La Tiranía De La Igualdad — Axel Kaiser

Este es uno de los grandes gurúes del neoliberalismo que viven del dinero de la ingenua clase media que en serio cree que los gobiernos de empresarios burgueses nos permiten progresar. En ese 1% del tan mentado informe de Oxfam, estén incluidos algunos dirigentes políticos que se han hecho millonarios durante, y no antes de, el ejercicio de la función pública en tanto pregonaban y pregonan el igualitarismo. Un igualitarismo que a todas luces no se aplica a ellos, claro. En el Cono sur hay algunos ejemplos interesantes de esto. Sin duda el libro es interesante para entender los postulados y crear debate.
Es que lo bueno es la desigualdad… para el grupo del 1 %, por supuesto… y que dure, lo más posible.Resultados del informe Oxfam, calificado como cierto y riguroso por Credit Suisse.
El 1% más rico del planeta “ya tiene tanto como el otro 99%”, asegura Oxfam
http://www.bbc.com/mundo/noticias/2016/01/160118_1_por_ciento_mas_rico_pobreza_desigualdad_economia_mr

¿Es superior una sociedad con mayor igualdad y menor calidad de vida que una con más desigualdad y mayor calidad de vida de la población? Evidentemente pocos prefieren una sociedad donde todos están peor a una donde todos estamos mejor sólo porque la primera sea más igualitaria. Y si eso es así entonces la igualdad no puede ser un bien moral superior. Existen países africanos con mayores niveles de igualdad que Estados Unidos, por ejemplo, y pocos dirían que esas sociedades sean más morales o mejores que la norteamericana porque son más iguales. La igualdad material no es un fin deseable por sí mismo como cree Obama y la izquierda y parte de la derecha occidental, si lo fuera, entonces sería mejor una sociedad igual donde todos están peor que una sociedad desigual más rica donde todos están mejor. El reclamo por igualdad confunde a la gente porque, en realidad, es un reclamo por riqueza. Evidentemente todos quieren ser iguales al que tiene más, nadie quiere ser igual al que tiene menos. Si la gente en las clases medias y populares apoya las propuestas redistributivas igualitarias no es porque crea en la igualdad.

El igualitarismo material es profundamente inmoral porque para intentar alcanzarse debe basarse en el uso de la violencia sobre las personas, prohibiéndoles ser lo que son o beneficiarse del ejercicio de su libertad.
No es lo mismo querer que todos estén igual a que todos estén mejor. Lo primero se logra con la fuerza estatal que suprime la libertad, lo segundo requiere de la libertad para generar prosperidad y de apoyos específicos del Estado que pueden o no resultar en mayor igualdad.
Los igualitaristas, en general, no toman en serio el problema de la escasez de recursos cayendo en una sensiblería superficial que en nada mejora la situación de aquellos en estado de necesidad. Lo importante para ellos, como hemos dicho, es que, al menos en áreas sensibles como educación y salud, nadie tenga más que otro, lo cual sólo puede conseguirse con la eliminación del mercado, es decir, de la libertad de elegir de las personas en esas áreas.

La desconfianza en la libertad individual que expresa tanto la izquierda como cierta derecha, sumada a su devoción por el Estado, deben llevarlas necesariamente a una crítica devastadora del mercado. A pesar de que reconocen en él, hasta cierto punto, un espacio de libertad, lo atacan como fuente de los más diversos vicios, reflejando así el clásico espíritu socialista —y conservador— que ve en el mercado un elemento corruptor, si es que no un juego de suma cero donde uno gana lo que otro pierde. La visión del mercado como un espacio que fomenta conductas poco humanas es una falacia porque, como vimos, perseguir nuestro interés es parte de nuestra naturaleza más profunda y es la forma de garantizar nuestra subsistencia como individuos y familias al tiempo que beneficiamos a otros. Nada de eso es puro e insano egoísmo.
A diferencia de lo que piensa la izquierda y parte de la derecha conservadora, el ideal del mercado no es tratar a los demás como meros instrumentos sin interesarnos más allá por ellos, sino que debemos tratarlos como personas cuya dignidad merece ser respetada. Y esto es así porque todos nos beneficiamos del respeto mutuo pero también porque sentimos que en general es lo correcto.
Otro factor esencial en esta discusión sobre el mercado, que la izquierda simplemente ignora en su visión del mercado como fuente de fría instrumentalización, es que éste ha creado millones de bienes gratuitos para millones de personas. Wikipedia es el mejor ejemplo. Aquí, la lógica creativa y espontánea del mercado dio origen a un instrumento del cual todos nos beneficiamos sin pagar un centavo. Lo mismo ocurre con Gmail, Skype, Google, Twitter, YouTube, Facebook y cientos de otras empresas cuyo modelo de negocio nada tiene que ver con cobrar en un intercambio. Pero hay más, porque hoy día en internet básicamente no hay nada que usted quiera aprender y que no pueda hacerlo de forma gratuita. La Khan Academy es el caso más notable, donde usted puede tomar clases gratis desde álgebra hasta economía financiera. Incluso puede ver online y gratuitamente las clases de muchos de los mejores profesores del mundo que imparten clases en universidades como Harvard o Yale.

Si hay un concepto que ha sido condenado como responsable de todos los males imaginables, especialmente en América Latina, es el llamado «neoliberalismo». Antes de entrar en un análisis más exhaustivo, digamos que el término «neoliberalismo» es una etiqueta con una carga emocional negativa que muchos suelen aplicar a aquellos que defienden la libertad individual y un Estado limitado. El término se utiliza de manera poco rigurosa en todos los sentidos.
Los derechos sociales». Según sus partidarios más duros, como el ideal del mercado es en cierto sentido «inhumano», éste debe ser compensado por una gigantesca intervención del Estado y la colectivización, al menos parcial, de la propiedad privada para que, efectivamente, sea espacio de libertad y dignidad a través de esos «derechos sociales» que corrigen la desigualdad injusta del mercado. Como ya se mencionó, la anterior es una comprensión distorsionada del mercado, pues éste reposa y refuerza fundamentos éticos esenciales para la existencia de la civilización moderna y una vida pacífica en comunidad. Pero observemos más en detalle la lógica económica y ética del argumento según el cual un panadero, por ejemplo, sólo se interesa por el dinero y, por tanto, se mueve desalmadamente sin importarle si la persona que va a su panadería necesita el pan para sobrevivir.
Los «derechos sociales», como espacio de libertad y la argumentación de que sin ellos «nadie se va a hacer cargo», no son más que una trampa que, vestida bajo un manto de aparente moralidad, sirven para extender el poder de la clase gobernante sobre las personas por la vía de hacerlas dependientes del Estado, es decir, de esos mismos gobernantes. Así, deterioran la sociedad civil y la solidaridad al ir reemplazando, por coacción estatal, la libertad de asociación de los ciudadanos. Al final, un sistema consecuente de «derechos sociales» —y esto no existe en ninguna parte hoy, salvo tal vez en Cuba y Corea del Norte— sólo puede conducir a la colectivización total de la propiedad y a un poder incontrarrestable del Estado.

Los cambios, y que es la de incrementar la libertad y responsabilidad de los individuos, bajar impuestos, fomentar la inversión, la competencia, el asociacionismo civil, la creación de empleos y terminar con obesidad mórbida de los Estados, hoy ahogados en un burocracia inútil y por empresas estatales que han sido usadas para pagar favores políticos y despilfarrar el dinero de los contribuyentes. Ésas serían reformas de verdad que nos harían avanzar hacia el desarrollo y nos alejarían del populismo redistributivo ruinoso que ha mantenido a América Latina en la miseria a lo largo de su historia. A los europeos por tanto, esas reformas les permitirán revertir el camino de decadencia económica y social en el que se encuentran. Lamentablemente, no hay mucha esperanza en que los políticos se atrevan a plantear algo mínimamente parecido, pues casi todos son, en mayor o menor grado, igualitaristas y estatistas por convicción.
El igualitarismo primitivo, que busca nivelar a las personas a través de la ley en lugar de hacerlas iguales frente a la ley, ha sido siempre la más destructiva de las ideologías. Su fuerza viene de antiguos impulsos tribales que aún se encuentran presentes entre nosotros. La idea romántica de un solo colectivo indisolublemente unido, en el que todos velan por todos, es una reminiscencia tribal cuya materialización consecuente debe necesariamente pagarse sacrificando la libertad de los individuos e incrementando el control que la autoridad —reclamando representar el «interés general» que sólo ella es capaz de interpretar—, debe ejercer sobre la población.

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