El Cerebro Idiota — Dean Burnett / Idiot Brain: What Your Head Is Really Up To by Dean Burnett

Este es un libro divulgativo, con un estilo muy divertido.
Trata muchos de los neurotemas que más interesan (memoria, depresión, sesgos…) sin profundizar más que lo justo para no ser ni un libro de autoayuda ni un manual demasiado sesudo.
¿Sabían ustedes que su memoria es egotista? Tal vez piensen que en su cerebro tienen un registro preciso de las cosas que les han ocurrido o que han aprendido, pero no es cierto. Su memoria tiende a retocar y ajustar la información que almacena para hacer que ustedes tengan una mejor imagen de sí mismos.

El cerebro reptiliano y el neocórtex— funcionan de forma conjunta y armoniosa, o que, cuando menos, la una no influye en la otra. Pero eso es mucho suponer. Si alguna vez ha trabajado para un jefe controlador y obsesionado por «microgestionarlo» todo, sabrá cuán ineficiente puede ser una distribución de tareas como esa. Tener a alguien menos experimentado (pero de rango técnico superior) todo el rato encima, dando órdenes poco fundamentadas y haciendo preguntas estúpidas, solo sirve para dificultar las cosas. Pues bien, el neocórtex hace eso continuamente con el cerebro reptiliano.
Ahora bien, no es una intromisión exclusivamente unidireccional. El neocórtex es flexible y receptivo; el cerebro reptiliano es un animal de costumbres fijas y no es nada dado a cambiarlas. Todos hemos conocido a personas que piensan que saben más porque son mayores o porque llevan más años haciendo una misma cosa. Trabajar con ellas puede ser una pesadilla, como intentar programar ordenadores junto a alguien que insiste en usar una máquina de escribir para tal menester porque «así es como se ha hecho toda la vida». El cerebro reptiliano puede tener una incidencia análoga a esa, desbaratando con su intervención cosas potencialmente muy útiles.

Si somos en realidad sistemas biológicos sofisticados que han evolucionado para procurar que ese movimiento se produzca con la máxima frecuencia y facilidad posibles, ¿por qué a veces nos revuelve el estómago hasta inducirnos al vómito? Me refiero al fenómeno conocido como cinetosis: ese mareo que podemos sentir al movernos o al viajar. A veces (a menudo sin venir a cuento), el acto de desplazarnos en un medio de transporte cualquiera puede hacernos desembuchar el desayuno, regurgitar un refrigerio o expulsar cualquier otra comida.
En realidad, el responsable de ello no es ni el estómago ni la tripa (por muy grande que sea el malestar que sintamos ahí en ese momento), sino el cerebro. ¿Qué motivo podrían tener nuestros sesos para concluir, contra el criterio de eones enteros de evolución, que ir de A a B es una causa válida para vomitar? Lo cierto es que, cuando obra así, nuestro cerebro no está desafiando en modo alguno las tendencias que la evolución ha engastado en nosotros. Son los numerosos sistemas y mecanismos de que disponemos para facilitar el movimiento los causantes del problema. La cinetosis ocurre solamente cuando viajamos a bordo de medios artificiales: es decir, cuando vamos subidos a un vehículo.

Una de las habilidades más destacadas del cerebro es su capacidad para ignorar todo aquello que se vuelve predecible en exceso, por importante que sea (lo que explica por qué los soldados consiguen dormir incluso en plena zona de combate).
¿Han notado ustedes que siempre les queda «espacio para el postre»? Igual se han comido ya más de media vaca, o suficiente pasta con queso como para hundir una góndola, pero, aun así, encuentran el modo de zamparse ese suculento bizcocho de chocolate con nueces y caramelo, o ese sundae de helado de tres bolas. ¿Por qué? ¿Cómo? Si su estómago está lleno, ¿cómo les resulta físicamente posible comer más? Pues, básicamente, porque su cerebro toma una decisión drástica y decreta que no están ustedes llenos, que aún les queda sitio. El sabor dulce de los postres es una recompensa tangible que el cerebro reconoce y desea.
Si pasamos demasiado tiempo sin dormir, nuestro cerebro comienza a echarse «microsueños»: pequeñas «cabezaditas» de apenas minutos o incluso segundos cada una. Pero nuestra evolución nos ha convertido en seres que esperan disfrutar de (y aprovechar) prolongados periodos de inconsciencia con regularidad, por lo que no podemos arreglarnos simplemente con migajas sueltas. Aun si lográramos superar todos los problemas cognitivos causados por la insuficiencia de horas de sueño, difícilmente podríamos sobrevivir mucho tiempo a los otros perjuicios asociados: la disminución de la capacidad del sistema inmune, la obesidad, el estrés y los problemas cardiacos.

El sistema nervioso, es decir, la red de nervios y neuronas que se extiende por todo el organismo humano, hace posible que el cerebro controle el cuerpo y que el cuerpo se comunique con el cerebro e influya en él. El sistema nervioso central —formado por el cerebro y la médula espinal— es donde se toman las grandes decisiones y, por eso, estas zonas están protegidas por una robusta capa ósea (el cráneo y la columna vertebral). Pero de esas estructuras nacen otros muchos nervios importantes que, a su vez, se subdividen y se extienden más allá hasta inervar (el término técnico con el que se conoce el hecho de que los nervios alcancen a órganos y tejidos) todo el resto del organismo. Estos nervios y ramificaciones que se extienden mucho más allá del cerebro y la médula espinal forman lo que se conoce como el sistema nervioso periférico.
El sistema nervioso periférico tiene dos grandes componentes. Por un lado, está el sistema nervioso somático, también llamado sistema nervioso voluntario, que enlaza el cerebro con nuestro sistema musculoesquelético y posibilita así el movimiento consciente. Pero también está el sistema nervioso autónomo, que controla todos los procesos inconscientes que nos mantienen en funcionamiento y que, por tanto, está principalmente conectado con los órganos internos.
Ahora bien, para complicar un poco más las cosas, resulta que el sistema nervioso autónomo tiene, a su vez, otros dos componentes: los sistemas nerviosos simpático y parasimpático. El sistema nervioso parasimpático es el responsable de mantener los procesos más pausados de nuestro organismo, como la digestión paulatina de los alimentos después de comer o la regulación de la expulsión de los desechos.
Al contrario el sistema nervioso simpático es muy excitable.

Que «el cerebro es como un ordenador» es algo que solo deberíamos decir a un neurocientífico moderno si disfrutamos viendo a alguien temblar de indignación contenida. Y es que se trata de una comparación muy simplista y engañosa, y el sistema memorístico ilustra a la perfección por qué.
La memoria a corto plazo no dura mucho, pero está implicada en el manejo consciente real de información: básicamente, en aquello en lo que pensamos en el momento presente. Podemos pensar en las cosas actuales porque están en nuestra memoria a corto plazo; para eso sirve esta. La memoria a largo plazo proporciona un copioso volumen de datos que nos ayuda a pensar, pero es la memoria a corto plazo la que realmente se encarga de pensar. (Por esa razón, algunos neurocientíficos prefieren hablar de memoria «de trabajo», que, en esencia, consiste en la memoria a corto plazo más unos cuantos procesos adicionales).
En resumen, la memoria a corto plazo es rápida, manipulativa y fugaz, mientras que la memoria a largo plazo es persistente, duradera y holgadísima en cuanto a su capacidad. Por eso, puede suceder que recordemos para siempre algo gracioso que ocurrió cuando estudiábamos en el colegio y, sin embargo, olvidemos qué habíamos ido a buscar a la habitación del final del pasillo porque algo nos distrajo (levemente incluso) en el camino desde la cocina hasta allí.
¿Cómo puede ser que el alcohol ayude a nuestra memoria según sugiere el título de la presente sección? Para entenderlo, será preciso repasar por qué el alcohol afecta al sistema memorístico del cerebro. A fin de cuentas, ingerimos innumerables productos y sustancias químicas cada vez que comemos cualquier cosa, así que ¿por qué no hacen estas que arrastremos las palabras o que vayamos por ahí buscando pelea con las farolas?
Pues por las propiedades químicas específicas del alcohol. El cuerpo y el cerebro cuentan con varios niveles de defensa para impedir que las sustancias potencialmente perjudiciales se introduzcan en nuestros sistemas (ácidos estomacales, recubrimientos intestinales complejos, barreras especializadas en impedir que entren cosas en el cerebro, etcétera), pero el alcohol (y, para ser más precisos, el etanol, que es el alcohol que bebemos) se disuelve en el agua y es suficientemente pequeño como para penetrar en todas esas defensas. De ahí que el alcohol que bebemos termine propagado por todos nuestros sistemas corporales a través del torrente sanguíneo.
El alcohol altera el sistema memorístico. Pero, en circunstancias muy determinadas, puede incluso ayudarnos a rememorar cosas. Me refiero al fenómeno conocido como recuperación (de recuerdos) «dependiente de estado».

Existen diferencias entre los ictus «unilaterales» y los «bilaterales». Dicho en términos muy simples, el cerebro tiene dos hemisferios y ambos cuentan con un hipocampo; si un ictus afecta a ambos, resulta devastador, pero si afecta solamente a uno de los dos hemisferios, puede ser más tratable. Mucho hemos aprendido sobre el sistema de la memoria humana gracias a pacientes que han sufrido déficits de memoria de grado diverso a raíz de accidentes cerebrovasculares (ictus, para que nos entendamos) o incluso lesiones extrañamente precisas y localizadas. Uno de esos casos particulares que ha sido mencionado en estudios científicos sobre la memoria es el de una persona que sufrió una amnesia porque un taco de billar introducido por la nariz —no se sabe muy bien cómo— le dañó físicamente el cerebro.
¿Cómo es posible que un sistema tan enrevesado, confuso, incoherente, vulnerable y frágil tenga utilidad alguna para nosotros? Pues simplemente porque, la mayoría del tiempo, funciona. Sigue siendo una maquinaria asombrosa y dotada de una capacidad y una adaptabilidad que pone en evidencia hasta a los más modernos superordenadores. La flexibilidad y la extraña organización inherentes a dicho sistema son elementos que han resultado de una evolución de millones de años, así que ¿quién soy yo para ponerlos en entredicho? La memoria humana no es perfecta, pero sí es suficientemente buena.

También podemos dejarnos absorber por las llamadas teorías conspirativas, disgustándonos o volviéndonos incluso paranoicos por cosas que, aunque técnicamente posibles, resultan tan improbables como inverosímiles. Y nuestro cerebro puede crear fobias que hagan que nos angustie algo que, aun entendiendo que es inofensivo, nos produzca un desproporcionado temor. Puede haber ocasiones, incluso, en las que el cerebro ni se moleste en encontrar motivación alguna para inquietarse sin más y simplemente se preocupe por (literalmente) nada. ¿Cuántas veces no habrá oído a alguien quejarse de que hay «demasiado silencio», o de que algo malo se avecina porque las cosas han estado demasiado tranquilas últimamente? Esa inquietud puede inducir en una persona un trastorno de ansiedad crónica. Y no es más que una de las muchas maneras en que la tendencia del cerebro a preocuparse puede tener unas consecuencias físicas reales en nuestros organismos (presión arterial elevada, tensión, temblores, pérdida/ganancia de peso) y en nuestras vidas en general, pues, obsesionándonos por cosas inocuas, podemos hacernos mucho daño en realidad.
Las teorías conspirativas no son un fenómeno nuevo, así que ¿acaso no podría obedecer a una peculiaridad del cerebro el hecho de que las personas estemos tan dispuestas a dejarnos absorber por figuraciones paranoicas? En cierto sentido, sí, así es. Pero, volviendo al título de la presente sección, ¿qué tiene eso que ver con la superstición? Una cosa es creer que un trébol de cuatro hojas da buena suerte y otra, muy distinta, ir por ahí proclamando que los ovnis son reales y tratar de introducirse ilegalmente en las instalaciones del Área 51, así que ¿cuál es el nexo que las relaciona?
Esa es una pregunta tan irónica como lo es la tendencia a apreciar pautas en aquellas cosas (a menudo no relacionadas entre sí) que conectan las conspiraciones con las supersticiones. Existe, de hecho, un nombre que designa la experiencia de ver conexiones en sitios donde, en realidad, no hay ninguna: apofenia. Por ejemplo, si usted lleva puestos sin querer los calzoncillos del revés y ese mismo día gana dinero con un boleto de lotería de los que se rascan, y a partir de entonces, no compra boleto.

Los indicios y los datos disponibles sobre esta cuestión parecen dar a entender que las ansiedades y las fobias sociales constituyen aparentemente el tipo más común de cuadro fóbico. No es de extrañar, dadas las tendencias paranoicas del cerebro que nos inducen a temer cosas que no son peligrosas por sí mismas, y a nuestra dependencia de la aprobación de los demás. Si combinamos ambos factores, es fácil que terminemos desarrollando un miedo irrazonable a que los demás tengan una opinión negativa de nuestra incompetencia.

Podemos incrementar nuestra inteligencia, pero se necesita mucho tiempo y esfuerzo prolongado, y no basta para ello con hacer cosas que ya se nos dan bien y/o que ya conocemos. Si adquirimos mucha destreza en algo, entonces nuestro cerebro se vuelve tan eficiente haciéndolo que prácticamente deja de darse cuenta de que estamos realizando ese algo. Y si no se da cuenta de que lo estamos haciendo, no se adaptará ni responderá a ello, por lo que lo único que obtenemos de ese modo es un efecto autolimitador.
El problema principal parece radicar en que, si queremos ser más inteligentes, tenemos que hacer acopio de una grandísima determinación o de la suficiente «listeza» previa que nos permita ser más listos que nuestro propio cerebro.
Existen muchas explicaciones posibles de por qué la estatura y la inteligencia están relacionadas. Puede que sean todas correctas o que ninguna lo sea. La verdad, como siempre, probablemente reside en algún punto situado entre esos dos extremos. En el fondo, es un ejemplo más del viejo debate clásico entre la importancia relativa de la naturaleza (lo innato) y la crianza o el ambiente (lo adquirido).
Estudiar la inteligencia es como intentar tejer un jersey sin un patrón previo y usando hilo de algodón de azúcar en vez de lana. Pero, en general, es ciertamente impresionante que podamos intentarlo siquiera.

Una de las aptitudes más fascinantes y (al parecer) singularmente humanas que nuestros poderosos cerebros nos proporcionan es la de la introspección. Tenemos conciencia de nosotros mismos, podemos sentir nuestro estado interior y nuestras propias mentes, e incluso evaluarlas y estudiarlas. Eso hace que tanto la introspección como el pensamiento filosófico sean bienes preciados por muchas personas. Sin embargo, la manera en que el cerebro percibe realmente el mundo que se extiende más allá del cráneo en el que reside es también de suma importancia, y buena parte de los mecanismos cerebrales están dedicados a uno u otro aspecto de esa percepción exterior. Percibimos el mundo a través de nuestros sentidos, nos centramos en los elementos importantes y actuamos en consecuencia.
El efecto Zeigarnik, que es como se denomina el hecho de que al cerebro no le guste que las cosas se queden a medias. Esto explica por qué las series (y otros programas) de televisión recurren tan a menudo a terminar los episodios con una situación de suspense: esa trama argumental pendiente de resolución obliga a los espectadores a mirar el episodio siguiente, solo por poner fin a la incertidumbre.
Así pues, al parecer, la segunda manera más efectiva de motivar a las personas para que hagan algo es dejarlo inconcluso y limitarles las posibilidades de concluirlo.

El humor es el resultado de que nuestras expectativas se vean alteradas en esas situaciones. Un chiste verbal emplea una lógica disparatada por la que los hechos no se desarrollan tal como creemos que deberían desarrollarse bajo una lógica normal. Difícilmente vemos en la realidad que un caballo entre él solo en un bar y se siente a la barra, como se cuenta en un muy conocido chiste inglés. Pero el humor proviene potencialmente del hecho de que nos veamos enfrentados a esas incongruencias lógicas o contextuales que nos causan incertidumbre. El cerebro tolera mal las situaciones inciertas, sobre todo, si estas ponen de manifiesto de algún modo que los sistemas que aquel utiliza para construir y predecir nuestra visión del mundo son potencialmente defectuosos (el cerebro espera que algo suceda de un modo determinado y el hecho de que no suceda así le estaría indicando la existencia de ciertos problemas de fondo en sus funciones predictivas o analíticas fundamentales). Pero, luego, la incongruencia se resuelve o se desactiva gracias al «remate» del chiste o a otro final equivalente.

Por desgracia, el hecho de que nuestros cerebros sean tan sensibles a la hora de detectar e interpretar caras significa que, a menudo, podemos determinar si alguien está experimentando esa contradicción interna entre la franqueza y los modales (sonriendo con los dientes apretados, por ejemplo). Por suerte, la sociedad también considera grosero recriminarle o señalarle a cualquiera que está comportándose así, con lo que, cuando menos, puede decirse que alguna forma de tenso equilibrio hemos alcanzado en ese terreno.

El cerebro parece estar diseñado para que gustemos (o, según cómo se mire, para que él mismo guste) a otras personas. Todas las técnicas dirigidas a conseguir la conformidad de otros individuos, posiblemente aprovechan ese deseo que tenemos los seres humanos de causar una impresión positiva en los demás. Y es aprovechable precisamente por lo arraigado que está ese impulso en nosotros.
Nuestros cerebros hacen que queramos gustar, ser superiores y ser coherentes con nosotros mismos. De resultas de ello, nuestros propios cerebros nos vuelven vulnerables a cualquier persona sin escrúpulos que quiera nuestro dinero y tenga unas mínimas nociones de regateo. Desde luego, se necesita un órgano increíblemente complejo para hacer algo así de estúpido.
A pesar de todas nuestras inclinaciones a la sociabilidad y a la cordialidad, nuestro cerebro se interesa tanto por preservar un cierto sentido de identidad y de tranquilidad que nos hace desear que se fastidien todas las personas y cosas que pudieran ponerlo en peligro.

Las afecciones neurológicas son debidas a la aparición de alteraciones o problemas físicos en el sistema nervioso central, como puede ser una lesión en el hipocampo que provoque amnesia, o una degradación de la sustancia negra del mesencéfalo que desencadene una enfermedad de Parkinson. Son dolencias terribles, pero suelen tener unas causas físicas identificables (aun cuando a menudo no podamos hacer gran cosa para arreglarlas). Se manifiestan mayormente en forma de problemas físicos, como ataques, trastornos del movimiento o dolores (migrañas, por ejemplo).
Los trastornos mentales son anomalías del pensamiento, la conducta o la forma de sentir de las personas y no tienen por qué obedecer a una causa «física» clara. Lo que los provoca está basado en la composición física del cerebro, sí, pero este continúa siendo físicamente normal: lo que ocurre es que hace cosas que no ayudan y que más bien estorban. Invocaré una vez más la dudosa analogía del ordenador para decir que una afección neurológica es un problema de soporte físico, de hardware, mientras que un trastorno mental es un problema de soporte lógico, de software, si bien no hay que olvidar que existe siempre un amplio solapamiento entre uno y otro tipo de problemas y que nunca es tan nítida la separación entre ambos como puede serlo en un ordenador.
¿Cómo definimos un trastorno mental, entonces? El cerebro está compuesto de miles de millones de neuronas que forman billones de conexiones que producen miles de funciones derivadas, a su vez, de infinidad de procesos genéticos y experiencias aprendidas. No hay dos que sean exactamente iguales, así que ¿cómo determinamos qué cerebro está funcionando bien y cuál no? Todos tenemos hábitos extraños, peculiaridades, tics o excentricidades que, en muchos casos, están incorporados a nuestra identidad y nuestra personalidad. La sinestesia, por ejemplo, no parece causar problemas funcionales a nadie y, de hecho, son muchas las personas que no se dan cuenta de que tengan nada diferente a otras hasta que dicen lo que les gusta el color morado.
Los trastornos mentales se definen generalmente como patrones de conducta o de pensamiento que ocasionan molestias y padecimiento, o que dificultan la capacidad para funcionar en la sociedad «normal». Esta última parte de la frase es importante, pues significa que, para que una enfermedad mental sea reconocida como tal, tiene que compararse con lo que se considera «normal» y esto puede variar considerablemente con el paso del tiempo.

Las acusaciones de egoísmo dan también a entender en muchos casos que las personas afectadas por depresión eligen estar en esa situación, que podrían optar por disfrutar la vida y ser felices, pero consideran más cómodo u oportuno no hacerlo. Pero, claro, nadie explica nunca (o casi nunca) cuándo, cómo ni por qué eligen estar así. En casos de suicidio, siempre hay personas que dicen que el fallecido optó por la «solución fácil». Se me ocurre un sinfín de maneras distintas de calificar un sufrimiento como ese, capaz de anular instintos de supervivencia arraigados en nosotros desde hace millones de años, pero, desde luego, «fácil» no sería una de ellas. Quizá nada de esto tenga sentido desde un punto de vista lógico, pero insistir en que alguien que se encuentra atrapado en las garras de una enfermedad mental piense con lógica es como insistir en que alguien con una pierna fracturada camine con normalidad.
La depresión no es visible ni comunicable como una enfermedad típica.

La adicción es un trastorno reconocido por los profesionales de la salud que requiere tratamiento, y no un defecto que convenga criticar o condenar. El consumo excesivo de drogas hace que el cerebro sufra cambios alarmantes, muchos de los cuales pueden llegar a ser contradictorios unos con otros. Las drogas parecen volver al cerebro en contra de sí mismo y lanzarlo a una especie de prolongada guerra de desgaste cuyo campo de batalla son nuestras vidas mismas. Eso es una de las peores cosas que alguien puede hacerse a sí mismo, pero las drogas dan la vuelta de tal manera a la situación que al individuo en cuestión no le importa dañarse de ese modo.
Esto es el cerebro de una persona cuando se droga.

El cerebro nos proporciona una impresionante percepción de la realidad, pero, como ya hemos visto repetidamente a lo largo de este libro, buena parte de esa percepción está basada en cálculos, extrapolaciones y, en ocasiones, meras conjeturas del propio cerebro. En vista de todas las cosas posibles que pueden afectar al funcionamiento cerebral, no cabe sorprenderse de que dichos procesos puedan torcerse un poco, sobre todo, si tenemos en cuenta que lo que se considera «normal» es más el resultado de un consenso general que una realidad fáctica fundamental. Resulta asombroso que los seres humanos lleguemos a hacer todo lo que hacemos, la verdad.

This is an informative book, with a very funny style.
It deals with many of the most interesting neurotics (memory, depression, bias …) without going deeper than just enough to be neither a self-help book nor a too brainy manual.
Did you know that your memory is egotistical? They may think that in their brain they have an accurate record of the things that have happened to them or that they have learned, but it is not true. Your memory tends to tweak and adjust the information you store to make you have a better picture of yourself.

The reptilian brain and the neocortex-work together and harmoniously, or that, at least, the one does not influence the other. But that is a lot to suppose. If you’ve ever worked for a controlling boss and obsessed with “micro-managing” everything, you’ll know how inefficient a distribution of tasks like that can be. Having someone less experienced (but of superior technical rank) all the time on top, giving unsubstantiated orders and asking stupid questions, only serves to make things difficult. Well, the neocortex does that continually with the reptilian brain.
Now, it is not an exclusively unidirectional interference. The neocortex is flexible and receptive; the reptilian brain is an animal of fixed customs and it is not given to change them. We have all met people who think they know more because they are older or because they have been doing the same thing for more years. Working with them can be a nightmare, like trying to program computers with someone who insists on using a typewriter for such a task because “this is how it has been done all our lives”. The reptilian brain can have an analogous incidence to that, disrupting potentially useful things with its intervention.

If we are really sophisticated biological systems that have evolved to ensure that this movement occurs as easily and easily as possible, why does it sometimes stir our stomachs until we induce vomiting? I refer to the phenomenon known as motion sickness: that dizziness that we can feel when we move or when traveling. Sometimes (often without telling), the act of moving in any means of transport can make us desembuchar breakfast, regurgitate a snack or expel any other food.
Actually, the responsible for it is neither the stomach nor the gut (no matter how great the discomfort we feel there at that moment), but the brain. What reason could our brains have to conclude, against the criterion of whole eons of evolution, that going from A to B is a valid cause for vomiting? The truth is that, when it works like this, our brain is not in any way challenging the tendencies that evolution has set in us. Are the numerous systems and mechanisms that we have to facilitate the movement causing the problem. Motion sickness occurs only when we travel on board artificial means: that is, when we get on a vehicle.

One of the most outstanding abilities of the brain is its ability to ignore everything that becomes excessively predictable, however important it may be (which explains why soldiers get to sleep even in the middle of the combat zone).
Have you noticed that there is always “room for dessert”? Like they have already eaten more than half a cow, or enough pasta with cheese to sink a gondola, but even so, find the way to eat that succulent chocolate sponge cake with nuts and caramel, or that sundae of ice cream with three balls. Why? How? If your stomach is full, how is it physically possible to eat more? Well, basically, because your brain makes a drastic decision and decrees that you are not full, that you still have room. The sweet taste of desserts is a tangible reward that the brain recognizes and desires.
If we spend too much time without sleep, our brain begins to throw “microsueños”: small “cabezaditas” of just minutes or even seconds each. But our evolution has turned us into beings who hope to enjoy (and take advantage of) prolonged periods of unconsciousness on a regular basis, so that we can not manage simply with loose crumbs. Even if we managed to overcome all the cognitive problems caused by insufficient hours of sleep, we could hardly survive for a long time the other associated damages: the decrease in the capacity of the immune system, obesity, stress and heart problems.

The nervous system, that is, the network of nerves and neurons that extends throughout the human organism, makes it possible for the brain to control the body and for the body to communicate with the brain and influence it. The central nervous system – formed by the brain and spinal cord – is where the big decisions are made and, therefore, these areas are protected by a robust bone layer (the skull and spine). But from these structures are born many other important nerves that, in turn, subdivide and extend further to innervate (the technical term with which the fact that the nerves reach organs and tissues is known) all the rest of the organism . These nerves and branches that extend far beyond the brain and spinal cord form what is known as the peripheral nervous system.
The peripheral nervous system has two major components. On the one hand, there is the somatic nervous system, also called voluntary nervous system, which connects the brain with our musculoskeletal system and thus enables conscious movement. But there is also the autonomic nervous system, which controls all the unconscious processes that keep us functioning and which, therefore, is mainly connected with the internal organs.
Now, to complicate things a little more, it turns out that the autonomic nervous system has, in turn, two other components: the sympathetic and parasympathetic nervous systems. The parasympathetic nervous system is responsible for maintaining the most paused processes of our body, such as the gradual digestion of food after eating or the regulation of the expulsion of waste.
On the contrary, the sympathetic nervous system is very excitable.

That “the brain is like a computer” is something that we should only say to a modern neuroscientist if we enjoy seeing someone tremble with contained indignation. And it is a very simplistic and misleading comparison, and the memory system illustrates perfectly why.
Short-term memory does not last long, but is involved in the actual conscious management of information: basically, in what we think in the present moment. We can think about current things because they are in our short-term memory; that’s what it’s for. Long-term memory provides a copious volume of data that helps us think, but it is short-term memory that really takes care of thinking. (For that reason, some neuroscientists prefer to speak of “working” memory, which, in essence, consists of short-term memory plus a few additional processes).
In short, short-term memory is fast, manipulative and fleeting, while long-term memory is persistent, long-lasting and very comfortable in terms of capacity. For that reason, it can happen that we remember forever something funny that happened when we studied in the school and, nevertheless, we forgot what we had gone to look for the room at the end of the hall because something distracted us (slightly even) on the way from the kitchen up there
How can it be that alcohol helps our memory as suggested by the title of this section? To understand it, it will be necessary to review why alcohol affects the memory system of the brain. After all, we eat innumerable products and chemicals every time we eat anything, so why do not we do these to drag the words or go around looking for a fight with the streetlights?
Well, because of the specific chemical properties of alcohol. The body and the brain have several levels of defense to prevent potentially harmful substances from entering our systems (stomach acids, complex intestinal coatings, barriers specialized in preventing things from entering the brain, etc.), but alcohol (and , to be more precise, ethanol, which is the alcohol we drink) dissolves in water and is small enough to penetrate all these defenses. Hence, the alcohol we drink ends up spread through all our bodily systems through the bloodstream.
Alcohol alters the rote system. But, in very specific circumstances, it can even help us to remember things. I refer to the phenomenon known as recovery (of memories) “dependent on state”.

There are differences between “unilateral” and “bilateral” strokes. In very simple terms, the brain has two hemispheres and both have a hippocampus; If a stroke affects both, it is devastating, but if it affects only one of the two hemispheres, it can be more treatable. Much we have learned about the system of human memory thanks to patients who have suffered from memory deficits of varying degrees due to strokes (stroke, so that we understand each other) or even strangely precise and localized lesions. One of those particular cases that has been mentioned in scientific studies about memory is that of a person who suffered an amnesia because a billiard cue inserted through the nose – he does not know very well how – physically damaged his brain.
How is it possible that such a convoluted, confusing, incoherent, vulnerable and fragile system has any use for us? Well simply because, most of the time, it works. It is still an amazing machine and endowed with a capacity and adaptability that highlights even the most modern supercomputers. The flexibility and the strange organization inherent in this system are elements that have resulted from an evolution of millions of years, so who am I to question them? Human memory is not perfect, but it is good enough.

We can also be absorbed by so-called conspiracy theories, disgusting ourselves or even becoming paranoid about things that, although technically possible, are as improbable as they are implausible. And our brain can create phobias that make us anguish something that, even understanding that it is harmless, we produce a disproportionate fear. There may be times, even, in which the brain does not even bother to find any motivation to become uneasy and simply worry about (literally) nothing. How many times have you not heard someone complain that there is “too much silence,” or that something bad is coming because things have been too quiet lately? This restlessness can induce a chronic anxiety disorder in a person. And it is just one of the many ways in which the tendency of the brain to worry can have real physical consequences in our bodies (high blood pressure, tension, tremors, weight loss / gain) and in our lives in general, because , obsessing over innocuous things, we can really hurt ourselves a lot.
Conspiracy theories are not a new phenomenon, so could not the fact that people are so willing to let ourselves be absorbed by paranoid figurations obey a peculiarity of the brain? In a certain sense, yes, it is. But, going back to the title of this section, what does that have to do with superstition? It is one thing to believe that a four-leaf clover gives good luck and another, very different, to go around proclaiming that UFOs are real and trying to enter the facilities of Area 51 illegally, so what is the link between them? ?
That is a question as ironic as is the tendency to appreciate patterns in those things (often unrelated) that connect conspiracies with superstitions. There is, in fact, a name that designates the experience of seeing connections in places where, in reality, there is none: apofenia. For example, if you wear the underpants unintentionally and win the same day that day with a scratch ticket, and thereafter, do not buy a ticket.

The indications and available data on this question seem to suggest that anxieties and social phobias are apparently the most common type of phobic picture. No wonder, given the paranoid tendencies of the brain that induce us to fear things that are not dangerous in themselves, and our dependence on the approval of others. If we combine both factors, it is easy for us to end up developing an unreasonable fear that others have a negative opinion of our incompetence.

We can increase our intelligence, but it takes a lot of time and prolonged effort, and it is not enough to do things that we already know well and that we already know. If we acquire much dexterity in something, then our brain becomes so efficient that it practically fails to realize that we are doing that something. And if he does not realize that we are doing it, he will not adapt or respond to it, so the only thing we obtain in this way is a self-limiting effect.
The main problem seems to lie in the fact that, if we want to be more intelligent, we have to collect a very great determination or enough “readiness” to allow us to be smarter than our own brain.
There are many possible explanations for why stature and intelligence are related. They may all be correct or none may be correct. The truth, as always, probably lies somewhere between these two extremes. Basically, it is one more example of the old classic debate between the relative importance of nature (the innate) and the upbringing or the environment (the acquired).
Studying intelligence is like trying to knit a sweater without a previous pattern and using cotton candy yarn instead of wool. But, in general, it is certainly impressive that we can even try.

One of the most fascinating and (apparently) uniquely human aptitudes that our powerful brains provide us with is that of introspection. We are aware of ourselves, we can feel our inner state and our own minds, and even evaluate and study them. That makes both introspection and philosophical thinking valuable goods for many people. However, the way in which the brain actually perceives the world that extends beyond the skull in which it resides is also of utmost importance, and much of the brain mechanisms are dedicated to one or another aspect of that external perception. We perceive the world through our senses, we focus on the important elements and act accordingly.
The Zeigarnik effect, which is what is called the fact that the brain does not like things to go halfway. This explains why television series (and other programs) so often resort to ending the episodes with a suspense situation: that unresolved plot requires viewers to watch the next episode, just to put an end to the uncertainty .
So, apparently, the second most effective way to motivate people to do something is to leave it unfinished and limit the possibilities of concluding it.

Humor is the result of our expectations being altered in those situations. A verbal joke uses a crazy logic by which the facts do not develop as we think they should develop under normal logic. We hardly see in reality that a horse between him alone in a bar and sits at the bar, as told in a well-known English joke. But humor comes potentially from the fact that we are faced with those logical or contextual incongruities that cause us uncertainty. The brain badly tolerates uncertain situations, especially if they reveal in some way that the systems it uses to construct and predict our worldview are potentially defective (the brain expects something to happen in a certain way and the fact that it does not happen like this would indicate the existence of certain underlying problems in its fundamental predictive or analytical functions). But then the incongruity is resolved or deactivated by the “ending” of the joke or another equivalent ending.

Unfortunately, the fact that our brains are so sensitive when it comes to detecting and interpreting faces means that we can often determine if someone is experiencing that internal contradiction between openness and manners (smiling with clenched teeth, for example). ). Luckily, society also considers it rude to recriminate him or point out to anyone who is behaving this way, with what, at least, can be said that some form of tense equilibrium we have reached in that area.

The brain seems to be designed so that we like (or, depending on how you look at it, so that you like it) other people. All techniques aimed at achieving conformity of other individuals, possibly take advantage of that desire we humans have to make a positive impression on others. And it is usable precisely because of the ingrained that this impulse is in us.
Our brains make us want to like, be superior and be coherent with ourselves. As a result, our own brains make us vulnerable to any unscrupulous person who wants our money and has minimal notions of bargaining. Of course, an incredibly complex organ is needed to do something that stupid.
Despite all our inclinations towards sociability and cordiality, our brain is so interested in preserving a certain sense of identity and tranquility that makes us wish that all people and things that could endanger it could be bothered.

The neurological affections are due to the appearance of alterations or physical problems in the central nervous system, such as a lesion in the hippocampus that causes amnesia, or a degradation of the black substance of the mesencephalon that triggers a Parkinson’s disease. They are terrible ailments, but usually have identifiable physical causes (even though we often can not do much to fix them). They manifest mostly in the form of physical problems, such as attacks, movement disorders or pain (migraines, for example).
Mental disorders are abnormalities of people’s thinking, behavior or way of feeling and do not have to obey a clear “physical” cause. What provokes them is based on the physical composition of the brain, yes, but it continues to be physically normal: what happens is that it does things that do not help and that rather hinder. I will invoke once again the dubious analogy of the computer to say that a neurological condition is a problem of hardware, hardware, while a mental disorder is a software problem, software, although we must not forget that there is always a wide overlap between one type of problem and another and the separation between the two is never as clear as it can be in a computer.
How do we define a mental disorder, then? The brain is composed of billions of neurons that form billions of connections that produce thousands of functions derived, in turn, from an infinity of genetic processes and learned experiences. No two are exactly the same, so how do we determine which brain is working well and which is not? We all have strange habits, peculiarities, tics or eccentricities that, in many cases, are incorporated into our identity and our personality. Synesthesia, for example, does not seem to cause functional problems to anyone and, in fact, there are many people who do not realize that they have anything different from others until they say what they like the color purple.
Mental disorders are generally defined as patterns of behavior or thinking that cause discomfort and suffering, or that hinder the ability to function in the “normal” society. This last part of the sentence is important, because it means that, for a mental illness to be recognized as such, it has to be compared with what is considered “normal” and this can vary considerably with the passage of time.

Accusations of selfishness also mean in many cases that people affected by depression choose to be in that situation, that they could choose to enjoy life and be happy, but consider it more convenient or timely not to do so. But, of course, nobody ever (or almost never) explains when, how or why they choose to be like this. In cases of suicide, there are always people who say that the deceased opted for the “easy solution”. I can think of a host of different ways of describing a suffering like that, capable of nullifying survival instincts rooted in us for millions of years, but, of course, “easy” would not be one of them. Perhaps none of this makes sense from a logical point of view, but to insist that someone who is caught in the grip of a mental illness think with logic is like insisting that someone with a broken leg walk normally.

Addiction is a disorder recognized by health professionals that requires treatment, and not a defect that should be criticized or condemned. Excessive drug use causes the brain to undergo alarming changes, many of which may become contradictory to one another. Drugs seem to turn the brain against itself and launch it into a kind of protracted war of attrition whose battlefield is our very lives. That is one of the worst things that someone can do to himself, but drugs turn the situation around so that the individual in question does not care to hurt himself in that way.
This is a person’s brain when it is drugged.

The brain gives us an impressive perception of reality, but, as we have seen repeatedly throughout this book, much of that perception is based on calculations, extrapolations and, sometimes, mere conjectures of the brain itself. In view of all the possible things that can affect brain function, it is not surprising that these processes can be twisted a bit, especially if we consider that what is considered “normal” is more the result of a general consensus that a fundamental factual reality. It is amazing that human beings get to do everything we do, the truth.

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