La Crisis Del Capital En El Siglo XXI — Thomas Piketty / Chronicles: On Our Political and Economic Crisis by Thomas Piketty

Este es un interesante libro que se compone de una recopilación de artículos algunos centrados en Francia pero que son muy interesantes sobre el impuesto patrimonial, la jornada de 35 horas, las pensiones, el dumping empresarial en Europa, Impuestos como el IVA, que decir sobre el futuro de la U.E. y temas bastante importantes en un momento donde la crisis nos golpeó con dureza en 2007, crisis planificada no se nos olvide.

En la medida en que estemos a merced de grandes movimientos de especulación sobre las tasas de interés, ¿cómo impulsar este tipo de debates con cierta calma? Seamos claros: lo que sucede en la actualidad en España e Italia, donde las tasas de interés superan el 5-6%, puede suceder perfectamente en Francia en los próximos meses. Si tuviéramos que pagar a largo plazo una tasa de interés de este orden, o incluso solo del 4%, mientras que el Reino Unido, con el mismo endeudamiento inicial que el nuestro, no paga más que el 2% gracias a su banco central, entonces en poco tiempo se haría muy difícil defender el euro en Francia. Si una situación de ese tipo se prolongara, aunque fuera uno o dos años, la moneda común se volvería rápidamente impopular.
¿Qué hacer? Para poner fin a la especulación sobre las 17 tasas de interés de la zona euro, la única solución durable es mutualizar nuestra deuda, crear una deuda común (los «eurobonos»). Es también la única reforma estructural que permitirá al Banco Central Europeo desempeñar plenamente su rol de prestamista de último recurso.
La gran diferencia con los Consejos de Jefes de Estados, que tienden al statu quo y a la inercia, porque se apoyan en la unanimidad (o cuasiunanimidad) y se limitan en esencia a conciliábulos privados. Por lo general, no se toma ninguna decisión, y cuando por milagro emerge una decisión unánime es casi imposible saber por qué se la tomó. Es en definitiva lo contrario de un debate democrático en un recinto parlamentario. Hoy en día negociar un nuevo tratado europeo que consista en permanecer en una lógica intergubernamental pura (con la única y simple modificación de pasar de una regla de decisión del 100% a una del 85% en el seno de los Consejos de Jefes de Estado) no está a la altura de las circunstancias. Y, evidentemente, no permite crear eurobonos, lo cual requiere mucha más audacia en el plano de la unión política, audacia a la que los alemanes parecen mucho más dispuestos que el presidente francés… Esto es un gran desafío.

La cuestión es tan vieja como las finanzas públicas: ¿los impuestos deben estar destinados al financiamiento de gastos públicos específicos o tienen que alimentar el presupuesto general? En teoría, la doctrina tradicional es clara: las deducciones afectadas a gastos específicos son una puerta abierta a la demagogia y al populismo y deben ser excluidas. En la práctica, la realidad es más compleja.
Los impuestos que alimentan el presupuesto del Estado —impuesto al salario (IS), IVA, impuesto a las empresas (IE), etc., es decir, el 16% del PBI de Francia— respetan, es verdad, el principio de no afectación.
La única ventaja del IVA social, ampliamente publicitada por el gobierno, es el impuesto a las importaciones y la exención de las exportaciones, mientras que la CPG se basa únicamente en los bienes producidos en Francia, cualquiera sea su destino. Pero subordinar una reforma fiscal de tal envergadura a este magro diferencial no es serio: ¿podemos realmente imaginar que vamos a competir con los textiles chinos o indios gravando su precio con dos puntos suplementarios de IVA? Esta piadosa postura proteccionista demuestra que sobre este tema, como sobre el conjunto del paquete fiscal, las respuestas que aportan Sarkozy-Fillon simplemente no están a la altura de los desafíos económicos que enfrenta Francia en el marco de la mundialización.

Primero Irlanda fue un milagro, luego se transformó en un desastre y ahora está a punto de ser un escándalo. Es increíble que la Unión Europea preste unos 90 000 millones de euros para salvar a los bancos y las finanzas públicas irlandesas sin exigir un incremento previo de los impuestos a los beneficios de las empresas, hoy en día de un 12,5%, cuando deberían ser por lo menos del 25-30%. Primero, porque los bancos y otras empresas radicadas en Irlanda volverán a obtener beneficios en algún momento gracias al plan de rescate europeo. Lo menos que se puede exigir es que estos beneficios paguen un porcentaje significativo en concepto de impuestos. En segundo lugar, y sobre todo, porque las estrategias de desarrollo fundadas en el dumping fiscal están destinadas al fracaso y son nocivas tanto para los países vecinos como para aquellos que las practican. Ya es tiempo de que la Unión Europea tome las riendas del caso y le ponga punto final, a cambio de la estabilidad financiera que aporta al conjunto de la zona; a condición, claro, de que la aporte de verdad.
Digámoslo con claridad: dejar que los países que se enriquecieron gracias al comercio intraeuropeo dañen la base fiscal de sus vecinos no tiene nada que ver con los principios de la economía de mercado o el liberalismo: se llama robo. Y prestar dinero a personas que nos han robado sin exigir nada a cambio para que esto no se reproduzca se llama estupidez.
Lo peor es que el dumping también es nocivo para los pequeños países que lo practican. Cada país forma parte de un engranaje: como en la carrera armamentista, a los irlandeses les conviene mantener una tasa baja de impuestos a las empresas dado que los polacos, estonios…tienen baja la suya.
El dumping contribuyó directamente a la burbuja irlandesa y a la crisis actual. En particular, el dumping condujo a manipulaciones contables masivas y artificiales, que tornaron totalmente ilegibles los balances bancarios y las cuentas nacionales de Irlanda. Estas últimas están ahora seriamente contaminadas por los enormes flujos de transfer pricing (que buscan localizar en Irlanda los beneficios que obtuvieron las filiales radicadas en otros países europeos) y cuya dimensión exacta nadie conoce. Esta opacidad contable adquirió proporciones todavía más elevadas que las manipulaciones griegas de los gastos de armamento y déficit público. En los dos casos, Europa debe poner orden.
A grandes rasgos, el trato debería ser el siguiente: la Unión garantiza la estabilidad financiera de la zona y ayuda a los países pequeños si es necesario; pero, en contrapartida, estos renuncian a su estrategia de dumping fiscal, por ejemplo con tasas de imposición de beneficios mínimas del orden del 30-40%. Luego de aceptar renunciar a su soberanía monetaria, los pequeños y grandes países deberían también abdicar de su soberanía fiscal. Cualquier otra solución es un error. Construir una unión monetaria sin gobierno económico ya era arriesgado en tiempos de calma. Pero frente a una crisis mayor, es necesario tomar muy en serio el riesgo de desmoronamiento general.

Los patrimonios se portan hoy de maravillas y no existe ninguna justificación económica sólida para reducir masivamente un impuesto a las sucesiones, que ya aporta muy poco: entre dos y tres veces menos que hace un siglo, mientras que el peso global de las deducciones se triplicó a lo largo del mismo período, pasando de 15 a 45 puntos del PBI (solo las cargas al trabajo representan más de 20 puntos, y reducirlas de alguna manera sería más urgente si los márgenes de maniobra presupuestarios lo permitieran). El impuesto a las sucesiones merece ser debatido con seriedad, en particular para abordar la cuestión de la prolongación de la expectativa de vida y la extrema rigidez de las leyes de sucesión.
Reducir masivamente su peso solo dará más consistencia a la idea de que en el siglo XXI se afirma un hipercapitalismo que ni siquiera aplica los impuestos al capital vigentes en el siglo XIX.

Una sociedad que desgrava de manera durable los patrimonios (¡cuando estos recobraron la vitalidad previa a 1914!), corre el riesgo de una esclerosis económica (una clase de rentistas que envejece reaparecerá de manera inevitable) y de explosión social. En lo que respecta al impuesto a las sociedades, las premisas de un cambio a escala europea ya se dejan ver. En lo que concierne a las ingresos mobiliarios, un retorno a la progresividad del siglo XX es poco probable (los flujos internacionales son cada vez más inaprensibles, y los ingresos se agregan inmediatamente al patrimonio). Es posible, pues, que el siglo XXI deba inventar su propio modelo, fundado por ejemplo en la imposición de los propios stocks de patrimonios y no en los flujos de ingresos.

Hoy, los gobiernos realizan salvatajes de bancos y grandes empresas, lo que permite evitar la depresión. Pero este rapto de generosidad pública favorece en muchos casos redistribuciones a la inversa. Luego de 1929, los gobiernos les pasaron la factura a los que se habían enriquecido mientras conducían el mundo al borde del precipicio: fuerte alza de impuestos a las ganancias y fiscalidad progresiva sobre los ingresos y patrimonios más elevados, control del capital bajo todas sus formas (estricta regulación financiera, bloqueo de alquileres, nacionalizaciones, etc.). Fueron esas respuestas políticas las que condujeron a una reducción histórica de las desigualdades, no la crisis financiera en tanto tal. Hoy, las dificultades se plantean de manera diferente desde un punto de vista técnico (stock-options, paraísos fiscales, etc.), pero son en esencia las mismas. Librado a sí mismo, el capitalismo nos lleva con naturalidad a las catástrofes, ya que es profundamente inestable y antiigualitario. Lamentablemente, parecería que hacen falta más crisis para que los gobiernos tomen plena conciencia de ello.

¿Podrán salvarnos los bancos centrales? No, no por completo. Pero tienen una parte de la solución para la crisis actual. Comencemos por el principio. Desde siempre el Estado ha tenido dos maneras de obtener dinero: el cobro de impuestos o la emisión monetaria. De modo general, es infinitamente preferible el cobro de impuestos. Las planchas de billetes se pagan con inflación, cuyas consecuencias distributivas no son manejables (aquellos cuyos ingresos están menos revalorizados que los de otros pagan el precio más alto), y que además desorganiza los intercambios y la producción. Una vez desatado, el proceso inflacionario es difícil de detener y no aporta ningún beneficio.
Las crisis financieras son consustanciales al capitalismo. Y, en las grandes crisis, los bancos centrales constituyen un instrumento irreemplazable. Su poder infinito de creación monetaria requiere, por supuesto, un marco de seriedad. Pero no utilizar plenamente este instrumento en el contexto actual constituye una estrategia suicida e irracional.

Hace falta algo más que amables cumbres del G20 y declaraciones de buenas intenciones. Para hacer retroceder a los paraísos fiscales y, más aún, para poner en marcha las regulaciones financieras, sociales y medioambientales necesarias para retomar el control de un capitalismo mundializado que se volvió loco, el arma comercial será sin dudas indispensable. Si Europa habla con una única voz y deja de comportarse como un enano político, podremos incluso evitar la ejecución de las amenazas de embargos y protecciones. Lo que sería preferible, pues el proteccionismo —como la policía— es un arma disuasiva esencial que los Estados deben tener a mano, pero no constituye en sí mismo una fuente de prosperidad (contrariamente a lo que imaginan algunos «desglobalizadores» entusiastas). Pero, si se elige profundizar la construcción europea sin un avance real en esta dirección, se corre el riesgo de provocar repliegues nacionalistas en extremo violentos.

Se termina utilizando a la Unión Europea para poner en duda el conjunto del edificio social y fiscal sobre el que se construyeron los Estados de bienestar europeos. Frente a este tipo de ofensiva, la izquierda europea debe construir coaliciones socialdemócratas ofensivas, dispuestas a cuestionar las reglamentaciones existentes cuando sean inadecuadas e, inversamente, a defender con firmeza los principios esenciales cuando sean amenazados, sobre todo en lo que concierne al dumping fiscal. Las propuestas de los eurodiputados de la socialdemocracia alemana para reformular la directiva van en este sentido, pero esa actitud constructiva y europea es poco frecuente entre los socialistas franceses, sobre todo entre los partidarios del «no», que en general se aferran al repliegue demagógico o al oportunismo más crudo.

Una de las ventajas adicionales del plan de relanzamiento de la reducción del IVA es su eficacia inmediata (contrariamente, por ejemplo, a las inversiones públicas, que llevan años antes de realizarse, como lo saben por ejemplo todas las personas afectadas por el Plan Campus) y su transparencia: cuando se baja el IVA, se inyecta dinero contante y sonante en la economía, a diferencia de todas las manipulaciones contables y otras operaciones de comunicación que se implementan actualmente. Hagamos un pronóstico y enunciemos un deseo: que el debate sobre la reactivación de la reducción del IVA se replantee en el futuro…

BNP Paribas, el primer banco francés y europeo, acaba de anunciar 8000 millones de euros de ganancias para el año 2009, lo cual supera su récord de 2007. Algunos ya comienzan a cacarear: después de todo, ¿no es preferible tener bancos que gocen de buena salud que tener bancos quebrados? Seguramente.
Pero vale la pena intentar comprender de dónde vienen estas ganancias. Los beneficios de los diez bancos europeos más grandes rondaron los 50 000 millones de euros en 2009. Si sumamos los diez bancos estadounidenses más grandes, alcanzamos los 100 000 millones. ¿De dónde provienen semejantes beneficios, cuando el conjunto de la zona estaba en recesión en 2009? La explicación más evidente es que, durante la crisis, los bancos centrales prestaron dinero a los bancos a tasas muy bajas, y estos últimos pudieron utilizarlo luego para prestar a tasas muy elevadas a otros actores: a los hogares, a las empresas y, sobre todo, a los Estados.
¿Demagogia? No. Simplemente, una constatación: para reconciliar a los ciudadanos con los bancos, hace falta algo más que grandes discursos. Obama lo entendió cuando anunció en enero, por fin, un plan más ambicioso de regulación fiscal. Pero está debilitado políticamente. En Europa, el hecho de que el Banco Central Europeo continúe apoyándose en las agencias de calificación para comprar títulos públicos (anuncio que precipitó la crisis griega), cuando en su estatuto nada lo obliga a hacerlo, no tiene sentido en el contexto actual.
Gracias a esta crisis, el BCE convenció a los europeos de su utilidad: todo el mundo entiende que si los mercados hubieran especulado con el franco, el marco alemán o la lira italiana las cosas no habrían marchado mejor. Ahora debería adquirir autonomía en relación con los mercados financieros, apoyándose en un verdadero gobierno económico europeo.
Del otro lado del Atlántico, el poder público perdió el pudor: desde hace un año, la Fed imprimió 300 000 millones de dólares para adquirir bonos del Tesoro sin pedir permiso a los mercados. Europa deberá aceptar también que una inflación del 4% o el 5% es la manera menos negativa de deshacerse de la deuda. Sin medidas de este tipo, los ciudadanos europeos deberán pagar las cuentas otra vez. No se da por sentado que esta vez se dejen robar.

Se dice que los griegos son unos vagos que gastan más de lo que producen. Y que, para colmo, eligen gobiernos corruptos que manipulan las cuentas públicas para crear falsas ilusiones. Si su hermano o su vecino gasta más de lo que gana, ¿le estaría haciendo un favor si le prestara más dinero? ¿No habrá llegado la hora de que deje de despilfarrar y aprenda la dura ley del trabajo y el mérito?
Este tipo de metáfora, fundada en la moral doméstica y familiar (pereza versus trabajo, niño prodigio versus buen padre de familia) es evidentemente un clásico de la retórica reaccionaria. En todas las épocas, los ricos estigmatizaron de esta forma a los pobres. Nada nuevo bajo el sol griego. Salvo que, en el marco de la complejidad del capitalismo del siglo XXI y de sus crisis financieras, estas metáforas moralizadoras parecen extenderse más allá de los círculos habituales. Cuando ya no se entiende hacia dónde va el mundo, resulta tentador volver a ciertos principios simples.
La crisis es ante todo consecuencia de que los contribuyentes griegos de repente tuvieron que pagar tasas de interés de más del 6% de su deuda pública. La producción interna de Grecia ronda los 200 000 millones de euros. Los diez bancos más grandes del mundo manejan cada uno más de 2 billones de euros. Un puñado de operadores puede imponer, en segundos, una tasa de interés del 6% en lugar del 3% sobre un título en particular, y arrastrar así a un país a la crisis.
Este sistema nos lleva directamente al precipicio, y apelar a la moral doméstica no nos va a salvar. Al fin y al cabo, la solución es que el poder público retome con firmeza las riendas de las finanzas. En Europa debemos inventar el camino que conduzca al federalismo presupuestario. Pues bien, este camino no pasa por el FMI, sino por la emisión de obligaciones europeas. Y, algún día, por una revolución de las doctrinas monetarias. Para salvar a los bancos, las autoridades monetarias les prestaron sin dudar a tasas del 0% al 1%. Hicieron bien. Pero ahora, no es nada fácil explicarles a los contribuyentes europeos (tanto griegos como alemanes) que deben ajustarse los cinturones durante años para pagar los altos intereses de su deuda pública.

Hay que poner rápidamente sobre la mesa un proyecto preciso, con la composición detallada, número y designación de miembros, procedimiento de votos, etc. En cualquier caso, es esencial encontrar una solución que permita que comience a funcionar muy pronto con aquellos países que lo desean, y prever al mismo tiempo la incorporación progresiva de todos los que querrán sumarse a este núcleo duro federal para beneficiarse de una deuda europea mutualizada.
Tenemos que dejar de imaginar que son los alemanes los que bloquean todo. En realidad, Alemania, que también es consciente de que no es suficientemente poderosa para regular el capitalismo globalizado, ha avanzado más que Francia en su reflexión sobre el indispensable salto federal.
La explicación oficial es que los franceses no desean el federalismo y que sería suicida lanzarse a cambiar los tratados. Extraño argumento: a partir del momento en que se eligió, hace veinte años, compartir nuestra soberanía monetaria, y que se fijan reglas extremadamente puntillosas sobre los déficit públicos (como el piso de 0,5% y las penalidades automáticas fijadas por el nuevo tratado adoptado el año pasado), somos de hecho un sistema federal.
La pregunta es simple: ¿nos encaminaremos sin cuestionamientos hacia un federalismo tecnocrático o estamos por fin maduros para apostar por un federalismo democrático?.

Para cambiar el destino de Europa, será necesario tomar las riendas del tratado euro-americano. La Unión Europea y los Estados Unidos representan la mitad del PBI mundial. Sus responsabilidades y sus opiniones no pueden reducirse a la liberalización de los intercambios comerciales. Al apoyarse en el Parlamento europeo y los parlamentos nacionales, es posible imponer en este tratado el desarrollo de normas exigentes en el plano social, medioambiental y fiscal. La Unión Europea y los Estados Unidos tienen el peso necesario para imponer a sus empresas y a los paraísos fiscales nuevas reglas: una base fiscal consolidada del impuesto a las sociedades, un registro mundial —o al menos euro-norteamericano— de títulos financieros.
¿Qué hacer frente a este polvorín de desigualdades? Primero, demostrar a la población que nos preocupamos más por el desarrollo social y la integración política de la región que por la relación con los emires. Una política energética europea común nos permitiría hacer prevalecer nuestros valores y nuestro modelo de sociedad, y no nuestros estrechos intereses financieros nacionales, tanto en Medio Oriente como, por otra parte, en Ucrania o Rusia. La hegemonía estadounidense condujo al desastre iraquí que todos conocemos. La embriaguez de omnipotencia podría llevar nuevamente a un abuso de posición dominante, como acaba de recordarlo en una escala más modesta —aunque no despreciable— el caso BNP Paribas (las operaciones aparentemente inescrupulosas efectuadas con el régimen sudanés justifican claramente la expulsión de los dirigentes del banco, que en el pasado daban lecciones de buena gestión a todo el mundo, pero no el pago de un tributo exorbitante al Tesoro estadounidense, que implicaría un riesgo de desestabilización del sector bancario europeo). Para ocupar un verdadero lugar en la mundialización y transformar el planeta en un lugar más justo, Europa, hoy más que nunca, tiene que unirse políticamente.

El FMI no se compromete claramente en la vía de un impuesto progresivo al capital. El informe evoca cierta posibilidad de una tasa concentrada sobre los patrimonios más elevados. Pero parece favorecer sobre todo una solución del tipo tasa plana sobre los patrimonios, que es un auténtico repelente: aplicar la misma tasa a los ahorros pequeños y medianos y a las grandes carteras financieras no tiene ningún sentido. No puede conducir más que al rechazo de este tipo de política. Además, las autoridades europeas y el FMI impulsaron una solución de este tipo durante la crisis chipriota de la primavera pasada, con el éxito que conocemos (no hay ningún mea culpa sobre este punto en el informe: el episodio ni siquiera es evocado). Teniendo en cuenta la concentración extrema que caracteriza la repartición del capital, la escala de imposición de los patrimonios debe ser fuertemente progresiva, aún más que para los ingresos.
Una progresividad de este tipo exige un alto grado de transparencia financiera internacional y de cooperación entre países, cuestión que el FMI apenas menciona. Todavía más lamentable, sin un objetivo fiscal claramente formulado, las negociaciones actuales sobre los paraísos fiscales tienen muchas chances de estancarse. El objetivo de la transmisión automática de información bancaria debe ser observar el conjunto de los activos financieros e inmobiliarios que tiene cada individuo en diferentes países y deducir un impuesto progresivo sobre el patrimonio neto individual.

¿El futuro de Norteamérica será la oligarquía o la plutocracia? Una decisión reciente de la Corte Suprema, que retira todo límite al financiamiento privado de las campañas políticas, acaba de relanzar este temor.
La Unión Europea (el tercer cuarto del PBI mundial), sufre evidentemente de su desmembramiento político. Sin embargo, teniendo en cuenta las necesidades financieras de su modelo social, es la parte del mundo que tiene el mayor interés en actuar contra los paraísos fiscales. Si se ubica esta cuestión en el corazón del futuro tratado euro-americano, tiene todas las chances de ser escuchada por una Norteamérica acechada por la desigualdad.

This is an interesting book that is made up of a collection of articles focused on France but which are very interesting about the patrimonial tax, the 35-hour day, pensions, business dumping in Europe, taxes like VAT, what to say about the future of the EU and quite important issues at a time when the crisis hit us hard in 2007, planned crisis do not forget us.

To the extent that we are at the mercy of large movements of speculation on interest rates, how to promote this type of debate with some calm? Let’s be clear: what happens today in Spain and Italy, where interest rates exceed 5-6%, can happen perfectly in France in the coming months. If we had to pay in the long term an interest rate of this order, or even only 4%, while the United Kingdom, with the same initial indebtedness as ours, does not pay more than 2% thanks to its central bank, then in a short time it would be very difficult to defend the euro in France. If such a situation were prolonged, even if it were one or two years, the common currency would quickly become unpopular.
What to do? To end the speculation about the 17 interest rates of the euro zone, the only durable solution is to mutualize our debt, create a common debt (the “Eurobonds”). It is also the only structural reform that will allow the European Central Bank to fully play its role as a lender of last resort.
The great difference with the Councils of Heads of States, which tend to the status quo and inertia, because they rely on unanimity (or quasi-unanimity) and are limited in essence to private councils. In general, no decision is made, and when a unanimous decision emerges it is almost impossible to know why it was taken. It is definitely the opposite of a democratic debate in a parliamentary venue. Today negotiate a new European treaty that consists in remaining in a pure intergovernmental logic (with the only and simple modification of moving from a 100% decision rule to an 85% decision rule within the Councils of Heads of State) It is not up to the circumstances. And, of course, it does not allow the creation of Eurobonds, which requires much more audacity in terms of political union, audacity to which the Germans seem much more willing than the French president … This is a great challenge.

The issue is as old as public finances: should taxes be earmarked for financing specific public expenditures or do they have to feed the general budget? In theory, the traditional doctrine is clear: the deductions affected to specific expenditures are an open door to demagoguery and populism and should be excluded. In practice, reality is more complex.
The taxes that feed the State budget – tax on salary (IS), VAT, business tax (IE), etc., that is, 16% of the GDP of France – respect, it is true, the principle of non-affectation .
The only advantage of the social VAT, widely publicized by the government, is the import tax and the export exemption, while the CPG is based solely on goods produced in France, whatever their destination. But subordinating a tax reform of such magnitude to this meager differential is not serious: can we really imagine that we will compete with Chinese or Indian textiles by taxing their price with two additional points of VAT? This pious protectionist stance demonstrates that on this issue, as on the whole of the fiscal package, the answers provided by Sarkozy-Fillon are simply not up to the economic challenges facing France in the context of globalization.

First Ireland was a miracle, then it turned into a disaster and now it’s about to be a scandal. It is incredible that the European Union lend some 90 billion euros to save Irish banks and public finances without requiring a previous increase in taxes on company profits, now 12.5%, when they should be at least 25-30% First, because banks and other companies based in Ireland will once again benefit at some point thanks to the European rescue plan. The least that can be demanded is that these benefits pay a significant percentage in taxes. Second, and above all, because the development strategies based on fiscal dumping are destined to fail and are harmful both to neighboring countries and to those who practice them. It is time for the European Union to take the reins of the case and put an end to it, in exchange for the financial stability it brings to the whole area; provided, of course, that the contribution of truth.
Let’s say it clearly: letting countries that were enriched by intra-European trade damage the tax base of their neighbors has nothing to do with the principles of the market economy or liberalism: it is called theft. And lending money to people who have stolen us without demanding anything in return so that this does not reproduce is called stupidity.
The worst thing is that dumping is also harmful for the small countries that practice it. Each country is part of a gear: as in the arms race, the Irish should keep a low tax rate for companies since the Poles, Estonians … have theirs low.
Dumping contributed directly to the Irish bubble and the current crisis. In particular, dumping led to massive and artificial accounting manipulations, which rendered the bank balance sheets and Irish national accounts totally illegible. The latter are now seriously contaminated by the enormous flows of transfer pricing (which seek to locate in Ireland the benefits obtained by subsidiaries based in other European countries) and whose exact size is unknown. This accounting opacity acquired even higher proportions than the Greek manipulations of armament and public deficit expenditures. In both cases, Europe must bring order.
Broadly speaking, the treatment should be as follows: the Union guarantees the financial stability of the area and helps small countries if necessary; but, in return, they renounce their strategy of fiscal dumping, for example with rates of taxation of minimum benefits in the order of 30-40%. After agreeing to renounce their monetary sovereignty, small and large countries should also abdicate their fiscal sovereignty. Any other solution is an error. Building a monetary union without economic governance was already risky in times of calm. But in the face of a major crisis, it is necessary to take the risk of general collapse very seriously.

The assets are today marvelous and there is no solid economic justification to massively reduce a tax on inheritance, which already contributes very little: between two and three times less than a century ago, while the global weight of deductions tripled throughout the same period, going from 15 to 45 points of the GDP (only the workloads represent more than 20 points, and reducing them in some way would be more urgent if the budgetary maneuver margins allowed it). The inheritance tax deserves to be discussed seriously, in particular to address the issue of the prolongation of life expectancy and the extreme rigidity of inheritance laws.
Massively reducing its weight will only give more consistency to the idea that in the 21st century a hypercapitalism is affirmed that does not even apply the capital taxes in force in the 19th century.

A society that permanently deduct the patrimonies (when they regained the vitality prior to 1914!), Runs the risk of an economic sclerosis (a class of aging rentiers will reappear unavoidably) and social explosion. With regard to corporate tax, the premises for a change at European level are already visible. As far as the transferable income is concerned, a return to the progressivity of the 20th century is unlikely (international flows are increasingly inappreciable, and income is immediately added to the patrimony). It is possible, then, that the 21st century must invent its own model, based for example on the imposition of the stocks of patrimonies themselves and not on the income streams.

Today, governments carry out bailouts of banks and large companies, which allows avoiding depression. But this rapture of public generosity favors in many cases redistributions in reverse. After 1929, governments passed the bill to those who had enriched themselves as they led the world to the edge of the precipice: a sharp rise in income taxes and progressive taxation on higher incomes and assets, control of capital in all its forms (strict financial regulation, rent blocking, nationalizations, etc.). It was those political responses that led to a historical reduction of inequalities, not the financial crisis as such. Today, difficulties arise in a different way from a technical point of view (stock-options, tax havens, etc.), but they are essentially the same. Librado itself, capitalism naturally leads us to catastrophes, as it is deeply unstable and anti-traditional. Unfortunately, it would seem that more crisis is needed for governments to become fully aware of it.

Can central banks save us? No, not completely. But they have a part of the solution for the current crisis. Let’s start at the beginning. The State has always had two ways to obtain money: the collection of taxes or the monetary issue. In general, the collection of taxes is infinitely preferable. Banknote plates are paid with inflation, whose distributive consequences are not manageable (those whose income is less revalued than others pay the highest price), and which also disrupts exchanges and production. Once unleashed, the inflationary process is difficult to stop and does not bring any benefit.
Financial crises are consubstantial to capitalism. And, in major crises, central banks are an irreplaceable instrument. Its infinite power of monetary creation requires, of course, a framework of seriousness. But not fully using this instrument in the current context is a suicidal and irrational strategy.

It takes more than kind summits of the G20 and declarations of good intentions. To push back the tax havens and, even more, to put in place the financial, social and environmental regulations necessary to regain control of a globalized capitalism that went mad, the commercial weapon will undoubtedly be indispensable. If Europe speaks with a single voice and stops behaving like a political dwarf, we can even avoid the execution of threats of embargoes and protections. This would be preferable, since protectionism-like the police-is an essential deterrent weapon that States must have at hand, but it is not in itself a source of prosperity (contrary to what some enthusiastic “deglobalizers” imagine). But, if we choose to deepen the European construction without real progress in this direction, we run the risk of provoking extremely violent nationalist retreats.

It ends up using the European Union to question the whole social and fiscal building on which the European welfare states were built. Faced with this type of offensive, the European left must build offensive social democratic coalitions, willing to challenge existing regulations when they are inadequate and, conversely, to defend firmly the essential principles when they are threatened, especially as regards fiscal dumping. The proposals of the MEPs of the German Social Democracy to reformulate the directive go in this direction, but this constructive and European attitude is rare among French socialists, especially among supporters of the “no”, which in general cling to the demagogic withdrawal or the most crude opportunism.

One of the additional advantages of the plan to relaunch the VAT reduction is its immediate effectiveness (contrary, for example, to public investments, which have been in place for years, as all the people affected by the Campus Plan know, for example). and its transparency: when the VAT is reduced, money is injected into the economy, in contrast to all the accounting manipulations and other communication operations that are currently implemented. Let’s make a forecast and state a wish: that the debate on the reactivation of the VAT reduction be reconsidered in the future …

BNP Paribas, the first French and European bank, has just announced 8 billion euros of profits for the year 2009, which exceeds its record of 2007. Some already begin to cackle: after all, is not it preferable to have banks that enjoy in good health than having bankrupt banks? Surely.
But it’s worth trying to understand where these gains come from. The profits of the ten largest European banks were around 50 billion euros in 2009. If we add the ten largest US banks, we reached 100 billion. Where do such benefits come from, when the whole of the area was in recession in 2009? The most obvious explanation is that, during the crisis, the central banks lent money to the banks at very low rates, and the latter were then able to use it to lend at very high rates to other actors: to households, to companies and, above all, to the States.
Demagogy? No. Simply, a finding: to reconcile citizens with banks, something more than grand speeches is needed. Obama understood it when he announced in January, finally, a more ambitious plan of fiscal regulation. But it is politically weakened. In Europe, the fact that the European Central Bank continues to rely on rating agencies to buy government securities (announcement that precipitated the Greek crisis), when nothing in its statute requires it to do so, does not make sense in the current context.
Thanks to this crisis, the ECB convinced the Europeans of its usefulness: everyone understands that if the markets had speculated with the franc, the German mark or the Italian lira things would not have gone better. Now it should acquire autonomy in relation to the financial markets, relying on a true European economic government.
On the other side of the Atlantic, the public power lost its modesty: for a year, the Fed printed 300 billion dollars to acquire Treasury bonds without asking the markets for permission. Europe should also accept that inflation of 4% or 5% is the least negative way to get rid of debt. Without measures of this kind, European citizens will have to pay the bills again. It is not taken for granted that this time they let themselves be robbed.

It is said that the Greeks are lazy people who spend more than they produce. And that, to top it off, they choose corrupt governments that manipulate public accounts to create false illusions. If your brother or your neighbor spends more than you earn, would you be doing him a favor if he lent you more money? Has not the time come to stop wasting and learn the hard law of work and merit?
This type of metaphor, based on domestic and family morals (laziness versus work, child prodigy versus good father) is clearly a classic of reactionary rhetoric. In all times, the rich stigmatized the poor in this way. Nothing new under the Greek sun. Except that, within the framework of the complexity of 21st century capitalism and its financial crises, these moralizing metaphors seem to extend beyond the usual circles. When the world is no longer understood, it is tempting to return to certain simple principles.
The crisis is primarily the result of Greek taxpayers suddenly having to pay interest rates of more than 6% of their public debt. The domestic production of Greece is around 200 billion euros. The ten largest banks in the world each handle more than 2 trillion euros. A handful of operators can impose, in seconds, an interest rate of 6% instead of 3% on a particular security, and thus drag a country into crisis.
This system takes us directly to the precipice, and appealing to domestic morals will not save us. After all, the solution is for the public power to take back firmly the reins of finance. In Europe we must invent the path that leads to budgetary federalism. Well, this path does not go through the IMF, but through the issuance of European obligations. And, someday, for a revolution of monetary doctrines. To save the banks, the monetary authorities lent them without hesitation at rates of 0% to 1%. They did well. But now, it is not easy to explain to European taxpayers (both Greek and German) that they have to adjust their belts for years to pay the high interest on their public debt.

A precise project must be put on the table quickly, with the detailed composition, number and designation of members, voting procedure, etc. In any case, it is essential to find a solution that allows it to start working very soon with those countries that want it, and to foresee at the same time the progressive incorporation of all those who will want to join this federal hard core to benefit from a mutualized European debt. .
We have to stop imagining that it is the Germans who block everything. In fact, Germany, which is also aware that it is not powerful enough to regulate globalized capitalism, has advanced more than France in its reflection on the indispensable federal leap.
The official explanation is that the French do not want federalism and that it would be suicidal to embark on changing treaties. Strange argument: from the moment that we chose, twenty years ago, to share our monetary sovereignty, and that extremely punctilious rules are set about public deficits (such as the 0.5% floor and the automatic penalties fixed by the new treaty adopted last year), we are in fact a federal system.
The question is simple: will we go forward without questioning a technocratic federalism or are we finally mature to bet on a democratic federalism ?.

To change the destiny of Europe, it will be necessary to take the reins of the Euro-American treaty. The European Union and the United States represent half of the world’s GDP. Their responsibilities and opinions can not be reduced to the liberalization of trade. By relying on the European Parliament and national parliaments, it is possible to impose in this treaty the development of demanding standards in the social, environmental and fiscal fields. The European Union and the United States have the necessary weight to impose new rules on their companies and on tax havens: a consolidated tax base for corporate tax, a global -or at least Euro-North American- registry of financial securities.
What to do in front of this powder keg of inequalities? First, to demonstrate to the population that we care more for social development and political integration in the region than for the relationship with the emirs. A common European energy policy would allow us to prevail our values ​​and our model of society, and not our narrow national financial interests, both in the Middle East and, on the other hand, in Ukraine or Russia. US hegemony led to the Iraqi disaster we all know. The drunkenness of omnipotence could again lead to an abuse of a dominant position, as the BNP Paribas case has just recalled on a more modest (though not negligible) scale (the apparently unscrupulous operations carried out with the Sudanese regime clearly justify the expulsion of the leaders of the bank, that in the past they gave lessons of good management to everybody, but not the payment of an exorbitant tribute to the US Treasury, which would imply a risk of destabilization of the European banking sector). To take a real place in globalization and transform the planet into a fairer place, Europe, today more than ever, has to unite politically.

The IMF does not clearly commit itself in the way of a progressive tax on capital. The report evokes a certain possibility of a concentrated tax on the highest assets. But it seems to favor above all a solution of the flat rate on the patrimonies, which is a real repellent: applying the same rate to small and medium savings and large financial portfolios does not make any sense. It can only lead to the rejection of this type of policy. In addition, the European authorities and the IMF pushed for a solution of this kind during the Cypriot crisis last spring, with the success we know (there is no mea culpa on this point in the report: the episode is not even evoked). Taking into account the extreme concentration that characterizes the distribution of capital, the scale of taxation of assets must be strongly progressive, even more so than for income.
Progressivity of this kind requires a high degree of international financial transparency and cooperation among countries, an issue that the IMF barely mentions. Even more regrettable, without a clearly formulated fiscal objective, the current negotiations over tax havens have many chances to stagnate. The objective of the automatic transmission of banking information must be to observe the set of financial and real estate assets that each individual has in different countries and deduct a progressive tax on the individual net worth.

Will the future of North America be the oligarchy or the plutocracy? A recent decision of the Supreme Court, which removes all limits on the private financing of political campaigns, has just re-launched this fear.
The European Union (the third quarter of world GDP) evidently suffers from its political dismemberment. However, taking into account the financial needs of its social model, it is the part of the world that has the greatest interest in acting against tax havens. If this question is placed at the heart of the future Euro-American treaty, it has every chance of being heard by a North America haunted by inequality.

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