¿Quién Domina El Mundo? — Noam Chomsky / Who Rules the World? by Noam Chomsky

Los hilos que mueven la política quedan siempre ocultos en los medios de comunicación que nos ofrecen una visión falsa y maquillada de la violencia real de los detentores del poder mundial. Nadie como Chomsky puede desnudar esta falsedad y abrir los ojos al estilo de los libros en España de Cristina Martín Jiménez comentados en mi blog.

La cuestión planteada por el título de este libro no puede tener una respuesta simple y definitiva. El mundo es demasiado variado, demasiado complejo, para que eso sea posible. Aun así, no es difícil reconocer las grandes diferencias en la capacidad de modelar los asuntos mundiales ni identificar a los actores más destacados e influyentes.
Entre los Estados, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos ha sido de lejos el primero entre desiguales y sigue siéndolo. Continúa dictando en gran medida los términos del discurso global en un abanico de asuntos que van desde Israel-Palestina, Irán, Latinoamérica, la «guerra contra el terrorismo», la organización económica, el derecho y la justicia internacionales.
La era neoliberal de la última generación ha añadido su toque propio a esa imagen clásica: los amos salen de las capas superiores de economías cada vez más monopolizadas; las instituciones financieras son colosales y, a menudo, depredadoras; y las multinacionales están protegidas por el poder del Estado y por las figuras políticas que, en gran medida, representan sus intereses.

Lo que más alarmó a los sabios de la Trilateral fue el «exceso de democracia» durante una época agitada, la década de 1960, cuando sectores normalmente pasivos y apáticos de la población entraron en el ruedo político para defender sus intereses: las minorías, las mujeres, los jóvenes, los mayores, la clase obrera, en resumen, los sectores de población que a veces se denominan «intereses especiales». Hay que distinguirlos de aquellos que Adam Smith llamó «amos de la humanidad», que son los «principales arquitectos» de la política gubernamental y que buscan su «infame máxima»: «Todo para nosotros y nada para los demás».
El respetado término disidente se utiliza de un modo selectivo. Por supuesto, no se aplica con sus connotaciones positivas a intelectuales defensores de los valores en Estados Unidos o a aquellos que en el extranjero combaten tiranías apoyadas por Washington. Tomemos el interesante caso de Nelson Mandela, que no se eliminó de la lista de terroristas del Departamento de Estado hasta 2008, por lo que hasta esa fecha no pudo viajar a Estados Unidos sin autorización especial. Veinte años antes, era el líder criminal de uno de los «grupos terroristas más notorios del mundo», según un informe del Pentágono.
Si la responsabilidad de los intelectuales se refiere a su responsabilidad moral como seres humanos que pueden usar su privilegio y su estatus para defender las causas de la libertad, la justicia, la misericordia y la paz, y para denunciar no solo los abusos de nuestros enemigos, sino, de manera mucho más significativa, los crímenes en los cuales estamos implicados y que podemos mitigar o terminar si así lo decidimos, ¿cómo deberíamos pensar el 11-S?
La idea de que el 11-S «cambió el mundo» está ampliamente aceptada, lo cual es comprensible. Sin duda, los hechos de aquel día tuvieron consecuencias enormes a escala nacional e internacional. Una fue que llevó al presidente Bush a redeclarar la guerra de Reagan contra el terrorismo; la primera ha «desaparecido», por usar la expresión de nuestros asesinos y torturadores favoritos de Latinoamérica.
El objetivo del golpe, en palabras de la Administración Nixon, era matar el «virus» que podría alentar a aquellos «extranjeros que quieren jodernos»; jodernos tratando de hacerse con sus propios recursos y, en general, llevando a cabo una política de desarrollo independiente en una línea contraria a los deseos de Washington. De fondo estaba la conclusión del Consejo de Seguridad Nacional de Nixon, que argumentaba que si Estados Unidos no podía controlar Latinoamérica, no podía esperarse que «lograra imponer un orden en otras partes del mundo». La «credibilidad» de Washington habría quedado minada, en palabras de Kissinger.
El primer 11-S, a diferencia del segundo, no cambió el mundo. No fue «nada de gran consecuencia», aseguró Kissinger a su jefe al cabo de unos días. Y a juzgar por cómo figura en la historia convencional, sus palabras no están erradas, aunque los supervivientes podrían ver la cuestión de manera diferente.
Estos hechos de escasa consecuencia no se limitaron al golpe militar que destruyó la democracia chilena y puso en marcha la historia de terror que siguió. Como ya se ha dicho, el primer 11-S fue solo un acto en el drama que empezó en 1962, cuando Kennedy desvió la misión de los ejércitos latinoamericanos hacia la «seguridad interna».

En cuanto a la responsabilidad de los intelectuales, no me parece que haya mucho que decir más allá de algunas verdades simples: los intelectuales son privilegiados; el privilegio genera oportunidad y la oportunidad confiere responsabilidades. Un individuo puede elegir.

Podemos distinguir tres categorías de crímenes: asesinato con intención, asesinato accidental y asesinato con premeditación pero sin intención específica. Por lo general las atrocidades de Israel y Estados Unidos se encuadran en esta tercera categoría. Así pues, cuando Israel destruye la red eléctrica de Gaza o levanta barreras que impiden viajar en Cisjordania, no tiene la intención expresa de matar a gente en particular que morirá por el agua contaminada o en ambulancias que no pueden llegar a los hospitales. Y cuando Bill Clinton ordenó el bombardeo de la planta de al-Shifa, era obvio que eso conduciría a una catástrofe humanitaria. Human Rights Watch informó de ello de inmediato y proporcionó detalles; no obstante, Clinton y sus asesores no pretendían matar a personas concretas entre aquellos que inevitablemente morirían cuando se destruyeron la mitad de los suministros farmacéuticos en un país pobre de África que no podía reponerlos. Ellos y sus defensores pensaban en los africanos como nosotros en las hormigas que aplastamos al caminar por una calle. Somos conscientes, si nos molestamos en pensarlo, de que es probable que ocurra, pero no pretendemos matarlas porque no merecen tanta consideración. Huelga decir que es muy diferente la consideración de los ataques comparables de arabushim en zonas habitadas por seres humanos.
Si, por un momento, podemos adoptar la perspectiva del mundo, podríamos preguntar qué criminales se «buscan en el mundo entero».

La tortura se ha practicado de forma sistemática desde los primeros días de la conquista del territorio nacional y continuó utilizándose cuando las aventuras imperiales del «imperio niño» —como George Washington llamó a la nueva república— se extendieron a las Filipinas, Haití y otros lugares. Hay que tener en cuenta también que la tortura era el menor de los muchos crímenes de agresión, terror, subversión y estrangulamiento económico que han oscurecido la historia de Estados Unidos, como de otras grandes potencias.
Así que lo sorprendente es ver las reacciones a la desclasificación de esos memorandos del Departamento de Justicia, incluso por parte de algunos de los críticos más elocuentes y directos de las infracciones de Bush: Paul Krugman.
La amnesia histórica es un fenómeno peligroso, no solo porque mina la integridad moral e intelectual, sino porque también siembra el terreno para crímenes subsiguientes.

La doctrina Muasher. Mientras la población general permanezca pasiva, apática y desviada hacia el consumismo o el odio a los vulnerables, los poderosos pueden hacer lo que les plazca; y los que sobrevivan podrán contemplar el resultado.
Desde la década de 1970, esa sombra se ha convertido en una nube oscura que envuelve a la sociedad y el sistema político. El poder de las empresas, a estas alturas formado en gran medida por el capital financiero, ha alcanzado un punto donde ambas organizaciones políticas —que ya apenas se parecen a partidos tradicionales— están mucho más a la derecha que la población en las cuestiones fundamentales que se debaten.
En cuanto a la ciudadanía, la principal preocupación es la profunda crisis del empleo. En las circunstancias actuales, ese problema crítico solo podría haberse superado mediante un significativo estímulo del Gobierno, mucho más allá del que inició Obama en 2009, que apenas compensó la reducción del gasto a escala estatal y local, aunque probablemente todavía salvó millones de empleos. En cuanto a las instituciones financieras, la preocupación principal es el déficit. Por consiguiente, solo se discute el déficit. Una inmensa mayoría de la población (72 %) está a favor de abordar el déficit con impuestos a los muy ricos. Una abrumadora mayoría se opone a los recortes en programas de salud (69 % en el caso de Medicaid, 78 % en el de Medicare). El resultado más probable es por tanto el opuesto.

El declive estadounidense continúa. Durante la década de 1970, entró en una nueva fase: el declive autoinfligido de manera deliberada, cuando los planificadores tanto privados como públicos desplazaron la economía de Estados Unidos hacia la financiarización y la deslocalización de la producción, movidos en parte por la reducción de los beneficios en la producción nacional. Esas decisiones iniciaron un círculo vicioso en el cual la riqueza se concentró extraordinariamente (de manera drástica en el 0,1 % de la población), lo que provocó una concentración del poder político y, por lo tanto, nueva legislación para llevar más lejos el ciclo: revisión de los impuestos y otras políticas fiscales, desregulación, así como cambios en las reglas que regían la empresas y que permitían enormes beneficios para los ejecutivos, entre otras novedades.
Entretanto, para la mayoría de la población, los sueldos reales se estancaron en gran medida y la gente solo pudo salir adelante mediante un gran aumento de la carga de trabajo (muy superior a la de Europa), endeudamiento insostenible y, desde los años Reagan, burbujas repetidas que crearon riqueza ficticia, la cual desapareció, sin remedio, cuando estallaron; tras ese estallido de la burbuja, a menudo sus responsables fueron rescatados por el contribuyente. En paralelo, el sistema político se ha ido destruyendo progresivamente y ha metido cada vez más a los dos partidos hegemónicos en los bolsillos de las grandes empresas, con una escalada de costes electorales; los republicanos hasta un nivel de farsa, los demócratas, no muy por detrás.
Mientras que los principios de dominación imperial han sufrido pocos cambios, nuestra capacidad de ponerlos en práctica se ha reducido a medida que el poder se ha distribuido más ampliamente en un mundo que se diversifica. Las consecuencias son numerosas. No obstante, es importante tener en cuenta que, por desgracia, ninguna de ellas disipa las dos nubes oscuras que se ciernen sobre toda consideración de orden global: guerra nuclear y catástrofe ambiental, que, literalmente, amenazan la supervivencia digna de la especie. Por el contrario: las dos amenazas son inquietantes y crecen.

¿Qué está haciendo la gente? Nada de esto es secreto; está todo perfectamente claro. De hecho, hay que hacer un esfuerzo para no verlo y ha habido un amplio abanico de reacciones. Están aquellos que intentan con todas sus fuerzas hacer algo para contener estas amenazas y otros que actúan para que aumenten. Si tú, ese futuro historiador u observador extraterrestre, miraras quién hay en cada grupo, verías algo realmente extraño: aquellos que intentan mitigar o vencer las amenazas son las sociedades menos desarrolladas, las poblaciones indígenas —o lo que queda de ellas—, sociedades tribales y pueblos originarios de Canadá; en vez de hablar de guerra nuclear, hablan de los desastres…

La opinión de los estadounidenses también ha influido en el «paso histórico» de Obama, si bien la ciudadanía lleva mucho tiempo a favor de la normalización de las relaciones. Una encuesta de la CNN mostró en 2004 que solo una cuarta parte de los estadounidenses consideraba Cuba una amenaza seria para Estados Unidos, en comparación con los más de dos tercios partidarios de esas opción treinta años antes, cuando el presidente Reagan fue advertido de la grave amenaza para nuestras vidas que planteaban la virtual capital del mundo (Granada) y el ejército nicaragüense, a solo dos días de marcha de Tejas. Con esos temores ya reducidos, quizá podemos relajar un poco nuestra vigilancia.
Entre los muchos debates que ha generado la decisión de Obama, un aspecto destacado es que los esfuerzos de Washington por llevar democracia y derechos humanos a los cubanos que sufren, manchados solo por las travesuras infantiles de la CIA, han sido un fracaso. Nuestros nobles objetivos no se han logrado, así que se impone un cambio de rumbo a regañadientes.
¿Las políticas fueron un fracaso? Eso depende de cuál fuera el objetivo. La respuesta está bastante clara en el registro documental. La amenaza cubana era la canción recurrente que recorrió la historia de la guerra fría.
La guerra de Vietnam se describe como un fracaso, una derrota de Estados Unidos. En realidad, fue una victoria parcial. Estados Unidos no logró su objetivo máximo de convertir Vietnam en unas Filipinas, pero las preocupaciones principales se superaron, igual que en el caso de Cuba. Esos resultados, por lo tanto, cuentan como derrota, fracaso, decisiones terribles.
Es maravilloso contemplar la mentalidad imperial.

Cuanto más podamos culpar de algunos crímenes a nuestros enemigos, mayor es la indignación; cuanto mayor es nuestra responsabilidad por los crímenes —y de ahí que podamos hacer más para acabar con ellos—, menos preocupación, tendiendo al olvido.
Así que no se cumple que «el terrorismo es terrorismo» ni es cierto que «no hay dos formas de verlo». Está muy claro que sí hay dos formas: la suya contra la nuestra. Y no solo en el caso del terrorismo.
El artículo de Jessica Mathews, ex presidenta del Fondo Carnegie para la Paz Internacional en The New York Review of Books de marzo de 2015: «Las contribuciones estadounidenses a la seguridad internacional, el crecimiento económico global, la libertad y el bienestar humano han sido tan evidentemente únicas y han estado tan claramente dirigidas al beneficio de otros que los estadounidenses desde hace mucho han creído que Estados Unidos representa una clase de país diferente. Donde otros persiguen sus intereses nacionales, Estados Unidos trata de fomentar principios universales».

Este es el mundo en el que hemos estado viviendo y en el que vivimos hoy. Las armas nucleares plantean un peligro constante de destrucción inmediata. No obstante, en principio sabemos cómo aliviar la amenaza, incluso eliminarla, una obligación aceptada (y descuidada) por las potencias nucleares que han firmado el TNPN. La amenaza del calentamiento global no es instantánea, aunque es funesta a largo plazo y podría incrementarse de repente. En este caso no está del todo claro que tengamos la capacidad de afrontarla, pero no cabe duda de que cuanto más lo retrasemos más brutal será la calamidad.
Las perspectivas de una supervivencia digna a largo plazo no son altas a menos que haya un cambio de rumbo significativo. Gran parte de la responsabilidad está en nuestras manos; las oportunidades, también.
Cuando preguntamos quién gobierna el mundo solemos asumir que los actores en los asuntos del mundo son Estados, sobre todo las grandes potencias, y pensamos en sus decisiones y las relaciones entre ellas. Eso no es incorrecto, pero haríamos bien teniendo en cuenta que ese nivel de abstracción también puede ser muy engañoso.
Por supuesto, los Estados tienen estructuras internas complejas, y las elecciones y decisiones de la dirección política están muy influidas por la concentración internacional del poder, mientras que la población general a menudo se infravalora. Eso es cierto incluso para las sociedades más democráticas y, por descontado, para otras. No es posible entender de forma realista a quién gobierna el mundo sin hacer caso de los «amos de la humanidad>.
En el orden mundial contemporáneo, las instituciones de los amos mantienen un poder enorme, no solo en el terreno internacional, sino también dentro de sus propios Estados, de los cuales dependen para proteger su poder y conseguir apoyo económico por muy diversos medios. Al pensar en el papel de los amos de la humanidad, aparecen las prioridades de las políticas estatales del momento, como el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, uno de los pactos de derechos de los inversores mal llamados «acuerdos de libre comercio» en la propaganda y en los debates. Se negocian en secreto, aparte de los centenares de abogados de las empresas y los grupos de presión cabilderos, que redactan los detalles cruciales. La intención es que se adopten en un buen estilo estalinista con procedimientos de «vía rápida» diseñados para bloquear la discusión y permitir solo la elección de un sí o un no (por tanto, un sí). Por lo general, los estrategas lo hacen muy bien, no es ninguna sorpresa. La población es lo de menos, con las consecuencias que cabe anticipar.

Los que se sienten atraídos por la yihad «anhelan algo en su historia, en sus tradiciones, con sus héroes y su moral; y Estado Islámico, por brutal y repugnante que sea para nosotros e incluso para la mayoría de la gente en el mundo araboislámico, les habla de eso […]. Lo que hoy inspira a los terroristas más crueles no es tanto el Corán como una causa apasionante y una llamada a la acción que promete gloria y admiración a ojos de sus amigos». De hecho, la mayoría de los yihadistas tienen un escaso o nulo conocimiento de los textos y la teología islámicos.
La mejor estrategia, aconseja Polk, sería «un programa multinacional, orientado al bienestar y psicológicamente satisfactorio […] que haría que el odiado Estado Islámico dependiera de los menos violentos. Los elementos están bien identificados: necesidades comunitarias, compensación por agresiones anteriores y llamamientos a empezar de nuevo».
Europa también se lamenta del peso de los refugiados procedentes de países que han arrasado en África, no sin ayuda estadounidense, como congoleses y angoleños, entre otros, pueden testificar. Europa está buscando ahora sobornar a Turquía (donde hay más de dos millones de refugiados sirios) para distanciar de las fronteras de Europa a aquellos que huyen de los horrores de Siria, igual que Obama presiona a México para que mantenga las fronteras de Estados Unidos libres de los desdichados que buscan escapar de las secuelas de la GGCT de Reagan y de aquellos que tratan de huir de desastres más recientes, como un golpe militar en Honduras que Obama legitimó casi en solitario y que ha creado una de las peores cámaras de los horrores en la región.
Las palabras no pueden expresar la respuesta de Estados Unidos a la crisis de refugiados sirios, al menos palabras que yo pueda pensar.
Volviendo a la pregunta inicial, ¿quién gobierna el mundo?, puede que queramos replantearla de esta forma: ¿qué principios y valores gobiernan el mundo? Esa pregunta debería ser la más importante en la mente de los ciudadanos de los países ricos y poderosos, que disfrutan de un inusual legado de libertad, privilegios y oportunidades gracias a las luchas de aquellos que lucharon por ello antes y que ahora se enfrentan a funestas opciones para responder a retos de gran importancia humana.

The threads that move politics are always hidden in the media that offer us a false and make-up vision of the real violence of the holders of world power. Nobody like Chomsky can bare this falsehood and open his eyes to the style of the books in Spain of Cristina Martín Jiménez commented on my blog.

The question posed by the title of this book can not have a simple and definitive answer. The world is too varied, too complex, for that to be possible. Even so, it is not difficult to recognize the great differences in the ability to shape world affairs or identify the most prominent and influential actors.
Among States, since the end of World War II, the United States has been by far the first among unequal and still is. It continues to largely dictate the terms of the global discourse on a range of issues ranging from Israel-Palestine, Iran, Latin America, the “war on terror”, economic organization, international law and justice.
The neoliberal era of the last generation has added its own touch to that classic image: the masters leave the upper layers of increasingly monopolized economies; financial institutions are colossal and, often, predatory; and the multinationals are protected by the power of the State and by the political figures that, to a great extent, represent their interests.

What most alarmed the sages of the Trilateral was the “excess of democracy” during a hectic time, the 1960s, when normally passive and apathetic sectors of the population entered the political arena to defend their interests: minorities, women, the young, the elderly, the working class, in short, the population sectors that are sometimes called “special interests”. We must distinguish them from those that Adam Smith called “masters of humanity”, who are the “main architects” of government policy and who seek their “most infamous”: “Everything for us and nothing for others.”
The respected dissenting term is used in a selective way. Of course, it does not apply with its positive connotations to intellectuals who defend values ​​in the United States or to those who abroad fight tyrannies supported by Washington. Take the interesting case of Nelson Mandela, which was not removed from the list of terrorists of the State Department until 2008, so that until that date he could not travel to the United States without special authorization. Twenty years earlier, he was the criminal leader of one of the “most notorious terrorist groups in the world,” according to a Pentagon report.
If the responsibility of the intellectuals refers to their moral responsibility as human beings who can use their privilege and their status to defend the causes of freedom, justice, mercy and peace, and to denounce not only the abuses of our enemies , but, in a much more significant way, the crimes in which we are involved and that we can mitigate or end if we decide, how should we think on September 11?
The idea that 9/11 “changed the world” is widely accepted, which is understandable. Undoubtedly, the events of that day had enormous consequences on a national and international scale. One was that it led President Bush to redeclare Reagan’s war on terrorism; the first has “disappeared”, to use the expression of our favorite murderers and torturers in Latin America.
The aim of the coup, in the words of the Nixon Administration, was to kill the “virus” that could encourage those “foreigners who want to fuck us”; Fuck us trying to take control of their own resources and, in general, carrying out an independent development policy in a line contrary to the wishes of Washington. In the background was the conclusion of Nixon’s National Security Council, which argued that if the United States could not control Latin America, it could not be expected to “succeed in imposing order in other parts of the world.” The “credibility” of Washington would have been undermined, in Kissinger’s words.
The first 11-S, unlike the second, did not change the world. It was “nothing of great consequence,” Kissinger assured his boss after a few days. And judging by how he figures in conventional history, his words are not wrong, although the survivors might see the question differently.
These events of little consequence were not limited to the military coup that destroyed the Chilean democracy and set in motion the history of terror that followed. As has already been said, the first 11-S was only an act in the drama that began in 1962, when Kennedy diverted the mission of the Latin American armies towards “internal security.”

As for the responsibility of the intellectuals, I do not think there is much to be said beyond some simple truths: the intellectuals are privileged; privilege generates opportunity and opportunity confers responsibilities. An individual can choose.

We can distinguish three categories of crimes: murder with intention, accidental murder and murder with premeditation but without specific intention. In general, the atrocities of Israel and the United States fall into this third category. Thus, when Israel destroys Gaza’s electricity grid or erects barriers that prevent travel in the West Bank, it does not expressly intend to kill people in particular who will die from contaminated water or ambulances that can not reach hospitals. And when Bill Clinton ordered the bombing of al-Shifa’s plant, it was obvious that this would lead to a humanitarian catastrophe. Human Rights Watch reported this immediately and provided details; however, Clinton and his advisors did not intend to kill specific people among those who would inevitably die when half of the pharmaceutical supplies were destroyed in a poor African country that could not replace them. They and their defenders thought of Africans like us in the ants that we crush while walking down a street. We are aware, if we bother to think about it, that it is likely to happen, but we do not intend to kill them because they do not deserve so much consideration. Needless to say, the consideration of comparable attacks of Arabushim in areas inhabited by humans is very different.
If, for a moment, we can adopt the perspective of the world, we could ask which criminals are “searched in the whole world”.

Torture has been practiced systematically since the first days of the conquest of the national territory and continued to be used when the imperial adventures of the “child empire” -as George Washington called the new republic-spread to the Philippines, Haiti and other places . We must also bear in mind that torture was the least of the many crimes of aggression, terror, subversion and economic strangulation that have obscured the history of the United States, as well as other great powers.
So the surprising thing is to see the reactions to the declassification of those Department of Justice memoranda, even by some of the most eloquent and direct critics of the Bush infractions: Paul Krugman.
Historical amnesia is a dangerous phenomenon, not only because it undermines moral and intellectual integrity, but also because it sows the ground for subsequent crimes.

The Muasher doctrine. While the general population remains passive, apathetic and diverted towards consumerism or hatred of the vulnerable, the powerful can do what they please; and those who survive may contemplate the result.
Since the 1970s, that shadow has become a dark cloud that envelops society and the political system. The power of the companies, at this point formed largely by financial capital, has reached a point where both political organizations -which already barely resemble traditional parties- are much more to the right than the population in the fundamental issues that they are debated.
Regarding citizenship, the main concern is the deep employment crisis. In the current circumstances, this critical problem could only have been overcome through significant government stimulus, well beyond what Obama initiated in 2009, which barely compensated for the reduction in spending at the state and local levels, although it probably still saved millions of jobs. Regarding financial institutions, the main concern is the deficit. Therefore, only the deficit is discussed. An immense majority of the population (72%) is in favor of addressing the deficit with taxes on the very rich. An overwhelming majority opposes cuts in health programs (69% in the case of Medicaid, 78% in the Medicare case). The most probable result is therefore the opposite.

The American decline continues. During the 1970s, it entered a new phase: deliberately self-inflicted decline, when both private and public planners displaced the US economy towards financialization and the offshoring of production, driven in part by the reduction of benefits in national production. These decisions initiated a vicious circle in which wealth was extraordinarily concentrated (drastically at 0.1% of the population), which caused a concentration of political power and, therefore, new legislation to further the cycle: review of taxes and other fiscal policies, deregulation, as well as changes in the rules that governed the company and that allowed huge benefits for executives, among other innovations.
Meanwhile, for the majority of the population, real wages stagnated to a large extent and people could only get ahead by a large increase in workload (much higher than in Europe), unsustainable indebtedness and, since the Reagan years , repeated bubbles that created fictitious wealth, which disappeared, without remedy, when they exploded; After that bursting of the bubble, often those responsible were rescued by the taxpayer. In parallel, the political system has been progressively destroyed and has increasingly involved the two hegemonic parties in the pockets of large companies, with an escalation of electoral costs; the Republicans to a level of farce, the Democrats, not far behind.
While the principles of imperial domination have undergone little change, our ability to put them into practice has been reduced as power has become more widely distributed in a diversifying world. The consequences are numerous. However, it is important to bear in mind that, unfortunately, none of them dispels the two dark clouds that hover over any consideration of a global order: nuclear war and environmental catastrophe, which literally threaten the survival of the species. On the contrary: the two threats are disturbing and grow.

What’s people doing? None of this is secret; everything is perfectly clear. In fact, you have to make an effort not to see it and there has been a wide range of reactions. There are those who try with all their might to do something to contain these threats and others who act to increase them. If you, that future historian or extraterrestrial observer, you see who is in each group, you would see something really strange: those that try to mitigate or overcome the threats are the less developed societies, the indigenous populations -or what remains of them-, tribal societies and native peoples of Canada; Instead of talking about nuclear war, they talk about disasters …

The opinion of the Americans has also influenced the “historic step” of Obama, although the citizenship has long been in favor of the normalization of relations. A CNN poll showed in 2004 that only a quarter of Americans considered Cuba a serious threat to the United States, compared to more than two-thirds of those favoring those options thirty years earlier, when President Reagan was warned of the serious threat to our lives that posed the virtual capital of the world (Granada) and the Nicaraguan army, just two days away from Texas. With those fears already reduced, perhaps we can relax our vigilance a little.
Among the many debates that Obama’s decision has generated, one outstanding aspect is that Washington’s efforts to bring democracy and human rights to suffering Cubans, tainted only by the childish antics of the CIA, have been a failure. Our noble goals have not been achieved, so a change of course is imposed reluctantly.
The policies were a failure? That depends on what the objective was. The answer is quite clear in the documentary record. The Cuban threat was the recurring song that went through the history of the cold war.
The Vietnam War is described as a failure, a defeat for the United States. Actually, it was a partial victory. The United States did not achieve its maximum objective of converting Vietnam into the Philippines, but the main concerns were overcome, as in the case of Cuba. Those results, therefore, count as defeat, failure, terrible decisions.
It is wonderful to contemplate the imperial mentality.

The more we can blame our enemies for some crimes, the greater the indignation; the greater our responsibility for the crimes-and hence we can do more to end them-less worry, tending to oblivion.
So it is not true that “terrorism is terrorism” nor is it true that “there are no two ways of seeing it”. It is very clear that there are two ways: yours against ours. And not only in the case of terrorism.
The article by Jessica Mathews, former president of the Carnegie Endowment for International Peace in The New York Review of Books March 2015: “US contributions to international security, global economic growth, freedom and human well-being have been so evidently unique and have been so clearly directed at the benefit of others that Americans have long believed that the United States represents a different kind of country. Where others pursue their national interests, the United States tries to promote universal principles. ”

This is the world in which we have been living and in which we live today. Nuclear weapons pose a constant danger of immediate destruction. However, in principle we know how to alleviate the threat, even eliminate it, an obligation accepted (and neglected) by the nuclear powers that have signed the NPT. The threat of global warming is not instantaneous, although it is disastrous in the long term and could suddenly increase. In this case it is not entirely clear that we have the capacity to face it, but there is no doubt that the longer we delay it, the more brutal the calamity will be.
The prospects for long-term decent survival are not high unless there is a significant change in direction. Much of the responsibility is in our hands; the opportunities, too.
When we ask who governs the world, we usually assume that the actors in the affairs of the world are states, especially the great powers, and we think about their decisions and the relations between them. That is not wrong, but we would do well considering that this level of abstraction can also be very deceptive.
Of course, states have complex internal structures, and the choices and decisions of the political leadership are strongly influenced by the international concentration of power, while the general population is often underestimated. That is true even for the most democratic societies and, of course, for others. It is not possible to realistically understand who governs the world without paying attention to the “masters of humanity”.
In the contemporary world order, the institutions of the masters maintain an enormous power, not only in the international arena, but also within their own States, on which they depend to protect their power and obtain economic support through very diverse means. When thinking about the role of the masters of the humanity, they appear the priorities of the state policies of the moment, like the Trans-Pacific Economic Cooperation Agreement, one of the pacts of rights of the investors badly called «agreements of free commerce» in the propaganda and in the debates. They are negotiated in secret, apart from the hundreds of corporate lawyers and lobbies lobbyists, who write the crucial details. The intention is to adopt them in a good Stalinist style with “fast track” procedures designed to block the discussion and allow only the choice of a yes or no (hence, a yes). In general, strategists do it very well, it’s no surprise. The population is the least, with the consequences that can be anticipated.

Those who are attracted to jihad “yearn for something in their history, in their traditions, with their heroes and their morals; and Islamic State, however brutal and disgusting it is for us and even for most people in the Arab-Islamic world, speaks to them about it […]. What today inspires the most cruel terrorists is not so much the Koran as an exciting cause and a call to action that promises glory and admiration in the eyes of their friends. ” In fact, most jihadists have little or no knowledge of Islamic texts and theology.
The best strategy, Polk advises, would be “a multinational, welfare-oriented and psychologically satisfying program […] that would make the hated Islamic State dependent on the less violent. The elements are well identified: community needs, compensation for previous aggressions and calls to start over ».
Europe also laments the weight of refugees from countries that have swept Africa, not without US aid, as Congolese and Angolans, among others, can testify. Europe is now seeking to bribe Turkey (where there are more than two million Syrian refugees) to distance Europe’s borders from those fleeing the horrors of Syria, just as Obama presses Mexico to keep the United States’ borders free of the unfortunate who seek to escape the aftermath of Reagan’s GGCT and those who try to flee from more recent disasters, like a military coup in Honduras that Obama legitimated almost alone and that has created one of the worst chambers of horrors in the region.
The words can not express the response of the United States to the Syrian refugee crisis, at least words that I can think of.
Returning to the initial question, who governs the world ?, we may want to rethink it in this way: what principles and values ​​govern the world? That question should be the most important one in the minds of the citizens of rich and powerful countries, who enjoy an unusual legacy of freedom, privileges and opportunities thanks to the struggles of those who fought for it before and who now face dire options to respond to challenges of great human importance.

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