Todo Lo Que Era Sólido — Antonio Muñoz Molina

Antonio Muñoz Molina hace en este valiente ensayo un repaso duro y sin concesiones a la España reciente. Para de sus mejores obras, diría que magnífica. Desde el final de la dictadura hasta llegar a nuestros días, prestando especial atención a los años de la burbuja y del despilfarro. Sin esconderse, trata temas polémicos y poco gratos, como la transición, la memoria histórica, el desarrollo de las Autonomías, los nacionalismos y regionalismos varios, los años de desarrollo ficticio, el sectarismo patrio, la intolerancia, el desprecio a la educación o al esfuerzo continuado que rehúye los atajos y las soluciones fáciles.
El pasado no deja de ser ficción porque cuando volvemos a él lo hacemos con la carga de las experiencias posteriores y lo reinterpretamos basándonos en hechos que todavía no habían sucedido cuando el pasado era presente y todo era virgen.
De ello es muy consciente Antonio Muñoz Molina que, a pesar de lo cual, intenta situarse no muy lejos, no más atrás del la última década del pasado siglo, cuando España iba viento en popa con la economía creciente impulsada por los empresarios del ladrillo. ¿Cómo fue posible que no nos diéramos cuenta de lo que estaba a punto de ocurrir?
El novelista, aquí ensayista, intenta ver a nuestro país, vernos a nosotros, también verse a si mismo, desde otros momentos. Ver la España agrícola en la que sus coetáneos crecimos, la España de la Transición, la España rimbombante de la fiesta, el despilfarro y la corrupción, la España de hoy, sumida en la miseria. Porque como acertadamente afirma todo cambia inevitablemente, e incluso lo más sólido puede evaporarse en poco tiempo.
Reflexiones precisas sobre la Crisis que no es una catástrofe natural, ni tampoco sólo un problema económico propiciado por políticos irresponsables o empresarios corruptos, sino un problema moral de aquellos que toleramos todo, de aquellos que no quisimos ver lo que teníamos delante de las narices.
Muy bello y mucho más optimista es el último tercio, en el que Molina llama apasionadamente a una civilizada rebelión cívica que se sustente en hacer las cosas bien, cada uno desde su lugar y señalar incansablemente lo intolerable y decirlo aun a riesgo de ser un aguafiestas, y explicar a nuestros hijos, aquellos que nacieron en los ochenta y en los noventa, que el mundo sólido y seguro que encontraron no ha existido desde siempre, que hay que sostenerlo y permanecer vigilante.
El tono es muy literario como corresponde al autor y el libro es recomendable para cualquiera.

-Ahora nos damos cuenta de que había una especie de velo que impedía ver la realidad inmediata y presente, pero quizás eso sea propio de cualquier época en la que se vive en el interior de una burbuja económica. El dinero que llega no se sabe de dónde y se multiplica sin aparente esfuerzo y está disponible para ser gastado sin límite y por más que se gaste nunca se acaba, produce el efecto euforizante de la cocaína; como el oro y la plata llegando sin tasa de las Indias en el siglo XVII. No parecía un espejismo: España crecía más rápido que ningún otro país europeo, aseguraban los organismos financieros internacionales. Las mismas agencias de calificación que ahora reducen nuestra deuda a una categoría de basura le diagnosticaban entonces una perfecta solidez. España era El Dorado en Europa.
-Creemos que ocupan posiciones tan levantadas de poder porque son muy inteligentes. En realidad nos parecen muy inteligentes tan sólo porque tienen un poder inmenso. Les atribuimos la agudeza y el rigor del conocimiento científico pero nos hipnotizan porque se mueven con lenta solemnidad y ponen sobrios gestos que sugieren un pensamiento inescrutable, como los sacerdotes romanos que adivinaban el porvenir examinando las vísceras de animales sacrificados o el vuelo de los pájaros. Vi dos intervenciones públicas de Rodrigo Rato en Nueva York cuando era director del Fondo Monetario Internacional. Rato hablaba inglés con soltura, miraba las notas en el atril pero no las leía, elevaba los ojos por encima de las gafas, como avizorando por encima de las cabezas del público un porvenir seguro que sólo él y unos pocos como él podían descifrar. En la primavera de 2007 Rodrigo Rato vaticinaba que la economía mundial crecería sin sobresaltos un 5%, y que si acaso habría una desaceleración ligera en Estados Unidos, apenas un contratiempo que se corregiría en unos meses.
-Donde aún no pasaba nada era en España. Ni cuando empezaron a quebrar bancos en Estados Unidos, ni cuando Islandia y luego Irlanda pasaron de la riqueza a la bancarrota. Ahora cuesta aceptar que sólo hayan transcurrido cuatro años desde 2008, cuando Rodríguez Zapatero ganó por segunda vez y sin mucho esfuerzo las elecciones generales. Quién iba a creer que se acercaba la crisis o iba a criticar en serio al presidente por negarse siquiera a decir esa palabra si la economía estaba creciendo casi al 4%, más que el año anterior, más aún que en cada año de la larga racha de crecimiento que ya llevaba durando una década. La Bolsa de Madrid había alcanzado el nivel más alto de su historia. Entre 1997 y 2007 el suelo se había revalorizado un 500%. En España había más billetes de 500 euros en circulación que en ningún otro país de Europa.
Éramos la octava potencia mundial, decía el presidente del gobierno. También decía que en tres años alcanzaríamos el nivel de renta de Alemania. En tres años tendríamos la mayor red de líneas de alta velocidad del mundo, por encima de Japón y de Francia. Estábamos en la Champions…
-Dirigir un teatro o un polideportivo o un auditorio de música o una empresa municipal no requería demostrar cualificaciones específicas ni atestiguar experiencia ni competir en igualdad de condiciones con otros candidatos: el único mérito decisivo era la confianza política. Las únicas carreras administrativas que se han hecho en España a lo largo de los últimos treinta años son las de los mediocres arrimados a los partidos que han llegado a ocupar los puestos más altos sin poseer ningún mérito, sin saber nada, sin adquirir a lo largo del tiempo otra habilidad que la de simular que hacen algo o que han aprendido algo. No hay lugar de la administración cultural o de la política o la vida económica que no hayan escalado. Nadie puede calcular el número o el costo total de los puestos que se fueron creando no para cubrir ninguna necesidad racional prevista de antemano sino para dar colocación a parientes más o menos cercanos o pagar favores políticos. Ahora mismo nos hundimos bajo el peso muerto y combinado de su innumerable incompetencia.

En la retórica escalofriante de la Guerra Civil al enemigo se le atribuye una maldad biológica. El exterminio es una cirugía necesaria. No hay otra idea, otras ideas posibles de un país en el que por regla natural caben posiciones muy diversas, incluso enconadas. Está España y está la anti-España, como en las teologías apocalípticas de Cristo y el anticristo. No caben grados intermedios ni posibilidades de compromiso o arreglo en esta división binaria del mundo. Cualquier mezcla es una amenaza, y no hay mancha que no sea irreparable; cualquier muestra de debilidad es una cobardía; una tentativa de acuerdo equivale a una traición. Es su negación puritana y tajante de todo lo que parezca español el rasgo más español de los nacionalistas que niegan no sólo cualquier atisbo de lealtad a España sino la misma existencia de ese país cuyo nombre no pronuncian nunca, a no ser como insulto.
-Victimismo y narcisismo son los dos rasgos del nosotros intacto que las clases políticas y sus aduladores y sirvientes intelectuales han levantado en cada comunidad, proscribiendo o dejando al margen no sólo cualquier referencia favorable al marco político común sino casi cualquier noción adulta de ciudadanía. El lugar de nacimiento no es un hecho accidental, sino una marca del destino y un motivo de orgullo. Sin hacer más esfuerzo que el de ser de donde eres ya posees el privilegio de un origen único, que por un lado te ofrece la confortable posibilidad de contarte entre los perseguidos, las víctimas y los héroes sin necesidad de padecer personalmente ningún sufrimiento.
Lo que te falta es porque te lo han quitado ellos, los opresores extranjeros; de lo que va mal son ellos los que tienen la culpa.
Cuantas más personas dependan directamente para su subsistencia del favor político con más votos seguros se podrá contar. La adhesión primitiva a un caudillo cercano al que se conoce y se entiende porque habla como nosotros se fortalece cuando por culpa de leyes forasteras y de un sistema judicial impersonal y por lo tanto sospechoso ese mismo caudillo que daba tanto trabajo y se preocupaba tanto por el pueblo se ve acusado en los tribunales. Porque es de nuestro partido no es posible que sea culpable: siempre son los otros los que roban. Porque le tienen envidia, porque no perdonan su éxito, porque nos odian, porque se entrometen sin ningún derecho en nuestros asuntos, porque no les gusta como somos, porque no son de aquí y no pueden entendernos, porque se fueron de aquí y perdieron su identidad. Siempre llega el momento oportuno de cosechar los beneficios de queja, el resentimiento y el agravio que se han sembrado a lo largo de los años.
-En un país en el que todo depende de la política las formas posibles de coacción son innumerables. En el nuestro se han hecho cada vez más groseramente explícitas. Qué periódico va a atreverse a criticar a un alcalde o al presidente de una diputación o comunidad si de la noche a la mañana pueden retirarle los anuncios institucionales y las suscripciones o las subvenciones directas de las que depende su supervivencia. Pero no hay mejor crítica que la información fehaciente, y ésa se ha vuelto todavía más rara. Una columna de opinión o una entrevista complaciente se hacen en poco tiempo y cuestan muy poco, y ocupan a bajo precio un buen espacio en el periódico. Una tertulia es mucho más barata de producir que un reportaje. Investigar una corruptela en marcha, informar a tiempo sobre ella, es la mejor manera de frustrarla; indagar la viabilidad real de uno de tantos proyectos insensatos que ahora son nada más que carísimas ruinas futuras exigiría ir más allá de la propaganda oficial y quizás habría servido para que algunos de ellos no se llevaran a cabo, para despertar estados de opinión que habrían podido atajarlos o al menos reducir su importancia.

El consumo de cemento creció un 8,2% en 2006. España es el mayor consumidor europeo, con 55,7 millones de toneladas. Las 30 primeras promotoras crecen un 24% y facturan 15 000 millones de euros. En España hay 95,7 oficinas bancarias por cada 100 000 habitantes, la proporción más alta en el mundo. La Confederación Hidrográfica del Tajo no garantiza el suministro de agua a 22 nuevos desarrollos urbanísticos. En la clausura de la Asamblea General de las Cámaras de Comercio, el presidente Zapatero destacó que la economía española está «imparable», con un crecimiento del 3,8% en 2006, lo que hace prever que podamos converger en 2008 con la renta media de la Unión Europea, dos años antes de lo previsto. La Caja de Ahorros del Mediterráneo con una extensa campaña de anuncios a toda página, de elevado tono poético: «10 AÑOS CRECIENDO CONTIGO, POR TI, Y PARA TI. POR TI SEGUIMOS…».
-En el periódico del 2 de febrero de 2007 había veintiocho páginas de anuncios de venta de viviendas. En el de hoy no se anuncian. Ni coches de lujo ni cruceros ni clínicas de cirugía estética ni promociones de apartamentos en primera línea de playa ni campos de golf. Recién emergido del país que tendría muy pronto más kilómetros de ferrocarril de alta velocidad que Francia y Japón me encontraba en otro donde el gobierno no parecía encontrar mejores remedios para la quiebra cercana que cobrarles las medicinas a los pensionistas o negar la asistencia médica a los emigrantes ilegales.
-El ruido del dinero y el ruido del robo son simultáneos, y en la distancia del tiempo su estruendo mezclado ahoga casi por completo los histrionismos de las voces políticas, que entonces lo tapaban o distraían de él. El ruido, cuando se escucha un poco, sigue un patrón monótono: terrenos, constructores, ayuntamientos. En la España de los espejismos y de los retablos de las maravillas para hacerse rico no es preciso inventar nada, ni fabricar nada, ni arriesgar esfuerzo y dinero desarrollando una tecnología que puede o no dar beneficios al cabo del tiempo, ni crear puestos de trabajo, ni saber hacer nada. Lo que hace falta es ser alcalde o concejal de urbanismo y tener la potestad de recalificar terrenos rústicos como edificables; es gozar de la confianza o simplemente haber comprado a un concejal o a un alcalde para saber a tiempo qué terrenos van a ser recalificados. Eso es todo. No hace falta nada más. Y eso era lo que sucedía en enero y febrero de 2007, lo que reventaba a veces como un absceso porque un juez abría una investigación, o porque un empresario se cansaba de pagar comisiones y ponía una denuncia…
-Cuando la barbarie triunfa no es gracias a la fuerza de los bárbaros sino a la capitulación de los civilizados.
Me ha entristecido ver la aceptación cínica del éxito de los trepadores, los corruptos y los enchufados, y la dificultad de muchas personas brillantes y honradas para desarrollar sus capacidades y recibir una recompensa justa por unos méritos que al mismo tiempo contribuyen al progreso de la comunidad. Produce abatimiento que muchas veces diera igual que se hicieran las cosas bien o que se hicieran de cualquier modo o no se hicieran, que el mérito se quedara sin elogio y la trapacería o el engaño sin censura, que se aceptara con naturalidad el favor y la trampa, lo mismo en un premio literario que en la provisión de una cátedra, que las escuelas públicas se quedaran sin medios mientras las privadas y las religiosas acaparaban subvenciones: que el hijo de un trabajador o de un inmigrante siga teniendo muchas menos posibilidades de descubrir y alimentar gracias a la educación lo mejor de sí mismo que el hijo de un privilegiado.
-Las corporaciones municipales en pleno siguen rindiendo honores a vírgenes y mártires. Los montes arden y no hay dinero para luchar contra el fuego, igual que no lo hubo para mantener el bosque bien vigilado y limpio de malezas. No escribe uno lo que quiere sino lo que puede. La incertidumbre es tan alta que sus efectos se miden por días, casi por horas. No podemos saber qué sobresalto nos dará el próximo boletín de noticias.
-La propia clase política y las celebridades de la televisión y los especuladores con éxito daban ejemplo: sin saber nada, incluso haciendo exhibición de desvergüenza y grosería, se puede uno hacer rico o famoso o escalar los puestos más altos del gobierno. Pero ni siquiera había que terminar la educación obligatoria: quién necesitaba un título de bachiller si se podía ganar más dinero que cualquier profesor trabajando como peón de albañil o como camarero; ni siquiera hace falta aprender idiomas para entenderse con los turistas cuando ellos vienen por sí solos y a millones.
En otras épocas un bárbaro refrán resumía el lugar que había ocupado durante siglos el conocimiento en nuestro país: «Pasar más hambre que un maestro de escuela». De mayor he visto con una tristeza sin consuelo cómo el saber sigue recibiendo el mismo desprecio. Hace falta muy poca consideración hacia la enseñanza, una malla muy extensa de irresponsabilidades, para que un país tenga el índice de abandono escolar más alto de Europa, para que muchas de las personas mejor preparadas necesiten marcharse fuera para ejercer su talento. Y lo que es más grave de todo: para que se agrande la brecha entre los que están bien educados y los ignorantes, que refuerza cada vez más la división entre los privilegiados y los pobres.
-Al principio el cambio debió de ser tan paulatino que nadie lo notaba. Las primeras prohibiciones nos parecieron pintorescas o irritantes. Pero no fue sólo que se hiciera caso de ellas, sino que en algún momento dejó de ser aceptable socialmente fumar en cualquier sitio, y poco a poco se volvió ya inimaginable.
-Necesitamos discutir abiertamente, rigurosamente y sin miedo, y sin mirar de soslayo a ver si cae bien a los nuestros lo que tenemos que decir. Necesitamos información veraz sobre las cosas para sostener sobre ella opiniones racionales y para saber qué errores hace falta corregir y en qué aciertos podemos apoyarnos para buscar salidas en esta emergencia. La clase política ha dedicado más de treinta años a exagerar diferencias y a ahondar heridas, y a inventarlas cuando no existían. Ahora necesitamos llegar a acuerdos que nos ahorren el desgaste de la confrontación inútil y nos permitan unir fuerzas en los empeños necesarios. Nada de lo que es vital ahora mismo lo puede resolver una sola fuerza política.
-Necesitamos que la actividad política esté sujeta de verdad a los controles simultáneos de la legalidad y de la crítica. La austeridad y la transparencia son tan necesarias como el rigor en la información y la libertad sin coacciones visibles o invisibles en los debates públicos. La vida de la inmensa mayoría será peor si acabamos perdiendo los logros fundamentales del estado de bienestar, pero para que haya alguna esperanza de conservarlos en un mundo cada vez más hostil a ellos hará falta un doble esfuerzo colectivo de vigilancia reivindicativa y de responsabilidad, de activismo público y honestidad privada, porque no hay nada que ya podamos dar por supuesto, y porque para salvar lo imprescindible puede que tengamos que renunciar a algo más que a lo superfluo. Europa es una isla de bienes públicos, libertades individuales y protección social en un planeta cada vez más dominado por los poderes financieros y por países que combinan el despotismo político y el capitalismo salvaje. En Estados Unidos el Partido Republicano se instala cada vez más en una extrema derecha volcada al integrismo religioso y al desmantelamiento de cualquier límite público contra el pillaje privado. Vivimos en este mundo, no en otro.

Durante mucho tiempo pareció que no importaba nada y ahora importa todo, y todo lo que no hicimos y lo que dejamos de hacer y lo que hicimos mal ahora nos pasa su factura exorbitante. Pareció que no importaba ser mediocre o ser ignorante o venal para hacer carrera política, y ahora que necesitamos desesperadamente dirigentes políticos que estén a la altura de las circunstancias y que sean capaces de tomar decisiones y llegar a acuerdos nos encontramos gobernados por toscos segundones que no sirven más que para la menuda intriga partidista gracias a la cual ascendieron, todos ellos, mucho más arriba de lo que se correspondía con sus capacidades.
-Hace falta una serena rebelión cívica que a la manera del movimiento americano por los derechos civiles utilice con inteligencia y astucia todos los recursos de las leyes y toda la fuerza de la movilización para rescatar los territorios de soberanía usurpados por la clase política. Hay que exigir de manera eficaz la limitación de mandatos, las listas electorales abiertas, la profesionalidad y la independencia de la administración, la revisión cuidadosa de toda la maraña de organismos y empresas oficiales para decidir qué puede aligerarse o suprimirse, a qué límites estrictos tienen que estar sujetos el número de puestos y las remuneraciones, qué normas se deben eliminar para que no interfieran dañinamente con las iniciativas empresariales capaces de crear verdadera riqueza, qué hay que hacer para alentar y atraer el talento en vez de ponerle obstáculos y someterlo a chantajes políticos. Hay que defender sin timidez ni mala conciencia el valor de lo público, que lleva tantos años sometido obstinadamente al descrédito, a la interesada hipocresía de los que lo identifican siempre con la burocracia y la ineficiencia y celebran por comparación el presunto dinamismo de la gestión privada, y a continuación aprovechan contratos públicos amañados para enriquecerse, y renegando del estado saquean sus bienes y se quedan a bajo precio y a beneficio de unos pocos lo que había pertenecido a todos, lo mismo una red de trenes que el suministro de agua de una ciudad, el patrimonio común convertido en despojos.
-No hay frontera más hermética que la del día de mañana. El porvenir inmediato es un espacio en blanco: como esa página virtual en la que van avanzando tan lentamente las líneas de la escritura. Pasará algún tiempo y proyectaremos sin remedio una parte de lo que sepamos entonces sobre nuestra ignorancia inaceptable de ahora.
-Dice Antonio Machado: «Qué difícil es / cuando todo baja / no bajar también». En un ambiente donde la corrupción es normal es más fácil ser corrupto, y donde no reina la exigencia ni se reconoce el esfuerzo costará mucho más que alguien dé lo mejor de sí, o incluso que descubra sus mejores capacidades.
Pero lo contrario también es cierto, y la excelencia puede ser emulada igual que la mediocridad, y la buena educación se contagia igual que la grosería. Por eso importa tanto lo que uno hace en el ámbito de su propia vida, en la zona de irradiación directa de su comportamiento, no en el mundo gaseoso y fácilmente embustero de la palabrería.

Que la clase política española quiera seguir viviendo en él es una estafa que ya no podemos permitirles, que no podemos permitirnos. Tenemos un país a medias desarrollado y a medias devastado, sumido en el hábito de la discordia, cargado de deudas, con una administración hipertrofiada y politizada, sin el pulso cívico necesario para emprender grandes proyectos comunes. También tenemos infinitamente más personas capaces y más y mejores medios de los que teníamos hace veinte o treinta años. Hemos mirado con demasiada tolerancia o demasiado distraídamente la incompetencia y la corrupción. Pero también nos hemos dotado, aquí y allá, de logros extraordinarios, escuelas y hospitales muchas veces magníficos, empresas que en medio de la crisis siguen creando trabajo y riqueza, instituciones científicas y culturales que han salido adelante a pesar de todos los pesares y ahora de pronto están en peligro. Hay que fijarse en lo que se ha hecho bien y en quienes lo han hecho bien para tomar ejemplo. No tendremos disculpa si no hacemos todos lo poco y lo mucho que está en nuestras manos, en las de cada uno, para que no se pierda lo que tanto ha costado construir, para asegurar a nuestros hijos un porvenir habitable, si no los alentamos y los adiestramos para que lo defiendan. Ya no nos queda más remedio que empeñarnos en ver las cosas tal como son, a la sobria luz de lo real. Después de tantas alucinaciones, quizás sólo ahora hemos llegado o deberíamos haber llegado a la edad de la razón.

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