Economía Para El 99 % De La Población — Ha-Joon Chang

Los libros de este coreano del sur me parecen siempre de interés. Debo decir el motivo por el cual debe leerse este libro y sin duda es por no ser farragoso como otros libros económicos:
-Claro y perfectamente comprensible para los que no somos economistas. Una maravilla de libro. Proporciona el conocimiento de las diferentes teorías económicas así como su aplicación en determinadas situaciones políticas y sociales.
-Excelente vacuna contra la intolerancia en la reflexión económica, … salvo para el 1%, que lo juzgara sectario y falto de rigor científico.
-Con un lenguaje muy accesible para todos aborda gran cantidad de aspectos sobre la Economía. Muy útil para una comprensión global del tema.
-Muy buen libro. Didactico y al grano en los asuntos principales. Recomiendo su lectura por ser actual y pertinente su contenido
-vale la pena leerlo para poder entender otros libros y artículos económicos.

Cuando nos enteramos de que las economías capitalistas avanzadas crecieron más rápido que nunca en la historia entre las décadas de 1950 y 1970, una época de fuertes regulaciones e impuestos altos, enseguida nos volvemos escépticos ante la idea de que, para promover el crecimiento, hay que bajar los impuestos y reducir la burocracia.
La historia sirve para resaltar los límites de la teoría económica. La vida es a menudo más extraña que la ficción, y la historia está plagada de experiencias económicas exitosas (a todos los niveles: naciones, empresas, individuos) que no pueden ser explicadas a la perfección por una sola teoría económica. Por ejemplo, si solo leemos The Economist o The Wall Street Journal, de lo único que nos enteraremos es de la política de libre comercio de Singapur y su receptividad a la inversión extranjera. Esto puede llevarnos a concluir que el éxito económico de Singapur es una prueba fehaciente de que el libre comercio y el libre mercado son la mejor receta para el desarrollo económico… hasta que tenemos noticia de que casi toda la tierra en Singapur es propiedad del Estado, de que el 85 por ciento de las viviendas las otorga un organismo estatal (el Housing and Development Board) y de que el 22 por ciento de la riqueza nacional la producen empresas públicas (el promedio internacional ronda el 10 por ciento).
Necesitamos prestar atención a la historia porque tenemos el deber moral de evitar en la medida de lo posible los «experimentos» con la gente. Desde la planificación central en el antiguo bloque socialista (y su transición estilo «big bang» al capitalismo) hasta los fracasos de la «economía de la filtración» en Estados Unidos y el Reino Unido en las décadas de 1980 y 1990, pasando por el desastre que supusieron las políticas de «austeridad» en la mayoría de los países europeos después de la Gran Depresión, la historia está plagada de experimentos radicales en materia de política económica que han destruido las vidas de millones, tal vez decenas de millones de personas. Estudiar historia no nos permitirá evitar por completo los errores en la actualidad, pero debemos poner todo nuestro empeño en extraer lecciones de la historia antes de formular políticas que afectarán a vidas humanas.

La idea de «globalización» también emergió como un concepto que definió la época. Por supuesto, la integración económica internacional venía dándose desde el siglo XVI, pero, de acuerdo con la nueva narrativa de la globalización, el proceso había entrado en una etapa completamente nueva gracias a las revoluciones tecnológicas en la comunicación (internet) y el transporte (los viajes en avión, los buques portacontenedores), que conducían a «la muerte de la distancia». Según los globalizadores, ahora los países no tenían otra opción que aceptar esa nueva realidad y abrirse totalmente al comercio y las inversiones internacionales, liberalizando al mismo tiempo sus economías nacionales. Los que se resistieran serían inevitablemente tildados de «luditas modernos» por creer que podían recuperar un mundo perdido revirtiendo el progreso tecnológico (véase supra). Los títulos de algunos libros —El mundo sin fronteras, El mundo es plano y One World, Ready or Not [«Un solo mundo»] —resumían la esencia de este nuevo discurso.

A pesar de la magnitud de la crisis, las reformas políticas han tardado en llegar. A pesar de que la causa de la crisis radica en la excesiva liberalización del mercado financiero, las reformas financieras han sido más bien blandas y se están aplicando con extraordinaria lentitud (en el curso de varios años, cuando los bancos estadounidenses tuvieron solo doce meses para poner en práctica las durísimas reformas financieras del New Deal). Existen sectores de las finanzas, como la comercialización de productos financieros excesivamente complejos, en los que ni siquiera se han aplicado reformas blandas y lentas.
Por supuesto, es posible revertir esta tendencia. Después de todo, en el Estados Unidos y la Suecia posteriores a la Gran Depresión las reformas llegaron después de unos pocos años de desplome económico y penuria. De hecho, los electorados francés, holandés y griego votaron por los partidos favorables a la austeridad en la primavera de 2012, y los votantes italianos hicieron lo propio en 2013. La Unión Europea ha introducido regulaciones financieras mucho más duras de lo que muchos habrían creído posible (por ejemplo, un impuesto a las transacciones financieras y una limitación de las primas en el sector financiero). Suiza, frecuentemente considerada el paraíso fiscal de los ultrarricos, en 2013 aprobó una ley que prohíbe las altas recompensas a altos directivos que hayan tenido un rendimiento mediocre. Y si bien queda mucho por hacer en lo tocante a la reforma financiera, cabe señalar que estas medidas habrían sido consideradas imposibles antes de la crisis de 2008.

No basta con reconocer la existencia de diferentes enfoques en la economía, sino que es necesario preservar esa diversidad, e incluso promoverla. Puesto que los diferentes enfoques ponen énfasis en aspectos diferentes y ofrecen diferentes perspectivas, conocer un amplio abanico de escuelas y no solo una o dos nos permite tener una comprensión más plena y equilibrada de esa compleja entidad llamada «economía». Sobre todo a largo plazo, al igual que un grupo biológico con un acervo genético más diverso es más resiliente a los impactos, una disciplina que contenga una variedad de enfoques teóricos puede afrontar mejor este mundo siempre cambiante que otra caracterizada por el monocultivo intelectual. Estamos siendo testigos de la prueba de ello; la economía mundial habría experimentado un desplome similar a la Gran Depresión de 1929 si los gobiernos clave no hubieran decidido abandonar sus políticas libremercadistas y adoptar unas keynesianas en los primeros días de la crisis financiera mundial de 2008.
Yo iría un poco más lejos y afirmaría que tampoco basta con preservar la diversidad. No solo se trata de dejar que florezcan cien flores, sino que también debemos aplicar la fertilización cruzada. Los diferentes enfoques de la economía en realidad pueden beneficiar.
Solo cuando sepamos que existen diferentes teorías económicas podremos decirles a quienes detentan el poder que se equivocan al decirnos que «no hay alternativa», como afirmó Margaret Thatcher alguna vez para defender sus controvertidas políticas. Cuando nos enteramos de que existe mucho terreno intelectual común entre supuestas «facciones enemigas» en la economía, podemos enfrentarnos con mayor eficacia a quienes desean polarizar el debate. Cuando seamos conscientes de que las diferentes teorías económicas sostienen argumentos diferentes en parte por estar basadas en valores éticos y políticos dispares, ganaremos la confianza necesaria para analizar la economía como lo que realmente es —un argumento político—, y no como una «ciencia» en la que claramente hay bueno y malo, correcto e incorrecto. Y cuando el público en general tome por fin conciencia de estas cuestiones, los economistas profesionales ya no podrán apabullarlo declarándose los custodios de supuestas verdades científicas.
Conocer distintos tipos de escuelas económicas y saber cuáles son sus respectivos puntos fuertes y puntos débiles, como hemos visto, no es una práctica esotérica reservada en exclusiva a los economistas profesionales. Es parte vital del aprendizaje de la economía y es también una contribución al esfuerzo colectivo de lograr que la economía le sea cada vez más útil a la humanidad.

El mundo económico real está poblado por personajes complejos y defectuosos, ya se trate de individuos o de organizaciones. Teorizar sobre ellos (o sobre cualquier cosa) requiere, por supuesto, cierto grado de generalización y simplificación, pero cabe señalar que las teorías económicas dominantes han llevado al extremo su misión simplificadora.
Solo cuando tengamos en cuenta la naturaleza multifacética y limitada de los individuos, reconociendo al mismo tiempo la importancia de las grandes organizaciones con estructuras y mecanismos de decisión internos complejos, podremos elaborar teorías que nos permitan entender la complejidad de las decisiones económicas en el mundo real.
El tema de la falsa conciencia es un problema realmente difícil que no tiene una solución inequívoca. No deberíamos aprobar la existencia de una sociedad desigual y brutal porque las encuestas muestren que la gente es feliz. Pero ¿quién tiene derecho a decirles a las mujeres oprimidas o a los campesinos sin tierra hambrientos que no deberían ser felices cuando ellos creen que sí lo son? ¿Alguien puede acaso arrogarse el derecho de hacer que se sientan miserables diciéndoles «la verdad»? No existen respuestas fáciles para estas preguntas, pero lo que sin duda nos revelan es que no podemos confiar en las encuestas sobre la felicidad «subjetiva» para sacar conclusiones acerca de cómo le está yendo a la gente.
“ÇDefinir y medir conceptos en el campo de la economía no puede ser una práctica objetiva, como sí puede serlo en disciplinas como la física o la química. Incluso en el caso de los conceptos económicos aparentemente más claros y sencillos —como la producción y la renta—, es un ejercicio plagado de dificultades. Implica muchos juicios de valor; por ejemplo, la decisión de no incluir el trabajo doméstico en las estadísticas sobre la producción. Existen numerosos problemas técnicos, sobre todo en relación con la imputación de valor a las actividades no comercializables y los ajustes de la PPA. En el caso de los países más pobres, también hay dificultades con la calidad de la información; recabar y procesar los datos en bruto requiere recursos financieros y humanos que esos países no poseen.
Guinea Ecuatorial sigue siendo uno de los países más ignorados del mundo no es por falta de empeño. Es el país más rico de África, con un PIB per cápita de 20.703 dólares (según datos del año 2010). En el transcurso de las dos últimas décadas ha sido una de las economías de crecimiento más rápido en el mundo. Entre 1995 y 2010, su PIB per cápita creció a una media del 18,6 por ciento anual; más del doble que China, la superestrella del crecimiento internacional, que lo hizo «solo» a razón del 9,1 por ciento anual.
Sinceramente, ¿qué más puede hacer un país para llamar la atención?… El mundo es injusto.

El capitalismo no se habría desarrollado como lo hizo sin el desarrollo concomitante del sistema financiero. La propagación de la banca comercial, el surgimiento de la bolsa, el avance de la banca de inversión y el crecimiento de los mercados de bonos corporativos y soberanos nos han permitido movilizar recursos y agrupar riesgos a una escala sin precedentes. Sin estos avances, seguiríamos viviendo en un mundo lleno de pequeñas fábricas dirigidas y financiadas por los «maestros de la manufactura» de Ricardo, respaldados a su vez por gobiernos inadecuados y pobremente financiados.
Lamentablemente, tras el auge de las «nuevas finanzas» en los últimos treinta años, nuestro sistema financiero se ha transformado en una fuerza negativa. Las firmas financieras se han especializado en generar elevados beneficios para sí mismas a costa de crear burbujas de activos cuya insostenibilidad disimulan mediante la agrupación, la estructuración y otras técnicas afines. Cuando la burbuja estalla, estas firmas utilizan hábilmente su peso económico y su influencia política para ser rescatadas y obtener subvenciones de las arcas públicas, que luego deben ser vueltas a llenar por los ciudadanos de a pie a fuerza de aumentos de los impuestos y recortes del gasto público.
Argumentar a favor de una regulación más estricta del sistema financiero no implica que este no sea una parte importante de la economía. Por el contrario, necesita ser regulado precisamente a causa de su poder e importancia. En los tiempos en que la gente caminaba, se desplazaba en carros tirados por bueyes y en el mejor de los casos montaba a caballo, no teníamos semáforos, frenos ABS, cinturones de seguridad ni airbags. Hoy disponemos de esas cosas —y empezamos a exigirlas a través de la regulación— porque contamos con automóviles potentes y veloces que, sin embargo, pueden causar mucho daño si algo —por ínfimo que sea— sale mal. A menos que apliquemos el mismo razonamiento a las finanzas, continuaremos padeciendo los equivalentes económicos de las colisiones, los atropellos en los que el conductor se da a la fuga y hasta los choques en cadena en las autopistas.

La pobreza y la desigualdad están inquietantemente extendidas. Uno de cada cinco habitantes del planeta vive, todavía hoy, en la pobreza absoluta. Incluso en varios países ricos, como Estados Unidos y Japón, una de cada seis personas vive en un estado de pobreza (relativa). Aparte de la situación existente en un puñado de países europeos, la desigualdad de ingresos oscila entre lo grave y lo chocante.
Demasiadas personas aceptan la pobreza y la desigualdad como resultados inevitables de diferencias naturales en cuanto a las capacidades de los individuos. Se nos aconseja convivir con esas realidades del mismo modo que lo hacemos con los terremotos y las erupciones volcánicas. Pero, como hemos visto en este capítulo, la pobreza y la desigualdad están supeditadas a la intervención humana.
Dada la elevada desigualdad en muchos países pobres, la pobreza absoluta (y la relativa) podrían reducirse sin aumentar la producción si se fomentara una redistribución apropiada de la renta. Sin embargo, la reducción significativa de la pobreza absoluta a largo plazo requiere desarrollo económico, como ha demostrado China en los últimos años.
Es posible que los países ricos hayan erradicado la pobreza absoluta, pero algunos de ellos sufren una alta incidencia de la pobreza relativa y una elevada desigualdad.
El trabajo recibe más atención cuando brilla por su ausencia, es decir, cuando hay desempleo. Pero ni siquiera este ha sido tomado lo suficientemente en serio, en el sentido de que es aceptado como algo inevitable. Se considera que el pleno empleo —en el pasado la meta más importante y a menudo alcanzada de las políticas económicas en los países capitalistas avanzados— es inalcanzable y por lo tanto irrelevante. Los costes humanos del desempleo —penuria económica, depresión, humillación e incluso suicidio— rara vez se reconocen.
Todo esto tiene consecuencias graves para la forma en que gestionamos nuestra economía y nuestra sociedad. Al trabajo se lo considera un inconveniente que debemos sobrellevar como buenamente podamos para obtener ingresos, mientras que a nosotros se nos ve unos entes cuyo único impulso es el deseo de consumir con esos ingresos. Especialmente en los países ricos, esta mentalidad consumista ha conducido al derroche, a la compra compulsiva y a contraer deudas impagables, dificultando al mismo tiempo la reducción de las emisiones de dióxido de carbono y el combate contra el cambio climático. El desprecio por el trabajo conduce a la aceptación sin cuestionamientos de condiciones de trabajo cada vez más degradadas, independientemente de su impacto sobre el bienestar físico y mental de los trabajadores, siempre y cuando vayan acompañadas de un aumento salarial. El desempleo alto es visto como un problema relativamente menor a pesar de su enorme coste humano, mientras que un ligero aumento de la inflación es considerado un desastre nacional.
El trabajo se ha convertido en el familiar loco de la economía cuya existencia nos incomoda y fingimos ignorar. Sin embargo, si no nos tomamos más en serio el trabajo, no podremos construir una economía más equilibrada y una sociedad más plena.

En algunas democracias jóvenes, la política despierta tantas pasiones que las elecciones desencadenan revueltas y provocan muertes. Pero en muchos otros países oímos hablar de la caída en picado del número de votantes. Los partidos políticos sufren una sangría de afiliados. Desde Imran Khan, el jugador de críquet, en Pakistán hasta el humorista Beppe Grillo en Italia, muchos políticos llegan a destacar precisamente porque —¿cómo decirlo?— no son políticos.
La creciente desconfianza hacia la política es, en parte, obra de los propios políticos. En todo el mundo han hecho lo imposible por ganarse el descrédito, con el italiano Silvio Berlusconi a la cabeza. Sin embargo, también la ha estimulado de modo crucial la economía de libre mercado. Los economistas que propugnan el libre mercado, más específicamente los adalides del argumento del fracaso del gobierno, han convencido al resto del mundo, incluidos muchos políticos y burócratas, de que no podemos confiar en que quienes detentan el poder político actúen en favor del interés público. Por consiguiente, nos han dicho, cuanto menos haga el gobierno, mejor nos irá. Incluso en aquellos ámbitos en que el gobierno es un «mal necesario», habría que imponer reglas estrictas que los políticos no puedan transgredir. Y esta desconfianza en la política ha contribuido a su vez a popularizar la economía de libre mercado, que propone minimizar la influencia de la política sobre la economía.

El velozmente cambiante panorama internacional de los últimos treinta años ha afectado mucho, y de muchas maneras, a las economías nacionales. Los crecientes flujos transfronterizos de bienes, servicios, capital y tecnologías han modificado la manera en que los países organizan su producción, obtienen divisas para importar lo que necesitan y realizan y reciben inversiones materiales y financieras. El aumento del movimiento transfronterizo de personas ha sido, de lejos, muy inferior a los incrementos registrados en otras esferas, pero también ha afectado significativamente a un gran número de países; ha causado tensiones entre los inmigrantes y los «autóctonos» (en los países receptores) o creado grandes flujos de remesas que han modificado de raíz las pautas de consumo, inversión y producción (en los países emisores).
Estos cambios, a menudo sintetizados por el término «proceso de globalización», han sido el rasgo característico de nuestra época. En los últimos veinte años, las élites triunfantes del mundo de los negocios, los modernos gurúes de la gestión, los políticos que gobiernan países ricos y los astutos economistas que los respaldan han afirmado que este proceso es inevitable e imposible de detener. Aduciendo que es fruto del progreso tecnológico, critican y tildan de retrógrado a cualquiera que intente revertirlo o modificarlo en algún aspecto. La crisis financiera mundial de 2008 socavó en cierto modo la confianza con que estas personas defendían su postura, pero el pensamiento subyacente todavía domina nuestro mundo: el proteccionismo siempre es malo; el libre flujo de capitales asegurará que las empresas y los países mejor gestionados ganen dinero; hay que recibir con los brazos abiertos a las transnacionales..
La globalización tampoco ha creado «el mejor de los mundos posibles», por utilizar la expresión acuñada por Voltaire en su novela Cándido, como pretenden y sostienen sus adalides. En los últimos tres decenios de hiperglobalización, el crecimiento económico se ha ralentizado, la desigualdad ha aumentado y las crisis financieras se han vuelto mucho más frecuentes en la mayoría de los países.
Con todo esto no pretendo decir que la integración económica internacional sea nociva ni que los países deban minimizar su interacción con el mundo exterior. Por el contrario, necesitan participar activamente en la economía mundial si quieren mantener un nivel de vida decente. En cuanto a los países en desarrollo, la interacción con la economía internacional es esencial para su desarrollo a largo plazo. Nuestra prosperidad depende absolutamente de un considerable grado de integración económica internacional.
Sin embargo, esto no significa que todas las formas y todos los grados de integración económica internacional sean deseables. Dónde y cuándo debe abrirse un país, y por lo tanto qué grado de integración internacional debería tener y en qué ámbitos, dependerá de sus objetivos y capacidades a largo plazo: el proteccionismo puede ser bueno si se aplica de manera correcta y a los sectores correctos.

Finalizando pues; La economía es un argumento político. No es, y nunca podrá ser, una ciencia. En la economía no existen verdades objetivas que puedan ser establecidas independientemente de los juicios políticos y a menudo morales. Por lo tanto, ante un argumento económico, debemos plantearnos la vieja pregunta «cui bono?» («¿quién se beneficia?»), formulada por el estadista y orador romano Marco Tulio Cicerón.
A veces, resulta fácil advertir la naturaleza política de un argumento económico porque se basa en supuestos cuestionables que favorecen descaradamente a ciertos grupos. El argumento de la filtración descendente, por ejemplo, depende en gran medida del supuesto de que, cuando se les concede una porción más grande de la producción nacional, los ricos la utilizan para realizar más inversiones… supuesto que jamás ha sido corroborado por la realidad.
En otras situaciones, un argumento puede favorecer involuntariamente a ciertas personas.
La economía es mucho más que el mercado. No podremos construir una buena economía —o una buena sociedad— a menos que consideremos la vasta extensión existente más allá del mercado.
En las paredes del ayuntamiento de Gouda, Holanda, está inscrita la máxima en latín «Audite et alteram partem» («Escucha incluso a la otra parte»). Esa es la actitud que deberíamos tener al debatir sobre cuestiones económicas. Dada la complejidad del mundo y la naturaleza necesariamente parcial de todas las teorías económicas, deberíamos ser humildes respecto de la validez de nuestra teoría favorita y mantener la mente abierta. Esto no significa que no debamos tener una opinión formada; es preciso que la tengamos, y ojalá sea fuerte, pero eso no equivale a creer que es correcta en un sentido absoluto.
La crisis financiera mundial de 2008 constituyó una dura advertencia de que no podemos dejar nuestra economía en manos de los economistas profesionales y otros «tecnócratas». Todos tendríamos que involucrarnos en su gestión como ciudadanos económicos activos.
Por supuesto, una cosa es «deber» y otra cosa es «poder». Muchos estamos demasiado exhaustos físicamente debido a la lucha diaria por la existencia y mentalmente inmersos en nuestros asuntos personales y económicos. La perspectiva de realizar las inversiones necesarias para ser un ciudadano económico activo —aprender economía y prestar atención a lo que ocurre en la actividad económica— puede parecer amenazante.
Sin embargo, estas inversiones están en realidad al alcance de su mano. La economía es mucho más accesible de lo que numerosos economistas le harán creer. Una vez obtenida cierta comprensión básica del funcionamiento de la economía, seguir su evolución resulta mucho menos exigente en términos de tiempo y atención. Como tantas otras cosas en la vida —aprender a ir en bicicleta, aprender un nuevo idioma o aprender a usar una nueva tableta—, ser un ciudadano económico activo se vuelve más fácil con el paso del tiempo, una vez superadas las dificultades iniciales y manteniendo la práctica. En conclusión vale la pena intentarlo.

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2 pensamientos en “Economía Para El 99 % De La Población — Ha-Joon Chang

  1. Leyendo tu exposición, se cubre la mitad del libro. Es magnífico como resumen el contenido de una manera sencilla y comprensible para tratarse de economía. De más está decir que es excelente la presentación. Un abrazo.

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