory by European standards. If it does not seem larger, it is due to the Mercator projection of the world maps, which distorts the size of the countries and represents them larger than they really are the closer to the poles they are. The European countries to the north are actually smaller than on the map. Finland, for example, seems to occupy twice as much space as Spain, when in reality it is a third smaller. This is due to the need to correct the curvature of the Earth by representing it on a plane. The meridians are much closer together at the poles than at the equator, but a world map represents them parallel by necessity, so stretch the territories to the north to fit their coordinates. This distorts our perception of the world.

Empty Spain is an extensive territory that also has no cities. I have excluded Madrid from it. Madrid would be a black hole around which a great void orbits. In total, empty Spain in its most restrictive version extends for 268,083 square kilometers without coast and with a notable elevation above sea level. It occupies more than half of the total of Spain, 53% of the territory. There live 7 317 420 people, representing 15.8% of the Spanish population (46.7 million). There is only one city that exceeds half a million inhabitants, Zaragoza. The second most important, Valladolid, has 300 000. The rest lives in nuclei of less than 100 000 inhabitants. If we only count those who are registered in towns (excluding provincial and autonomous capitals), 4 636 050 leave. That is, one in ten Spaniards.
Cuenca is a province bordering Madrid. The town that marks the border, Fuentidueña de Tajo, has two thousand inhabitants. Administratively, it is Madrid. The Fuentidueñenses are full-fledged citizens of Madrid and, in a day without much traffic, they can reach the center of the capital by car in about forty-five minutes, but nothing remembers Madrid there. As its name indicates, it is a town built on the banks of the Tagus, which slips between meanders. Fuentidueña has a clock tower, a ruined castle and a square main square. In all the senses, it is a village of La Mancha surrounded by an immense brown plain.
That is another Iberian reservation. Empty Spain suddenly appears as soon as you leave the cities. Thirty kilometers further north of Fuentidueña, following the A-3 highway, stands the industrial wall of Madrid.

Franco showed a deep contempt for the interior Spain that supposedly formed the soul of his beloved homeland. The first Spanish nuclear power plant, now dismantled, began to be built in 1965 in Zorita de los Canes, in the region of Alcarria, one of the most unpopulated territories in Spain and a place of enormous ecological diversity, which Camilo José Cela dedicated one of his most famous books. Centers were opened in Catalonia and Euskadi, of course, but also in Burgos and Extremadura, far from the industrial centers, in tiny towns that received the facilities with joy because the employment they generated was an alternative to hunger. In Andújar, to the north of Andalusia, very close to the plateau, a uranium mine was excavated. Even today, buried under tons of concrete, it releases radioactivity and seriously affected the health of many villagers [28]. When the regime, for the sake of its obsession with industrial development (an obsession not unlike the Soviet one), needed to build dangerous, annoying, pestilential or harmful infrastructures, it chose places in empty Spain where things, if they exploded, would kill a few peasants probably illiterate.
The abyss that separates the full Spain from the empty Spain is too big. It will probably never be erased. As time passes and the Spaniards move further and further away from their rural origins, the family mythologies that make up that empty mental Spain are also diluted. In part, they become stronger, because myths are more myths the more hazy their narrative is. As dates, names and specific references are lost, you gain in suggestion and ability to tie new identities. It is, in fact, easier to identify with a diffuse genealogy, scattered by an unknown geography, than with a concrete house of a specific town inhabited in a few specific years. That is why the faith of the illiterate who knows only the gospels is stronger than that of the scholar who has studied them thoroughly. Childhood is a powerful homeland, but the childhood of parents and grandparents is much more. As the empty Spain is not going to be filled and the demographic trends, if they are not radically altered in the coming years, augur more desert and emptiness, with the disappearance of thousands of peoples, that mythology will be transformed and strengthened. But the stigma or traces of the Great Trauma will also persist. There are too many centuries of looking at the countryside with the same cruelty. It is a very strong inertia, propelled by a tradition probably millenary. The Labordeta rides were an exception. It is very difficult to travel to empty Spain without the apprehension of the explorer of the exotic or without the illusion of the missionary who will save the Indians.

The homicide rate in Spain is one of the lowest in the world. The courts condemn some 1,200 people a year for these crimes, but half of the sentences are for imprudence (ie, abuses, accidents due to a fudge, etc.). In 2014, for example, there were only 244 convictions for murder. Which, for a country of forty-six million inhabitants, is pretty little. There are no data that indicate that in rural Spain more is killed than in urban, or vice versa. In general, the Spaniards are a very little violent town, where the murder is something anecdotal that is far from supposing a social problem. However, there is still a certain black shadow linked to a past of brutality. Historically, it can not be denied, the Spanish countryside has been very violent and dangerous, but for decades the cliché has ceased to make sense.
Many inhabitants of empty Spain are by choice. Life would be more comfortable in another place, but resist. Even the elderly who do not leave their town even if their children insist on getting them out of it. Of course there are people trapped. A land whose sale could not finance a move, a house, a job, roots, anything. But a considerable part of those who suffer winter in lost places could move to a city and they do not. Resist And if life on the margins is a matter of will, I intuit that it is also a matter of his story remaining on the margins. Those who seek to be protagonists of the story are presented to the presidency of the government or pose in photos of all parties. Those who retire (or who remain there, without striving to go elsewhere) to a hamlet surrounded by fifty kilometers of silence and mountain are expressing a clear and resounding desire to be left alone.
They will not get it. The other can be an enemy to be shot down, a monster to be tamed or a miserable to save, but it is always something to intervene. I think of the history of a Spanish region that can be the history of all empty Spain, the summary and the metaphor of the relationship that the full country has had with the empty country. The name of that region awakens brutal sensations in any Spanish, like a Pavlovian reflex. It’s called Las Hurdes.

From the top of La Puebla de Sanabria, in Zamora, very close to the border with Portugal, the plateau is endless. The town is impeccable medievalism. In part, because no industrial revolution has spoiled the postcard. In part, because several generations of restaurateurs have been concerned that the postcard fit the expectations of visitors. Everything in Sanabria wants to be traditional. The authorities and the neighbors work hard so that modernity does not leak inside the walls. Nothing that disappoints the visitor who has come there in search of the past.
That the Romanesque church is inside the frame. All consume past and the sanabreses exploit a Middle Ages that can not be questioned, that only admits to be consumed. The story of the past and the certainty that it is still alive is the only thing that allows life in this village away from all the main routes, in the middle of the plain that only crosses the wind, without economic resources in sight. While I’m looking for a place to dine that does not have the sign in Gothic letters, I wonder if this prosperity means that the sanabreses have appropriated their history. Empty Spain has never told itself. Is this chivalric fiction of nobles, kings and battles the appropriation of the story that empty Spain has sought? I do not think so. It seems to me, rather, the umpteenth imposition. The attempt to survive adopting a historicist carapace, denying the right to contemporaneity.
Places like Sanabria, but also Sigüenza or Albarracín or Almagro and all those old cities of interior, in which motorists stop to eat roast and buy honey or eggplants in vinegar, exist as a projection of an eternal past. In its squares there is a different time, that refers to the usual, to that eternity that inspired the walls of the abandoned towns. They want to update in the visitors the sensation that sleeps at the bottom of their conscience, that soft, intimate and familiar patriotism that maybe they have not even explored, but that they recognize in the representation that the locals do for them. It is the same light that warmed the Carlists, the security of an identity. Real empty Spain has only two ways left: to deny and destroy its own tradition or to represent it in an uninterrupted function to the taste of those who left their houses and streets long ago.

For more than half a century, patriotism has been a marginal expression in Spain. Unlike what happens in all the surrounding countries, and in almost all of the world, the exaltation of patriotic symbols has been in Spain a matter of radicals and people outside the social, political and cultural center. Until a few years ago, you could hardly see any flags in the streets, and you can still see very few in comparison with France, the United Kingdom, Portugal or Italy. Before the national soccer team won the 2010 World Cup, almost everyone assumed that whoever placed a national flag on their balcony or in their garden was a bit touched by the wing or was a fascist. Even today it is rare and uncomfortable to see them outside their official places. Even the use of the national word sounds strange when referring to Spain, although it is used profusely and without complexes if the referred nations are Catalan or Basque. When we travel in the United States, they have to explain to us that the people who place flags in their homes are not necessarily rare. On the contrary, they are people integrated into their community who demonstrate their patriotism.
In the absence of homeland and tradition, the family and its myths become one of the few possible paths for writers who look inward. Not only is it a safe environment, something like a playground where you can experiment without fear of hurting or getting lost, but gives the possibility to question readers from an intimate code with the certainty that something deep will reverberate in them. It is a stealthy reunion with a tradition that made a lot of noise and, aligned in a library, can intimidate. Like Pierre Bejuzov at the end of War and Peace through the streets of the razed Moscow, we walked through empty Spain as if it were on fire or had burned recently. Those ashes and those rubble contain centuries of contempt and hatred. They have been treated with disgust, haughtiness or sarcasm, and those who have not done so, like the institutionalists, have encouraged the idea of ​​redemption. Everyone, whether they spoke from contempt or admiration, viewed it as a strange place in the foreign sense. Something that did not belong to them.
Empty Spain, empty without remedy, impossible to fill, has become a presence in urban Spain. We disseminate memories to keep them alive and bequeath them to our children. There is a country in Spain that is no longer, but sometimes seems stronger and stronger than the country that is, so denied to itself, so wrinkled in its own shame, so besieged by the other homelands that rise proud to disquie invertebrate of Ortega’s grandchildren …

The Spain from which millions of Spaniards come does not exist anymore. It can be said that the country has been re-founded. In many ways, the country that myths tell us about is another country as improbable and fantastical as Alice’s wonders. Like me in my window and on my street, we live in our own places that only remind us of ourselves.
Now that some forms of patriotism are reborn and the country looks like it’s going to change abruptly again, becoming aware of the almost august way we’ve had coffee on our noisy street can help us decide if we really want to sell our apartment and move
It is very difficult for depopulation to be corrected, as it is difficult for it to appear on the agenda of public discussion, but if some become aware of the peculiarity of Spain and listen to the noises that come from the wilderness, we may be able to imagine a coexistence that takes into account the demographic and sentimental oddities of this piece of land in southern Europe. We have known how to break the inertia of cruelty and the contempt of the centuries. We need to realize and do something with that conscience.

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