La Larga Caminata — Slavomir Rawicz

Bienvenidos a una novela dura, atroz y por encima de todo superación. Que se llevó a la pantalla Peter Weir, “camino a la libertad”. El problema de este oficial polaco de la caballería fue tener una madre rusa, la huida del gulag en Siberia es la huida del infierno donde perderá amigos como Kristina en dicha huida.

¿Cuánto puede resistir un hombre debilitado sistemáticamente por la pésima alimentación y la violencia física? Pude comprobar que el límite de la resistencia está mucho más allá de cuando el cuerpo torturado pide clemencia. Por mi parte, nunca llegué conscientemente al fondo del abismo en que se capitula. Una pequeña parte de mi mente se aferraba desesperadamente a la idea de que ceder equivalía a condenarse a muerte. Mientras quisiera vivir —no olviden ustedes que yo era muy joven—, tendría aquella última fuerza de voluntad para resistir, para apartar de mi aquel documento sobre el que me bastaba trazar un garabato con la pluma para convertirlo en mi sentencia de muerte.
Qué decir de las torturas. La primera gota de alquitrán fue infernal. Me abrasó horrorosamente el dorso de la mano y siguió quemándome mucho tiempo. Aquella primera gota fue la peor. Fue el ápice del dolor. Las demás, en comparación, podía resistirlas. Logré no perder el sentido, quizá porque me aferraba desesperadamente a mi idea de no ceder. Me dijeron que podría firmar con la mano izquierda después de la sesión, pero les demostré que se habían equivocado. Estaba muy entrenado en la dura escuela del Toro.
Este que he relatado fue el ataque más serio que hube de padecer. Solo llevaba en la Lubyanka dos semanas.

La huida del campo 303 después de ser transportados como ganado, la primera fase de nuestra fuga terminó con el cruce de la frontera ruso-mongola, a final de la segunda semana de junio. Se caracterizó por dos cosas: la facilidad con que pasamos y el hecho de que salimos de la República Autónoma Mongola de los Buriatos de la Región Oriental Siberiana de la URSS llevando encima una buena cantidad de patatas, pequeñas y tempranas, cogidas en un campo situado solo a unas horas de la frontera. La «operación patatas» fue calculada y realizada con toda exactitud. Tuve la sensación agradable de que, habiendo entrado en Siberia, sin nada nuestro, salíamos de ella con un valioso regalo, aunque los donantes ignorasen que habían sido tan generosos con nosotros.
Llegamos al punto donde habíamos de cruzar a última hora de la tarde. La oscuridad se intensificaba porque el cielo estaba cubierto de nubes negras. Los truenos retumbaban a lo lejos como los gruñidos de un gigante fastidiado. La atmósfera estaba muy pesada y caliente. Nada se movía en todo lo que abarcaba la vista. No veíamos obstáculo alguno. La línea fronteriza aparecía señalada por un poste rojo de dos metros de altura, coronado por una placa metálica con el emblema de la hoz y el martillo.
La hospitalidad de los mongoles quedó redondeada con el obsequio de un poco de tabaco y unas cuantas nueces a cada uno.
Nos pusimos en pie e iniciamos las reverencias. Nos alejamos, y cuando estábamos a unos cincuenta metros, los vimos sentarse de nuevo, dándonos la espalda. Habíamos salido definitivamente de sus vidas, y ellos de las nuestras.
Más adelante habría de recordar que los buenos mongoles consideraron necesaria una oración especial al pensar en el camino que debíamos recorrer hasta Lhasa. Penetrábamos en la abrasadora y desértica inmensidad del Gobi, sin agua y con muy escasos víveres.

A los dos días sin agua en el arenoso horno del Gobi, en pleno mes de agosto, empecé a sentir miedo. Los primeros rayos del sol dispersaban el frío relente de la noche en el desierto. La luz alcanzaba la redondez de las ondulantes dunas y arrojaba violentas sombras en los pequeños valles de arena intermedios. El miedo se nos acercaba con sus alas pequeñas de rápido batir y lo combatíamos chupando piedrecitas y haciendo el máximo esfuerzo para recorrer la mayor distancia posible antes de mediodía. De vez en cuando, alguno de nosotros se subía a una de las innumerables lomas de arena y ojeaba el horizonte hacia el Sur. Lo que veíamos era siempre lo mismo: el desierto infinito.
Sobreviviendo gracias a la carne de serpiente.
A fines de marzo de 1942 llegamos a la convicción de que por fin nos hallábamos muy cerca del puerto de salvación que sería para nosotros la India. Frente a nosotros teníamos las montañas más formidables que habíamos visto en nuestra vida. Nos dijimos que bastaría un esfuerzo final para entrar en el país donde encontraríamos definitivamente la libertad, la civilización, el reposo y la tranquilidad espiritual. La verdad es que todos necesitábamos el mayor estímulo posible. Por mi parte, he de confesar que temía que un último esfuerzo acabase conmigo. Aquellas montañas me aterraban.

Perdío su casa del Este de Polonia a causa del engaño que Roosevelt y Churchill perpetraron en Yalta, donde entregaron todos los países del Bloque del Este a la Unión Soviética, y en consecuencia les obligaron a acatar los dictámenes del invasor. Después de perder a mi primera esposa y al resto de mi familia me encontré desamparado, sin casa y sin dinero.
Cuando se recuperaba en la India después de la huida, supe que mis compatriotas luchaban en distintos frentes junto a nuestros aliados británicos (recordad que en ningún momento de la huida tuvimos noticias de la guerra). Después le dijeron que una tropa de transporte británica se dirigía a Persia, y tuvo la suerte de que le permitieran incorporarme. Después de 18 meses involucrados en la recuperación de Palestina, se ofreció voluntario para integrarme en la sección polaca de la Aviación británica, y llegué a Inglaterra en marzo de 1944, con la guerra ya muy avanzada.
Concluyó la instrucción de piloto de combate en los Tiger Moths justo cuando la guerra finalizó. Quería acompañar a los grandes hombres que combatían en el aire, no solo para participar en la defensa de Gran Bretaña, sino también para vengar la situación de Polonia en 1939.

Lo más importante es la profunda convicción de que la libertad es como el oxígeno, y espero que La larga caminata nos recuerde que, cuando esta se pierde, cuesta mucho recuperarla.

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