Carta De Las Calidades De Un Casamiento — Francisco De Quevedo

Esta breve obra de Quevedo no defrauda y recordemos que a el se atribuyeron montones de obras por eso de “hijo de sus obras y padrastro de las ajenas”. La ironía corre por las líneas en la elección de su mujer si le dejasen elegir.
Cabe decir que si consideramos la fecha de composición de la carta (1633), notaremos que esta se articula en torno a la polémica aristocrática del matrimonio de Quevedo. Este solterón, amancebado con una comediante, se complacía en provocar, según la leyenda, a las mujeres de la Corte tanto por el estilo de vida que llevaba como por algunos de sus escritos con ciertos atisbos misóginos, hasta que tuvo que casarse para responder, a regañadientes, a los requisitos de estos círculos femeninos.

Yo soy algo por lo que he dejado de ser gracias a nuestro Señor y a Vuestra Excelencia. He sido malo por muchos caminos y habiendo dejado de ser malo, no soy bueno, porque he dejado el mal de cansado y no de arrepentido. Esto no tiene otra cosa buena sino asegurar que ningún género de travesuras me engañará; porque todas me tienen o escarmentado o aduertido. Yo soy hombre de bien en la Provincia.
Desearé precisamente que sea noble, virtuosa y entendida, porque necia no sabrá conservar estas dos cosas. En la nobleza quiero la igualdad; la virtud que sea de mujer casada, no de hermitaño, ni beata, ni religiosa. Su coro y su oratorio ha de ser su obligacion, y su marido. Y si hubiere de ser entendida con resabios de catedrático, más la quiero necia; porque es más fácil de sufrir lo que uno no sabe que padecer lo que presume.
No la quiero fea ni hermosa; estos extremos pone en paz un semblante agradable, que haze bien quisto lo lindo; y seguro lo donairoso. Fea no es compañía sino trago. Hermosa no es regalo sino cuidado. Mas si hubiese de tener una de estas dos cosas, la quiero hermosa y no fea; porque es mejor tener cuidado que miedo, y tener que guardar que de quien huir.
No la quiero rica ni pobre sino con hacienda, que ni ella me compre a mí ni yo a ella. La hacienda donde hubiere nobleza, y virtud no se ha de echar menos, pues tiniéndolas, quien la deja por pobre es humildemente rico, y no las tiniendo, quien en la codicia es civilmente pobre.
De alegre o triste, más la quiero alegre, que, en lo cuotidiano y en lo propio, no nos faltará tristeza a todos y eso templa la condición suave y recogida con ocasión decente.
En que sea blanca, pelinegra o rubia, no pongo gusto ni estimación. Solo quiero que si fuere negra no se haga blanca; porque de la mentira, es fuerza andar más sospechoso que enamorado.
No la quiero niña ni vieja, que son cuna y ataúd, que ya se me han olvidado los arrullos, y aún no he aprendido los responsos. Bástame mujer hecha. Y estaré muy contento si fuere moza.
Daría muchas gracias a Dios si fuese tartamuda; partes que aborrecen las visitas y conversaciones.

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