¿Quién Domina El Mundo? — Noam Chomsky

Los hilos que mueven la política quedan siempre ocultos en los medios de comunicación que nos ofrecen una visión falsa y maquillada de la violencia real de los detentores del poder mundial. Nadie como Chomsky puede desnudar esta falsedad y abrir los ojos al estilo de los libros en España de Cristina Martín Jiménez comentados en mi blog.

La cuestión planteada por el título de este libro no puede tener una respuesta simple y definitiva. El mundo es demasiado variado, demasiado complejo, para que eso sea posible. Aun así, no es difícil reconocer las grandes diferencias en la capacidad de modelar los asuntos mundiales ni identificar a los actores más destacados e influyentes.
Entre los Estados, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos ha sido de lejos el primero entre desiguales y sigue siéndolo. Continúa dictando en gran medida los términos del discurso global en un abanico de asuntos que van desde Israel-Palestina, Irán, Latinoamérica, la «guerra contra el terrorismo», la organización económica, el derecho y la justicia internacionales.
La era neoliberal de la última generación ha añadido su toque propio a esa imagen clásica: los amos salen de las capas superiores de economías cada vez más monopolizadas; las instituciones financieras son colosales y, a menudo, depredadoras; y las multinacionales están protegidas por el poder del Estado y por las figuras políticas que, en gran medida, representan sus intereses.

Lo que más alarmó a los sabios de la Trilateral fue el «exceso de democracia» durante una época agitada, la década de 1960, cuando sectores normalmente pasivos y apáticos de la población entraron en el ruedo político para defender sus intereses: las minorías, las mujeres, los jóvenes, los mayores, la clase obrera, en resumen, los sectores de población que a veces se denominan «intereses especiales». Hay que distinguirlos de aquellos que Adam Smith llamó «amos de la humanidad», que son los «principales arquitectos» de la política gubernamental y que buscan su «infame máxima»: «Todo para nosotros y nada para los demás».
El respetado término disidente se utiliza de un modo selectivo. Por supuesto, no se aplica con sus connotaciones positivas a intelectuales defensores de los valores en Estados Unidos o a aquellos que en el extranjero combaten tiranías apoyadas por Washington. Tomemos el interesante caso de Nelson Mandela, que no se eliminó de la lista de terroristas del Departamento de Estado hasta 2008, por lo que hasta esa fecha no pudo viajar a Estados Unidos sin autorización especial. Veinte años antes, era el líder criminal de uno de los «grupos terroristas más notorios del mundo», según un informe del Pentágono.
Si la responsabilidad de los intelectuales se refiere a su responsabilidad moral como seres humanos que pueden usar su privilegio y su estatus para defender las causas de la libertad, la justicia, la misericordia y la paz, y para denunciar no solo los abusos de nuestros enemigos, sino, de manera mucho más significativa, los crímenes en los cuales estamos implicados y que podemos mitigar o terminar si así lo decidimos, ¿cómo deberíamos pensar el 11-S?
La idea de que el 11-S «cambió el mundo» está ampliamente aceptada, lo cual es comprensible. Sin duda, los hechos de aquel día tuvieron consecuencias enormes a escala nacional e internacional. Una fue que llevó al presidente Bush a redeclarar la guerra de Reagan contra el terrorismo; la primera ha «desaparecido», por usar la expresión de nuestros asesinos y torturadores favoritos de Latinoamérica.
El objetivo del golpe, en palabras de la Administración Nixon, era matar el «virus» que podría alentar a aquellos «extranjeros que quieren jodernos»; jodernos tratando de hacerse con sus propios recursos y, en general, llevando a cabo una política de desarrollo independiente en una línea contraria a los deseos de Washington. De fondo estaba la conclusión del Consejo de Seguridad Nacional de Nixon, que argumentaba que si Estados Unidos no podía controlar Latinoamérica, no podía esperarse que «lograra imponer un orden en otras partes del mundo». La «credibilidad» de Washington habría quedado minada, en palabras de Kissinger.
El primer 11-S, a diferencia del segundo, no cambió el mundo. No fue «nada de gran consecuencia», aseguró Kissinger a su jefe al cabo de unos días. Y a juzgar por cómo figura en la historia convencional, sus palabras no están erradas, aunque los supervivientes podrían ver la cuestión de manera diferente.
Estos hechos de escasa consecuencia no se limitaron al golpe militar que destruyó la democracia chilena y puso en marcha la historia de terror que siguió. Como ya se ha dicho, el primer 11-S fue solo un acto en el drama que empezó en 1962, cuando Kennedy desvió la misión de los ejércitos latinoamericanos hacia la «seguridad interna».

En cuanto a la responsabilidad de los intelectuales, no me parece que haya mucho que decir más allá de algunas verdades simples: los intelectuales son privilegiados; el privilegio genera oportunidad y la oportunidad confiere responsabilidades. Un individuo puede elegir.

Podemos distinguir tres categorías de crímenes: asesinato con intención, asesinato accidental y asesinato con premeditación pero sin intención específica. Por lo general las atrocidades de Israel y Estados Unidos se encuadran en esta tercera categoría. Así pues, cuando Israel destruye la red eléctrica de Gaza o levanta barreras que impiden viajar en Cisjordania, no tiene la intención expresa de matar a gente en particular que morirá por el agua contaminada o en ambulancias que no pueden llegar a los hospitales. Y cuando Bill Clinton ordenó el bombardeo de la planta de al-Shifa, era obvio que eso conduciría a una catástrofe humanitaria. Human Rights Watch informó de ello de inmediato y proporcionó detalles; no obstante, Clinton y sus asesores no pretendían matar a personas concretas entre aquellos que inevitablemente morirían cuando se destruyeron la mitad de los suministros farmacéuticos en un país pobre de África que no podía reponerlos. Ellos y sus defensores pensaban en los africanos como nosotros en las hormigas que aplastamos al caminar por una calle. Somos conscientes, si nos molestamos en pensarlo, de que es probable que ocurra, pero no pretendemos matarlas porque no merecen tanta consideración. Huelga decir que es muy diferente la consideración de los ataques comparables de arabushim en zonas habitadas por seres humanos.
Si, por un momento, podemos adoptar la perspectiva del mundo, podríamos preguntar qué criminales se «buscan en el mundo entero».

La tortura se ha practicado de forma sistemática desde los primeros días de la conquista del territorio nacional y continuó utilizándose cuando las aventuras imperiales del «imperio niño» —como George Washington llamó a la nueva república— se extendieron a las Filipinas, Haití y otros lugares. Hay que tener en cuenta también que la tortura era el menor de los muchos crímenes de agresión, terror, subversión y estrangulamiento económico que han oscurecido la historia de Estados Unidos, como de otras grandes potencias.
Así que lo sorprendente es ver las reacciones a la desclasificación de esos memorandos del Departamento de Justicia, incluso por parte de algunos de los críticos más elocuentes y directos de las infracciones de Bush: Paul Krugman.
La amnesia histórica es un fenómeno peligroso, no solo porque mina la integridad moral e intelectual, sino porque también siembra el terreno para crímenes subsiguientes.

La doctrina Muasher. Mientras la población general permanezca pasiva, apática y desviada hacia el consumismo o el odio a los vulnerables, los poderosos pueden hacer lo que les plazca; y los que sobrevivan podrán contemplar el resultado.
Desde la década de 1970, esa sombra se ha convertido en una nube oscura que envuelve a la sociedad y el sistema político. El poder de las empresas, a estas alturas formado en gran medida por el capital financiero, ha alcanzado un punto donde ambas organizaciones políticas —que ya apenas se parecen a partidos tradicionales— están mucho más a la derecha que la población en las cuestiones fundamentales que se debaten.
En cuanto a la ciudadanía, la principal preocupación es la profunda crisis del empleo. En las circunstancias actuales, ese problema crítico solo podría haberse superado mediante un significativo estímulo del Gobierno, mucho más allá del que inició Obama en 2009, que apenas compensó la reducción del gasto a escala estatal y local, aunque probablemente todavía salvó millones de empleos. En cuanto a las instituciones financieras, la preocupación principal es el déficit. Por consiguiente, solo se discute el déficit. Una inmensa mayoría de la población (72 %) está a favor de abordar el déficit con impuestos a los muy ricos. Una abrumadora mayoría se opone a los recortes en programas de salud (69 % en el caso de Medicaid, 78 % en el de Medicare). El resultado más probable es por tanto el opuesto.

El declive estadounidense continúa. Durante la década de 1970, entró en una nueva fase: el declive autoinfligido de manera deliberada, cuando los planificadores tanto privados como públicos desplazaron la economía de Estados Unidos hacia la financiarización y la deslocalización de la producción, movidos en parte por la reducción de los beneficios en la producción nacional. Esas decisiones iniciaron un círculo vicioso en el cual la riqueza se concentró extraordinariamente (de manera drástica en el 0,1 % de la población), lo que provocó una concentración del poder político y, por lo tanto, nueva legislación para llevar más lejos el ciclo: revisión de los impuestos y otras políticas fiscales, desregulación, así como cambios en las reglas que regían la empresas y que permitían enormes beneficios para los ejecutivos, entre otras novedades.
Entretanto, para la mayoría de la población, los sueldos reales se estancaron en gran medida y la gente solo pudo salir adelante mediante un gran aumento de la carga de trabajo (muy superior a la de Europa), endeudamiento insostenible y, desde los años Reagan, burbujas repetidas que crearon riqueza ficticia, la cual desapareció, sin remedio, cuando estallaron; tras ese estallido de la burbuja, a menudo sus responsables fueron rescatados por el contribuyente. En paralelo, el sistema político se ha ido destruyendo progresivamente y ha metido cada vez más a los dos partidos hegemónicos en los bolsillos de las grandes empresas, con una escalada de costes electorales; los republicanos hasta un nivel de farsa, los demócratas, no muy por detrás.
Mientras que los principios de dominación imperial han sufrido pocos cambios, nuestra capacidad de ponerlos en práctica se ha reducido a medida que el poder se ha distribuido más ampliamente en un mundo que se diversifica. Las consecuencias son numerosas. No obstante, es importante tener en cuenta que, por desgracia, ninguna de ellas disipa las dos nubes oscuras que se ciernen sobre toda consideración de orden global: guerra nuclear y catástrofe ambiental, que, literalmente, amenazan la supervivencia digna de la especie. Por el contrario: las dos amenazas son inquietantes y crecen.

¿Qué está haciendo la gente? Nada de esto es secreto; está todo perfectamente claro. De hecho, hay que hacer un esfuerzo para no verlo y ha habido un amplio abanico de reacciones. Están aquellos que intentan con todas sus fuerzas hacer algo para contener estas amenazas y otros que actúan para que aumenten. Si tú, ese futuro historiador u observador extraterrestre, miraras quién hay en cada grupo, verías algo realmente extraño: aquellos que intentan mitigar o vencer las amenazas son las sociedades menos desarrolladas, las poblaciones indígenas —o lo que queda de ellas—, sociedades tribales y pueblos originarios de Canadá; en vez de hablar de guerra nuclear, hablan de los desastres…

La opinión de los estadounidenses también ha influido en el «paso histórico» de Obama, si bien la ciudadanía lleva mucho tiempo a favor de la normalización de las relaciones. Una encuesta de la CNN mostró en 2004 que solo una cuarta parte de los estadounidenses consideraba Cuba una amenaza seria para Estados Unidos, en comparación con los más de dos tercios partidarios de esas opción treinta años antes, cuando el presidente Reagan fue advertido de la grave amenaza para nuestras vidas que planteaban la virtual capital del mundo (Granada) y el ejército nicaragüense, a solo dos días de marcha de Tejas. Con esos temores ya reducidos, quizá podemos relajar un poco nuestra vigilancia.
Entre los muchos debates que ha generado la decisión de Obama, un aspecto destacado es que los esfuerzos de Washington por llevar democracia y derechos humanos a los cubanos que sufren, manchados solo por las travesuras infantiles de la CIA, han sido un fracaso. Nuestros nobles objetivos no se han logrado, así que se impone un cambio de rumbo a regañadientes.
¿Las políticas fueron un fracaso? Eso depende de cuál fuera el objetivo. La respuesta está bastante clara en el registro documental. La amenaza cubana era la canción recurrente que recorrió la historia de la guerra fría.
La guerra de Vietnam se describe como un fracaso, una derrota de Estados Unidos. En realidad, fue una victoria parcial. Estados Unidos no logró su objetivo máximo de convertir Vietnam en unas Filipinas, pero las preocupaciones principales se superaron, igual que en el caso de Cuba. Esos resultados, por lo tanto, cuentan como derrota, fracaso, decisiones terribles.
Es maravilloso contemplar la mentalidad imperial.

Cuanto más podamos culpar de algunos crímenes a nuestros enemigos, mayor es la indignación; cuanto mayor es nuestra responsabilidad por los crímenes —y de ahí que podamos hacer más para acabar con ellos—, menos preocupación, tendiendo al olvido.
Así que no se cumple que «el terrorismo es terrorismo» ni es cierto que «no hay dos formas de verlo». Está muy claro que sí hay dos formas: la suya contra la nuestra. Y no solo en el caso del terrorismo.
El artículo de Jessica Mathews, ex presidenta del Fondo Carnegie para la Paz Internacional en The New York Review of Books de marzo de 2015: «Las contribuciones estadounidenses a la seguridad internacional, el crecimiento económico global, la libertad y el bienestar humano han sido tan evidentemente únicas y han estado tan claramente dirigidas al beneficio de otros que los estadounidenses desde hace mucho han creído que Estados Unidos representa una clase de país diferente. Donde otros persiguen sus intereses nacionales, Estados Unidos trata de fomentar principios universales».

Este es el mundo en el que hemos estado viviendo y en el que vivimos hoy. Las armas nucleares plantean un peligro constante de destrucción inmediata. No obstante, en principio sabemos cómo aliviar la amenaza, incluso eliminarla, una obligación aceptada (y descuidada) por las potencias nucleares que han firmado el TNPN. La amenaza del calentamiento global no es instantánea, aunque es funesta a largo plazo y podría incrementarse de repente. En este caso no está del todo claro que tengamos la capacidad de afrontarla, pero no cabe duda de que cuanto más lo retrasemos más brutal será la calamidad.
Las perspectivas de una supervivencia digna a largo plazo no son altas a menos que haya un cambio de rumbo significativo. Gran parte de la responsabilidad está en nuestras manos; las oportunidades, también.
Cuando preguntamos quién gobierna el mundo solemos asumir que los actores en los asuntos del mundo son Estados, sobre todo las grandes potencias, y pensamos en sus decisiones y las relaciones entre ellas. Eso no es incorrecto, pero haríamos bien teniendo en cuenta que ese nivel de abstracción también puede ser muy engañoso.
Por supuesto, los Estados tienen estructuras internas complejas, y las elecciones y decisiones de la dirección política están muy influidas por la concentración internacional del poder, mientras que la población general a menudo se infravalora. Eso es cierto incluso para las sociedades más democráticas y, por descontado, para otras. No es posible entender de forma realista a quién gobierna el mundo sin hacer caso de los «amos de la humanidad>.
En el orden mundial contemporáneo, las instituciones de los amos mantienen un poder enorme, no solo en el terreno internacional, sino también dentro de sus propios Estados, de los cuales dependen para proteger su poder y conseguir apoyo económico por muy diversos medios. Al pensar en el papel de los amos de la humanidad, aparecen las prioridades de las políticas estatales del momento, como el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, uno de los pactos de derechos de los inversores mal llamados «acuerdos de libre comercio» en la propaganda y en los debates. Se negocian en secreto, aparte de los centenares de abogados de las empresas y los grupos de presión cabilderos, que redactan los detalles cruciales. La intención es que se adopten en un buen estilo estalinista con procedimientos de «vía rápida» diseñados para bloquear la discusión y permitir solo la elección de un sí o un no (por tanto, un sí). Por lo general, los estrategas lo hacen muy bien, no es ninguna sorpresa. La población es lo de menos, con las consecuencias que cabe anticipar.

Los que se sienten atraídos por la yihad «anhelan algo en su historia, en sus tradiciones, con sus héroes y su moral; y Estado Islámico, por brutal y repugnante que sea para nosotros e incluso para la mayoría de la gente en el mundo araboislámico, les habla de eso […]. Lo que hoy inspira a los terroristas más crueles no es tanto el Corán como una causa apasionante y una llamada a la acción que promete gloria y admiración a ojos de sus amigos». De hecho, la mayoría de los yihadistas tienen un escaso o nulo conocimiento de los textos y la teología islámicos.
La mejor estrategia, aconseja Polk, sería «un programa multinacional, orientado al bienestar y psicológicamente satisfactorio […] que haría que el odiado Estado Islámico dependiera de los menos violentos. Los elementos están bien identificados: necesidades comunitarias, compensación por agresiones anteriores y llamamientos a empezar de nuevo».
Europa también se lamenta del peso de los refugiados procedentes de países que han arrasado en África, no sin ayuda estadounidense, como congoleses y angoleños, entre otros, pueden testificar. Europa está buscando ahora sobornar a Turquía (donde hay más de dos millones de refugiados sirios) para distanciar de las fronteras de Europa a aquellos que huyen de los horrores de Siria, igual que Obama presiona a México para que mantenga las fronteras de Estados Unidos libres de los desdichados que buscan escapar de las secuelas de la GGCT de Reagan y de aquellos que tratan de huir de desastres más recientes, como un golpe militar en Honduras que Obama legitimó casi en solitario y que ha creado una de las peores cámaras de los horrores en la región.35
Las palabras no pueden expresar la respuesta de Estados Unidos a la crisis de refugiados sirios, al menos palabras que yo pueda pensar.
Volviendo a la pregunta inicial, ¿quién gobierna el mundo?, puede que queramos replantearla de esta forma: ¿qué principios y valores gobiernan el mundo? Esa pregunta debería ser la más importante en la mente de los ciudadanos de los países ricos y poderosos, que disfrutan de un inusual legado de libertad, privilegios y oportunidades gracias a las luchas de aquellos que lucharon por ello antes y que ahora se enfrentan a funestas opciones para responder a retos de gran importancia humana.

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