La Economía En Una Lección — Henry Hazlitt / Economics in One Lesson: The Shortest and Surest Way to Understand Basic Economics by Henry Hazlitt

La economía en una lección es una introducción a la economía de mercado libre escrita por Henry Hazlitt y publicada en 1946, sobre la base del ensayo de Frédéric Bastiat Ce qu’on voit et ce qu’on ne voit pas (Lo que se ve y lo que no se ve).
La lección se afirma en la primera parte del libro:
“el arte de la economía consiste en mirar no sólo a lo inmediato, sino los efectos largos de realizar cualquier acto o política, consiste en ubicar las consecuencias de esa política no sólo para un grupo sino para todos los grupos”.
Aunque sea un libro muy aclamado en círculos liberales, me decepcionó un poco. No diría que no merece la pena leerlo, pero tampoco que sea imprescindible para no economistas.
Obra para entender la economía, en la que Hazlitt desmonta los principales sofismas económicos que todavía hoy perduran y que marcan la política económica de la gran parte de los gobiernos actuales, analizando cuales son las consecuencias a medio y largo plazo de dichas medidas de carácter intervencionista.

Entre lo más interesante el concepto que se tiene de las máquinas y el reto con el empleo.
Constituye uno de los errores económicos más corrientes la creencia de que las máquinas, en definitiva, crean desempleo. Mil veces destruido, ha resurgido siempre de sus propias cenizas con mayor fuerza y vigor. Cada vez que se produce un prolongado desempleo en masa, las máquinas vuelven a ser el blanco de todas las iras. Sobre este sofisma descansan todavía muchas prácticas sindicales.
Si las máquinas no hicieran otra cosa que privar al hombre de su trabajo, en la industria del alfiler existiría ya en aquella época un 99,98 por 100 de desempleo. ¿Podría darse un panorama más sombrío?
En efecto, pudo darse. Parece a primera vista que ha habido una evidente disminución de ocupación. Ahora bien, la propia máquina requirió mano de obra para ser fabricada; así, pues, como primera compensación aparece un trabajo que de otra forma no hubiese existido.
Puede parecer que se ha producido una pérdida neta de empleo, siendo el fabricante, el capitalista, el único beneficiario. Ahora bien, en estos beneficios extras radica precisamente el origen de subsiguientes ganancias sociales. El fabricante ha de emplear su beneficio extraordinario en una de estas tres formas y posiblemente empleará parte de aquél en las tres:
1) ampliación de sus instalaciones, con adquisición de nuevas máquinas para hacer un mayor número de abrigos;
2) inversión en cualquier otra industria,
3) incremento de su propio consumo. Cualquiera de estas tres posibilidades ha de producir demanda de trabajo.
En otras palabras, como resultado de sus economías, el fabricante obtiene un beneficio que no tenía antes.

Lo que hacen las máquinas, repitámoslo, es incrementar la producción y elevar el nivel de vida. Esto se lleva a cabo en una de estas dos formas: abaratando los productos al consumidor (como en nuestro ejemplo de los abrigos) o aumentando los salarios, al incrementarse la productividad de los obreros. En otras palabras, o incrementan los salarios o, al reducir los precios, aumentan el volumen de artículos y servicios asequibles a un mismo salario. A veces consiguen ambas cosas.

El objetivo económico de las naciones, como el de los individuos, es lograr el máximo rendimiento con el mínimo esfuerzo. Todo el progreso económico de la humanidad ha consistido en obtener mayor producción con el mismo trabajo. Tal impulso indujo al hombre a poner las cargas sobre el lomo de los mulos, en lugar de transportarlas sobre sus propias espaldas; le hizo inventar la rueda y el carro, el ferrocarril y el camión. Fue éste, en fin, el móvil que le animó a emplear su ingenio en el perfeccionamiento de un sinnúmero de mecanismos economizadores de trabajo.
Todo esto es tan elemental que resultaría ridículo exponerlo, a no ser porque constantemente lo olvidan quienes acuñan y hacen circular las nuevas consignas partidistas. Expresado en términos nacionales, este principio básico del razonamiento económico significa que nuestro objetivo primordial debe ser el elevar la producción al máximo. El empleo total —es decir, la ausencia de ocio involuntario— es una consecuencia necesaria de la realización de este objetivo. Pero la producción es fin; el empleo, únicamente el medio de conseguirla. No podemos prolongar indefinidamente un estado de pleno rendimiento de nuestra economía sin engendrar al propio tiempo empleo total. Por el contrario, podemos conseguir fácilmente «empleo total» sin haber alcanzado una producción plena.

El ansia enfermiza de exportar que experimentan todas las naciones se halla superada tan sólo por el temor, no menos morboso, a las importaciones. Lógicamente, sin embargo, no puede darse nada más incoherente. Las importaciones y las exportaciones han de igualarse, necesariamente, a la larga (consideradas ambas en el sentido más amplio, que incluye partidas «invisibles», tales como los ingresos derivados del turismo y fletes marítimos). Las exportaciones pagan las importaciones y viceversa. Cuanto mayores sean nuestras exportaciones, tanto mayores deberán ser también nuestras importaciones, si es que aspiramos a percibir el precio de las primeras. Cuanto más reducidas sean nuestras importaciones, menos conseguiremos exportar. Sin importaciones no podemos exportar, pues los países extranjeros carecerán de los fondos necesarios para hacer pagar nuestras mercancías. Cuando decidimos disminuir nuestras importaciones estamos de hecho decidiendo también la reducción de nuestras exportaciones. Cuando decidimos aumentar éstas, decidimos también incrementar aquéllas.

Desde tiempo inmemorial, la sabiduría popular ha ensalzado las virtudes del ahorro y precavido contra las consecuencias del derroche y la prodigalidad. La sabiduría proverbial reflejó siempre tanto los principios éticos como un prudente sentido del ahorro compartido por toda la humanidad. Ahora bien, nunca faltaron tampoco dilapidadores de riqueza, y como es notorio, teorizantes que se afanaran buscando argumentos en apoyo de sus despilfarros.

Economics in a lesson is an introduction to the free market economy written by Henry Hazlitt and published in 1946, based on Frédéric Bastiat’s essay Ce qu’on voit et ce qu’on ne voit pas (What you see and what is not seen).
The lesson is stated in the first part of the book:
“The art of economics consists of looking not only at the immediate, but the long effects of carrying out any act or policy, is to locate the consequences of that policy not only for a group but for all groups.”
Although it is a book highly acclaimed in liberal circles, I was a little disappointed. I would not say that it is not worth reading, but neither is it essential for non-economists.
Work to understand the economy, in which Hazlitt dismantles the main economic sophisms that still exist today and that mark the economic policy of the great part of the current governments, analyzing what are the consequences in the medium and long term of such interventionist measures .

Among the most interesting is the concept of machines and the challenge with employment.
One of the most common economic errors is the belief that machines, in short, create unemployment. A thousand times destroyed, it has always resurged from its own ashes with greater strength and vigor. Whenever there is prolonged mass unemployment, the machines are once again the target of all anger. Many trade union practices still rest on this sophism.
If the machines did nothing but deprive the man of his work, in the pin industry there would already be 99.98% of unemployment at that time. Could a darker picture be given?
In fact, it could happen. It seems at first glance that there has been an evident decrease in occupation. Now, the machine itself required manpower to be manufactured; thus, as a first compensation, there appears a work that otherwise would not have existed.
It may seem that there has been a net loss of employment, being the manufacturer, the capitalist, the only beneficiary. Now, in these extra benefits lies precisely the origin of subsequent social gains. The manufacturer has to use his extraordinary benefit in one of these three ways and possibly use part of that in all three:
1) expansion of its facilities, with acquisition of new machines to make a greater number of coats;
2) investment in any other industry,
3) increase of your own consumption. Any of these three possibilities must produce work demand.
In other words, as a result of their economies, the manufacturer makes a profit that he did not have before.

What machines do, let’s repeat, is to increase production and raise the standard of living. This is carried out in one of two ways: by cheapening the products to the consumer (as in our example of coats) or by increasing wages, by increasing the productivity of the workers. In other words, either they increase wages or, by reducing prices, increase the volume of affordable items and services at the same salary. Sometimes they get both.

The economic objective of nations, like that of individuals, is to achieve maximum performance with minimum effort. All the economic progress of humanity has consisted in obtaining more production with the same work. This impulse induced the man to put the burdens on the back of the mules, instead of transporting them on his own backs; he made him invent the wheel and the car, the railroad and the truck. It was this, in short, the motive that encouraged him to use his ingenuity in perfecting a myriad of work-saving mechanisms.
All this is so elementary that it would be ridiculous to expose it, unless it is constantly forgotten by those who coin and circulate the new partisan slogans. Expressed in national terms, this basic principle of economic reasoning means that our primary objective must be to maximize production. Total employment – that is, the absence of involuntary leisure – is a necessary consequence of the realization of this objective. But production is end; employment, only the means of obtaining it. We can not indefinitely prolong a state of full performance of our economy without generating at the same time total employment. On the contrary, we can easily achieve “total employment” without having reached full production.

The sickly desire to export experienced by all nations is overcome only by the fear, not less morbid, of imports. Logically, however, nothing more incoherent can happen. Imports and exports must necessarily be matched in the long run (both considered in the broadest sense, which includes “invisible” items, such as revenues derived from tourism and maritime freights). Exports pay for imports and vice versa. The greater our exports, the greater must be our imports, if we aspire to perceive the price of the former. The smaller our imports, the less we will be able to export. Without imports we can not export, because the foreign countries will lack the necessary funds to make our goods pay. When we decide to reduce our imports we are in fact also deciding to reduce our exports. When we decided to increase these, we also decided to increase those.

From time immemorial, popular wisdom has extolled the virtues of saving and caution against the consequences of waste and prodigality. Proverbial wisdom always reflected both ethical principles and a prudent sense of shared savings for all humanity. Now, there has never been a lack of wealth squandering either, and as is well known, theorists who are busy looking for arguments in support of their waste.

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