Economía Para El 99 % De La Población — Ha-Joon Chang / Economy For 99 Per Cent Of Population by Ha-Joon Chang

Los libros de este coreano del sur me parecen siempre de interés. Debo decir el motivo por el cual debe leerse este libro y sin duda es por no ser farragoso como otros libros económicos:
-Claro y perfectamente comprensible para los que no somos economistas. Una maravilla de libro. Proporciona el conocimiento de las diferentes teorías económicas así como su aplicación en determinadas situaciones políticas y sociales.
-Excelente vacuna contra la intolerancia en la reflexión económica, … salvo para el 1%, que lo juzgara sectario y falto de rigor científico.
-Con un lenguaje muy accesible para todos aborda gran cantidad de aspectos sobre la Economía. Muy útil para una comprensión global del tema.
-Muy buen libro. Didactico y al grano en los asuntos principales. Recomiendo su lectura por ser actual y pertinente su contenido
-vale la pena leerlo para poder entender otros libros y artículos económicos.

Cuando nos enteramos de que las economías capitalistas avanzadas crecieron más rápido que nunca en la historia entre las décadas de 1950 y 1970, una época de fuertes regulaciones e impuestos altos, enseguida nos volvemos escépticos ante la idea de que, para promover el crecimiento, hay que bajar los impuestos y reducir la burocracia.
La historia sirve para resaltar los límites de la teoría económica. La vida es a menudo más extraña que la ficción, y la historia está plagada de experiencias económicas exitosas (a todos los niveles: naciones, empresas, individuos) que no pueden ser explicadas a la perfección por una sola teoría económica. Por ejemplo, si solo leemos The Economist o The Wall Street Journal, de lo único que nos enteraremos es de la política de libre comercio de Singapur y su receptividad a la inversión extranjera. Esto puede llevarnos a concluir que el éxito económico de Singapur es una prueba fehaciente de que el libre comercio y el libre mercado son la mejor receta para el desarrollo económico… hasta que tenemos noticia de que casi toda la tierra en Singapur es propiedad del Estado, de que el 85 por ciento de las viviendas las otorga un organismo estatal (el Housing and Development Board) y de que el 22 por ciento de la riqueza nacional la producen empresas públicas (el promedio internacional ronda el 10 por ciento).
Necesitamos prestar atención a la historia porque tenemos el deber moral de evitar en la medida de lo posible los «experimentos» con la gente. Desde la planificación central en el antiguo bloque socialista (y su transición estilo «big bang» al capitalismo) hasta los fracasos de la «economía de la filtración» en Estados Unidos y el Reino Unido en las décadas de 1980 y 1990, pasando por el desastre que supusieron las políticas de «austeridad» en la mayoría de los países europeos después de la Gran Depresión, la historia está plagada de experimentos radicales en materia de política económica que han destruido las vidas de millones, tal vez decenas de millones de personas. Estudiar historia no nos permitirá evitar por completo los errores en la actualidad, pero debemos poner todo nuestro empeño en extraer lecciones de la historia antes de formular políticas que afectarán a vidas humanas.

La idea de «globalización» también emergió como un concepto que definió la época. Por supuesto, la integración económica internacional venía dándose desde el siglo XVI, pero, de acuerdo con la nueva narrativa de la globalización, el proceso había entrado en una etapa completamente nueva gracias a las revoluciones tecnológicas en la comunicación (internet) y el transporte (los viajes en avión, los buques portacontenedores), que conducían a «la muerte de la distancia». Según los globalizadores, ahora los países no tenían otra opción que aceptar esa nueva realidad y abrirse totalmente al comercio y las inversiones internacionales, liberalizando al mismo tiempo sus economías nacionales. Los que se resistieran serían inevitablemente tildados de «luditas modernos» por creer que podían recuperar un mundo perdido revirtiendo el progreso tecnológico (véase supra). Los títulos de algunos libros —El mundo sin fronteras, El mundo es plano y One World, Ready or Not [«Un solo mundo»] —resumían la esencia de este nuevo discurso.

A pesar de la magnitud de la crisis, las reformas políticas han tardado en llegar. A pesar de que la causa de la crisis radica en la excesiva liberalización del mercado financiero, las reformas financieras han sido más bien blandas y se están aplicando con extraordinaria lentitud (en el curso de varios años, cuando los bancos estadounidenses tuvieron solo doce meses para poner en práctica las durísimas reformas financieras del New Deal). Existen sectores de las finanzas, como la comercialización de productos financieros excesivamente complejos, en los que ni siquiera se han aplicado reformas blandas y lentas.
Por supuesto, es posible revertir esta tendencia. Después de todo, en el Estados Unidos y la Suecia posteriores a la Gran Depresión las reformas llegaron después de unos pocos años de desplome económico y penuria. De hecho, los electorados francés, holandés y griego votaron por los partidos favorables a la austeridad en la primavera de 2012, y los votantes italianos hicieron lo propio en 2013. La Unión Europea ha introducido regulaciones financieras mucho más duras de lo que muchos habrían creído posible (por ejemplo, un impuesto a las transacciones financieras y una limitación de las primas en el sector financiero). Suiza, frecuentemente considerada el paraíso fiscal de los ultrarricos, en 2013 aprobó una ley que prohíbe las altas recompensas a altos directivos que hayan tenido un rendimiento mediocre. Y si bien queda mucho por hacer en lo tocante a la reforma financiera, cabe señalar que estas medidas habrían sido consideradas imposibles antes de la crisis de 2008.

No basta con reconocer la existencia de diferentes enfoques en la economía, sino que es necesario preservar esa diversidad, e incluso promoverla. Puesto que los diferentes enfoques ponen énfasis en aspectos diferentes y ofrecen diferentes perspectivas, conocer un amplio abanico de escuelas y no solo una o dos nos permite tener una comprensión más plena y equilibrada de esa compleja entidad llamada «economía». Sobre todo a largo plazo, al igual que un grupo biológico con un acervo genético más diverso es más resiliente a los impactos, una disciplina que contenga una variedad de enfoques teóricos puede afrontar mejor este mundo siempre cambiante que otra caracterizada por el monocultivo intelectual. Estamos siendo testigos de la prueba de ello; la economía mundial habría experimentado un desplome similar a la Gran Depresión de 1929 si los gobiernos clave no hubieran decidido abandonar sus políticas libremercadistas y adoptar unas keynesianas en los primeros días de la crisis financiera mundial de 2008.
Yo iría un poco más lejos y afirmaría que tampoco basta con preservar la diversidad. No solo se trata de dejar que florezcan cien flores, sino que también debemos aplicar la fertilización cruzada. Los diferentes enfoques de la economía en realidad pueden beneficiar.
Solo cuando sepamos que existen diferentes teorías económicas podremos decirles a quienes detentan el poder que se equivocan al decirnos que «no hay alternativa», como afirmó Margaret Thatcher alguna vez para defender sus controvertidas políticas. Cuando nos enteramos de que existe mucho terreno intelectual común entre supuestas «facciones enemigas» en la economía, podemos enfrentarnos con mayor eficacia a quienes desean polarizar el debate. Cuando seamos conscientes de que las diferentes teorías económicas sostienen argumentos diferentes en parte por estar basadas en valores éticos y políticos dispares, ganaremos la confianza necesaria para analizar la economía como lo que realmente es —un argumento político—, y no como una «ciencia» en la que claramente hay bueno y malo, correcto e incorrecto. Y cuando el público en general tome por fin conciencia de estas cuestiones, los economistas profesionales ya no podrán apabullarlo declarándose los custodios de supuestas verdades científicas.
Conocer distintos tipos de escuelas económicas y saber cuáles son sus respectivos puntos fuertes y puntos débiles, como hemos visto, no es una práctica esotérica reservada en exclusiva a los economistas profesionales. Es parte vital del aprendizaje de la economía y es también una contribución al esfuerzo colectivo de lograr que la economía le sea cada vez más útil a la humanidad.

El mundo económico real está poblado por personajes complejos y defectuosos, ya se trate de individuos o de organizaciones. Teorizar sobre ellos (o sobre cualquier cosa) requiere, por supuesto, cierto grado de generalización y simplificación, pero cabe señalar que las teorías económicas dominantes han llevado al extremo su misión simplificadora.
Solo cuando tengamos en cuenta la naturaleza multifacética y limitada de los individuos, reconociendo al mismo tiempo la importancia de las grandes organizaciones con estructuras y mecanismos de decisión internos complejos, podremos elaborar teorías que nos permitan entender la complejidad de las decisiones económicas en el mundo real.
El tema de la falsa conciencia es un problema realmente difícil que no tiene una solución inequívoca. No deberíamos aprobar la existencia de una sociedad desigual y brutal porque las encuestas muestren que la gente es feliz. Pero ¿quién tiene derecho a decirles a las mujeres oprimidas o a los campesinos sin tierra hambrientos que no deberían ser felices cuando ellos creen que sí lo son? ¿Alguien puede acaso arrogarse el derecho de hacer que se sientan miserables diciéndoles «la verdad»? No existen respuestas fáciles para estas preguntas, pero lo que sin duda nos revelan es que no podemos confiar en las encuestas sobre la felicidad «subjetiva» para sacar conclusiones acerca de cómo le está yendo a la gente.
Definir y medir conceptos en el campo de la economía no puede ser una práctica objetiva, como sí puede serlo en disciplinas como la física o la química. Incluso en el caso de los conceptos económicos aparentemente más claros y sencillos —como la producción y la renta—, es un ejercicio plagado de dificultades. Implica muchos juicios de valor; por ejemplo, la decisión de no incluir el trabajo doméstico en las estadísticas sobre la producción. Existen numerosos problemas técnicos, sobre todo en relación con la imputación de valor a las actividades no comercializables y los ajustes de la PPA. En el caso de los países más pobres, también hay dificultades con la calidad de la información; recabar y procesar los datos en bruto requiere recursos financieros y humanos que esos países no poseen.
Guinea Ecuatorial sigue siendo uno de los países más ignorados del mundo no es por falta de empeño. Es el país más rico de África, con un PIB per cápita de 20.703 dólares (según datos del año 2010). En el transcurso de las dos últimas décadas ha sido una de las economías de crecimiento más rápido en el mundo. Entre 1995 y 2010, su PIB per cápita creció a una media del 18,6 por ciento anual; más del doble que China, la superestrella del crecimiento internacional, que lo hizo «solo» a razón del 9,1 por ciento anual.
Sinceramente, ¿qué más puede hacer un país para llamar la atención?… El mundo es injusto.

El capitalismo no se habría desarrollado como lo hizo sin el desarrollo concomitante del sistema financiero. La propagación de la banca comercial, el surgimiento de la bolsa, el avance de la banca de inversión y el crecimiento de los mercados de bonos corporativos y soberanos nos han permitido movilizar recursos y agrupar riesgos a una escala sin precedentes. Sin estos avances, seguiríamos viviendo en un mundo lleno de pequeñas fábricas dirigidas y financiadas por los «maestros de la manufactura» de Ricardo, respaldados a su vez por gobiernos inadecuados y pobremente financiados.
Lamentablemente, tras el auge de las «nuevas finanzas» en los últimos treinta años, nuestro sistema financiero se ha transformado en una fuerza negativa. Las firmas financieras se han especializado en generar elevados beneficios para sí mismas a costa de crear burbujas de activos cuya insostenibilidad disimulan mediante la agrupación, la estructuración y otras técnicas afines. Cuando la burbuja estalla, estas firmas utilizan hábilmente su peso económico y su influencia política para ser rescatadas y obtener subvenciones de las arcas públicas, que luego deben ser vueltas a llenar por los ciudadanos de a pie a fuerza de aumentos de los impuestos y recortes del gasto público.
Argumentar a favor de una regulación más estricta del sistema financiero no implica que este no sea una parte importante de la economía. Por el contrario, necesita ser regulado precisamente a causa de su poder e importancia. En los tiempos en que la gente caminaba, se desplazaba en carros tirados por bueyes y en el mejor de los casos montaba a caballo, no teníamos semáforos, frenos ABS, cinturones de seguridad ni airbags. Hoy disponemos de esas cosas —y empezamos a exigirlas a través de la regulación— porque contamos con automóviles potentes y veloces que, sin embargo, pueden causar mucho daño si algo —por ínfimo que sea— sale mal. A menos que apliquemos el mismo razonamiento a las finanzas, continuaremos padeciendo los equivalentes económicos de las colisiones, los atropellos en los que el conductor se da a la fuga y hasta los choques en cadena en las autopistas.

La pobreza y la desigualdad están inquietantemente extendidas. Uno de cada cinco habitantes del planeta vive, todavía hoy, en la pobreza absoluta. Incluso en varios países ricos, como Estados Unidos y Japón, una de cada seis personas vive en un estado de pobreza (relativa). Aparte de la situación existente en un puñado de países europeos, la desigualdad de ingresos oscila entre lo grave y lo chocante.
Demasiadas personas aceptan la pobreza y la desigualdad como resultados inevitables de diferencias naturales en cuanto a las capacidades de los individuos. Se nos aconseja convivir con esas realidades del mismo modo que lo hacemos con los terremotos y las erupciones volcánicas. Pero, como hemos visto en este capítulo, la pobreza y la desigualdad están supeditadas a la intervención humana.
Dada la elevada desigualdad en muchos países pobres, la pobreza absoluta (y la relativa) podrían reducirse sin aumentar la producción si se fomentara una redistribución apropiada de la renta. Sin embargo, la reducción significativa de la pobreza absoluta a largo plazo requiere desarrollo económico, como ha demostrado China en los últimos años.
Es posible que los países ricos hayan erradicado la pobreza absoluta, pero algunos de ellos sufren una alta incidencia de la pobreza relativa y una elevada desigualdad.
El trabajo recibe más atención cuando brilla por su ausencia, es decir, cuando hay desempleo. Pero ni siquiera este ha sido tomado lo suficientemente en serio, en el sentido de que es aceptado como algo inevitable. Se considera que el pleno empleo —en el pasado la meta más importante y a menudo alcanzada de las políticas económicas en los países capitalistas avanzados— es inalcanzable y por lo tanto irrelevante. Los costes humanos del desempleo —penuria económica, depresión, humillación e incluso suicidio— rara vez se reconocen.
Todo esto tiene consecuencias graves para la forma en que gestionamos nuestra economía y nuestra sociedad. Al trabajo se lo considera un inconveniente que debemos sobrellevar como buenamente podamos para obtener ingresos, mientras que a nosotros se nos ve unos entes cuyo único impulso es el deseo de consumir con esos ingresos. Especialmente en los países ricos, esta mentalidad consumista ha conducido al derroche, a la compra compulsiva y a contraer deudas impagables, dificultando al mismo tiempo la reducción de las emisiones de dióxido de carbono y el combate contra el cambio climático. El desprecio por el trabajo conduce a la aceptación sin cuestionamientos de condiciones de trabajo cada vez más degradadas, independientemente de su impacto sobre el bienestar físico y mental de los trabajadores, siempre y cuando vayan acompañadas de un aumento salarial. El desempleo alto es visto como un problema relativamente menor a pesar de su enorme coste humano, mientras que un ligero aumento de la inflación es considerado un desastre nacional.
El trabajo se ha convertido en el familiar loco de la economía cuya existencia nos incomoda y fingimos ignorar. Sin embargo, si no nos tomamos más en serio el trabajo, no podremos construir una economía más equilibrada y una sociedad más plena.

En algunas democracias jóvenes, la política despierta tantas pasiones que las elecciones desencadenan revueltas y provocan muertes. Pero en muchos otros países oímos hablar de la caída en picado del número de votantes. Los partidos políticos sufren una sangría de afiliados. Desde Imran Khan, el jugador de críquet, en Pakistán hasta el humorista Beppe Grillo en Italia, muchos políticos llegan a destacar precisamente porque —¿cómo decirlo?— no son políticos.
La creciente desconfianza hacia la política es, en parte, obra de los propios políticos. En todo el mundo han hecho lo imposible por ganarse el descrédito, con el italiano Silvio Berlusconi a la cabeza. Sin embargo, también la ha estimulado de modo crucial la economía de libre mercado. Los economistas que propugnan el libre mercado, más específicamente los adalides del argumento del fracaso del gobierno, han convencido al resto del mundo, incluidos muchos políticos y burócratas, de que no podemos confiar en que quienes detentan el poder político actúen en favor del interés público. Por consiguiente, nos han dicho, cuanto menos haga el gobierno, mejor nos irá. Incluso en aquellos ámbitos en que el gobierno es un «mal necesario», habría que imponer reglas estrictas que los políticos no puedan transgredir. Y esta desconfianza en la política ha contribuido a su vez a popularizar la economía de libre mercado, que propone minimizar la influencia de la política sobre la economía.

El velozmente cambiante panorama internacional de los últimos treinta años ha afectado mucho, y de muchas maneras, a las economías nacionales. Los crecientes flujos transfronterizos de bienes, servicios, capital y tecnologías han modificado la manera en que los países organizan su producción, obtienen divisas para importar lo que necesitan y realizan y reciben inversiones materiales y financieras. El aumento del movimiento transfronterizo de personas ha sido, de lejos, muy inferior a los incrementos registrados en otras esferas, pero también ha afectado significativamente a un gran número de países; ha causado tensiones entre los inmigrantes y los «autóctonos» (en los países receptores) o creado grandes flujos de remesas que han modificado de raíz las pautas de consumo, inversión y producción (en los países emisores).
Estos cambios, a menudo sintetizados por el término «proceso de globalización», han sido el rasgo característico de nuestra época. En los últimos veinte años, las élites triunfantes del mundo de los negocios, los modernos gurúes de la gestión, los políticos que gobiernan países ricos y los astutos economistas que los respaldan han afirmado que este proceso es inevitable e imposible de detener. Aduciendo que es fruto del progreso tecnológico, critican y tildan de retrógrado a cualquiera que intente revertirlo o modificarlo en algún aspecto. La crisis financiera mundial de 2008 socavó en cierto modo la confianza con que estas personas defendían su postura, pero el pensamiento subyacente todavía domina nuestro mundo: el proteccionismo siempre es malo; el libre flujo de capitales asegurará que las empresas y los países mejor gestionados ganen dinero; hay que recibir con los brazos abiertos a las transnacionales..
La globalización tampoco ha creado «el mejor de los mundos posibles», por utilizar la expresión acuñada por Voltaire en su novela Cándido, como pretenden y sostienen sus adalides. En los últimos tres decenios de hiperglobalización, el crecimiento económico se ha ralentizado, la desigualdad ha aumentado y las crisis financieras se han vuelto mucho más frecuentes en la mayoría de los países.
Con todo esto no pretendo decir que la integración económica internacional sea nociva ni que los países deban minimizar su interacción con el mundo exterior. Por el contrario, necesitan participar activamente en la economía mundial si quieren mantener un nivel de vida decente. En cuanto a los países en desarrollo, la interacción con la economía internacional es esencial para su desarrollo a largo plazo. Nuestra prosperidad depende absolutamente de un considerable grado de integración económica internacional.
Sin embargo, esto no significa que todas las formas y todos los grados de integración económica internacional sean deseables. Dónde y cuándo debe abrirse un país, y por lo tanto qué grado de integración internacional debería tener y en qué ámbitos, dependerá de sus objetivos y capacidades a largo plazo: el proteccionismo puede ser bueno si se aplica de manera correcta y a los sectores correctos.

Finalizando pues; La economía es un argumento político. No es, y nunca podrá ser, una ciencia. En la economía no existen verdades objetivas que puedan ser establecidas independientemente de los juicios políticos y a menudo morales. Por lo tanto, ante un argumento económico, debemos plantearnos la vieja pregunta «cui bono?» («¿quién se beneficia?»), formulada por el estadista y orador romano Marco Tulio Cicerón.
A veces, resulta fácil advertir la naturaleza política de un argumento económico porque se basa en supuestos cuestionables que favorecen descaradamente a ciertos grupos. El argumento de la filtración descendente, por ejemplo, depende en gran medida del supuesto de que, cuando se les concede una porción más grande de la producción nacional, los ricos la utilizan para realizar más inversiones… supuesto que jamás ha sido corroborado por la realidad.
En otras situaciones, un argumento puede favorecer involuntariamente a ciertas personas.
La economía es mucho más que el mercado. No podremos construir una buena economía —o una buena sociedad— a menos que consideremos la vasta extensión existente más allá del mercado.
En las paredes del ayuntamiento de Gouda, Holanda, está inscrita la máxima en latín «Audite et alteram partem» («Escucha incluso a la otra parte»). Esa es la actitud que deberíamos tener al debatir sobre cuestiones económicas. Dada la complejidad del mundo y la naturaleza necesariamente parcial de todas las teorías económicas, deberíamos ser humildes respecto de la validez de nuestra teoría favorita y mantener la mente abierta. Esto no significa que no debamos tener una opinión formada; es preciso que la tengamos, y ojalá sea fuerte, pero eso no equivale a creer que es correcta en un sentido absoluto.
La crisis financiera mundial de 2008 constituyó una dura advertencia de que no podemos dejar nuestra economía en manos de los economistas profesionales y otros «tecnócratas». Todos tendríamos que involucrarnos en su gestión como ciudadanos económicos activos.
Por supuesto, una cosa es «deber» y otra cosa es «poder». Muchos estamos demasiado exhaustos físicamente debido a la lucha diaria por la existencia y mentalmente inmersos en nuestros asuntos personales y económicos. La perspectiva de realizar las inversiones necesarias para ser un ciudadano económico activo —aprender economía y prestar atención a lo que ocurre en la actividad económica— puede parecer amenazante.
Sin embargo, estas inversiones están en realidad al alcance de su mano. La economía es mucho más accesible de lo que numerosos economistas le harán creer. Una vez obtenida cierta comprensión básica del funcionamiento de la economía, seguir su evolución resulta mucho menos exigente en términos de tiempo y atención. Como tantas otras cosas en la vida —aprender a ir en bicicleta, aprender un nuevo idioma o aprender a usar una nueva tableta—, ser un ciudadano económico activo se vuelve más fácil con el paso del tiempo, una vez superadas las dificultades iniciales y manteniendo la práctica. En conclusión vale la pena intentarlo.

The books of this South Korean seem to me always of interest. I must say the reason why this book should be read and without a doubt it is not to be cumbersome like other economic books:
– Clear and perfectly understandable for those of us who are not economists. A wonderful book. It provides knowledge of different economic theories as well as their application in certain political and social situations.
-Excellent vaccine against intolerance in economic reflection, … except for 1%, which would judge it sectarian and lacking in scientific rigor.
-With a language that is very accessible to all, it deals with a large number of aspects of the Economy. Very useful for a global understanding of the subject.
-Very good book. Didactic and to the point in the main issues. I recommend reading it because its content is current and pertinent
-It is worth reading it to be able to understand other books and economic articles.

When we learned that advanced capitalist economies grew faster than ever in history between the 1950s and 1970s, a time of strong regulations and high taxes, we quickly become skeptical that, to promote growth, there is that lower taxes and reduce bureaucracy.
History serves to highlight the limits of economic theory. Life is often stranger than fiction, and history is full of successful economic experiences (at all levels: nations, companies, individuals) that can not be explained perfectly by a single economic theory. For example, if we only read The Economist or The Wall Street Journal, the only thing we will find out is Singapore’s free trade policy and its receptivity to foreign investment. This may lead us to conclude that Singapore’s economic success is proof that free trade and the free market are the best recipe for economic development … until we know that almost all of the land in Singapore is owned by Singapore. State, that 85 percent of homes are granted by a state agency (the Housing and Development Board) and that 22 percent of the national wealth is produced by public companies (the international average is around 10 percent).
We need to pay attention to history because we have a moral duty to avoid “experiments” with people as much as possible. From central planning in the former socialist bloc (and its “big bang” style transition to capitalism) to the failures of the “filtration economy” in the United States and the United Kingdom in the 1980s and 1990s, in the wake of the disaster of “austerity” policies in most European countries after the Great Depression, history is plagued by radical economic policy experiments that have destroyed the lives of millions, perhaps tens of millions of people. Studying history will not allow us to completely avoid mistakes today, but we must make every effort to draw lessons from history before formulating policies that will affect human lives.

The idea of ​​”globalization” also emerged as a concept that defined the era. Of course, international economic integration had been taking place since the sixteenth century, but, according to the new narrative of globalization, the process had entered a completely new stage thanks to the technological revolutions in communication (internet) and transportation ( air travel, container ships), which led to “the death of distance”. According to the globalizers, now the countries had no choice but to accept this new reality and open themselves fully to international trade and investment, while liberalizing their national economies. Those who resisted would inevitably be labeled “modern Luddites” for believing that they could recover a lost world by reversing technological progress (see above). The titles of some books -The world without borders, The world is flat and One World, Ready or Not -resummed the essence of this new discourse.

Despite the magnitude of the crisis, political reforms have been slow to arrive. Although the cause of the crisis lies in the excessive liberalization of the financial market, the financial reforms have been rather soft and are being applied with extraordinary slowness (in the course of several years, when US banks had only twelve months to implement the harsh financial reforms of the New Deal). There are sectors of finance, such as the commercialization of excessively complex financial products, in which even soft and slow reforms have not been applied.
Of course, it is possible to reverse this trend. After all, in the United States and Sweden after the Great Depression the reforms came after a few years of economic collapse and hardship. In fact, the French, Dutch and Greek electorates voted for pro-austerity parties in the spring of 2012, and Italian voters did the same in 2013. The European Union has introduced much harsher financial regulations than many would have believed possible (for example, a tax on financial transactions and a limitation of premiums in the financial sector). Switzerland, often considered the tax haven of the ultra-rich, in 2013 passed a law that prohibits high rewards for top managers who have had a mediocre performance. And while much remains to be done in terms of financial reform, it should be noted that these measures would have been considered impossible before the 2008 crisis.

It is not enough to recognize the existence of different approaches in the economy, but it is necessary to preserve that diversity, and even promote it. Since different approaches emphasize different aspects and offer different perspectives, knowing a wide range of schools and not just one or two allows us to have a fuller and more balanced understanding of this complex entity called “economy”. Especially in the long term, just as a biological group with a more diverse gene pool is more resilient to impacts, a discipline that contains a variety of theoretical approaches can better cope with this ever-changing world than another characterized by intellectual monoculture. We are witnessing the proof of it; the world economy would have experienced a collapse similar to the Great Depression of 1929 if the key governments had not decided to abandon their free market policies and adopt a Keynesian in the early days of the global financial crisis of 2008.
I would go a little further and affirm that it is not enough to preserve diversity either. Not only is it about letting 100 flowers bloom, but we must also apply cross-fertilization. Different approaches to the economy can actually benefit.
Only when we know that there are different economic theories can we tell those in power who are wrong to tell us that “there is no alternative,” as Margaret Thatcher once claimed to defend their controversial policies. When we learn that there is much common intellectual ground between supposed “enemy factions” in the economy, we can deal more effectively with those who want to polarize the debate. When we are aware that different economic theories hold different arguments in part because they are based on disparate ethical and political values, we will gain the confidence to analyze the economy for what it really is-a political argument-and not as a “science” where there is clearly good and bad, right and wrong. And when the general public finally becomes aware of these issues, professional economists can no longer overwhelm it by declaring themselves the custodians of supposed scientific truths.
Knowing different types of economic schools and knowing what their respective strengths and weaknesses are, as we have seen, is not an esoteric practice reserved exclusively for professional economists. It is a vital part of learning the economy and is also a contribution to the collective effort to make the economy more useful to humanity.

The real economic world is populated by complex and defective characters, whether individuals or organizations. Theorizing about them (or about anything) requires, of course, a certain degree of generalization and simplification, but it should be noted that dominant economic theories have taken their simplifying mission to the extreme.
Only when we take into account the multifaceted and limited nature of individuals, while recognizing the importance of large organizations with complex internal decision structures and mechanisms, can we develop theories that allow us to understand the complexity of real-world economic decisions. .
The issue of false consciousness is a really difficult problem that does not have an unequivocal solution. We should not approve the existence of an unequal and brutal society because polls show that people are happy. But who has the right to tell oppressed women or hungry landless peasants that they should not be happy when they think they are? Can someone perhaps arrogate to themselves the right to make them feel miserable by telling them “the truth”? There are no easy answers to these questions, but what they undoubtedly reveal to us is that we can not rely on “subjective” happiness surveys to draw conclusions about how people are doing.
Defining and measuring concepts in the field of economics can not be an objective practice, as it can be in disciplines such as physics or chemistry. Even in the case of seemingly clearer and simpler economic concepts -such as production and income-, it is an exercise fraught with difficulties. It involves many value judgments; for example, the decision not to include domestic work in production statistics. There are numerous technical problems, especially in relation to the imputation of value to non-tradable activities and adjustments of the PPA. In the case of the poorest countries, there are also difficulties with the quality of the information; Collecting and processing raw data requires financial and human resources that those countries do not possess.
Equatorial Guinea continues to be one of the most ignored countries in the world, not because of lack of commitment. It is the richest country in Africa, with a GDP per capita of 20,703 dollars (according to 2010 data). Over the course of the last two decades it has been one of the fastest growing economies in the world. Between 1995 and 2010, its GDP per capita grew at an average of 18.6 percent per year; more than twice as much as China, the superstar of international growth, which did it “alone” at the rate of 9.1 percent per year.
Honestly, what else can a country do to attract attention? … The world is unfair.

Capitalism would not have developed as it did without the concomitant development of the financial system. The spread of commercial banking, the rise of the stock market, the advancement of investment banking and the growth of corporate and sovereign bond markets have allowed us to mobilize resources and group risks on an unprecedented scale. Without these advances, we would continue to live in a world full of small factories run and financed by Ricardo’s “teachers of manufacturing”, backed in turn by inadequate and poorly financed governments.
Unfortunately, after the “new finance” boom in the last thirty years, our financial system has become a negative force. Financial firms have specialized in generating high profits for themselves at the cost of creating asset bubbles whose unsustainability they disguise through grouping, structuring and other related techniques. When the bubble bursts, these firms skillfully use their economic weight and political influence to be rescued and obtain subsidies from public coffers, which must then be replenished by ordinary citizens on the strength of tax increases and tax cuts. public spending.
Arguing in favor of stricter regulation of the financial system does not imply that it is not an important part of the economy. On the contrary, it needs to be regulated precisely because of its power and importance. In the days when people walked, they traveled in oxen carts and in the best of times rode horses, we did not have traffic lights, ABS brakes, safety belts or airbags. Today we have these things – and we start to demand them through regulation – because we have powerful and fast cars that, however, can cause a lot of damage if something – however slight – goes wrong. Unless we apply the same reasoning to finances, we will continue to suffer from the economic equivalents of collisions, the abuses in which the driver flee and even chain crashes on highways.

Poverty and inequality are disturbingly widespread. One of every five inhabitants of the planet lives, even today, in absolute poverty. Even in several rich countries, such as the United States and Japan, one in six people lives in a state of (relative) poverty. Apart from the situation in a handful of European countries, income inequality oscillates between the serious and the shocking.
Too many people accept poverty and inequality as inevitable results of natural differences in the capacities of individuals. We are advised to live with these realities in the same way we do with earthquakes and volcanic eruptions. But, as we have seen in this chapter, poverty and inequality are subordinated to human intervention.
Given the high inequality in many poor countries, absolute (and relative) poverty could be reduced without increasing production if proper redistribution of income was fostered. However, the significant reduction of absolute poverty in the long term requires economic development, as China has shown in recent years.
It is possible that rich countries have eradicated absolute poverty, but some of them suffer a high incidence of relative poverty and high inequality.
Work receives more attention when it is conspicuous by its absence, that is, when there is unemployment. But even this has not been taken seriously enough, in the sense that it is accepted as inevitable. It is considered that full employment – in the past the most important and often achieved goal of economic policies in the advanced capitalist countries – is unattainable and therefore irrelevant. The human costs of unemployment – economic hardship, depression, humiliation and even suicide – are rarely recognized.
All this has serious consequences for the way we manage our economy and our society. The work is considered an inconvenience that we have to bear as we can to earn income, while we see some entities whose only impulse is the desire to consume with that income. Especially in rich countries, this consumer mentality has led to waste, compulsive buying and incurring unpayable debts, making it difficult at the same time to reduce carbon dioxide emissions and fight against climate change. Contempt for work leads to the acceptance without question of increasingly degraded working conditions, regardless of their impact on the physical and mental well-being of workers, provided they are accompanied by a salary increase. High unemployment is seen as a relatively minor problem despite its enormous human cost, while a slight increase in inflation is considered a national disaster.
Work has become the crazy family member of the economy whose existence bothers us and we pretend to ignore it. However, if we do not take work more seriously, we can not build a more balanced economy and a fuller society.

In some young democracies, politics arouses so many passions that elections trigger riots and cause deaths. But in many other countries we hear about the plummeting number of voters. The political parties suffer a bleeding of affiliates. From Imran Khan, the cricketer in Pakistan to the comedian Beppe Grillo in Italy, many politicians come to prominence precisely because – how to say it? – they are not political.
The growing distrust of politics is, in part, the work of politicians themselves. Throughout the world they have done everything possible to win the discredit, with the Italian Silvio Berlusconi at the helm. However, it has also been stimulated in a crucial way by the free market economy. Economists who advocate the free market, more specifically the champions of the failure of government, have convinced the rest of the world, including many politicians and bureaucrats, that we can not trust those who hold political power to act in the public interest. . Therefore, they have told us, the less the government does, the better it will go. Even in those areas where government is a “necessary evil”, strict rules should be imposed that politicians can not transgress. And this distrust in politics has in turn helped to popularize the free market economy, which proposes to minimize the influence of politics on the economy.

The rapidly changing international landscape of the last thirty years has greatly affected, and in many ways, national economies. Increasing cross-border flows of goods, services, capital and technologies have changed the way countries organize their production, obtain foreign exchange to import what they need, and make and receive material and financial investments. The increase in the cross-border movement of people has been far less than the increases registered in other areas, but it has also significantly affected a large number of countries; It has caused tensions between immigrants and the “native” (in the receiving countries) or created large flows of remittances that have radically changed the patterns of consumption, investment and production (in the countries of origin).
These changes, often synthesized by the term “globalization process”, have been the characteristic feature of our time. In the last twenty years, the triumphant elites of the business world, the modern management gurus, the politicians who rule rich countries and the astute economists who support them have all affirmed that this process is inevitable and impossible to stop. Adducing that it is the result of technological progress, they criticize and criticize anyone who tries to revert or modify it in some aspect. The global financial crisis of 2008 somewhat undermined the confidence with which these people defended their position, but the underlying thinking still dominates our world: protectionism is always bad; the free flow of capital will ensure that the best managed companies and countries earn money; we have to welcome transnational companies with open arms
Globalization has not created “the best of all possible worlds” either, to use the expression coined by Voltaire in his novel Candide, as his champions claim and maintain. In the last three decades of hyperglobalization, economic growth has slowed down, inequality has increased and financial crises have become much more frequent in most countries.
With all this I do not mean to say that international economic integration is harmful or that countries should minimize their interaction with the outside world. On the contrary, they need to participate actively in the global economy if they want to maintain a decent standard of living. As for the developing countries, interaction with the international economy is essential for their long-term development. Our prosperity depends absolutely on a considerable degree of international economic integration.
However, this does not mean that all forms and all degrees of international economic integration are desirable. Where and when a country should be opened, and therefore what degree of international integration it should have and in what areas, will depend on its long-term objectives and capabilities: protectionism can be good if applied correctly and in the right sectors.

Finally; The economy is a political argument. It is not, and can never be, a science. In the economy there are no objective truths that can be established independently of political and often moral judgments. Therefore, before an economic argument, we must ask ourselves the old question “cui bono?” (“Who benefits?”), Formulated by the Roman statesman and orator Marco Tulio Cicero.
Sometimes, it is easy to see the political nature of an economic argument because it is based on questionable assumptions that blatantly favor certain groups. The argument of descending filtration, for example, depends to a large extent on the assumption that, when granted a larger share of domestic production, the rich use it to make more investments … of course it has never been corroborated by reality.
In other situations, an argument can unwittingly favor certain people.
The economy is much more than the market. We can not build a good economy – or a good society – unless we consider the vast expanse beyond the market.
On the walls of the town hall of Gouda, Holland, the Latin maxim “Audite et alteram partem” (“Listen even to the other party”) is inscribed. That is the attitude we should have when debating economic issues. Given the complexity of the world and the necessarily partial nature of all economic theories, we should be humble about the validity of our favorite theory and keep our minds open. This does not mean that we should not have a formed opinion; it is necessary that we have it, and I hope it is strong, but that does not mean that it is correct in an absolute sense.
The global financial crisis of 2008 was a stark warning that we can not leave our economy in the hands of professional economists and other “technocrats.” We should all be involved in their management as active economic citizens.
Of course, one thing is “duty” and another thing is “power”. Many of us are too physically exhausted due to the daily struggle for existence and mentally immersed in our personal and economic affairs. The prospect of making the necessary investments to be an active economic citizen – learning economics and paying attention to what happens in economic activity – may seem threatening.
However, these investments are really at your fingertips. The economy is much more accessible than many economists will make you believe. Once a certain basic understanding of the functioning of the economy has been obtained, following its evolution is much less demanding in terms of time and attention. Like so many other things in life – learning to ride a bike, learn a new language or learn to use a new tablet – being an active economic citizen becomes easier over time, once the initial difficulties have been overcome and the practice. In conclusion it is worth trying.

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2 pensamientos en “Economía Para El 99 % De La Población — Ha-Joon Chang / Economy For 99 Per Cent Of Population by Ha-Joon Chang

  1. Leyendo tu exposición, se cubre la mitad del libro. Es magnífico como resumen el contenido de una manera sencilla y comprensible para tratarse de economía. De más está decir que es excelente la presentación. Un abrazo.

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