El Capital En El Siglo XXI — Thomas Piketty / Capital In The Twenty-First Century by Thomas Piketty

Hay que agradecer al autor el descomunal trabajo que ha hecho para mostrarnos una anatomía de la desigualdad desde el siglo XVIII, aunque se centra sobre todo en Francia, Reino Unido y EE UU. Solo echo de menos una historia de la desigualdad en España. Aunque el libro es informativamente muy denso si se pone interés es una lectura que nos abrirá muy bien los ojos. Sorprende leer que fue ‘gracias’ a las dos guerras mundiales cuando se redujo en mayor medida la desigualdad en Occidente, ese “irreprimible” deseo que hay en la sociedad para justificar la desigualdad y que las grandes riquezas son social y económicamente inútiles.
El infantilismo del pensamiento neoliberal ha quedado al descubierto. Esa fantasiosa idea de que el mercado por sí solo distribuye la riqueza ha pasado por fin a mejor vida. Solo un Estado social, suficientemente financiado con impuestos y bien gestionado, es el elemento imprescindible para una adecuada distribución de la riqueza y para que una país abandone la pobreza.

La experiencia histórica sugiere que el principal mecanismo que permite la convergencia entre países es la difusión de los conocimientos, tanto en el ámbito internacional como en el nacional. Dicho de otra manera, los países más pobres alcanzan a los más ricos en la medida en que logran llegar al mismo nivel de conocimiento tecnológico, de calificaciones, de educación, en lugar de volverse propiedad de los más ricos. Este proceso de difusión de los conocimientos no cae del cielo: a menudo se ve acelerado por la apertura internacional y comercial (la autarquía no facilita la transferencia tecnológica), y depende sobre todo de la capacidad de los países para movilizar el financiamiento y las instituciones que permiten invertir masivamente en la formación de su población, al tiempo que se garantiza un marco legal previsible para los diferentes actores. Por consiguiente, el proceso de difusión está íntimamente vinculado con el proceso de construcción de un poder público legítimo y eficiente. Rápidamente resumidas, éstas son las principales enseñanzas derivadas del examen de la evolución histórica del crecimiento mundial y de las desigualdades entre países.
Hoy en día, parece cierto que se ha puesto en marcha un proceso de convergencia a escala mundial en el que los países emergentes están “alcanzando” a los países desarrollados. Esto ha ocurrido aun cuando las desigualdades entre países ricos y pobres siguen siendo enormes. Además, nada indica que este proceso se deba principalmente a las inversiones de los primeros en los segundos; muy por el contrario: la inversión de los segundos en sus propios países parece más prometedora, a juzgar por experiencias pasadas. Sin embargo, más allá de la cuestión central de la convergencia, ahora debemos insistir en el hecho de que lo que se juega en el siglo XXI es un posible retorno a un régimen histórico de bajo crecimiento. Más precisamente, veremos que el crecimiento, fuera de periodos excepcionales o de fenómenos de convergencia, siempre ha sido bastante bajo, y todo indica que sin duda será aún más débil en el futuro, por lo menos en lo que se refiere a su componente demográfico.

Si el poder público decidiera sacar a la venta todos sus bienes para pagar de inmediato todas sus deudas, no le quedaría nada al Reino Unido y muy poco a Francia.
Una vez más, la precisión de semejantes estimaciones no debe confundirnos. Incluso si cada país se esfuerza en aplicar los conceptos y los métodos estandarizados establecidos bajo la égida de las organizaciones internacionales y de Naciones Unidas, la contabilidad nacional no es —y jamás será— una ciencia exacta. La estimación de las deudas públicas o de los activos financieros públicos no es un problema importante. En cambio, no es fácil determinar de manera perfectamente precisa el valor de mercado de los edificios públicos (escuelas, hospitales…) o de las infraestructuras de transporte (sobre todo redes ferroviarias o carreteras) que no se venden regularmente. En principio, los cálculos establecidos deben basarse en los precios observados para ventas similares realizadas en un pasado reciente, pero semejantes puntos de referencia no siempre son fiables, sobre todo porque los precios de mercado son a menudo muy volátiles y febriles. Estas estimaciones deben ser consideradas como órdenes de magnitud, y no como certezas matemáticas.

Es interesante comparar las trayectorias británica y francesa con la evolución alemana, en particular sobre el tema de la economía mixta, cuya importancia para el periodo de la posguerra acabamos de ver. Por desgracia, los datos históricos alemanes son más inconexos, debido sobre todo a la tardía unificación del país y a los múltiples cambios territoriales, y no permiten remontarse a antes de 1870 de manera satisfactoria. Sin embargo, las estimaciones que tenemos para el periodo posterior a 1870 permiten mostrar claramente las similitudes con el Reino Unido y Francia, así como cierto número de diferencias.
Se advierte primero que la evolución de conjunto es similar: por una parte, a largo plazo, las tierras agrícolas fueron sustituidas por el capital inmobiliario, industrial y financiero; por otra, la relación capital/ingreso no dejó de aumentar desde la segunda Guerra Mundial y parecía estar en vías de recobrar su nivel previo a los choques de los años de 1914-1915.
-Los Estados Unidos aparecen como el Nuevo Mundo donde el capital cuenta menos que en el Viejo Mundo, a saber, la vieja Europa. Más exactamente, el valor del acervo de capital nacional, según múltiples estimaciones realizadas en esa época que reunimos y confrontamos entre sí, al igual que respecto de los demás países, era de apenas más de tres años de ingreso nacional en el momento de la independencia de los Estados Unidos, en torno a 1770-1810. El valor de las tierras agrícolas se situaba entre un año y un año y medio del ingreso nacional. Sin importar la incertidumbre, no hay ninguna duda de que la proporción capital/ingreso era entonces mucho más baja en las colonias americanas que en el Reino Unido y el reino de Francia, donde el capital nacional valía unos siete años de ingreso nacional, de los cuales casi cuatro correspondían a las tierras agrícolas.
-Tenemos que insistir de nuevo en el hecho de que el precio del capital, más allá de las burbujas a corto y mediano plazos —que lo han caracterizado— y de las eventuales divergencias estructurales a largo plazo, siempre es en parte una construcción social y política: refleja la noción de propiedad que prevalece en una sociedad determinada y depende de numerosas políticas e instituciones con la capacidad para regular las relaciones entre los diferentes grupos sociales implicados (y en particular entre los que poseen capital y los que no lo tienen). Por ejemplo, esta situación es evidente en el caso de los precios inmobiliarios, dependientes de las reglamentaciones vigentes que regulan las relaciones entre dueños e inquilinos y la actualización de los alquileres. La misma situación se produce en las cotizaciones bursátiles —cuando mencionamos el valor de mercado relativamente bajo que caracterizó a las empresas alemanas—.
-Las economías contemporáneas parecen caracterizarse por importantes posibilidades de sustitución capital-trabajo. Es interesante señalar que sucedía algo muy diferente en las economías tradicionales basadas en la agricultura, donde el capital adquiría principalmente la forma de tierras agrícolas. Los datos históricos a nuestro alcance sugieren, de manera muy clara, que la elasticidad de sustitución era claramente inferior a 1 en las sociedades agrícolas tradicionales. En concreto, ésta es la única manera de explicar por qué los Estados Unidos de América, a pesar de poseer un volumen de tierras muy superior al nivel observado en Europa, se caracterizaba en los siglos XVIII y XIX por un valor de las tierras muy inferior (medido por la relación capital/ingreso), así como por niveles de renta de la tierra —y de participación de capital en el ingreso nacional— mucho más bajos que en el Viejo Mundo.

El crecimiento moderno, basado en el incremento de la productividad y la difusión de los conocimientos, permitió evitar el apocalipsis marxista y equilibrar el proceso de acumulación del capital. Sin embargo, no modificó las estructuras profundas del capital, o al menos no redujo verdaderamente su importancia macroeconómica con respecto al trabajo. Ahora tenemos que estudiar si sucede lo mismo con la desigualdad en la distribución de los ingresos y de la riqueza: ¿en qué medida las estructuras de la desigualdad, con respecto al trabajo y al capital, se transformaron realmente desde el siglo XIX?.
En cualquier sociedad la desigualdad en los ingresos resulta de la suma de estos dos componentes: por una parte, la desigualdad en los ingresos del trabajo y, por otra, la desigualdad en los ingresos del capital. Cuanto más desigualmente están distribuidos estos componentes, mayor es la desigualdad total. En abstracto, sería muy posible imaginar sociedades en las que la desigualdad con respecto al trabajo fuera muy elevada mientras que la existente respecto al capital fuera mucho menor; otras sociedades en las que sucediera lo inverso, y, por último, sociedades en las que los dos com­ponentes fueran muy desiguales o, por el contrario, muy igualitarios.
El tercer factor determinante es el vínculo entre esas dos dimensiones: ¿en qué medida las personas que disponen de un elevado ingreso del trabajo también son las que tienen un elevado ingreso del capital? Cuanto más grande es el vínculo —técnicamente: la correlación estadística—, más grande es la des­igualdad total, manteniendo todo lo demás constante. En la práctica, a menudo la correlación entre las dos dimensiones es baja o negativa en las sociedades con una desigualdad elevada ante el capital, lo que permite a los dueños no tra­bajar (por ejemplo, los héroes de Jane Austen elegían muy a menudo no tener profesión).

Los comportamientos de ahorro y las actitudes frente al porvenir no pueden reducirse a un parámetro único. Esas elecciones deben ser analizadas en el marco de modelos más complejos, barajando múltiples consideraciones sobre la preferencia por el presente, el ahorro por precaución, los efectos vinculados con el ciclo de vida, la importancia atribuida a la riqueza como tal y tantas otras más. Estas elecciones dependen del entorno social e institucional (por ejemplo, del sistema público de las jubilaciones), de estrategias y presiones familiares, de las limitaciones que los diferentes grupos sociales se imponen a sí mismos (como ciertos feudos en los linajes aristocráticos, que no pueden ser con libertad vendidos por los herederos), así como de factores psicológicos y culturales individuales.
En mi opinión, la desigualdad debe ser analizada ante todo como una realidad histórica, dependiente de múltiples mecanismos, y no como una necesidad lógica absoluta. Resulta de la conjunción de varias fuerzas, muy independientes unas de otras.

El hecho de que, en los países europeos, la concentración de la propiedad del capital sea sensiblemente más baja durante este inicio del siglo XXI que en la Bella Época es, en gran medida, la consecuencia combinada de acontecimientos accidentales (los choques de los años de 1914-1945) y de instituciones específicas, especialmente en el campo de la tributación del capital y de sus ingresos. Si estas instituciones fueran desechadas definitivamente, existe un gran riesgo de que resurjan desigualdades patrimoniales parecidas a las observadas en el pasado, incluso superiores bajo ciertas condiciones. Nada es certero en este ámbito, y para ir más lejos en esa dirección, ahora tenemos que estudiar directamente la dinámica de la herencia, después la dinámica mundial de las riquezas. Sin embargo, desde ahora surge claramente una conclusión: sería ilusorio imaginar que, en la estructura del crecimiento moderno, o en las leyes de la economía de mercado, existen fuerzas de convergencia que conduzcan de forma natural a una reducción de la desigualdad patrimonial o a una armoniosa estabilidad.

Ahora sabemos que, en este inicio del siglo XXI, la importancia global del capital no es muy diferente de lo que era en el XVIII. Sólo cambió su forma: el capital era rural y se convirtió en inmobiliario, industrial y financiero. También sabemos que la concentración de la riqueza sigue siendo muy elevada, aunque sensiblemente menos extrema que hace un siglo y durante los siglos anteriores. La mitad más pobre aún no tiene nada, pero ahora existe una clase media patrimonial que posee entre un cuarto y un tercio de la riqueza, y el 10% de los más ricos ya sólo posee dos tercios de la riqueza, en lugar de las nueve décimas partes que poseía antes. Vimos asimismo que los movimientos comparados del rendimiento del capital y de la tasa de crecimiento, permitían dar cuenta de una parte importante de esas evoluciones y, en particular, de la lógica acumulativa que explica las enormes concentraciones patrimoniales observadas en la historia.
La posición patrimonial de los países ricos respecto del resto del mundo es positiva (los países ricos poseen, en promedio, una parte de los países pobres, y no a la inversa, lo que, en el fondo, no es realmente sorprendente), pero esta evidencia queda enmascarada por el hecho de que los habitantes más ricos de los países ricos disimulan una parte de sus activos en paraísos fiscales. Ese resultado implica, en particular, que la enorme alza observada de las fortunas privadas en los países ricos a lo largo de los últimos decenios —en proporción del ingreso nacional—, y que analizamos en la segunda parte de este libro, es en realidad aún un poco más importante de lo que pudimos calcular a partir de las cuentas oficiales. Sucede lo mismo con la tendencia al alza por parte de las grandes fortunas en la riqueza total. Más allá de eso, esto demuestra las dificultades que plantea el registro de los activos en el capitalismo globalizado en este inicio del siglo XXI, que incluso llegan a alterar nuestra percepción de la geografía elemental de la fortuna.

La razón principal de que la crisis de 2008 no haya desembocado en una depresión tan grave como la de 1929 fue que, esta vez, los gobiernos y los bancos centrales de los países ricos no permitieron que el sistema financiero se desplomara y aceptaron crear la liquidez necesaria para evitar las cascadas de quiebras bancarias, que en los años treinta habían llevado al mundo al borde del abismo. Esta política monetaria y financiera pragmática, en las antípodas de la ortodoxia “liquidacionista” que prevaleció por doquier después del colapso de 1929 (hay que “liquidar” a las empresas débiles, pensaba sobre todo el presidente estadunidense Hoover, hasta que fue remplazado por Roosevelt a principios de 1933), permitió evitar lo peor. También recordó al mundo que los bancos centrales no están para ver pasar los trenes y contentarse con mantener una baja tasa de inflación. En situaciones de pánico financiero total, desempeñan un papel indispensable de prestamista de última instancia; incluso son la única institución pública que, en caso de urgencia, permite evitar el desplome completo de la economía y de la sociedad. Siendo así, los bancos centrales no están preparados para resolver todos los problemas del mundo; sin duda, la política pragmática surgida tras la crisis de 2008 permitió evitar lo peor, pero en realidad no dio una respuesta duradera a los problemas estructurales que la hicieron posible, en particular a la flagrante falta de transparencia financiera y al incremento de las desigualdades. La crisis de 2008 aparece como la primera crisis del capitalismo patrimonial globalizado del siglo: Es probable que no sea la última.

Así pues, a lo largo del siglo XX todos los países ricos, sin excepción, pasaron de un equilibrio en el que dedicaban menos de la décima parte del ingreso nacional a los impuestos y al gasto público, a un nuevo equilibrio en el que destinaron durante mucho tiempo a estos conceptos entre un tercio y la mitad del ingreso nacional.
-La redistribución moderna no consiste en transferir las riquezas de los ricos a los pobres, o por lo menos no de manera tan explícita; reside en financiar servicios públicos e ingresos de reposición más o menos iguales para todos, sobre todo en el ámbito de la educación, la salud y las jubilaciones. En este último caso, el principio de igualdad se expresa mediante una casi proporcionalidad al salario obtenido durante la vida activa. En lo tocante a la educación y la salud, se trata de una verdadera igualdad de acceso para cada individuo, sin importar sus ingresos o los de sus padres, por lo menos así asumida como principio general. La redistribución moderna se edifica en torno a una lógica de derechos y a un principio de igualdad de acceso a cierto número de bienes considerados fundamentales.
-La historia del impuesto progresivo a lo largo del siglo transcurrido sugiere que el riesgo de desviación oligárquica es real y que no incita al optimismo en cuanto a su evolución en los Estados Unidos. Fueron las guerras las que llevaron al surgimiento del impuesto progresivo, no el juego natural del sufragio universal. En su caso, la experiencia de Francia en la Bella Época demuestra el grado de mala fe a que han llegado las élites económicas y financieras para defender sus intereses y, en ocasiones, también los economistas, que ocupan hoy un lugar envidiable en la jerarquía estadunidense de los ingresos y que muestran, a menudo, una nefasta tendencia a defender su interés privado, escondiéndose detrás de una improbable defensa del interés general. Incluso si los datos al respecto son escasos e incompletos, parecería también que la clase política estadunidense (de todas las posturas políticas) sería más rica que las clases políticas europeas, e incluso estaría totalmente desconectada del promedio estadunidense, con lo cual podría explicarse por qué tiende a confundir su interés privado con el interés general. Sin un golpe radical, parece relativamente probable que el equilibro actual se mantenga por bastante tiempo. El ideal de la sociedad de pioneros parece decididamente muy lejano. El Nuevo Mundo está quizás a punto de convertirse en la nueva vieja Europa del planeta.

El impuesto mundial sobre el capital es una utopía: es difícil imaginar que a corto plazo todas las naciones del mundo se pusieran de acuerdo para instituirlo, que establecieran una escala impositiva aplicable a todas las fortunas del planeta y, por último, que repartieran armoniosamente los ingresos entre los países. Sin embargo, es una utopía útil, me parece, por varias razones. Para empezar, incluso si esta institución ideal no se crea en un futuro previsible, es importante tener presente ese punto de referencia con el fin de evaluar mejor lo que permiten y no permiten las soluciones alternativas. Veremos que a falta de una solución de este tipo, que en su forma completa exige un nivel muy elevado de cooperación internacional —sin duda poco realista a mediano plazo—, bien puede instituirse de forma gradual y progresiva en los países que así lo deseen (a condición de que sean suficientemente numerosos, por ejemplo, en el ámbito europeo), aunque sea probable que prevalezcan diversas formas de aislamiento nacional. Se presenciarán, por ejemplo, diferentes variantes de proteccionismo y de controles de capital, más o menos coordinados. Estas políticas llevarán, sin duda, a frustraciones, pues rara vez son muy eficaces, y a tensiones.
Los países en desarrollo serán de los primeros en beneficiarse con un sistema fiscal internacional más transparente y más justo. En África, los flujos de capital salientes superan en gran medida, y desde siempre, a los flujos entrantes, debido a la ayuda internacional. El hecho de lanzar en los países ricos procedimientos judiciales contra un puñado de ex dirigentes africanos por bienes mal habidos es, sin duda, una buena cosa, pero sería aún más útil crear la cooperación fiscal internacional y la transmisión automática de información bancaria que permitieran a los países africanos y europeos poner fin de forma mucho más sistemática y metódica a ese pillaje que, por otra parte, se observa tanto en empresas y accionistas europeos (y de cualquier nacionalidad) como en las poco escrupulosas élites africanas. También en este caso, la respuesta correcta es la transparencia financiera y el impuesto progresivo y mundial sobre el capital.

El impuesto progresivo sobre el capital, exige un muy alto grado de cooperación internacional y de integración política regional. No está al alcance de los Estados-nación en que se construyeron los compromisos sociales precedentes. A muchos les inquieta que, de seguirse este camino, en la Unión Europea por ejemplo, lo único que se conseguiría sería debilitar los logros existentes (empezando por el Estado social pacientemente construido en los países europeos después de los golpes del siglo XX), sin poder construir más que un gran mercado caracterizado por una competencia cada vez más pura y más perfecta. Ahora bien, esta competencia pura y perfecta no cambiará en nada la desigualdad.
-Cuando se estudian los siglos XVIII y XIX, es posible imaginar más o menos que la evolución de precios y salarios, ingresos y fortunas sigue una lógica económica autónoma e interactúa poco, o nada, con la lógica propiamente política y cultural. Cuando se estudia el siglo XX, esa ilusión se derrumba de inmediato. Basta con echar una rápida ojeada a las curvas de la desigualdad en los ingresos y los patrimonios, o a la relación entre capital e ingreso, para ver que la política permea todo, y que las evoluciones económica y política son indisociables y deben estudiarse conjuntamente. Esto obliga también a estudiar el Estado, los impuestos y la deuda en sus dimensiones concretas, y a salir de los esquemas simplistas y abstractos sobre la infraestructura económica y la superestructura política.
En efecto, un sano principio de especialización puede justificar perfectamente que no todo el mundo se ponga a establecer series estadísticas. Hay mil y una formas de hacer investigación en ciencias sociales, y generar series no siempre es indispensable —en absoluto—; tampoco es particularmente imaginativo (estoy de acuerdo). Sin embargo, me parece que los investigadores en ciencias sociales de todas las disciplinas, los periodistas y los comentaristas de cualquier medio, los militantes sindicales y políticos de todas las tendencias, pero principalmente todos los ciudadanos, deberían interesarse seriamente por el dinero, su comportamiento, los hechos y las evoluciones que lo rodean. Quienes tienen mucho nunca se olvidan de defender sus intereses. Negarse a usar cifras rara vez favorece a los más pobres.

Otros libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2017/03/15/la-crisis-del-capital-en-el-siglo-xxi-thomas-piketty/

https://weedjee.wordpress.com/2017/03/14/la-economia-de-las-desigualdades-thomas-piketty/

We must thank the author for the enormous work he has done to show us an anatomy of inequality since the eighteenth century, although he focuses mainly on France, the United Kingdom and the United States. I just miss a story of inequality in Spain. Although the book is informatively very dense if you put interest is a reading that will open our eyes very well. It is surprising to read that it was ‘thanks’ to the two world wars when inequality was reduced to a greater extent in the West, that “irrepressible” desire in society to justify inequality and that great wealth is socially and economically useless.
The infantilism of neoliberal thought has been exposed. That fancy idea that the market alone distributes wealth has finally passed to a better life. Only a social State, sufficiently financed with taxes and well managed, is the essential element for an adequate distribution of wealth and for a country to abandon poverty.

Historical experience suggests that the main mechanism that allows convergence between countries is the dissemination of knowledge, both at the international and national levels. In other words, the poorest countries reach the richest to the extent that they reach the same level of technological knowledge, qualifications, education, instead of becoming the property of the richest. This process of dissemination of knowledge does not fall from the sky: it is often accelerated by international and commercial openness (autarky does not facilitate technological transfer), and depends above all on the ability of countries to mobilize financing and institutions that allow massive investment in the formation of its population, while guaranteeing a predictable legal framework for the different actors. Therefore, the diffusion process is intimately linked to the process of building a legitimate and efficient public power. Quickly summarized, these are the main lessons derived from the examination of the historical evolution of world growth and inequalities between countries.
Nowadays, it seems certain that a process of convergence has been launched on a world scale in which emerging countries are “catching up” with developed countries. This has happened even when inequalities between rich and poor countries remain enormous. In addition, nothing indicates that this process is mainly due to the investments of the former in the latter; quite the contrary: the investment of the latter in their own countries seems more promising, judging by past experiences. However, beyond the central issue of convergence, we must now insist on the fact that what is being played in the 21st century is a possible return to a historical regime of low growth. More precisely, we will see that growth, outside of exceptional periods or phenomena of convergence, has always been quite low, and everything indicates that it will undoubtedly be even weaker in the future, at least as regards its demographic component. .

If the public power decided to sell all their assets to pay immediately all their debts, there would be nothing left to the United Kingdom and very little to France.
Once again, the precision of such estimates should not confuse us. Even if each country strives to apply the standardized concepts and methods established under the aegis of international organizations and the United Nations, national accounting is not – and never will be – an exact science. The estimation of public debts or public financial assets is not a major problem. On the other hand, it is not easy to determine in a perfectly precise way the market value of public buildings (schools, hospitals …) or transport infrastructures (especially railway networks or roads) that are not sold regularly. In principle, the established calculations should be based on observed prices for similar sales made in the recent past, but such benchmarks are not always reliable, especially since market prices are often very volatile and feverish. These estimates should be considered as orders of magnitude, and not as mathematical certainties.

It is interesting to compare the British and French trajectories with the German evolution, in particular on the subject of the mixed economy, whose importance for the post-war period we have just seen. Unfortunately, the historical German data are more disconnected, due mainly to the late unification of the country and the multiple territorial changes, and do not allow to go back to before 1870 in a satisfactory manner. However, the estimates we have for the period after 1870 allow us to clearly show the similarities with the United Kingdom and France, as well as a certain number of differences.
It is first noted that the overall evolution is similar: on the one hand, in the long term, agricultural lands were replaced by real estate, industrial and financial capital; On the other hand, the capital / income ratio did not stop growing since the Second World War and seemed to be on track to recover its level prior to the clashes of the years 1914-1915.
-The United States appears as the New World where capital counts less than in the Old World, namely, old Europe. More precisely, the value of the stock of national capital, according to multiple estimates made at that time we gathered and confronted each other, as with respect to other countries, was just more than three years of national income at the time of independence of the United States, around 1770-1810. The value of agricultural lands was between one and a half years of national income. Regardless of the uncertainty, there is no doubt that the capital / income ratio was then much lower in the American colonies than in the United Kingdom and the kingdom of France, where national capital was worth seven years of national income, which almost four corresponded to agricultural lands.
-We have to insist again on the fact that the price of capital, beyond the short and medium term bubbles -which have characterized it- and the possible long-term structural divergences, is always partly a social construction and policy: it reflects the notion of property that prevails in a given society and depends on numerous policies and institutions with the capacity to regulate the relationships between the different social groups involved (and in particular between those who have capital and those who do not). For example, this situation is evident in the case of real estate prices, dependent on the regulations in force that regulate the relations between owners and tenants and the updating of rents. The same situation occurs in stock prices – when we mention the relatively low market value that characterized German companies.
-The contemporary economies seem to be characterized by important possibilities of capital-labor substitution. It is interesting to note that something very different happened in the traditional economies based on agriculture, where capital mainly acquired the form of agricultural land. The historical data available to us suggest, very clearly, that the elasticity of substitution was clearly lower than 1 in traditional agricultural societies. In particular, this is the only way to explain why the United States of America, despite having a volume of land well above the level observed in Europe, was characterized in the eighteenth and nineteenth centuries by a value of land much lower (measured by the capital / income ratio), as well as by levels of land rent-and of participation of capital in national income-much lower than in the Old World.

The modern growth, based on the increase of the productivity and the diffusion of the knowledge, allowed to avoid the Marxist apocalypse and to balance the process of accumulation of the capital. However, it did not change the deep structures of capital, or at least it did not really reduce its macroeconomic importance with respect to labor. Now we have to study if the same thing happens with the inequality in the distribution of income and wealth: to what extent have the structures of inequality, with respect to labor and capital, been really transformed since the 19th century?
In any society, income inequality results from the sum of these two components: on the one hand, inequality in the income from work and, on the other, inequality in the income of capital. The more unequally these components are distributed, the greater the total inequality. In the abstract, it would be very possible to imagine societies in which the inequality with respect to labor was very high while that existing with respect to capital was much lower; other societies in which the opposite happened, and, finally, societies in which the two components were very unequal or, on the contrary, very egalitarian.
The third determining factor is the link between these two dimensions: to what extent do people who have a high income from work also have high income from capital? The larger the link – technically: the statistical correlation – the greater the total inequality, keeping everything else constant. In practice, the correlation between the two dimensions is often low or negative in societies with high inequality vis-à-vis capital, which allows owners not to work (for example, Jane Austen’s heroes very often chose not to have profession).

Savings behavior and attitudes towards the future can not be reduced to a single parameter. These choices must be analyzed within the framework of more complex models, considering multiple considerations about the preference for the present, saving as a precaution, the effects linked to the life cycle, the importance attributed to wealth as such and many others. These choices depend on the social and institutional environment (for example, of the public retirement system), on family strategies and pressures, on the limitations that different social groups impose on themselves (such as certain fiefdoms in aristocratic lineages, which they can be freely sold by the heirs), as well as individual psychological and cultural factors.
In my opinion, inequality must be analyzed above all as a historical reality, dependent on multiple mechanisms, and not as an absolute logical necessity. It results from the conjunction of several forces, very independent of each other.

The fact that, in European countries, the concentration of ownership of capital is noticeably lower during this beginning of the 21st century than in the Belle Epoque is, to a large extent, the combined consequence of accidental events (the shocks of the years 1914-1945) and specific institutions, especially in the field of taxation of capital and income. If these institutions were definitively discarded, there is a great risk that patrimonial inequalities similar to those observed in the past will reappear, even higher under certain conditions. Nothing is certain in this area, and to go further in that direction, we now have to study directly the dynamics of the inheritance, then the global dynamics of wealth. However, from now a conclusion clearly emerges: it would be illusory to imagine that, in the structure of modern growth, or in the laws of the market economy, there exist forces of convergence that naturally lead to a reduction of equity inequality or to a harmonious stability.

We now know that, at the beginning of the 21st century, the global importance of capital is not very different from what it was in the 18th century. It only changed its form: the capital was rural and became real estate, industrial and financial. We also know that the concentration of wealth is still very high, although noticeably less extreme than a century ago and during previous centuries. The poorer half still has nothing, but now there is a middle class that owns between a quarter and a third of the wealth, and 10% of the richest and only owns two thirds of the wealth, instead of nine tenths that he owned before. We also saw that the comparative movements of the return on capital and the rate of growth allowed us to account for an important part of these evolutions and, in particular, of the accumulative logic that explains the enormous patrimonial concentrations observed in history.
The wealth position of the rich countries with respect to the rest of the world is positive (the rich countries have, on average, a part of the poor countries, and not the other way round, which, in the end, is not really surprising), but this evidence is masked by the fact that the richest inhabitants of the rich countries hide part of their assets in tax havens. This result implies, in particular, that the enormous observed increase of the private fortunes in the rich countries over the last decades -in proportion of the national income-, and that we analyze in the second part of this book, is in fact still a little more important than we could calculate from the official accounts. The same thing happens with the upward trend on the part of the great fortunes in total wealth. Beyond that, this shows the difficulties posed by the registration of assets in globalized capitalism at the beginning of the 21st century, which even alter our perception of the elementary geography of fortune.

The main reason that the 2008 crisis has not led to a depression as severe as in 1929 was that, this time, the governments and central banks of the rich countries did not allow the financial system to collapse and agreed to create liquidity necessary to avoid the cascades of bank failures, which in the thirties had brought the world to the edge of the abyss. This pragmatic monetary and financial policy, in the antipodes of the “liquidationist” orthodoxy that prevailed everywhere after the collapse of 1929 (we must “liquidate” the weak companies, thought above all the American president Hoover, until he was replaced by Roosevelt at the beginning of 1933), it allowed to avoid the worst. He also reminded the world that central banks are not there to watch trains go by and content themselves with maintaining a low inflation rate. In situations of total financial panic, they play an indispensable role as a lender of last resort; they are even the only public institution that, in case of urgency, prevents the complete collapse of the economy and society. That being the case, central banks are not prepared to solve all the problems of the world; Without a doubt, the pragmatic policy that emerged after the 2008 crisis made it possible to avoid the worst, but in reality it did not provide a lasting response to the structural problems that made it possible, particularly the flagrant lack of financial transparency and the increase in inequalities. The crisis of 2008 appears as the first crisis of globalized patrimonial capitalism of the century: It is probably not the last.

Thus, throughout the 20th century, all the rich countries, without exception, went from a balance in which they spent less than a tenth of the national income to taxes and public spending, to a new balance in which they allocated during A lot of time to these concepts between a third and half of the national income.
-The modern redistribution does not consist in transferring the riches of the rich to the poor, or at least not so explicitly; it resides in financing public services and replenishment income more or less equal for all, especially in the field of education, health and retirement. In this last case, the principle of equality is expressed by an almost proportionality to the salary obtained during the active life. With regard to education and health, it is a true equality of access for each individual, regardless of their income or those of their parents, at least as assumed as a general principle. Modern redistribution is built around a logic of rights and a principle of equal access to a certain number of goods considered fundamental.
-The history of the progressive tax over the past century suggests that the risk of oligarchical deviation is real and that it does not encourage optimism regarding its evolution in the United States. It was the wars that led to the emergence of the progressive tax, not the natural game of universal suffrage. In his case, the experience of France in the Beautiful Epoch shows the degree of bad faith that have reached the economic and financial elites to defend their interests and, sometimes, also the economists, who occupy today an enviable place in the US hierarchy of the income and that show, often, a nefarious tendency to defend their private interest, hiding behind an improbable defense of the general interest. Even if the data on this are scarce and incomplete, it would also seem that the US political class (of all political positions) would be richer than the European political classes, and would even be totally disconnected from the US average, which could explain why He tends to confuse his private interest with the general interest. Without a radical blow, it seems relatively likely that the current balance will hold for quite some time. The ideal of the society of pioneers seems decidedly very distant. The New World is perhaps on the verge of becoming the new old Europe of the planet.

The global tax on capital is a utopia: it is difficult to imagine that in the short term all the nations of the world would agree to institute it, establish a tax scale applicable to all the fortunes of the planet and, finally, distribute harmoniously the income between countries. However, it is a useful utopia, I think, for several reasons. To begin with, even if this ideal institution is not created in the foreseeable future, it is important to keep this reference point in mind in order to better assess what alternative solutions allow and do not allow. We will see that in the absence of such a solution, which in its complete form requires a very high level of international cooperation – certainly unrealistic in the medium term – it can be instituted gradually and progressively in countries that wish to do so ( provided they are sufficiently numerous, for example, at European level), although various forms of national isolation are likely to prevail. For example, different variants of protectionism and capital controls, more or less coordinated, will be witnessed. These policies will undoubtedly lead to frustrations, because they are rarely very effective and tensions.
Developing countries will be among the first to benefit from a more transparent and fairer international tax system. In Africa, outgoing capital flows have greatly exceeded, and have always been, inflows due to international aid. The launching in the rich countries of legal proceedings against a handful of former African leaders for ill-gotten goods is undoubtedly a good thing, but it would be even more useful to create international tax cooperation and the automatic transmission of banking information that would allow the African and European countries put an end much more systematically and methodically to this looting that, on the other hand, is observed both in companies and European shareholders (and of any nationality) and in the unscrupulous African elites. Also in this case, the correct answer is financial transparency and the progressive and global tax on capital.

The progressive tax on capital requires a very high degree of international cooperation and regional political integration. It is not within the reach of the nation-states in which the preceding social commitments were built. Many are concerned that, if this path were followed, in the European Union for example, the only thing that would be achieved would be to weaken the existing achievements (starting with the social State patiently built in the European countries after the blows of the 20th century), without to be able to build more than a large market characterized by an increasingly pure and more perfect competition. Now, this pure and perfect competition will not change inequality at all.
-When studying the eighteenth and nineteenth centuries, it is possible to more or less imagine that the evolution of prices and wages, income and fortunes follows an autonomous economic logic and interacts little or nothing with the properly political and cultural logic. When the twentieth century is studied, that illusion collapses immediately. Just take a quick look at the curves of income and wealth inequality, or the relationship between capital and income, to see that politics permeates everything, and that economic and political developments are inseparable and must be studied together. This also forces us to study the State, taxes and debt in their concrete dimensions, and to get out of the simplistic and abstract schemes about the economic infrastructure and the political superstructure.
Indeed, a healthy principle of specialization can perfectly justify that not everyone starts to establish statistical series. There are a thousand and one ways of doing research in the social sciences, and generating series is not always indispensable – at all -; neither is it particularly imaginative (I agree). However, it seems to me that researchers in the social sciences of all disciplines, journalists and commentators of any medium, union militants and politicians of all tendencies, but mainly all citizens, should be seriously interested in money, their behavior , the facts and the evolutions that surround it. Those who have a lot never forget to defend their interests. Refusing to use figures rarely favors the poorest.

Books by Piketty commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2017/03/15/la-crisis-del-capital-en-el-siglo-xxi-thomas-piketty/

https://weedjee.wordpress.com/2017/03/14/la-economia-de-las-desigualdades-thomas-piketty/

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