La Vida Sin Armadura — Alan Sillitoe / Life Without Armour by Alan Sillitoe

Magnífica autobiografía que nos narra la historia del autor en la Inglaterra de los años duros, con un padre que pegaba a su madre y que para no ensuciar la alfombra con la sangre por la cabeza abierta de la madre la ponía un cubo en la cabeza, solo entendía el lenguaje del manporro…
Desde el principio mis emociones se dividían a partes iguales entre el odio a mi padre y la piedad por mi madre, pero en ocasiones me daba cuenta de que mi padre solo podía ser como era porque no sabía leer ni escribir. Le avergonzaba profundamente que nosotros, niños, oyéramos a nuestra madre gritar de angustia que era un zoquete incapaz de descifrar el nombre de una calle o el número del autobús. El mundo parecía entonces una jungla desconcertante y escribo sobre mi padre porque fue la primera fuerza amenazadora que encontré al salir del útero de mi madre.

Recuerdo a mi padre todo el tiempo sin trabajo, salvo por un breve periodo durante el cual estuvo empleado en una tenería o, como él la llamaba, el patio de las pieles. Caminar con mi madre junto al canal un viernes por la tarde para encontrarnos con él cuando volvía a casa con su paga era de las cosas más agradables que recuerdo, porque hasta la más modesta cantidad de dinero reducía las discusiones entre mis padres, y parecían tan contentos. Mi padre llevaba en el bolsillo las dos libras de su salario, y las guardaba en un pequeño sobre marrón en el fondo de un mueble. Aquella fue casi la última paga que ninguno de nosotros vio hasta que ante la perspectiva de una guerra contra la Alemania de Hitler se requirió tanta mano de obra que incluso él tuvo trabajo.
El subsidio de desempleo para los cuatro niños y dos adultos que éramos por entonces (pronto la familia creció hasta los siete miembros), era de treinta y ocho chelines a la semana, el equivalente a unas cuarenta libras en la actualidad. Así que mi madre y su hermana Edith decidieron llevarme a un orfanato llamado Casa de Nazareth con un extra alimentario.
Sin duda achaca su ansia de escritor a la personalidad dividida, cuando estaba en la ciudad deseaba el campo y viceversa, una dicotomía que sin duda debía alimentar. Le influyen en aquella época los cines, con nombres raros y los tebeos baratos, lo que se podía permitir. El libro que le presto su vecino escocés de Víctor Hugo le hace adentrarse en este mundo entre máscaras de gas y los problemas de la II G.M. Trabajaba ayudando al ejército como trabajando en fábricas y el ejército no le gustó a su padre pero le permite ver otros mundos. Malasia le dejará la secuela de una enfermedad seria.
De regreso al Reino Unido mandaba sus obras a diferentes periódicos sin ningún éxito de respuesta.
Casi no había podido salir de casa durante diecisiete días, que fue el tiempo que me llevó escribir el primer borrador de cien mil palabras a mano. El 16 de enero de 1951, menos de tres meses desde que empecé hasta que terminé el proceso, lo que incluía mecanografiar las páginas, volver a mecanografiarlas y revisarlas, envié el texto de cuatrocientas páginas encuadernado en dos volúmenes, con acuse de recibo, a una editorial que había anunciado que iba a celebrar un concurso de novelas inéditas.
Tras releer rápidamente la versión manuscrita cuarenta años después, solo puedo esperar que el mecanografiado final fuera algo mejor. Paul Henderson lo vio, como Ruth, pero sus comentarios no fueron positivos y entiendo por qué. La historia empieza con John Landor, tal vez modelado sobre mí hasta donde yo fuera capaz de conocerme en aquella época, que vuelve a casa después de pasar tres años en el ejército. Durante aquel periodo, la última carta de su madre promete otra que nunca llega y en la que le hace terribles revelaciones sobre su padre, Ralph, que era una especie de hombre de negocios.
se ira a España y Cataluña para escribir “los desertores” es interesante su paso por aquí al encontrar el equilibrio, e irá a Málaga y Mallorca después…
En cuanto a su proceso creativo nada podía acelerar el proceso y nadie podía ayudar a resolver los problemas. Y aunque alguien hubiera podido, el papel de acólito respetuoso o aprendiz entusiasta no formaba parte de mi temperamento. Leer a los grandes escritores transmitía muchas cosas, pero cuanto más gozosas eran sus obras, más difícil era aprender de ellas, porque el profundo hedonismo de la lectura me impedía hacer el análisis necesario para ver las faltas de mi propia obra. Si el éxito tarda en llegar, al menos su compañía servía de aliento y daba consuelo. Como no confiaba más que en mí mismo, seguí escribiendo, pues la falta de formación para cualquier otro trabajo contribuía a esa persistencia, así como la fe absoluta en que no tenía otra vocación que la de escritor. El éxito llegaría si aguantaba.
A mi manera optimista y acomodaticia (tenía ingresos, aunque fueran pequeños), empezaba a darme cuenta de que contar una historia no bastaba, salvo que estuviera escrita con tal convicción que el lenguaje y el contenido indicaran que yo tenía algo que decir además de una historia que contar. La mejor escritura se producía cuando el movimiento de mi pluma coincidía exactamente con el tono de mis pensamientos.

Después de mucho bregar cobré una remesa del Ministerio de Pensiones de treinta y siete libras y un cheque de noventa libras de Rosica como adelanto por mi novela. Aunque en el Londres de aquella época habría sido posible vivir con diez libras a la semana, con los recursos mencionados no llegaríamos a mediados de octubre, cuando debía cobrar las siguientes noventa libras a la publicación del libro. Nos trasladamos a una habitación con cocina en el último piso de una casa de Camden Square por dos libras y setenta y seis peniques a la semana. Ruth trabajaba haciendo encuestas para la Oficina Británica de Estudios de Mercado, de manera que se convirtió en el sostén económico principal hasta final de año. En ese periodo, la Hudson Review le publicó dos poemas.
Las reacciones de rechazo cesaron y los editores me solicitaban más trabajos. En una fiesta, el director general de una firma editorial lamentó que no le hubiera enviado el manuscrito y sentí cierta satisfacción al contestar que lo había hecho, pero que sus editores lo habían rechazado.
En diciembre pasamos una quincena en Amsterdam, en el piso de Constant Wallach, nuestro amigo periodista de aquellos días de Mallorca. El tiempo era húmedo y desapacible, pero una lectura detenida de una guía Baedeker nos llevó al Rijksmuseum y a la casa de Rembrandt, donde pasamos horas.
Pan Books publicó una edición en rústica de Sábado por la noche y domingo por la mañana y The Observer la calificó como una de las mejores novelas del año. Poco después firmé un contrato para que la novela se convirtiera en película, un final feliz para un año insólito. (1958)

El viernes 22 de abril le dieron el premio del Club de Autores por la Mejor Primera Novela de 1958, lo que supuso (tras una entrevista para The Times) ir a sus imponentes locales en Whitehall, con el traje oscuro que la tía de Ruth me enviara desde América unos años antes. Mi discurso de sobremesa fue un informe cuidadosamente escrito acerca de cómo me convertí en escritor y creé la novela que habían seleccionado. Esperaba que Jeffrey Simmons estuviera presente y me dolió que el comité del Club de Autores hubiera escogido sin darse cuenta la única noche del año en la que, por razones religiosas y familiares, le era imposible asistir.
“Sábado por la noche y domingo por la mañana” se publicó en Estados Unidos y Pan Books estaba a punto de sacar una edición en rústica. Una editorial sueca era la primera en la fila para los derechos de traducción y llegaban peticiones de muchos otros países. La edición original en tapa dura iba por la cuarta reimpresión y en el primer año se habían vendido seis mil ejemplares.
El cambio principal de llevar una vida de expatriado a vivir en Inglaterra como alguien que se había acostumbrado a la idea de que cada novela que escribiera sería publicada sin estorbo ni obstáculo, había sido suave, y se debió tanto a la suerte y a una buena cantidad de esfuerzo, como al material acumulado en los años anteriores.
Los críticos a los que no les gustó no pudieron tampoco arrinconarla y la película llenó las salas de todo el país. Los Comités de Vigilancia de algunos condados la condenaron, como los Comisionados Coloniales de Distrito, que no querían que la idea de que tuvieran algún valor en el mundo corrompiera a los nativos. Que alguien pusiera objeciones a la película me sorprendió más que disgustó, pero la publicidad suscitada por la intolerancia ayudó a que aumentaran el interés y la especulación. En poco tiempo, la película recuperó su relativamente exiguo presupuesto y Harry Saltzman ganó mucho dinero gracias al éxito.

Muchos aspectos de la vida se le hacían muy cuesta arriba. Siempre había sido así. No sabría decir por qué, pero supongo que una respuesta posible podría ser que la insatisfacción proporciona la energía que necesita el molino de la imaginación, con la que tratamos de crear obras que dejen al lector (y en consecuencia al autor) a favor de la vida al acabar el libro en vez de en un estado de desesperación ante toda la vileza que hay en el mundo.
El libro se complementa con fotografías a lo largo de su vida y para nada el lector se siente en la soledad de este corredor de fondo.

Otros libros recomendados del autor:

https://weedjee.wordpress.com/2014/09/20/sabado-por-la-noche-y-domingo-por-la-manana-alan-sillitoe/

Magnificent autobiography that tells the story of the author in the England of the hard years, with a father who beat his mother and not to dirty the carpet with blood for the open head of the mother put a bucket on the head, I only understood the language of the manporro …
From the beginning my emotions were divided equally between the hatred of my father and the piety for my mother, but sometimes I realized that my father could only be as he was because he could not read or write. He was deeply ashamed that we, children, heard our mother scream in anguish that he was a bitch unable to decipher the name of a street or the number of the bus. The world then looked like a disconcerting jungle and I write about my father because it was the first menacing force I found when leaving my mother’s womb.

I remember my father all the time without work, except for a brief period during which he was employed in a tannery or, as he called it, the patio of the skins. Walking with my mother next to the canal on a Friday afternoon to meet him when he came home with his pay was one of the nicest things I remember, because even the most modest amount of money reduced the arguments between my parents, and they seemed so happy My father carried two pounds of his salary in his pocket, and kept them in a small brown envelope at the bottom of a piece of furniture. That was almost the last pay that none of us saw until at the prospect of a war against Hitler’s Germany so much labor was required that even he had work.
Unemployment benefit for the four children and two adults we were then (soon the family grew to seven members), was thirty eight shillings a week, the equivalent of about forty pounds today. So my mother and sister Edith decided to take me to an orphanage called Casa de Nazareth with an extra food.
Undoubtedly he attributes his desire for a writer to the divided personality, when he was in the city he wanted the field and vice versa, a dichotomy that undoubtedly had to feed. He was influenced at that time by cinemas, with rare names and cheap comics, which he could afford. The book given by his Scottish neighbor Victor Hugo makes you enter this world between gas masks and the problems of the II G.M. He worked helping the army like working in factories and the army did not like his father but allows him to see other worlds. Malaysia will leave you with the sequel of a serious illness.
Back in the United Kingdom, he sent his works to different newspapers without any response success.
I had hardly been able to leave the house for seventeen days, which was the time it took me to write the first draft of a hundred thousand words by hand. On January 16, 1951, less than three months since I started until I finished the process, which included typing the pages, retyping and revising them, I sent the text of four hundred pages bound in two volumes, with acknowledgment of receipt, to an editorial that had announced that it was going to hold a contest of unpublished novels.
After quickly rereading the manuscript version forty years later, I can only hope that the final typing would be somewhat better. Paul Henderson saw it, like Ruth, but his comments were not positive and I understand why. The story begins with John Landor, perhaps modeled on me as far as I was able to know myself at that time, who returns home after spending three years in the army. During that period, the last letter from his mother promises another that never comes and in which he makes terrible revelations about his father, Ralph, who was a kind of businessman.
will go to Spain and Catalonia to write “the deserters” is interesting his step here to find the balance, and will go to Malaga and Mallorca later …
As for his creative process nothing could accelerate the process and nobody could help solve the problems. And even if someone could, the role of respectful acolyte or enthusiastic apprentice was not part of my temperament. Reading the great writers conveyed many things, but the more joyful their works, the harder it was to learn from them, because the profound hedonism of reading prevented me from doing the necessary analysis to see the faults of my own work. If the success takes to arrive, at least his company served as encouragement and gave consolation. As I did not trust more than myself, I kept writing, because the lack of training for any other work contributed to that persistence, as well as the absolute faith that I had no other vocation than that of a writer. Success would come if it endured.
In my optimistic and accommodating way (I had income, even if they were small), I was beginning to realize that telling a story was not enough, unless it was written with such conviction that the language and content indicated that I had something to say besides a story to tell The best writing was produced when the movement of my pen coincided exactly with the tone of my thoughts.

After a lot of trouble, I collected a thirty-seven-pound Ministry of Pensions remittance and a ninety-pound check from Rosica as an advance for my novel. Although in London at that time it would have been possible to live on ten pounds a week, with the resources mentioned we would not arrive in mid-October, when I was to charge the next ninety pounds at the publication of the book. We moved to a room with a kitchen on the top floor of a house in Camden Square for two pounds and seventy-six pence a week. Ruth worked doing surveys for the British Office of Market Studies, so that she became the main economic supporter until the end of the year. In that period, the Hudson Review published two poems.
The rejection reactions stopped and the editors asked me for more jobs. At a party, the CEO of an editorial firm regretted that I had not sent him the manuscript and I felt some satisfaction in replying that he had done so, but that his editors had rejected it.
In December we spent a fortnight in Amsterdam, on the floor of Constant Wallach, our journalist friend of those days in Mallorca. The weather was wet and unpleasant, but a close reading of a Baedeker guide took us to the Rijksmuseum and to Rembrandt’s house, where we spent hours.
Pan Books published a paperback edition of Saturday night and Sunday morning and The Observer rated it one of the best novels of the year. Shortly after I signed a contract for the novel to become a movie, a happy ending to an unusual year. (1958)

On Friday, April 22, he was awarded the Club de Autores prize for the Best First Novel of 1958, which meant (after an interview for The Times) going to his imposing premises in Whitehall, with the dark suit that Ruth’s aunt sent from America a few years earlier. My after-dinner speech was a carefully written report about how I became a writer and created the novel they had selected. I expected Jeffrey Simmons to be present and it hurt me that the Authors’ Club committee had unwittingly chosen the only night of the year when, for religious and family reasons, it was impossible for him to attend.
“Saturday night and Sunday morning” was published in the United States and Pan Books was about to release a paperback. A Swedish publisher was the first in line for translation rights and requests came from many other countries. The original edition in hardcover was for the fourth reprint and in the first year six thousand copies had been sold.
The main change from leading an expatriate life to living in England as someone who had become accustomed to the idea that every novel he wrote would be published without hindrance or hindrance, had been smooth, and was due to both luck and a good amount of effort, as to the material accumulated in previous years.
Critics who did not like it could not cornered it either and the movie filled the halls across the country. The Surveillance Committees of some counties condemned her, like the Colonial District Commissioners, who did not want the idea that they had any value in the world to corrupt the natives. That someone objected to the film surprised me more than it annoyed, but the publicity provoked by the intolerance helped to increase interest and speculation. In a short time, the film recovered its relatively meager budget and Harry Saltzman won a lot of money thanks to success.

Many aspects of life were very difficult for him. It had always been like this. I can not say why, but I guess a possible answer could be that dissatisfaction provides the energy that the mill of imagination needs, with which we try to create works that leave the reader (and consequently the author) in favor of the life at the end of the book instead of in a state of despair before all the vileness in the world.
The book is complemented with photographs throughout his life and for nothing the reader feels in the loneliness of this distance runner.

Books commented from the author in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2014/09/20/sabado-por-la-noche-y-domingo-por-la-manana-alan-sillitoe/

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