La Chica De Los Siete Nombres: La Historia De Una Huida De Corea Del Norte — Hyeonseo Lee

Interesante testimonio real con el que se conocer más sobre este desconocido país del que nos llega la mayoría de la información manipulada por su régimen político. Historia de superación constante que debería ser leída por todo el mundo. Fácil lectura apta para todos los lectores y que te da idea del sufrimiento de nuestra protagonista.

Salir de Corea del Norte no es como salir de otro país; es más bien como salir de otro universo. Nunca me liberaré por completo de su gravedad, por muy lejos que me vaya. Incluso para los que han soportado allí un sufrimiento inimaginable y han escapado del infierno, vivir en el mundo libre puede resultar tan complejo que muchos tienen problemas para superarlo y hallar la felicidad. Hay una pequeña proporción que hasta se rinde y se vuelve a vivir a ese oscuro lugar, como yo estuve tentada de hacer numerosas veces.
Mi realidad, sin embargo, es que no puedo volver. Puedo soñar con la libertad en Corea del Norte pero, casi setenta años después de su creación, esta permanece tan cerrada y tan cruel como siempre. Y si llegara el momento en que pudiera regresar sin temor, seguramente yo ya sería una extraña en mi propio país.

El opio no era difícil de encontrar en Corea del Norte. Los granjeros cultivaban amapolas desde los años setenta, y el producto bruto se refinaba en laboratorios estatales para obtener heroína de gran calidad, una de las pocas mercancías que el país producía según los estándares internacionales; luego se vendía en el extranjero para obtener divisas. En cambio, los norcoreanos tenían prohibido consumirla o comerciar con ella. Pero, en una economía tan dependiente del soborno, una gran cantidad le llegaba a la población de a pie. Mi tío la vendía ilegalmente en Hyesan y también al otro lado del río, en China, donde había gran demanda. Mi abuela la consumía con regularidad, al igual que mucha otra gente, pues los calmantes y las medicinas solían ser difíciles de encontrar.
El tío Opio tenía unos ojos enormes y brillantes, mucho mayores que los de cualquier otro hermano de mi madre. Tardé años en comprender por qué tenían ese aspecto. Él me contó que una dama bajaba del cielo cada vez que llovía…

Ciertas personas a las que conocí en China me expresaron alguna vez su extrañeza por el hecho de que la dinastía Kim llevara casi seis décadas tiranizando a Corea del Norte: ¿por qué se salen siempre con la suya? E igual de incomprensible: ¿cómo lo pueden seguir soportando sus súbditos? A decir verdad, no existe ninguna línea divisoria entre los líderes crueles y los ciudadanos oprimidos: los Kim gobiernan convirtiendo a todo el mundo en cómplice de un sistema brutal, implicándolos a todos, desde lo más alto a lo más bajo, y enturbiando el sentido de la moral para que no haya nadie que sea intachable. Un aterrorizado cuadro del Partido aterrorizará a sus subordinados, y así vamos descendiendo por la cadena: un amigo delatará a un amigo por miedo a que lo castiguen por no delatar. Un niño bien educado se convertirá en un guardia que mata a una chica a patadas si la atrapa intentando huir a China, porque el songbun de esta ha caído a lo más bajo y la chica no vale nada y es hostil a los ojos del Estado. Personas normales se convierten en perseguidores, denunciantes y ladrones, que utilizan el miedo que soportas.
¿Cuándo va a terminar este sufrimiento? Algunos coreanos dirán que terminará con la reunificación. Este sería nuestro sueño a ambos lados de la frontera, aunque, tras más de 60 años de separación y una divergencia radical en los modos de vida, muchos en el Sur afrontan la perspectiva con temor. Pero no podemos quedarnos de brazos cruzados, esperando a que ocurra el milagro de una nueva Corea unificada; si lo hacemos, los descendientes de las familias divididas se reencontrarán como desconocidos. La reunificación, cuando se dé (y se dará), quizá sea menos problemática si la gente corriente del Norte y del Sur puede al menos tener cierto contacto, y si se les permite hacer vacaciones familiares juntos o asistir a las bodas de los sobrinos. Lo menos que puede hacerse por los desertores es garantizar que sepan, cuando lo arriesgan todo por huir, que aquellos a los que dejan atrás no los perderán para siempre, que en todo el mundo hay quien los apoya y les desea lo mejor, que no van a cruzar la frontera solos.

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