La Otra Historia De Los Estados Unidos: Desde 1492 Hasta El Presente — Howard Zinn

Aparte de la historia heroica, es interesante conocer ciertos puntos algo oscuros, acerca de la historia de este país, como la esclavitud, la explotación obrera, el exterminio de los aborígenes… No es un juicio moral acerca del comportamiento de las personas que forjaron una nación, porque, como en todo, hay que tomar en cuenta las circunstancias. Y ese es el punto débil de esta historia. El autor describe los puntos negativos pero no señala las circunstancias en los que se dieron o lo que hubiera sucedido de no haber actuado los que lo hicieron como lo hicieron así. De manera que no es bueno aventurarse a leer este libro sin haber leído primero algún otro libro con una historia más oficial.
Es un libro de metodología “marxista” ortodoxo. No obstante, responde al título fielmente y descubre hechos históricos que para la inmensa mayoría son desconocidos pero que responden a la realidad, por lo que merece la pena. Creo que sirve de guión a una serie que Oliver Stone ha gravado, pero por ahora no muy accesible. Es bastante técnico, pero verdaderamente interesante; plasma la otra cara de la moneda. Un poco deslabazado n la estructura o exposición.

No hay país en la historia mundial en el que el racismo haya tenido un papel tan importante y durante tanto tiempo como en los Estados Unidos. El problema de la “barrera racial” o color line -en palabras de W.E.B. Du Bois- todavía colea. Y el hecho de preguntar ¿Cómo empezó? O, dicho de otra forma ¿Es posible que blancos y negros convivan sin odio? va más allá de una cuestión de interés meramente histórico.
Si la historia puede ayudar a responder a estas preguntas, entonces los inicios de la esclavitud en América del Norte -un continente donde podemos identificar la llegada de los primeros blancos y los primeros negros- puede que nos proporcione algunas pistas.
En las colonias inglesas, la esclavitud pasó rápidamente a ser una institución estable, la relación laboral normal entre negros y blancos. Junto a ella se desarrolló ese sentimiento racial especial -sea odio, menosprecio, piedad o paternalismo- que acompañaría la posición inferior de los negros en América durante los 350 años siguientes -esa combinación de rango inferior y de pensamiento peyorativo que llamamos “racismo”.
Los virginianos de 1619 necesitaban desesperadamente mano de obra para cultivar suficiente comida como para sobrevivir. Entre ellos estaban los supervivientes del invierno de 1609-1610, el “tiempo de hambruna” o starving time, cuando, enloquecidos de hambre, erraban por los bosques en busca de frutos secos y bayas, abrieron las tumbas para comerse los cadáveres, y murieron en masa hasta que, de quinientos colonos, tan sólo quedaron sesenta.
En 1700, ya había 6.000 esclavos en Virginia, lo que equivalía al 8,3% de la población. En 1763 había 170.000 esclavos, lo cual equivalía, aproximadamente, a la mitad de la población.

En 1676, setenta años después de la fundación de Virginia y cien años antes de que liderara la Revolución Americana, la colonia se enfrentaba a una rebelión en la que se habían unido colonos fronterizos blancos, esclavos y criados, era rebelión tan amenazante que el gobernador tuvo que huir de una Jamestown -la capital-envuelta en llamas. Inglaterra decidió enviar mil soldados del otro extremo del Atlántico con la esperanza de restablecer la paz entre los cuarenta mil colonos. Esta fue la rebelión de Bacon. Después de la represión del levantamiento, la muerte de su líder -Nathaniel Bacon- y el ahorcamiento de sus colaboradores, un informe de la Comisión Real describió a Bacon de esta forma:

Sedujo a la gente mas vulgar e ignorante para que le creyera (dos terceras partes de la gente del condado son de ese pelaje), y así todos sus corazones y sus esperanzas estaban puestos en Bacon. Acto seguido acusó al Gobernador de negligencia y maldad, de traición e incapacidad, tildó de injustas y opresivas las leyes y los impuestos e hizo un llamamiento sobre la necesidad que había de cambio.

La Rebelión de Bacon empezó con un conflicto sobre la manera en que se debía tratarse a los indios.

La expansión ultramarina no era una idea nueva. Incluso antes de que la guerra con México llevara a Estados Unidos al Pacífico, la Doctrina Monroe miró hacia el sur, al Caribe y más allá. Esta doctrina, propagada en 1823 -cuando los países de Latinoamérica estaban consiguiendo la independencia del control español- dejó claro a las naciones europeas que Estados Unidos consideraba a Latinoamérica dentro de su esfera de influencia.
Poco después, algunos americanos empezaron a pensar en el Pacífico, en Hawai, Japón y los grandes mercados de China.
Pero hubo más que pensamientos. Una lista del Departamento de Estado de 1962 (que presentaron al Comité del Senado citando precedentes que justificaran el uso de las fuerzas armadas contra Cuba) muestra, entre 1798 y 1895, 103 intervenciones en los asuntos de otros países.
¿Podían el fervor patriótico y el espíritu militar eclipsar la lucha de clases? En 1914, el desempleo iba en aumento y los tiempos eran cada vez más difíciles. ¿Podían las armas distraer la atención y crear un consenso nacional contra un enemigo externo?
La simultaneidad del ataque a la colonia de Ludlow y el bombardeo de Veracruz, era quizá una mera coincidencia; o quizá una “selección natural de accidentes”, como una vez describió un autor la historia de la humanidad.
Tal vez lo sucedido en México era una respuesta instintiva del sistema para su propia supervivencia, para crear una unidad de propósito bélico en un pueblo desgarrado por conflictos internos El bombardeo de Veracruz fue un pequeño incidente. Pero cuatro meses después estallaría en Europa la Primera Guerra Mundial.

El país se encontraba en una economía de guerra permanente que tenía, sin embargo, grandes focos de pobreza, pero había la suficiente gente con trabajo y ganando lo bastante como para mantener las cosas en calma. La distribución de la riqueza continuaba siendo desigual. En 1953, el 1,6% de la población adulta poseía más del 80% de las acciones y casi el 90% de los bonos de las corporaciones. De 200.000 corporaciones, unas 200 corporaciones gigantes -la décima parte del 1% de todas las corporaciones- controlaban alrededor del 60% de la riqueza industrial de la nación.
Cuando, tras un año de mandato, John F. Kennedy hizo público el presupuesto del Estado, era evidente que no habría ningún cambio significativo en la distribución de los ingresos.

Nixon y sus ayudantes mintieron una y otra vez en el intento de ocultar su participación.
Varios testimonios sacaron a la luz los siguientes datos:
1.    La Gulf Oil Corporation, la ITT (Compañía Internacional de Telégrafos y Teléfonos) y la American Airlines, además de otras grandes corporaciones americanas, habían hecho contribuciones ilegales -de millones de dólares- a la campaña de Nixon.
2.    En septiembre de 1971, poco después de que el New York Times publicara las copias de los informes clasificados suministradas por Daniel Ellsberg -los Pentagon Papers- la administración planeó y llevó a cabo con la participación personal de Howard Hunt y Gordon Liddy, un robo en la oficina del psiquiatra de Ellsberg, en busca de su historial.
3.    Después del arresto de los ladrones de Watergate, Nixon les prometió en secreto que les otorgaría clemencia ejecutiva si aceptaban ir a la cárcel, y sugirió que se les daría hasta un millón de dólares si se mantenían en silencio. De hecho, se les entregaron 450.000 dólares por orden de Erlichman.
4.    Se descubrió que había desaparecido cierto material de los archivos del FBI. Se trataba de material asociado con una serie de escuchas telefónicas ilegales ordenadas por Henry Kissinger y llevadas a cabo en las líneas de cuatro periodistas y trece altos cargos del gobierno. Este material se encontraba en la Casa Blanca, en la caja fuerte del consejero de Nixon John Erlichman.
5.    Uno de los ladrones de Watergate -Bernard Barker- contó al comité del Senado que también había estado implicado en un plan para atacar físicamente a Daniel Ellsberg, cuando éste estuviera hablando en una reunión pacifista en Washington.
6.    Un testigo contó al comité del Senado que el presidente Nixon tenía grabaciones de todas las conversaciones privadas y todas las llamadas telefónicas de la Casa Blanca. Nixon se negó en un principio a entregar las cintas, y cuando accedió, habían sido amañadas: habían sido borrados 18
minutos y medio en una cinta.
7.    En medio de todo esto, el vicepresidente de Nixon -Spiros Agnew- fue procesado en Maryland por recabar sobornos de contratistas de Maryland a cambio de favores políticos. Esto le llevó a presentar su dimisión de la vicepresidencia en octubre de 1973. Nixon nombró al congresista Gerald Ford para ocupar el puesto de Agnew.
8.    Nixon se había acogido ilegalmente valiéndose de falsificaciones a una deducción de impuestos por valor de 576.000 dólares.
9.    Se reveló que durante más de un año (entre 1969 y 1970) Estados Unidos había realizado bombardeos secretos y masivos en Camboya, hecho que se había ocultado al público americano e incluso al Congreso.

Fue una caída rápida y repentina. En las elecciones presidenciales de noviembre de 1972, Nixon y Agnew habían obtenido el 60% del voto popular y el apoyo de todos los estados excepto el de Massachusetts, derrotando a un candidato posicionado contra la guerra, el senador George McGovern. Una encuesta popular de junio de 1973 mostraba que el 67% de los encuestador pensaba que Nixon estaba involucrado en el robo de Watergate o mentía para encubrirlo.
A principios de 1974, un comité de la Cámara preparó la documentación para presentar un voto de censura ante el pleno. Los consejeros de Nixon le avisaron que el voto de censura conseguiría la mayoría requerida en la Cámara y que luego el Senado votaría la mayoría de dos tercios necesaria para destituirle del cargo.

La América de las corporaciones se convirtió en la gran beneficiaria de los años Reagan-Bush. En los años sesenta y setenta se había formado un importante movimiento en defensa del medio ambiente, horrorizado por la contaminación del aire, de los mares y de los ríos, y por las muertes de miles de personas cada año como resultado de las condiciones de trabajo. En noviembre de 1968, después de que una explosión minera matara a 78 mineros en Virginia Occidental, hubo una furiosa protesta en el distrito minero, y el Congreso aprobó la Ley de Salud y Seguridad en las Minas de Carbón de 1969. El secretario de Trabajo de Nixon habló de “una nueva pasión nacional, la pasión por la mejora del medio ambiente”.
Al año siguiente, cediendo a las firmes demandas del movimiento obrero y de los grupos de consumidores -pero también viendo en ello la oportunidad de ganar el apoyo de los votantes de clase trabajadora- el presidente Nixon firmó la Ley de la Seguridad y Salud Ocupacional (OSHA). Era una importante medida legislativa que establecía el derecho universal a un lugar de trabajo seguro y sano. El presidente Jimmy Carter accedió a la presidencia.

Después de la guerra quedaron al descubierto, con claridad aterradora, las consecuencias humanas de la guerra. Se reveló que los bombardeos de Irak habían causado hambre, enfermedades y muerte a decenas de miles de niños. Un equipo médico de Harvard informó en mayo que la mortalidad infantil había aumentado dramáticamente y que en los primeros cuatro meses del año (la guerra duró desde el 15 de enero al 28 de febrero) habían muerto 55.000 niños más que en el mismo período del año anterior.
Cuando la guerra terminó, Estados Unidos no apoyó a los disidentes iraquíes que querían derrocar el régimen de Saddam Hussein. El New York Times informó: “El presidente Bush ha decidido que sea el presidente Saddam Hussein quien sofoque las rebeliones de su país sin intervención americana antes de arriesgarse a la fragmentación de Irak”. Esta decisión dejaba impotente a la minoría kurda que se estaba rebelando contra Saddam Hussein. También dejaba sin apoyo a los elementos anti Hussein que había entre la mayoría iraquí.
La guerra provocó una desagradable ola de racismo árabe en los Estados Unidos durante la cual se insultaba, golpeaba o amenazaba de muerte a los árabe-americanos.

En los años noventa, el sistema político de Estados Unidos -estuvieran en el poder los demócratas o los republicanos- seguía estando bajo el control de aquellos que tenían grandes riquezas, entre ellos las corporaciones, que también dominaban los principales instrumentos de información. Y aunque ningún líder político de importancia hablara de ello, el país estaba dividido en clases de extrema riqueza y extrema pobreza, separados por una clase media insegura y amenazada.
Sin embargo -aunque no se informara de ello de manera exhaustiva-existía lo que un preocupado periodista ortodoxo había denominado “una cultura de oposición permanente”, la cual se negaba a renunciar a la posibilidad de una sociedad más igualitaria y más humana. Si existía alguna esperanza para el futuro de América, ésta residía en la promesa que contenía ese rechazo.

Un 1% de la nación posee una tercera parte de la riqueza. El resto de la riqueza está distribuida de tal manera que crea rivalidades entre el 99% restante: un pequeño propietario se enfrenta a uno que no posee nada; el negro se enfrenta al blanco, los nativos se enfrentan a los nacidos en el extranjero; los intelectuales y profesionales se enfrentan a los incultos y los trabajadores no cualificados. Estos grupos se oponen entre sí y luchan con tanta vehemencia y violencia que su posición común de rivales por conseguir las sobras en un país muy rico queda oculta.
Para hacer frente a la realidad de esa batalla desesperada y amarga por unos recursos que escasean por culpa del control ejercido por la élite, me tomo la libertad de denominar al conjunto de ese 99% restante “el pueblo”. He escrito una historia que intenta representar su sumergido y desviado interés común. El hecho de destacar el terreno que tiene en común ese 99% junto con el de declarar su profunda enemistad con el 1% restante, es hacer exactamente lo que han querido evitar -desde tiempos de los Padres Fundadores-los gobiernos de Estados Unidos y la acaudalada élite vinculada a ellos. Madison temía una “facción mayoritaria” y esperaba que la nueva Constitución la metería en cintura. Madison y sus colegas comenzaron el Preámbulo a la Constitución con las siguientes palabras “Nosotros, el pueblo…”. Con ello intentaban simular que el nuevo gobierno representaba a todos los americanos. Esperaban que este mito, al ser dado por bueno, aseguraría la “tranquilidad doméstica”.

Las perspectivas que se nos abren son de tiempos de confusión y lucha, pero también de inspiración. Cabe la posibilidad de que un movimiento de estas características pudiera tener éxito y conseguir lo que el sistema nunca ha podido hacer: efectuar un gran cambio con poca violencia. Esto será posible a medida que un sector cada vez mayor de ese segmento del 99% de la población vea que comparten las mismas necesidades; y cuanto más vean la similitud de sus intereses guardianes y prisioneros, más aislado e ineficaz se volverá el establishment. Las armas de la élite -el dinero y el control de la información- serían inútiles ante una población resuelta. Los servidores del sistema se negarían a trabajar para que continúe el antiguo y mortal orden, y empezarían a utilizar su tiempo y su espacio -los mismos instrumentos que el sistema les había proporcionado para mantenerles en silencio- para desmantelar ese sistema mientras creaban otro nuevo. Los prisioneros del sistema seguirán rebelándose, como antes, de maneras imprevisibles, en momentos que no pueden ser pronosticados. La nueva realidad de nuestra era es la posibilidad de que los guardianes se unan a los prisioneros. Los lectores y los escritores casi siempre hemos estado en el lado de los guardianes. Si entendemos eso, y actuamos en consecuencia, la vida no sólo será más satisfactoria ahora mismo, sino que nuestros nietos o nuestros biznietos quizás puedan ver un mundo diferente y maravilloso.

Inmediatamente después de su victoria electoral, Clinton dijo: “Quiero reafirmar la continuidad esencial de la política exterior americana”. Efectivamente, en vísperas de las elecciones, había dejado claro que por mucho que hubiese acabado la guerra fría, sólo pensaba reducir el presupuesto militar de Bush en un 5%. Una vez que asumió la presidencia fue fiel a su palabra, y mantuvo un presupuesto militar de 262 mil millones de dólares.
Clinton llevaba apenas seis meses en la presidencia cuando mandó a las Fuerzas Aéreas bombardear Bagdad, supuestamente como respuesta a la conspiración para asesinar a George Bush en ocasión de la visita del antiguo presidente a Kuwait. No había evidencias claras de que existiera tal conspiración, ya que provenían de la policía de Kuwait, famosa por su corrupción. Tampoco Clinton esperó a los resultados del juicio a los acusados de conspiración que se suponía iba a tener lugar en Kuwait.
Respecto a los derechos humanos se evidenció un nuevo caso de insensibilidad en la extraña actitud de la administración Clinton hacia dos naciones que se consideraban “comunistas”. China había masacrado a los estudiantes que protestaban en Pekín en 1989 y había enviado a la cárcel a los disidentes. Cuba había encarcelado a los que criticaban al régimen, pero no poseía un historial sangriento de represión como el de la China comunista y otros gobiernos del mundo entero que recibían ayuda norteamericana.
Estados Unidos continuó enviando ayuda económica a China, y le otorgaba ciertos privilegios comerciales (la categoría de “nación de trato preferential”) en aras de sus intereses comerciales. Pero la administración de Clinton continuó, e incluso extendió, el bloqueo a Cuba, bloqueo que privaba a la población de comida y medicinas. Parecía que lo que preocupaba a la administración Clinton en sus relaciones con Rusia era la “estabilidad” por encima de la moralidad. Insistía en un firme apoyo al régimen de Boris Yeltsin, incluso después de que Rusia invadiera y bombardeara de forma brutal la remota región de Chechenia, la cual quería su independencia.
Tanto Clinton como Yeltsin, con ocasión de la muerte de Richard Nixon, expresaron su admiración por Vietnam.
En la economía exterior se daba un gran énfasis a la “economía de mercado” y a la “privatización”. Esto obligaba a las personas del antiguo bloque soviético a defenderse por sus propios medios en una economía supuestamente “libre” y sin tener los beneficios sociales que habían tenido bajo los antiguos y reconocidamente ineficaces regímenes.
El concepto del “comercio libre” se convirtió en un objetivo importante para la administración Clinton. En el Congreso, solicitó el apoyo activo tanto de los republicanos como de los demócratas para que se aceptara el Acuerdo Norteamericano de Libre Comercio con México. Este acuerdo eliminaba los obstáculos para que el capital y las mercancías de las corporaciones pudieran circular a lo largo y ancho de la frontera entre México y Norteamérica sin ningún tipo de restricciones.
Uno de los actos más impresionantes de la política exterior de Clinton fue el de presionar a los líderes militares de Haití -que habían depuesto a Jean-Bertrand Aristide (presidente elegido democráticamente en 1991)- para que volvieran a aceptar a Aristide como presidente y satisfacer a los haitianos.
La política nacional de Clinton -como era tradicional en los candidatos demócratas- armonizaba más con los seguidores negros, con las mujeres y con los trabajadores. Pero incluso sus medidas progresistas se veían seriamente limitadas por su aparente deseo de cortejar a los conservadores, por su miedo a ofender los intereses de las corporaciones y por los límites establecidos por los enormes gastos del presupuesto militar.
El programa económico de Clinton -anunciado en un principio como un programa para la creación de trabajo- cambió pronto de rumbo y se concentró en la reducción del déficit (con Reagan y Bush la deuda nacional se había elevado a cuatro billones de dólares). Y esto significaba que no habría ningún programa intrépido de inversiones ni en la sanidad universal, ni en la educación, ni en las guarderías, ni en la vivienda, en el medio ambiente, en el arte o en la creación de puestos de trabajo.
Estados Unidos era el país más rico del mundo, con un 5% de la población de la tierra, pero que consumía el 30% de lo que se producía en todo el mundo. La riqueza estaba polarizada, con un 1% de la población propietario del 35% de la riqueza -aproximadamente 5,7 billones. En sus empobrecidas ciudades, los niños morían en un porcentaje más alto que en cualquier otro país industrializado del mundo. En un año, 1988, murieron 40.000 bebés antes de cumplir el año, con una tasa de mortandad entre bebés afroamericanos dos veces mayor que entre los blancos.
Para poder alcanzar -más o menos- una igualdad de oportunidades, se necesitaría una drástica redistribución de la riqueza y enormes inversiones para la creación de empleo, la salud, la educación y el medio ambiente. Había dos posibles fuentes para financiar esto, pero la administración de Clinton no se mostraba inclinada a explotar ninguna de ellas.
La alternativa a ese programa tan atrevido era continuar igual, con ayudas insignificantes para los pobres, permitiendo que las ciudades fueran contaminándose, no ofreciendo ningún trabajo útil a los jóvenes y creando una población marginal de personas holgazanas y desesperadas que caen en la droga y el crimen constituyendo una amenaza para la seguridad fisica del resto de la población.
Para afrontar esta situation, los demócratas y los republicanos se unieron para aprobar una ley del crimen, para construir más cárceles y para encerrar a más personas desesperadas, muchas de las cuales eran jóvenes, y muchas no blancas. Esto era un gesto dirigido a los americanos que se sentían amenazados por el incremento del crimen violento. De esta manera, en 1994, Estados Unidos tenía en las cárceles a una proporción de la población más alta que ningún otro país del mundo: un millón de personas.
Si la experiencia histórica nos enseñó algo, fue que una seria crisis nacional como la que existía en los Estados Unidos a mediados de los noventa, una crisis de pobreza, de drogas, de violencia, de crimen, de marginación de la política y de incertidumbre sobre el futuro, no se resolvería sin un gran movimiento social por parte de los ciudadanos. Este movimiento necesitaría conjuntar la inspiración y el compromiso de toda una serie de movimientos -el abolicionista, el obrerista, el pacifista, el de los derechos civiles, el feminista, el homosexual y el medioambiental- para que la nación pudiera coger un nuevo rumbo.
En algún momento de 1992, el partido Republicano celebró una cena para recaudar fondos en la que los individuos y las corporaciones pagaron hasta 400.000 dólares para poder asistir. Un portavoz del presidente Bush, Marlin Fitzwater, dijo a los reporteros: “Sí, se trata de comprarse el acceso al sistema”. Cuando se le preguntó sobre las personas que no tenían tanto dinero, contestó: “Deben exigir el acceso de otras maneras”.
Eso puede haber sido una pista para los americanos que quieren un cambio real. Tendrán que exigir el acceso a su manera.

Tres años antes de los terribles sucesos del 11 de septiembre, un ex teniente coronel de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, Robert Bowman, quien voló en 101 misiones de combate en Viet Nam y más tarde fue ordenado como obispo católico, comentó los atentados terroristas a las embajadas norteamericanas en Kenya y Tanzania. En un artículo publicado por The National Catholic Reporter, escribió acerca de las raíces del terrorismo:
No nos odian porque practicamos la democracia, valoramos la libertad o defendemos los derechos humanos. Nos odian porque nuestro gobierno le niega estas cosas a los pueblos del Tercer Mundo, cuyos recursos son codiciados por nuestras corporaciones multinacionales. El odio que hemos demostrado nos ha sido devuelto en la forma de terrorismo. En vez de enviar a nuestros hijos e hijas a matar árabes para que podamos tener el petróleo que está bajo sus arenas, deberíamos enviarlos a reconstruir su infraestructura, a suministrarles agua limpia y alimentar a sus niños hambrientos. En síntesis, deberíamos hacer el bien en lugar del mal. ¿Quién tratará de detenernos entonces? ¿Quién nos odiaría? ¿Quién querría atacarnos? Esta es la verdad que el pueblo norteamericano necesita escuchar.
Voces como esta fueron mayormente silenciadas en los grandes medios de difusión después de los ataques del 11 de septiembre. Pero era una voz profética, y había al menos la posibilidad de que su poderoso mensaje moral pudiera expandirse en el pueblo norteamericano, una vez que quedara clara la futilidad de combatir la violencia con la violencia.

El principio democrático, enunciado en las palabras de la Declaración de Independencia, declaraba que el gobierno era secundario, que el pueblo que lo había establecido era lo primero. Por consiguiente, el futuro de la democracia depende del pueblo, y de su conciencia creciente acerca de cuál es la manera más decente de relacionarse con los seres humanos de todo el mundo.

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